Nos congregamos el domingo por la mañana como de costumbre. Esa semana nos correspondía estudiar Mateo 17:14-23. El pastor hizo una exposición detallada del contexto literario y cultural del pasaje. Con experticia, mostró su relevancia para la vida diaria. Del lado de la congregación, todos seguíamos su explicación en nuestras Biblias versículo por versículo.
De pronto, el pastor dijo: “Ahora, ustedes notarán que en Mateo 17 no hay versículo 21. La mayoría de sus Biblias salta del versículo 20 al 22”. Todos quedamos atónitos. ¿Cómo que falta un versículo? Con cierta incredulidad, regresamos la mirada a nuestras Biblias para comprobar lo que pastor decía. Era verdad: en muchas de nuestras versiones de la Biblia el versículo 21 no estaba. Este fue, sin duda, el momento más memorable del todo el sermón. El pastor dijo: “No se asusten. Esto es solo un caso de crítica textual. Algunos manuscritos antiguos simplemente no incluyen esta frase”.
El pastor siguió adelante con el resto del sermón, pero muchas dudas quedaron en el aire: ¿Qué es la crítica textual? ¿Por qué algunos manuscritos sí incluyen la frase? ¿Quién las incluyó? ¿Hay otros versículos desaparecidos? Ese simple comentario en el sermón expuso a los creyentes de nuestra congregación a una disciplina bíblica importante: la crítica textual. La mayoría de los creyentes la ignora, pero hace una gran diferencia en nuestra confianza en la autoridad de las Escrituras y en su defensa frente a los escépticos.

¿Qué tenemos realmente en las manos?
“Yo daría mi vida por este libro”, dijo el pastor mientras alzaba la Biblia con su mano derecha, “pero tengo que saber bien qué tengo en las manos”. Recuerdo muy poco el contexto de esta declaración, pero pienso en ella a menudo cuando enseño acerca de la Biblia; no de un pasaje de la Biblia, sino de la Biblia misma.
Una de las verdades esenciales de las Escrituras es que viene de Dios; por tanto, dice la verdad en todo lo que afirma (2 Tim 3:16). No tiene errores. Tal afirmación, sin embargo, sólo puede hacerse respecto a los documentos originales, pues el Señor usó específicamente a los autores bíblicos para la transmisión de Su mensaje (2 P 1:21). Entonces, ¿cómo sabemos si nuestras Biblias realmente reflejan el contenido original? O, si un escéptico nos confronta y nos dice: “Tú no tienes en tus manos las cartas originales de Pedro y Pablo, ¿cómo sabes lo que realmente decían?”, ¿qué responderemos? Después de todo, ¡tiene razón! No tenemos esos documentos originales.
Dichos documentos, también llamados “autógrafos”, se perdieron o fueron destruidos. El Nuevo Testamento, al igual que las obras de Homero y Platón, se ha preservado a través de copias de los originales. Pero, ¿cómo sabemos que estas copias de verdad tienen el contenido inspirado por Dios? Los escépticos atacan la veracidad de las Escrituras con el argumento de que la preservación de la Biblia no ha sido confiable. Aunque esto busca desestimar la autoridad de las Escrituras, la pregunta es válida y merece cuidadosa consideración.

Con honestidad, los cristianos reconocemos que, como todo producto del trabajo humano, nuestras copias son imperfectas. Algunos de los escribas o copistas responsables de la reproducción del Nuevo Testamento cometieron errores. Otros, por diversas razones, hicieron modificaciones intencionales al texto. Esta no es una novedad ni un secreto. Al contrario, nuestras Biblias ampliamente reconocen esta realidad, pero eso en nada desafía la veracidad del Nuevo Testamento. En un estudio minucioso, intencional y atento de la evidencia disponible los cristianos pueden maravillarse de cómo el Señor ha conservado Su Palabra.
El texto antiguo mejor preservado de la historia
Supongamos que tú y yo estamos en una clase de historia. Nuestro profesor nos está enseñando sobre la Segunda Guerra Mundial. Como estudiantes diligentes, tomamos apuntes de la lección, pero por error, tú escribes que la guerra terminó en 1955. Cuando estás estudiando para el examen, comparas tus apuntes con los apuntes de tres de nuestros compañeros y entonces te das cuenta de que ellos escribieron 1945. En ese caso, te diré lo que tú no haces. Tú no dices: “Bueno, no tenemos la grabación de las palabras originales del profesor. No hay forma de saber qué dijo en verdad”. No. Para ti, una simple comparación de tus apuntes con los apuntes de tus compañeros evidencia tu error. Esto mismo sucede con el Nuevo Testamento. Es cierto, no tenemos los manuscritos originales, pero contamos con suficientes copias como para reconstruir con total certeza el contenido original de los autógrafos.
En el caso del Nuevo Testamento, tenemos más de 5700 copias preservadas a través de la historia. Algunas de nuestras copias del Nuevo Testamento incluyen los 27 libros. Pero la mayoría consiste en los cuatro Evangelios o en pequeños fragmentos con unos cuantos versos. Esta cantidad de copias supera significativamente el número de copias de otras obras de literatura clásica. De hecho, lo más cercano al Nuevo Testamento son las obras del famoso autor griego Homero, quien escribió La Ilíada y La Odisea, y sin embargo, sólo contamos con apenas 2500 copias de todo su trabajo.

Además de estas reproducciones del Nuevo Testamento, los escritos de los padres de la Iglesia también contribuyen a la reconstrucción de los manuscritos originales por sus múltiples referencias al Nuevo Testamento. Por ejemplo, en su obra Homilías sobre el Evangelio de Lucas, Orígenes —que vivió entre finales del siglo II y mitad del siglo III— citó muchos pasajes del Evangelio de Lucas. Esto cuenta como un testimonio adicional del contenido de los autógrafos.
Las citas bíblicas de los padres de la Iglesia a veces son tan extensas que prácticamente podríamos reconstruir todo el Nuevo Testamento sin necesidad de manuscritos adicionales. Además de esto, también existen versiones antiguas en latín, siríaco, árabe y más. Por eso, el Dr. Daniel Steffen destaca la superioridad de la preservación del Nuevo Testamento de esta manera: “No hay obras antiguas con tantas copias tan cercanas a sus textos originales y sus contenidos citados por tantos autores y preservados en traducciones a tantos idiomas”.
¿Las variantes textuales ponen en riesgo la confiabilidad del texto?
Entre todas las copias disponibles del Nuevo Testamento, existen diferencias o “variantes textuales”, es decir, lugares donde un manuscrito no coincide con los demás. Si tomamos nuestro ejemplo anterior, imagina que uno de los compañeros escribió que la Segunda Guerra Mundial terminó en 1145. Ahí ya tenemos 3 opciones o variantes textuales: una copia dice 1955 (la tuya); tres dicen 1945, y una más data de 1145.

En el caso del Nuevo Testamento, al juntar todas las copias, hallamos entre ellas alrededor de 400.000 diferencias o variantes. La cifra parece demasiado grande, especialmente porque el Nuevo Testamento tiene menos de 140.000 palabras. Pero encontramos tantas variantes precisamente porque tenemos muchísimas copias. Sin embargo, el 99% de estas diferencias son cambios irrelevantes o simplemente errores de transcripción evidentes.
En nuestro ejemplo de la Segunda Guerra Mundial, la copia que dice 1145 es claramente un error, pues la Segunda Guerra Mundial empezó en 1939. No pudo haber terminado en 1145. Del mismo modo, en casi todos los casos, las variantes incorrectas del Nuevo Testamento se pueden reconocer con la misma facilidad. En palabras del Dr. Steffen, nuestro texto bíblico “representa el texto original con una confianza del 99%”. Para llegar a esta conclusión, los expertos en el área, como William D. Mounce, clasifican las variantes textuales en tres grupos.
El primer grupo incluye las variantes que son posibles, pero que no afectan el significado. Abarcan alrededor del 70%, y se consideran así porque podrían pertenecer a la lectura original del pasaje, pero no hacen ninguna diferencia en el significado del texto bíblico. Por ejemplo, en muchos manuscritos encontramos variaciones en la escritura del nombre “Juan”. Unos dicen Ἰωάνης (Iōanēs), con una nu, y en otros, Ἰωάννης (Iōannēs), con dos nu. Al respecto, el Dr. Wallace dice: “…si el nombre de Juan se escribía en griego con una o dos nu puede permanecer como un misterio. Pero el punto es que el nombre de Juan no se escribe ‘María’”. Aunque no sepamos con certeza cómo se escribía Juan en el manuscrito original, sí tenemos la certeza de que los autógrafos decían “Juan” y no otro nombre.

El siguiente grupo comprende las variantes que afectan el significado, pero que no son posibles, porque claramente no pertenecen a los autógrafos, como es el caso de Mateo 17. En Marcos 9, los discípulos de Jesús intentan expulsar a un demonio, pero no pueden. Cuando le preguntan a Jesús la razón, Él responde: “…Esta clase con nada puede salir, sino con oración” (v. 29). En Mateo, Jesús da una respuesta diferente a Sus discípulos, les dice: “Por la poca fe de ustedes” (17:20). Con el paso del tiempo, los escribas comenzaron a añadir el versículo 29 de Marcos al final del pasaje de Mateo, que originalmente terminaba en el versículo 20. Es decir, como dijo mi pastor aquel domingo, el versículo 21 ¡no estaba ahí antes! Por eso, la Nueva Biblia de las Américas añade una nota al pie de página en Mateo 17:21. Esta dice: “Los mss. más antiguos no incluyen este vers.”. La preservación de tantas copias del Nuevo Testamento nos ayuda a ver que la variante en Mateo surgió después.
Por último, el tercer grupo de variantes se trata de aquellas que afectan el significado y son posibles; sin embargo, se trata únicamente del 1% de los casos. Estas variantes en los manuscritos afectan el significado del texto bíblico y podrían pertenecer al manuscrito original. Sin embargo, sólo equivalen a menos de 1400 palabras y ninguna de ellas menoscaba las doctrinas esenciales del cristianismo. No hay manuscrito en que Jesús no sea Dios o en que Él no haya resucitado de entre los muertos. Las convicciones fundamentales de la fe han permanecido inconmovibles en el proceso de preservación de las Escrituras.
Estas variantes, sin embargo, sí afectan el significado de ciertos versículos. Por ejemplo, en Romanos 5:1, en vez de decir: “…tenemos paz con Dios”, algunos manuscritos dicen “… tengamos paz con Dios”. En la primera variante, se asume que ya tenemos paz con Dios por nuestra justificación en Cristo. La segunda sugiere que la paz con Dios es algo que debemos buscar. Como en el caso anterior, esta discusión no es un secreto. Aunque nuestras diversas versiones de la Biblia en español se inclinan por una variante en particular, siempre mencionan la existencia de otra variante válida. Además, ninguna de estas dos variantes contradice la enseñanza general del Nuevo Testamento. Sin embargo, los expertos se esfuerzan por presentar el texto bíblico con la mayor exactitud posible.

Lo que revela la evidencia
Al inició comenté una disciplina bíblica importante para todos los creyentes: la crítica textual. Esta se enfoca en encontrar la “mejor” variante: aquella con mayor probabilidad de haber estado en el manuscrito original. Entonces, la crítica textual del Nuevo Testamento intenta reconstruir la lectura original del griego bíblico, y es a través de las muchas copias disponibles que los críticos textuales pueden determinar con alta confiabilidad la lectura original del Nuevo Testamento. Para eso, se basan en criterios divididos en dos grandes categorías: evidencia externa y evidencia interna.
La evidencia externa se enfoca en el estudio de los manuscritos en sí. Con el tiempo, los críticos textuales aprendieron que los manuscritos tienen características particulares. Lo reconocen del mismo modo en que nosotros reconocemos el estilo de diversas versiones de la Biblia en español. Por ejemplo, este es Proverbios 25:21-22 en dos versiones diferentes:
[Versión 1]
21 Si el que te aborrece tuviere hambre, dale de comer pan,
Y si tuviere sed, dale de beber agua;
22 Porque ascuas amontonarás sobre su cabeza,
Y Jehová te lo pagará.
[Versión 2]
21 Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer;
si tiene sed, dale de beber.22 Actuando así, harás que se avergüence de su conducta,
y el Señor te lo recompensará.

Estas versiones, aunque dicen básicamente lo mismo, tienen un estilo de traducción diferente. Si estás familiarizado con esos estilos, no te sorprenderá saber que la versión 1 es Reina-Valera 1960; y la versión 2, Nueva Versión Internacional. En el caso de los manuscritos bíblicos, por sus estilos particulares, los expertos los han clasificado en tres tipos, cada uno asociado a una zona geográfica. Así pues, tenemos el alejandrino (norte de Egipto), el occidental (Italia, Galia, norte de África; más tarde en Egipto) y el bizantino (Antioquía de Siria, llevado a Bizancio).
Además de observar el estilo de cada manuscrito, los críticos textuales los evalúan con base en otros aspectos que veremos a continuación. El primero de ellos es la antigüedad y la calidad.
Quizás estás familiarizado con un juego llamado “el telefonito” o “teléfono roto”. Consiste en un grupo de niños sentados en un círculo que deben transmitirse un mensaje con la mayor fidelidad posible. El primer niño recibe el mensaje, que puede ser cualquier cosa, como: “Me levanté con ganas de ir a la playa”. Entonces, este primer niño susurra el mensaje al oído del niño sentado a su mano derecha, una sola vez. El segundo niño escucha el mensaje y se lo susurra al oído del siguiente niño, sentado a su mano derecha, y así sucesivamente. En el proceso, el mensaje se distorsiona y, al final, el último niño dirá un mensaje muy diferente al original. Por ejemplo, en vez de “Me levanté con ganas de ir a la playa”, quizás dirá algo como: “Se sentó con ramas en la sala”.

Por ser un juego, la intención es precisamente escuchar el disparate en que la frase se convierte. Pero, si de verdad quisiéramos llegar al mensaje original, nunca le preguntaríamos al último niño. Confiaríamos más en el segundo o el tercero en escuchar el mensaje. Si hay menos personas involucradas, el mensaje tiende a conservarse con mayor exactitud.
Del mismo modo, en el caso de la crítica textual, los expertos dan preferencia a los manuscritos más antiguos. Por lo general, mientras menos tiempo hay entre un documento original y su copia, menos intermediarios hay entre ellos, y por tanto, menos oportunidad de error. Según Craig L. Blomberg, tenemos al menos 102 manuscritos del siglo II y III, copias bastante cercanas a la emisión original de los documentos.
Por otro lado, los expertos evalúan la calidad del manuscrito; es decir, qué tan confiable es. En el caso del telefonito, quizás conocemos en el grupo a un par de niños que tienden a distorsionar el mensaje porque les parece divertido. Sabemos que cuando el mensaje llega a ellos, ¡lo van a cambiar incluso si escucharon bien! También están aquellos niños que, aunque participan en el juego, no les interesa complicar el mensaje sin necesidad. Así pues, conocemos a los niños y sabemos en quién confiar más o menos. Asimismo, los críticos textuales conocen los manuscritos, analizan cada copia disponible y favorecen las variantes de los manuscritos que, en otras instancias, han demostrado ser la mejor opción.

Otro aspecto que considera la crítica textual al analizar los manuscritos es la unidad. En el telefonito, si los niños 5 y 6 dicen exactamente la misma frase, entendemos que tal frase vino así del niño 4. No escuchamos el mensaje directamente del niño 4, pero sí sabemos que el niño 5 lo escuchó de una persona anterior, más cercana al portador del mensaje original. Algo similar sucede en la crítica textual. Cuando todos los manuscritos de un mismo tipo transmiten consistentemente la misma variante, concluimos que todas estas copias se basan en un manuscrito más antiguo, más cercano al original. Esto nos acerca a los autógrafos y, por tanto, acorta el tiempo en que posibles cambios se hayan introducido.
Por último, la distribución geográfica es otro aspecto a considerar en la crítica textual de la Biblia. En mi iglesia en Venezuela, usualmente mi pastor lee la Biblia en la Nueva Versión Internacional. En mi iglesia en Dallas, mis pastores prefieren la versión ESV. Y en mi seminario, casi todos los profesores usan NASB. Como conozco bien estos lugares, sé cuál versión de la Biblia traer dependiendo de adónde voy. De un modo similar, cada tipo de manuscrito —alejandrino, occidental y bizantino— es representativo de un lugar o zona geográfica.
El origen geográfico del manuscrito importa en los manuscritos de los primeros cuatro siglos. En esos casos, los expertos favorecen las variantes más ampliamente distribuidas: aquellas presentes en más zonas geográficas. Es decir, si una copia de Egipto coincide con una copia de Italia y otra de Bizancio, entonces es más probable que contengan la variante correcta. Después de todo, cada escriba trabajó individualmente y se basó en un manuscrito más antiguo para la producción de su copia.

Cada uno de esos aspectos tiene su propia complejidad, pero, básicamente, se prefieren las variantes en los manuscritos más antiguos, más confiables, con mayor distribución geográfica y consistencia de transmisión. Los expertos no favorecen simplemente la variante más repetida. En el telefonito, no necesariamente el mensaje más repetido es el correcto; debemos evaluar aspectos como antigüedad y confiabilidad de los niños. Del mismo modo, los expertos evalúan cuidadosamente las características de los manuscritos donde se encuentran las variantes.
La segunda categoría que abarca la crítica textual de la Biblia, es la evidencia interna, la cual considera el trabajo de los escribas o copistas, las variantes en sí y su contexto. Estas consideraciones se dividen en dos subcategorías: las probabilidades de transcripción y las probabilidades intrínsecas.
En la primera subcategoría, los críticos textuales —estudiosos de los hábitos de los escribas— evalúan la posibilidad de que una variante ocurriera por un simple error de transcripción. Por ejemplo, el Dr. Wallace menciona el ejemplo de un manuscrito conocido como Codex W. Este contiene los cuatro evangelios. En un lugar, el copista escribió “y” (kai) en vez de “Señor” (kurios). En griego bíblico, las dos palabras se ven relativamente similares, pero el contexto deja claro el error del escriba. Nuestro ejemplo anterior de Romanos 5:1 quizás también caiga en esta categoría. Por otro lado, los escribas también hacían cambios intencionales. Veían en el manuscrito lo que consideraban un error o una frase confusa y la clarificaban para evitar confusiones. Por esa razón, los críticos textuales usualmente favorecen las variantes más cortas y difíciles de entender, pues la intención del escriba siempre era añadir, aclarar o explicar más.

La segunda subcategoría considera que los autores bíblicos tienen una voz; y, cuando la conocemos bien, esto se convierte en una herramienta de crítica textual. Los expertos se preguntan: “Según el mensaje del autor y su forma particular de escribir, ¿qué es más probable que haya dicho aquí?”. Esto, por supuesto, requiere familiaridad con el estilo del autor y un excelente entendimiento de su argumento en un libro particular del Nuevo Testamento. La probabilidad intrínseca se considera el más subjetivo de todos los criterios; sin embargo, se le da preferencia, incluso por encima de la evidencia externa, cuando la variante involucra un versículo completo o varios.
En conclusión, el análisis de los elementos internos en conjunto con la evidencia externa, les permite a los críticos textuales acercarse con gran certeza a la lectura original del texto bíblico.
El veredicto: un Nuevo Testamento en el que se puede confiar
El argumento en contra de la veracidad de las Escrituras se resume en esta declaración: “No tenemos los manuscritos originales”. Cierto. Pero esto de ninguna manera niega la legitimidad de lo que sí tenemos: un Nuevo Testamento fielmente preservado. El estudio de las variantes en los manuscritos puede desanimarnos al principio. Hay al menos 1400 palabras sobre las cuales tenemos que tomar decisiones.
Pero el panorama general es mucho más alentador. En realidad, tenemos 99% del texto bíblico escrito en los autógrafos. Los hallazgos y avances en la crítica textual continúan solidificando la confianza de los cristianos en la fiel transmisión de la Biblia a través de la historia. El texto griego del Nuevo Testamento tiene un grado de confiabilidad más alto que cualquier otra obra de literatura clásica.

En la evaluación y discusión de la confiabilidad del Nuevo Testamento, resaltan tres elementos fundamentales. En primer lugar, miles de manuscritos del Nuevo Testamento atestiguan unánimemente las verdades fundamentales del cristianismo. Mientras más manuscritos encontramos, más reafirmamos el testimonio central de la fe en Cristo. Segundo, el 99% de las variantes en los manuscritos disponibles no hacen ninguna diferencia en el texto. Son cambios insignificantes. Tercero, en el 1% de los casos donde las variantes sí afectan algún versículo, los expertos en crítica textual han desarrollado parámetros para acercarnos lo más fielmente posible a la lectura original.
En áreas de desacuerdo, nuestras biblias en español —accesibles a cualquier persona— especifican tales variantes. Además, las ediciones de la Biblia en griego, como el Nuevo Testamento Griego de Tyndale House, destaca variantes clave y qué manuscritos antiguos atestiguan su uso. Básicamente, sabemos dónde hay variantes, cuáles influyen significativamente en el texto bíblico y las herramientas para tomar decisiones informadas al respecto.
Ahora bien, ¿cómo se beneficia la Iglesia del trabajo de la crítica textual del Nuevo Testamento? Primeramente, se beneficia a través de las versiones de la Biblia en español. Más allá de las variantes, las traducciones en sí mismas se apoyan en la experticia y en las decisiones de los críticos textuales. Además, si una persona busca una exposición más directa al Nuevo Testamento en su idioma original, existen opciones amigables para estudiantes del griego bíblico. Por ejemplo, el Nuevo Testamento griego: edición del lector de Poiema Publicaciones, incluye la entrada léxica y el análisis morfológico en español de palabras poco frecuentes. Esto facilita la lectura del griego bíblico y la apreciación por las decisiones textuales. La edición se basa en el Nuevo Testamento griego, producido por el centro de estudio bíblico Tyndale House, en Cambridge.

Por otro lado, la familiaridad con la crítica textual y el producto final del Nuevo Testamento le da herramientas al cristiano en su estudio de la Palabra de Dios. También fortalece su convicción en la verdad preservada en las Escrituras. Además, lo prepara para su interacción con escépticos que cuestionen la legitimidad de la Biblia o con curiosos que buscan una respuesta a las acusaciones contra la confiabilidad de las Escrituras. Después de todo, hay personas con preguntas genuinas y los creyentes tenemos respuestas. El Señor ha equipado a Su iglesia para que, como diría aquel pastor de mi juventud, “[sepamos] bien qué tenemos en las manos”; y, además, darlo a conocer.
Bibliografía
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Why I Trust the Bible: Answers to Real Questions and Doubts People Have about the Bible (2021) de William D. Mounce. Grand Rapids, MI: Zondervan, 134-40
Can We Still Believe the Bible? An Evangelical Engagement with Contemporary Questions (2014) de Craig L. Blomberg. Grand Rapids, MI: Brazos Press, p. 27.
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