Saber leer puede, literalmente, salvarte la vida.
En 1955, el ministro pentecostal George Went Hensley murió después de ser mordido por una serpiente. Antes de eso, afirmó haber soportado más de 400 mordidas. Por décadas, enseñó a incontables cristianos que Dios los había llamado a manejar serpientes venenosas, a dejarse morder y a no buscar ayuda médica, todo como una muestra de fe. Llevó a cabo muchos “servicios de manejo de serpientes”, en los cuales sostenía al animal frente a los congregantes como si fuera un sacramento. ¿De dónde salió tal enseñanza? De Marcos 16:17-18:
Y estas señales seguirán a los que creen: En Mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán (RVR60).
Hensley era iletrado. En 1914, su esposa tuvo que completar el papeleo y firmar por él para que pudiera convertirse en ministro de la Iglesia de Dios, pues no se aceptaba a alguien sin educación. Y justo ahí estaba su problema: memorizó varios versículos bíblicos, pero realmente no sabía cómo leer la Biblia ni ningún otro texto.

Si hubiera sabido leer, habría tenido en cuenta que ese final de Marcos (versículos 9-20) fue una adición al texto bíblico, según lo demostraron varios eruditos tiempo atrás (ver nota del editor al final). Pero incluso sin esa información, con la sola lectura natural habría notado que ni en ese pasaje ni en la revelación bíblica del Nuevo Testamento se sugiere que los cristianos tengan que manipular serpientes. Además, ignoró algunos otros “detalles” de la Escritura: se divorció tres veces (sus esposas se quejaron de que vivía borracho, viajaba demasiado y nunca tenía un ingreso fijo) y fue arrestado por cargos relacionados con la producción de alcohol durante la Prohibición.
Así, saber leer le hubiera podido salvar la vida a Hensley. Y si bien su historia parece exagerada, nuestra sociedad no está tan lejos de experimentar las consecuencias de la falta de lectura. Aunque estamos en el momento de la historia en el que tenemos un mayor acceso a todo el conocimiento humano, cada vez somos menos capaces de leer. Según las últimas pruebas PISA, la humanidad va en un declive constante de sus habilidades lectoescritoras. ¿Cómo está impactando este fenómeno al cristianismo del siglo XXI?
Los niveles de lectura bajan en todo el mundo
El Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA, por sus siglas en inglés) fue creado por la OCDE en el año 2000 y se aplica cada tres años a una muestra representativa de estudiantes de 15 años en más de 80 países y economías asociadas, evaluando a cerca de 700.000 alumnos en cada ciclo.
El enfoque de PISA es distinto al de las evaluaciones escolares tradicionales. No revisa si los jóvenes memorizaron los programas de sus colegios, sino si cuentan con las habilidades prácticas necesarias para participar plenamente en la sociedad del conocimiento, específicamente en tres áreas: lectura, matemáticas y ciencias. En lectura, la prueba mide la capacidad de localizar datos específicos en textos continuos y discontinuos (como tablas, gráficos o reportes), contrastar fuentes contradictorias, distinguir hechos de opiniones y evaluar la credibilidad de un argumento, sobre todo en pantallas y medios digitales.

Para categorizar qué tan bien procesa un texto cada estudiante, la OCDE diseñó una escala progresiva de seis niveles:
- Nivel 1: Capacidad rudimentaria. El lector solo localiza datos explícitos y evidentes en textos cortos con vocabulario básico y directo.
- Nivel 2 (el estándar mínimo fijado por la OCDE): Puede identificar la idea central de un texto de mediana extensión, comprender el propósito del autor y formular deducciones simples basadas en información cotidiana.
- Nivel 3: Es capaz de integrar diferentes párrafos de un texto, reconocer relaciones de causa y efecto e interpretar ideas que no aparecen a simple vista.
- Nivel 4: Comprende textos largos o con conceptos más densos, interpreta figuras retóricas y elabora opiniones críticas bien fundamentadas sobre lo que lee.
- Nivel 5: Logra manejar textos con conceptos abstractos o técnicos, contrastar posturas opuestas e identificar sesgos o contradicciones en un razonamiento.
- Nivel 6: Permite seguir razonamientos muy complejos, procesar múltiples fuentes especializadas y sacar conclusiones abstractas precisas.
La última ronda de evaluaciones se llevó a cabo durante el primer semestre de 2025 y sus resultados oficiales fueron publicados por la OCDE en septiembre de 2026. Las cifras mundiales confirmaron una tendencia alarmante: el rendimiento en lectura venía cayendo de manera gradual desde 2018, pero el último informe ratificó una caída global promedio de más de 10 puntos en los países miembros de la OCDE, una cifra que los analistas equiparan a la pérdida de casi medio año escolar de aprendizaje. A nivel mundial, uno de cada cuatro estudiantes de 15 años en las naciones desarrolladas (el 25%) no alcanza siquiera el umbral mínimo de lectura.
En América Latina, la situación es crítica. Mientras que el promedio de la OCDE ronda los 476 puntos en lectura, la media de los países latinoamericanos apenas supera los 400. En naciones como Colombia, México, Argentina y Perú, entre el 50% y el 55% de los adolescentes evaluados no alcanza el nivel 2. Es decir, más de la mitad de los estudiantes de 15 años de nuestra región no cuenta con las competencias lectoras más básicas. Incluso en los países con mejor desempeño del bloque, como Chile y Uruguay, más del 30% de los alumnos queda estancado por debajo de ese estándar elemental.

Por supuesto, estas cifras representan una tragedia en prácticamente todos los ámbitos de la sociedad. En el terreno laboral, una población que no comprende lo que lee queda limitada a tareas básicas y a un pobre crecimiento económico. En la vida cívica, ciudadanos incapaces de evaluar un argumento son mucho más vulnerables a la manipulación, la desinformación y el discurso populista. A nivel personal, la falta de lectura sostenida debilita el pensamiento crítico, empobrece el vocabulario y reduce la capacidad de prestar atención profunda a problemas reales. Sin embargo, este declive encierra una amenaza mucho más profunda cuando cruza las puertas de la Iglesia cristiana.
De las confesiones históricas al versiculismo
Quedar por debajo del nivel 2 no es solo un mal indicador de que a un estudiante le va mal en la materia de español. En la práctica, describe a personas que padecen analfabetismo funcional. Aunque pueden articular sonidos y decodificar palabras, no logran procesar argumentos completos ni retener la estructura de un documento. Y, por supuesto, esto tiene repercusiones en la vida cristiana.
Quien carece de estas capacidades queda automáticamente aislado de todo lo que ha escrito la Iglesia por siglos: confesiones históricas como la de Westminster, los catecismos reformados y las obras clásicas de autores como Agustín, Juan Calvino o C. S. Lewis. Además, les impide leer literatura académica que les permita comprender mejor la Escritura. Por ejemplo, ¡documentos que explican el final de Marcos! Estos le hubieran salvado la vida a Hensley (y a quién sabe cuántos de sus seguidores) de haberlos leído.

Y el daño más severo se da en la relación del creyente con la propia Escritura. La Biblia no es un compendio de frases aisladas, sino un conjunto de relatos, poesías y discursos complejos. Por ejemplo, en epístolas como Romanos o Gálatas, el apóstol Pablo construye razonamientos minuciosos donde una conclusión teológica de un capítulo depende enteramente de las premisas planteadas en los anteriores. Si una persona no sabe conectar causas con efectos ni seguir un hilo discursivo, no puede comprender la teología de la justificación por la fe ni el pacto de la gracia.
Esta incapacidad de lectura ha impulsado un fenómeno ampliamente extendido en nuestras iglesias: el “versiculismo”. Se trata de la costumbre de reducir la doctrina, la consejería y la vida espiritual a versículos aislados, ignorando por completo el propósito del libro y el contexto del pasaje. El reflejo más evidente de este fenómeno es la extensión de plataformas y aplicaciones que ofrecen “el versículo del día” o generan aleatoriamente pasajes bíblicos. En ellas, el usuario presiona un botón para obtener alguna frase, tratando la Palabra de Dios como si fuera una galleta de la suerte o una lista de refranes de autoayuda.
Por supuesto, el problema no es de la aplicación; creo que la intención es muy buena y resulta útil recordar un versículo cuando la persona entiende su contexto. El problema está en el lector que decide quedarse solo con una frase aislada (de la misma manera que lo hizo Hensley). Al abandonar la lectura continua y en contexto, el creyente renuncia a conocer el mensaje del Espíritu Santo tal como Él eligió plasmarlo: a través de historias coherentes y cartas lógicamente articuladas que demandan ser comprendidas en su totalidad.

¿Por qué hemos dejado de comprender lo que leemos?
Andreas Schleicher, director de Educación y Competencias de la OCDE, subraya que la lectura es precisamente el área que ha sufrido el retroceso más pronunciado: entre 2015 y 2025, el rendimiento cayó 28 puntos en el promedio de los países de la OCDE, una cifra que equivale a la pérdida de más de un año completo de escolaridad. La explicación a este fenómeno radica en la convergencia de tres factores centrales que han reconfigurado la manera en que aprendemos y procesamos la información.
El primero es el impacto de la pandemia de COVID-19. El cierre prolongado de las escuelas en 2020 afectó los hábitos de estudio, llevó a los estudiantes a faltar más al colegio y desconectó a millones de jóvenes de la disciplina académica cotidiana. Sin embargo, como aclara Schleicher, la pandemia no fue el origen absoluto del problema, sino un acelerador: “el rendimiento educativo ya venía en una tendencia descendente en muchos países mucho antes de que la pandemia golpeara”. La pandemia simplemente agravó los problemas que el sistema educativo ya venía arrastrando desde hacía más de una década.
El segundo factor es el consumo constante de pantallas y redes sociales. El cambio hacia formatos digitales ha desplazado el tiempo que antes se dedicaba a la lectura reposada y ha desplomado los índices de lectura por placer entre los jóvenes. Según datos de la propia OCDE, el 28% de los alumnos afirma que sus compañeros se distraen con dispositivos digitales durante la mayoría o la totalidad de las clases de ciencias. Al acostumbrarse al consumo de contenido breve, fragmentado y diseñado para estimular de inmediato, la capacidad de sostener la atención se reduce. Schleicher advierte que esto ha provocado un aumento notable de lo que denomina “lectura apresurada” (hasty reading), en la que los estudiantes leen a la carrera y entregan respuestas rápidas pero incorrectas, incapaces de detenerse a considerar lo que el texto realmente está diciendo.

El tercer elemento es la rápida adopción de la inteligencia artificial y los dispositivos digitales en el aula. Según la OCDE, el 46% de los estudiantes en los países miembros ya utiliza chatbots de IA al menos una vez por semana para ayudarse en su aprendizaje. Frente a este panorama, Andreas Schleicher advierte que las mayores caídas en lectura ocurren precisamente en las habilidades “más esenciales para el mundo actual de la inteligencia artificial: destrezas como evaluar información, reflexionar críticamente e integrar múltiples evidencias, que requieren una lectura cuidadosa y una atención sostenida”.

El problema de fondo radica en la delegación del esfuerzo cognitivo. Cuando un estudiante recurre habitualmente a un chatbot para que resuma un argumento denso, extraiga las conclusiones o redacte un texto, evita la confrontación directa con la dificultad que implica leer. La verdadera comprensión requiere fricción mental: detenerse ante una idea compleja, releer un párrafo y reconstruir con paciencia la línea de razonamiento del autor. Al sustituir ese proceso por respuestas instantáneas generadas por IA, los jóvenes pierden la capacidad de sostener la atención y quedan incapacitados para procesar textos extensos y estructurados por cuenta propia.

La combinación de estos factores ha formado lectores impacientes, habituados a escanear párrafos por encima y dependientes de resúmenes inmediatos.
Aprendiendo a leer en la iglesia
Si la falta de habilidades de lectura afecta la comprensión de la voluntad de Dios, entonces debería ser una preocupación fundamental para las congregaciones de hoy. Y debería animarnos el hecho de que trabajar en la alfabetización y la capacidad analítica no es algo nuevo en la historia de la Iglesia cristiana, sino una de sus mayores marcas a través de los siglos.
Cuando estalló la Reforma protestante en el siglo XVI, la convicción de que la Escritura es la máxima autoridad (sola Scriptura) vino acompañada de un impulso educativo sin precedentes. Si cada creyente debía examinar la Biblia por sí mismo, era indispensable que aprendiera a leer. Martín Lutero escribió con insistencia a las autoridades alemanas pidiendo la creación de escuelas públicas para niños y niñas, y Juan Calvino fundó la Academia de Ginebra con el propósito de formar ciudadanos capaces de razonar y comprender los textos bíblicos. ¡La fe reformada no floreció en la ignorancia!
Siglos más tarde, a finales del siglo XVIII en Inglaterra, surgió una iniciativa similar con el movimiento de las escuelas dominicales. Robert Raikes observó a miles de niños pobres que trabajaban seis días a la semana en las fábricas durante la Revolución Industrial y pasaban los domingos en las calles, marginados y sin acceso a la educación formal. Raikes no diseñó las escuelas dominicales únicamente para memorizar versículos aislados, sino para enseñar a los niños a leer y escribir utilizando la propia Biblia como texto de estudio. Antes de convertirse en un espacio formativo para niños en nuestras congregaciones, la escuela dominical fue un movimiento de alfabetización masiva que transformó la sociedad de su época.

Frente a la crisis actual reflejada por las pruebas PISA y el impacto de las pantallas, la Iglesia no puede desentenderse del problema. Ahora, esto no implica que cada congregación deba fundar una institución educativa formal. Por supuesto, muchas iglesias sostienen colegios propios con gran fruto, lo cual es admirable, pero no es la única vía para responder. La preocupación por el desarrollo lector puede integrarse en la vida cotidiana de cualquier congregación local a través de prácticas bastante accesibles.
La primera de ellas es la predicación expositiva. Cuando un pastor predica versículo a versículo y pasaje a pasaje a través de un libro entero de la Biblia, no solo le da todo el consejo de Dios a su congregación, sino que literalmente le enseña a leer. Al explicar el contexto histórico, mostrar los conectores lógicos de un párrafo y evidenciar cómo un capítulo se relaciona con el anterior, el púlpito se convierte en un taller semanal de comprensión de lectura. Por supuesto, esto implica un desafío principalmente para el pastor: como autoridad en la iglesia, él es el encargado de impulsar esta actividad hasta donde él mismo se esté capacitando.
En segundo lugar, las iglesias pueden abrir clubes de lectura o trabajar materiales de estudio en sus grupos pequeños. Reunirse a leer un libro sólido, comentar una confesión de fe histórica o discutir un tratado teológico ayuda a los creyentes a perder el miedo a los textos extensos. Esta práctica entrena a la mente a sostener la atención, fomenta el diálogo constructivo y rompe con el hábito del consumo fragmentado.

Por último, los líderes tienen la oportunidad constante de recomendar recursos que desafíen el intelecto de su gente. En lugar de promover únicamente devocionales breves o literatura superficial que refuerza el “versiculismo”, la iglesia puede animar a sus miembros a construir bibliotecas personales, regalar biografías cristianas e introducir comentarios bíblicos accesibles. Si una persona aprende a disfrutar de una lectura que exige concentración, su vida espiritual ganará una profundidad que ningún resumen automático puede ofrecer.
George Hensley murió por la mordedura de una serpiente porque no supo leer con cuidado la Escritura y basó todo su ministerio en un versículo aislado y sin autoridad divina. Su caso es extremo y trágico, pero ilustra claramente el hecho de que la incapacidad de comprender lo que leemos tiene consecuencias reales. En nuestros días, el veneno rara vez viene en forma de una mordedura física, más bien se manifiesta cuando abrazamos enseñanzas erradas, cuando somos vulnerables ante cualquier engaño en redes sociales y cuando tenemos una fe superficial que no resiste las dificultades de la vida.
Aprender a leer con atención, paciencia y discernimiento nunca ha sido un pasatiempo opcional. Para los cristianos, el “pueblo del libro”, sigue siendo una cuestión de vida o muerte.
Nota del editor: En este artículo se menciona someramente el debate en la crítica textual sobre la inclusión de Marcos 16:9-20 en el canon bíblico. Para informarte sobre este tema, lee: ¿Debería Marcos 16:9-20 estar en la Biblia? Ahora bien, incluso si concluyes que el texto es inspirado, el versículo 18 no es un mandamiento ni un llamado normativo a manipular serpientes como acto de fe o de culto.
Referencias y bibliografía
George Went Hensley | Wikipedia
PISA 2025 Results (Volume I) | OECD
Los países de Latinoamérica retroceden en el informe PISA 2025 | El País
Informe Pisa: la fuerte caída en educación a nivel global | BBC News Mundo
The State of Global Education, according to PISA | OECD Education and Skills today
Robert Raikes: el hombre detrás de la escuela dominical | BITE
