Nota del editor: Este artículo fue publicado originalmente el 9 de septiembre de 2021. Con el fin de ofrecer una perspectiva completamente vigente, hemos revisado y enriquecido este contenido incorporando los alarmantes datos del Cuarto Congreso de Lausana (2024) e investigaciones de 2026 sobre el impacto del modelo eclesial en las nuevas generaciones, para el beneficio de nuestra comunidad de lectores.
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La noche del 14 de abril de 1912, Jack Phillips, el primer operador de radio del RMS Titanic, se encontraba abrumado por el trabajo. Tenía acumulada una enorme fila de telegramas privados de los pasajeros adinerados que debía transmitir a la costa. En medio de ese ajetreo, los auriculares interrumpieron con un mensaje crucial del buque Mesaba: una advertencia urgente que localizaba un enorme campo de icebergs directamente en la ruta del Titanic.
Phillips, fastidiado por la interrupción y enfocado en despachar la correspondencia acumulada para mantener la eficiencia del servicio, ignoró el aviso y ni siquiera lo envió al puente de mando. Luego recibió avisos de otros buques, pero tan enfocado estaba en los telegramas de los pasajeros, que incluso su respuesta ante la comunicación de Californian fue la siguiente: “¡Cállese! ¡Cállese! ¡Estoy trabajando con Cape Race!” Horas más tarde, el coloso de acero se hundía en el Atlántico. La pregunta es inevitable: ¿olvidó Phillips cuál era el corazón de su trabajo? En su esfuerzo por cumplir con las demandas del día a día, archivó el único mensaje que importaba.

Esta desconexión se parece a la realidad que vive la Iglesia hoy. Una de las tareas centrales que Jesús le dejó a Su pueblo fue la de hacer discípulos y, sin embargo, pareciera que no lo supiéramos. La percepción general de cómo practicar misiones y la evangelización global ha estado cambiando en los últimos años, especialmente entre las generaciones más jóvenes. A pesar de que compartir la fe es un eje central del cristianismo, existe una desconexión profunda entre el mandato bíblico y el conocimiento real de los creyentes.
La mitad de los creyentes no conocen la Gran Comisión
Los datos del informe Translating the Great Commission (Traduciendo la Gran Comisión), el cual hizo Barna en asociación con Seed Company, muestran que, hasta 2018, solo el 17% de feligreses en Estados Unidos conocían el término “la Gran Comisión” y su significado. Más de la mitad nunca había oído hablar de él (51%) y solo una cuarta parte (25%) dijo que había oído hablar de él pero no podía recordar el significado exacto.
Pero lo que esa investigación detectó a nivel local es, en realidad, una tendencia crítica global. En la macroencuesta Global Leaders Survey (Encuesta global a líderes), que fue presentada en el Cuarto Congreso de Lausana para la Evangelización Mundial (2024), se reveló que el analfabetismo teológico sobre este mandato es generalizado. Según 1500 líderes cristianos de todo el mundo, menos de la mitad de los cristianos en sus regiones sabrían definir con precisión qué es la Gran Comisión.

Esa falta de claridad conceptual se traduce directamente en una parálisis evangelística. Los datos muestran que en Latinoamérica solo el 47% de los líderes considera que los miembros de sus iglesias locales están preparados para compartir el Evangelio, y los porcentajes son menores en otras regiones del mundo. El reporte destaca una correlación crítica: existe un vínculo directo entre la capacidad de un cristiano para definir la Gran Comisión y su disposición para participar activamente en ella.
Tales cifras esconden una realidad detrás: para muchos, el mandato de la Gran Comisión es opcional. Los líderes de África, Asia y América Latina manifestaron que entre el 30 y el 40% de los cristianos en sus respectivas regiones la ven de esa manera. Esta cifra se vuelve aún más grave en Norteamérica, Europa y Australia, donde las cifras ascienden a más del 50%. Esto demuestra que el desconocimiento detectado por Barna en 2018 ha evolucionado en los últimos años hacia una preocupante indiferencia práctica en la mitad de la Iglesia global.

Charlas amigables, púlpitos estériles: la paradoja de la juventud
La investigación de 2018 también muestra que la edad marca una diferencia significativa en si los feligreses reconocen la Gran Comisión. Más de una cuarta parte de los ancianos (29%) y de los miembros de la generación boomer (26%) dijeron que conocían el término, en comparación con el 17% de la generación X y apenas el 10% de los millennials. Aunque ni la mitad de ningún grupo de edad conocía bien el mandato, la generación adulta más joven era la menos propensa a reconocerlo. En pocas palabras, entre más avanzan las generaciones, más probable es que no conozcan la Gran Comisión.
¿Será que, al igual que sucedió después de la muerte de Josué, se están levantando nuevas generaciones que conocen cada vez menos los mandatos del Señor? (Jue 2:10).
La desconexión terminológica podría tener una raíz bíblica que explica por qué, a pesar de su relevancia, el concepto no está anclado en la memoria de todos. En Great Commission Discipleship (Discipulado de la Gran Comisión), los doctores Victor Nakah, director internacional para África Subsahariana de MTW, e Ivor Poobalan, rector del Seminario Teológico de Colombo, explican que el término “Gran Comisión”…
…ha sido el eslogan que ha impulsado algunas de las mayores iniciativas evangelísticas de los tiempos modernos. Su asociación más estrecha es con Mateo 28:18-20, y la expresión es tan familiar para el oído cristiano que suena como una frase sacada directamente de las Escrituras. No lo es. Es más, el uso popular de “la Gran Comisión” no tiene más de 150 años.

Si bien en ese artículo, que hace parte del reporte de Lausana State of the Great Commission (2024), dicen que la expresión es familiar para los cristianos, aclaran que no se trata de un término bíblico como tal. Fue apenas en el siglo XIX que Hudson Taylor “lo puso por primera vez en el centro del discurso misionero”, aunque parece que lo tomó “de los escritos de un misionero holandés, Justinian von Welz (1621-1688), quien lo había utilizado como título para Mateo 28:18-20”. Tiene sentido, entonces, que este deba ser un tema enseñado y que la falta de una base teórica sólida le esté impidiendo a la Iglesia pasar de la intención a la acción, dejando a la mayoría de los feligreses sin las herramientas necesarias para cumplir con el mandato bíblico.
Sumado a eso, ¿por qué los jóvenes que asisten a las congregaciones no manejan el concepto que las generaciones mayores sí conocen? Parece que se debe a una falla de diseño estructural en las iglesias modernas que termina en una falta de discipulado. En un estudio publicado en el 2026 de la Great Commission Research Journal (Revista de investigación de la Gran Comisión), las investigadoras Eunice Hong y Jinna Sil Lo Jin descubrieron que la adopción de modelos de gestión empresarial ha llevado a las iglesias a dividir sus ministerios por edades buscando comodidad organizativa, lo que termina aislando a los jóvenes del resto de la comunidad. Las autoras explican:
La investigación indica que uno de los motores de los ministerios aislados es la búsqueda de la eficiencia y de contextos libres de distracciones. Por consiguiente, los esfuerzos por reintegrar estas estructuras fragmentadas suelen encontrar resistencia, ya que la conexión intergeneracional es intrínsecamente menos eficiente y más compleja que la programación segregada por edades. Por lo tanto, se requiere un cambio en la praxis: pasar de la búsqueda de soluciones rápidas a la adopción de un enfoque adaptativo a largo plazo.

Al priorizar la “eficiencia corporativa” y separar a las generaciones en “compartimentos estancos” (divisiones dentro de un barco que están completamente sellados de forma hermética) para evitar las complejidades de la convivencia, las iglesias han roto el canal orgánico de transmisión teológica. Esta fragmentación impide que los adultos mayores mentoreen a las nuevas generaciones o les compartan el legado misional de la Iglesia. El alarmante 10% de conocimiento entre los millennials en 2018 puede haber sido el resultado de una praxis eclesial que ha preferido la comodidad de los programas juveniles aislados por encima del desordenado pero vital discipulado intergeneracional.
A pesar de que un porcentaje significativo de millennials se oponen al evangelismo tradicional, los adolescentes de la Generación Z (de 13 a 18 años) están bastante abiertos a entablar conversaciones de fe con personas no cristianas. Según el estudio Reviving Evangelism in the Next Generation (Reviviendo en el evangelismo en la siguiente generación), realizado en asociación con Alpha USA, el 47% de ellos afirma que su iglesia “definitivamente” ha hecho un buen trabajo al prepararlos para el diálogo espiritual, y un 39% señala que “probablemente” es así.
Sin embargo, detrás de esta aparente comodidad para dialogar se esconde una alarmante falta de herramientas prácticas. Un rotundo 68% de los adolescentes cristianos confiesa que nunca ha recibido capacitación específica para evangelizar, mientras que un 13% no está seguro de haberla tenido. En general, el 19% de los adolescentes cristianos han sido entrenados en evangelismo, y entre aquellos jóvenes que hablan de Dios frecuentemente con no creyentes, la cifra es apenas del 23%.

La carencia de preparación no es casualidad; responde a la forma en que el entorno actual moldea el aprendizaje de las nuevas generaciones. En el reporte de Lausana, el artículo Discipleship in a Digital Age (El discipulado en la era digital) se explica cómo se absorbe el conocimiento en la actualidad: “Esto concuerda con las conclusiones de la teoría del aprendizaje, según la cual el 70% del aprendizaje tiene lugar de manera informal en la vida cotidiana, el 20% a través de las interacciones comunitarias y solo el 10% mediante intervenciones formales”. A partir de estos datos es fácil evidenciar el daño que le hace a la Iglesia la fragmentación por edades.
Lo anterior también podría explicar por qué la Generación Z se siente tan cómoda en el terreno de las “conversaciones”: que la mayoría de su formación ocurra de manera informal, orgánica y digital les facilita charlar de espiritualidad con sus amigos. No obstante, experimentan una profunda parálisis ante el “evangelismo”, una práctica que siguen asociando a metodologías institucionales y programas formales que caen dentro de ese escaso 10% para el cual las estructuras de la Iglesia no los han entrenado.
El llamado a romper el silencio
Esta preocupante brecha entre entablar una charla amigable y proclamar el Evangelio de manera intencional se agrava cuando se analiza el contenido de la enseñanza que reciben los jóvenes. Eunice Hong y Jinna Sil Lo Jin denuncian la raíz del problema dentro de las aulas juveniles:
Los líderes señalaron con frecuencia que los planes de estudio creados para contextos dominantes, aunque útiles en ciertos aspectos, tienden a priorizar una espiritualidad de “Dios y yo” (por ejemplo, tiempos a solas, salvación personal y devocionales privados) en lugar de la comunidad, el discipulado compartido o la interdependencia. Como resultado, los ministerios juveniles expresaron una falta de recursos o marcos que aborden los desafíos únicos de la formación de la fe….

Al ser educados bajo este enfoque de “Dios y yo”, la juventud ha asimilado una espiritualidad que se repliega hacia el ámbito privado. Los gráficos sobre las “Preocupaciones espirituales de la juventud” en el reporte de Lausana confirman este desplazamiento en la balanza de prioridades de las nuevas generaciones: la prioridad absoluta para ellos es “hablar con Dios en oración” (38%) y “cuidar de los pobres y marginados” (29%), mientras que tareas fundamentales como “comunicar las buenas nuevas de Jesús” (22%) o “apoyar la labor misionera mundial” (17%) quedan relegadas a un plano muy secundario. En términos prácticos, la Generación Z prefiere conversar sobre lo que hace a nivel social que proclamar activamente el mensaje de la cruz.
Esta tendencia de la juventud a replegarse hacia una fe silenciosa y privada se enmarca en un problema de pasividad que afecta a la Iglesia global en su conjunto. Según la encuesta Global Leaders Survey (Encuesta de líderes globales), existe una brecha dramática entre lo que se predica en los púlpitos y lo que ocurre en las calles:
Según la percepción de 1500 líderes cristianos de todo el mundo, entre el 65% y el 80% de los líderes consideraban que las iglesias enseñaban la Gran Comisión “a menudo” o de forma “semirregular”. Sin embargo, cuando se les preguntó sobre el grado de actividad de los cristianos de su entorno en la proclamación del Evangelio, los líderes respondieron que estimaban que menos del 15-20% de los cristianos eran “muy activos”. Además, percibían que entre el 35% y el 40% de los cristianos de su contexto “nunca o rara vez” proclaman el Evangelio. En todo el mundo, los líderes encuestados consideraban que las personas menores de 30 años participan menos en la proclamación del Evangelio. El hecho de que la mayoría de los líderes consideraran que la Gran Comisión se enseña con regularidad en su contexto, pero que al mismo tiempo sintieran que gran parte de la Iglesia no es muy activa en la proclamación del evangelio, plantea interrogantes sobre la eficacia del discipulado actual en torno a la Gran Comisión.

Frente a este discipulado ineficaz que produce audiencias pasivas y jóvenes que rehúyen la confrontación pública de su fe, la Declaración de Seúl 2024 —documento teológico oficial del Congreso de Lausana— lanza una contundente autocrítica y un recordatorio de que la Gran Comisión no puede confinarse a la comodidad privada:
Afirmamos que las personas formadas como discípulos, tanto individual como colectivamente, invariablemente se encontrarán profundamente comprometidas con un mundo roto por la injusticia y el pecado en sus familias, barrios, escuelas, lugares de trabajo y sociedades. Nuestra tarea en la misión, por tanto, no consiste simplemente en anunciar un mensaje para conseguir profesiones de fe cristiana. Más bien, nuestra tarea evangelística consiste en anunciar el mensaje de un Mesías crucificado mientras vivimos vidas acordes con ese mensaje, con el objetivo de ver a otros formados en este mismo modelo de vida.
Para contrarrestar este silencio generalizado y la pasividad de los menores de 30 años, en un artículo del State of the Great Commission se concluye que las congregaciones deben dar un giro radical. No basta con dictar conferencias o mantener programas juveniles aislados; las iglesias, por tanto, “deben ayudar a sus feligreses a convertirse en ‘sabios pacificadores’: profesionales reflexivos que sean capaces de escuchar lo que está sucediendo y por qué en su contexto (…) y aprender a comunicar el Evangelio de una manera que sea verdaderamente una buena noticia en su tiempo y lugar”. Solo rompiendo la burbuja del individualismo y proporcionando un entrenamiento adaptado a la era digital, la iglesia logrará que sus jóvenes traduzcan la simpatía de sus conversaciones informales en un compromiso valiente y público por la causa de Cristo.

Retorno al corazón de nuestra misión
Las señales de alerta sobre el desinterés y la falta de preparación de los creyentes están a la vista. ¿Vamos a evitar chocar contra esos témpanos de hielo? Ante esto, la respuesta de las iglesias no puede ser ignorar los datos para seguir concentradas en la gestión interna, la burocracia eclesiástica o en mantener programas divididos por edades que resultan cómodos pero ineficaces. Mantener una estructura perfectamente organizada pero desconectada de su asignación original no tiene sentido.
El mandato de hacer discípulos no es un programa opcional para un comité especializado; es una de las razones de ser de la Iglesia. Y para cambiar el rumbo, es necesario pasar de la búsqueda de soluciones corporativas rápidas a un discipulado real y a largo plazo. Esto implica romper el aislamiento entre generaciones, dar herramientas prácticas a los jóvenes en lugar de discursos superficiales y entender que la fe no se limita al ámbito privado. Si la Iglesia no regresa a la esencia de la tarea que le fue encomendada, podrá seguir funcionando con regularidad los domingos, pero habrá dejado de ser “sal y luz” en el mundo.
Referencias y bibliografía
Translating the Great Commission de Barna y Seed Company | Barna
Global Leaders Survey (2022) en State of The Great Commission, A Report | Lausanne Movement
Great Commission Discipleship de Victor Nakah e Ivor Poobalan | Lausanne Movement
Great Commission Research Journal (2026) de Eunice Hong y Jinna Sil Lo Jin, volumen 18.
Reviving Evangelism in the Next Generation | Alpha USA
