¿Cómo murió Juan Calvino? Un relato de los últimos días y horas

El famoso reformador Juan Calvino murió en una fecha como la de hoy, un 27 de mayo, en Ginebra. El doloroso suceso de su muerte fue contado por Teodoro de Beza.

Imagen: Universidad de Sevilla

Los últimos diez años de la vida de Calvino fueron tranquilos y productivos. La edición final de su obra maestra, La institución de la religión cristiana, que con el tiempo sería ampliada a cuatro veces su tamaño original, se publicó en 1559. Sus conferencias sobre el libro de Lamentaciones concluyeron en 1563, al igual que sus sermones sobre el primer y segundo libro de Samuel.

Pero, a partir de ese verano de 1563, la salud del reformador comenzó a decaer rápidamente. Durante un tiempo, no pudo participar en deberes públicos, aunque continuó recibiendo en su casa a un flujo constante de entusiastas visitantes de Ginebra y de toda Europa, la gran mayoría de ellos ávidos de sabiduría y consejo del viejo pastor.

Y es que la salud del reformador fue notablemente frágil durante toda su vida. Migrañas, problemas en su sistema circulatorio, hemorroides, artritis y cálculos renales eran solo algunas de sus muchas complicaciones de salud.

Calvino pudo tener fuerzas por unos meses más y consiguió asistir a la celebración de la Cena del Señor el domingo de Pascua de 1564, aunque su mala salud obligó a que lo llevaran al servicio en una silla. Ese abril ya el envejecido Calvino se confinó en su lecho de enfermo, del que nunca más se levantaría.

Grabado anónimo basado en una pintura de Joseph Hornung.

Resuelto a servir al Señor mientras le quedara aliento, desde su habitación continuó exhortando a los ministros reunidos en Ginebra a perseverar en sus labores por el bien de la expansión del evangelio. El sábado 27 de mayo de 1564, su colega cercano Teodoro de Beza, que acababa de dejar la casa de Calvino, fue repentinamente llamado a regresar. Volvió rápidamente, solo para descubrir que Calvino ya había muerto: “Sin una palabra, un gemido o incluso el más mínimo movimiento. Más bien parecía haberse quedado dormido”, dijo Beza en su libro sobre la vida de Calvino. “Podemos decir con verdad”, señaló Beza en la misma obra, “que en este hombre Dios se ha complacido mostrarnos en nuestros días el camino para vivir bien y para morir bien”.

Parte del testamento de Calvino decía: “En nombre de Dios, yo, Juan Calvino, siervo de la Palabra de Dios en la iglesia de Ginebra, debilitado por muchas enfermedades… doy gracias a Dios porque no solo ha mostrado su misericordia hacia mí, su pobre criatura, y… me ha soportado en todos los pecados y debilidades, sino, lo que es más, que me ha hecho partícipe de su gracia para servirle a través de mi trabajo… Confieso vivir y morir en esta fe que Él me ha dado, ya que no tengo otra esperanza o refugio que su predestinación, en la que se basa toda mi salvación. Me acojo a la gracia que se me ha ofrecido en nuestro Señor Jesucristo y acepto los méritos de su sufrimiento y muerte para que por ellos queden enterrados todos mis pecados”.

De acuerdo con su voluntad, los restos de Calvino fueron envueltos en un sudario simple, colocados en un ataúd sin adornos y enterrados en una tumba sin nombre en el cementerio del barrio de Plainpalais, en Ginebra. No habría posibilidad de un “culto a Calvino” si el gran reformador ginebrino tuviera algo que ver con ello. De hecho, su entierro notablemente insignificante reflejó las principales prioridades de su vida. En su breve testamento final, repasó los principales logros de su vida solo para lamentar: “Ay, mis deseos y mi celo, si puedo describirlo así, han sido tan fríos y débiles que estoy consciente de las imperfecciones en todo lo que soy y hago”.

En vida, Calvino fue a menudo valiente y brillante en defensa de la fe. Predicó y disertó incesantemente, escribió y editó, para que la verdad del evangelio llegara más lejos y con mayor claridad. Fue incansable y su producción literaria fue extraordinaria. Pero cuando se trataba de su visión de sí mismo, Calvino había aprendido la gracia de la humildad. En la muerte, como en la vida, su gran prioridad nunca fue señalarse a sí mismo, sino a Cristo su redentor.

Comentando Mateo 24:43, escribió: “Pero Dios no concede el honroso título de hijos suyos sino a aquellos que reconocen que son extranjeros en la tierra, y que no solo están dispuestos en todo momento a abandonarla, sino que también avanzan, en un curso ininterrumpido, hacia la vida celestial”. Este fue el ideal por el cual Calvino luchó en la vida y en la muerte.

Muerte de Calvino por Henri van Muyden.

[Nota del equipo de BITE: añadimos a continuación el relato de la muerte de Calvino tal como fue escrito por su pupilo y amigo Teodoro de Beza]

El intervalo hasta su muerte lo pasó en oración casi constante. (…) En sus sufrimientos, a menudo clamó como David: “Callé, oh Señor, porque tú lo hiciste”. (…) También lo oí decir: “Tú, Señor, me abates; pero me basta con saber que esto viene de tu mano”. Puede que Calvino también recordara las palabras que había escrito hace tiempo en su Catecismo: “La muerte para los creyentes no es más que el paso a una vida mejor (…) De ahí que ya no haya que temer la muerte. Más bien hemos de seguir con ánimo impertérrito a Cristo, nuestra cabeza, que, así como él no pereció en la muerte, no nos dejará perecer a nosotros” (…)

El 27 de mayo, día de su muerte, parecía más fuerte, y hablaba con menos dificultad; pero este fue el último esfuerzo de su cuerpo, pues hacia las ocho de la tarde se manifestaron repentinamente ciertos
síntomas de disolución. Cuando uno de sus cuidadores me buscó a mí (que acababa de irme) y a uno de los hermanos, regresé inmediatamente con toda prisa, y encontré que había muerto, aunque de una manera tan tranquila que, sin que sus pies y manos se descompusieran, ni su respiración aumentara, y permaneciendo enteros sus sentidos, su juicio y en cierta medida su voz hasta su ultimo suspiro, parecía estar más bien en un estado de sueño que de muerte.

Así, esta espléndida luz de la reforma nos fue arrebatada cuando el sol se ponía. Durante esa noche, y el día siguiente, una gran lamentación prevaleció a lo largo de la república, pues se lamentó la ausencia de uno de sus ciudadanos más sabios; la iglesia lamentaba la muerte de su fiel pastor, la academia se entristeció por aquel incomparable maestro, y todos lloraron la pérdida de un padre común y consolador otorgado a ellos por Dios mismo.

—Teodoro de Beza, Vida de Calvino.

Nota: el artículo fue originalmente publicado en inglés por Ligonier Ministires y traducido por el equipo de BITE. La larga cita de Beza fue tomada de Theodore Beza, The Life of John Calvin (Books for the Ages: Albany 1998) y traducida por el equipo de BITE.

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