Reflexionar sobre el impacto de América Latina en las misiones resulta bastante incómodo. El centro de gravedad del cristianismo ya no está en Norteamérica ni en Europa; en el último siglo, se ha movido de manera radical. Los datos muestran que, desde el año 1900, el cristianismo evangélico y protestante ha venido creciendo de manera sostenida en África, Asia y América Latina.
Hoy, el pueblo evangélico hispanohablante forma parte de esa estadística. Los evangélicos en Hispanoamérica representan un grupo demográfico más que notable. Llenan estadios, tienen iglesias locales en ciudades, pueblos y campos, y las redes sociales en la región están inundadas con lo que se podría llamar “cultura evangélica”. En consecuencia, y por pura matemática poblacional, la lógica indicaría que los evangélicos hispanohablantes deberían ser una de las mayores fuerzas misioneras del mundo.
Esta perspectiva suele ser la común, pero ¿es cierta? El libro titulado Mobilizing Gen Z: Challenges and Opportunities for the Global Age of Missions (Movilizando a la Generación Z: desafíos y oportunidades para la era global de las misiones) expone que hay un grupo de países, algunos mucho más pequeños en número de evangélicos y otros con un cristianismo mucho más joven, que están haciendo lo que la gran masa de evangélicos hispanoamericanos todavía no logra hacer proporcionalmente.
Para entender la cifra que expone este libro, es necesario ir a los números. Las cifras revelan quién está asumiendo con mayor intensidad el trabajo misionero transcultural en el mundo de hoy.

Un recorrido por el mapa misionero global
El libro hace un recorrido rápido por el planeta, reflexionando sobre los países que más misioneros están enviando:
- Nigeria es un país africano donde muchos cristianos enfrentan pobreza, presión social y persecución violenta en algunas regiones. Aun así, figura hoy entre los grandes emisores del Sur Global, con alrededor de 20.000 misioneros enviados.
- Estados Unidos es la potencia histórica que pavimentó gran parte del camino de las misiones modernas. Todavía sigue siendo el mayor emisor misionero del mundo, con una fuerza sostenida por décadas de agencias, recursos e iglesias acostumbradas a financiar el trabajo pionero.
- En el continente latinoamericano se encuentra Brasil, un caso que los investigadores suelen medir por separado por su peso propio. Este es el gran emisor latinoamericano, con alrededor de 40.000 obreros enviados.

Pero cuando se dejan estas potencias famosas de lado y se cruza a Asia, las matemáticas cambian radicalmente:
- Mongolia, un país del que no se habla mucho en el contexto de misiones, es realmente impactante por su desarrollo. En los años ochenta —hace apenas unas décadas—, la Iglesia cristiana prácticamente no existía allí. Pero desde entonces, el crecimiento ha sido asombroso. Hoy se reportan cerca de 63.000 creyentes y alrededor de 130 misioneros transculturales. Eso daría una proporción aproximada de un misionero por cada 484 creyentes.
- Corea del Sur es aún más intensa. Con una disciplina misionera reconocida mundialmente, se ha convertido en una potencia global, con decenas de miles de misioneros enviados; algunas estimaciones recientes la ubican alrededor de los 35.000 obreros.
- Y finalmente, hay un caso que rompe las gráficas: Singapur. Se trata de una isla geográficamente minúscula. Aunque a nivel nacional su ratio es de aproximadamente un misionero por cada 588 cristianos, el estudio misional más reciente de 2024 revela que sus iglesias locales, excluyendo a las megaiglesias, operan con una eficiencia radical: logran sostener a un obrero misionero con el esfuerzo de apenas 109 miembros.

Muchos prejuicios se caen fácilmente con este análisis. No se trata simplemente de cultura, economía o mayoría evangélica. Los países mencionados son radicalmente diversos: algunos enfrentan pobreza, otros son potencias históricas, otros hace pocas décadas casi no tenían iglesias. Sin embargo, muchas de sus iglesias están enviando misioneros que cruzan sus propias culturas para llevar el mensaje del Evangelio más allá de sus fronteras nacionales.
El contraste de la Iglesia hispanohablante
Al analizar el panorama de la población hispanohablante, surgen contrastes evidentes. Con todos los recursos disponibles, estadios llenos y decenas de millones de creyentes, ¿cuántas personas se necesitan para lograr enviar a un solo misionero?
Para hacer lo que Singapur logra con poco más de 100 miembros, Hispanoamérica necesita el esfuerzo acumulado de más de 3500 creyentes. En consecuencia, si se lograra enviar al ritmo de Singapur, se multiplicaría la fuerza misionera actual por más de 32 veces. Se pasaría de unos 15.000 misioneros a casi 486.000, un crecimiento hipotético superior al 3100%.

¿Qué implicaría esto para los esfuerzos de movilización global? ¿Se puede dimensionar el impacto que esto tendría en la evangelización mundial? La participación misionera proporcional de Hispanoamérica parece estar entre las más bajas de las grandes regiones evangélicas emergentes del Sur Global. Solo un 6% de las iglesias participa activamente en el envío.
¿A dónde van los misioneros?
Pero el enredo estadístico se vuelve aún más complicado. Seguramente surge la pregunta: “Bueno, al menos se envía a algunos miles”. Pero ¿a dónde van ellos? Cuando se rastrea a los pocos que se logra enviar, aparece una tendencia preocupante: buena parte de esa fuerza se concentra en campos culturalmente cercanos o ya alcanzados. Más de la mitad permanece dentro de la misma región o incluso dentro de su propio país.
Una parte muy significativa de los recursos y del personal se concentra en contextos culturales idénticos o muy similares, donde el cristianismo ya tiene una presencia histórica considerable. Comparativamente, todavía muy pocos están cruzando hacia los pueblos menos alcanzados de Asia, Medio Oriente y el Norte de África.

La raíz histórica del problema
Entonces, esto nos conduce a una pregunta clave: ¿por qué un gigante demográfico con decenas de millones de creyentes tiene tan poca movilización transcultural proporcional a su tamaño? ¿Acaso falta interés? ¿Existen convicciones cristianas más débiles que las de los creyentes de Singapur, Corea o Mongolia?
Un análisis de la historia nos muestra una respuesta que puede explicar, al menos en parte, el problema. En 1916, se celebró el Congreso de Obra Cristiana en Panamá, un hito histórico para el movimiento evangélico en América Latina. En ese evento, las juntas misioneras extranjeras marcaron profundamente la manera en que América Latina sería entendida dentro del movimiento misionero protestante. De 235 delegados presentes, apenas 27 eran latinoamericanos. Casi toda la convención se desarrolló en inglés. Y allí, América Latina fue tratada principalmente como un “campo receptor” de misión.

A partir de ese marco, el modelo eclesiástico que se promovió priorizó la evangelización y el crecimiento local, pero no necesariamente formó iglesias con una visión sólida de envío transcultural. Esto no significa que hubiera mala intención. Existe un profundo agradecimiento hacia cada persona que se preocupó por traer el Evangelio a América Latina. Pero esa estructura contribuyó, con el tiempo, a formar una mentalidad más receptora que enviadora: iglesias enfocadas en crecer localmente, pero no siempre discipuladas para mirar hacia los pueblos no alcanzados.
Hoy, un siglo después, todavía se siente parte del peso de esa herencia. No explica todo, pero ayuda a entender por qué muchas iglesias latinoamericanas crecieron con una visión más centrada en recibir, sostener y expandirse localmente, que en enviar obreros hacia los pueblos lejanos y no alcanzados.

El desafío por delante
Probablemente existan muchas otras razones por las que no se envían misioneros de forma masiva. Quizás sea la falta de estructuras financieras y logísticas, el miedo a lo desconocido, la fragilidad de muchas iglesias, la falta de información o simplemente la ausencia de una visión misionera clara desde el discipulado local. Probablemente existan diversas conclusiones al respecto.
Pero mientras los creyentes en África y Asia asumen el reto y los riesgos de cruzar fronteras, el mundo evangélico hispanohablante todavía opera, en buena medida, con una visión demasiado contenida dentro de sus propias fronteras.
Esta es una de las poblaciones protestantes más grandes de la historia humana, pero estadísticamente sigue sin una movilización misionera transcultural proporcional a su tamaño. Hispanoamérica no carece de creyentes, iglesias ni recursos. Carece de una movilización misionera transcultural proporcional a su tamaño.
Vale la pena preguntarse: ¿qué haremos para revertir esta estadística?
Referencias y bibliografía
Mobilizing Gen Z: challenges and opportunities for the global age of missions (2022) de Jolene Erlacher y Katy White. Pasadena: William Carey Publishing.
Impact report 2025 | Lausanne Movement
Latin America—from mission field to mission force | Lausanne Movement
Lausanne missions, state of the Great Commission, and Christianity polycentrism | Christianity Today
