Un discurso es notorio en medio de nuestra cultura contemporánea, especialmente al navegar por las redes sociales: se nos dice que el éxito es el estándar, que el dolor es un error del sistema y que la felicidad es un derecho que debemos gestionar a través de técnicas psicológicas o del consumismo. Sin embargo, para cualquiera que haya caminado por el valle de sombra de una enfermedad o una pérdida inesperada, estas filosofías terminan siendo un refugio de papel. En medio de la confusión de voces que intentan explicar —o ignorar— la adversidad, surge la necesidad de entender el sufrimiento no como un accidente, sino como una parte coherente de nuestra historia humana y espiritual.
Incluso dentro de la Iglesia, a veces nos seducen “falsos evangelios” que sugieren que la fe es un escudo contra la aflicción. No obstante, al abrir las Escrituras, encontramos una promesa radicalmente diferente. La noche en que Jesús se preparaba para enfrentar la agonía de la cruz, no les prometió a Sus discípulos una vida de privilegios, sino que les lanzó una advertencia llena de honestidad: “En este mundo van a sufrir, pero anímense, yo he vencido al mundo” (Jn 16:33, NBV). Esta tensión entre la realidad del dolor y la victoria de Cristo es el eje sobre el cual Timothy Keller construye una de sus obras más necesarias y profundas: Caminando con Dios a través del dolor y el sufrimiento.
En este libro, publicado en Latinoamérica por la editorial Poiema, Keller enfrenta la milenaria pregunta: ¿por qué un Dios bueno y soberano permite la existencia del mal? Además, expone por qué la cosmovisión secular occidental es, paradójicamente, una de las más débiles de la historia para ayudarnos a sufrir con sentido. Este material podría ser una brújula teológica que nos permita ver cómo el cristianismo, a diferencia de otras religiones o del materialismo ciego, otorga al dolor un propósito redentor.
Presentamos a continuación un extracto del capítulo “Las culturas del sufrimiento”, donde Keller analiza cómo las distintas culturas nos entrenan para la batalla de la vida. Es una invitación a dejar de ser víctimas de nuestras miserias para comenzar a ser edificados por ellas, recordando que el centro de nuestra fe no es una idea, sino un Hombre de Dolores que caminó el mismo sendero que nosotros recorremos hoy.

Entrenado para el sufrimiento
“¿Qué sentido tiene?”, preguntó mi padre mientras moría.
El sufrimiento parece destruir tantas de las cosas que le dan sentido a nuestras vidas que en ocasiones nos hace pensar que es imposible seguir hacia adelante. En las últimas semanas de su vida, mi padre enfrentó una serie de enfermedades dolorosas a la vez. Padecía de insuficiencia cardiaca congestiva y de tres tipos de cáncer, aparte de lidiar con problemas en la vesícula, enfisema y ciática. En una ocasión le dijo a un amigo: “¿Qué sentido tiene?”. Estaba muy enfermo como para hacer las cosas que le daban sentido a su vida, así que ¿para qué continuar?

En el funeral de mi padre, su amigo nos relató cómo le recordó amablemente a mi padre algunos de los temas básicos de la Biblia. Le dijo que si Dios aún lo quería en este mundo era porque aún tenía cosas por hacer a favor de los que le rodeaban. Jesús soportó con paciencia un sufrimiento infinitamente mayor por amor a nosotros, así que podemos ser pacientes cuando nos toque sufrir por Él. Y el cielo enmendará todas las cosas. Estas breves palabras, expresadas con gran compasión, reconectaron a mi padre con la fe cristiana que había conocido durante años. Restauraron su espíritu para enfrentar sus últimos días.
Profundizaremos en esos recursos cristianos más adelante, pero ahora solo es necesario entender esto: nada es más importante que aprender a mantener una vida de propósito en medio del dolor y la adversidad.
Una de las principales formas en que una cultura sirve a sus miembros es ayudándoles a enfrentar la maldad y la adversidad. El filósofo Max Scheler escribió: “Una parte esencial de las enseñanzas y directrices de los grandes pensadores filosóficos y religiosos del mundo ha sido acerca del significado del dolor y el sufrimiento”. Scheler siguió argumentando que cada sociedad ha elegido alguna versión de estas enseñanzas para proveer a sus miembros “instrucciones (…) para enfrentar correctamente el sufrimiento—para aprender a sufrir adecuadamente (o a evitar el sufrimiento)”. Los sociólogos y antropólogos han analizado y comparado las diversas maneras en que las culturas entrenan a sus miembros para el sufrimiento, el dolor y la pérdida, y se ha demostrado que nuestra cultura contemporánea, secular y occidental es una de las más débiles de la historia respecto a este punto.

Todos los seres humanos tenemos “una fuerza interna que nos mueve a querer comprender el mundo como un cosmos significativo y establecer nuestra posición respecto a él”. Esto también aplica para el sufrimiento. El antropólogo Richard Shweder escribió: “Aparentemente los seres humanos desean ser edificados por sus miserias”. El sociólogo Peter Berger escribió que cada cultura ha provisto una “explicación de los eventos humanos que le dan sentido a las experiencias del sufrimiento y de la maldad”. Notemos que Berger no dice que a las personas se les enseña que el sufrimiento es bueno o significativo. (Esto se ha intentado en diversas ocasiones, pero esa perspectiva es vista como una forma de masoquismo filosófico). Lo que Berger quiere expresar es la importancia de que las personas vean cómo la experiencia del sufrimiento no tiene que ser un desperdicio, pues aunque sea dolorosa, podría ser una buena oportunidad para vivir bien.
Debido a esta profunda “fuerza interna” que tienen los humanos, cada cultura debe ayudar a su gente a enfrentar el sufrimiento, o correrán el riesgo de perder su credibilidad. Cuando no se da ninguna explicación (cuando el sufrimiento es percibido como algo que no tiene sentido y como un completo desperdicio del que no podemos escapar), las víctimas pueden desarrollar una profunda ira y un odio tóxico que Friedrich Nietzsche, Max Weber y otros llamaron ressentiment (resentimiento). Este ressentiment puede conducir a una gran inestabilidad social. Así que, en términos sociológicos, cada sociedad debe proveer un “discurso” a través del cual las personas puedan encontrarle un sentido al sufrimiento. Ese discurso debe incluir cierta explicación de las causas del dolor y de las maneras en que podemos responder apropiadamente al mismo. Con este discurso la sociedad puede preparar a su gente para las batallas que enfrentarán en este mundo.
Sin embargo, no todas las sociedades hacen esto igual de bien. Nuestra propia sociedad occidental contemporánea no provee a sus miembros una explicación del sufrimiento, y ofrece muy poca ayuda para lidiar con el mismo. El 25 de diciembre de 2012, solo unos días después del tiroteo en la escuela Sandy Hook de Newtown, Maureen Dowd publicó su columna en el New York Times bajo el título “¿Por qué, Dios?”, e incluyó la respuesta de un sacerdote católico a la masacre.

Casi inmediatamente hubo cientos de respuestas a la columna. La mayoría no estaba de acuerdo con ella, pero por razones extremadamente diferentes. Algunos se aferraban a la idea del karma, diciendo que el sufrimiento del presente era un pago por pecados de vidas pasadas. Otros hacían referencia a la naturaleza ilusoria del mundo material, idea que proviene del budismo. Otros aceptaban la perspectiva cristiana tradicional del cielo como un lugar de reunión con los seres amados, lo cual es un consuelo mientras sufrimos aquí en la tierra. Algunos señalaban que el sufrimiento nos hace más fuertes, idea que refleja la posición de los pensadores estoicos y paganos de la antigüedad. Otros añadían que como este mundo es todo lo que tenemos, cualquier consuelo “espiritual” debilita la respuesta correcta al sufrimiento, es decir, la acción necesaria para erradicar los factores que lo causaron. Según esta perspectiva, la única respuesta correcta al sufrimiento era hacer del mundo un mejor lugar.
Las respuestas a la columna fueron evidencia de que nuestra propia cultura no nos provee las herramientas para lidiar con la tragedia. Quienes respondieron tuvieron que mirar hacia otras culturas y religiones —la hinduista, la budista, la confucionista, la griega clásica y la cristiana— para enfrentar la oscuridad del momento. Las personas fueron abandonadas a su suerte.
El resultado final es que hoy quedamos más asombrados y deshechos por el sufrimiento que nuestros antepasados. En la Europa medieval, casi uno de cada cinco niños moría antes del primer año de vida, y solo la mitad de todos los niños llegaban a la edad de diez años. La familia promedio enterraba a la mitad de sus hijos cuando aún eran pequeños, y esos niños morían en casa, así que todos los integrantes vivían el proceso. Las vidas de nuestros ancestros se caracterizaban por mucho más sufrimiento que la nuestras y, sin embargo, innumerables periódicos y documentos históricos nos revelan que ellos enfrentaban las dificultades y el dolor mucho mejor que nosotros.
Un experto en la historia antigua del norte de Europa observó cuán desconcertante es para los lectores modernos ver cómo las personas de hace 1500 años tenían menos miedo a enfrentar la pérdida o a sufrir violencia y muerte. Otro dijo que así como a nosotros nos sorprende la crueldad que observamos en nuestros antepasados, a ellos les sorprendería ver nuestra “blandura, mundanalidad y timidez”.

No solo somos peores que las generaciones pasadas en este aspecto, sino que también somos más débiles que muchas personas que viven en otras partes del mundo actual. El Dr. Paul Brand, un cirujano ortopeda pionero en el tratamiento de pacientes con lepra, invirtió la primera parte de su carrera médica en la India y la última parte en Estados Unidos. Él escribió: “En los Estados Unidos (…) he encontrado una sociedad que intenta evitar el dolor a cualquier precio. Los pacientes vivían mejor que cualquiera de los pacientes que había tratado anteriormente, pero parecían mucho menos equipados para lidiar con el dolor y eran más traumatizados por él”. ¿Por qué?
La respuesta rápida es que otras culturas han provisto a sus miembros diversas respuestas a la pregunta: “¿Cuál es el propósito de la vida humana?”. Algunas culturas han establecido que es vivir de una manera moralmente correcta para después escapar del ciclo del karma y de la reencarnación, y así ser liberado a la felicidad eterna. Algunos han dicho que es la iluminación—el reconocimiento de la unidad de todas las cosas y la obtención de tranquilidad. Otros han señalado que es vivir una vida de virtud, nobleza y honor. Hay quienes enseñan que el mayor propósito en la vida es ir al cielo para estar con tus seres queridos y con Dios para siempre. El factor en común es este: En cada una de estas cosmovisiones el sufrimiento puede, a pesar del dolor que produce, ser un medio importante para alcanzar tu propósito en la vida. Puede impulsarte hacia tus metas más importantes.
Pero la cultura occidental moderna es diferente. La perspectiva secular es que este mundo material es todo lo que hay. Así que el propósito de la vida es tener la libertad de elegir la vida que te haga más feliz. Es por esto que el sufrimiento no encaja en esta perspectiva. Es una gran interrupción en la historia de tu vida— no es posible que sea una parte significativa de la historia. Desde este punto de vista, tenemos que evitar el sufrimiento casi a cualquier costo, o hacer todo lo posible por minimizarlo. Esto significa que al enfrentar un sufrimiento inevitable e irreducible, las personas seculares tienen que contrabandear recursos de otras perspectivas de la vida, así que recurren a ideas del karma, del budismo, del estoicismo griego, o del cristianismo, aunque sus creencias sobre la naturaleza del universo no concuerden con esas ideas.

Es esta debilidad del secularismo moderno, en comparación con otras religiones y culturas, la que exploraremos en estos primeros capítulos.
Edificados por nuestras miserias
Richard Shweder hizo un buen estudio sobre cómo las culturas no occidentales ayudan a su gente a ser “edificados por la miseria”. Las culturas tradicionales perciben las causas del sufrimiento en términos altamente espirituales, sociales y morales. Veremos cuatro formas en las que esas sociedades han ayudado a las víctimas del sufrimiento y la maldad.
Existe lo que algunos antropólogos llaman (no peyorativamente) la perspectiva moralista. Algunas culturas han enseñado que el dolor y el sufrimiento surgen porque las personas no viven correctamente. Hay muchas versiones de esta perspectiva. Muchas sociedades creen que si honras el orden moral, a Dios o a los dioses, tu vida irá bien. Las circunstancias difíciles son un “llamado” a examinarte y arrepentirte. La doctrina del karma es quizás la forma más pura de la perspectiva moralista. Sostiene que cada alma reencarna una y otra vez. Cada vez que pasa de una vida a otra, el alma trae consigo sus obras pasadas y los efectos de las mismas, incluyendo todo el sufrimiento. Si estás sufriendo en el presente, seguramente se debe a tus vidas pasadas. Si ahora vives con decencia, valor y amor, entonces tu vida futura será mejor. En resumen, todo se paga. Tu alma solo será liberada a la felicidad eterna cuando hayas pagado por todos tus pecados.
También existe lo que se ha denominado la perspectiva autotrascendente. El budismo enseña que el sufrimiento no tiene que ver con hechos pasados, sino con deseos incumplidos, y esos deseos son el resultado de la ilusión de que somos seres individuales. Como los antiguos estoicos griegos, Buda enseñó que la solución a tu sufrimiento consiste en eliminar los deseos a través de un cambio de mentalidad. Debemos desligar nuestros corazones de todo lo transitorio y lo material. La meta del budismo es “alcanzar una quietud del alma en la que todo deseo, individualidad y sufrimiento se disuelvan”.

Otras culturas alcanzan esta autotrascendencia siendo comunales de una manera que es casi imposible de entender para los occidentales contemporáneos. En tales sociedades no existe una identidad ni un sentido de bienestar fuera del avance y la prosperidad de tu propia familia y de tu gente. En esta cosmovisión, el sufrimiento es minimizado porque al final no podrá hacerte daño, pues vivirás para siempre por medio de tus hijos y de tu gente.
Algunas sociedades lidian con el sufrimiento asociándolo con la suerte y el destino. Creen que las circunstancias de la vida son determinadas por las estrellas o por fuerzas sobrenaturales, o por la maldición de los dioses, o como en el Islam, simplemente por la inescrutable voluntad de Alá. En esta perspectiva, las personas sabias aquietan sus almas con esta realidad.
Las antiguas culturas paganas del norte de Europa creían que al final de los tiempos, los dioses y los héroes serían asesinados por los gigantes y los monstruos en la trágica batalla de Ragnarok. En esas sociedades se consideraba muy virtuoso a aquel que enfrentara honorablemente las situaciones trágicas. Esta era la gloria más duradera para ellos, pues así lograban permanecer vivos en las canciones y leyendas a través de los años. Vemos lo mismo en el Islam, donde uno de los principales requerimientos es la rendición sin cuestionamientos a la voluntad misteriosa de Alá. En todas estas culturas, la sumisión a un destino divino —sin quejas ni transigencias— era la mayor virtud y, por tanto, una forma de darle propósito al sufrimiento.
Finalmente, existen aquellas culturas con una perspectiva “dualista” del mundo. Estas religiones y sociedades no consideran que el mundo esté bajo el control absoluto del destino o de Dios, sino que lo ven como un campo de batalla entre las fuerzas de la oscuridad y de la luz. La injusticia, el pecado y el dolor existen en el mundo debido a poderes malignos y satánicos. Los que sufren son considerados víctimas de esta guerra. Max Weber lo describe de esta forma: “Aunque el proceso mundial está lleno de sufrimiento inevitable, es una purificación continua de la luz que ha sido contaminada por la oscuridad”. Weber añade que esta concepción “produce una poderosa (…) dinámica emocional”. Los que sufren son considerados víctimas de esta batalla contra el maligno y se les brinda esperanza porque, según se les dice, el bien siempre triunfará.
Algunas formas más explícitas de dualismo, como el antiguo zoroastrismo persa, creían que un salvador vendría al final de los tiempos para traer una renovación final. Algunas formas menos explícitas de dualismo, como las teorías marxistas, también contemplan un futuro en donde las fuerzas del bien vencerán a las del mal.

A primera vista, estas cuatro perspectivas parecen ser contrarias. Las culturas autotrascendentes llaman a los que sufren a pensar de manera diferente, las culturas moralistas a vivir de manera diferente, las culturas fatalistas a aceptar su destino noblemente, y las culturas dualistas a poner su esperanza en el futuro. Pero también son muy parecidas. Primero, cada una le señala a sus miembros que el sufrimiento no es una sorpresa, sino que es una parte necesaria de la existencia humana. En segundo lugar, a los que sufren se les indica que el sufrimiento puede ayudarles a conseguir su mayor propósito en la vida, sea que se trate de crecer espiritualmente, de lograr el dominio de uno mismo, de alcanzar el honor o de promover las fuerzas del bien. Y, en tercer lugar, se les dice que crecer y alcanzar algo por medio del sufrimiento depende de ellos. Tienen que actuar según lo que cada uno considera la realidad espiritual.
Así que la cultura comunal invita a los que sufren a decir: “Debo morir, pero mis hijos y los hijos de mis hijos continuarán viviendo para siempre”. Las culturas budistas dirigen a sus miembros a decir: “Debo morir, pero la muerte es una ilusión; continuaré siendo parte del universo como hasta ahora”. Quienes creen en el karma podrían decir: “Debo sufrir y morir, pero si lo hago bien y con nobleza, tendré una mejor vida en el futuro y algún día podré ser liberado del sufrimiento”. Pero en cada caso el sufrimiento plantea una responsabilidad y presenta una oportunidad. No debes desperdiciar tu sufrimiento. Todos estos abordajes antiguos, aunque toman muy en serio el sufrimiento, lo consideran como el camino hacia algo mejor. Como el padre de Rosalinda, el Duque Mayor, dice en Como gustéis de Shakespeare:
Dulces son los usos de la adversidad,
que como el sapo, horrible y venenoso,
posee una joya preciosa en su cabeza.
(Acto 2, Escena 1, 12-17).
Estas culturas tradicionales piensan que es inevitable que la vida esté llena de sufrimiento, y la solución que ofrecen a sus miembros se relaciona principalmente con una obra interna. Los llaman a una variedad de formas de confesión y purificación, de crecimiento y fortalecimiento espiritual y de fidelidad a la verdad, y a estar en correcta relación con uno mismo, con los demás y con lo divino. El sufrimiento es un desafío que, si se enfrenta de manera adecuada, puede traerte mucho bien, gran sabiduría, gloria y hasta dulzura en el presente, y puede prepararte para una consolación eterna. A quienes sufren se les llama a poner su esperanza en un buen futuro sobre la tierra, o en la felicidad espiritual eterna y la unidad con lo divino, o en la iluminación y la paz eterna, o en el favor de Dios y la reunión con los seres queridos en el paraíso.
Aquí está un esquema de las diversas perspectivas:

Interrumpidos por nuestras miserias
Después de examinar nuestras culturas tradicionales, Shweder señala que las formas en que las culturas occidentales enfrentan el sufrimiento son bastante diferentes. La ciencia occidental considera que el universo es “naturalista”. Mientras que otras culturas creen que el mundo se compone de materia y espíritu, el pensamiento occidental dice que solo está conformado por fuerzas materiales que operan desprovistas de cualquier cosa que pueda llamarse “propósito”. No es el resultado del pecado, ni de una batalla cósmica, y tampoco existen fuerzas superiores que determinan nuestro destino. Por tanto, las sociedades occidentales ven el sufrimiento como algo accidental. “Aunque el sufrimiento es real (en esta perspectiva), está fuera del dominio del bien y del mal”. Richard Dawkins hizo una declaración inusual sobre la perspectiva secular del mal y el sufrimiento en su libro El río del Edén. Él escribió:
La cantidad total de sufrimiento anual en el mundo natural va más allá de lo que podemos contemplar (…) En un universo de fuerzas físicas ciegas y de replicación genética, algunas personas serán lastimadas y otras tendrán suerte. Es algo que no tiene sentido, pero no podemos decir que es injusto. El universo que observamos tiene precisamente las propiedades que uno esperaría si en el fondo no hay un diseño, ni un propósito, ni mal, ni bien—nada excepto indiferencia inmisericorde.
Esto es totalmente distinto a cualquier otra perspectiva cultural sobre el sufrimiento. Todas consideran que la maldad tiene un propósito: castigo, prueba u oportunidad. Pero en la perspectiva de Dawkins, la razón por la que las personas se resisten tanto al sufrimiento es que no aceptan que nunca tiene un propósito. No tiene sentido, ni bueno ni malo, porque categorías como “lo bueno” y “lo malo” son insignificantes en el universo en que vivimos. Su argumento es el siguiente:
Los humanos siempre queremos entender el propósito de las cosas. Muéstranos cualquier objeto o proceso, y es difícil resistirse a preguntar: ‘¿Por qué…?’ (…). Es casi una ilusión universal (…). Esa vieja tentación regresa con venganza cuando hay una tragedia (…). ‘¿Por qué este cáncer/terremoto/huracán tuvo que afectar a mi hijo?’.
Pero dice que esta agonía sucede porque:
...somos incapaces de admitir que algo no es bueno ni malo, que no es cruel ni amable, (…) que no tiene propósito (…). Tal como dijo el infeliz poeta A. E. Housman: A la naturaleza, la despiadada y cruel naturaleza, no le interesa ni entiende’. El ADN no entiende ni le interesa. El ADN sencillamente es. Y bailamos al ritmo de su música.

En resumen, el sufrimiento no significa nada. Dawkins insiste en que la vida es “hueca, carente de sentido, fútil, un desierto de insignificancia”, y en que es “infantil” tratar de usar recursos espirituales para hallar el propósito o el significado del sufrimiento.
Sin embargo, Shweder dice que exhortaciones como las de Dawkins son erróneas e imposibles de lograr. Él escribió: “El deseo de entender el sufrimiento es una de esas peculiaridades dignificantes de nuestra especie…”. Es una de las cosas que nos distinguen de los animales; cuando sufrimos no nos limitamos a chillar y tratar de huir. Intentamos buscarle sentido al dolor para poder superarlo, en lugar de vernos a nosotros mismos como piezas impotentes dentro de una máquina cruel. Y este fuerte deseo de encontrarle sentido y propósito al sufrimiento no solo es dignificante, sino que también es indeleble. Peter Berger y todos los que estudian la cultura humana insisten en que Dawkins está pidiendo algo imposible. Sin propósito, morimos.
Por supuesto, Dawkins continúa diciendo: “La perspectiva adulta (…) es que nuestra vida puede ser tan significativa, tan plena y tan maravillosa como queramos que sea”. En otras palabras, debes crear tu propio significado. Tú decides el tipo de vida que encuentras más valiosa y digna, y luego debes tratar de crear ese tipo de vida.
Pero cualquier significado autocreado debe ser hallado dentro de los confines de este mundo y de esta vida. Y es en esta parte que esta perspectiva de la realidad y del sufrimiento difiere tanto de todas las demás. Si aceptas la idea secular de que este universo es meramente materialista, entonces aquello que le da propósito a tu vida debe ser un bien material o alguna condición en este mundo (algo que te dé consuelo, seguridad o placer). Pero es inevitable que el sufrimiento nos impida alcanzar estos tipos de bienes. El sufrimiento los destruye y los pone en peligro. Como dice el Dr. Paul Brand en el último capítulo de su libro The Gift of Pain (El regalo del dolor), debido a que el significado de la vida en los Estados Unidos es la búsqueda del placer y de la libertad personal, el sufrimiento es muy traumático para los norteamericanos.

Todas las demás culturas establecen su mayor propósito en la vida como algo más que la felicidad y la comodidad individual. Puede ser la virtud moral, la iluminación, el honor o la fidelidad a la verdad. En todas estas perspectivas culturales, el sufrimiento es una forma importante de llegar a un buen final. Todos estos “significados de la vida” pueden alcanzarse no solo a pesar del sufrimiento, sino a través de él.
En todas estas cosmovisiones, el sufrimiento y el mal no tienen que ganar. Si se enfrenta con paciencia, sabiduría y valentía, el sufrimiento puede incluso acelerar el viaje hacia nuestro destino anhelado. Puede ser un capítulo importante en la historia de nuestra vida, y una etapa crucial para alcanzar lo que más deseamos en la vida. Pero en la perspectiva secular, el sufrimiento no puede ser un buen capítulo en nuestra historia—solo es una interrupción en la misma. No puede conducir a casa; solo te aleja de las cosas que más anhelas en la vida. En resumen, en la perspectiva secular, el sufrimiento siempre gana.
Shweder lo dice de esta manera: cuando se trata del sufrimiento, la “metáfora reinante de esta perspectiva secular contemporánea es la desdicha circunstancial. El que sufre es una víctima que es atacada por las fuerzas naturales desprovistas de intencionalidad”. Y eso significa que “el sufrimiento está (…) separado de la estructura narrativa de la vida humana (…) una clase de ‘ruido’, una interferencia accidental en la vida del que sufre (…) En cualquier narrativa, el sufrimiento no es otra cosa que una interrupción caótica”.
En culturas más antiguas (y en las culturas orientales de la actualidad), el sufrimiento se ha visto como una parte esperada de una vida coherente, como algo crucial para poder vivir bien y crecer como persona. Pero el propósito de la vida en nuestra sociedad occidental es la libertad individual. No existe mayor bien que el derecho y la libertad para decidir por ti mismo lo que tú quieras pensar que es bueno. Las instituciones culturales deben ser neutrales y “libres de valores”, sin decir a las personas por qué vivir, sino solo asegurándoles la libertad para que vivan como sea más satisfactorio para ellas. Pero si el propósito de la vida es la felicidad y la libertad individual, entonces el sufrimiento no sirve para nada. En esta cosmovisión, lo único que debemos hacer con el sufrimiento es evitarlo o, si es inevitable, manejar y minimizar el dolor y la incomodidad tanto como podamos.

Víctimas de nuestras miserias
Una de las implicaciones de esta perspectiva es que quien sufre no es responsable de responder al sufrimiento. Shweder señala que según la metáfora del accidente o la suerte, “el sufrimiento debe ser tratado mediante la intervención de (…) expertos que sepan tratar el problema”. Las culturas tradicionales entienden que quien sufre es el principal responsable durante esos momentos oscuros. Esa persona debe trabajar con su alma —aprender paciencia, sabiduría y fidelidad. Sin embargo, la cultura contemporánea no ve el sufrimiento como una oportunidad o una prueba, y mucho menos como un castigo. Debido a que los que sufren son víctimas del universo impersonal, ellos son referidos a expertos —ya sea médico, psicológico, social o civil— cuyo trabajo es aliviar el dolor mediante la eliminación de todos los factores de estrés que puedan identificar.
Pero esto de dejar el manejo del sufrimiento a los expertos ha producido una gran confusión en nuestra sociedad, ya que cada grupo de expertos tiene ideas y métodos diferentes. Como psicoterapeuta y antropólogo, James Davies se encuentra en una buena posición para observar esto. Él escribió: “Durante el siglo XXI, la mayor parte de las personas que viven en nuestra sociedad contemporánea están cada vez más confundidas respecto a los motivos de su sufrimiento emocional”. Después enumeró “la psiquiatría biomédica, la psiquiatría académica, la genética, la economía moderna” y dijo: “Debido a que cada tradición estaba basada en sus suposiciones distintivas y buscaba sus propias metas mediante sus propios métodos, cada una favorecía el reducir el sufrimiento humano a una causa predominante (ej.: biología, cognición defectuosa…)”. Como dice el dicho, si eres un experto en martillos, todo problema parece un clavo. Esto ha provocado mucha confusión. El modelo secular pone a los que sufren en manos de expertos, pero la especialización y el reduccionismo de los diferentes tipos de expertos deja a las personas desconcertadas.
Los hallazgos de Davies apoyan el análisis de Shweder. Él explica cómo el modelo secular anima a los psicoterapeutas a “descontextualizar” el sufrimiento, sin verlo como parte integral de la historia de una persona. Davies hace referencia a una entrevista de la BBC con el Dr. Robert Spitzer en 2007. Spitzer es un psiquiatra que dirigió el grupo que en 1980 escribió el DSM-III (tercera edición del Manual diagnóstico y estadístico de los desórdenes mentales) de la asociación americana de psiquiatría. El DSM-III buscaba proporcionar uniformidad a los diagnósticos psiquiátricos.

Cuando se le entrevistó 25 años más tarde, Spitzer admitió que, en retrospectiva, creía que habían clasificado erróneamente como desórdenes mentales muchas experiencias humanas normales de dolor, duelo y ansiedad. Cuando el entrevistador le preguntó: “¿Así que han medicalizado gran parte de la tristeza humana que se consideraba ordinaria?”. Spitzer respondió: “Creo que lo hemos hecho hasta cierto punto (…). Conocemos cuán serio es el problema (…) 20%, 30% (…), pero es una cantidad considerable”.
Davies continúa diciendo que el DSM se enfocó casi por completo en los síntomas:
No estaban interesados en comprender la vida de los pacientes ni en saber por qué padecían estos síntomas. Si el paciente estaba muy triste, ansioso e infeliz, entonces simplemente se asumía que él o ella padecía un desorden que debía ser curado, y no que podía ser una reacción humana normal y natural a ciertas condiciones de vida que debían cambiar.
La antigua perspectiva del sufrimiento era que el dolor es un síntoma de un conflicto entre el mundo interno y el mundo externo de una persona. Significaba que el comportamiento y el pensamiento de la persona que estuviera sufriendo debían cambiar, o que alguna circunstancia significativa de su ambiente debía cambiar, o ambas. El enfoque no estaba en el sentimiento doloroso o incómodo, sino en lo que mostraran esos sentimientos acerca de su vida, y en qué debía hacerse al respecto. Por supuesto, hacer un análisis como ese requiere de estándares morales y espirituales. Requiere de juicios de valor. Y los expertos entrenados de instituciones seculares no están equipados para hacerlo. Así que el énfasis no estaba en la historia de una persona, sino en síntomas como el dolor emocional y el descontento. El trabajo de los expertos era disminuir el dolor a través de diversas técnicas científicas. No se hablaba acerca de la vida del paciente.
Davies concluye:
La creciente influencia del DSM fue solo uno de los factores sociales que esparció la creencia cultural dañina de que mucho de nuestro sufrimiento es una carga que necesita ser removida (una creencia que nos atrapa en una cosmovisión que ve todo tipo de sufrimiento como una fuerza negativa en nuestras vidas).

Indignados por nuestras miserias
En la perspectiva secular, el sufrimiento nunca es considerado como una parte significativa de la vida, sino como un estorbo. Con ese entendimiento, cuando llegan el dolor y el sufrimiento solo tenemos dos opciones. La primera es manejar y disminuir el dolor. Así que durante las últimas dos generaciones, la mayoría de los servicios y recursos profesionales ofrecidos a los que sufren han pasado de hablar sobre la aflicción a evaluar su nivel de estrés. Ya no les ofrecen ayuda para soportar la adversidad con paciencia, sino que en su lugar utilizan un vocabulario derivado de los negocios, la psicología y la medicina para ayudarles a manejar, reducir y lidiar con el estrés, la tensión y el trauma. Se les aconseja evitar los pensamientos negativos, tomar tiempo para descansar, hacer ejercicio y cultivar relaciones de apoyo. Todo el enfoque está en controlar sus respuestas.
La segunda forma de manejar el sufrimiento en este marco es buscar la causa del dolor y eliminarla. Otras culturas consideran que el sufrimiento es una parte inevitable de la vida debido a las fuerzas invisibles, como la naturaleza ilusoria de la vida o el conflicto entre el bien y el mal. Pero nuestra cultura moderna no cree en fuerzas espirituales invisibles. El sufrimiento siempre tiene una causa material y, por tanto, en teoría puede ser “arreglado”. El sufrimiento suele ser provocado por condiciones económicas y sociales que son injustas, políticas públicas que no funcionan, patrones destructivos en las familias o simplemente por personas que son malas. La respuesta adecuada a esto es la indignación, la confrontación de las partes ofensoras y la acción para cambiar esa condición. (Por cierto, esto no está fuera de lugar. La Biblia tiene mucho que decir sobre procurar justicia para los oprimidos.)
Los que pertenecían a culturas más antiguas buscaban las formas en que podían ser edificados por el sufrimiento al examinar su interior, pero hoy en día los occidentales casi siempre se escandalizan por su sufrimiento—y tratan de cambiar factores externos para que el sufrimiento nunca se repita. Nadie ha resumido la diferencia entre la cultura tradicional y la moderna como lo hizo C. S. Lewis, quien escribió: “El problema cardinal para los sabios de la antigüedad era cómo conformar el alma a la realidad, y la solución fue el conocimiento, la autodisciplina y la virtud. Para (…) [los modernos] el problema es cómo someter la realidad a los deseos de los hombres: la solución es una técnica…”.

El filósofo Charles Taylor, en su magistral libro A Secular Age (Una era secular), relata cómo la sociedad occidental realizó lo que él llama “el giro antropocéntrico”, el surgimiento de la perspectiva secular. Después de este giro, Taylor señala que “comenzamos a olvidarnos de la presencia soberana de Dios, y empieza a surgir la idea de que podemos sostener el orden [del mundo] por nosotros mismos”. Como resultado, la “mayor meta [de la cultura occidental] (…) es prevenir el sufrimiento”.
En la cultura occidental, por tanto, a los que sufren no se les dice que su principal objetivo es hacer algún ajuste interno, aprender algo ni crecer como persona. Como señala Shweder, no es solo que nunca se les asigna una responsabilidad moral, sino que el simple hecho de sugerirlo es considerado “culpar a la víctima” —una de las principales herejías en nuestra sociedad occidental—. Por ello, siempre se acude a los expertos para saber cómo responder al sufrimiento, ya sea con manejo del dolor, con tratamiento psicológico o médico, o con cambios en la ley o las políticas públicas.
En el Boston Review, Larissa MacFarquhar fue entrevistada por su investigación y su escrito sobre personas muy “santas” que hicieron grandes sacrificios por el bien de otros. Por supuesto, muchas eran personas religiosas mientras que MacFarquhar, empleada de The New Yorker, no profesaba ninguna religión y tampoco creía en alguna de ellas. En cierto punto, el entrevistador le preguntó qué pensaba acerca de estas personas. Ella respondió con perspicacia y sinceridad, hablando sobre “una diferencia entre los religiosos… y las personas seculares que fue muy esclarecedora”. Al respecto dijo:
Pienso que dentro de muchas tradiciones religiosas existe una mayor aceptación del sufrimiento como parte de la vida, y no siempre lo ven necesariamente como algo terrible porque puede ayudarte a ser una persona más plena. Por otro lado, al menos en mi experiencia limitada, los seculares odian el sufrimiento. No ven nada bueno en él. Su deseo es eliminarlo, y entienden que eliminarlo es su responsabilidad.

MacFarquhar señaló que las personas seculares tampoco creen en un Dios que algún día enmendará todas las cosas. Para las personas de fe, “Dios está en control y Su amor sostendrá al mundo. Por otro lado, para los seculares todo depende de nosotros. Estamos solos aquí. Por esta razón pienso que, para los seculares, puede que exista un poco más de urgencia y desesperación”.
Cristianismo entre otras culturas
Aquí encontrarás un esquema para entender el secularismo como una quinta cultura del sufrimiento:

¿Y qué del cristianismo? El filósofo alemán Max Scheler, en su famoso artículo “El significado del sufrimiento”, señaló la singularidad de la perspectiva cristiana. Scheler escribió que de alguna manera “la enseñanza cristiana sobre el sufrimiento parece ser la actitud opuesta” cuando es comparada con la interpretación de otras culturas u otros sistemas religiosos.
A diferencia de la perspectiva fatalista que prevalece en las culturas de vergüenza y honor, “en el cristianismo no existe esa antigua arrogancia (...) esa vanagloria del que sufre”. En lugar de una resistencia estoica al sufrimiento, “el clamor de los que sufren resuena libre y severamente en todo el cristianismo,” y eso incluye el clamor de Cristo en la cruz. A los cristianos se les permite expresar su dolor con lamentaciones y cuestionamientos —incluso se les anima a que lo hagan.
A diferencia de los budistas, los cristianos creen que el sufrimiento es real, no una ilusión. “No existen las reinterpretaciones: el dolor es dolor, es miseria; el placer es placer, felicidad, no solo ‘tranquilidad’ (...) lo que Buda consideraba el mayor bien. En el cristianismo no existe la disminución de la sensibilidad, sino el fortalecimiento del alma por medio del sufrimiento”. Una vez más, observamos esto en el mismo Jesús. En el jardín de Getsemaní dijo: “Esta es la angustia que me invade que me siento morir” (Mr 14:34) y Su angustia fue tal que mientras oraba caían gotas de sudor y sangre a tierra (Lc 22:44). Era lo opuesto a la tranquilidad. No separó Su corazón de las cosas buenas de la vida para alcanzar la paz interior, sino que dijo al Padre: “…no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú” (Mr 14:36, NVI).
A diferencia de los que creen en el karma, los cristianos creen que el sufrimiento muchas veces es injusto y desproporcionado. La vida simplemente no es justa. A las personas que hacen el bien no les suele ir bien. Scheler escribió que el cristianismo logró hacer justicia a la total gravedad y miseria del sufrimiento al reconocer esto, a diferencia de la doctrina del karma, que insiste en que todo el sufrimiento del individuo es merecido. Esto es presentado por primera vez en el libro de Job, cuando Dios condena a los amigos de Job por insistir en que el dolor de Job y su sufrimiento fueron causados por una vida de inferioridad moral.

Observamos esto mayormente en Jesús. Si alguien merecía una buena vida por su carácter y comportamiento, era Jesús, pero no la obtuvo. Como dice Scheler, toda la fe cristiana está centrada en “el modelo del hombre inocente que recibe libremente el sufrimiento por las deudas de otros (...) El sufrimiento (...) adquiere, mediante la calidad divina de la persona que sufre, una nueva y maravillosa nobleza”. A la luz de la cruz, el sufrimiento se convierte en “purificación y no en castigo”.
A diferencia de la perspectiva dualista (y en cierto grado de la moralista), el cristianismo no contempla el sufrimiento como una forma de uno pagar sus deudas pecaminosas mediante la virtud de la resistencia al dolor. El cristianismo no enseña “que una aflicción ascética y autoinfligida (...) te hace más espiritual ni que te acerca más a Dios (...). La interpretación de que el sufrimiento en sí mismo acerca al hombre a Dios es más griega y neoplatónica que cristiana”. Además, el dualismo divide al mundo en personas buenas y personas malas, y ve el sufrimiento como un símbolo de virtud y una marca de superioridad moral que garantiza la demonización de los grupos que se han maltratado. En contraste, y como escribió Aleksandr Solzhenitsyn, los cristianos creen que “la línea que divide el bien y el mal atraviesa el corazón de cada ser humano”.
No, el entendimiento cristiano del sufrimiento es dominado por la idea de la gracia. En Cristo hemos recibido perdón y amor, y hemos sido adoptados en la familia de Dios. Estos bienes son inmerecidos y eso nos libera de la tentación de sentirnos orgullosos de nuestro sufrimiento. Y lo que hace que el sufrimiento sea tolerable es precisamente el disfrute de esos bienes incomparables. Scheler escribió: “El asombroso poder de los mártires no provenía de la dulce esperanza de una futura vida de felicidad, sino de la felicidad de estar en un estado de gracia aun en medio de su sufrimiento”. No es solo que este gozo hace que el sufrimiento sea tolerable, sino que el mismo sufrimiento puede incluso aumentar este gozo en medio del dolor. “La doctrina cristiana del sufrimiento pide más que solo tolerar pacientemente el sufrimiento (...). El dolor y sufrimiento de la vida fijan nuestros ojos espirituales en los bienes centrales y espirituales de (...) la redención de Cristo”.
Finalmente, ¿cómo se compara la prescripción cristiana para los que sufren con la que les ofrece la cultura secular? Más adelante hablaremos más acerca de este tema importante, pero podemos resumirlo de la siguiente manera. El cristianismo enseña que, contrario a lo que establece el fatalismo, el sufrimiento es abrumador; contrario a lo que establece el budismo, el sufrimiento es real; contrario a lo que establece el karma, el sufrimiento suele ser injusto; y contrario a lo que establece el secularismo, el sufrimiento es significativo. Existe un propósito en él, y si se enfrenta correctamente puede anclarnos al amor de Dios y darnos más estabilidad y poder espiritual de lo que podemos imaginar.

El sufrimiento: el budismo te dice que lo aceptes, el karma te dice que lo pagues, el fatalismo te dice que debes soportarlo con valentía, y el secularismo dice que lo evites o lo arregles. Desde la perspectiva cristiana, todas estas culturas de sufrimiento tienen un elemento de verdad. Es cierto que aquellos que sufren tienen que amar menos lo material. Y sí, la Biblia señala que, en general, hay sufrimiento en el mundo porque la humanidad se ha alejado de Dios. Y sí, necesitamos soportar el sufrimiento y no permitir que nos abrume. El secularismo también tiene razón al decirnos que debemos ser cuidadosos de no aceptar las condiciones y los factores que dañan a las personas y que deben cambiar. Las culturas preseculares suelen ser muy pasivas a la hora de enfrentar circunstancias e injusticias que podían cambiar.
Pero como hemos observado, desde la perspectiva cristiana, todas estas ideas son demasiado simples y reduccionistas; por tanto, son medias verdades. El ejemplo y la obra redentora de Jesucristo incorporan todas estas perspectivas en un todo coherente, y a la vez las trascienden. Scheler termina su gran ensayo al regresar a su declaración de que, a fin de cuentas, el cristianismo es contrario a todas estas perspectivas.
Para los hombres de la antigüedad (...) el mundo externo era feliz y agradable, pero el centro del mundo era muy triste y oscuro. Detrás de la alegre superficie del mundo antiguo acechaban la “suerte” y el “destino”. Para el cristiano, el mundo externo es oscuro y está lleno de sufrimiento, pero su centro no es más que pura felicidad y deleite.
Tiene razón en cuanto a la mayoría de las culturas antiguas, pero lo que dice encaja especialmente en la cosmovisión secular. El secularismo, tal como señala Richard Dawkins, contempla la realidad como fría e indiferente, y la extinción como algo inevitable. Las otras culturas también han contemplado la vida diaria como llena de placeres, pero detrás de todo ello hay oscuridad o ilusión. El cristianismo lo ve de un modo diferente. Mientras que otras cosmovisiones nos llevan a sentarnos en medio de los deleites de la vida, previendo los sufrimientos venideros, el cristianismo empodera a su gente para permanecer en medio de los sufrimientos de este mundo, probando el gozo venidero.
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