Del testimonio de los primeros mártires y la pluma de Agustín, a la Reforma de Lutero y el legado puritano de Edwards, la historia repite el mismo eco: el alma cristiana halla su plenitud cuando contempla la gloria de Dios revelada en Cristo.
En los últimos 2000 años, Dios ha llenado la historia de Su Iglesia con relatos de persecución y resistencia, de dolor y esperanza, de fracaso y arrepentimiento. Su trayectoria ha sido dramática y épica. Sin embargo, quizás la historia más importante de todas sea la del gozo y la gloria. Esta es la que sostiene y enmarca a las demás, porque muestra cómo la Iglesia ha encontrado su gozo en la gloria de Dios.
A lo largo de los siglos, la historia de los santos habla de un gozo perdido y hallado, de una gloria sofocada y resplandeciente. Desde los padres de la Iglesia hasta la Reforma y nuestro propio siglo, aprendemos que el gozo verdadero y profundo se debilita cada vez que la gloria de Dios se eclipsa. Pero cuando la gloria de Dios brilla, entonces los santos cantan de gozo.
En este artículo, vamos a tomar el largo carrete de la historia de la Iglesia desde los apóstoles y nos acercaremos a cuatro escenas clave que iluminan toda la película. Veremos, primero, a la Iglesia primitiva; en segundo lugar, al gran Agustín; en tercer lugar a los reformadores; y, finalmente, a dos gigantes de la teología moderna.
Escena 1: La Iglesia primitiva
Comencemos en los primeros siglos después de los apóstoles, donde quizás el tema dominante era esta pregunta: ¿quién es Jesús con exactitud? La Iglesia ortodoxa tuvo que luchar por el hecho de que Jesús es verdaderamente Dios y que verdaderamente se hizo humano. Y esa fue una lucha por el hecho de que vemos la gloria de Dios en el rostro de Cristo y que Su nacimiento es una buena noticia de gran gozo.
Verdaderamente humano
Consideremos, primero, la lucha por defender la verdadera humanidad de Jesús. En los días posteriores al Nuevo Testamento, algunos simplemente no podían creer que Dios mismo pudiera haberse hecho verdaderamente humano. Así que descartaron la posibilidad misma y dijeron que Cristo solo debió parecer humano (por lo que se les conoció como “docetistas”, de la palabra griega dokein, que significa “parecer”). Argumentaban que Cristo era un espíritu. Por lo tanto, Él no comía, respiraba ni moría en realidad; decían que ni siquiera dejaba huellas. Más bien, solo fingía comer frente a Sus discípulos cortos de vista; fingía caminar, mientras flotaba por el mundo.

Esto fue precisamente lo que el apóstol Juan condenó repetidamente. Él escribe, por ejemplo: “Pues muchos engañadores han salido al mundo que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Ese es el engañador y el anticristo” (2 Jn 7). ¿Y por qué era un problema tan grande negar la humanidad de Cristo? El teólogo del siglo IV, Gregorio Nacianceno, resumió el pensamiento de la Iglesia cuando respondió: “Lo que [Cristo] no ha asumido, no lo ha sanado”.

Es decir, Cristo asumió nuestra humanidad para sanarla del pecado: Él la llevaría a través de la muerte hacia una nueva vida, y la traería de regreso a Dios. Pero, si Cristo no asumió verdaderamente nuestra naturaleza, entonces no habríamos sido sanados por Él. Sin eso, no hay buenas noticias de gran gozo. Lo que Gregorio había visto con claridad cristalina era que la humanidad de Jesús es esencial para la salvación de nuestra humanidad. Él no podría ser la cabeza de una nueva humanidad si no fuera verdaderamente humano. No podría ser nuestro pariente redentor o el verdadero Esposo de Su pueblo si no fuéramos carne de Su carne.
Además, fue la fe en la verdadera humanidad de Cristo lo que dio tanto consuelo y gozo a los muchos mártires de la Iglesia primitiva. Un buen ejemplo es Ignacio de Antioquía, quien fue martirizado alrededor del año 110. Toda su motivación para aceptar el martirio se basaba en su creencia en la encarnación real de Cristo: Ignacio anhelaba el martirio porque así imitaría a Cristo. Pero si Cristo no sufrió realmente en Su cuerpo, entonces Ignacio no lo habría imitado en absoluto. “Si ese es el caso, muero por nada”, escribió. En cambio, Ignacio quería que su vida y su muerte proclamaran:
Hay un solo médico, que es a la vez carne y espíritu, nacido y no nacido, Dios en el hombre, vida verdadera en la muerte, tanto de María como de Dios, primero sujeto al sufrimiento y luego más allá de él, Jesucristo nuestro Señor.

La fe en un Cristo así le dio la audacia para escribir a los cristianos de Roma, donde sería entregado a las fieras:
Les suplico: no sean inoportunamente amables conmigo. Permítanme ser comida para las fieras (...). Tengan paciencia conmigo; yo sé lo que es mejor para mí. Ahora, por fin, empiezo a ser un discípulo. Que nada visible o invisible me tenga envidia, para que yo pueda alcanzar a Jesucristo. ¡Vengan sobre mí el fuego y la cruz y los combates con las fieras, las mutilaciones, los desgarramientos, la dislocación de los huesos, el cercenamiento de los miembros, la trituración de todo mi cuerpo, las crueles torturas del diablo, con tal de que alcance a Jesucristo!
La verdadera humanidad de Cristo significaba un gozo puesto delante de los mártires.

Dios todoglorioso
¿Y la gloria? Esa fue la otra lucha de la Iglesia: que Jesús es verdaderamente el Dios todo glorioso. A principios del siglo IV, en Alejandría, al norte de Egipto, un anciano de la iglesia llamado Arrio comenzó a enseñar que el Hijo de Dios no era eterno, ni Dios mismo; era, en cambio, un ser creado, hecho por Dios para ir y formar el universo. En otras palabras, dijo que Dios no es verdadera y eternamente Padre y que Él no tiene verdadera y eternamente un Hijo a quien ama en el Espíritu.
Lo que los cristianos ortodoxos —y especialmente su defensor, Atanasio— vieron fue que Arrio estaba desechando la gloria misma de Dios y el Evangelio de la gracia a cambio de un ídolo de hierro que carecía de cualquier concepto real de bondad. Pues, según Arrio, Dios había creado al Hijo simplemente para que hiciera el trabajo pesado de lidiar con el universo por Él. Por tanto, para Arrio, no era que el Padre amara verdaderamente al Hijo (como se ve una y otra vez en las Escrituras); el Hijo era solo Su trabajador contratado.
Y si, para Arrio, la Biblia alguna vez hablaba del deleite del Padre en el Hijo, solo podía ser porque el Hijo había hecho un buen trabajo. Así es, presumiblemente, como se logra caerle bien al Dios que es simplemente el Empleador. Pero ese no es un Dios paternal de verdadera gracia.

Para Arrio, no se ve realmente la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo; no se ve a un Dios que sea glorioso y misericordioso en absoluto. Por ello, la Iglesia cristiana se reunió en el Concilio de Nicea en el año 325 y allí acordaron para siempre confesar que el Hijo es “de la misma sustancia que el Padre”. Dios el Padre no usa al Hijo como simple ayuda contratada, y el Hijo no usa al Padre para obtener gloria celestial; siempre ha estado a Su lado. Él es el amado eternamente, aquel que muestra que hay un Padre amorosísimo en el cielo, aquel que puede compartir con nosotros algo más que un entendimiento de negocios con Dios: ¡la adopción como hijos!
Esta fue la historia de la Iglesia primitiva: luchar y sangrar por la verdad que traía gloria a Dios y gozo a los santos.

Escena 2: Agustín
Ninguna historia de la Iglesia estaría completa sin una mirada al poderoso Agustín de Hipona, quien nació y pasó la mayor parte de su vida en lo que hoy es Túnez y Argelia. Aquella era una provincia apartada del Imperio romano, pero Agustín sería, quizás, el cristiano más influyente en la historia de la Iglesia después de la época de los apóstoles.
Batalla de deseos
Aquí están las palabras iniciales de su obra más famosa (y con razón), Las confesiones; escucha los latidos de su corazón (las traducciones de Agustín son mías):
Grande eres Tú, Señor, y muy digno de alabanza; grande es Tu poder, y Tu sabiduría no tiene fin (...). Tú nos impulsas a deleitarnos en alabarte, porque nos hiciste para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que encuentre descanso en Ti.

En Las confesiones (el testimonio de Agustín) revela que su vida fue una larga búsqueda de felicidad, satisfacción y placer. Así fue para él; así es para todos nosotros. Es una búsqueda correcta, pero antes de que Agustín viniera a Cristo, pasó toda su vida buscando esa satisfacción en los lugares equivocados.
Así caracterizó su juventud. Le dijo a Dios: “Te abandoné para perseguir las cosas más bajas de Tu creación. Yo era polvo que volvía al polvo”. Fíjate en lo que está diciendo allí: nos convertimos en lo que amamos. Al perseguir cosas sucias, él se estaba convirtiendo en suciedad.
Una de sus ilustraciones más poderosas sobre buscar en el lugar equivocado aparece en la historia de su amigo Alipio. Alipio odiaba las luchas de gladiadores que eran tan populares entonces (y deberíamos pensar en ellas como el equivalente antiguo de la pornografía y el amor por la violencia extrema en las películas), así que no quería ir a verlas. Pero Agustín dijo:
Algunos de sus amigos usaron una violencia amistosa para llevarlo (...). Cuando llegaron y encontraron asientos donde pudieron, todo el lugar bullía con el más monstruoso deleite en la crueldad. Él mantuvo sus ojos cerrados y prohibió a su mente pensar en males tan temibles. ¡Ojalá se hubiera tapado también los oídos! Un hombre cayó en combate. Un gran rugido de toda la multitud lo golpeó con tal vehemencia que fue vencido por la curiosidad (...). Abrió los ojos. El grito entró por sus oídos y forzó la apertura de sus ojos (...). Tan pronto como vio la sangre, bebió al instante la ferocidad y no apartó la mirada. Sus ojos quedaron fijos. Bebió la locura. Sin ninguna conciencia de lo que le estaba sucediendo, encontró deleite en la contienda asesina y se embriagó con un placer sediento de sangre. Ya no era la persona que había llegado (...). Se llevó la locura a casa consigo, de modo que esta lo impulsaba a regresar.

Lo que miras te cambiará. Te moldeará a su imagen.
A medida que Las confesiones avanza, se vuelve más agitada; hay una desesperación en su búsqueda de gozo. Recordándolo, Agustín oró:
Fui arrebatado hacia Ti por Tu belleza y rápidamente alejado de Ti por mi peso. Con un gemido caí en cosas inferiores. Este peso era mi hábito sexual. Pero conmigo permanecía un recuerdo de Ti.
Ves entonces que su historia —que es nuestra historia— es una de amor. Es la historia de una batalla de deseos, de un amor que gira. Y para él, el momento culminante ocurrió cuando, caminando en un jardín en Milán, Italia, escucha una voz que dice: “¡Tolle! ¡Lege!” (“¡Toma! ¡Lee!”). Y fuera lo que fuese, lo tomó como un mandato divino para recoger el libro de Romanos, que tenía consigo. Sus ojos cayeron sobre Romanos 13:13-14: “…no en orgías y borracheras, no en promiscuidad sexual y lujurias, no en pleitos y envidias. Antes bien, vístanse del Señor Jesucristo...”.
Con eso, comprendió que en Cristo estaba la satisfacción que toda su persecución había estado buscando. “De repente”, escribió, “se me había vuelto dulce estar sin las dulzuras de la necedad [y el pecado]. Lo que antes temía perder, ahora era un deleite desechar. Tú los expulsaste y entraste a ocupar su lugar, más agradable que cualquier placer”. Ese descubrimiento daría forma a todo su pensamiento como cristiano y como teólogo al servicio de la Iglesia.

Contra Pelagio
Quizás la hazaña más grande de Agustín como teólogo fue contrarrestar la obra de Pelagio. Contra él, Agustín mostró que los cristianos están destinados a encontrar gozo en el Dios todo glorioso.
¿Quién era Pelagio? Era un monje británico que enseñaba que cada persona tiene la responsabilidad y el potencial de ser moralmente perfecta. Tal es el mandato de Dios, y Dios no mandaría lo imposible, decía Pelagio. No, decía él, podemos hacernos perfectos, pues nacemos inocentes, en el mismo estado que Adán antes de la caída. Siendo así, todos enfrentamos una elección sencilla: o copiar a Adán (pecar y así ser condenados) o copiar a Cristo (vivir rectamente y así ser salvos). Eso, explicaba, es por lo que Dios dio la ley: para que mediante su obediencia podamos alcanzar la perfección que Él exige y traer de vuelta el paraíso a la tierra.
¿Una teología de autoayuda? No es de extrañar que haya sido popular desde entonces. Pero, en realidad, hacía afirmaciones aterradoras. Para Pelagio, Dios no es glorioso en Su misericordia. Él no es misericordioso en absoluto. Todo depende de nosotros. Pelagio puso un peso abrumador de responsabilidad sobre el individuo: cada uno debe asegurar su propia perfección personal si quiere tener vida.

Agustín se dio cuenta de que, a pesar de todo su lenguaje cristiano, Pelagio había entendido mal la naturaleza de Dios y el Evangelio a un nivel fundamental. Enseñaba que habíamos hecho cosas malas —ese era el problema—, pero que, si alguna vez hemos de entrar al cielo, debemos empezar a hacer cosas buenas. No parecía habérsele ocurrido adecuadamente que fuimos creados para conocer y amar a Dios y, por tanto, para él, el objetivo de la vida cristiana no era disfrutar de Dios, sino usarlo como aquel que nos vende el cielo al precio de ser morales.
¡Qué diferente veía las cosas Agustín! Él sostenía que no fuimos creados simplemente para vivir bajo el código moral de Dios. Fuimos hechos para encontrar nuestro descanso y satisfacción en Su comunión que todo lo satisface. Agustín definió el amor verdadero como “el disfrute de Dios por Su propio bien”. Dios, sostenía él, es una “satisfacción insaciable”, “más dulce que todo placer” y, por tanto, lo amamos, deseando ser recompensados con Él.
Además, nuestro problema no es tanto que nos hayamos comportado mal, sino que nos hemos sentido atraídos a amar erróneamente. Hechos a imagen del Dios de amor, Agustín argumentaba que siempre estamos motivados por el amor, y por eso Adán y Eva desobedecieron a Dios. Pecaron porque amaron algo más que a Él. Eso también significa que el mero hecho de alterar nuestro comportamiento, como sugería Pelagio, no servirá de nada. Se necesita algo mucho más profundo: nuestros corazones deben ser transformados.
Más que nada, vio Agustín, necesitamos ver la gloria de Dios, sentir cuán deleitoso es. Porque Él nos ha hecho para Sí mismo, y nuestro corazón está inquieto hasta que encuentre descanso en Él.

Escena 3: La Reforma
Al final del periodo que llamamos la Reforma —a mediados del siglo XVII—, unos 120 eruditos se reunieron en Westminster, Inglaterra, y redactaron el Catecismo menor de Westminster. La famosa primera pregunta y respuesta del catecismo llega al núcleo de lo que trataba la Reforma:
Pregunta: ¿Cuál es el fin principal del hombre?
Respuesta: El fin principal del hombre es el de glorificar a Dios, y gozar de Él para siempre.
La gloria de Dios y el disfrute de Él: estas verdades gemelas e inseparables fueron luces guía para la Reforma. Los reformadores sostenían que, a través de todas las doctrinas por las que habían luchado y defendido, Dios era glorificado y a las personas se les daba consuelo y gozo.

Declarados justos
Había una crítica implícita en esta primera pregunta y respuesta a la teología anterior a la Reforma que se remontaba hasta nuestro viejo amigo Agustín. Porque, a pesar de todo el gran bien que había hecho, Agustín se había equivocado bastante en la justificación. Tal como él lo veía, Romanos 5:5 daba la explicación más clara de este tema. Allí, el apóstol Pablo escribe que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo…”. Así que, para Agustín, Dios derrama Su amor en nuestros corazones a través del Espíritu, y ese amor nos transforma lentamente. Con ese amor infundido en nosotros, nos volvemos cada vez más justos. Actuamos cada vez más justamente. Somos “justi-ficados” (somos “hechos justos” mediante el cambio interno).
La pregunta, por supuesto, que la gente se veía obligada a hacer entonces era: “¿He sido transformado para ser lo suficientemente justo para el cielo?”. Y la respuesta solo podía ser: “No lo sé. Casi con seguridad, no”. Si puedo entrar al cielo solo porque yo mismo me he vuelto intrínsecamente justo, solo puedo tener tanta confianza en el cielo como la que tenga en mi propia falta de pecado. De hecho, estar seguro del cielo debía ser un gran pecado de presunción. Y fue precisamente uno de los cargos presentados contra Juana de Arco en su juicio en 1431. Allí, los jueces proclamaron:
Esta mujer peca cuando dice que está segura de ser recibida en el Paraíso (...) visto que en este viaje terrenal ningún peregrino sabe si es digno de gloria o de castigo.

Era una teología que engendraba miedo, no gozo. La necesidad de tener mérito personal ante Dios dejaba a la gente aterrorizada ante la perspectiva del juicio. Todavía se puede sentir cuando ves un fresco medieval del juicio final; se puede escuchar en las palabras del Dies irae (himno cuyo título significa “Día de la ira”), que se cantaba en cada misa católica de difuntos:
Día de ira, día en que el mundo se disolverá en carbones encendidos (...). ¿Qué diré yo, miserable, entonces? ¿A qué protector rogaré? Cuando apenas el justo esté seguro. Rey de tremenda Majestad (...) no me pierdas en aquel día (...). Mis oraciones no son dignas, pero Tú, Dios Bueno, trata con bondad para que no arda en el fuego perenne.
Fue exactamente por eso que el joven Martín Lutero temblaba de miedo ante la idea de la muerte, y por lo que decía que odiaba a Dios (en lugar de disfrutar de Él). El joven Lutero no podía regocijarse.

Pero con su descubrimiento hace 500 años de que la justificación en realidad significa que los pecadores son declarados libremente justos en Cristo, todo eso cambió. Su confianza para aquel día ya no estaba puesta en sí mismo: todo descansaba en Cristo y Su justicia suficiente. Y así, el horrible día del juicio se convirtió para Lutero en lo que él llamaría “el último día más feliz”, el día de Jesús, su amigo. El consuelo que esto trajo a todos los que sostenían la teología de la Reforma quedó perfectamente capturado en la impactante redacción de la pregunta y respuesta del Catecismo de Heidelberg:
Pregunta: ¿Qué consuelo te da el que Cristo haya de venir a juzgar a los vivos y a los muertos?
Respuesta: Que en todas mis penas y persecuciones levantaré la cabeza y esperaré con ansias como juez del cielo a la misma persona que antes se sometió al juicio de Dios por mi causa, y que ha quitado de mí toda maldición.
Consuelo en Cristo para el creyente que lucha: ese fue el efecto de la teología de la Reforma.
O escuchen el vigor con que otro de los primeros reformadores, William Tyndale, lo expresó: “Evangelion (que llamamos el Evangelio) es una palabra griega que significa buenas, alegres y gozosas noticias, que alegran el corazón del hombre y lo hacen cantar, bailar y saltar de gozo”. El hecho de que él, un pecador que fallaba, fuera perfectamente amado por Dios y revestido de la justicia misma de Cristo, le dio a Tyndale una felicidad deslumbrante.

Y ese fue el efecto de la teología de la Reforma: mediante la justificación solo por gracia a través de la fe solo en Cristo, Dios era glorificado como totalmente misericordioso y bueno, como supremamente santo y compasivo a la vez; y, por lo tanto, las personas podían encontrar su consuelo y deleite en Él. A través de la unión con Cristo, los creyentes podían conocer una posición firme ante Dios, dirigiéndose alegremente a Él como su “Abba”, confiados en que Él era poderoso para salvar y guardar hasta el fin. Sin una jerarquía sacerdotal separada del mundo, los creyentes podían llamarse todos “hermano” y “hermana”, viviendo cada parte de la vida para el Padre bondadoso que habían llegado a disfrutar. Y a través de estas verdades, las vidas aún pueden florecer y prosperar bajo la luz dadora de gozo de la gloria de Dios.
Soli Deo Gloria
La Reforma comenzó en octubre de 1517 con una escaramuza relativa a la idea del purgatorio. El purgatorio era la solución católica romana al problema de que nadie moriría siendo lo suficientemente justo como para haber merecido plenamente la salvación. Se decía que era el lugar al que irían las almas cristianas después de la muerte para que todos sus pecados fueran purgados lentamente de ellas, para completar ese proceso de volverse justos.
Pero, para los reformadores, el purgatorio pronto llegó a simbolizar todo lo que estaba mal en la visión católica romana de la salvación. Juan Calvino escribió:
El purgatorio es una ficción mortal de Satanás, que anula la cruz de Cristo, inflige un desprecio insoportable a la misericordia de Dios y trastorna y destruye nuestra fe. Pues, ¿qué significa este purgatorio suyo sino que la satisfacción por los pecados es pagada por las almas [mismas] de los muertos? (...) Pero, si está perfectamente claro (...) que la sangre de Cristo es la única satisfacción por los pecados de los creyentes, la única expiación, la única purgación, ¿qué queda sino decir que el purgatorio es simplemente una blasfemia espantosa contra Cristo?

Su lógica es sencilla: el purgatorio despoja a Cristo de Su gloria como Salvador misericordioso y plenamente suficiente; también destruye cualquier gozo confiado en nosotros. Sin gozo para nosotros, no hay gloria para Cristo: iba totalmente en contra de la esencia del pensamiento de la Reforma, que se preocupaba tan apasionadamente por esos dos premios.
Lo que los reformadores vieron, especialmente a través del mensaje de la justificación solo por la fe, fue la revelación de un Dios exuberantemente feliz que se gloría en compartir Su felicidad. No un Dios tacaño o utilitario, sino un Dios que se gloría en ser misericordioso. (Por eso la fe dependiente lo glorifica, según Romanos 4:20). Robar Su gloria reclamando cualquier crédito para nosotros mismos solo robaría nuestro propio gozo en un Dios tan maravilloso.
La gloria de Dios y el gozo resultante de los santos eran la preocupación de los reformadores. Se metió tanto en la sangre protestante que el compositor luterano Johann Sebastian Bach, cuando estaba satisfecho con sus composiciones, escribía en ellas “S. D. G.” por Soli Deo Gloria (“Gloria solo a Dios”), porque a través de su música quería hacer resonar la belleza y la gloria de Dios, complaciéndolo a Él, pero también a las personas. La gloria de Dios, creía Bach, resuena gratuitamente en toda la creación, trayendo gozo dondequiera que se aprecie, y por eso vale la pena vivirla y promoverla.

De hecho, escribió Calvino, ese es el secreto de la felicidad y de la vida. “Es necesario”, dijo, “que salgamos de nosotros mismos para encontrar la felicidad. El bien principal del hombre no es otra cosa que la unión con Dios”. Contra lo que se nos dice hoy, la felicidad no se encuentra en nosotros mismos, en apreciar nuestra propia belleza o en convencernos de ella. La felicidad profunda, duradera y satisfactoria se encuentra en el Dios todoglorioso. Y esto no es más que otra forma de decir:
Pregunta: ¿Cuál es el fin principal del hombre?
Respuesta: El fin principal del hombre es el de glorificar a Dios, y gozar de Él para siempre.
Escena 4: Teología moderna
Después de la Reforma, hubo una nueva división en el cristianismo entre protestantes y católicos romanos. Pero otra venía pisándole los talones: la división entre los llamados “conservadores” y “liberales”. Estas pronto serían dos trayectorias opuestas, y la esencia de cada una se encarnó en dos contemporáneos cercanos: Jonathan Edwards y Friedrich Schleiermacher.
Es casi seguro que el nombre de Schleiermacher les resulte menos familiar, pero fue enormemente influyente y a menudo se le otorga el título de “el padre de la teología moderna (o liberal)”. Schleiermacher era alemán —prusiano, de hecho—, nacido en 1768, 10 años después de que Jonathan Edwards muriera en Princeton. Hay algunas similitudes fascinantes entre Edwards y Schleiermacher, y diferencias vitales.
Lo más importante es que tanto Edwards como Schleiermacher argumentaron que la vida cristiana es algo más que simplemente estar de acuerdo con una lista de doctrinas. Ambos estaban de acuerdo: los verdaderos creyentes tienen una experiencia de Dios que involucra sus afectos. Así que ambos enseñaron la importancia del corazón, con sus amores y deseos. ¡Pero había una diferencia crítica! Veámoslos por turno.

Sentido de la dulzura de Dios
Primero, Jonathan Edwards. Edwards argumentaba que tener un sentido de la dulzura de Dios es lo que realmente distingue al convertido. Compara a dos hombres: uno que simplemente entiende el hecho de que la miel es dulce, el otro que “ama la miel y se deleita grandemente en ella porque conoce su sabor dulce”. Tal como lo ve Edwards, los creyentes son aquellos que disfrutan de la belleza de Dios; han probado Su gloria y por eso lo adoran.
Así es como funciona. En 2 Corintios 4:6, el apóstol Pablo escribe: “Pues Dios, que dijo: ‘De las tinieblas resplandecerá la luz’, es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo”. Así que lo que mueve a los creyentes no es algo dentro de sí mismos; es esencial ver esto aquí. Los creyentes no se dejan llevar por un sentido de su propia fidelidad o bondad. Dios se revela en Cristo, el Espíritu abre nuestros ojos, y es esa visión de la gloria de Dios en el rostro de Cristo lo que gana nuestros corazones.
Así lo expresó Edwards:
Los afectos santos no son calor sin luz; sino que surgen siempre de alguna información del entendimiento, alguna instrucción espiritual que la mente recibe, alguna luz o conocimiento real.
Para Edwards es la luz de la gloria de Dios la que provoca el calor de nuestro deseo por Él.

Comenzando con los sentimientos
Ahora comparemos a Schleiermacher. Schleiermacher también creía que la verdadera religión consiste en una experiencia viva de lo divino. He aquí su descripción de la esencia de la piedad: es, dijo, “la conciencia de ser absolutamente dependiente”. Ahora bien, se podría pensar que eso no suena específicamente cristiano. ¿La esencia de la piedad es “la conciencia de ser absolutamente dependiente”? No hay mención de Dios ni de Cristo.
Pero ese es precisamente su punto: todo el mundo se siente dependiente en algún momento (¡y los perros también!). Para Schleiermacher, entonces, no hay una distinción tajante entre la verdadera adoración y la idolatría. Para él, todo el mundo es piadoso en cierto sentido —todo el mundo se siente dependiente— y el cristianismo es simplemente la mejor forma de piedad (por razones que no están muy claramente argumentadas). Tal como él lo veía, el cristianismo es realmente la etapa más alta de la evolución religiosa hasta ahora.
Ahora, se preguntarán cómo un hombre que afirma ser cristiano puede decir todo esto. Y aquí está la clave: Schleiermacher escribió que “las doctrinas cristianas son relatos de los afectos religiosos cristianos”. Vamos a desglosar eso. Schleiermacher está diciendo que cuando los cristianos hablan de cualquier doctrina —algo sobre el Evangelio, alguna verdad bíblica—, lo que realmente está sucediendo es que estamos tratando de poner nuestros propios sentimientos en palabras.

Así que, para él, la doctrina no es la verdad sobre (o de parte de) Dios. La doctrina es en realidad solo nuestro intento de comunicar y compartir nuestra propia experiencia religiosa privada. En otras palabras, Schleiermacher acababa de poner las ideas de Edwards al revés. Para Edwards, es la luz de la gloria de Dios la que provoca el calor de nuestro deseo por Él. Para Schleiermacher, es el calor de nuestros sentimientos lo que nos hace hablar de cosas como la gloria de Dios.
Para Edwards, todo empieza con la gloria de Dios. Para Schleiermacher, todo empieza con los sentimientos. Para Schleiermacher, estos son la fuente de nuestra teología. No la gloria de Dios en el rostro de Cristo. No las Escrituras. Nuestros sentimientos son el control, la guía mientras pensamos en Dios. Sin duda pueden ver cuán influyente ha sido esa idea desde entonces. Schleiermacher conquistó Occidente.

La historia que al Occidente moderno le gusta contar sobre sí mismo en los dos últimos siglos es una de liberación: nos hemos liberado de las viejas cadenas de la doctrina. Pero Schleiermacher en realidad había desechado la gloria de Dios y, por tanto, había desechado toda posibilidad de un gozo verdadero y profundo.
Para Schleiermacher, no podía haber tal cosa como una salvación gratuita. Jesucristo, para él, era solo el primer cristiano. No Dios hecho hombre, sino el hombre hecho piadoso. Edwards podía contemplar la gloria de Dios, Su belleza, Su misericordia, Su cuidado soberano y paternal de Sus hijos, y eso llenaba a Edwards de gozo y consuelo. Pero, ¿a dónde podía ir Schleiermacher en busca de consuelo y gozo? Solo podía mirar dentro de sí mismo y esperar que llegaran los buenos sentimientos.
Corazones en reposo
Eso es lo que hemos visto a lo largo de esta breve historia de la iglesia: cuando se glorifica a la humanidad y se la pone en el centro, se arranca la raíz de la verdadera satisfacción y del gozo. Cuando Dios es glorificado y se muestra tal como es en realidad, entonces los santos se llenan de gozo. Entonces Ignacio encuentra consuelo ante el martirio, Agustín encuentra la libertad de su pecado, Lutero encuentra la liberación de su desesperación y Edwards encuentra la felicidad.
Porque, como escribió Agustín, Dios nos ha hecho para Sí mismo, y nuestro corazón está inquieto hasta que encuentre descanso en Él.
Este artículo fue traducido y ajustado por David Riaño. El original fue publicado por Michael Reeves en Desiring God. Allí se encuentran las citas y notas al pie.
Apoya a nuestra causa
Espero que este artículo te haya sido útil. Antes de que saltes a la próxima página, quería preguntarte si considerarías apoyar la misión de BITE.
Cada vez hay más voces alrededor de nosotros tratando de dirigir nuestros ojos a lo que el mundo considera valioso e importante. Por más de 10 años, en BITE hemos tratado de informar a nuestros lectores sobre la situación de la iglesia en el mundo, y sobre cómo ha lidiado con casos similares a través de la historia. Todo desde una cosmovisión bíblica. Espero que a través de los años hayas podido usar nuestros videos y artículos para tu propio crecimiento y en tu discipulado de otros.
Lo que tal vez no sabías es que BITE siempre ha sido sin fines de lucro y depende de lectores cómo tú. Si te gustaría seguir consultando los recursos de BITE en los años que vienen, ¿considerarías apoyarnos? ¿Cuánto gastas en un café o en un refresco? Con ese tipo de compromiso mensual, nos ayudarás a seguir sirviendo a ti, y a la iglesia del mundo hispanohablante. ¡Gracias por considerarlo!
En Cristo,
![]() |
Giovanny Gómez Director de BITE |




