En la actualidad, disentir parece una tarea imposible. El domingo pasado, Colombia eligió como nuevo presidente a Abelardo de la Espriella, tras la segunda vuelta electoral más reñida de su historia. Para quienes no conocen de cerca la realidad de este país, la división no es un fenómeno nuevo; Colombia ha estado profundamente polarizada desde su fundación. Pero estas elecciones fueron muy particulares y llevaron la tensión a niveles muy altos debido a la distancia ideológica entre los candidatos en disputa, uno de derecha y otro de izquierda. Esta brecha convirtió la elección en un escenario donde el término “medio” simplemente desapareció.
Y como pastor, presencié de cerca el impacto de esta fractura dentro de la comunidad cristiana. Vi a muchos miembros de mi propia iglesia y de otras congregaciones cercanas molestos e indignados unos con otros por tener opiniones contrarias. Para los creyentes que apoyaron al presidente electo, el resultado era una respuesta de fe: consideraban que Dios había guardado al país de un candidato con una agenda perjudicial y peligrosa. Por el contrario, para quienes respaldaron al candidato que resultó perdedor, la persona que asumirá el poder representa una opción moral y políticamente inaceptable.
Pero, a pesar de la firmeza de estas opiniones, casi nadie se sentó a conversar con el fin de comprender la perspectiva del otro. El diálogo real fue escaso; poco se escuchó acerca de debates constructivos. De hecho, varias de las contadas conversaciones que hubo terminaron en enojos. Lo que abundó, en cambio, fue la difusión de comentarios negativos y descalificaciones hacia el candidato opuesto en las redes sociales.

Esta incapacidad para dialogar no se limita al terreno electoral. Se extiende a prácticamente todas las áreas importantes de nuestras vidas, comenzando por aquellas relacionadas con la teología y la fe. En los círculos cristianos, a menudo parece imposible llegar a discusiones útiles sobre doctrinas, métodos ministeriales o posturas éticas. El problema central no radica en que debamos ser fríos o carecer de convicciones firmes; defender lo que creemos con firmeza es parte de nuestra identidad. La verdadera crisis es la absoluta imposibilidad de sentarse a hablar con quien piensa diferente sin que la discrepancia se convierta inmediatamente en un motivo de ruptura relacional o sospecha espiritual.
Todo este panorama me ha dejado con las preguntas que quiero abordar aquí: ¿es realmente imposible que dos personas tengan posturas opuestas y, aun así, sostengan una discusión edificante? ¿O nos hemos dejado permear tanto por las actitudes culturales de nuestra época que el rechazo hacia quien piensa distinto se ha convertido en nuestra disposición por defecto? En este artículo, quiero explorar cómo nuestra sociedad ha perdido la capacidad de estar en desacuerdo y de qué manera esta dinámica afecta a la Iglesia, una comunidad que, históricamente, ha madurado y crecido a través del debate sano.

La imposibilidad del disenso: cámaras y repulsiones
Para comprender por qué nos resulta tan difícil sostener un diálogo constructivo con quien piensa diferente, es necesario entender los mecanismos que moldean nuestra interacción con la información. El filósofo C. Thi Nguyen señala que el debate público contemporáneo suele confundir dos fenómenos sociales muy distintos: las “burbujas epistémicas” y las “cámaras de eco”.
- Burbujas epistémicas: Son estructuras sociales donde otras voces relevantes han sido omitidas de manera involuntaria o accidental, frecuentemente debido a los procesos ordinarios de selección comunitaria. Nos rodeamos de amigos que comparten nuestros puntos de vista y, al usar esas mismas redes sociales como fuente de noticias, construimos un filtro que deja fuera las perspectivas contrarias.
- Cámaras de eco: Son estructuras mucho más complejas y arraigadas, donde las voces externas no son simplemente omitidas, sino que son activamente desacreditadas y socavadas. En una burbuja, el argumento del otro simplemente no se escucha; en una cámara de eco, el argumento del otro se escucha, pero se ha preparado al individuo para que desconfíe sistemáticamente de la fuente externa.

Suele culparse a la tecnología y a los algoritmos de internet de encerrarnos en burbujas infranqueables. Sin embargo, la evidencia empírica dice algo distinto. En una extensa investigación basada en los historiales de navegación web de 50.000 usuarios, desarrollada por Seth Flaxman, Sharad Goel y Justin M. Rao, se descubrió de forma contraria a la intuición general que las redes sociales y los motores de búsqueda en realidad aumentan la exposición de los individuos a perspectivas de su lado menos preferido del espectro político. En otras palabras, gracias a las redes, los usuarios consumen y encuentran contenidos de la contraparte con relativa frecuencia.
Esto demuestra que, en el panorama actual, las burbujas epistémicas puras basadas en la mera ignorancia del otro casi no existen; el verdadero peligro radica en las cámaras de eco. Como la información del bando contrario fluye y llega a nosotros, la cámara de eco sobrevive gracias a un mecanismo de refuerzo del desacuerdo. Cuando un miembro de una cámara de eco se topa con una evidencia contraria, no la procesa de forma abierta; la neutraliza catalogándola de inmediato como un ataque malintencionado o deshonesto de los de afuera.
¿Cómo se ve esto en la práctica de la vida cristiana? Esta dinámica se traduce en una profunda resistencia relacional y teológica. Cuando un creyente está inmerso en una cámara de eco eclesial o doctrinal, su respuesta ante una postura discrepante no es el análisis reflexivo, sino la sospecha inmediata. Si se topa con un libro, un artículo o un sermón que plantea una interpretación distinta sobre algún tema doctrinal, un método ministerial o una postura ética, la cámara de eco opera aplicando una desacreditación preventiva. En lugar de evaluar el peso de los argumentos bíblicos o lógicos del interlocutor, el individuo asume por defecto que la fuente externa está “comprometida”, carece de ortodoxia o ha cedido a las presiones del mundo secular. Así, la existencia misma del desacuerdo no se percibe como una oportunidad para dialogar; simplemente se asume que el otro es un agente poco confiable.

Esta manipulación de la confianza produce los síntomas culturales que el pensador Alan Jacobs disecciona en su libro How to Think (Cómo pensar). Jacobs argumenta que el núcleo de nuestra incapacidad para disentir tiene que ver principalmente con la voluntad: padecemos una determinación asentada de evitar el esfuerzo que exige pensar. Pensar es lento, cansa y puede complicar nuestras relaciones con quienes amamos o seguimos.
Para esquivar esa fatiga, nos refugiamos en lo que C. S. Lewis denominó el Inner Ring (el círculo íntimo). Es ese sistema no escrito que opera en colegios, partidos políticos y también iglesias, dictando quién está verdaderamente “dentro” y quién se queda en el “frío mundo exterior”. El terror a ser excluidos de este círculo de pertenencia nos empuja a la conformidad y a activar lo que Jacobs llama el “modo refutación” ante el menor asomo de disidencia. En el modo refutación dejamos de escuchar; el cerebro se apaga y el lóbulo de la argumentación se convierte en una máquina de disparar respuestas automáticas para proteger el consenso del grupo.
La contraparte natural de esta conformidad interna es la creación de lo que Jacobs llama el “otro culturalmente repugnante” o RCO, por sus siglas en inglés. El RCO es esa categoría en la que metemos a quienes no pertenecen a nuestro círculo; no vemos en ellos a vecinos con opiniones distintas, sino a seres moral y psicológicamente disfuncionales cuyas ideas son intrínsecamente despreciables. Al relacionarnos con el otro bajo la premisa de su repugnancia cultural, el diálogo constructivo muere. Ya no pensamos; simplemente sustituimos el pensamiento por emociones compartidas de bondad hacia los nuestros y de desprecio absoluto hacia el bando exterior.

Ahora, estos síntomas culturales no siempre han estado allí. Si bien a lo largo de la historia las personas han tenido posturas fuertes en cuanto a la política, la teología y la ética, nuestro tiempo presente sufre de una increíble pereza de pensar. Esto choca frontalmente con la dinámica de la Iglesia cristiana en generaciones anteriores.
El debate vigoroso: el motor que hizo crecer a la Iglesia
La madurez teológica y la claridad doctrinal de la Iglesia cristiana no nacieron en laboratorios de neutralidad ni en entornos libres de fricción. Históricamente, la Iglesia ha crecido y se ha consolidado precisamente a través de debates vigorosos. Cuando examinamos los hitos del pasado, encontramos que las grandes verdades de la fe se definieron en escenarios donde hombres con convicciones ardientes se sentaron a discutir.
El primer gran ejemplo lo encontramos en el siglo I con el Concilio de Jerusalén, registrado en el libro de Hechos. Allí se enfrentaron dos posturas teológicas radicales sobre si los gentiles debían someterse a la ley mosaica para ser salvos. No se trataba de una conversación sobre opiniones; era una discusión sobre el núcleo mismo del Evangelio. Siglos más tarde, en el año 325, el Concilio de Nicea reunió a líderes de todo el Imperio romano para abordar la herejía arriana. La defensa de la plena divinidad de Cristo frente a la postura de Arrio se debatió con vehemencia intelectual.
Del mismo modo, la Reforma protestante se inició en 1517 con un desafío académico abierto: la clavada de las 95 tesis de Martín Lutero en la puerta de la iglesia de Wittenberg. Incluso en períodos de tremenda fractura social, como la Inglaterra del siglo XVII, figuras como el pastor puritano Richard Baxter intentaron navegar en medio del extremismo de su época promoviendo la conciliación doctrinal, pero sin diluir jamás la seriedad del análisis teológico.

En ninguna de estas épocas encontramos posiciones frías, relativistas o un deseo de diluir las diferencias bajo un manto de falso universalismo. Los participantes de estos debates no creían que todas las opiniones valieran lo mismo ni que la verdad fuera subjetiva. Sus convicciones eran profundas y radicales. Sin embargo, lo que los diferenciaba de nuestra cultura actual era su apertura a confrontar posiciones opuestas de manera directa. No huían del desacuerdo ni desacreditaban al rival de antemano a través de una cámara de eco; se sentaban a debatir porque tenían un amor innegociable por la verdad y creían que esta era lo suficientemente sólida como para resistir el escrutinio.
A pesar de este legado, la Iglesia no ha sido un modelo perfecto en la gestión de sus controversias, y la historia también nos ofrece serias advertencias. El período de la Reforma, con toda su riqueza teológica, dejó en evidencia cuán destructiva puede ser la pérdida de la caridad en el desacuerdo. Un caso emblemático fue el Coloquio de Marburgo en 1529, donde Martín Lutero y Ulrico Zuinglio se reunieron para unificar el movimiento protestante. Al encallarse en la discusión sobre la naturaleza de la Santa Cena, la tensión escaló a tal punto que Lutero se negó a extenderle la mano de comunión a Zuinglio, fragmentando irreversiblemente la Reforma.
Este tipo de divisiones y respuestas extremas mancharon el buen nombre y el testimonio de hombres que, por lo demás, fueron mentes brillantes de la cristiandad. Sus fracasos relacionales nos demuestran que es completamente posible defender una causa correcta utilizando métodos incorrectos. Estos momentos oscuros de la historia eclesial nos obligan a aprender una lección fundamental: cuando el celo por la verdad se divorcia de la gracia y de la justicia procedimental, el debate teológico deja de ser una herramienta de crecimiento comunitario.

Entonces, ¿cómo podemos evitar el error y distanciarnos de las tendencias airadas de nuestra época?
Hacia una “cortesía con convicción”
El hecho de que el cristianismo cuente con tantas denominaciones y desacuerdos internos no debe interpretarse como una debilidad necesariamente. De hecho, todo lo contrario: es una prueba evidente de que la Iglesia no es un culto. En las sectas y los movimientos autoritarios, la uniformidad absoluta es obligatoria y el disenso se extingue bajo una autoridad humana incuestionable. Como protestantes, la pluralidad es el resultado natural de una comunidad viva que piensa.
Históricamente, hemos procurado seguir el ejemplo de los bereanos descrito en Hechos 17:11, quienes “recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando diariamente las Escrituras, para ver si estas cosas eran así”. Sin embargo, aunque esta libertad teológica es una de nuestras mayores fortalezas, todavía nos falta mucho camino por recorrer para aprender a gestionarla con verdadera madurez. ¿Cómo lo haremos?
Para evitar que las diferencias se conviertan en fracturas destructivas, es urgente retomar el principio de caridad propuesto por Agustín de Hipona. Agustín mantenía que en el debate teológico la prioridad absoluta debe ser la búsqueda honesta de la verdad, lo cual exige una profunda rectitud intelectual. En la práctica, esto requiere abandonar por completo la falacia del “hombre de paja”, una práctica común que consiste en simplificar, distorsionar o caricaturizar el argumento de quien piensa diferente para poder derribarlo con facilidad.

El principio agustiniano nos desafía a hacer exactamente lo contrario: construir un “hombre de hierro”. Esto implica un esfuerzo consciente por comprender la postura del interlocutor tan a fondo que seamos capaces de articularla en su versión más fuerte, rigurosa y persuasiva posible antes de emitir un juicio. Solo cuando somos capaces de dialogar con la mejor versión del argumento del otro, demostramos una confianza humilde en nuestras propias convicciones y permitimos que el debate produzca un crecimiento real en la comunidad.
En la práctica cristiana, este principio se manifiesta cuando un creyente, antes de intentar refutar una perspectiva divergente, se toma el tiempo de estudiar a sus mejores exponentes con la mente dispuesta a escuchar. Esto implica que, si tuviéramos que resumir la postura de quien piensa diferente, lo haríamos con tanta precisión y respeto que el interlocutor mismo diría: “Sí, eso es exactamente lo que creo”. Llevar esto a cabo exige entender a profundidad las motivaciones esenciales detrás del pensamiento ajeno —como el deseo de proteger la piedad, apelar a la misericordia o salvaguardar la justicia— en lugar de asumir motivos mezquinos o deshonestos de entrada.
Esta búsqueda de equilibrio entre la firmeza doctrinal y el respeto absoluto hacia el prójimo es lo que el teólogo Richard Mouw, autor de Uncommon decency: Christian civility in an uncivil world (Decencia inusual: civismo cristiano en un mundo hostil), define como una virtud indispensable para nuestros días. En una entrevista, explicó el núcleo de este desafío dentro de una cultura pluralista:
Mucha gente hoy en día que tiene convicciones fuertes no es muy amable, y mucha gente que es amable no tiene convicciones muy fuertes; lo que realmente necesitamos es una amabilidad con convicción. (…) ¿cómo miramos a las personas con las que tenemos desacuerdos reales, desacuerdos serios, y al mismo tiempo tenemos trato con ellas (…)? En la Biblia, en el Antiguo Testamento, Jeremías dice: “Busquen el Shalom” —por lo general se traduce como bienestar— “de la ciudad en la que se encuentran (…) porque en su Shalom, ustedes encontrarán su Shalom”. ¿Y cómo analizamos lo que había en ese contexto (…)? El pueblo hebreo en el exilio intentando descifrar cómo se iba a relacionar con una cultura pagana. Y entonces Dios dice: busquen su Shalom, busquen su bienestar (…) incluso si están radicalmente en desacuerdo con ellos.

Esta perspectiva de Mouw nos obliga a profundizar en nuestra teología relacional y nos muestra que la amabilidad no es igual a abandonar nuestras convicciones. Al contrario, la “amabilidad con convicción” es la capacidad de sostener nuestras verdades doctrinales más profundas mientras nos comprometemos activamente con la dignidad de aquellos que se encuentran en el lado opuesto de nuestras fronteras ideológicas.
El llamado bíblico a buscar el shalom y a honrar a personas con cosmovisiones radicalmente distintas —ya sean de otras tradiciones religiosas o del escepticismo secular— nos recuerda que el prójimo no es un adversario al que debemos erradicar en una guerra cultural, sino alguien a quien debemos cuidar. Desarrollar esta capacidad teológica es el paso indispensable para que la Iglesia deje de reflejar la polarización de nuestra sociedad y empiece a ser un espacio donde el disenso edifique.
Nota del editor: Este artículo fue redactado por David Riaño y las ideas le pertenecen, a menos que se especifique explícitamente lo contrario. Para elaborar el texto, el autor ha utilizado herramientas de IA como apoyo, sin embargo, lo ha revisado en su totalidad y es el responsable final del contenido publicado y de la veracidad de este.
Referencias y bibliografía
Echo Chambers and Epistemic Bubbles | Phil Archive
Filter Bubbles, Echo Chambers, and Online News Consumption | 5harad
How to Think: A Survival Guide for a World at Odds de Alan Jacobs |Amazon.com
Theological Debates Need Less Pride, More Augustine | The Gospel Coalition
Richard Mouw — Restoring Political Civility: An Evangelical View | The On Being Project
