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A finales de 1786, durante una reunión de ministros bautistas, un joven defendió la necesidad de llevar el Evangelio a otros pueblos. De repente, uno de los ministros mayores lo interrumpió bruscamente: “Joven, siéntate. Eres un entusiasta. Cuando Dios quiera convertir a los paganos, lo hará sin consultarnos ni a ti ni a mí”. Esa respuesta reflejaba una actitud extendida entre muchos cristianos de su tiempo.
Aquel joven era William Carey, quien estaba convencido de que la Gran Comisión seguía siendo una responsabilidad de la Iglesia. Durante los años siguientes insistió en esa idea hasta impulsar la formación de una sociedad misionera y, finalmente, abandonó Inglaterra para establecerse en la India.
Lo que ocurrió después difícilmente pudo haberlo anticipado. Carey enfrentó pobreza, enfermedades, la muerte de varios miembros de su familia, años sin ver un solo convertido y enormes dificultades en la obra misionera. Sin embargo, permaneció en la India durante más de cuatro décadas. Allí participó en la traducción de las Escrituras a numerosas lenguas, impulsó proyectos educativos, se involucró en importantes reformas sociales y ayudó a establecer un modelo de misiones de largo plazo que influyó en generaciones posteriores.
¿Cómo llegó un zapatero autodidacta de un pequeño pueblo inglés a convertirse en una de las figuras más influyentes del movimiento misionero moderno?

Un zapatero con los pies dispuestos a predicar el Evangelio
Como ayudante en el taller del zapatero Clarke Nichols, en Piddington, Inglaterra, la vida de William Carey parecía destinada a la monotonía. Una severa afección en su piel, desarrollada a los 7 años, le impedía trabajar bajo el sol, por lo que sus padres le habían buscado ese oficio bajo techo a sus 14 años. Sin embargo, a los 12 había aprendido latín de manera autodidacta y quizás por eso le interesó un comentario sobre el Nuevo Testamento con fragmentos en griego que descubrió en el negocio. Le pidió prestada una gramática y un glosario griego a un vecino y pronto aprendió el idioma por sí mismo.
Tras la muerte de Nichols, continuó su aprendizaje con Thomas Old en el pueblo de Hackleton, quien pronto se dio cuenta de que la zapatería no era un talento de Carey: “no pretendo que eches a perder más de mi cuero”, le dijo en una ocasión. Pero, reconociendo los verdaderos dones de su joven aprendiz, aceptó tenerlo trabajando a tiempo parcial para que avanzara “tan rápido como puedas con tu latín, griego y hebreo”. Más tarde sumó el francés y el holandés.
Su don con los idiomas era tan evidente como sorprendente, pero su formación oficial fue escasa, pues solo asistió a la escuela primaria del pueblo rural de Paulerspury. Además, su inglés escrito era deficiente en ortografía y puntuación, al punto que un patrocinador le señaló años después la paradoja de que conociera tantos idiomas extranjeros y escribiera tan mal el propio. Con todo, Carey alimentaba su mente con los relatos de su tío Peter —un soldado que le hablaba del Nuevo Mundo— y con las historias de Cristóbal Colón, por las que sus amigos lo apodaban “el aventurero”.

Durante su etapa como aprendiz de zapatero, su compañero John Warr le había compartido el mensaje del Evangelio. Tras tres años de inquietud espiritual y estudio bíblico, y luego de escuchar un conmovedor sermón del pastor Andrew Fuller, Carey experimentó una conversión personal que lo distanció de la rutina formal de la Iglesia de Inglaterra y lo llevó a unirse a los bautistas particulares en el otoño de 1783. Con un celo apasionado, quiso compartir su fe con su familia anglicana, aunque su hermana Polly escribió años después:
A menudo sentí que mi orgullo aumentaba mientras él estaba entregado a la oración, al mencionar esas palabras de Isaías: “nuestras justicias eran como trapos de inmundicia”. No creí que él pensara que las suyas lo fueran, sino que nos veía a mí y a la familia como inmundos, no a sí mismo ni a su grupo.
Polly, William —quien nació el 17 de agosto de 1761— y sus otros tres hermanos habían tenido una infancia humilde: su padre enseñaba lectura básica a los niños de las clases más bajas y trabajaba como sacristán parroquial para sostener a la familia. Su situación económica no mejoró con el tiempo; incluso se puso más crítica tras contraer matrimonio a sus 20 años con Dorothy Plackett, a quien conoció en Hackleton. Pronto nació su primera hija, Ann, pero la pequeña falleció antes de que cumpliera los 2 años. La misma enfermedad afectó a Carey, dejándolo calvo y obligándolo a usar peluca durante una década.

Cuando Old murió, Carey asumió el negocio de zapatería y la manutención de su viuda e hijos a los 22 años. Sin embargo, resultó ser un empresario ineficaz por no cobrar a sus deudores ni cuidar los detalles. Para complementar sus escasos ingresos abrió una escuela nocturna en el pueblo. Su hermana Mary dijo al respecto:
Probablemente tenía mucha menos facultad para enseñar que para adquirir [información]. Y además nunca pudo adoptar la postura, ni pronunciar los tonos […]. Frecuentemente se sonreía de su propia incompetencia…
En medio de sus carencias y debilidades, pero también de los dones con los que el Señor lo había dotado, nadie imaginó que Carey dejaría huella en la historia del cristianismo y de las misiones modernas. ¿Pero de dónde provino la pasión de Carey por la Gran Comisión?
misiones modernas. ¿Pero de dónde provino la pasión de Carey por la Gran Comisión?

“¡Intenten grandes cosas!”: la lucha por la Gran Comisión
Por la misma época en que se convirtió, cayó en sus manos un ejemplar de los viajes del capitán James Cook por el océano Pacífico. Este fue el primer detonante que lo llevó a pensar en la obra misionera. También devoraba libros de geografía y noticias internacionales, e incluso trazó un mapa mundial con varias hojas de papel en el taller de zapatería, donde anotaba la población, la religión y los datos de cada nación.
Hacia el otoño de 1785, una congregación bautista en Moulton que estaba en declive, lo convocó para asumir el liderazgo pastoral. No obstante, el sostenimiento de su hogar se volvió aún más exigente tras la llegada consecutiva de sus tres hijos: Felix, William y Peter. Ante la imposibilidad de dedicarse exclusivamente al ministerio, tuvo que repartir su tiempo entre el púlpito, la confección de calzado y la docencia particular. Su camino hacia la ordenación tampoco fue fácil: en su primer intento, el comité de ordenación lo rechazó porque consideró que su predicación era aburrida y carecía de ilustraciones o “semejanzas”, por lo que le tomó dos años obtener la aprobación.
Mientras tanto, profundizó en la vida religiosa de otras culturas, mantuvo un profundo asombro por los primeros misioneros de Moravia y cada vez se consternaba más por la falta de interés misionero entre sus compañeros protestantes. En respuesta a la apatía generalizada, escribió un célebre texto sobre la obligación que tienen los cristianos de usar medios para la conversión de los paganos. Argumentó que la Gran Comisión de Jesús se aplicaba a todos los cristianos de todos los tiempos. Él dijo: “Las multitudes se sientan tranquilas y no se preocupan por la mayor parte de sus compañeros pecadores, quienes, a este día, se pierden en la ignorancia y en la idolatría”.

Para la primavera de 1791, el ambiente comenzó a cambiar. Tras escuchar dos sermones que respaldaban sus ideas, Carey propuso formalmente fundar una sociedad misionera, y aunque el grupo dudó, le pidieron que predicara en la reunión del año siguiente. Así, el 31 de mayo de 1792, en Nottingham, predicó un histórico sermón basado en Isaías 54:2-3, en el que proclamó la famosa consigna: “¡Esperen grandes cosas! ¡Intenten grandes cosas!”. Al ver que los ministros se disponían a finalizar la sesión sin tomar acuerdos, Carey agarró el brazo de Andrew Fuller y le rogó: “¿Es que no se va a hacer nada otra vez?”.
Su pasión prevaleció. El 2 de octubre de 1792, doce ministros fundaron en Kettering la Sociedad Misionera Bautista “para la propagación del Evangelio entre los paganos, de acuerdo con las recomendaciones de la Investigación de Carey”. Poco después, ellos conocieron a John Thomas, un excirujano bautista que había vivido en Bengala y buscaba patrocinio para regresar como misionero. En enero de 1793, acordaron patrocinarlo y le preguntaron a Carey si iría como su compañero; él dio una respuesta rotundamente afirmativa.
La decisión desató obstáculos que parecían insuperables: su iglesia se opuso, su padre lo llamó loco y su esposa Dorothy, con cinco meses de embarazo, se negó inicialmente a acompañarlo. Además, la Compañía de las Indias Orientales prohibía la entrada de misioneros en Bengala. Pero, a pesar de la falta de fondos y las pruebas, en cuestión de meses, Thomas, Carey y su familia —incluida su cuñada Kitty— viajaron en un barco danés rumbo a la India. William arrojó al océano la peluca que llevaba desde joven para no usarla nunca más, sin saber que tendría que despojarse de mucho más en aquella misión.

Extraño en tierra desconocida
Desde su llegada, el proyecto misionero enfrentó serios obstáculos. Al no contar con permisos de entrada, el capitán los desembarcó en un bote de pesca y flotaron por el río Ganges hasta llegar a Calcuta el 11 de noviembre de 1793. En la práctica, eran inmigrantes ilegales y los primeros meses en ese territorio lejano fueron de extrema precariedad. Tras una mudanza fallida, la familia Carey terminó viviendo en una casa ruinosa a las afueras de Calcuta, en una zona pantanosa, infestada de malaria y frecuentada por ladrones. Mientras tanto, con los acreedores pisándole los talones, Thomas abandonó a su compañero para intentar restablecer su práctica médica.
Dorothy y su hermana Kitty se impacientaron: “están continuamente clamando contra mí”, escribió Carey. “Piensan que es muy duro que [Thomas] viva en la ciudad, de manera próspera, y ellas se vean obligadas a ir a un desierto y vivir sin muchas de las cosas que llaman necesarias para la vida, el pan en particular”. Poco después, le pidió a Thomas su parte de los fondos de la misión para financiar una nueva mudanza, pero descubrió que había gastado todo en su negocio, por lo que tuvo que buscar la forma de sostener a su familia.
A pesar del desánimo, siguió estudiando bengalí y utilizó parte de sus escasos recursos para contratar a un maestro o pundit. En pocas semanas comenzó a predicar en pequeñas reuniones por medio de un intérprete y emprendió una primera traducción de la Biblia. Poco después, consiguió dinero prestado para trasladar nuevamente a su familia con la ayuda de Thomas, quien terminó regresando a la labor misionera. Ambos aceptaron trabajar como administradores de una fábrica de índigo en Mudnabatti, lo cual les proporcionó sustento, pero también les permitía regularizar su estadía en la región. Para Carey, aquella fue la quinta mudanza en apenas siete meses.

Sin embargo, allí las enfermedades y el desánimo golpearon con mayor fuerza a la familia. Dorothy volvió a sufrir de disentería y Carey contrajo malaria. Lo más desgarrador ocurrió a principios de octubre de 1794, cuando su hijo Peter murió de disentería a los 5 años. La tragedia fue aún más amarga al no encontrar a ningún habitante local dispuesto a cargar el ataúd del niño, pues hacerlo implicaba perder la casta.
Dorothy nunca se recuperó del golpe. Durante los meses siguientes su salud mental se deterioró rápidamente, hasta que, años después, empezó a sufrir severos delirios y acusar a Carey de adulterio. Los diarios del misionero reflejan la angustia de ese periodo: “Este es verdaderamente el valle de sombra de muerte para mí […]. ¡Oh, qué daría por un amigo amable y empático, como los que tenía en Inglaterra, a quien pudiera abrirle mi corazón!”. A pesar de todo, se aferró a su fe y perseveró en su llamado:
…tengo a Dios, y Su Palabra es segura. […] Durante mucho tiempo mi boca ha estado cerrada, y mis días se han nublado de pesadez; pero ahora empiezo a ser algo así como un viajero que casi ha sido derrotado en una violenta tormenta, y que, con todas sus ropas chorreando agua, ve que el cielo empieza a despejarse. […] Me alegro de estar aquí, a pesar de todo; y Dios está aquí, quien no solo puede tener compasión, sino que es capaz de salvar hasta lo sumo.

Durante el día supervisaba a casi 100 empleados en la fábrica y por la noche se entregaba al estudio del bengalí —más tarde del sánscrito— y a la traducción de las Escrituras. En enero de 1795 ya podía predicar durante media hora en bengalí y, para la primavera de 1797, había completado la traducción del Nuevo Testamento a ese idioma. Junto a Thomas también estableció dos escuelas para niños locales. Sin embargo, la colaboración entre ambos terminó quebrándose: tiempo después, su compañero abandonó nuevamente la misión para dedicarse al negocio del ron.
“El Sr. Thomas se ha ido lejos y mis problemas domésticos son a veces demasiado pesados para mí. Estoy angustiado, pero sostenido, y confío que no totalmente muerto en las cosas de Dios”, le escribió a Fuller en enero de 1798. ¿A qué problemas domésticos se refería? Sus ocupaciones y el deterioro mental de su esposa generaron consecuencias negativas en sus cuatro hijos. Además, el dueño de la fábrica en la que trabajaba cerró, por lo que fue necesaria otra mudanza, esta vez a Kidderpore, donde el propio Carey inició su propia fábrica de índigo.
La situación comenzó a mejorar en octubre de 1799, cuando Carey fue invitado a establecerse en Serampore, un asentamiento bajo la protección de la Corona de Dinamarca cerca de Calcuta, donde se le permitió predicar legalmente y dejar atrás las restricciones de las autoridades británicas. Allí se unieron a la labor William Ward y Joshua y Hanna Marshman, conocidos como el Trío de Serampore. La estabilidad financiera y operativa de la misión mejoró considerablemente: Ward obtuvo contratos de impresión, los Marshman abrieron escuelas para niños y educaron a los hijos de Carey, quien en abril de 1801 fue nombrado maestro de bengalí y sánscrito en el Fort William College de Calcuta, donde luego llegó a ser profesor.

En diciembre de 1800, tras siete años de ardua e infatigable labor misionera, Carey bautizó a su primer converso, Krishna Pal, y dos meses después publicó la primera edición del Nuevo Testamento en bengalí. Con este trabajo y las ediciones posteriores, Carey y sus colegas contribuyeron de manera importante al estudio y la consolidación del bengalí moderno, que hasta entonces carecía de una tradición literaria plenamente estandarizada
Una obra mucho más grande
En el año 1800, el Trío de Serampore estableció una imprenta en el asentamiento danés en el que funcionaba la misión, con Ward ejerciendo rol bastante representativo, pues tenía experiencia como impresor. En el local se guardaban diccionarios, gramáticas, libros de consulta y, sobre todo, manuscritos y traducciones de la Biblia en las que Carey y sus colaboradores habían trabajado durante años.
Lastimosamente, el 11 de marzo de 1812, mientras Carey se encontraba en Calcuta, un incendio destruyó gran parte de la imprenta. Manuscritos irremplazables fueron consumidos por el fuego, entre ellos traducciones de literatura sánscrita y buena parte de un extenso diccionario políglota. Sin embargo, no todo se perdió: algunos de los elementos necesarios para la impresión pudieron salvarse. La noticia del incendio se difundió fuera de la India y despertó una amplia respuesta de apoyo. Llegaron contribuciones desde distintos lugares y, seis meses después, la misión había logrado reanudar las impresiones.
Para entonces, las aspiraciones de Carey eran enormes. En 1806 había escrito a Andrew Fuller que esperaba traducir e imprimir la Biblia en todos los principales idiomas de la India en un plazo de quince años. Algunos consideraron demasiado ambicioso su proyecto, pero él continuó hasta publicar en 1808 el Nuevo Testamento en sánscrito. Durante los siguientes 28 años, él y los expertos indios que trabajaban a su lado tradujeron la Biblia completa al bengalí, oriya, maratí, hindi, asamés y sánscrito, además de partes de las Escrituras a otros 29 idiomas y dialectos. Al mismo tiempo trabajaron en gramáticas y traducciones de obras de la literatura india. El alcance fue extraordinario, aunque no todas aquellas versiones tuvieron la misma calidad: algunas eran rígidas y difíciles de comprender, por lo que necesitaron revisiones posteriores.

Pero el ministerio de Carey no se limitó a la traducción. Se involucró activamente en la lucha contra el infanticidio, el sati —la práctica de inmolar a una viuda tras la muerte de su esposo— y otras formas de muerte ritual de ancianos y enfermos. Recurrió a pundits y textos religiosos para estudiar el supuesto fundamento del sati, recopiló información sobre su frecuencia y presionó durante años para que las autoridades intervinieran.
En 1802 el gobierno colonial prohibió ciertas formas de sacrificio de niños y, después de una larga campaña en la que también participaron reformadores indios, el gobernador general Lord William Bentinck declaró ilegal el sati en 1829. Cuando Carey recibió el texto de la nueva regulación, consideró tan urgente su publicación en bengalí que dejó sus responsabilidades habituales de ese domingo para trabajar de inmediato en la traducción; dijo que si tardaba un minuto más en hacerlo, otro inocente podría morir.
Junto con Marshman y Ward, también fundó el Serampore College en 1818, con el propósito de ofrecer educación en artes y ciencias a ciudadanos indios para el ministerio cristiano. La institución continúa funcionando hasta hoy. Su influencia, además, se extendió mucho más allá de la India y alcanzó al movimiento misionero del siglo XIX, que inspiró a misioneros como Adoniram Judson, Hudson Taylor y David Livingstone, entre miles de personas más. El ejemplo de Carey influyó profundamente en una generación de cristianos que comenzó a mirar más allá de sus propias fronteras y a pensar las misiones como una labor de largo plazo.

Pérdida y legado
A pesar de estos valiosos logros, fueron varias las pérdidas que Carey sufrió durante sus años de incansable trabajo. Dorothy murió el 7 de diciembre de 1807 y su segunda esposa, Charlotte Rumohr —con quien se casó el 9 de mayo de 1808— falleció el 30 de mayo de 1821, tras trece años de matrimonio. Este suceso lo afectó profundamente; lo describió como “la mayor pérdida doméstica que un hombre puede sufrir”. El 22 de julio de 1822 Carey contrajo matrimonio por tercera vez, con Grace Hughes, quien lo sobrevivió. También se sumaron las muertes de otros de sus hijos y de compañeros cercanos de la misión.
Carey nunca tomó vacaciones de su trabajo ni regresó a Inglaterra, es decir, permaneció en la India hasta el último día de su vida: el 9 de junio de 1834, 40 años después de su llegada. Su ministerio apenas había dejado como fruto 700 conversos indios hacia sus últimos años, una cifra modesta frente a una población de millones. El propio equipo de Serampore era consciente de que la traducción, la educación y la administración habían ocupado una parte cada vez mayor de su tiempo. Por eso, el legado de Carey no puede medirse solamente por el número de conversiones, sino por los otros proyectos que lideró en medio de sacrificios, trabajo duro y, sobre todo, una fe que lo llevaba a reconocer su debilidad para ser fortalecido en el Señor.
Mientras en Occidente una gran mayoría vivimos un cristianismo cómodo y complaciente, millones de personas viven sin conocer el Evangelio y no tienen acceso a la Palabra de Dios en su propio idioma. Por eso, la vida, la obra y el ejemplo de William Carey son más pertinentes que nunca. ¿Cuál es la lección más grande que te deja conocer su historia y ministerio? ¿Por qué crees que la Iglesia de hoy no se compromete lo suficiente con las misiones de largo plazo?
Referencias y bibliografía
Christian History, Issue 36, William Carey: 19th c. Missionary to India | Christianity Today
