En 1945, en la región del Alto Egipto, un grupo de campesinos encontró accidentalmente una vasija de cerámica que contenía varios textos antiguos. Así fue como se recuperó una colección de manuscritos conocida como los “códices de Nag Hammadi”, los cuales estaban relacionados, en diversos grados, con el pensamiento gnóstico, el hermetismo y la filosofía de la Antigüedad tardía.
Pocos descubrimientos del siglo XX han producido tanto impacto como este, especialmente para la historia de las religiones. Por eso, en este artículo queremos resaltar la importancia de su contenido y cómo se dio su descubrimiento.
La biblioteca: su datación, presentación y contenido
Entre estos códices aparecen textos que actualmente reciben títulos como el Apócrifo de Juan, el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe, el Evangelio de la Verdad, el Apócrifo de Santiago, el Apocalipsis de Pablo, el Apocalipsis de Pedro, La hipóstasis de los arcontes, la Exposición valentiniana, Sobre el origen del mundo, La exégesis sobre el alma y numerosos tratados de carácter cosmológico, antropológico y soteriológico. También incluye materiales relacionados con tradiciones herméticas y filosóficas.

La autoría de varios de estos escritos es desconocida. Si bien incluso en sus títulos se atribuyen a personajes importantes de la tradición cristiana, esto no significa que hayan sido escritos realmente por ellos. Se trata, más bien, de textos de autoría espuria o “pseudoepígrafa”, es decir, atribuidos a figuras reconocidas del pasado que no fueron sus verdaderos autores.
El Evangelio de Tomás, aunque no ha sido reconocido como parte del cristianismo histórico ortodoxo, es probablemente el texto de esta colección que mayor repercusión ha tenido en los estudios sobre Jesús y el cristianismo primitivo. Consiste principalmente en una colección de dichos atribuidos a Jesús y presenta paralelos con materiales de los Evangelios sinópticos, junto con numerosos dichos que no poseen paralelos directos en ellos. Su descubrimiento fue especialmente significativo porque, antes de Nag Hammadi, solamente se conocían fragmentos griegos del mismo texto, que fueron encontrados en Oxirrinco a finales del siglo XIX. La existencia de una copia copta tan bien conservada permitió reconocer aquellos fragmentos como partes de un texto que estaba perdido (más sobre el Evangelio de Tomás en un momento).
Por eso, Nag Hammadi, además de permitir reconstruir textos cuya existencia solamente podía sospecharse a partir de testimonios fragmentarios y aislados, terminó añadiendo nuevos documentos al catálogo de la literatura cristiana antigua. Vale aclarar que al decir “cristiana” no nos referimos a que sea canónica u ortodoxa, sino que su orígen estuvo dentro de comunidades de tradición cristiana que vivieron en los primeros siglos.

Durante gran parte del siglo XX, los documentos de Nag Hammadi fueron analizados y presentados como “literatura gnóstica”. Tal denominación tenía una razón importante: muchos de los escritos presentan cosmologías, antropologías y concepciones de la salvación que los especialistas asociaban con el “gnosticismo” y que difieren significativamente de las formulaciones presentes en los escritos del Nuevo Testamento.
Sin embargo, la investigación contemporánea ha cuestionado la utilidad de tratar el “gnosticismo” como una religión uniforme, definida y delimitada, que existiera como una alternativa al cristianismo ortodoxo. Por eso, los investigadores contemporáneos han preferido estudiar cada obra dentro de su contexto literario, teológico e histórico particular y no bajo los límites de un solo concepto. Así pues, el término “gnóstico” continúa utilizándose, pero ya no como una categoría automática o absoluta. Incluso, estudios recientes han señalado que asociar radicalmente Nag Hammadi con el “gnosticismo” puede no decir mucho e incluso complejizar la investigación.
Esto no significa que se nieguen las identificaciones gnósticas presentes en la literatura de Nag Hammadi. Significa, más bien, reconocer que esas características deben analizarse históricamente, sin asumir de antemano la existencia de una religión unificada llamada “gnosticismo”.

Un hallazgo accidental
Estos códices fueron encontrados en las proximidades de Nag Hammadi, en Jabal al-Tarif, un territorio con una antigua tradición de asentamientos cristianos, en diciembre de 1945. Lo que sabemos sobre las circunstancias del hallazgo procede principalmente del relato que Muhammad ‘Ali al-Samman ofreció décadas después. Ya que él y sus hermanos se dedicaban a labores agrícolas, estaban buscando en aquella zona un fertilizante natural. Mientras excavaban, dieron con una vasija de cerámica sellada que estaba enterrada en el suelo. Al abrirla, descubrieron que contenía varios libros antiguos encuadernados en cuero. Eran los códices.
A diferencia de otras narraciones posteriores que recurren al misterio y a elementos legendarios, esa es la versión más verosímil que se tiene del hallazgo. Sin embargo, los testimonios existentes también revelan que parte de los materiales encontrados (específicamente algunas hojas de papiro) fueron destruidos antes de que se valorara su importancia histórica. Lastimosamente, los códices no fueron entregados inmediatamente a los arqueólogos; algunos permanecieron inicialmente en manos privadas y posteriormente comenzaron a circular entre comerciantes de antigüedades.
Sin embargo, uno de ellos llegó a manos de al-Qummus Basiliyus Abd al-Masih, un sacerdote copto que, tiempo después de recibirlo, permitió que un maestro local llamado Raghib Andrawus lo analizara y reconociera su valor histórico. A partir de ese momento, los manuscritos pasaron al mercado de antigüedades de El Cairo.

Con el tiempo, la mayor parte de la colección pasó a manos del gobierno egipcio. En 1952, varios de los códices que todavía permanecían en manos privadas fueron confiscados y trasladados al Museo Copto de El Cairo. Sin embargo, buena parte del actual Códice I había salido de Egipto y llegó posteriormente a Zúrich, donde fue adquirido para el Instituto C. G. Jung. Por esta razón llegó a ser conocido como el “Códice Jung”. Años después, este material regresó a Egipto y se le puso junto al resto de la colección que se encontraba en el museo.
Ahora bien, estos documentos fueron escritos en copto, una de las últimas formas de la evolución de la lengua egipcia, y datan del siglo IV. Sin embargo, los especialistas han determinado que muchos de los textos en ese idioma son traducciones de obras originalmente escritas en griego que, por supuesto, podrían ser más antiguas. Si bien los investigadores han enfatizado en la necesidad de datar esos textos en griego, aún no se conocen las fechas precisas.
Cabe anotar que, a cada uno de los tomos, se le ha denominado formalmente como “códice”. El Códice I contiene cinco tratados; el XI, cuatro y cinco partes de un quinto; el Códice IV, tan solo dos; y el Códice X tiene uno solo. Otros son más extensos, como el VI, que contiene ocho escritos. Actualmente se reconocen un total de trece códices en este hallazgo histórico. La descripción tradicional suele hablar de doce volúmenes encuadernados en cuero, pues las hojas que hoy se catalogan como Códice XIII tardaron un poco más en llegar al Museo Copto. En todo caso, se trata de aproximadamente 52 tratados.

La forma en que se identifican los escritos depende del número del códice, seguido del número del libro, su título y su abreviación. Por ejemplo, el Códice IV contiene dos escritos identificados como IV, 1, Apócrifo secreto de Juan (ApocJn), y IV, 2, Evangelio copto de los egipcios (EvE).
¿Cómo este hallazgo cambió la comprensión del cristianismo antiguo?
La importancia histórica y religiosa de Nag Hammadi se comprende mejor cuando se considera el estado de los estudios sobre el cristianismo antiguo antes de 1945.
Durante siglos, una parte considerable de la información disponible acerca de grupos considerados heterodoxos procedía de autores cristianos que los habían combatido. Escritores como Ireneo de Lyon, Tertuliano, Hipólito de Roma y Epifanio de Salamina describieron diversas doctrinas que consideraban heréticas. Esto significaba que los historiadores frecuentemente conocían aquellas corrientes religiosas y a sus representantes principalmente a través de los testimonios de sus adversarios, pero estos, en algunos casos, no hacían plena justicia a la realidad.

El descubrimiento de Nag Hammadi cambió parcialmente esa situación. Por primera vez apareció un cuerpo extenso de textos procedentes de algunas corrientes religiosas relacionadas con el cristianismo antiguo, incluidas varias que sostenían doctrinas consideradas heterodoxas. Estos fueron transmitidos, traducidos, copiados, editados y reunidos en contextos determinados y diversos, así que los investigadores pudieron estudiar directamente ideas y tradiciones que, hasta entonces, se conocían en buena medida a través de los autores que las habían combatido. Eso resultaba mucho más provechoso y honesto intelectualmente.
El hallazgo contribuyó a comprender mejor la complejidad religiosa de los primeros siglos que acompañó el desarrollo del cristianismo antiguo, pues este no se desarrolló aislado de las controversias doctrinales ni de otras corrientes religiosas e intelectuales de su tiempo. Varios movimientos utilizaron sus personajes, conceptos y tradiciones, pero sus enseñanzas terminaron siendo rechazadas como heréticas.
El mismo Nuevo Testamento da testimonio de esas tensiones, de diferencias entre comunidades y de debates acerca de la doctrina, la interpretación de las Escrituras, la autoridad y la vida cristiana. Así, el Nag Hammadi permite estudiar el contexto histórico en el que se dieron esos debates. Ahora bien, el impacto del descubrimiento también se hizo sentir directamente en los estudios del Nuevo Testamento. Es interesante constatar que dentro de la literatura de Nag Hammadi se agrupan evangelios, hechos y apocalipsis gnósticos.

El caso más evidente es el ya mencionado Evangelio de Tomás. Su contenido, que se conserva íntegro y resulta del todo desafiante, ha generado una intensa discusión acerca del origen y la antigüedad de los dichos de Jesús que contiene. Muchos son paralelos con Mateo, Marcos y Lucas, pero otros son independientes y sus orígenes son difíciles de definir. Además, a diferencia de los Evangelios de Mateo y Lucas, el de Tomás no habla acerca del nacimiento de Jesús. Asimismo, tampoco refiere la mayoría de narraciones que estos presentan acerca del ministerio de Jesús, de Su nacimiento, crucifixión y resurrección, entre otras.
Esto ha planteado una pregunta fundamental: ¿hasta qué punto determinados dichos de Jesús y conservados en Tomás podrían proceder de tradiciones independientes de los Evangelios canónicos? En los cuatro Evangelios encontramos tanto elementos literarios compartidos, que han sido ampliamente estudiados, como otros propios de cada relato, cuyo origen es complejo de definir. Si se contase con pruebas contundentes que acercaran al Evangelio de Tomás a los tiempos de la redacción de los Evangelios canónicos, su relevancia consistiría también en mostrar que la transmisión de las palabras atribuidas a Jesús fue mucho más amplia y compleja de lo que podría deducirse exclusivamente a partir de los cuatro Evangelios.
La respuesta al problema anterior no puede obtenerse simplemente mediante una comparación entre los textos. Es necesario analizar la forma literaria de los dichos, su contexto redaccional, su teología y la relación entre las distintas versiones. La existencia de un paralelo no demuestra automáticamente que en uno de los escritos se haya copiado al otro ni que ambos procedan directamente de una fuente común.

Pero, yendo más allá del Evangelio de Tomás y su debatible relación con los Evangelios y la tradición sobre Jesús, el descubrimiento de estos códices permitió hablar con mayor seguridad del grupo de literatura antigua llamado “Apócrifos cristianos” o “Apócrifos del Nuevo Testamento”. Así, Nag Hammadi permitió caracterizar todo un cuerpo de literatura religiosa vinculada al cristianismo antiguo; aunque no sean parte del cristianismo ortodoxo antiguo, forman parte de la larga y compleja historia de la literatura cristiana primitiva.
Debido a eso, la investigación académica de estos códices se convirtió en un proyecto internacional de largo plazo. Desde la década de 1950, especialistas de distintos países comenzaron a estudiarlos, transcribirlos, traducirlos y publicarlos. El proceso de publicación del corpus de Nag Hammadi tuvo una importancia que trascendió la mera recuperación de manuscritos. Por ejemplo, en 1972 apareció una edición fotográfica de los textos: The Facsimile Edition of the Nag Hammadi Codices (Edición facsímil de los códices de Nag Hammadi), editada por Brill.
Posteriormente, bajo la dirección general de James M. Robinson, dos grandes proyectos editoriales facilitaron el estudio de la colección: The Nag Hammadi Library in English (La biblioteca de Nag Hammadi en inglés) reunió en un solo volumen traducciones inglesas de los textos, mientras que The Coptic Gnostic Library (La biblioteca gnóstica copta), publicó sus ediciones críticas, acompañadas de traducciones, introducciones y otros recursos especializados. Ambas obras se convirtieron en herramientas fundamentales para el estudio especializado del corpus.

La disponibilidad de fotografías, facsímiles, transcripciones y traducciones permitió que investigadores de distintas disciplinas (historia del cristianismo, filología, estudios bíblicos, historia de las religiones, paleografía, etc.) pudieran trabajar directamente con los documentos. Los proyectos de investigación sobre Nag Hammadi han sido más fructíferos en inglés, alemán y francés. Muestra de ello son los trabajos de Robinson, Schenke, Ménard y Tardieu. En español, los libros de Pius-Ramón Tragán, Hans-Josef Klauck, Aurelio de Santos Otero y Antonio Piñero, entre otros, se imponen como importantes fuentes de estudio al respecto.
Un hallazgo de gran magnitud
En resumen, el descubrimiento de los códices o manuscritos de Nag Hammadi amplió de manera considerable el conocimiento de lo que ha sido llamado “literatura cristiana antigua”. Obras que anteriormente solo eran conocidas por referencias indirectas, a veces imprecisas o que habían desaparecido por completo volvieron a estar disponibles para la investigación. Pero también modificó el estudio de la diversidad del cristianismo primitivo.
Los documentos demuestran que durante los primeros siglos existieron múltiples maneras de interpretar a Jesús, la creación, la salvación, la revelación, el cuerpo humano, el conocimiento y la relación entre Dios y el mundo. Además, el hallazgo permitió estudiar las relaciones entre el cristianismo, el judaísmo, la filosofía y otras tradiciones religiosas del mundo antiguo, sobre todo del mundo oriental.
Los textos de Nag Hammadi no pueden comprenderse adecuadamente dentro de una única categoría religiosa, así como tampoco pueden valorarse a partir de un personaje, un año o un lugar particular. Más allá de si se está de acuerdo o no con las enseñanzas que se encuentran en los documentos, estos nos arrojan gran luz sobre el contexto del cristianismo antiguo y sobre las formas de abordar la diversidad religiosa y filosófica que no solo existía a su alrededor, sino que a veces se inmiscuía en una Iglesia que recién se estaba formando.
Notas del autor:
Se pueden consultar los textos de Nag Hammadi en su versión en línea en http://www.gnosis.org/naghamm/nhl.html, especialmente en la sección “Text in the Collection”. Asimismo, pueden consultarse en la obra monumental The Nag Hammadi Library in English (1990), editada por James M. Robinson. San Francisco: Harper San Francisco.
Sobre los gnósticos, puede consultarse el sugerente estudio Los gnósticos. Mito, ritual y diversidad en el cristianismo antiguo (2013), de David Brakke. Salamanca: Sígueme. También, Gnosis. La esencia del dualismo gnóstico (1978), de Francisco García Bazán. Buenos Aires: Ediciones Castañeda.
Referencias y bibliografía
Los evangelios gnósticos (2021), de Elaine Pagels.
El nacimiento del cristianismo y el gnosticismo. Propuestas (1996), de Francine Culdaut. Madrid: Ediciones Akal.
Gnosticism: From Nag Hammadi to the Gospel of Jesus (2015), de David Brakke. Westfields: The Great Courses.
