Mucho antes de Calvino, otros cristianos ya defendían la predestinación

Los reformadores argumentaron que sus doctrinas concordaban con la Escritura, pero también apelaron a la historia de la Iglesia. Según ellos, la predestinación y las otras doctrinas de la gracia no eran enseñanzas novedosas, sino sostenidas desde los padres de la Iglesia, especialmente Agustín.

Imagen: BITE

Los protestantes de la tradición reformada no han sido tímidos a la hora de defender la doctrina de la predestinación: la elección soberana y llena de gracia de Dios para salvar a pecadores individuales para Su propia gloria.

En la obra maestra de Martín Lutero de 1525, On the Bondage of the Will (Sobre la voluntad cautiva), una de las dos únicas obras que escribió y consideró dignas del interés de la posteridad, el reformador fundamentó su doctrina de la esclavitud de la humanidad pecaminosa al pecado en la soberana predestinación de Dios:

Si creemos que es verdad que Dios conoce de antemano y predestina todas las cosas (Ro 8:29), que Él no puede equivocarse en Su presciencia ni ser obstaculizado en Su predestinación, y que nada sucede sino como Él lo desea (como la razón misma se ve obligada a admitir), entonces por el testimonio de la razón misma no puede haber ninguna libre elección en el hombre, ni en un ángel, ni en ninguna criatura.

Juan Calvino definió de manera concisa la predestinación divina como aquello “por lo cual Dios adopta a unos para la esperanza de vida, y condena a otros a la muerte eterna”. De manera más completa, profesó:

Llamamos predestinación al decreto eterno de Dios, por el cual Él determinó consigo mismo lo que deseaba que fuera de cada hombre. Porque no todos son creados en igualdad de condiciones; más bien, la vida eterna está preordenada para unos, y la condenación eterna para otros. Por lo tanto, como cada hombre ha sido creado para uno u otro de estos fines, hablamos de él como predestinado a la vida o a la muerte.

El Sínodo internacional de Dort (1618-1619), convocado para abordar los puntos de vista erróneos del arminianismo, definió la elección como:

el propósito inmutable de Dios por el cual […] antes de la fundación del mundo, por pura gracia, según el libre y buen beneplácito de Su voluntad, Él escogió en Cristo para salvación a un número definido de personas particulares de entre toda la raza humana, la cual había caído por su propia culpa de su inocencia original al pecado y la ruina (1.7).

Finalmente, el compendio de doctrina más importante en la tradición protestante de habla inglesa, la Confesión de fe de Westminster, dice esto sobre la predestinación: “Por el decreto de Dios, para la manifestación de Su gloria, algunos hombres y ángeles están predestinados a la vida eterna; y otros preordenados a la muerte eterna” (3.3).

Sola scriptura, no nuda scriptura

Los reformadores de la primera y segunda generación como Lutero y Calvino, sin embargo, fueron desafiados inmediata y constantemente por sus oponentes católicos debido a su atrevimiento al enseñar una doctrina que no estaba de acuerdo con la enseñanza católica de su época. Los reformadores comenzaron argumentando, como esperaríamos que hicieran, que creían en estas cosas porque la Biblia las enseñaba.

¿Quién puede olvidar las palabras desafiantes de Lutero en la Dieta de Worms? “A menos que esté convencido por la Escritura y la simple razón (no acepto la autoridad de los papas y concilios, porque se han contradicho entre sí) mi conciencia está cautiva a la Palabra de Dios”. A lo largo de la Institución de la religión cristiana de Calvino y en sus voluminosos sermones y comentarios, él también muestra su creencia en la autoridad suprema de la Biblia.

Sin embargo, al basar todas sus vidas en la sola scriptura, Lutero y Calvino nunca degeneraron hacia una nuda scriptura (“Escritura desnuda”). Más bien, creían que leemos la Biblia en comunidad, aprendiendo de otros pecadores (vivos y muertos) cómo entender mejor sus enseñanzas y cómo corregir los puntos ciegos en nuestra interpretación. La tradición nunca supera a la Escritura, pero es una herramienta muy útil para revisar nuestra hermenéutica bíblica y nuestras formulaciones doctrinales.

De hecho, Lutero y Calvino encontraron consuelo en el hecho de que sus puntos de vista, aunque no eran la enseñanza principal de la Iglesia católica de su época, tenían precedentes históricos. En la Disputa contra la teología escolástica de 1517 de Lutero, que precede a sus más famosas 95 tesis, él argumenta extensamente contra todo tipo de errores soteriológicos de su época, incluyendo el “camino moderno” de Gabriel Biel y la visión estándar de la iglesia de su época, la cual catalogó como pelagiana.

En su lugar, escribió: “El hombre, siendo un árbol malo, solo puede querer y hacer el mal” (Tesis 4). “La mejor e infalible preparación para la gracia y la única disposición hacia la gracia es la elección y predestinación eterna de Dios” (Tesis 29). Explicando sus puntos de vista en desarrollo a un grupo de monjes agustinos en la Disputa de Heidelberg en 1518, Lutero exclamó: “El libre albedrío, después de la caída, existe solo de nombre” (Tesis 13). Sus pruebas de las tesis están salpicadas de referencias a Agustín, como: “San Agustín dice en su libro, El espíritu y la letra, ‘El libre albedrío sin la gracia no tiene el poder de hacer nada más que pecar’; y en el segundo libro de Contra Juliano, ‘Llamas libre a la voluntad, pero de hecho es una voluntad esclavizada’, y en muchos otros lugares” (prueba de la Tesis 13).

Más tarde, mientras se preparaba para su debate de Leipzig de 1519 contra un oponente católico, Lutero se refirió felizmente a Gregorio de Rímini y lo llamó el único discípulo verdadero de Agustín entre los teólogos escolásticos medievales:

Es cierto que los llamados “teólogos modernos”, en este punto de la gracia y el libre albedrío, están de acuerdo con los escotistas y tomistas, excepto por uno al que todos condenan, Gregorio de Rímini. […] Además, estos teólogos dejaron absoluta y convincentemente claro que son peores que los pelagianos.

Lutero se consoló con que Gregorio estuviera de su lado al aferrarse a la soberana predestinación de Dios de los pecadores indefensos y muertos.

En numerosas ocasiones, Calvino desafió a sus oponentes católicos por su acusación de que su enseñanza era novedosa. A lo largo de su Respuesta a Sadoleto, por ejemplo, Calvino afirma contra su oponente católico que “nuestro acuerdo con la antigüedad es mucho más estrecho que el suyo”, introduciendo a varios maestros de los primeros siglos de la Iglesia que abrazaron la doctrina protestante, no la papal.

Cuando defiende su enseñanza sobre la predestinación divina en su Institución, Calvino apela regularmente a Agustín como alguien que creyó las mismas doctrinas. En un momento, señala: “Si quisiera tejer todo un volumen a partir de Agustín, podría mostrar fácilmente a mis lectores que no necesito otro lenguaje que el suyo. Pero no quiero abrumarlos con palabrería”. En cambio, Calvino simplemente estuvo de acuerdo aquí con la reflexión de Agustín sobre Romanos 9: “La gracia de Dios no encuentra, sino que hace, a aquellos aptos para ser elegidos”.

Estos comentarios de Lutero y Calvino nos llevan a preguntarnos exactamente cuál era el estado del “calvinismo” antes de la Reforma protestante del siglo XVI. Aunque el calvinismo abarca más que la doctrina de la soberana predestinación de Dios, centraremos nuestra atención allí.

De los padres a Agustín

Los primeros escritores cristianos después del cierre del canon del Nuevo Testamento no enfatizaron la predestinación de Dios de Sus elegidos. De hecho, hasta los días en que Agustín se sintió obligado a responder a las ideas heréticas de Pelagio (quien, entre otras cosas, negó la verdad bíblica del pecado original) y a los posteriores semipelagianos (quienes enseñaron que, aunque las personas heredaban el pecado de Adán, todavía eran capaces por sí mismas de hacer algún bien espiritual al cual Dios respondería con gracia), la Iglesia no enfatizó el tono de la gracia que predestina evidente en las enseñanzas de Pablo o Jesús.

¿Por qué algunos grandes pensadores en la historia de la Iglesia (personas como Justino Mártir, Ireneo, Tertuliano y Atanasio), que pensaron profundamente y escribieron con cuidado, no abordaron una doctrina que parece tan evidente a lo largo del Antiguo y del Nuevo Testamento? Varias razones pueden contribuir.

Primero, aunque muchos cristianos pensaron profundamente durante este período de tiempo, los seguidores de Jesús se enfrentaron a persecuciones intermitentes y a veces en todo el imperio hasta el reinado de Constantino como emperador de Roma. El Edicto de Milán de Constantino en 313 finalmente concedió a los cristianos la libertad de religión. Los creyentes que luchaban por sus vidas se veían privados del lujo de reflexionar tan profundamente sobre la Palabra de Dios como deseaban hacerlo. Además de esta presión por la persecución, las autoridades romanas a veces destruían los escritos cristianos, especialmente sus copias de las Escrituras.

Segundo, a medida que los primeros cristianos luchaban por definirse a sí mismos en un entorno hostil, se esforzaron por evitar muchos de los errores de su época. Se opusieron al estoicismo, que era fatalista, además de otras religiones y filosofías fatalistas. John Hannah ciertamente tiene razón al señalar lo siguiente:

…como los argumentos son moldeados por los oponentes, causando un desequilibrio perpetuo, y como la doctrina se formula solo en puntos de conflicto y no de manera holística, la acusación gnóstica y maniquea del fatalismo cristiano llevó a una contranegación [por parte de la Iglesia] que resultó en un énfasis antibíblico en la libertad.

Tercero, y en relación con sus preocupaciones sobre el fatalismo de los gnósticos y otros, los primeros cristianos enfatizaron la importancia de la obediencia en la vida cristiana. Tenían motivos para temer que uno de los errores de los maniqueos, por ejemplo, fuera una actitud de “no pude evitarlo” respecto al pecado. De la mano con el fatalismo de estos grupos, había un impulso para aprobar la vida licenciosa. Al reaccionar a la licencia (correcto), se alejaron de una fuerte afirmación de la soberanía de Dios en la salvación (incorrecto).

Herman Bavinck resumió bien las dos preocupaciones anteriores:

En la Iglesia primitiva, en un momento en que tenía que lidiar con el fatalismo pagano y el naturalismo gnóstico, sus representantes se centraron exclusivamente en la naturaleza moral, la libertad y la responsabilidad de los humanos y, por lo tanto, no pudieron hacer justicia a la enseñanza de la Escritura respecto al consejo de Dios. Aunque los humanos habían sido más o menos corrompidos por el pecado, permanecían libres y eran capaces de aceptar la gracia ofrecida por Dios. La enseñanza de la Iglesia no incluía una doctrina de predestinación absoluta y gracia irresistible.

Cuarto, ¿me atrevo a sugerir que tal vez algunos de los primeros cristianos simplemente estaban equivocados en su interpretación del texto bíblico y las conclusiones que sacaron del mismo? Erraron en otras doctrinas (al menos este bautista confesional piensa que lo hicieron), como en su rápido movimiento hacia la autoridad episcopal en sus iglesias, algunas de las visiones mágicas que asociaron con la Cena del Señor, su giro hacia el bautismo infantil y algunas de sus interpretaciones bíblicas excesivamente alegóricas.

Este argumento tomaría más espacio para desarrollarse (y requeriría otro artículo para explicar la relación entre la autoridad de la historia y la autoridad de la Biblia), pero la mayoría de los protestantes estarían de acuerdo al menos con partes de lo que he dicho aquí. Definitivamente estarían de acuerdo en que el movimiento posterior de la Iglesia medieval hacia una comprensión sacramental de la salvación basada en el mérito y alimentada por el miedo al purgatorio no tiene base en la Escritura.

B.B. Warfield sugiere con perspicacia que había una lógica en los debates y determinaciones doctrinales de la Iglesia primitiva. Él observa:

Las principales controversias de los primeros cuatro siglos y las definiciones de doctrina resultantes, se referían a la naturaleza de Dios y la persona de Cristo; y no fue hasta que estas cuestiones teológicas y cristológicas estuvieron bien encaminadas hacia su resolución final, que la Iglesia pudo dirigir su atención hacia el lado más subjetivo de la verdad [es decir, la doctrina de la salvación].

Él continúa:

Era inevitable que tarde o temprano surgiera alguien que enfatizara tan unilateralmente un elemento u otro de la enseñanza de la Iglesia respecto a la salvación, como para arrojarse a sí mismo a la herejía, y llevar a la Iglesia, a través de la controversia con él, a una definición precisa de las doctrinas del libre albedrío y la gracia en sus relaciones mutuas.

De Agustín a Aquino

El fósforo que encendió el fuego, por así decirlo, de la codificación por parte de la Iglesia de sus creencias sobre la salvación fue el monje británico Pelagio. Al mudarse a Roma y ver lo que él pensaba que era la disciplina laxa de los cristianos allí, Pelagio pensó que podía resolver el problema: simplemente enseñar a las personas que no estaban atadas en pecado a Adán (es decir, negar la doctrina del pecado original), y decirles que podían ser perfectos si tan solo trabajaban lo suficientemente duro, ¡y todo estaría bien! Bueno, no todo estuvo bien para Pelagio, porque su enseñanza provocó la ira teológica de Agustín, cuyo apodo “Doctor de la gracia” se debe a su reacción ante la herejía de Pelagio. Impulsado por su lectura de las epístolas de Pablo, Agustín afirmó que Dios:

…los ha designado [a las personas condenadas en Adán] para ser regenerados […], a quienes Él predestinó para la vida eterna, como el dador de gracia más misericordioso. Sin embargo, para aquellos a quienes Él ha predestinado a la muerte eterna, Él también es el otorgador más justo del castigo, no solo por los pecados que añaden en la indulgencia de su propia voluntad, sino también por su pecado original, incluso si, como en el caso de los infantes, no le añaden nada.

En otras palabras, como escribe Gregg Allison, Agustín creía que “todo depende de la voluntad soberana de Dios de elegir a unos y pasar por alto a otros”.

Después de la muerte de Agustín, sus puntos de vista fueron atacados por semipelagianos como Juan Casiano (m. después de 430), Vicente de Lerins (m. 450) y Fausto de Riez (m. 490); fueron defendidos por Próspero de Aquitania (m. 463) y Hilario de Arlés (m. 449). La controversia culminó en el Sínodo de Orange (529) que, en palabras de Hannah, resultó en una tibia afirmación de los puntos de vista de Agustín que allanó el camino para los cambios en su doctrina en la era medieval temprana:

Aunque los hallazgos del sínodo fueron de tono agustiniano, lo fueron solo de manera moderada. Si bien se reconoció la elección, no se mencionó la elección incondicional (aunque estaba implícita), la gracia no fue vista como irresistible y la predestinación fue expresamente anatematizada. El sínodo abogó por una salvación cooperativa desde una perspectiva agustiniana.

Orange, en efecto, estableció “el patrón para la teología católica en el período medieval, un semiagustinianismo”.

Para complicar las cosas con el destino del pensamiento de Agustín estuvo el ascenso al poder del papa Gregorio I (r. 590-604). Aunque pensaba que simplemente estaba replanteando el pensamiento de Agustín para una nueva generación, Gregorio Magno (como se le llama a menudo) en realidad coloreó el pensamiento de Agustín con un matiz semipelagiano. Parece que leyó a Agustín a través de la lente del pensamiento de Casiano.

Por lo tanto, el pensamiento de Agustín se perdió para muchas generaciones de católicos medievales. A veces, cuando las personas enseñaban algo similar al pensamiento de Agustín, eran perseguidas por ello. Tal fue el caso de Godescalco. Godescalco de Orbais (m. 869) enseñó una doctrina de predestinación agustiniana en su totalidad (incluyendo su doble aspecto). Sus puntos de vista fueron tan controvertidos en su época que sufrió un juicio y, finalmente, encarcelamiento por sostenerlos, a pesar de que otros (como Prudencio, Remigio, Ratramno y Lupo) estaban de acuerdo con él.

Sin embargo, hubo todavía algunos pensadores importantes posteriores que siguieron a Agustín, al menos en parte. Bernardo de Claraval (m. 1153) parece haber apoyado la doctrina de salvación de Agustín. Según el historiador y teólogo Tony Lane, Bernardo creía que, “dejados a sí mismos, los seres humanos caídos solo pecarán. […] La gracia mueve de tal manera la voluntad que esta elige libre y voluntariamente el bien. La gracia cambia la voluntad del mal al bien, no destruyendo su libertad, sino transfiriendo su lealtad”.

De Aquino a la Reforma

Cuando llegamos al gran teólogo y punto culminante del escolasticismo medieval, Tomás de Aquino (1225-1274), podríamos pensar que hemos dejado atrás el pensamiento de Agustín. Ciertamente, Tomás no fue tan apasionado en priorizar la gracia divina como lo fue Agustín. Eso podría haberse debido a su temperamento o al género en el que escribió.

De hecho, sin embargo, siguió a Agustín principalmente en cuanto a la predestinación. “La predestinación”, dijo, es un “ordenamiento de algunas personas hacia la salvación eterna, existente en la mente divina”. Señaló que Dios, “al predestinar desde la eternidad, decretó de tal manera nuestra salvación, que debería lograrse a través de Jesucristo. Porque la predestinación cubre no solo lo que debe lograrse en el tiempo, sino también el modo y el orden en que debe lograrse en el tiempo”. J. B. Mozley, teólogo e historiador anglicano, ciertamente tiene razón: “Entre la doctrina agustiniana y tomista de la predestinación, y la de Calvino, no puedo ver ninguna diferencia sustancial”.

Vimos anteriormente que Lutero se sintió animado por las similitudes de su doctrina de la predestinación y su concomitante, la esclavitud de la voluntad humana al pecado, con la de Gregorio de Rímini. También podría haber hecho referencia a otro seguidor de Agustín del siglo XIV, el inglés Thomas Bradwardine (m. 1349), autor de la importante obra de 1344 De Causa Dei contra Pelagium et de virtute causarum (Sobre la causa de Dios contra Pelagio y la virtud de las causas).

Afirmando a lo largo del texto que Agustín estaba de su lado, Bradwardine señala: “Dios no le concede al hombre la vida eterna por sus futuras buenas obras, sino que, por el contrario, Él le concede las buenas obras que pueden llevarlo a la vida eterna”. En otro lugar argumenta: “¿Qué injusticia y crueldad se le pueden reprochar a Dios por el hecho de que Él elija predestinar y crear a una de Sus criaturas para el servicio de otra criatura, y a ambas para Su propio servicio, alabanza, gloria y honor?”.

Rímini y Bradwardine formaron parte de un grupo de sacerdotes y teólogos de mentalidad agustiniana (llamada la escuela agustiniana moderna) que fue significativo en la víspera de la Reforma. Defendieron temas de la enseñanza de Agustín como “un énfasis en la necesidad de la gracia, en la caída y pecaminosidad de la humanidad, en la iniciativa divina en la justificación y en la predestinación divina”.

Bradwardine influyó en un inglés posterior y más conocido, John Wycliffe (m. 1384), quien en muchos sentidos fue la “Estrella de la mañana de la Reforma” en Inglaterra. Desarrollando el pensamiento del primero, Wycliffe señaló que la “Iglesia verdadera” (a diferencia de la Iglesia institucional romana) era la “congregación de los predestinados” y que “ni el lugar ni la elección humana hacen a una persona miembro de la Iglesia, sino la predestinación divina respecto a cualquiera que, con perseverancia, siga a Cristo en amor, y al abandonar todos sus bienes mundanos, sufra para defender Su ley”. El reformador bohemio Jan Hus estuvo de acuerdo con Wycliffe: la Iglesia estaba compuesta por aquellos predestinados en Cristo, y el papa y todos los clérigos tenían autoridad solo en la medida en que se sometieran a la Palabra de Dios.

Incluso durante los primeros días de su desarrollo teológico, Lutero no estaba solo en su compromiso con la noción de gracia de Agustín. Su querido amigo Johann von Staupitz (m. 1524), un compañero monje agustino y superior de Lutero, enfatizó los temas de “la proveniencia de la gracia, la esclavitud de la voluntad y la predestinación”. Lutero comentó: “Recibí todo del Dr. Staupitz”.

Lecciones para reflexionar

Hay mucho en lo que debemos pensar al mirar atrás en el tiempo y ver cómo algunos en la Iglesia consideraron la doctrina de la predestinación hasta el tiempo de la Reforma. Con suerte, algunas de mis reflexiones estimularán más pensamientos y aplicaciones de tu parte.

Primero, ¡alabado sea Dios por la claridad de la Escritura! A través de los 66 libros de la inerrante Palabra de Dios, Dios el Espíritu Santo habla con una voz clara. Él nunca se contradice a Sí mismo, sino que nos enseña las mismas verdades en las páginas desde Génesis hasta Apocalipsis. Puede que no nos guste o no entendamos la doctrina de la predestinación soberana (aparentemente algunas personas que conocieron a Pablo tampoco lo hicieron; ver Romanos 9:19, junto con la respuesta del apóstol en los versículos 20-24). Pero no deberíamos dudar de que el Señor enseña Su prerrogativa divina de salvar a Sus elegidos por Su mero buen beneplácito, porque Él los ama (Ef 1:4-5; Dt 7:7-8), solo para Su gloria.

Segundo, una forma en que la humildad se mostrará en nuestras vidas es en nuestra disposición a escuchar lo que otros cristianos piadosos han dicho sobre cómo deberíamos entender la Escritura. Es bueno considerar el hecho de que bien podría haber alguien, en algún lugar, que haya vivido en algún momento, que podría simplemente entender una porción de la Escritura mejor que nosotros. Si existe tal individuo (y estoy convencido de que sí, de lo contrario, ¡para qué molestarse en leer comentarios o teologías sistemáticas, y mucho menos escuchar sermones!), entonces deberíamos desear aprender de tal persona. Ese es uno de los valores de tener acceso a los escritos de hombres dedicados a la Escritura como Agustín, Lutero y Calvino, así como a declaraciones confesionales saturadas de la Escritura como los Cánones de Dort y la Confesión de Westminster. Léelos humildemente. Podrías ver algo en la Biblia que habías pasado por alto antes.

Pero tercero, recuerda que, así como te acercas a la Escritura con anteojeras culturales particulares, así como con algunos puntos ciegos intelectuales y espirituales, también lo ha hecho todo humano pecador que haya vivido. Ningún humano es perfecto, excepto nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto, al leer a aquellos que te han precedido en la fe, prueba todo lo que dicen a la luz de la Escritura. Mantén la disposición de aprender de ellos a medida que ven cosas en la Biblia que no has visto antes o al articular verdades que has visto antes de una manera significativa. Pero recuerda que son criaturas ligadas a la cultura (al igual que tú). Tal vez te entiendas mejor a ti mismo en el proceso.

Finalmente, agradece a Dios por aquellos a lo largo de la historia de la Iglesia que han defendido tenazmente el derecho soberano de Dios a salvar a quien Él elija. Aprende de ellos que hay algunas verdades por las que vale la pena sufrir. Y aprende que Aquel que te salvó de hecho te guardará por Su gracia hasta el día de Cristo Jesús (Fil 1:6), incluso si Él lo hace a través de muchas tribulaciones (Ro 8:28-39). A Él sea la gloria.


Este artículo fue traducido y ajustado por David Riaño. El original fue publicado por Shawn Wright en Desiring God. Allí se encuentran las citas y notas al pie.

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Autor

Shawn Wright

Shawn Wright se desempeña como profesor de Historia de la Iglesia en The Southern Baptist Theological Seminary y como uno de los pastores en Clifton Baptist Church. Es autor de 40 Questions About Calvinism (40 preguntas sobre el calvinismo).

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