Padre celestial y amoroso, ya que me has dado Tu nombre y el oficio de padre, concédeme esta gracia: que mi amada esposa, mis hijos y mi familia sean nutridos, gobernados y guiados por mí de una manera cristiana… Amén.
Martín Lutero
Ver la miniserie de Netflix Adolescencia, lanzada en el 2025, fue una experiencia realmente desafiante. Un adolescente que va a la escuela y posee todos los rasgos de una vida cómoda y tranquila asesina a su compañera y es castigado por la justicia. La serie se salta la pregunta cliché de los programas policiales —“¿Quién lo hizo?”— para dirigirnos hacia una inquietud mucho más importante —“¿Por qué lo hizo?”—. Y el episodio más confrontante es el último, en el que ya no aparecen ni el protagonista ni el cuerpo legal que lo condena, sino solo los padres y la hermana, quienes hacen una introspección de qué causó todo el desastre. Vi eso al lado de mi esposa y mi hija, y no pude evitar preguntarme: ¿Qué posibilidades hay de que nuestros hijos se conviertan en criminales?
Como producción, no sorprende que haya ganado múltiples premios, acumulando ocho galardones en los premios Emmy. Entre los reconocimientos más notables destaca el obtenido por Owen Cooper, quien se convirtió en el actor masculino más joven en ganar en la categoría de mejor actor de reparto, y el premio a mejor fotografía para una serie limitada, un reconocimiento al trabajo técnico de haber grabado cada uno de sus episodios en una sola toma continua y sin cortes (con más de 100 extras). ¿Por qué esto es importante? Porque la tensión es abrumadora: la atmósfera se siente demasiado real y humana; el espectador está ahí con la escuela confundida, los padres que se lamentan y el hijo violento.

No pude evitar ponerme en los zapatos del padre. ¿Qué pasaría si yo estuviera allí, sentado en la sala de la comisaría mientras mi hijo es juzgado por asesinato? ¿Qué es lo que salió mal para no repetirlo? El padre se había determinado a no repetir la historia de su propio progenitor; no quería replicar el maltrato ni los castigos violentos que recibió en su infancia. Aunque a lo largo de la trama es evidente que heredó un carácter explosivo que le cuesta contener, cumplió su promesa de no educar a su hijo a través de la agresión física. Estaba convencido de que la asimilación del afecto y la ausencia de golpes bastarían para guiarlo. Pero si este hombre eliminó la violencia de la crianza y trató de proteger a su hijo, ¿por qué terminó todo como terminó?
En una época donde la delincuencia juvenil adopta nuevas formas y las familias parecen perder el control de sus integrantes, se hace necesario revisar los fundamentos de la estructura familiar. ¿Cuál es, verdaderamente, el rol del padre en la sociedad? ¿Es la presencia paterna un dique de contención frente a la criminalidad o sus esfuerzos están siendo neutralizados por la cultura?

La falta de padre y el crimen
Para responder a estas preguntas, es necesario dar un paso atrás y observar el problema a nivel social. Antes de examinar la intimidad de un hogar, las ciencias sociales nos ofrecen una primera certeza: a gran escala, la figura paterna sí marca una diferencia drástica entre la estabilidad de un joven y su caída en la delincuencia.
El informe especializado de Leon Bassett Jr., Engaging Fathers as a Strategy for Child Welfare Practice (El involucramiento de los padres como estrategia para la práctica del bienestar infantil), publicado en 2012, explica cómo la carencia de una figura paterna activa se correlaciona con el incremento de conductas de riesgo y desórdenes emocionales durante la adolescencia. El estudio explica que la ausencia del padre no es un detalle secundario, sino un factor que debilita los cimientos del comportamiento de los hijos. Cuando un padre no está, se pierde un referente clave para la estabilidad y el control de los impulsos.

En esta investigación se incluye una tabla comparativa que mide las crisis juveniles según la estructura familiar, mostrando una brecha contundente en todos los indicadores de vulnerabilidad y conducta entre los jóvenes que crecen en hogares sin padre y aquellos que cuentan con uno:
- Suicidios juveniles: El 63% de los casos ocurre en hogares con padres ausentes, frente al 37% en hogares con padre presente.
- Jóvenes sin hogar y prófugos: El 90% de los menores que huyen de casa o terminan en la calle pertenece a familias sin padre, en comparación con un 10% en hogares donde el padre está presente.
- Trastornos de conducta: El 85% de los jóvenes que manifiestan desórdenes de comportamiento proviene de entornos donde el padre está ausente, mientras que el 15% restante cuenta con su presencia.
- Deserción escolar: El 71% de todos los estudiantes que abandonan la escuela secundaria crecieron sin una figura paterna, en contraste con el 29% que sí la tenía.
- Abuso de sustancias: El 75% de los adolescentes ingresados en centros de rehabilitación por abuso de sustancias químicas proviene de hogares sin padre, frente al 25% de hogares donde el padre está involucrado.
- Instituciones estatales: El 70% de los menores internados en centros e instituciones operadas por el Estado pertenece a entornos con padres ausentes, en comparación con el 30% de hogares con padre presente.

A partir de este panorama, el estudio insiste en que la inclusión intencional y el compromiso del varón en la crianza funcionan como un factor de protección social decisivo. La cercanía del padre opera como una red de seguridad que ayuda a los jóvenes a enfocarse en sus responsabilidades y les provee de un marco claro para la regulación de sus impulsos, mitigando de forma drástica el riesgo de que terminen bajo la custodia del sistema judicial.
Toda esta evidencia demuestra que la figura del padre es un elemento de contención social imprescindible. Sin embargo, encontrarnos con una comparación tan simétrica y contundente nos devuelve a la inquietud con la que iniciamos. Si la presencia paterna es el factor que previene estas crisis en la mayoría de los casos, ¿significa que la simple permanencia física en casa es suficiente para salvar a un hijo?
La miniserie Adolescencia nos obliga a dudar de esa respuesta fácil. El protagonista no encajaba en las estadísticas de abandono; vivía en un hogar cómodo, asistía a clases y su padre estaba allí, compartiendo la rutina y esforzándose por ser un protector que rechazaba la violencia. En un contexto que parecía cumplir con todas las condiciones ideales para evitar una tragedia, las defensas familiares fallaron por completo. Esto nos demuestra que no basta con estar bajo el mismo techo; hay algo más complejo en el ejercicio de la paternidad que necesitamos desentrañar.

El empobrecimiento de Occidente
Para comprender cómo un entorno aparentemente ideal termina en tragedia, es necesario analizar un cambio estructural en la psicología de nuestra época. En su libro El triunfo de lo terapéutico, el sociólogo Philip Rieff explicó que en nuestra cultura la máxima prioridad es “terapéutica”, es decir, que el propósito central de la sociedad ya no es la formación del carácter, sino la eliminación del sufrimiento psicológico y la búsqueda del bienestar emocional individual. Esto explica la raíz de la pérdida de la autoridad paterna.
En el capítulo 2 de su libro, titulado “El empobrecimiento de la cultura occidental”, Rieff señala que históricamente las sociedades se organizaban mediante sistemas morales que exigían sacrificios y control de los impulsos, tratando la gratificación inmediata como algo que debía gobernarse. Sin embargo, la cultura moderna ha sustituido ese modelo por una dinámica donde la reducción del sufrimiento y la autoexpresión son los valores supremos. Pasamos así de un modo “privativo”, basado en normas internas y límites restrictivos, a un modo “apetitivo”, donde la cultura ya no establece prohibiciones, sino que valida la satisfacción incondicional de los deseos. En este nuevo orden conceptual, ejercer autoridad o imponer restricciones se interpreta erróneamente como un acto hostil que daña la psique del menor.

Esta transición del límite a la permisividad se manifiesta con total claridad en el ámbito doméstico contemporáneo. En la conversación final de Adolescencia, el padre ofrece una confesión que ilustra de manera exacta esta pasividad. En medio del dolor por el desenlace, él reconoce que fue quien le compró el ordenador a su hijo, y admite que tanto él como la madre simplemente lo dejaban estar hasta altas horas de la noche con el dispositivo encendido, sin decirle nunca nada. Los padres intentan asimilar la culpa aceptando que, hoy en día, todos los niños son criados de la misma forma; confiesan que no actuaron con malicia, sino que simplemente se dejaron llevar por la corriente de una época que normaliza el aislamiento digital de los hijos a cambio de mantener la paz en el hogar.
Pero concluir que el problema se reduce a entregar un dispositivo electrónico sin supervisión sería un análisis superficial —aunque lamentablemente esa falta de control básico sea una realidad en muchos hogares—. El fondo del asunto es más grave: el padre abdicó de su función histórica como protector y filtro del mundo exterior dentro de la casa. Mientras el joven Jamie permanecía encerrado en su habitación, su identidad era moldeada por discursos radicales propios de la “machósfera” y las propuestas hipermasculinas de figuras como Andrew Tate (un polémico influencer conocido por promover una masculinidad extrema y agresiva en internet). El padre estaba físicamente presente bajo el mismo techo, pero permaneció completamente ajeno a las corrientes ideológicas que colonizaban la mente de su hijo, renunciando a intervenir o a confrontar esas narrativas con una guía firme y madura.

Al explicar el trasfondo de la obra, el co-creador de la serie, Jack Thorne, apuntó directamente al núcleo del problema al señalar que la historia expone a “padres que no supieron verlo, una escuela que le falló y las ideas que consumió en internet”. La caída del joven no ocurre en el vacío, sino en la combinación de una comunidad ausente y una exposición digital sin filtros. Cuando la figura paterna se retira y deja de aplicar un marco de contención, los algoritmos ocupan de inmediato ese espacio de autoridad.
Una manzana al lado de la vara
El triunfo de lo terapéutico en la cultura occidental y su consecuente impacto en la pérdida de la autoridad en el hogar no es, en realidad, un fenómeno nuevo. En el fondo, esta pasividad es un reflejo de la falta de hombría que se remonta a Adán. Aquel primer hombre que fue llamado por Dios a cuidar y establecer límites claros en el Jardín del Edén terminó permitiendo de forma inactiva que la influencia de la serpiente lo dañara todo, para luego evadir su responsabilidad y culpar a su esposa. La tendencia del padre contemporáneo a mirar hacia otro lado mientras las corrientes digitales moldean a sus hijos viene directamente de la Caída.
Como este problema no es nuevo (que Occidente simplemente ha reformulado con términos académicos), los teólogos del pasado ya se habían enfrentado a esta misma inclinación humana. Martín Lutero abordó detalladamente esta responsabilidad en sus famosas Charlas de sobremesa. En su contexto histórico, la Iglesia medieval menospreciaba las labores domésticas y de crianza, considerándolas tareas mundanas e inferiores frente a la supuesta superioridad espiritual de la vida monástica o clerical. Lutero rompió con este paradigma al enseñar que el hogar es el primer campo de ministerio y que el oficio de padre es una vocación sagrada instituida por Dios para moldear el alma de los ciudadanos y de los creyentes, rescatando el valor del ámbito familiar como el núcleo de la sociedad.

Para guiar este esfuerzo práctico, Lutero acuñó una expresión muy gráfica: el padre debe mantener siempre “una manzana al lado de la vara”, la primera para recompensar y la segunda para corregir, buscando que sea la manzana la que tenga la palabra final. Al proponer este equilibrio, el reformador recordaba su propia infancia, donde sus padres se habían ido al extremo de la severidad absoluta, castigándolo con una rigidez física y psicológica que le provocó profundas heridas emocionales. Sabiendo por experiencia que la tiranía engendra resentimiento y que la indulgencia daña el carácter, Lutero insistió en que la firmeza de la disciplina (la vara) jamás debe aplicarse sin la dulzura del afecto y el incentivo tierno (la manzana).
Siglos más tarde, durante el siglo XIX, el obispo anglicano J.C. Ryle enfrentó un desafío similar en su célebre tratado sobre las responsabilidades paternas. Ryle escribió en plena era victoriana, un período caracterizado por un extraordinario auge en la infraestructura pública, la multiplicación de escuelas y la formalización de la educación de los jóvenes. Sin embargo, este progreso institucional corría en paralelo con un preocupante descuido de los deberes formativos dentro de las familias, donde los padres tendían a delegar la brújula moral de sus hijos en manos de los maestros y las estructuras externas del Estado.

Ante esta tendencia a externalizar la crianza, Ryle alzó la voz para exigir un retorno al diseño bíblico que une la corrección con el amor. En su tratado Los deberes de los padres, el teólogo argumentó que el afecto paterno real no se mide por la complacencia ante los impulsos o caprichos del menor, sino por la disposición a gobernar su voluntad con paciencia y firmeza. Para Ryle, dejar que un niño sea guiado por sus inclinaciones naturales no es amor, sino abandono, por lo que dejó una advertencia que confronta directamente el emotivismo moderno: “entonces, si ha de instruir a sus hijos correctamente, instrúyalos en el camino por el que deben andar, no en el camino que naturalmente tomarían”.
Y si siguiéramos buscando en la historia de la Iglesia, nos encontraríamos con muchos otros pastores y teólogos que argumentan lo mismo: el padre debe, sin abandonar el amor, establecer límites. Dios diseñó la sociedad para que funcione sobre este fundamento. Así, el drama expuesto en la serie Adolescencia y los diagnósticos sociológicos de Philip Rieff apuntan hacia una misma verdad. El rol del padre en la sociedad no se limita a proveer recursos materiales ni a habitar pasivamente bajo el mismo techo, sino a levantar un dique de contención moral. Cuando un padre abandona su puesto por temor al conflicto, por pereza o por dejarse llevar por la corriente cultural, entrega a su hijo a las corrientes destructivas del entorno. Volver a asumir la paternidad con la firmeza de la vara y la ternura de la manzana sigue siendo la única estrategia efectiva para prevenir el colapso social.
Referencias y bibliografía
The true events that inspired Netflix’s hit drama | Harper’s Bazaar
Cómo surgió la siniestra machosfera de la que habla la serie “Adolescencia” | BBC Mundo
Adolescencia arrasa en la 77ª edición de los premios Emmy | DW
Luther on bringing up children | Defence of the Truth
Chapter 1: Young Luther | Religion Online
Los deberes de los padres, de J.C. Ryle | Chapel Library
John Charles Ryle: pleading for holiness in the church | IBLP
