En otro tiempo honrada como “la sierva de la teología”, parece que la filosofía ha caído en tiempos difíciles. En un libro de 2010, Stephen Hawking declaró que “la filosofía está muerta” porque no logró mantenerse al día con la ciencia moderna. Marco Rubio [Secretario de Estado de los Estados Unidos] señaló en un debate presidencial de 2015 que Estados Unidos necesita “más soldadores y menos filósofos”, dando a entender que los primeros son más útiles y tienen mayor salida laboral. Posteriormente, Rubio se retractó de sus comentarios, pero las estadísticas muestran una marcada disminución en la cantidad de estudiantes de la licenciatura en Filosofía durante las últimas dos décadas. En consecuencia, muchas universidades han reducido sus departamentos de filosofía o, en algunos casos, han eliminado por completo los programas. Existe una percepción creciente de que la filosofía tiene poca utilidad práctica en el mundo moderno.
Los cristianos podrían tener sus propias razones para dudar del valor de esta disciplina. Muchos de nosotros hemos oído historias de creyentes jóvenes que tomaron algunas clases de filosofía en la universidad, comenzaron a cuestionar su fe y terminaron alejándose por completo de la Iglesia. ¿Acaso el apóstol Pablo no advirtió a los creyentes que no se dejaran llevar “cautivos por medio de [la] filosofía” (Col 2:8)? ¿Acaso no ha expuesto Dios la necedad de los filósofos de este mundo (1 Co 1:20)? La antigua pregunta de Tertuliano aún refleja el sentir de muchos cristianos hoy: “¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén? ¿Qué concordia hay entre la Academia y la Iglesia?”. La respuesta implícita es: “¡Ninguna!”.
En este artículo, ofreceré una defensa de la disciplina de la filosofía y de su valor para los cristianos en general y, en especial, para los pastores. Comenzaré aclarando qué es la filosofía. Luego, presentaré algunas razones por las cuales estudiarla puede ser de gran valor para los creyentes. Por último, sugeriré algunas formas en que la filosofía puede ayudar a equipar a los pastores para el ministerio.
¿Qué es la filosofía?
En su sentido más literal, la filosofía es simplemente “el amor a la sabiduría” (del griego: phileo, “amar”; sophia, “sabiduría”). Los primeros filósofos se veían a sí mismos como personas que amaban y buscaban la sabiduría, que deseaban comprender con sabiduría el mundo y la manera en que funciona. Para los antiguos, la filosofía no consistía en adquirir conocimiento y perspicacia por el simple hecho de tenerlos; era un medio para un fin mayor: la vida bien vivida. Buscaban la sabiduría en favor del florecimiento humano. Por lo tanto, como expresaron dos académicos cristianos contemporáneos, la filosofía en su sentido más general puede entenderse como “la búsqueda del conocimiento y la sabiduría con el fin de florecer”.

Pero ¿cómo se ve esto en la práctica? ¿En qué tipo de actividades se involucran los filósofos y qué pretenden lograr? Una forma de ver el propósito de la filosofía es como la búsqueda de la verdad, la comprensión y el significado para captar el “panorama general” —discernir la naturaleza última de la realidad, nuestro lugar y propósito en el universo, y cómo encaja todo—. Esta elevada tarea tiene dimensiones tanto teóricas como prácticas: no solo abarca lo que debemos creer, sino también cómo debemos vivir.
De este modo, la filosofía implica buscar respuestas a las “grandes preguntas” de la vida, del universo y de todo lo que existe. ¿De dónde vino el universo? ¿Por qué existe algo en absoluto? ¿Por qué estamos aquí? ¿Cuál es el propósito de la vida humana, suponiendo que haya uno? ¿Qué es la naturaleza humana? ¿Qué nos distingue de los demás animales? ¿Tenemos un alma que sobrevive a la muerte de nuestro cuerpo? ¿Tenemos libre albedrío? ¿Qué significa verdaderamente tener libre albedrío? ¿Existe algo más allá del mundo material, del mundo de la experiencia sensorial inmediata? ¿Existe un Dios? De ser así, ¿cómo es Dios? ¿Cómo se relaciona Dios con nosotros? ¿Qué significa vivir una buena vida? ¿Qué es la justicia? ¿Qué es la belleza? ¿Es posible conocer las respuestas a este tipo de preguntas? ¿Es posible conocer algo en absoluto?
Al intentar responder a tales preguntas, los filósofos emplean dos tipos de herramientas: de análisis y de argumentación. Las herramientas de análisis buscan la claridad, la precisión y una comprensión más profunda de las ideas, teorías y sistemas de pensamiento filosóficos. ¿Cómo se están definiendo los términos y cómo se aplican los conceptos? ¿Qué distinciones deben hacerse para evitar la ambigüedad o la confusión? ¿Qué se está asumiendo o presuponiendo de manera tácita? ¿Es la idea o teoría propuesta coherente de manera interna? ¿Es consistente con lo que ya sabemos o creemos que es verdad? ¿Tiene poder explicativo? ¿Cuáles son sus implicaciones lógicas? ¿Qué diferencia práctica habría si fuera cierta?

Las herramientas de argumentación tienen como fin ofrecer buenas razones para aceptar o rechazar afirmaciones o teorías filosóficas. Los argumentos son la materia prima de los filósofos. Un “argumento” en el sentido filosófico no es necesariamente un debate, y mucho menos una pelea, sino simplemente una o más razones que se ofrecen para respaldar una afirmación. Los filósofos se dedican a construir, perfeccionar y evaluar críticamente los argumentos. Algunos argumentos filosóficos son muy sencillos —“¡Pienso, luego existo!”—, mientras que otros involucran cadenas de razonamiento largas y complejas que van desde premisas iniciales hasta conclusiones finales.
En su nivel más ambicioso, la filosofía puede implicar el desarrollo y la defensa de un sistema de pensamiento integral o “cosmovisión”. En cierto grado, todas las personas ya poseen una cosmovisión, en la medida en que cuentan con una red de creencias previas o presuposiciones sobre el universo y su lugar en él, lo cual moldea la manera en que interpretan sus experiencias y dirigen sus vidas. Sin embargo, para quienes son más reflexivos en el plano filosófico, una cosmovisión puede colocarse en primer plano como una especie de “teoría del todo” o “mapa de la realidad”. En ese sentido, una cosmovisión abarcará las tres divisiones principales de la filosofía: la metafísica (teoría de la realidad), la epistemología (teoría del conocimiento) y la ética (teoría de la moralidad). Los filósofos más impresionantes e influyentes de la historia suelen ser aquellos que construyen cosmovisiones.
¿Por qué estudiar filosofía?
Si la filosofía es el amor a la sabiduría, entonces los cristianos, más que nadie, deberían estar interesados en ella. Después de todo, la Palabra de Dios nos exhorta a buscar la sabiduría y el entendimiento (Pro 3:13; 4:7). La persona que adquiere sabiduría “ama su propia alma” (Pro 19:8). Aun así, alguien podría objetar que la mayoría de los filósofos a lo largo de la historia han defendido “la sabiduría del mundo” en lugar de la sabiduría de Dios revelada en el Evangelio (1 Co 1:20–25). ¡Sin duda se puede encontrar una gran cantidad de necedades en los escritos de filósofos no creyentes!

Aun así, el hecho de que muchos de ellos hayan buscado la sabiduría en los lugares equivocados y por los medios incorrectos no debería disuadirnos de buscar la verdadera sabiduría. Los cristianos conocemos la fuente última de la sabiduría. Como Pablo les recordó a los colosenses, “todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” están “escondidos” en Jesucristo (Col 2:2–3). Cuando Pablo les advirtió que se guardaran de la filosofía que “no es según Cristo” (Col 2:8), la implicación adecuada no es que debamos evitar la filosofía por completo, sino que debemos buscar la que es según Cristo. La “filosofía cristiana” no es una contradicción de términos. Al contrario, es la filosofía como debe ser practicada: bajo el señorío de Cristo, en sumisión a la palabra de Cristo.
Consideremos, entonces, seis razones por las cuales los cristianos —y en especial los pastores— pueden beneficiarse de estudiar filosofía.
Buscar la vida bien vivida
En primer lugar, como ya hemos señalado, la filosofía se ocupa de la búsqueda de la verdad, el entendimiento y el significado. Los cristianos nos interesamos profundamente por las tres cosas. Conocemos la importancia de buscar el panorama general y de responder a las grandes preguntas. Reconocemos el valor de comprender y buscar “la vida bien vivida”. En consecuencia, debería interesarnos estudiar los escritos de quienes se han dedicado a estas búsquedas.
Tiene todo el sentido dar prioridad a las obras de filósofos cristianos que comparten nuestro compromiso básico con el señorío de Cristo y la autoridad de la Palabra de Dios. Sin embargo, también hay valor en estudiar las obras de filósofos no cristianos. De acuerdo con la doctrina de la gracia común, incluso los no creyentes pueden discernir verdades importantes sobre la base de la revelación natural (cf. Pro 31:1; Hch 7:22; 17:27–28), y sus escritos pueden resultar útiles para los cristianos en su propia búsqueda de comprensión. Como argumentaba Agustín, los creyentes pueden “despojar a los egipcios” (Ex 3:22; 12:36) al estudiar las obras de filósofos paganos y beneficiarse de sus aportes.

Aprender a pensar críticamente
En segundo lugar, estudiar filosofía ayuda a desarrollar buenas habilidades de pensamiento crítico, que no es un pensamiento negativo. Más bien, es el uso adecuado y efectivo de las facultades intelectuales que Dios nos ha dado. El pensamiento crítico es simplemente un pensamiento claro, cuidadoso y consistente: el arte del buen razonamiento.
Como mencioné anteriormente, las herramientas principales de los filósofos son las de análisis y argumentación. Por lo tanto, el pensamiento crítico es de particular importancia en la disciplina filosófica. Como cualquier otra habilidad, las capacidades de pensamiento crítico deben desarrollarse intencionalmente, tanto mediante la observación (es decir, estudiando a otros que las practican) como a través de la aplicación personal. Leer las obras de los grandes filósofos y reflexionar sobre sus ideas y argumentos cultivará un mejor pensamiento crítico. La recompensa es sumamente práctica: contar con esas habilidades nos beneficiará en cualquier otra área de la vida en la que apliquemos nuestras facultades intelectuales.
Cultivar la virtud
En tercer lugar, estudiar filosofía puede ayudar a cultivar virtudes intelectuales. Las virtudes son hábitos o rasgos de carácter moralmente dignos de elogio. Las virtudes intelectuales son aquellas que corresponden a la manera en que usamos nuestra mente, con miras a adquirir los “bienes intelectuales” de la sabiduría, el conocimiento y la perspicacia. Ejemplos de tales virtudes serían el valor intelectual (la tendencia a perseverar frente a los obstáculos en la investigación), la vigilancia introspectiva (la tendencia a discernir y corregir los propios patrones deficientes de indagación) y la caridad interpretativa (la tendencia a interpretar las posturas y argumentos de los demás bajo la luz más positiva y razonable posible). Si los filósofos no cristianos han comprendido la importancia de identificar y desarrollar las virtudes intelectuales, cuánto más deberíamos hacerlo quienes atendemos al mandamiento de Cristo de amar a Dios con toda nuestra mente (Mt 22:37–38).

Adquirir buenas herramientas
En cuarto lugar, estudiar filosofía nos proporcionará un rico conjunto de herramientas conceptuales: un arsenal de conceptos útiles, definiciones, distinciones, perspicacias y formas de argumentación que nos equipan para ser pensadores más eficaces y que pueden aplicarse de manera provechosa en otras disciplinas, como la exégesis bíblica, la teología sistemática, la ética y la apologética.
Por ejemplo, los filósofos suelen emplear los llamados conceptos “modales”: necesidad, contingencia, posibilidad e imposibilidad. Tales conceptos nos permiten expresar de forma precisa algunas de las diferencias distintivas entre Dios y Sus criaturas, así como extraer las implicaciones más completas de esas diferencias (p. ej., Dios existe necesariamente, mientras que las criaturas existen de manera contingente; tener creencias falsas es una posibilidad para nosotros, pero una imposibilidad para Dios). El trabajo filosófico sobre el libre albedrío ofrece distinciones que pueden ayudarnos a reconciliar la soberanía divina con la responsabilidad moral humana. El desarrollo de la “teoría de los actos de habla” por parte de filósofos del siglo XX proporciona un conjunto de herramientas que nos permite pensar de manera más precisa y profunda sobre los “actos de habla divinos”, es decir, las diversas formas en que Dios cumple poderosamente Sus propósitos mediante Su palabra (Is 55:11; Heb 1:3; 4:12). Estos son solo tres ejemplos entre muchos.

Comprender la teología
En quinto lugar, estudiar filosofía es prácticamente indispensable para comprender el desarrollo de la teología cristiana a lo largo de los siglos. Para bien o para mal, la historia de la teología cristiana está entrelazada con la historia de la filosofía occidental, desde los antiguos griegos hasta la actualidad. Padres de la Iglesia como Justino Mártir, Clemente de Alejandría, Tertuliano, Agustín y Máximo el Confesor estaban versados en las filosofías prominentes de su época e interactuaron críticamente con ellas desde una perspectiva cristiana, oponiéndose abiertamente a algunos elementos mientras se apropiaban críticamente de otros.
Algunas de las doctrinas definitorias de la fe cristiana, como la doctrina de la Trinidad, han sido forjadas usando términos y conceptos tomados del mundo de la filosofía griega. Consideremos la afirmación central del Credo de Nicea de que Jesucristo es “de la misma sustancia” (homoousion) que el Padre. El término griego ousia fue adoptado (y adaptado) para plasmar de manera definitiva la convicción de la Iglesia de que la divinidad del Hijo no es otra que la divinidad del Padre. Conocer el trasfondo filosófico del término “sustancia” nos ayuda a valorar por qué fue elegido de forma tan acertada para la tarea de refutar la herejía del arrianismo.
Si la historia de la teología cristiana es importante para nosotros —y debería serlo—, también lo es la historia del compromiso cristiano con los pensadores y movimientos filosóficos. Consideremos a algunos de los grandes teólogos de la iglesia: Agustín, Anselmo, Tomás de Aquino, Juan Calvino, John Owen, Francisco Turretin, Petrus van Mastricht, Jonathan Edwards, Charles Hodge, Herman Bavinck y Cornelius Van Til. Todos estaban muy bien formados en filosofía y eran expertos en incorporar conceptos filosóficos en su articulación y defensa de las doctrinas cristianas.

Defender nuestra fe
Por último, estudiar filosofía es invaluable para comprender e interactuar críticamente con el pensamiento no cristiano de nuestros días. Si queremos entender por qué la cultura moderna es como es, por qué las personas en nuestra sociedad piensan de la forma en que lo hacen y por qué tantos son escépticos ante las afirmaciones del cristianismo, necesitamos conocer algo de las ideas, argumentos y movimientos filosóficos que han proyectado su sombra sobre nuestro momento presente.
El modernismo, el racionalismo, el empirismo, el materialismo, el idealismo, el hegelianismo, el marxismo, el utilitarismo, el romanticismo, el positivismo, el existencialismo, el posmodernismo y el constructivismo social: cada uno de estos “ismos” ha desempeñado un papel en la evolución de la cultura occidental contemporánea. Los cristianos que tengan una familiaridad básica con ellos estarán mejor equipados para diagnosticar, por ejemplo, por qué hoy en día tantas personas no tienen objeciones morales ante la práctica extendida del aborto o cómo llegamos al punto en que las categorías de “hombre” y “mujer” pudieron desligarse de la realidad del sexo biológico. Estos frutos culturales podridos son el producto de raíces intelectuales enfermas, y el remedio más eficaz requerirá exponer y refutar los patógenos filosóficos subyacentes. Como observó acertadamente C. S. Lewis: “Debe existir una buena filosofía, aunque solo sea por la razón de que hay que responder a la mala filosofía”.

¿Cómo puede ayudar la filosofía en el ministerio?
Quizá estas seis razones te hayan convencido del valor general de estudiar filosofía. Pero ¿qué hay de la aplicación específica al ministerio pastoral? ¿Tiene la filosofía algún valor práctico para el trabajo diario del ministro o líder de la iglesia? Permíteme sugerir brevemente cinco áreas en las que el estudio de la filosofía puede dar buen fruto.
Exégesis
La exégesis bíblica es el alma del ministerio pastoral, no solo para la predicación desde el púlpito, sino también para la enseñanza, la consejería, el discipulado y la evangelización (2 Ti 3:16–17). Por encima de todo, queremos ser fieles y precisos al interpretar la Palabra de Dios y aplicarla adecuadamente a nuestras propias vidas y a las de aquellos bajo nuestro cuidado. Entre otras cosas, una exégesis responsable de la Escritura implica lo siguiente:
- Discernir cuidadosamente los argumentos de los autores bíblicos (¡especialmente de Pablo!).
- Trazar la estructura lógica y la progresión de un pasaje o libro bíblico.
- Extraer las implicaciones lógicas de un texto (aquellas de “buena y necesaria consecuencia”, para usar el lenguaje de la Confesión de Westminster).
- Identificar las conexiones conceptuales entre un texto y otro.
- Prestar atención a las diversas maneras en que se pueden usar las palabras para comunicar ideas y llevar a cabo “actos de habla”.
- Sintetizar las enseñanzas que se encuentran a lo largo del canon bíblico a la luz de la autoridad divina y la unidad orgánica de la Escritura.
- Razonar por analogía desde el contexto cultural original hasta nuestra situación contemporánea.
- Reconocer y evitar falacias como la equivocación y la generalización apresurada.
- Discernir las presuposiciones que nosotros y otros (p. ej., los autores de comentarios bíblicos) aportamos a la labor exegética.
Las herramientas de análisis y argumentación empleadas por los filósofos, junto con las habilidades de pensamiento crítico que promueve el estudio de la filosofía, son beneficiosas en todos estos aspectos.

Predicación
Probablemente estés familiarizado con la descripción que hizo el Dr. Martyn Lloyd-Jones de la predicación como “lógica en fuego”. Quizá, al igual que yo, ¡has escuchado sermones que tenían más fuego que lógica! Por supuesto, la predicación que busca convencer tanto al corazón como a la mente necesita algo más que lógica. Sin embargo, un sermón con una estructura lógica clara y una progresión de pensamiento bien definida, cuyos puntos de reflexión y aplicación estén razonados de forma convincente a partir del texto inspirado, tiene más probabilidades de causar un impacto profundo y duradero en los oyentes. Toda implicación lógica de una enseñanza bíblica es, en sí misma, una enseñanza bíblica. Pero solo las implicaciones legítimas poseen la autoridad divina de la Escritura. En la medida en que el estudio de la filosofía puede afinar la comprensión y aplicación de la lógica, puede ayudar a los pastores a mejorar la estructura y el contenido de sus sermones.
Reflexión teológica
Para su propia salud espiritual y la de su rebaño, es fundamental que los pastores mantengan y enseñen la sana doctrina (1 Ti 4:16; Tit 1:9; 2:1). Aunque la filosofía no debe tratarse como una fuente de doctrina cristiana, su estudio puede promover una comprensión y un aprecio más profundos de la teología cristiana, además de ayudar a enseñarla y defenderla.
Como mencioné antes, una comprensión sólida de la historia de la teología cristiana requiere cierta familiaridad con la historia de la filosofía occidental, dada la estrecha relación entre ambas. Además, la disciplina de la teología sistemática, como su nombre lo indica, implica desarrollar un sistema doctrinal coherente y consistente basado en “todo el propósito de Dios” en la Escritura (Hch 20:27). Nos invita a rastrear las implicaciones lógicas de cada doctrina y a comprender las conexiones lógicas entre ellas (p. ej., cómo la doctrina de la providencia divina brinda un fundamento para las doctrinas de la inspiración e inerrancia bíblicas). La teología aplicada lleva las cosas más lejos al reflexionar sobre las implicaciones de las doctrinas cristianas para la vida cotidiana y el ministerio. Estas importantes tareas de reflexión teológica dependen precisamente del tipo de valiosas perspicacias conceptuales y habilidades de razonamiento que fomenta la disciplina de la filosofía.

Apologética
En cierto nivel, todos los cristianos estamos llamados a “presentar defensa ante todo el que les demande razón de la esperanza que hay en ustedes” (1 P 3:15). Sin embargo, es especialmente importante que los pastores tengan cierta competencia en apologética, tanto para evangelizar a los no creyentes (abordando objeciones intelectuales y ofreciendo argumentos en favor de una cosmovisión bíblica) como para proteger y fortalecer la fe de los creyentes (en especial de quienes luchan con dudas y preguntas intelectuales).
La relevancia de la filosofía para la apologética cristiana debería ser evidente. La mayoría de los temas abordados en la apologética actual son de naturaleza filosófica, pues tocan asuntos de metafísica (p. ej., la existencia y los atributos de Dios, la doctrina de la creación, la posibilidad de los milagros), epistemología (p. ej., las afirmaciones cristianas sobre la revelación natural y especial) y ética (p. ej., los fundamentos de la moralidad, el problema del mal, la visión bíblica de la sexualidad humana). A lo largo de los siglos, los filósofos cristianos han producido una gran cantidad de material que resulta de incalculable valor para defender y encomiar una cosmovisión cristiana.
La filosofía, más que cualquier otra disciplina, se ocupa del arte de razonar y de la ciencia de la argumentación. En la medida en que la apologética implica ofrecer una justificación racional para las creencias cristianas, así como refutar los argumentos de los no creyentes (2 Co 10:4–5), apenas hace falta mencionar el valor de la filosofía para la apologética.

Ética
El ministerio pastoral implica con frecuencia abordar cuestiones éticas y ofrecer una orientación moral clara y bien razonada. La ética es una de las tres divisiones tradicionales de la filosofía, y a lo largo de los siglos se ha destinado una cantidad considerable de reflexión filosófica al razonamiento moral y a la aplicación práctica de los principios morales. Esto ha sido especialmente cierto en el caso de los filósofos cristianos, lo cual no es de sorprender dada la importancia que la Biblia otorga a los atributos morales de Dios y a los deberes morales que tenemos hacia Él y hacia nuestros semejantes.
Consideremos algunas de las cuestiones éticas a las que nos enfrentamos hoy en día y que eran prácticamente inconcebibles para las generaciones anteriores, como los tratamientos modernos de fertilidad, las tecnologías de inteligencia artificial y las “cirugías de afirmación de género”. A medida que el mundo moderno se vuelve cada vez más complejo y aparentemente distante del mundo de los autores bíblicos, resulta aún más importante tener un dominio firme de la teoría moral cristiana y la capacidad de razonar cuidadosamente desde los principios bíblicos hacia las situaciones contemporáneas. El pastor que haya dedicado tiempo y atención al estudio de la filosofía estará mejor equipado para afrontar los desafiantes problemas actuales de la ética cristiana. Al menos, tales estudios cultivarán las habilidades de pensamiento crítico necesarias para llegar a conclusiones sólidas.

¿Por dónde debería empezar?
Si nunca antes has estudiado filosofía con seriedad, es posible que te preguntes por dónde empezar. Te recomiendo comenzar con una historia de la filosofía confiable en un solo volumen, escrita desde una perspectiva cristiana ortodoxa, como A History of Western Philosophy and Theology (Historia de la filosofía y la teología occidental) de John Frame o A History of Western Philosophy (Historia de la filosofía occidental) de C. Stephen Evans, las cuales le introducirán a los principales filósofos y sus ideas. Después de eso, lee una introducción sistemática y organizada por temas a la filosofía cristiana, como The Love of Wisdom (El amor a la sabiduría) de Steven Cowan y James Spiegel, o Philosophy: A Christian Introduction (Filosofía: una introducción cristiana) de James Dew y Paul Gould. Trabajar en una sólida introducción a la lógica y al pensamiento crítico también le será de gran ayuda para comprender las obras filosóficas; la que suelo recomendar a los estudiantes de seminario es Introducing Logic and Critical Thinking (Introducción a la lógica y al pensamiento crítico) de Ryan Byerly.

Con el tiempo, querrás profundizar en algunas de las obras clásicas de la filosofía occidental escritas por pensadores como Platón, Aristóteles, Agustín, Boecio, Anselmo, Tomás de Aquino, René Descartes, Blaise Pascal, G. W. Leibniz, John Locke, David Hume, Immanuel Kant, Søren Kierkegaard y Ludwig Wittgenstein. (¡Sí, es una lista sumamente selectiva y subjetiva!). Existen diversas antologías de fuentes primarias, así que busca una con una selección de lecturas filosóficas que te resulten más interesantes. Muchas obras originales (o sus traducciones) son de dominio público y están disponibles de forma gratuita en línea.
Para obtener una visión del trabajo actual en la filosofía cristiana, lee algunos números recientes de las revistas Philosophia Christi y Faith & Philosophy (esta última de acceso abierto en línea). Por último, tanto para la edificación intelectual como espiritual, deléitate con los escritos de cuatro brillantes filósofos reformados: Cornelius Van Til, Alvin Plantinga, Paul Helm y John Frame.
Busca la sabiduría de manera sabia
¿Acaso estudiar filosofía conlleva riesgos? Sí, por supuesto; ¡eso es cierto en prácticamente cualquier campo de estudio! Sin embargo, si se realiza con discernimiento, desde una postura de fe en Cristo y sumisión a la Palabra de Dios, y en comunidad con otros creyentes, estudiarla puede cosechar recompensas considerables, como he intentado argumentar aquí. La filosofía, al igual que la ciencia, resulta ser un amo terrible, pero puede ser un siervo eminentemente útil. Si el apóstol Pablo (quien poseía “una mente filosófica de primer nivel”, según el fallecido Antony Flew) vio valor en comprender e interactuar críticamente con las filosofías de su época, confío en que nosotros también podamos hacerlo. En lugar de denigrar y descartar el valor de esta disciplina, los cristianos deberíamos buscar y promover el mejor tipo de filosofía: aquella que es “según Cristo” (Col 2:8).
Este artículo fue traducido y ajustado por David Riaño. El original fue publicado por James N. Anderson en Desiring God. Allí se encuentran las citas y notas al pie.
