En tamaño y población, Escocia es diminuta. Su área es más pequeña que Carolina del Sur. Tiene menos habitantes que el área metropolitana de Washington D. C. De hecho, hay casi cinco veces más millonarios en Estados Unidos que personas en toda Escocia. Así que, sin duda, es pequeña.
Y, sin embargo, en la economía de Dios, la pequeñez no descalifica a nadie para el servicio piadoso. La creación revela que Dios ama lo pequeño y se deleita en la fugacidad y la fragilidad. Consideremos las flores minúsculas de una belleza deslumbrante, o las delicadas efímeras, que pasan años como ninfas solo para emerger brevemente por unas pocas horas.
La gracia también revela una preferencia similar. “Sino que Dios ha escogido lo necio del mundo para avergonzar a los sabios; y Dios ha escogido lo débil del mundo para avergonzar a lo que es fuerte” (1 Co 1:27). Si en las manos de Jesús la merienda de un niño puede alimentar a miles, ¿qué podría hacer Él con el niño mismo?
La historia de las misiones en Escocia ofrece muchos ejemplos del deleite de Dios en magnificar Su gloria a través de la pequeñez. Aunque geográficamente diminuta, a lo largo de los siglos Escocia ha influenciado profundamente la obra del Reino. El siguiente relato resume la contribución desproporcionada de la humilde Escocia a las misiones mundiales.

Nacida en la misión
La historia comienza con la colonización de las costas occidentales de Caledonia (antigua Escocia) en el siglo V por parte de cristianos irlandeses de habla gaélica: los escoceses, quienes le dieron su nombre a la nación. En el 563, Columba, un príncipe y sacerdote irlandés, estableció la colonia misionera insular de Iona junto a sus doce compañeros. Desde Iona, se extendieron hacia el continente para compartir el Evangelio con los pictos paganos.
70 años después, Aidan, también proveniente de Iona, estableció otro centro de misiones en Lindisfarne, en la costa norte de Northumbria. Luego, Máel Ruba zarpó desde Iona en el 673, estableció su base en Applecross, en la costa occidental, y llevó el Evangelio hacia el oeste y el norte a las islas de Lewis y Skye, y posiblemente hacia el este, hasta Forres y Keith, así como al extremo norte.
Desde sus primeros días, la Iglesia escocesa ha llevado las misiones en su ADN espiritual.

Confesando la fe reformada
La Reforma del siglo XVI estableció a la Iglesia nacional de Escocia como una iglesia confesional, adhiriéndose primero a la Confesión Escocesa de 1560 y luego a la Confesión de Westminster.
Desde la perspectiva de John Knox, una iglesia confesional no simplemente producía declaraciones teológicas cuidadosamente redactadas de las verdades que unían a sus miembros y congregaciones hermanas. También confesaba activamente esas mismas verdades al mundo incrédulo. Una iglesia confesional era, en otras palabras, una iglesia misionera enfocada hacia el exterior.
El prefacio de la Confesión Escocesa declara: “Durante mucho tiempo hemos anhelado, queridos hermanos, dar a conocer al mundo la suma de esa doctrina que profesamos”. El profesor Clement Graham observó con acierto: “El hombre que ha estudiado la Palabra de Dios y ha comparado la Confesión de Fe con ella hace una declaración feliz cuando la reconoce como propia, pero su felicidad aumenta al compartirla”.
Las confesiones y catecismos adoptados por la Iglesia escocesa no solo sostuvieron la ortodoxia teológica dentro de su comunión, sino que también capacitaron a sus miembros para proclamar el Evangelio al mundo con precisión bíblica.

Misión al pueblo judío
A través de su lectura de las Escrituras, la Iglesia escocesa llegó a apreciar el papel que el antiguo Israel desempeñó en el plan de redención de Dios y se maravilló de que dicho plan incluyera a gentiles como ellos. La gratitud condujo a un sentido de afinidad, expresado primero mediante la oración ferviente por la salvación de Israel y, eventualmente, a través de compartir el Evangelio con ellos. Los primeros intentos de evangelizar a las llamadas “Diez tribus perdidas” de Israel (identificadas erróneamente por John Eliot como los pueblos indígenas de Norteamérica) llevaron a Escocia a incursionar en el evangelismo internacional en 1646.
Sobre la base del trabajo de Eliot, en noviembre de 1742 la Society in Scotland for the Propagation of Christian Knowledge contrató a David Brainerd como misionero para los pueblos indígenas de Norteamérica. Apenas cuatro meses antes, el ministerio de George Whitefield en Cambuslang, Escocia, había provocado un gran avivamiento, lo que a su vez dio lugar a un Concierto de Oración transatlántico, un día mensual de ayuno y oración por la misión continua al mundo.
Este esfuerzo, a su vez, inspiró la iniciativa pionera de William Carey en la India en 1783, y el ministerio de Claudius Buchanan entre los judíos Bene Israel de la India de 1797 a 1808. 300 años más tarde, un persistente sentido de deuda hacia el pueblo judío llevó a Jane Haining, de Dumfriesshire, a regresar a su trabajo en la escuela Skót Misszió para niñas judías en Budapest y de allí a Auschwitz en 1944 para morir como mártir.

A lo largo de su historia, el corazón de la Iglesia escocesa por Israel ha inspirado misiones alrededor del mundo.
Corazón por los perdidos
En una ocasión, siendo estudiante de teología, William Chalmers Burns observó a las multitudes en la bulliciosa Argyle Street de Glasgow. Se sintió tan conmovido por esa corriente de humanidad perdida que buscó un respiro bajo el techo de cristal y hierro fundido del Argyle Arcade. Tan preocupado estaba, que no se dio cuenta de la llegada de su madre, quien se había acercado directamente a él.
Él se disculpó y explicó: “Estaba tan abrumado por la visión de las innumerables multitudes de seres inmortales […] todos avanzando hacia el mundo eterno, que no pude soportarlo más y entré aquí para buscar alivio en el pensamiento tranquilo”. Burns se ofreció como misionero para los judíos de Adén, pero después de ministrar en Dundee y Kilsyth, se convirtió en misionero en China.
Tal emoción entre los misioneros escoceses no era exclusiva de Burns. Mary Slessor, quien sirvió durante décadas sin licencia en Nigeria, estaba tan impulsada por una preocupación similar por la salvación de los africanos que escribió en su Biblia: “Valdría la pena morir, si con ello un alma pudiera nacer de nuevo […]. El pecado es pérdida para el tiempo y la eternidad”. Slessor y Burns demuestran cómo la sólida enseñanza cristiana encendió la compasión por los pueblos no evangelizados, impulsando a los cristianos escoceses hacia tierras lejanas para enfrentar dificultades impredecibles.

Sacrificio por Cristo
Palabras como sacrificio, dificultad y adversidad están desapareciendo de nuestro vocabulario actual, que rechaza toda clase de riesgo. No siempre fue así. Los misioneros escoceses no fueron los únicos en menospreciar su propia seguridad por amor al Evangelio, pero brindaron algunos ejemplos notables de sacrificio personal por Cristo.
Por ejemplo, muchos intentaron disuadir a John G. Paton de una vida de misión entre los isleños del Pacífico Sur entre 1858 y principios de la década de 1900. Uno de los más persistentes fue un tal señor Dickson, quien le advirtió a Paton que terminaría siendo devorado por caníbales. Paton respondió:
Señor Dickson, usted ya está entrado en años, y su propia perspectiva es que pronto lo pondrán en la tumba, allí para ser devorado por los gusanos; le confieso que, si tan solo puedo vivir y morir sirviendo y honrando al Señor Jesús, no me importará en absoluto si soy comido por caníbales o por gusanos.

A los pocos meses de llegar a Tanna, una isla en el Pacífico Sur, Paton enterró a su esposa y a su primer hijo; él dormía sobre la tumba de ellos para protegerla de la profanación por parte de los lugareños hostiles. Y, sin embargo, ante una pérdida tan devastadora, permaneció fiel en su misión por Cristo: “Sintiéndome inamoviblemente seguro de que mi Dios y Padre era demasiado sabio y amoroso como para equivocarse en cualquier cosa que Él hace o permite, busqué ayuda en el Señor y seguí luchando en Su obra”.
El misionero escocés en África, David Livingstone, también consideró que las dificultades por Jesús eran el más mínimo de los sacrificios. En 1857, animó a los ambiciosos estudiantes de Cambridge a ver todo desde una perspectiva eterna:
La ansiedad, la enfermedad, el sufrimiento o el peligro, de vez en cuando, junto con la renuncia a las comodidades y bondades comunes de esta vida, pueden hacernos detener, y hacer que el espíritu vacile y el alma se hunda, pero que esto sea solo por un momento. Todo esto no es nada si se compara con la gloria que en el futuro se revelará en nosotros y para nosotros.

Livingstone veía las dificultades como pequeñas renuncias en comparación con el sacrificio supremo de Cristo: “De [sacrificio] no deberíamos hablar, cuando recordamos el gran sacrificio que hizo Aquel que dejó el trono de Su Padre en lo alto para entregarse por nosotros”.
C. T. Studd, graduado de Cambridge y misionero inglés, quien bajo la influencia de Livingstone regaló su gran riqueza y abandonó una exitosa carrera deportiva, reformuló el sentir de Livingstone en un conciso lema personal: “Si Jesucristo es Dios y murió por mí, ¿puede algún sacrificio ser demasiado grande para que yo lo haga por Él?”. Al igual que Livingstone, Studd murió en el corazón del Congo. Su última palabra inteligible fue: “¡Aleluya!”.
Pequeños siervos, gran Dios
Estas cualidades (una mentalidad misional, una afinidad por el pueblo judío, un corazón por los perdidos y una disposición a sacrificarse por Cristo), cultivadas por la gracia y reforzadas por la teología confesional, le permitieron a Escocia desempeñar un papel increíble en la historia de las misiones. La debilidad humana o los pequeños comienzos simplemente no importan cuando confías en un Dios infinito. Así que, ve con valentía y haz lo mismo, con la confianza de que Dios se deleita en usar a aquellos que sienten que tienen poco que ofrecerle a Él (2 Co 12:9).
Este artículo fue traducido y ajustado por David Riaño. El original fue escrito por John S. Ross en Desiring God. Allí se encuentran las citas y notas al pie.
