Johan Herman Bavinck fue una figura importante del calvinismo holandés del siglo XX. A diferencia de su tío Herman Bavinck, no hizo énfasis en la teología dogmática ni en la pastoral, tampoco en el gobierno eclesiástico, como lo hicieron su padre y su abuelo. Johan se caracterizó, más bien, por sus doctrinas sobre las misiones.
Su vida reflejaba su compromiso con el Evangelio, con la tradición reformada y la teología en general, y con la responsabilidad de la Iglesia de llevar a cabo la Gran Comisión. La obra que hizo entre Países Bajos e Indonesia y sus precisas reflexiones sobre la naturaleza de la misión lo convirtieron en un exponente fundamental para comprender lo que el Señor hace en las naciones. En este artículo queremos introducirnos en su vida y labor misionera.
Teología, filosofía y psicología: un camino hacia la vida espiritual interior
Si bien Johan Herman Bavinck amaba la quietud de su estudio, también se sentía cómodo enseñando de manera cercana a sus estudiantes en un aula de clase o predicando devotamente en un púlpito, pero no frente a grandes multitudes. No buscaba imponer sus propias ideas, incluso en cuanto a religión. Por el contrario, mostraba un genuino interés por escuchar qué creían los demás. Sobre este teólogo, el pastor, misionero y escritor Johan D. Tangelder encontró que quienes lo rodeaban lo consideraban un cristiano humilde y equilibrado.
La denominación “Iglesias Reformadas de los Países Bajos” (GKN), de la cuál él era pastor, experimentó un prolongado conflicto sobre temas de doctrina y orden eclesiástico, cuyo resultado fue una división interna y la formación de la GKN Liberada. Quizás por eso Johan se oponía por naturaleza al absolutismo y a las disputas eclesiales que solo dejaban división en la comunidad.

Su familia marcó su futuro de manera significativa. Su abuelo Jan Bavinck y su padre Coenraad Bernardus Bavinck fueron pastores destacados, y su tío Herman Bavinck se distinguió como el teólogo dogmático del siglo. Este último fue profesor en la Escuela Teológica de Kampen, que hoy es la Theological University Kampen, y luego en Ámsterdam. Ese fue el legado ministerial, académico y, por encima de todo, espiritual, que recibió Johan, quien nació el 22 de noviembre de 1895. Su madre Grietje Bouwes también tuvo un papel significativo en su vida, tanto por la crianza y cuidados que le brindó como por su ejemplo de fe.
Tras sus primeros años de educación básica en su natal Róterdam, Johan ingresó a la Universidad de Ámsterdam para estudiar teología en 1912. Mientras estudiaba, tuvo una profunda experiencia espiritual motivada por una enfermedad que casi le quitó la vida. Se cuenta que sus padres temían perderlo, pero él los consoló con la seguridad de que, si tenía que partir y morir, confiaba en la vida eterna y en la voluntad de Dios. Esta experiencia no hizo más que reflejar la fe y la herencia espiritual que Johan había recibido.
En Ámsterdam, Johan se relacionó con varios movimientos cristianos juveniles que buscaban cambios. Estos lo marcaron profundamente y, sobre todo, despertaron en él un interés cada vez mayor por la vida espiritual interior. Su biógrafo Paul Jan Visser comenta que estos grupos buscaban “la reorientación de la vida reformada, fomentando el desarrollo de una postura menos rígidamente dogmática y antitética, e intentando descubrir una forma de experiencia religiosa más vitalmente existencial y abierta”. También pretendían “replantear el testimonio cristiano acerca de Jesucristo entre la intelectualidad contemporánea”.

Los objetivos de los diversos grupos crearon en Johan una fuerte conciencia de su lugar en el mundo, sobre todo en las áreas de la religión y del diálogo con la cultura universal. De ello se derivó su marcado interés por la psicología religiosa, además de la teología y la filosofía. Visser comenta al respecto:
Esto sin duda tenía relación con el hecho de que en aquella época existía un interés bastante generalizado por la psicología, pero también es posible que se sintiera atraído hacia esta nueva preocupación bajo la influencia de su tío Herman, quien, durante su período en Ámsterdam, se ocupó tanto de cuestiones psicológicas como teológicas e hizo mucho por estimular la disciplina académica de la psicología de la religión.
Sean cuales hayan sido los orígenes de esta fascinación, lo cierto es que Johan estaba seriamente comprometido con la vida interna del ser humano: sus pensamientos, creencias y religiones. Todo esto le parecía interesante, sobre todo porque él mismo poseía una fuerte sensibilidad espiritual.
Tras completar sus estudios en Ámsterdam, Johan fue a Alemania para continuar un posgrado. Después de concluirlo, se doctoró en filosofía en Erlangen, el 11 de julio de 1919.

Su camino hacia una misión vital
De vuelta en Países Bajos, Johan estaba seguro de su vocación. El trabajo consistía en estar inmerso en la realidad de las personas, conociendo sus ámbitos religiosos y sociales. En ese tiempo, la GKN comenzó a desarrollar misiones holandesas en Sumatra, Indonesia, con un fuerte centro en la ciudad de Medan. Y Johan fue llamado a servir como pastor asistente y luego como titular, justamente en aquella comunidad. Inició su ministerio en enero de 1920, pero a finales de ese mismo año ya se estaba considerando un nuevo lugar de trabajo. En 1921 fue trasladado a Bandung, que queda en la isla de Java. Un año después se casó con Trientje Robers.
Allí en Bandung, Johan desarrolló un exhaustivo trabajo ministerial de enseñanza y predicación, orientado sobre todo a los grupos jóvenes. Como comenta su biógrafo:
Durante su ministerio en Bandung, Bavinck continuó desarrollando sus talentos pastorales y de predicación. Según los informes, era un pastor atento que, después de escuchar tranquila y pacientemente a sus feligreses, sabía ofrecer consejos modestos y sabios. Esto generó una gran confianza entre los miembros de la congregación y su pastor. Los sermones de Bavinck eran modelos de sencillez, claridad y profundidad espiritual. Poseía “un gran don para hacer comprensible el Evangelio tanto para jóvenes como para ancianos, intelectuales y personas sin formación, europeos y javaneses”.

Aunque en 1926 Johan dejó Bandung para volver a Países Bajos, su estadía allí no duró mucho tiempo. Mientras estaba inmerso en el ministerio, la lectura y la redacción, fue llamado a las misiones. Para 1928 se requería personal de apoyo para el trabajo misionero y pastoral en Java Central. Así, un año después, llamaron a Johan, quien cumplía con lo necesario para emigrar a un nuevo campo. Salió de Heemstede, Países Bajos, hacia Indonesia en enero de 1930. Estuvo en Solo, en Java central, como misionero hasta julio de 1933. Esta corta, pero productiva, estancia produjo varios frutos importantes. Como comenta Tangelder:
Durante su estancia en Solo, estrechó lazos con místicos javaneses. Poseía las cualidades personales y la formación necesarias para adentrarse en el misterioso y sutil mundo del misticismo javanés. Bavinck tenía el don excepcional de comprender plenamente las experiencias espirituales de los demás, hasta el punto de que a veces lo apodaban “el javanés blanco”. Su comprensión del pensamiento oriental no llevó a Bavinck a ninguna forma de sincretismo. Fue un misionero respetuoso, pero, aun así, un misionero que confrontó el mundo del pensamiento religioso oriental con las afirmaciones de Cristo.
Los éxitos de su trabajo se reflejaron en la fundación de un grupo de estudio multicultural y multiétnico que ayudaba al diálogo entre los pobladores de Solo. Acerca de los momentos que vivió allí, Johan comentó:
Nuestra conversación se elevaba por encima de todas las cosas terrenales y se dirigía al mundo divino que está más allá de nosotros. Entonces ya no pensábamos en nosotros mismos como chinos, javaneses o neerlandeses; (…) en cierto sentido, todos nos convertíamos en niños de pie ante la inefable grandeza del Eterno. Era evidente que existían líneas divisorias. Y, sin embargo, durante aquellas conversaciones nocturnas, comprendíamos profunda e intensamente cuán fructífero y maravilloso era poder hablar unos con otros acerca de estas cosas en tal atmósfera.

Su trabajo resultó muy provechoso. Entre la organización de grupos de estudio, su profunda mentalidad, sus formas de explicar el Evangelio en culturas diversas y el trabajo con los jóvenes, logró formar una comunidad centrada en la fe, bien informada y que mantenía un diálogo abierto.
Profesor y últimos años
Su ministerio en Solo se extendió hasta 1933. Después pasó a la docencia teológica en la ciudad de Yogyakarta, donde estuvo hasta 1939, año en el que regresó a Países Bajos. En el Kampen Theological Seminary habían creado la cátedra y el departamento de misiones, y el decano encontró en él lo que tanto buscaba:
Estamos pensando, en primer lugar, en un hombre dotado de capacidades académicas de primer nivel (…) que reflexione de todo corazón sobre la teoría de la misión, con todos sus problemas urgentes, a la luz de nuestros principios, y que sea capaz de inspirar un entusiasmo sagrado por la causa del Señor en nuestros futuros ministros (…) pero no hay nadie que pueda ser retirado de sus actuales deberes sin causar demasiado daño a los intereses vitales de la obra en la que está involucrado.
Johan aceptó el reto. Al mismo tiempo, lo nombraron profesor extraordinario de misionología en la Universidad Libre de Ámsterdam. Su lugar en ambas instituciones fue motivo de mucha alegría. Los profesores lo apoyaban y reconocían, pero otros también miraban con recelo su abierto interés por otras culturas y sus religiones. Sin embargo, en su asignatura de misionología se destacaba en todos los sentidos posibles. Visser menciona las opiniones de algunos de sus alumnos; uno de ellos lo recordó con las siguientes palabras: “Cuando hablaba, lo hacía con gran autoridad interior (…). Lo que siempre me impresionó también fue su humildad y modestia genuinas y sin pretensiones. Cuando uno está sentado en clase a los 20 años, no solo impresiona la materia, sino también toda la actitud del profesor”. Y otro dijo: “Es imposible decir cuántos fueron atrapados de por vida por la visión de la obra mundial de Dios que Bavinck les transmitió”.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la vida y el trabajo de Johan se vieron profundamente alterados. La enseñanza académica pudo continuar solo por un tiempo, hasta que finalmente las universidades y centros de estudio fueron cerrados, mientras la comunicación con las Indias Orientales Neerlandesas quedó interrumpida. En medio de ese clima de tensión, su familia también sufrió de manera directa: sus tres hijos participaron activamente en labores clandestinas. Bavinck, por su parte, sirvió a la Iglesia ofreciendo orientación espiritual de diversas maneras, entre ellas la redacción de libros y folletos de carácter más accesible, con los que ayudó a preparar a los creyentes para la reanudación de la tarea misionera una vez terminara la guerra.
Pasada la Segunda Guerra Mundial, Johan siguió escribiendo y ampliando sus relaciones. Para 1947, se encontraba en Estados Unidos, donde sirvió como conferencista en el Calvin College. En 1953, sufrió una fuerte pérdida: su esposa falleció, pero al cabo de unos años rehizo su vida y comenzó un nuevo matrimonio con Fennechien Bavinck-van der Vegt. Johan estaba en Ámsterdam, donde fue nombrado profesor de teología en 1954. Sus últimos años transcurrieron en la docencia, hasta que, en 1962, una enfermedad renal lo imposibilitó para seguir enseñando con la misma fuerza de antes. Dos años después fue hospitalizado y allí murió el 23 de junio de 1964, a los 68 años. Fue enterrado en Ámsterdam.
Elénctica por el Espíritu y mediada por la misión
Como teólogo misionero, Johan fue muy perspicaz al comprender la misionología más allá del hecho externo de anunciar las Buenas Noticias del Evangelio. Desarrolló una reflexión profunda que terminó siendo de gran ayuda para el trabajo misionero al momento de enfrentarse a otras religiones y creencias. Los estudiosos reconocen el valor que tiene en su obra la llamada “elénctica”, una disciplina que organiza de manera sistemática el contenido y el método de la reflexión misionológica.
En su importante obra An Introduction to the Science of Missions (Una introducción a la ciencia de las misiones), explora y define lo que denomina “la naturaleza, el lugar y la tarea de la elénctica” (p. 221). Luego de definir la etimología de la palabra, proveniente del verbo griego “elengchein”, pasa a rastrear su uso en el Nuevo Testamento a partir de diversos textos: Jud 14-15; Ap 3:19; Jn 16:8; 1 Ti 5:20; Mt 18:15.

La conclusión a la que llega es la siguiente: “De estos textos queda claro (…) que se traduce regularmente como ‘reprender’, pero en el sentido de que incluye la convicción de pecado y un llamado al arrepentimiento”. Y entiende que el texto que mejor expresa todos estos sentidos es Juan 16:8, donde el Espíritu es el agente de este convencimiento. Sin embargo, aunque es el Espíritu quien convence, reconoce que el “Espíritu Santo puede hacer esto (…) y nos usará como instrumento en Sus manos”. Con esto definido, describe la elénctica como “la ciencia que desenmascara ante el paganismo todas las religiones falsas como pecado contra Dios”, y llama a los pueblos paganos al conocimiento del único Dios verdadero.
¿Cómo hacer efectiva esta práctica? Junto a la obra y guía del Espíritu, el creyente que presenta el mensaje del Evangelio debe “tener un conocimiento responsable de las religiones falsas, pero también debe ser capaz de desvelar los motivos más profundos que se expresan en ellas”. Y esto fue lo que Johan hizo incansablemente mientras trabajaba en Java Occidental. Él reconocía que “la evangelización solo puede llevarse a cabo sobre la base de una firme confianza en el Espíritu Santo, quien es el único que tiene el poder para evangelizar”, y que hemos sido convocados a colaborar en ese gran trabajo.
Johan entendía que la elénctica debía tener un lugar importante dentro de las facultades de teología. Como “ciencia de defensa”, la situaba dentro de la dogmática, pero principalmente junto a la apologética. Y lo hacía con un marcado énfasis en la labor de los misioneros: “La elénctica está fuertemente influenciada por el espíritu misionero (…); el espíritu misionero impregna y motiva la elénctica a lo largo de todo su estudio”. Eran ellos quienes principalmente debían saber cómo el Espíritu obra la convicción en el corazón del hombre, pero también quiénes son los incrédulos, qué creen y cómo piensan. Y así, tender sutiles puentes de contacto que permitieran una práctica misionera más efectiva.

De esta forma, con la muerte de Johan Bavinck, el cristianismo reformado perdió no solo a un interesante pensador cristiano, sino también y, por sobre todo, a un misionero-teólogo que dio una guía permanente tanto para la práctica como para la metodología de las misiones en el mundo. Sin embargo, su legado sigue siendo recuperado por profesores y seminarios, sobre todo en Estados Unidos, que continúan enseñando su misionología. Johan dedicó su vida al servicio de la misión, trabajando con el poder del Espíritu y reconociendo la responsabilidad del creyente en esta maravillosa obra divina. Su teoría de la elénctica sigue siendo una disciplina teológica útil, que impulsa y desafía a una evangelización informada, crítica y, sobre todo, de convicción.
Referencias y bibliografía
The J. H. Bavinck Reader (2013) de John Bolt, James D. Bratt y Paul J. Visser. Eerdmans, Grand Rapids.
An Introduction to the Science of Missions (1961) de J. H. Bavinck. Filadelfia, Pensilvania: The Presbyterian and Reformed Publishing Company, pp. 222, 231, 232.
