¿Qué tienen en común un peregrino que camina hacia una ciudad lejana y un soldado que lucha en una batalla?
En El progreso del peregrino, John Bunyan relata cómo Cristiano, mientras ascendía por la Colina de la Dificultad, se detuvo a descansar y terminó quedándose dormido. Durante su sueño perdió un rollo que había recibido al pie de la cruz, después de ser liberado de la carga de sus pecados, y que representaba la seguridad de su salvación y de su entrada a la Ciudad Celestial. Cuando descubrió que lo había perdido, tuvo que regresar a buscarlo, lamentando el tiempo desperdiciado por su descuido. Esta escena ilustra uno de los peligros que enfrenta el creyente durante su peregrinación: dejarse vencer por la negligencia y perder de vista la necesidad de perseverar.
Esta manera de representar la vida cristiana ejerció una profunda influencia sobre Charles Spurgeon, el célebre predicador bautista del siglo XIX. El progreso del peregrino fue uno de sus libros favoritos y recurrió constantemente a sus imágenes para explicar la experiencia del creyente. Para Spurgeon, los cristianos son peregrinos que son llamados a luchar contra el pecado y servir a Cristo con valentía mientras avanzan hacia la Ciudad Celestial. Esta visión ocupa un lugar importante en Charles Spurgeon sobre la vida cristiana, una obra del teólogo e historiador británico Michael Reeves, quien examina las convicciones que dieron forma a la vida y el ministerio del llamado “príncipe de los predicadores”.
En el capítulo 10, titulado “El ejército peregrino”, Reeves profundiza en esta comprensión de la vida cristiana y explica por qué Spurgeon consideraba que la fe debía manifestarse en una vida de perseverancia, valentía y servicio diligente a Dios. Para ello, examina tanto sus enseñanzas como su extraordinaria actividad ministerial, mostrando que su entrega no era simplemente el resultado de un temperamento enérgico. Detrás de ella había una profunda convicción: el verdadero servicio cristiano nace de un corazón transformado por el amor a Cristo y se sostiene mediante una comunión constante con Él.
A continuación, presentamos el capítulo 10 del libro Charles Spurgeon sobre la vida cristiana de Michael Reeves, publicado en español por Poiema Publicaciones.

El ejército peregrino
Dos de los libros favoritos de Spurgeon eran de John Bunyan: El progreso del peregrino y La guerra santa; y juntos representan dos aspectos clave de la vida cristiana como Spurgeon la veía.
Después de la Biblia, El progreso del peregrino fue casi seguramente el libro que caló más profundamente en el ser de Spurgeon. Lo leyó más de 100 veces en su vida y lo citaba con frecuencia en sus sermones. Una copia dedicada de El progreso del peregrino es lo que le regaló a la joven señorita Susannah Thompson poco antes de declararle su amor y proponerle matrimonio. No es de extrañar, entonces, que las imágenes de peregrinación y la idea de la vida cristiana como peregrinaje a la Ciudad Celestial figuren tan prominentemente en sus pensamientos y sermones. El nombre mismo de la iglesia de Spurgeon, El Tabernáculo Metropolitano, captó el sentido de un pueblo peregrino en su camino a través del desierto del mundo. La peregrinación, Spurgeon creía:
…es una de las ideas principales del cristianismo. Cada cristiano es místicamente un peregrino. Su descanso no está aquí. Él no es un ciudadano de la tierra. Aquí él no tiene una ciudad permanente. Viaja a un santuario no visto por ojo mortal, a donde han llegado sus padres. Este viaje de vida es su única ocupación incesante. Él vino al mundo para poder marchar a través de él a toda prisa. Él es siempre un peregrino, en el sentido más pleno y verdadero.

En igual medida, el pensamiento y el lenguaje de Spurgeon tenían un color marcial y caballeresco. Así como los cristianos son peregrinos, son soldados en el ejército eclesial de Cristo. Es correcto que pensemos en la Iglesia de Cristo, él enseñaba, “como un ejército con banderas, marchando a la contienda, para lograr victorias para Cristo, para asaltar las fortalezas del enemigo y para agregar provincia tras provincia al reino del Redentor”. Como tal, la nueva vida que se tiene en Cristo no es de pereza y facilidad; es una de aguda resolución para seguir a Cristo en Su victoriosa guerra contra la oscuridad, haciendo cada semana “una incursión distintiva en el territorio del archienemigo”. La incredulidad a menudo la igualó con la cobardía. Escuchemos, entonces, las notas soldadescas y heroicas en su encargo a sus estudiantes:
En el Nombre del Señor, levantemos nuevamente nuestra bandera, el estandarte real de Jesús el Crucificado. Hagamos sonar las trompetas gozosamente, y marchemos, no con los pasos temblorosos de aquellos que saben que están empeñados en una empresa del mal, sino con el porte galante de hombres cuya causa es Divina, cuya guerra es una cruzada. Valor, mis hermanos; he aquí, los ángeles de Dios vuelan en nuestro frente, y he aquí, el Dios eterno mismo dirige nuestro frente. “Jehová de los ejércitos está con nosotros; nuestro refugio es el Dios de Jacob”.
Tales llamados a las armas eran comunes en el ministerio de Spurgeon, quien a menudo describía al pastor como un capitán en la armada del Señor de los ejércitos. En otra parte, podía describir a un ministro que suplicaba a un incrédulo como siendo un gran buque de guerra naval “que estaba al lado del buque de guerra de un enemigo y que lanzaba balas al rojo vivo”. O podía decirles a los predicadores, “Consideren su púlpito como su corcel y láncense a la batalla como el Khaled de antaño, golpeando a diestra y siniestra con un valor intrépido”. Pero como con otras cosas, la retórica militar de Spurgeon no era simplemente para el espectáculo público: estaba arraigada en el hombre, como muestra su diario privado. Veamos, por ejemplo:
27 de abril. — ¡Temor, vete! ¡Dudas, retrocedan! En el nombre del Señor de los ejércitos, establezco mi estandarte. Vamos, demonios del pozo, mi Capitán es más que un rival para ustedes; en Su nombre, dotado con Sus armas, y en Su fuerza, me atrevo a desafiaros a todos. ¡Cuán glorioso sería morir al lado de tal Líder!

O también, de una carta privada: “¡Que podamos seguir adelante, osados como leones, y valientes por la verdad y la causa del Rey Jesús, y con la ayuda del Espíritu, prometer guerra eterna contra cada pecado, y no descansar hasta que la espada del Espíritu haya destruido a todos los enemigos en nuestros corazones!”.
Hombría
Se ha argumentado que el alcance de todo este lenguaje militar proviene de las ideas del siglo XIX sobre el “cristianismo muscular”. Ciertamente, el lenguaje de Spurgeon tendía a ser muscular. “Dios”, declaraba, “no elige a los cobardes, sin agallas, para llevar Su gloria sobre sus rostros”. Y había algo claramente victoriano en su amor a la hombría, en constante oposición a lo que él veía como el artificio florido del movimiento High Church de Oxford. Cuando uno de sus alumnos comenzó una oración con las palabras “Oh Tú, que estas rodeado de un zodíaco aurífero”(!), tomó la grandilocuencia como un signo seguro (más tarde justificado) de que el hombre tenía poca integridad cristiana. Los cristianos no deberían ser amanerados o pretenciosos en sus modales o forma de hablar, especialmente los predicadores.
Bien exhortó Cicerón a los oradores a adoptar sus gestos del campamento o el anillo de lucha en lugar de los bailarines con sus afeminadas delicadezas. La virilidad nunca debe ser sacrificada por la elegancia. Nuestras clases trabajadoras nunca serán llevadas siquiera a considerar la verdad del cristianismo por maestros que son almidonados y finos.
Sin embargo, sería simplista, incluso engañoso, ver el lenguaje marcial y muscular de Spurgeon como un simple producto del movimiento de “cristianismo muscular” del siglo XIX. Por un lado, podría considerarse la marca de Bunyan sobre él, o algo de la robustez de Lutero en él. Y no era como si alguna vez defendiera el machismo egocéntrico.

El machismo es una caricatura distorsionada y simplista del florecimiento humano de la virilidad que Spurgeon promovía. Lo que anhelaba ver era más fuerza ejercida (y contenida) en nombre del amor por Cristo. En otras palabras, él quería que los creyentes tuvieran temple para su fe. Como lo expresó a sus estudiantes:
Tenemos demasiados en nuestra compañía que irán bien si son conducidos correctamente, y quienes de seguro nadarán en la dirección correcta si la corriente es lo suficientemente fuerte como para llevarlos con ella; todo estos están muy bien cuando el viento sopla en la dirección correcta, pero son de poca utilidad cuando hace mal tiempo. En esa hora, se necesitan hombres que puedan atravesar el torrente y nadar río arriba. Necesitamos héroes que estén tan dispuestos a ir solos, si es necesario, como a marchar con mil camaradas. Necesitamos hombres que piensen por sí mismos y no le pasen el trabajo a otro, como hacen las familias con lo que hay que lavar. Han pensado acerca de la verdad; y, habiendo acudido a Dios al respecto, y sentido el poder de esta en sus propias almas, ahora no serán movidos de la esperanza de su llamado. Son columnas en la casa de nuestro Dios, firmes en su lugar; y no simples orugas, arrastrándose tras de algo para comer. Necesitamos capitanes para la buena nave que conozcan su longitud y latitud, y puedan decir de dónde vienen y a qué puerto se dirigen. Nuestro Comandante necesita guerreros confiables como el acero para este tiempo de conflicto.
Pero ese llamado a hombres de fe valientes y firmes no significa que Spurgeon toleraría una actitud pesimista, egoísta e insensible, o solitarios inaccesibles. Todo lo contrario. Las personas, él decía:
…necesitan hombres que puedan sentir: hombres de corazón, hombres débiles y frágiles, que puedan simpatizar con los tímidos y afligidos. Es una bendición si un ministro puede llorar para entrar en las almas de los hombres, o incluso tartamudear un camino a sus corazones. Así que, hermanos, no tengan miedo de ser débiles, sino regocíjense de poder decir, con el apóstol: “porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Co 12:10).

Activismo
Más importante que la hombría, el pensamiento de que los cristianos son tanto peregrinos como soldados significaba que Spurgeon creía en el activismo entusiasta como un ingrediente esencial de la nueva vida. Una fe viva será abundante en buenas obras. Esto es parte de lo que él entendía como nuestro ser “vivificados” por Cristo: no se nos da simplemente una nueva existencia en Cristo sino una vida, lo cual significa vitalidad.
Y ya que se nos ha dado esta vida, debemos, argumentaba Spurgeon, “vivir con toda la energía posible de la vida”. Eso, después de todo, es característico de la vida de Cristo mismo, que nunca fue perezoso ni vivió para Su propia comodidad. Así es como crecemos en “nuestro sentido de unidad con Cristo” cuando vivimos todo para Él, porque “entonces puedo leer el corazón de Aquel cuyas lágrimas fluyendo, sudor sangriento y heridas agonizantes muestran cuánto amaba Él a la pobre humanidad caída”. Y la idea de disfrutar más de Cristo al compartir Su misión era una gran motivación para el mismo Spurgeon: “Me encanta trabajar para mi Señor y Maestro”, decía, “porque siento una bendita comunidad de interés con Él”.
El alegre —incluso uno podría decir gozoso— activismo ciertamente caracterizaba la vida de Spurgeon. Además de su predicación y su ministerio pastoral, estableció y supervisó una serie de ministerios, incluido el Colegio para Pastores, el orfanato Stockwell, 17 hospicios para mujeres pobres y ancianas, la Asociación de Colportage y una escuela diurna para niños. Estuvo involucrado en la plantación de 187 iglesias (94 en Londres o en las cercanías, 43 en el sureste, 19 en el norte de Inglaterra). “Dios concediéndome la vida”, escribió una vez, “si tengo a mi gente a mis espaldas, no descansaré hasta que el oscuro condado de Surrey esté cubierto de lugares de adoración”. Luego estaba la Asociación de Evangelistas, establecida en 1863 para realizar servicios en salas de misiones, capillas y al aire libre. En quince años hubo cinco misiones permanentes y cientos de reuniones se celebraban cada año.

Y con todo eso aún no se han mencionado sus libros.
Temperamentalmente, Spurgeon era impaciente en su energía, y le irritaba tener que sentarse en su estudio para escribir.
Es un deleite, un gozo, un éxtasis hablar mis pensamientos en palabras que destellan en la mente en el instante en que se requieren; pero es un pobre trabajo penoso quedarse quieto y gimotear buscando pensamientos y palabras sin tener éxito en obtenerlos. Bien pueden los libros de un hombre ser llamados sus “obras”, ya que, si cada mente estuviera constituida como la mía, sería en efecto un trabajo producir un cuarto de volumen.
Sin embargo, su mismo carácter incansable lo inclinaba a “saltar frente a las dificultades, y descubrir que se desvanecían o se convertían en triunfos”, y por lo general se las arreglaba para redactar material a una velocidad impresionante. En un día lluvioso durante unas vacaciones en Francia, por ejemplo, logró escribir el equivalente a las meditaciones diarias de un mes.
Si bien Spurgeon era un activista en su propia manera inimitable, estaba convencido de que el activismo cristiano era el fruto de su teología, no simplemente de su temperamento.
¡Un cristiano perezoso! ¿Existe tal ser? ¿Un hombre cristiano de medio tiempo? Un hombre cristiano que no trabaja para su Señor; ¿cómo voy a hablar de él? El Tiempo no se detiene, la MUERTE no se detiene, el INFIERNO no se detiene; Satanás no es flojo, todos los poderes de las tinieblas están ocupados: ¿cómo es que tú y yo podemos ser perezosos si el Maestro nos ha puesto en Su viña? Seguramente debemos estar vacíos de entendimiento si, después de ser salvados por el amor infinito de Dios, no invertimos y somos dedicados a Su servicio. La dimensión eterna de las cosas demanda que un hombre salvo sea un hombre serio.

La vida cristiana es una de compartir con Dios Su vida de entrega. Entonces debe ser una vida proactivamente generosa y comprometida a bendecir a los demás. Y es entonces cuando experimentamos más abundantemente el propio gozo de Dios.
Más específicamente, Spurgeon veía esto como parte de la carga dulce y ligera de Cristo dada a los predicadores. “Encontré”, dijo, “que obtuve un mayor beneficio al proclamar a los demás lo que había aprendido que si lo hubiera guardado todo para mí”. La tarea de predicar, descubrió, era una carga para él, una carga mental y emocional que a menudo pesaba mucho sobre él, a veces casi hasta abrumarlo. Sin embargo, a pesar de todo eso, confesó:
Preferiría hacer mi trabajo más que cualquier otro bajo el sol. Predicar a Jesucristo es un trabajo dulce, un trabajo gozoso, un trabajo celestial. Whitefield solía llamar a su púlpito su trono, y aquellos que conocen la dicha de olvidar todo excepto el tema glorioso y totalmente apasionante de Cristo crucificado, darán testimonio de que el término fue utilizado acertadamente.
Spurgeon podía ser desconcertantemente fuerte en sus repetidos llamados a que los cristianos fueran diligentes y laboriosos en su trabajo por Cristo. Simplemente, no estamos siendo mayordomos fieles, sostenía, si somos perezosos. “Me gusta el precepto de Adam Clarke, ‘Mátense a ustedes mismos con el trabajo, y luego vuelvan a la vida orando’. Nunca cumpliremos nuestro deber ni a Dios ni a los hombres si somos perezosos”. Cuando se le dijo que estaba destruyendo su complexión con tanto trabajo implacable, él respondió:
Bueno, si lo he hecho, me alegra. Haría lo mismo otra vez. Si tuviera 50 complexiones, me alegraría acabar con ellas en el servicio del Señor Jesucristo… Abarrota tanto como puedas en cada día, y no pospongas ningún trabajo para mañana.
El celo de la casa de Dios consumió a nuestro Maestro, y no es más que un pequeño problema si consume a Sus siervos. Si por trabajo excesivo morimos antes de alcanzar la edad promedio del hombre, agotados en el servicio del Maestro, entonces, la gloria sea para Dios, tendremos mucho menos de la tierra y mucho más del cielo.

Dicho esto, sin embargo, creía que era igualmente posible para los cristianos sobrecargarse pecaminosamente, y les advertía que no trabajaran como si la salvación del mundo dependiera de ellos mismos. La carga que Cristo nos impone es, en última instancia, Suya, y no estamos siendo mayordomos fieles si nos imaginamos a nosotros mismos como si fuéramos importantes en última instancia. Somos responsables ante Dios, pero “ustedes no son Dios, y no están en el lugar de Dios; ustedes no son los gobernantes de la providencia, y no han sido elegidos administradores únicos del pacto de gracia; por lo tanto, no actúen como si lo fueran”.
Sin embargo, Spurgeon explicaría, la diferencia entre la diligencia fiel y la autosuficiencia idólatra no es un delgado equilibrio sobre el cual debemos andar. Es la diferencia entre la dependencia fiel de Dios y la autoconfianza incrédula. Si los cristianos continuamente dan de sus propios recursos finitos, eventualmente van a vaciarse a sí mismos. Podremos ser continuamente fructíferos solo en la medida en que permanezcamos en Cristo y nos alimentamos de Él. Por lo tanto, “el trabajo más necesario y provechoso es el que gastamos en nuestro propio desarrollo mental y espiritual. Hagan lo que hagan, tengan cuidado de ustedes mismos y de su doctrina”. El activismo fiel y fructífero fluye únicamente de una comunión constante y disfrutada con Cristo a través de Su Palabra y la oración.
El verdadero activismo es una cuestión del corazón
Siendo ese el caso, Spurgeon no defendía el tipo de activismo espiritual hueco que solo se preocupa por el comportamiento externo. Eso iría completamente en contra de su comprensión de que nuestra vida nueva proviene de tener un corazón nuevo. En efecto, el corazón transformado es la razón misma por la cual el entusiasmo del cristiano es activo y fructífero. El activismo fiel para Cristo es una manifestación de afectos que han sido reordenados para compartir las pasiones de Cristo. Por lo tanto, Spurgeon sostenía que el celo ferviente por la gloria de Dios es la cualidad más esencial en un ministro cristiano. Es lo que hace fructífero el trabajo cristiano. En efecto, él creía, es el secreto del éxito:
Como regla, el éxito real es proporcional a la seriedad del predicador. Tanto los hombres grandes como los hombres pequeños tienen éxito si están completamente vivos para Dios, y fracasan si no lo están […]. En muchos casos, el éxito ministerial se puede rastrear casi por completo a un celo intenso, una pasión ardiente por las almas y un ávido entusiasmo en la causa de Dios, y creemos que en todos los casos, siendo el resto de los factores iguales, los hombres prosperan en el servicio divino en proporción a la medida en que sus corazones arden con amor santo.
Solo con un amor tan sincero por Dios pueden los cristianos compartir verdaderamente la vida de Cristo, quien fue consumido por el celo por la casa de Dios (Jn 2:17). Solo así pueden ser fieles y resueltos para Él. Solo así pueden estar verdaderamente gozosos y vivos, porque “vivir enteramente para el Señor es vivir en verdad, todo lo demás es meramente existir”.
