En el 70 d. C., ocurrió uno de los acontecimientos más importantes para el mundo de la segunda mitad del siglo I. Los ejércitos romanos tomaron por la fuerza la ciudad de Jerusalén y destruyeron su centro religioso: el Templo. Este suceso tuvo efectos transversales tanto para la sociedad y la religión judías como para el temprano movimiento cristiano.
En este artículo, presentaremos la historia de la destrucción del Templo, su impacto en el cristianismo antiguo y la interpretación que la Iglesia hizo de tal acontecimiento.
Antecedentes históricos
La historia demuestra que las relaciones entre el pueblo de Israel y otras naciones nunca fueron fáciles. Constantemente hubo enfrentamientos que terminaron en algún tipo de dominación por parte de los asirios, los babilonios, las tropas seléucidas de Antíoco IV Epífanes o el Imperio romano. Este último, sin embargo, significó el mayor de los retos para la nación israelita: fue la dominación más larga, la que ocasionó las mayores tragedias y la que caló más hondo en su historia.
Desde antes del nacimiento de Jesús en Belén, Israel ya estaba bajo el dominio del Imperio romano, y siguió estando así incluso después de la muerte del último de los apóstoles a finales del siglo I. Pero, naturalmente, el pueblo no estaba conforme con esa situación, no se había resignado a esa cruda realidad y tenía expectativas de cambio.

En la segunda mitad del siglo I, creció la tensión entre Israel y Roma. Aunque los gobernadores romanos actuaban mediante una política administrativa, acosaban al pueblo con diversos pagos e impuestos que, en medio de situaciones sociales críticas, terminaban siendo un abuso. Esto, sumado a la existencia de grupos patriotas que buscaban una liberación por medio del poder armado, hacía que la relación entre ambas naciones fuera álgida.
En medio de estas tensiones, el gobernador romano Gesio Floro, bajo la administración del emperador Nerón, tuvo un papel decisivo. Para el año 66 d. C., sus medidas fiscales generaron grandes oposiciones. El pueblo no podía pagar lo exigido y tampoco estaba dispuesto a hacerlo. Esto complicaba su gestión, pues era su deber mantener un control estricto en el área de los impuestos. Pero si el pueblo se negaba a pagar, ¿qué podía hacer? ¿Cómo obtener el dinero faltante?

Como último recurso, Gesio tomó una decisión extrema, probablemente sin considerar las consecuencias futuras. Fue al Templo de Jerusalén y, con sus tropas, saqueó las riquezas y los tesoros guardados en su interior. Según su perspectiva, simplemente estaba recuperando lo que les pertenecía a los romanos. Pero ese acto fue abominable para Israel. No solo les habían robado aquellos elementos preciados; lo más grave es que aquellas tropas paganas habían profanado el espacio santo de la ciudad. Esto generó nuevos conflictos de manera inevitable
Los patriotas judíos se rebelaron y lograron derrotar a las tropas de Gesio Floro. Pero ese no fue el final. En el año 66 parecía que los judíos habían conseguido la victoria, aunque ignoraban que la habían obtenido no tanto por ser grandes guerreros, sino porque se enfrentaron a un adversario incapaz de repelerlos. Pero, entonces, Nerón confió el contraataque a Vespasiano y a su hijo Tito. Acompañados de miles de soldados, ambos se convirtieron en un poderoso brazo armado que devastó Galilea y Judea.

Roma no solo tuvo una gran victoria; también logró someter a los rebeldes. Pero en el año 67, la guerra se detuvo por un tiempo corto. Nerón había muerto y se nombraría a su sucesor. Entonces, Vespasiano dejó su misión en las tierras de Judea y volvió a Roma. Esto significó un período de pausa en los enfrentamientos entre judíos y romanos que se extendió por unos dos años. El nuevo emperador electo sería Vespasiano, y el nuevo comandante, su hijo Tito.
Durante esos dos años de relativa paz, los judíos sufrieron divisiones, especialmente porque no todos respondían de la misma manera ante la opresión romana. Diferentes facciones armadas recurrían al saqueo, al “terrorismo” —asesinatos selectivos, emboscadas, violencia en lugares públicos— y a la ocupación de territorios, especialmente contra quienes no buscaban la confrontación con Roma. Todo era caos y rencillas internas que terminaron debilitando aún más al pueblo. Sin darse cuenta, se dañaban a sí mismos, convirtiéndose en una presa fácil para una nueva invasión del Imperio.
De trofeo romano a incendio trágico
Para el año 69, Tito quedó a cargo de los enfrentamientos con los judíos, y tenía en su mente el objetivo de someter a Jerusalén. En abril del año siguiente llegó a la ciudad y, tras sitiarla, la invadió. Las privaciones, las ejecuciones y los enfrentamientos con las guerrillas marcaron los meses de abril a agosto.
El 28 de agosto, Tito convocó a sus oficiales para decidir qué hacer con el Templo de Jerusalén. Sin embargo, se encontraba en una encrucijada. Algunos le aconsejaban destruirlo por completo; otros, en cambio, dejarlo en pie. La decisión de Tito en esa fecha fue preservar el Templo como un trofeo para el Imperio, una propiedad de Roma. Pero, al día siguiente, todo cambiaría.

El 29 de agosto se reanudaron las revueltas de las tropas rebeldes. Los judíos atacaron a los guardias que custodiaban los patios del Templo. Tras horas de combates, los rebeldes fueron finalmente reducidos. Sin embargo, un suceso inesperado estaba a punto de marcar un antes y un después en el desarrollo del sitio. En medio de los enfrentamientos, un soldado romano tomó un palo encendido y, sin pensarlo, lo arrojó al sector del santuario del Templo. El fuego comenzó a propagarse lentamente.
Tito fue avisado de lo ocurrido. No quería que el Templo fuera destruido ni dañado por los combates, y como al principio el fuego no se consideró alarmante, ordenó apagarlo, pero sus soldados no tomaron en serio la instrucción. Mientras los enfrentamientos continuaban, Tito acudió personalmente al Templo, llegó hasta el altar y evaluó la situación. Pero cuando él y sus acompañantes salieron del santuario, después de intentar controlar el incendio, uno de los soldados arrojó un palo impregnado con resina. Las llamas se intensificaron rápidamente y el Templo comenzó a ser consumido por el fuego.

La decisión que Tito había tomado el día anterior ya no se cumpliría. Los soldados no solo encendieron el santuario, sino también otros edificios importantes del complejo del Templo. El panorama era desolador: el monte del Templo parecía desmoronarse entre llamas que descendían como capas una tras otra. Era una imagen terrible que, según Josefo, combinaba fuego y torrentes de sangre.
La historia añade otro episodio trágico en este contexto. Un falso profeta judío logró reunir a unas 6000 personas y las condujo hacia el Templo en llamas, esperando una liberación divina. Mujeres, niños y pobres fueron llevados a los pórticos del Templo, donde perecieron quemados, aguardando en vano un rescate que nunca llegó.
Aunque el fuego ya había consumido por completo el interior del Templo y del santuario, las tropas romanas fueron más allá. No solo saquearon los tesoros, sino que llevaron sus estandartes al santuario y ofrecieron sacrificios en él. Además, ejecutaron a los sacerdotes que habían sido capturados en el lugar.
Las tropas judías quedaron profundamente afectadas. El centro fundamental de la ciudad, de sus esperanzas y de su religión fue arrasado de extremo a extremo, y lo peor: por manos gentiles. Muchos judíos pidieron ser liberados y salir con vida de la ciudad, pero la respuesta de Tito fue consumar la destrucción. Ordenó quemar Jerusalén, excavar sus cimientos y sitiarla por completo.

Era septiembre cuando las tropas dominaron toda la ciudad. Para acelerar el derrumbe, quemaron los barrios circundantes y derribaron las murallas. Tito, decidido a llevar a cabo la devastación, ordenó destruir los edificios, dejando en pie únicamente las torres más altas. El Templo, ya dañado por el fuego, fue derrumbado piedra por piedra. Del antiguo esplendor solo quedó en pie un muro de contención de la explanada, hoy conocido como el “Muro de los Lamentos”, pero del edificio del Templo no sobrevivió ninguna estructura.
Con la ciudad sometida, una guarnición romana permaneció en Jerusalén como símbolo de la nueva realidad. El Templo fue destruido, la ciudad quemada y arrasada, y los tesoros sagrados fueron robados y llevados a Roma, donde quedaron inmortalizados en el Arco de Tito, construido en el año 80 para conmemorar la victoria del Imperio sobre Jerusalén.
La antigua ciudad nunca volvería a ser la misma. De sus ruinas surgiría una nueva urbe típicamente romana: la famosa Aelia Capitolina, construida en el año 130 d. C. y dedicada a los dioses por el emperador Adriano.

Señales del fin
Respecto a la caída del Templo y a la toma de Jerusalén, la historia nos sorprende con sus referencias a señales específicas que aparecieron tiempo antes de la destrucción. En este contexto, Josefo es la fuente primaria y nos informa que, en lugar de atender a las señales, la gente escuchaba a los falsos profetas.
Josefo relata que, tiempo antes de la caída del Templo, ocurrieron en la ciudad una serie de acontecimientos inusuales. En La guerra de los judíos, libro 6, menciona una luz brillante que, en plena oscuridad de la noche, resplandeció en la zona del Templo durante media hora. Habla también de la gran puerta oriental del Templo que, sin ayuda humana y pese a estar asegurada con cerrojos de hierro, se abría sola. Relata, además, que los sacerdotes que oficiaban en el Templo escucharon voces misteriosas. Otra señal inquietante fue la aparición, durante un año, de una figura en forma de espada que brillaba y flotaba sobre la ciudad de Jerusalén.

Josefo refiere también un hecho insólito: una novilla, de camino al sacrificio en el altar del Templo, dio a luz un cordero. Se mencionan, además, avistamientos sorprendentes de carros con hombres armados que volaban por el aire. Finalmente, otro testimonio público provino de un campesino llamado Jesús, hijo de Ananías, que, desde el año 63 hasta el 70, recorrió el Templo y la ciudad proclamando una advertencia profética de juicio.
Todos estos acontecimientos de carácter sobrenatural —sin contar catástrofes como terremotos y experiencias de hambruna tanto dentro como fuera de Israel— fueron interpretados como señales de que algo terrible estaba por suceder. Para los primeros cristianos, estas señales no eran otra cosa que el cumplimiento de lo que Jesús, según los evangelistas de la tradición sinóptica, había predicho que ocurriría en Jerusalén en los días de aquella generación.

La interpretación cristiana de la caída de Jerusalén
En cada uno de los Evangelios sinópticos encontramos una extensa sección conocida como “el Apocalipsis de Jesús” o “el Sermón escatológico” (Mt 24; Mr 13; Lc 21). Allí, según cada evangelista, Jesús de Nazaret habla de una serie de acontecimientos que tendrían lugar en ese tiempo o dentro de aquella generación del siglo I.
Por ejemplo, Jesús predijo que el Templo de Jerusalén sería derribado sin quedar piedra sobre piedra (Mt 24:1-2; Mr 13:1-2; Lc 21:6). También mencionó guerras y levantamientos armados (Mt 24:6-7; Mr 13:7; Lc 21:9); catástrofes naturales como terremotos (Mt 24:7b; Mr 13:7b; Lc 21:11); la aparición de falsos profetas (Mt 24:10-11, 24-26; Mr 13; Lc 21:8); sucesos cósmicos, característicos del lenguaje apocalíptico (Mt 24:29; Mr 13:22; Lc 21:25). Además, habló de un acontecimiento terrible que afectaría el Templo y su lugar santo (Mt 24:15; Mr 13:14; Lc 21:20), lo que llevaría a los discípulos a huir de la ciudad (Mt 24:16-20; Mr 13:14b-19; Lc 21:21-23).
¿Qué sucedería con el Templo y su lugar santo? Mateo y Marcos hablan de un “horrible sacrilegio” o “abominación desoladora” (Mt 24:14; Mr 13:14), siguiendo el lenguaje profético de Daniel (Dn 9:27b). Lucas, en cambio, explica esas palabras en términos históricos: donde Mateo y Marcos mencionan una abominación, él habla de Jerusalén rodeada de ejércitos y siendo pisoteada por ellos (Lc 21:20, 24b). La versión de Lucas no contradice a Mateo y Marcos; más bien, interpreta sus expresiones proféticas en clave histórica.

Surge entonces la pregunta decisiva: ¿cuándo ocurrirían todas estas cosas? Hay diferentes interpretaciones al respecto. Hay muchos estudiosos que ven el cumplimiento de todos estos eventos en la misma generación del siglo I (Mt 24:34; Mr 13:30; Lc 21:32-35) y serían vistas por los mismos discípulos (Mt 24:29-30; Mr 13:29a; Lc 21:28, 31, 36). Otros teólogos ven que estos pasajes apuntan al juicio final aún por venir, y todavía otras posturas ven un doble cumplimiento: tanto la destrucción del templo como los eventos futuros están reflejados en las palabras de Jesús.
En todo caso, es claro que estas palabras de Jesús fueron cruciales para los primeros cristianos, muchos de los cuales pudieron ver en la destrucción del templo el cumplimiento de las palabras de Jesús. Un dato especialmente significativo es que los cristianos de la segunda mitad del siglo I huyeron de Judea cuando vieron los terribles acontecimientos que se estaban desatando, tal como Jesús les había instruido. Además, el testimonio del historiador Josefo y la interpretación posterior de Eusebio en el siglo IV confirman la historicidad de estos hechos.

Efectos culturales y teológicos
En conclusión, la destrucción del Templo en el año 70 d. C. fue un evento trascendental para el pueblo judío por lo que este representaba y aún representa para ellos. Era su lugar de adoración y su eje, no solo cultural sino político. Para los judíos, este suceso puso en pausa una era de sacrificios y ofrendas, y abrió el camino para una nueva forma de culto mucho más centrada en las sinagogas.
Además, este suceso histórico se ha convertido, junto a las palabras de Jesús que lo precedieron, en un debate teológico que refleja la diversidad propia de la escatología cristiana. Recordar su historia nos ayuda a comprender cómo un solo evento pudo catalizar un cambio cultural tan profundo y a la vez forjar el camino para las interpretaciones teológicas que conocemos hoy.
Referencias y bibliografía
Antigüedades de los judíos, libro VI de F. Josefo.
De los hijos de Herodes a la segunda guerra judía (1999) de C. Tassin. Estella: Verbo Divino, p. 28ss.
Historia eclesiástica, libro III de Eusebio de Cesarea.
Iudaea capta. La Palestina romana entre las dos guerras judías (70–132 d. C.) (1990) de J. Ramón Ayaso Martínez. Estella: Verbo Divino, p. 196ss.
No Stone on Another: Studies in the Significance of the Fall of Jerusalem in the Synoptic Gospels (1970) de L. L. Gaston. Leiden: Brill.
Apoya a nuestra causa
Espero que este artículo te haya sido útil. Antes de que saltes a la próxima página, quería preguntarte si considerarías apoyar la misión de BITE.
Cada vez hay más voces alrededor de nosotros tratando de dirigir nuestros ojos a lo que el mundo considera valioso e importante. Por más de 10 años, en BITE hemos tratado de informar a nuestros lectores sobre la situación de la iglesia en el mundo, y sobre cómo ha lidiado con casos similares a través de la historia. Todo desde una cosmovisión bíblica. Espero que a través de los años hayas podido usar nuestros videos y artículos para tu propio crecimiento y en tu discipulado de otros.
Lo que tal vez no sabías es que BITE siempre ha sido sin fines de lucro y depende de lectores cómo tú. Si te gustaría seguir consultando los recursos de BITE en los años que vienen, ¿considerarías apoyarnos? ¿Cuánto gastas en un café o en un refresco? Con ese tipo de compromiso mensual, nos ayudarás a seguir sirviendo a ti, y a la iglesia del mundo hispanohablante. ¡Gracias por considerarlo!
En Cristo,
![]() |
Giovanny Gómez Director de BITE |