¿Por qué nos atraen tanto las malas noticias? La ciencia detrás del sesgo de negatividad

La preferencia por titulares alarmantes revela una tensión entre nuestra biología y nuestra disciplina espiritual. Comprender los mecanismos detrás de este fenómeno nos lleva a preguntarnos: ¿cómo la curiosidad por lo trágico les da forma a nuestros más profundos afectos?

Imagen: BITE (basado en un foto de Unsplash)

En 2013, los editores del periódico digital ruso City Reporter decidieron realizar un experimento muy interesante. Los lectores venías quejándose de que ellos no hacían sino publicar tragedias, crisis y crímenes, así que quisieron complacerlos: les dieron un día entero libre de todo lo que fuera negativo. Durante veinticuatro horas, el equipo se dedicó exclusivamente a buscar y publicar notas positivas, como la construcción de obras públicas sin contratiempos o historias de superación local. El resultado de la jornada fue un desastre: el tráfico habitual del sitio web cayó un 66%. Nadie quería leer un menú compuesto únicamente por buenas noticias. El experimento demostró que presentar el mundo de color rosa es mal negocio. 

Esta es la realidad: los seres humanos preferimos las noticias negativas. Aunque socialmente se censure el morbo, el comportamiento de las audiencias demuestra que los titulares sobre desastres, corrupción y amenazas capturan nuestra atención con mucha mayor facilidad que las narrativas optimistas. En la actualidad, esta inclinación está siendo explotada por todos los medios de comunicación y plataformas digitales, los cuales diseñan sus contenidos y algoritmos específicamente para alimentar este apetito. 

Sin embargo, este apego por lo sombrío no es una novedad de la era de internet. En el periodismo existe una máxima tradicional que resume esta dinámica: “if it bleeds, it leads” (que en español es algo como “si hay sangre, va en portada”). La frase se consolidó a finales del siglo XIX durante la competencia entre los magnates de la prensa estadounidense Joseph Pulitzer, dueño del New York World, y William Randolph Hearst, del New York Journal. Ambos editores descubrieron que los titulares sobre crímenes, escándalos y conflictos eran el método más efectivo para multiplicar las ventas de sus diarios, lo que dio a lo que hoy conocemos como “prensa amarillista”. Desde entonces, “if it bleeds, it leads” define mucho del contenido que consumimos.

¿Por qué sucede esto? ¿Hay algo en nuestro diseño humano que nos haga desear este tipo de titulares? Y, sobre todo, ¿se trata de algo neutral o hay algún tinte moral en ello? Responder a estos interrogantes es particularmente relevante para los ministerios cristianos, como BITE: ¿deberíamos aprovecharnos de este sesgo de negatividad para alarmar a las personas y así atraerlas hacia lo que decimos?

Aunque se critique el morbo, las malas noticias siguen capturando nuestra atención con más facilidad que las buenas. / Foto: Unsplash

La biología detrás de nuestro sesgo 

Diferentes investigaciones han demostrado que nuestro sesgo de negatividad es un rasgo biológico impreso en el diseño del sistema nervioso humano. Quienes lo han explicado en términos de supervivencia afirman que esta forma en la que procesamos la información responde a una necesidad apremiante de protección frente al entorno. 

Para los seres humanos, cometer el error de ignorar una oportunidad positiva, como tomar la fruta de un árbol, solo significa perder una comida. Sin embargo, cometer el error de ignorar un estímulo negativo, como el movimiento sutil de un animal salvaje entre la maleza, resulta en una muerte inmediata. Debido a esto, según esta teoría, nuestros circuitos de detección de amenazas operan con mayor velocidad y sensibilidad que aquellos encargados de registrar el placer o la recompensa.

Esta prioridad biológica se manifiesta claramente en la actividad eléctrica de nuestra corteza cerebral, tal como lo demostró la investigación liderada por Tiffany Ito en 1998. Al analizar las respuestas de un grupo de participantes expuestos a diversos estímulos visuales, los científicos observaron que el cerebro genera un nivel de activación significativamente más alto ante imágenes de carácter hostil y violento. Esto ocurre en los primeros instantes de la exposición al estímulo, lo que significa que el cerebro detecta y procesa el peligro mucho antes de que el individuo pueda evaluar conscientemente lo que está viendo. 

Tiffany Ito / Foto: Universidad de Colorado

Esta reacción se extiende también al resto del cuerpo a través del sistema nervioso autónomo, encargado de regular nuestras funciones involuntarias. Los análisis desarrollados en 2019 por Stuart Soroka y sus colegas confirman que el consumo de noticias negativas desencadena respuestas corporales automáticas que son notablemente más intensas y duraderas que las provocadas por historias optimistas. Mediante el análisis de las glándulas del sudor y la frecuencia cardíaca, los investigadores comprobaron que las narrativas de crisis, delincuencia o desastres alteran el equilibrio fisiológico del espectador. El cuerpo reacciona ante la información alarmante preparándose físicamente para la huida o el combate.

Y cuando este mecanismo biológico de protección se traslada a nuestro complejo entorno social, la tendencia a evitar el peligro a toda costa puede distorsionar por completo la toma de decisiones. El miedo al fracaso y la fijación en las variables más pesimistas del entorno suelen nublar el juicio. El ejemplo histórico más claro de esto fue la quiebra de la multinacional Kodak, que dominó de forma absoluta el mercado mundial de la fotografía durante casi todo el siglo XX.

Por décadas, Kodak se dedicó a la fabricación y venta de cámaras analógicas y rollos de película, y en 1975, uno de sus ingenieros inventó la primera cámara digital de la historia. Sin embargo, en lugar de ver esto como una oportunidad para avanzar, los jefes de la empresa se dejaron llevar por el miedo. Se enfocaron únicamente en lo malo: que la nueva tecnología iba a acabar con el negocio de revelar fotos, que era lo que les daba dinero. Ese temor los paralizó y los llevó prácticamente a guardar el invento en un cajón durante décadas. Para cuando decidieron reaccionar, el mercado ya había cambiado por completo y la empresa quebró en 2012.

Steven Sasson con el prototipo de la primera cámara digital de Kodak, creada en 1975. / Foto: Eastman Kodak Company

Pero este sesgo por lo negativo no se queda solo en el ámbito de los negocios, sino que se extiende a otros aspectos sociológicos de nuestra realidad. 

Negatividad mediática

Los investigadores Paul Rozin y Edward Royzman, en su famoso estudio de 2001 Negativity bias, negativity dominance, and contagion (Sesgo de negatividad, dominancia de la negatividad y contagio), explicaron que las cosas negativas —ya sean eventos, objetos o rasgos de la personalidad— tienen un peso mucho mayor para nosotros que las cosas buenas. 

Un ejemplo perfecto de esto es la reputación de un líder o un político: una persona puede pasar veinte años gobernando con honestidad y haciendo obras públicas benéficas, pero si se le descubre un solo escándalo de corrupción, toda su carrera queda arruinada. A esto es a lo que los autores llaman “dominancia” y “contagio” de la negatividad. Para nuestra mente, ese único hecho malo tiene una fuerza tan grande que es capaz de “contaminar” años de buenas acciones, convirtiéndose en lo único que la gente recuerda.

Y el lugar donde mejor se nota este fenómeno hoy en día es en el consumo de medios de comunicación. Para entender exactamente qué nos impulsa a hacer clic en una pantalla, un equipo de investigadores liderado por William Robertson analizó en 2023 una inmensa base de datos del medio digital norteamericano Upworthy. Este sitio era famoso por realizar experimentos masivos con sus titulares: antes de dejar uno fijo, el sistema mostraba de forma aleatoria diferentes versiones de una misma noticia a los usuarios para ver cuál generaba más interacciones. Los científicos revisaron más de 105.000 variaciones de titulares de unas 31.000 historias, registrando de forma limpia el comportamiento real de millones de personas.

Lo negativo tiene una capacidad sorprendente para eclipsar lo positivo y dominar nuestros recuerdos. / Foto: Unsplash

Los resultados del estudio de Robertson confirmaron que la negatividad es el motor principal del consumo de información en la red. La investigación descubrió una métrica muy clara: en un titular de longitud normal, cada palabra negativa que se añade aumenta la probabilidad de que la gente entre a leer la noticia en un 2.3%. En cambio, la presencia de palabras positivas reduce el interés y baja drásticamente el número de clics. Los medios de comunicación conocen perfectamente este comportamiento y, para asegurar su éxito comercial, adaptan sus textos eliminando los enfoques amables y resaltando los elementos más alarmantes, que es lo que nuestro cerebro busca de forma automática.

Esta inclinación natural no solo ha moldeado al periodismo tradicional, sino que también ha sido profundamente aprovechada por la tecnología a través de los algoritmos de las redes sociales. En 2021, una investigación liderada por el científico Steve Rathje, junto a un equipo de la Universidad de Cambridge, se dedicó a estudiar millones de publicaciones en plataformas como Facebook y Twitter. Los expertos querían entender cómo influye la hostilidad y la burla hacia las personas que piensan diferente —especialmente en el ámbito de la política— en la velocidad con la que se difunde un mensaje dentro del entorno digital.

Lo que Rathje y su equipo descubrieron es que las redes sociales están diseñadas para premiar el conflicto. Los datos demostraron que las publicaciones que hablan mal de los opositores políticos o de colectivos contrarios se comparten el doble de veces que aquellas que no lo hacen. Específicamente, el estudio reveló que cada palabra dedicada a criticar a un grupo rival aumenta las probabilidades de que el post sea compartido en un 67%. Como las empresas tecnológicas ganan dinero manteniendo a los usuarios conectados el mayor tiempo posible, sus algoritmos aprenden que la indignación es el mejor gancho, por lo que deciden recomendar y difundir de forma masiva el contenido hostil, creando un entorno donde la agresión resulta rentable.

Las redes sociales están diseñadas para premiar el conflicto. / Foto: Unsplash

El vicio de la curiosidad

Saber que los medios de comunicación y las plataformas digitales se aprovechan de un mecanismo biológico para atraernos y consumir sus contenidos nos lleva a una pregunta. Si esta fijación por lo negativo nace de una inclinación natural de nuestro sistema nervioso, ¿significa que está bien dejarnos llevar por ella? ¿Es simplemente una reacción neutral de la que no somos responsables?

Para responder a esto, resulta útil analizar un caso análogo: el deseo sexual. Los impulsos sexuales son naturales y fueron diseñados por Dios como algo bueno dentro de Sus propósitos. Sin embargo, la industria del entretenimiento conoce perfectamente la fuerza de este apetito y lo explota de forma deliberada para generar ganancias, dando origen a la inmensa industria de la pornografía. El hecho de que un deseo tenga una base biológica no significa que su consumo descontrolado sea moralmente inofensivo.

Esta relación entre los apetitos del cuerpo y el deseo de consumir imágenes y noticias alarmantes no es nueva. Ya en el siglo V, mucho antes de la invención de los periódicos o de los algoritmos de internet, Agustín de Hipona identificó que la fascinación por estar expuestos a lo negativo es un problema arraigado en lo profundo del corazón humano. En sus Confesiones, él describió esta necesidad de enterarse de tragedias o desgracias como un vicio del alma, englobándolo bajo el concepto bíblico de la “concupiscencia de los ojos”:

Además de aquella concupiscencia de la carne que consiste en el deleite de todos los sentidos y placeres (…) el alma tiene, a través de los mismos sentidos del cuerpo, un cierto deseo vano y curioso, disfrazado bajo el título de conocimiento y aprendizaje, no de deleitarse en la carne, sino de experimentar a través de la carne. Teniendo su asiento en el apetito del conocimiento, y siendo la vista el sentido principal utilizado para alcanzarlo, en el lenguaje divino se llama “La concupiscencia de los ojos”.

Agustín de Hipona / Imagen: Jusepe De Ribera (1636)

En su análisis, Agustín introduce una distinción clave para entender nuestro comportamiento actual frente a las pantallas: la diferencia entre buscar el placer y buscar la curiosidad. Mientras que el placer nos impulsa a buscar cosas hermosas, sonidos armoniosos o experiencias agradables, la curiosidad nos mueve a buscar justamente lo contrario. Nos atrae lo trágico y lo destructivo, no porque queramos sufrir, sino por el simple impulso de comprobarlo y saberlo. Es exactamente lo que ocurre cuando la gente frena frente a un accidente de tráfico; no hay placer en ello, pero hay una curiosidad enferma:

El placer busca objetos bellos, melodiosos, fragantes, sabrosos, suaves; pero la curiosidad, por el hecho de experimentar, busca también lo contrario, no por el deseo de sufrir una molestia, sino por la concupiscencia de experimentar y conocer las cosas. Porque, ¿qué placer tiene ver en un cadáver destrozado lo que te hará estremecer? Y, sin embargo, si está cerca, la gente acude allí para entristecerse y palidecer.

El peligro espiritual de este vicio no radica únicamente en el acto de mirar algo desagradable o alarmante, sino en el efecto silencioso que produce en la mente. Cada vez que cedemos a la tentación de consumir la indignación del día o el último escándalo de la red, nuestro corazón es arrastrado lejos de los pensamientos profundos, santos y significativos que deberíamos estar cultivando. La curiosidad vacía fragmenta la atención. Agustín confiesa cómo las distracciones más pequeñas de la cotidianidad lograban apartar su mente de la contemplación de Dios:

Ya no voy al circo a ver a un perro perseguir a una liebre; pero en el campo, si voy pasando, esa persecución tal vez me distraerá incluso de algún pensamiento profundo y me arrastrará tras ella: no es que desvíe el cuerpo de mi cabalgadura, pero aun así inclino mi mente hacia allá. Y a menos que Tú [Dios], habiéndome hecho ver mi debilidad, me amonestaras prontamente (…) me quedo allí torpemente clavado.

Las distracciones más pequeñas de la cotidianidad pueden apartar nuestra mente de la contemplación de Dios. / Foto: Unsplash

Bajo esta perspectiva, el consumo constante de negatividad deja de ser un simple hábito digital inofensivo. Se revela como una indisciplina del alma que alimenta el desorden interno, usando una inclinación biológica como excusa para mantener la mente fija en la corrupción del mundo en lugar de elevarla hacia su Creador.

La custodia de nuestros afectos

Asociar directamente el consumo de noticias negativas con el pecado en la vida cristiana sería exagerado y caería en el legalismo. No se trata de prohibir la lectura de las noticias ni de esconderse en un optimismo ciego que ignore la realidad. Al final, vivimos en un mundo donde ocurren tragedias, las malas noticias son reales y hay muchas formas de pensar diferentes a la nuestra. Intentar ignorar el dolor del entorno no produce mayor santidad, sino simplemente una menor consciencia de la realidad.

El verdadero valor de entender nuestro sesgo hacia lo malo, y cómo los medios se aprovechan de eso para ganar dinero, nos ayuda a ser más conscientes de lo que permitimos que entre en nosotros. Por pura inercia, al revisar las noticias o entrar a las redes sociales, la mente se llena de contenido pesado y conflictivo. De ahí que sea tan útil prestar atención al tono de lo que decidimos escuchar y observar cómo nos afecta por dentro. Como bien lo notó Agustín en sus Confesiones, el problema real no es el hecho físico de ver cómo el perro persigue a la liebre en el campo, sino perder ese pensamiento bello y profundo que se llevaba en el corazón durante la cabalgata. Las pantallas de hoy, al igual que esa liebre, son expertas en robarnos la atención.

Ejemplar de la primera edición de Afectos religiosos, de Jonathan Edwards. / Imagen: First Edition

En la misma línea, Jonathan Edwards reflexionó sobre cómo el corazón se inclina hacia lo que es bueno, especialmente hacia Dios. En su libro Afectos religiosos, aclara que la vida espiritual no se compone de emociones pasajeras, sino que los afectos “no son otra cosa que los ejercicios más vigorosos y tangibles de la inclinación y la voluntad del alma”. Para él, nuestra mente nunca procesa la información de forma neutral; ante cada cosa que vemos, el corazón toma una postura. Él afirma que “esta es la facultad por la cual el alma no contempla las cosas como un espectador indiferente y no afectado; más bien, hace que al alma le gusten o le desagraden; que se complazca o se disguste por ellas”.

Así, el consumo diario de indignación y peleas en internet deja una huella en nosotros. Edwards describe una ley constante de la mente: “Así como solo el alma piensa, así también solo el alma ama u odia, se regocija o se aflige por aquello en lo que piensa”. Cuando alimentamos los pensamientos todo el tiempo con la hostilidad del mundo virtual, el corazón termina acostumbrándose a la amargura. La vida cristiana no significa aislarnos de la realidad, sino aprender a mantener la calma frente al imán del morbo. 

Al final, cuidar lo que miramos no es una regla estricta para evitar un pecado, sino una forma madura de proteger nuestra paz. Así guardamos ese espacio donde el alma puede descansar en Dios y dejamos que nuestros afectos se llenen de lo “todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable” (Fil 4:8).


Referencias y bibliografía

Here’s what happened when a news site only reported good news for a day | Quartz 

If it bleeds, it leads: Crime reporting | IC4ML 

Negativity bias | The Decision Lab 

Negative information weighs more heavily on the brain: the negativity bias in evaluative categorizations | Ito TA, Larsen JT, Smith NK, Cacioppo JT 

Cross-national evidence of a negativity bias in psychophysiological reactions to news | Soroka, S., Fournier, P., & Nir, L.

Negativity bias, negativity dominance, and contagion | Paul Rozin y Edward Royzman 

Kodak | Wikipedia 

Negativity drives online news consumption | William Robertson 

Out-group animosity drives engagement on social media | Rathje S, Van Bavel JJ, van der Linden S.

Confesiones de Agustín de Hipona | Christian Classics Ethereal Library 

Afectos religiosos de Jonathan Edwards | Jonathan-Edwards.org

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Es pastor de la Iglesia Familia Fiel en Cajicá. Es Licenciado en Filología Inglesa y Magíster en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia. Está casado con Laura y es padre de Catalina.

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