Nota del editor: Con la publicación de este artículo sobre Anselmo de Canterbury, nuestro objetivo en BITE es puramente informativo y analítico. Como ministerio, buscamos ofrecer una exploración de su vida y obra, sin que esto implique, bajo ningún concepto, una aprobación de todas sus posturas.
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La figura de Anselmo es reconocida como uno de los grandes pilares de la teología escolástica medieval. Su obra, centrada en el vínculo entre fe y razón, quedó sintetizada en su célebre lema fides quaerens intellectum (la fe que busca el entendimiento). Fue monje y pensador en el monasterio de Bec, y su vida estuvo marcada por la defensa de la autonomía eclesiástica frente al poder secular en Inglaterra, lo que le valió enfrentamientos directos con la monarquía y el exilio en dos ocasiones.
Este artículo ofrece una presentación biográfica de su vida desde sus orígenes en Aosta hasta su llegada al arzobispado de Canterbury, así como una reflexión sobre los tratados fundamentales, como el Proslogion (Alocución) y el Cur Deus Homo (¿Por qué Dios se hizo hombre?). Estas obras definieron su pensamiento teológico y su búsqueda de argumentos racionales para explicar la existencia de Dios y la necesidad de la encarnación.
De la paz del claustro al conflicto de Canterbury
Anselmo nació en el año 1033, en el seno de una familia noble que vivía en Aosta, ciudad alpina que había pertenecido al Reino de Borgoña —zona que hoy pertenece a Italia—. Sus padres fueron Gandulfo, de linaje noble, y Hermenberga, recordada por su piedad. Su nacimiento se dio en medio de un contexto de profunda transformación eclesial. El siglo XI estuvo marcado por la reforma gregoriana, que buscaba afirmar la independencia de la Iglesia y el poder del obispo de Roma frente a las autoridades seculares, promoviendo una renovación moral del clero. Este trasfondo es esencial para comprender tanto su carrera eclesiástica como sus conflictos políticos posteriores.

Su juventud se definió por la tensa relación con su padre y el fallecimiento de su madre. Estos sucesos lo llevaron a abandonar su hogar en 1056 para emprender un camino itinerante que culminó tres años después, con su ingreso al monasterio benedictino de Bec, en Normandía. Ese era uno de los centros intelectuales más destacados de la época. Allí, Anselmo se formó bajo la tutela de Lanfranco de Pavia (más tarde, de Canterbury), quien introdujo nuevos métodos en la enseñanza monástica. Como señalan Sandra Visser y Thomas Williams, Lanfranco instruía a los estudiantes en el estudio de la Biblia y en obras clásicas de retórica y lógica.
Anselmo tomó los votos como monje en 1060. Tres años después, cuando Lanfranco fue nombrado prior del monasterio de Caen, Anselmo ocupó su lugar en Bec. Sus años como prior le otorgaron fama de pensador profundo y maestro teológico y espiritual. Su enfoque era singular: como apunta Guzmán, no establecía diferencias estrictas entre el ejercicio de orar y el de filosofar. En la década de 1070, desarrolló una prolífica actividad como autor: en 1077 apareció el Monologion (Monólogo) y, un año más tarde, el Proslogion (Alocución). En este entorno benedictino, consolidó su pensamiento en diálogo con las Escrituras y la tradición patrística, especialmente con la obra de Agustín de Hipona.

En 1093, una grave enfermedad llevó al rey Guillermo II a expresar su última voluntad: buscar el favor divino mediante el nombramiento de un nuevo arzobispo. Entonces, Anselmo fue llamado a ocupar la sede de Canterbury. Su madurez intelectual y su prestigio previo lo convertían en el candidato natural, aunque su llegada al cargo lo situó en el centro de intensas disputas entre la Iglesia y la monarquía inglesa. Además, pronto tuvo que enfrentarse a los reyes Enrique y Guillermo II —quien finalmente se recuperó y retomó su actitud autoritaria— en torno al derecho de nombrar obispos. La cuestión de fondo no era quién podía hacerlo, sino en quién recaía el derecho de hacerlo: ¿en el poder político o en la autoridad de la Iglesia?

Al final, el único gran afectado fue Anselmo, quien resultó exiliado en noviembre de 1097. Partió hacia Roma y recibió apoyo del obispo allí ubicado. En el exilio siguió escribiendo obras como el Cur Deus Homo (¿Por qué Dios se hizo hombre?) y otros tratados acerca de la predestinación, el libre albedrío y María.
Para el año 1100, volvió a Inglaterra, una vez fallecido Guillermo II, pero el nuevo rey, Enrique I, provocó un segundo exilio en 1103. Anselmo, siguiendo la línea impulsada por la reforma gregoriana, defendió la autonomía de la Iglesia frente a los poderes seculares. Desde una perspectiva histórica, su postura puede interpretarse como parte de un proceso de centralización eclesiástica que contribuyó a que la relación entre la autoridad religiosa y la política se tensaran. Su figura encarna así la complejidad de un período en el que la religión y sus estructuras no podían separarse de las dinámicas de poder y sus campos de influencia.
Tras asentarse nuevamente en Roma, retornó a Inglaterra en 1106 cuando el obispo de Roma Pascual II limó asperezas con él. Unos años después, en 1109, Anselmo murió en Canterbury un 21 de abril. En 1163 fue canonizado por la Iglesia católica y nombrado “Doctor” en 1720.

Su legado escrito: tratados y pensamiento
Anselmo es reconocido como un autor de una profunda reflexión que entrelaza la espiritualidad devocional, la reflexión filosófica y la doctrina cristiana. Sus obras son vastas y diversas. Aquí se presentan aquellas que resultan fundamentales para comprender su sistema de pensamiento.
1. Monologion:
Escrita hacia el año 1076, esta obra posee un estilo profundamente filosófico. Su propósito es demostrar la existencia de Dios mediante el uso exclusivo de la razón, sin basar sus reflexiones en los datos de la Biblia. No es que Anselmo niegue la prioridad de las Escrituras o su utilidad teológica, sino que, por una petición especial de sus alumnos, limitó sus argumentos de tal manera que el camino hacia la demostración de Dios fuera estrictamente racional.
Con este enfoque, Anselmo deja clara su premisa: la mente humana también ha sido preparada para llegar al conocimiento de Dios. En este tratado, Dios es presentado como el “sumo bien”, un ser que no necesita de nadie, pero del cual dependen todos los demás seres para existir y ser buenos. Al ser el Creador, Dios es diferente a todo lo existente y posee una existencia por Sí mismo, mientras que todo lo creado proviene de la nada y tiene una existencia temporal, limitada y dependiente.

2. Proslogion:
Redactado entre 1077 y 1078, este tratado se desprende de su Monologion. Fue escrito por los ruegos e insistencia de sus alumnos, a quienes Anselmo dedicó la obra como un ejemplo “de meditación de la razón de la fe para aquella persona que quiere avanzar en el conocimiento en silencio y en diálogo interior”. En este “devocional filosófico”, Anselmo se propuso una sola meta: presentar un único argumento que fuera suficiente por sí mismo para fundamentar la existencia de Dios como “sumo bien que no necesita de nadie pero que de él necesitan todos los demás seres para ser y ser buenos”.
Es aquí donde se desarrolla el célebre “argumento anselmiano”. Para el autor, Dios es el “Ser mayor del cual no cabe pensar ningún otro”. Anselmo sostiene que esta definición no solo existe en la mente, sino que debe darse en la realidad; puesto que, si Dios solo existiera en el pensamiento, se podría concebir a otro ser que sí existiera en la realidad, el cual sería entonces mayor que Él. Por tanto, si Dios es la plenitud de la felicidad y el ser fuera del cual nada más se puede concebir, Su existencia es necesaria.

Bajo esta lógica, la situación del hombre ante Dios es la de un ser contingente y causado. Anselmo plantea que quien no cree en la existencia de Dios cae en una contradicción, pues el ser humano es una existencia posible que requiere de un Ser supremo necesario para haber llegado a ser. Mientras que todo lo creado proviene de la nada y tiene una existencia temporal, limitada y dependiente, Dios es el Creador existente por Sí mismo. Así, según Proslogion, Dios se presenta libre de toda característica que define a lo creado, siendo la causa de todo lo que es y puede ser posible.
3. Curs Deus Homo:
Escrita alrededor de 1097, esta obra de contenido estrictamente teológico analiza la muerte de Jesucristo como expiación. Anselmo retrocede hasta la encarnación para explicar su necesidad mediante un argumento donde el pecado es visto como una ofensa al honor de Dios que crea una deuda infinita.
Dado que el hombre es finito y no puede saldar una cuenta de tal magnitud, se requiere de alguien que sea plenamente humano, para representar a la humanidad, y plenamente divino, para ofrecer una satisfacción infinita adecuada a la dignidad de Dios. De este modo, la encarnación no aparece como una vía alternativa o un impulso de amor sin razón, sino como una necesidad lógica dentro del plan divino: la ofensa cometida hace necesaria la muerte de Jesucristo.

Este enfoque, conocido como la teoría de la satisfacción, marcó un giro respecto a interpretaciones anteriores que enfatizaban la victoria de Cristo sobre el diablo. Anselmo plantea que el primer implicado es Dios y no el diablo; por tanto, lo decisivo no es quitarle al demonio algo que no le pertenece, sino pagar la deuda humana debida al pecado.
A pesar de su relevancia, su teoría ha sido cuestionada por proyectar categorías culturales feudales sobre la relación entre Dios y la humanidad, tomando elementos del escenario social del autor más que de la narrativa bíblica. Asimismo, se critica que establece una separación radical entre la encarnación y la actividad previa de Jesús a Su muerte, a la cual parece no otorgar valor salvador. Esto contrasta con la tradición clásica anterior —a la que Anselmo no cita—, donde la obra salvadora queda inaugurada desde la venida en carne: Dios se hace hombre para que los hombres sean divinizados y así unidos a Él. Sin embargo, su influencia ha sido decisiva en la teología occidental, especialmente en la tradición reformada, donde se mantienen vigentes los conceptos de pago, deuda y satisfacción.

Razón al servicio de la fe
La obra de Anselmo de Canterbury constituye un hito en la historia del pensamiento occidental. Su esfuerzo por sustentar la fe desde la razón no solo marcó el desarrollo de la teología medieval, sino que también planteó preguntas que siguen siendo relevantes en la actualidad, especialmente frente a una cultura que cuestiona la reflexión cristiana. Además, aportó nuevas reflexiones acerca de la interpretación de la encarnación y la muerte de Jesús, y de su valor y sentido para la doctrina de la salvación.
Sin duda, Anselmo fue un hombre de fe y cultura que pudo integrar en su trabajo un cúmulo de principios que para otros parecían irreconciliables, consolidándose como un puente fundamental hacia la escolástica.
Referencias y bibliografía
Anselm. Medieval Thinkers (2009) de Sandra Visser y Thomas Williams. Oxford University Press.
St. Anselm of Canterbury. A Chapter in the history of religion (2004) de J. M. Rigg. Wipf & Stock Publishers, Oregon.
Retratos. Medievo: El tiempo de las Catedrales y las Cruzadas (2008) de Gerardo Vidal Guzmán. Editorial Universitaria, Santiago.
