Códices: los manuscritos que permiten reconstruir la historia del Nuevo Testamento

Los códices transformaron la manera de conservar y transmitir los manuscritos antiguos. Hoy, sus páginas permiten conocer la historia, las variantes y las prácticas detrás del Nuevo Testamento.

Imagen: BITE (basado en la miniatura de Esdras, Códice Amiatino)

Por la bondad de Dios, el texto del Nuevo Testamento ha llegado hasta nosotros. 

Esto ocurrió a través de una extensa tradición manuscrita: diversos testimonios se han conservado en diferentes épocas, lugares y formatos. Entre ellos, los códices —que han sido reunidos en forma de libro— ocupan un lugar muy relevante, pues constituyen algunos de los testimonios más antiguos para estudiar cómo se transmitieron los escritos del cristianismo primitivo. 

El presente artículo se propone presentar aquellos códices que, por su contenido, antigüedad y características, ocupan un lugar destacado en los estudios bíblicos.

Formas de transmisión textual

Los textos del Nuevo Testamento surgieron dentro de una amplia y bien desarrollada cultura literaria. Tanto la cultura israelita como la grecorromana se habían caracterizado profundamente por el arte de la redacción, transmisión y presentación de textos. Es en este contexto donde el cristianismo primitivo desarrolló su propia literatura.

En los orígenes se encuentran los papiros. Estos, como textos escritos sobre las fibras de la hoja de papiro, conforman los testimonios o testigos más antiguos que existen de los documentos bíblicos. A partir del histórico formato del rollo (en latín, volumina), conformado por la unión de hojas de papiro independientes, se desarrollaron diferentes formas de escritura manuscrita, tales como la caligrafía mayúscula o minúscula, muy comunes en la transmisión de los textos cristianos.

Aunque los códices cristianos más importantes son relativamente tardíos, esto no significa que su uso también lo fuera. / Crédito: BITE (Grok)

Luego, el desarrollo de la transmisión literaria nos lleva hacia el códice, el sustituto definitivo del rollo. En pocas palabras, este formato corresponde al de un cuaderno o cuadernillo: adquiere su forma a partir de un conjunto de hojas de papiro o pergamino apiladas, plegadas y unidas por medio de hilo.

Aunque los códices cristianos más importantes son relativamente tardíos, esto no significa que su uso también lo fuera. Por ejemplo, los orígenes del formato datan de la cultura escrita romana del siglo I, que tenía una especial preferencia por el rollo. Los estudiosos señalan que ambos formatos textuales coexistieron durante siglos. También apuntan que, para el siglo IV, el códice había alcanzado una mayor aceptación literaria, aunque el rollo fue usado y producido hasta los primeros siglos del Medioevo. Es decir, su origen depende de formatos anteriores y fue una consecuencia del desarrollo progresivo de la transmisión literaria antigua dentro del Imperio.

Los datos de los que disponemos indican un uso temprano del códice dentro de la literatura antigua y cristiana que se remonta al siglo I. En palabras de Lee Martin McDonald, especialista en canon bíblico: “A principios del siglo II, el uso del códice era la forma más común de transmitir escritos cristianos en la mayoría de los manuscritos que sobrevivieron”. De hecho, McDonald hace referencia a las palabras del autor de 2 Timoteo 4:13 como un temprano testimonio del uso de este formato. Pero también el judaísmo conoce códices antiguos, aunque notablemente posteriores a los de origen cristiano: el Códice de Profetas (siglo IX), el de Alepo (siglo X) y el de Leningrado (siglo XI).

Página del Códice de Alepo, correspondiente al libro de Deuteronomio. / Crédito: Dominio público

Algunas razones de su elección

El predominio manuscrito del códice sobre el rollo es un hecho comprobado, pero las razones de su elección, especialmente en el cristianismo primitivo, siguen siendo objeto de debate, pues ninguna de las ventajas que suelen señalarse parece suficiente por sí sola para explicar este gran cambio. Como señala Larry Hurtado, especialista en Nuevo Testamento, fueron “diversos estímulos poderosos” los responsables “del papel fundamental que juega el códice en el cristianismo primitivo”.

Su elección se debe a una combinación de múltiples factores que acabaron por convencer a los copistas, traductores y transmisores cristianos del texto del Nuevo Testamento o de la Biblia cristiana en general. Según Hurtado y las especialistas en manuscritos y transmisión bíblica Christina M. Kreinecker y Guadalupe Sejias de los Rios-Zarzosa, algunos de esos factores son:

  • Movilidad y compacidad (cualidad de ser compacto): el códice era más fácil de transportar y almacenar que el rollo, lo que suponía una ventaja práctica tanto reconocida y valorada en la Antigüedad como promovida en el arte y la literatura. Sin embargo, los primeros códices cristianos solían contener obras individuales y no eran significativamente más prácticos para el transporte o el almacenamiento que los rollos. Así, la compacidad no explica por sí sola la preferencia cristiana por el códice.
  • Eficiencia económica: el códice permitía escribir por ambas caras o lados, reduciendo el consumo del material utilizado. No obstante, los costos de copia permanecían prácticamente iguales y la fabricación del códice era más compleja y elaborada que la del rollo, lo cual implicaba necesariamente un precio mayor. Además, los manuscritos cristianos tempranos indican que el ahorro de material no fue una prioridad. Por ello, el argumento económico resulta insuficiente.
  • Capacidad de reunir varios textos: aunque el códice permitía recopilar múltiples escritos en un solo volumen, los primeros ejemplares no fueron concebidos originalmente con ese propósito. Las colecciones de Evangelios y de cartas paulinas aparecen de forma más clara a partir del siglo III, mientras que las copias completas de la Biblia son un fenómeno aún más tardío. Por tanto, esta ventaja tampoco explica el origen y la temprana difusión del formato en cuestión.
  • Facilidad de manejo: se ha argumentado que el códice era más cómodo o fácilmente transportable que el rollo, pero esta explicación resulta un tanto anacrónica. Para los lectores de la Antigüedad, el manejo del rollo era una práctica habitual y no necesariamente más difícil que pasar páginas, como se haría en el formato del códice. En consecuencia, este aspecto es cuestionable.
El predominio manuscrito del códice sobre el rollo es un hecho comprobado. / Crédito: Envato Elements

En conclusión, ninguna de las respuestas ofrecidas para justificar la adopción del formato del códice explica por sí sola su elección final. Su éxito debe entenderse, más bien, como el resultado de un proceso conformado por varios factores. Con todo, la preferencia por el códice es un hecho innegable.

En su libro Los primitivos papiros cristianos, Hurtado identifica el total de códices por religión: judíos, gnósticos, clásicos y cristianos. Estos últimos abarcan el uso mayoritario, con un 73%, frente al 0.7% de códices judíos, el 0.1% de gnósticos y el 26.2% de clásicos. Asimismo, informa que, para el siglo IV, el formato de libro preferente era el códice, con un 56.3%, frente al 15.2% del rollo y el 22% de la lámina.

Portada de Los primitivos papiros cristianos / Crédito: Dominio público

Los principales códices del Nuevo Testamento

Cuando pensamos en los principales códices del Nuevo Testamento, hay cinco que que han sido ampliamente reconocidos como tal.

1. Códice Sinaítico (Codex Sinaiticus)

Aunque data del siglo IV, fue popularizado en el siglo XIX, durante los estudios del Nuevo Testamento por Konstantin von Tischendorf, quien lo adquirió y examinó en el monasterio de Santa Catalina, en el monte Sinaí. Aunque se desconoce su origen, las hipótesis parecen dar preferencia a Egipto. Es el único códice bíblico conocido que fue escrito a cuatro columnas.

En cuanto a su descubrimiento, Tischendorf emprendió en 1844 una incansable búsqueda de manuscritos bíblicos por Oriente. Su travesía lo llevó al monasterio de Santa Catalina, donde tuvo acceso a 129 hojas del códice y obtuvo 43 de ellas. Estas fueron llevadas a Leipzig y publicadas en 1846 como Codex Friderico-Augustanus. En 1859, Tischendorf volvió a Santa Catalina y tuvo acceso a una porción mucho más extensa del manuscrito, compuesta por 347 hojas. Tras obtener permiso para trasladarlas, las llevó a San Petersburgo para su estudio. Finalmente, en 1862, publicó una edición facsimilar del códice en cuatro volúmenes.

La mayoría de las hojas del Códice Sinaítico se encuentran actualmente en la Biblioteca Británica de Londres, mientras que otras están en San Petersburgo, Leipzig y el propio monasterio de Santa Catalina. Además de los escritos del canon del Nuevo Testamento, contiene la Epístola de Bernabé y parte del Pastor de Hermas. Asimismo, por tratarse de una Biblia cristiana, conserva numerosos escritos del Antiguo Testamento, algunos completos y otros de manera parcial.

Fragmento del Codex Sinaiticus que contiene parte del libro de Ester (Ester 2:3-8). / Crédito: Dominio público

2. Códice Vaticano (Codex Vaticanus) 

Datado del siglo IV, formaba parte del inventario de la Biblioteca Vaticana desde finales del siglo XV. Sin embargo, el hecho de haber sido descubierto en Roma arroja poca luz sobre su verdadero origen. En 1867 se publicó una edición del manuscrito destinada al estudio de los especialistas.

El manuscrito contiene el Antiguo Testamento y 22 escritos del Nuevo Testamento. Comienza en Génesis 46:28 y ha perdido varias partes, como las páginas correspondientes a Salmos 105:27-137:6. Los libros de los Macabeos no están incluidos. En el Nuevo Testamento, el texto se interrumpe en la Epístola a los Hebreos (sólo contiene desde el 1:1 hasta el 9:14), por lo que no se sabe si contenía el Apocalipsis u otros escritos. Por ello, estrictamente hablando, el Códice Vaticano no debería considerarse una Biblia completa, aunque actualmente suceda lo contrario.

Página del Codex Vaticanus, con el final de 2 Tesalonicenses y el comienzo de Hebreos. / Crédito: Dominio público

3. Códice Alejandrino (Codex Alexandrinus) 

Data del siglo V y probablemente su lugar de origen fue Egipto. El patriarca Cirilo Lukaris se lo obsequió al rey Carlos I de Inglaterra en 1628. Actualmente se conserva en la Biblioteca Británica de Londres.

Esta copia del Nuevo Testamento no está completa: faltan el final del Evangelio de Mateo, la sección de Juan 6:50-8:52 y la de 2 Corintios 4:13-12:6. También contiene un par de escritos apócrifos del Nuevo Testamento, como 1 Clemente y 2 Clemente hasta 12:4. Además, probablemente, como apunta F. F. Bruce, incluía originalmente los Salmos de Salomón, ya que dicho título figura en su índice, aunque no en su contenido. En total, contiene 29 escritos, de los cuales 27 corresponden al Nuevo Testamento.

Sin embargo, el códice corresponde a una Biblia cristiana, por lo que también integra el texto del Antiguo Testamento casi en su totalidad. Entre sus características se encuentra la siguiente, señalada por la Biblioteca Británica: “Las primeras líneas de cada libro están escritas en tinta roja y las secciones dentro del libro están marcadas con una letra más grande colocada en el margen […]. Contiene 773 páginas, 630 para el Antiguo Testamento y 143 para el Nuevo Testamento. Cada página mide 32 cm x 26.5 cm”.

Pasaje de Lucas 12:54–13:4 tomado del manuscrito del Codex Alexandrinus. / Crédito: Dominio público

4. Códice Ephraemi Rescriptus 

Perteneciente al siglo V, corresponde a un palimpsesto cuyo texto fue borrado en el siglo XII y reemplazado por 38 escritos de Efrén el Sirio que fueron traducidos al griego. En otras palabras, originalmente el códice contenía texto bíblico que posteriormente fue borrado de las hojas para escribir en ellas otros escritos cristianos.

Este códice se vincula con París, aunque se desconocen las causas y circunstancias que lo llevaron hasta allí, así como las que dieron lugar a su origen. Al igual que en el caso del Códice Sinaítico, el personaje importante aquí es Tischendorf, quien logró estudiarlo entre 1840 y 1843 a tal nivel que pudo identificar, descifrar y transcribir su texto bíblico. Su trabajo fue decisivo: pudo redescubrir y revelar un testimonio cristiano que estaba literalmente oculto.

El códice presenta importantes lagunas tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, entre ellas la ausencia completa de 2 Tesalonicenses y 2 Juan. No es posible determinar si el texto original incluía también escritos no canónicos.

Codex Ephraemi Rescriptus / Crédito: Biblioteca Nacional francesa

5. Códice Beza (Codex Bezae) 

Datado alrededor del año 400, su lugar de origen es objeto de debate. D. C. Parker ha propuesto que fue producido en Beirut, aunque se han planteado también otras posibles procedencias. Su historia durante los siglos siguientes es difícil de reconstruir. Sin embargo, existen evidencias de que para el siglo IX el manuscrito se encontraba en Lyon, Francia, donde algunas de sus hojas fueron reemplazadas.

Sin embargo, lo más interesante de su historia es su relación con el reformador Teodoro de Beza, colega y sucesor de Juan Calvino en Ginebra. De él toma su nombre. De acuerdo con el propio testimonio de Beza, el manuscrito llegó a sus manos en 1562. Donó el texto a la Universidad de Cambridge en 1581, allí lo reprodujeron en formato fotográfico en 1899. Es bilingüe: su contenido está redactado en griego y latín. Tiene una extensión de 406 hojas y comprende textos de los cuatro Evangelios, mayormente de Mateo, aunque solamente el de Lucas está completo.

Una muestra del texto griego del Codex Bezae. / Crédito: Dominio púbico

Características de los códices bíblicos

Sabiendo que el códice fue adoptado muy tempranamente por el cristianismo, debemos señalar que tales manuscritos desarrollaron características propias y diversos recursos textuales destinados a organizar y facilitar la transmisión del texto.

Algunas características son los nomina sacra: abreviaturas de conceptos significativos utilizados para nombres, títulos, lugares y otros términos. Entre los términos que comenzaron a abreviarse desde una época temprana se encuentran “Dios”, “Señor”, “Cristo” y “Jesús”. Generalmente, se contraían las letras de la palabra y se señalaban con una línea superior.

Por ejemplo, la palabra θεός o ΘΕΟΣ en mayúsculas (Dios), quedaba: ΘΣ̅. La contracción consistía en representar la palabra a partir de la primera (Θ) y la última (Σ) letra. Otro ejemplo ocurre con κύριος o ΚΥΡΙΟΣ en mayúsculas (Señor), que resultaba en ΚΣ̅. Lo mismo podemos observar con Χριστός o ΧΡΙΣΤΟΣ en mayúsculas (Cristo), que quedaba ΧΣ̅, y con Ἰησοῦς o ΙΗΣΟΥΣ) (Jesús), ΙΣ̅.

El códice fue adoptado tempranamente por los cristianos y facilitó la transmisión del texto. / Crédito: Envato Elements

La razón de su origen sigue siendo incierta, aunque parece natural que haya sido un procedimiento tomado de la cultura circundante. Kreinecker, siguiendo a Hurtado, señala la relación entre su uso y las abreviaturas de títulos honoríficos empleadas en el mundo romano.

Otra característica de los códices cristianos consiste en el llamado Canon Eusebiano, un importante recurso presente específicamente en aquellos que contienen los cuatro Evangelios. Se estima que este recurso fue desarrollado por Eusebio de Cesarea, el gran historiador del cristianismo antiguo del siglo IV, y que consistió en un sistema numérico que facilitó la comparación de los Evangelios. 

Por medio del Canon Eusebiano, se podían identificar los pasajes comunes a los cuatro Evangelios; los compartidos por los sinópticos; los que se encontraban solamente en dos de ellos; y, finalmente, aquellos que eran propios de un solo Evangelio. Todas estas categorías eran llamadas cánones. La meta práctica de esta herramienta era servir para la referencia, comparación y armonización de los pasajes evangélicos.

Eusebio de Cesarea / Crédito: Dominio público

Otro recurso importante fueron los sistemas empleados para dividir y organizar el texto, entre ellos las kephalaia o capítulos. Algunos códices, como el Vaticano, el Alejandrino y el Zacintio, incorporaron sistemas de división desarrollados con anterioridad. Según señala Kreinecker, estos no seguían un criterio uniforme, por lo que un mismo libro podía presentar un número diferente de secciones dependiendo del sistema utilizado. Así, por ejemplo, el Evangelio de Mateo podía dividirse en 170 capítulos según un sistema y en 68 según otro.

Las características de los códices se extienden también a los llamados cambios textuales. Entre ellos se identifican la diptografía, es decir, la repetición accidental de caracteres; la haplografía, la omisión accidental de letras; y el itacismo, la confusión de sonidos que provocaba cambios en las palabras. También existían cambios de carácter intencional. Entre ellos se encontraban modificaciones del texto como la sustitución de sinónimos, la suavización de oraciones, la adición de elementos aclarativos, la corrección de pasajes que contenían citas de otros textos y la mejora ortográfica de expresiones para facilitar su lectura.

Los códices como testigos de la transmisión del Nuevo Testamento

Los principales códices del Nuevo Testamento constituyen fuentes primarias y testimonios fundamentales de cómo los escritos cristianos fueron transmitidos durante los primeros siglos. 

Su antigüedad, extensión y diversidad textual permiten comparar diferentes formas del texto y observar tanto las coincidencias como las variantes, tan naturales en el proceso de copia y transmisión literaria. Y su valor aumenta cuando se consideran en conjunto. A partir de allí, cada uno puede estudiarse también de manera aislada, pero su verdadera relevancia se manifiesta al situarlo dentro de la tradición manuscrita.

Además, estos manuscritos permiten conocer no solamente el contenido del texto bíblico, sino también las prácticas mediante las cuales este fue leído, organizado, corregido y transmitido. Los nomina sacra y otros recursos que facilitaban la lectura, la consulta y la comparación de los textos, forman parte de la historia misma de la transmisión bíblica. También resulta importante el testimonio que ofrecen sobre las variantes textuales. Los errores involuntarios de los copistas, junto con las modificaciones intencionales, permiten comprender cómo se produjo la diversidad textual que encontramos en los manuscritos.

Finalmente, la historia de estos códices posee un valor para la investigación bíblica. Algunos de ellos permanecieron durante siglos en bibliotecas o monasterios; otros fueron reutilizados como palimpsestos; y algunos solo pudieron ser estudiados adecuadamente mediante nuevas técnicas de investigación. Su recuperación permitió poner a disposición de los estudiosos testimonios que, hasta entonces, permanecían parcial o completamente desconocidos.

Por lo tanto, la importancia de los grandes códices del Nuevo Testamento no depende únicamente de su antigüedad. Como parte esencial del patrimonio escrito del cristianismo antiguo, su verdadero valor radica en que permiten reconstruir la historia de la transmisión del texto cristiano, conocer las prácticas de los antiguos copistas y lectores, comparar distintas tradiciones manuscritas y comprender mejor el proceso mediante el cual el texto del Nuevo Testamento llegó hasta nosotros. Constituyen, en síntesis, una de las bases fundamentales para el estudio histórico, literario y crítico del Nuevo Testamento.


Referencias y bibliografía

Kodizes (2017) de Christina M. Kreinecker. Stuttgart: Deutsche Bibelgesellschaft.

The Formation of the Biblical Canon (2017) de Lee Martin McDonald. Nueva York: Bloomsbury T&T Clark.

Codex Bezae: An Early Christian Manuscript and Its Text (1992) de D. C. Parker. Reino Unido: Cambridge University Press.

A través de los siglos: Historia del texto bíblico (2012) de M. Teresa Ortega Monasterio, J. Manuel Sánchez Caro y G. Sejias de los Rios-Zarzosa. Estella: Editorial Verbo Divino.

Los primitivos papiros cristianos (2010) de Larry W. Hurtado. Salamanca: Sígueme.

El canon de las Escrituras (2022) de F. F. Bruce. Barcelona: Clie.

Scribal Habits of Codex Sinaiticus (2013) de Dirk Jongkind. River Road: Gorgias Press.

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Autor

Nicolás R. Elgueta

Nicolás R. Elgueta es Licenciado en Teología del Seminario de la IDS, Chile. Es profesor de Historia Eclesiástica y Patrística en el Instituto Bíblico IBCIS, y en el Seminario Teológico Reformado John Knox. Fue coeditor y traductor del libro La fe que confesamos (2020), y autor en Los Cánones de Dort para el siglo XXI (2023).

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