Una de las tendencias más alentadoras en el cristianismo evangélico en los últimos años ha sido un énfasis renovado en la práctica bíblica de la meditación. Autores como Tom Schwanda, David Saxton y David Mathis han ayudado a reintroducir esta práctica, a menudo descuidada, a los lectores evangélicos. Según David Mathis, la meditación es “tal vez la más incomprendida y subestimada de las disciplinas en la Iglesia de hoy”. Mi propia crianza evangélica ciertamente coincide con esta evaluación. A pesar de las frecuentes exhortaciones a leer la Biblia y a orar, no recuerdo ninguna mención de la meditación. Y, sin embargo, como señala acertadamente Mathis, la meditación “es el punto culminante de recibir la Palabra de Dios”.
A diferencia del concepto secular de meditación que se ha vuelto increíblemente popular en los últimos años, la meditación en el sentido bíblico no tiene nada que ver con técnicas de respiración, posturas corporales y vaciar la mente. Más bien, cuando hablamos de meditación cristiana —el tipo practicado por los santos bíblicos y recomendado en el Salterio— nos referimos a una reflexión enfocada en Dios y en las cosas de Dios. La meditación es una contemplación deliberada y santificada de quién es Dios, de lo que Él ha hecho y de lo que promete hacer en el futuro.
Lo vemos modelado por María en el Evangelio de Lucas cuando, después de escuchar el informe de los pastores sobre las promesas de Dios con respecto al niño Jesús, ella “guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2:19). La Biblia retrata constantemente esta actividad como un deber y un deleite. En el Salmo 63, por ejemplo, David satisface los anhelos más profundos de su alma a través de una reflexión consciente sobre la fidelidad y la bondad de Dios:
Como con médula y grasa está saciada mi alma;
Y con labios jubilosos te alaba mi boca.
Cuando en mi lecho me acuerdo de Ti,
En Ti medito durante las vigilias de la noche (Sal 63:5-6).
Aquí, como en cualquier otra parte de la Escritura, la meditación es el medio clave a través del cual nos apropiamos de la verdad de Dios y nos beneficiamos de ella. Es el conducto vital a través del cual el conocimiento de Dios fluye de la cabeza al corazón.

Legado de la Reforma
Aunque la meditación a menudo ha sido discutida con menos frecuencia entre los evangélicos modernos, históricamente la práctica ha sido muy valorada entre los protestantes con mentalidad de Reforma, quienes la han colocado constantemente junto con la lectura de la Escritura y la oración como una de las tres disciplinas fundamentales que juntas constituyen los medios a través de los cuales disfrutamos de la comunión personal con el Dios vivo. Por eso, cuando, por ejemplo, los fundadores de Princeton Theological Seminary establecieron las pautas para la conducta de los estudiantes en 1812, enumeraron la meditación como un requisito fundamental para todos los seminaristas:
Se espera que cada estudiante del Seminario Teológico pase una parte del tiempo cada mañana y cada noche en ferviente meditación, y recogimiento y examen propios; en la lectura de las Sagradas Escrituras únicamente con el fin de una aplicación personal y práctica del pasaje leído a su propio corazón, carácter y circunstancias, y en oración humilde y ferviente, y alabanza a Dios en secreto.
Al encomiar la meditación de esta manera, el liderazgo del antiguo Princeton simplemente estaba siguiendo la tradición reformada más amplia, en la cual encontramos un compromiso constante con la meditación como un medio clave que Dios ha elegido para edificarnos en la fe.
Los puritanos ingleses en particular insistieron en que la meditación era esencial para la piedad personal. Por ejemplo, el ministro John Ball (1585-1640) argumentó que sin la meditación “una vida cristiana no puede sostenerse”. Del mismo modo, Thomas Watson (1620-1686) afirmó que la meditación es “un deber en el que radica el corazón mismo y la esencia vital de la religión”. Para estos pastores y teólogos, la meditación estaba claramente ordenada en la Escritura y era vital para el florecimiento espiritual. Ellos entendían que el hombre “bienaventurado” del Salmo 1 era aquel cuyo “deleite” está “en la ley del Señor… Y en Su ley medita de día y de noche” (Sal 1:1-2).

Generalidad protestante, especificidad católica romana
Aunque la importancia de la meditación fue expresada claramente por estos autores, lo que la práctica debería implicar con precisión ha sido menos claro. No es que los autores puritanos no escribieran largo y tendido sobre la meditación; ciertamente lo hicieron, como lo demuestran tratados como la extensa obra de Nathanael Ranew de 1670, Solitude Improved by Divine Meditation (La soledad mejorada por la meditación divina).
Sin embargo, en sus descripciones de la meditación, evitan visiblemente proporcionar al lector instrucciones detalladas sobre cómo se debe meditar. Como observa el historiador Alec Ryrie, estos autores “evitaron escrupulosamente ser prescriptivos”. Así que, mientras uno encuentra página tras página elogiando la meditación y analizando sus beneficios espirituales, no se encuentra mucho en forma de una guía práctica concreta.
Esta falta de especificidad puede resultar frustrante para los lectores que están convencidos de la importancia de la meditación, pero no están seguros de cómo proceder. Como señala un erudito, en la literatura devocional puritana la palabra “meditación” se usa a menudo sin “mucha precisión de significado”, pareciendo a veces sugerir “poco más que ‘pensamientos sobre’”.

Además, la reticencia puritana a dar detalles sobre los aspectos prácticos de la meditación contrasta fuertemente con los escritos católicos romanos sobre el tema. Muchas obras católicas romanas sobre la meditación son mucho más específicas y prescriptivas que sus contrapartes protestantes, y a menudo presentan numerosas etapas, pasos y niveles que deben alcanzarse en secuencia.
Considere, por ejemplo, los influyentes escritos espirituales del abad benedictino español García de Cisneros (1455–1510). Su Libro de ejercicios espirituales (1500) —que pasaría a influir profundamente en la obra de Ignacio de Loyola (1491–1556)— describe un proceso de tres semanas en el que se detalla un método de meditación con considerable minuciosidad. Se prescriben palabras específicas, que siguen una secuencia determinada y van acompañadas de movimientos y gestos. El programa de tres semanas se divide en tres partes principales —la Vía de la Pureza, la Vía de la Iluminación y la Vía de la Unión—. Cada una de estas tres partes se subdivide aún más. La Vía de la Unión, por ejemplo, admite “seis grados de amor unitivo (…) que terminan en el éxtasis”.
Un autor católico describe los ejercicios de Cisneros como la formación de “una especie de manual científico para guiar al alma hacia adelante en el camino de Dios, no al azar, sino por aquellos pasos que (…) forman el sendero habitual que se debe recorrer”. Aquellos que leyeran el Libro de ejercicios espirituales y lo tomaran en serio podrían avanzar paso a paso a través del programa y nunca sentirse perdidos sobre qué hacer exactamente a continuación.
Entre los autores puritanos, no se encuentra nada tan específico. Thomas Manton (1620–1677) es más representativo en el enfoque de la Reforma hacia la meditación cuando advierte contra cualquier tendencia a “frenar al espíritu libre con las reglas del método”. Al igual que otros autores reformados, Manton evita las “direcciones arbitrarias” y las prescripciones: “No prescribimos, sino que aconsejamos”. Esta negativa, aparentemente obstinada, a proporcionar el tipo de instrucción específica que los lectores podrían desear, plantea varias preguntas.

Primero, ¿por qué es este el caso? ¿Es solo la forma en que resultaron las cosas, o hay algo intrínseco en la lógica del protestantismo y del catolicismo romano que haría que estos dos enfoques fueran apropiados y naturales para cada uno? Y luego, segundo, si uno cree, como yo, que el enfoque protestante es más fiel bíblicamente, ¿por qué tendríamos motivos para celebrar, en lugar de lamentar, el silencio prescriptivo de nuestros antepasados de la Reforma?
Para comprender la diferencia entre los enfoques católico y protestante de la meditación, podemos considerar dos puntos distintos pero interrelacionados: primero, el enfoque de cada tradición hacia la Escritura, y segundo, la manera en que cada tradición ha entendido el propósito más amplio de la meditación misma.
Principio de la sola Scriptura
En primer lugar y de manera más clara, el compromiso protestante con la sola Scriptura afecta el comentario protestante sobre la meditación al colocar límites claros a lo que los pastores y teólogos pueden prescribir. Al afirmar, como lo expresa la Confesión de Westminster (1646), que “todo el consejo de Dios tocante a todas las cosas necesarias para Su propia gloria, la salvación del hombre, la fe y la vida” se encuentra en la Palabra de Dios y que “nada se ha de añadir en ningún tiempo, ya sea por nuevas revelaciones del Espíritu o por tradiciones humanas”, los teólogos protestantes restringieron conscientemente su autoridad para que se extendiera únicamente hasta donde llegan las Escrituras mismas.
Por lo tanto, un pastor no puede ligar la conciencia exigiendo a los cristianos que participen en alguna actividad o práctica espiritual más allá de lo que se enseña claramente en la Biblia. Hacerlo sería legalismo y equivaldría a cometer el pecado de los fariseos en los días de Jesús, cuando ellos solían “atar cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponían sobre las espaldas de los hombres” (Mt 23:4).

La historia de la Reforma proporciona muchos ejemplos de esta lógica en acción. Por ejemplo, los reformadores a menudo se quejaban de la imposición de días de ayuno obligatorios por parte de la Iglesia medieval. Su argumento no era contra el ayuno per se, sino más bien contra la práctica de los oficiales de la Iglesia quienes, actuando en su capacidad oficial, extendían su autoridad más allá de los límites bíblicos y exigían que la gente obedeciera mandamientos que no se encontraban en la Escritura.
Del mismo modo, el historiador Peter Marshall informa que una queja común contra los sacerdotes de la Baja Edad Media en Inglaterra era, citando una fuente de la era moderna temprana, su inclinación a “incitar a las esposas de los hombres a la insensatez”. Marshall explica que esta frase probablemente se refería a “la práctica de exhortar a las esposas a negarse a dormir con sus esposos en ciertos tiempos y épocas sagradas, principalmente durante la Cuaresma”. Así que, de nuevo, la objeción de la Reforma aquí no era a la idea de que las parejas casadas se abstuvieran voluntariamente por un período per se (Pablo sugiere algo como esto en 1 Co 7:5). Más bien, el problema era que los oficiales de la Iglesia estaban ligando las conciencias con respecto a detalles concretos, especificando días y duraciones durante los cuales una pareja casada podría “privarse el uno al otro” (1 Co 7:5).
Comprometidos con el principio de la sola Scriptura, los reformadores sostenían que a los oficiales de la Iglesia se les ha dado lo que a menudo se describe como una autoridad “ministerial y declarativa”. Esto significa que los pastores y maestros son solo ministros o administradores de una autoridad que les ha sido confiada; su autoridad legítima se extiende únicamente a declarar lo que Dios ya ha dicho en Su Palabra.
Al aplicar esta lógica a la práctica de la meditación, podemos ver más claramente por qué los escritores puritanos y reformados eran tan reacios a dar descripciones detalladas de cómo meditar exactamente. Su preocupación era evitar ligar inapropiadamente las conciencias de sus oyentes y lectores, y hacer eso con respecto a la meditación significaba que debían evitar dar a entender que se requiere un conjunto de reglas extrabíblicas para una fidelidad real. Elaborar una secuencia de pasos corre el riesgo de sugerir que dicha secuencia debe seguirse para que la meditación sea eficaz y beneficiosa.

Los escritores católicos romanos, por el contrario, no están limitados de la misma manera. Para ellos, la autoridad de la Escritura se encuentra junto a la tradición no escrita de la Iglesia. Como lo expresa el Catecismo de la Iglesia católica, “la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura constituyen un único depósito sagrado de la Palabra de Dios”. A la luz de esto, uno puede comenzar a comprender por qué los teólogos católicos que proponían sistemas elaborados de meditación no sentirían la misma vacilación que históricamente ha limitado a los autores puritanos y reformados.
Propósito de la meditación
Un compromiso con la sola Scriptura probablemente explica la falta de voluntad de la mayoría de los autores reformados de ser tan específicos y prescriptivos como sus contrapartes católicas romanas. Una segunda razón se encuentra en la forma en que las dos tradiciones conceptualizan el papel y el propósito de la meditación.
Para muchos autores católicos, la meditación del tipo encomiado por los puritanos se presentaba como una etapa inicial o preliminar para aquellos que estaban al comienzo de su viaje espiritual. Si la meditación se realiza con éxito, debería llevar al practicante a algo llamado “contemplación”, que es una experiencia más profunda y mística de la presencia de Dios que, a diferencia de la meditación, suele ser sin palabras. El teólogo y escritor espiritual católico romano Louis Bouyer (1913-2004) explica la distinción de la siguiente manera:
La mayoría de los escritores espirituales modernos (…) hacen una distinción radical entre la contemplación y la meditación que la precede. La meditación, laboriosa por naturaleza, es la actividad de los principiantes en la vida espiritual, o de aquellos que aún no han avanzado mucho en ella. Pero normalmente, uno debería alcanzar una fase de progreso espiritual en la que la meditación ya no añade nada, o incluso se vuelve psicológicamente imposible de realizar. Luego, según parece, la contemplación florecerá por sí misma.

Al caracterizar la meditación como una fase introductoria que se debe atravesar en el camino hacia las alturas superiores de la contemplación, los autores católicos tenían una justificación para proporcionar instrucciones detalladas paso a paso, a saber, ayudar a sus lectores a avanzar hacia un nivel superior de actividad espiritual. A falta de tales prescripciones detalladas, ¿cómo podría uno estar seguro de que ese progreso realmente estaba ocurriendo?
Para los autores reformados, por el contrario, la meditación era un fin en sí mismo dado por Dios, destinado a ser practicado y disfrutado por los cristianos en cada etapa de la vida. El corazón regenerado se deleita en la meditación y crece en ese sentido de deleite cuanto más medita. Pero el cristiano nunca avanza más allá de ella hacia algo mejor. De hecho, la idea misma de que uno pueda ir “más allá” de la meditación centrada en la Palabra es inconcebible porque, a este lado de la gloria, meditar en Dios y en las promesas de Dios constituye, en un sentido real, la comunión con Dios mismo.
“La meta y el objetivo global de la meditación”, escribe el pastor y teólogo holandés Wilhelmus à Brakel (1635–1711), es “familiarizarnos con Dios y tener comunión con Él, ya que eso constituye la felicidad del alma”. A lo largo de su explicación de la meditación, à Brakel nunca sugiere que sea una etapa preliminar en el camino hacia una experiencia espiritual más profunda. En su lugar, describe la “meditación espiritual” como “la actividad de una persona piadosa que tiene luz y vida espirituales” y está creciendo cada vez más cerca de su Creador:
Él conoce a Dios y tiene un deseo por Dios; esta es la razón por la cual su corazón se siente atraído repetidamente hacia Dios. Le resultó tan dulce y deleitoso haber visto y gustado algo de Dios que no pudo olvidarlo. Una y otra vez le viene a la mente y desea experimentar esto de nuevo en mayor medida. Tal meditación le da a esta experiencia un nuevo sentido de dulzura y aviva sus deseos.

Esa no es la descripción de algo de lo que uno podría ir más allá, ni querría hacerlo. Si la meta de la meditación es el dominio de la práctica para poder graduarme a un plano superior de experiencia espiritual, entonces una guía práctica detallada tiene más sentido. Pero si la meditación bíblica no es “la actividad de los principiantes en la vida espiritual”, como dijo Bouyer, sino más bien la esencia de la vida espiritual cristiana a lo largo de toda su duración, entonces la idea de proporcionar un conjunto detallado de instrucciones sobre cómo hacerlo “correctamente” no es posible ni deseable. Este sentido permanente de que la meditación —junto con la lectura de la Escritura y la oración— es, de hecho, nuestra comunión con Dios y la sustancia de la vida espiritual, contuvo a los escritores devocionales reformados y frenó cualquier impulso de proporcionar un conjunto de instrucciones excesivamente detallado.
Sin mapa de ruta hacia la santidad
Los cristianos evangélicos que se convierten al catolicismo romano a menudo describen su viaje a Roma en términos de descubrir un mundo más grande, rico y elaborado de práctica y experiencia religiosa. En sus memorias recientes, From Calvinist to Catholic (De calvinista a católico), el filósofo católico romano Peter Kreeft toca esta nota: “El evangelicalismo es necesario, pero no suficiente. Es el fundamento, pero no todo el edificio”. Este sentimiento de que el evangelicalismo es bueno pero incompleto y subdesarrollado es expresado a menudo por aquellos que se vuelven a Roma y se sienten entusiasmados, entre otras cosas, por la inclinación de la tradición espiritual católica hacia programas y métodos elaborados de meditación. Tales conversos no se equivocan al observar que la espiritualidad católica proporciona mapas de ruta más elaborados para la meditación, pero ¿conlleva realmente esa especificidad un camino mejor?
Un principio fundamental para los cristianos con mentalidad de la Reforma es que Dios nos ha dado en Su Palabra todo lo que podríamos necesitar para vivir la vida cristiana. Como lo expresa un maravilloso himno: “¿Qué más puede decir Él de lo que ya Él te ha dicho?”. Aunque a veces queremos más —más detalles, más explicaciones, más especificidad— nuestras vidas están controladas y guiadas por la promesa de que la Palabra de Dios es suficiente. Por ella y a través de ella, Él nos guiará a través de todas las pruebas y dificultades que enfrentaremos en esta vida. Si la meditación es el medio ordenado por Dios a través del cual aplicamos esa Palabra a los detalles particulares de nuestra vida —o, como lo expresó el puritano Richard Greenham (1535–1594), cómo “hacemos nuestro lo que hemos leído”—, entonces ¿cómo podría la práctica admitir alguna vez un método elaborado y completamente detallado?

Los puritanos no prescribieron pasos para la meditación por la misma razón por la que uno no puede prescribir pasos específicos para enamorarse más profundamente de su cónyuge: simplemente no es el tipo de actividad que admite tal instrucción. Puedes hablar de ello, celebrar sus bellezas, advertir sobre sus desafíos y dar pautas generales, pero, en última instancia, no puedes decirle a otra persona exactamente cómo hacerlo porque una dinámica relacional se desarrolla gradualmente a lo largo de toda una vida y se moldea en cada paso por las particularidades de los individuos involucrados. Escucha cómo un grupo de ministros puritanos nos anima a tomar las promesas de Dios y meditar en ellas:
Si quisieras que tu entendimiento fuera iluminado con el conocimiento de Dios, tus afectos inflamados con el amor de Dios, tu corazón afirmado con las promesas de Dios, tu soledad alegrada con la compañía de Dios, tus aflicciones mitigadas con los consuelos de Dios; y si quisieras que tus pensamientos, palabras y obras fueran regulados por el mandato de Dios, ora y considera, ora y medita.
Eso no es la prescripción de una técnica o un método para lograr un cierto tipo de experiencia espiritual. Más bien, es una descripción de todo nuestro peregrinaje cristiano, una descripción de la realidad vivida de una persona unida a Cristo, dependiente del Espíritu y que se esfuerza por glorificar a Dios en todo. La meditación, entonces, representa la asimilación lenta, constante y altamente personal de la verdad de Dios, a través de la cual somos moldeados y transformados diariamente a la imagen de Cristo. Tal actividad no se codifica ni se condensa fácilmente en pasos y reglas, y esa realidad es dada por Dios y para nuestro bien.
Este artículo fue traducido y ajustado por David Riaño. El original fue publicado por Matthew Bingham en Desiring God. Allí se encuentran las citas y notas al pie.
