“El temor es contagioso”: cómo Aaron y Jillian Bashore desafiaron las amenazas y el secretismo en Marruecos por amor a Cristo

Tras servir por años en Marruecos, la familia Bashore habla sobre el costo de la misión, el papel de los creyentes locales y el desafío para la Iglesia latinoamericana: “El mundo musulmán necesita más latinos”.

Imagen: (basado en fotos de Unsplash)

Dearborn, Michigan, no suele aparecer en el imaginario evangélico latinoamericano cuando se piensa en misiones al mundo musulmán. La mente viaja más fácilmente al norte de África, al Medio Oriente o a ciudades donde el islam forma parte visible de la vida pública desde hace siglos. Sin embargo, esta ciudad estadounidense cuenta con una de las presencias árabes y musulmanas más significativas del país, y hoy Aaron y Jillian Bashore están continuando allí una trayectoria misionera que comenzó hace dos décadas.

Aaron y Jillian nacieron cerca de Cincinnati, Ohio, y se conocieron en Grace Baptist Church, la iglesia que luego los envió al campo misionero. Aaron creció en la iglesia; Jillian, en cambio, no escuchó el Evangelio sino hasta casi los 18 años. Cuando se convirtió, entendió que no quería dedicar su vida a otra cosa que no fuera servir a Dios. Para ese entonces, Aaron ya estaba levantando apoyo para ir como misionero a Venezuela. 

Pero el camino terminaría llevándolos por una ruta distinta: primero a Perú, donde aprendieron español; luego a Marruecos, donde sirvieron por años entre musulmanes; después a Alemania, en medio de una ola de refugiados provenientes de Siria y Afganistán; y finalmente a Dearborn, donde hoy Aaron pastorea Christ Community Church y Jillian dirige el Arab American Friendship Center, un centro para inmigrantes y refugiados.

Su historia no es la de una misión romántica ni sencilla. En Marruecos enfrentaron oposición, temores, amenazas, tensiones con otros misioneros, enfermedades graves y decisiones familiares difíciles. En una ocasión, Aaron tuvo que regresar de urgencia a Estados Unidos para ser operado de un tumor en el pulmón, mientras Jillian estaba embarazada de su tercera hija. En otra etapa, su rostro apareció en un periódico marroquí por bautizar a un nuevo creyente, y la familia tuvo que salir temporalmente del país. Aun así, ellos recuerdan ese tiempo no solo por el sufrimiento, sino también por la gracia de Dios, la formación de creyentes locales y el gozo de ver cómo el Evangelio avanzaba en lugares donde parecía haber pocas puertas abiertas.

En esta entrevista, Aaron (AB) y Jillian (JB) conversan con Giovanny Gómez (GG) y David Riaño (DR) —director y editor general de BITE, respectivamente— sobre el llamado misionero, el costo de servir en contextos musulmanes, la importancia de trabajar junto a creyentes locales, la necesidad de formar equipos multiculturales y el papel que puede tener la Iglesia latinoamericana en la misión global. También hablan de cómo la creatividad y la tecnología —desde una radio por internet hasta la publicidad en redes sociales— se convirtieron en herramientas inesperadas para conectar con personas interesadas en la Biblia y abrir conversaciones sobre Cristo.

Aaron y Jillian Bashore / Foto: Cortesía de la familia Bashore

GG: ¿Por qué les interesaba hacer misiones en América Latina?

AB: Visité México cuando tenía 14 años. Acababa de aceptar a Cristo y el Señor había hecho una gran obra en mi corazón. Antes sentía mucho temor a la condenación y a estar lejos de Dios. Pero cuando entendí que Dios promete en Su Palabra salvar a quienes creen en Él y lo reciben, cambió mi vida. Juan 1:12 dice, que son “hechos hijos de Dios”. Fue como si las nubes se aclararan.

Un año después fuimos con el grupo de jóvenes de nuestra iglesia a un viaje misionero. Era la primera vez que salía de mi contexto. Visitamos un pueblo en las montañas, cerca de Saltillo. Yo hablaba quizá cinco palabras en español, las que nos habían enseñado antes del viaje. Pero al ver un pueblo sin iglesia y a alguien enviado para predicar la Palabra y comenzar una congregación, pensé que eso era lo mejor que una persona podía hacer con su vida. 

Creo que es raro tener tanta claridad a los 14 años sobre algo tan importante, pero fue así: el Evangelio me impactó y entendí que todos lo necesitan. Sabía de misiones, pero hasta entonces no lo había visto ni considerado de esa manera. Eso me llevó a Venezuela cuando tenía 19 años, y la misma idea nos ha guiado hasta hoy: llevar el Evangelio y plantar iglesias donde no las hay.   

JB: Yo soy la única creyente de mi familia, mientras que Aaron creció en la iglesia. Conocí a Cristo cuando tenía casi 18 años; no escuché el Evangelio sino hasta esa edad. Cuando me convertí y empecé a crecer en la fe, pensé: “No hay nada más que quiera hacer con mi vida aparte de servir a Dios”. Quería dedicar mi vida a ser misionera o a servir en el ministerio. 

Dos años después, fui a visitar a mi familia en Middletown, Ohio, y asistí a Grace Baptist Church o Iglesia Bautista Gracia. Allí conocí a la mamá de Aaron y ella luego le dijo a él: “Conocí a la mujer con quien te vas a casar”. Y tenía razón. En ese momento, él estaba levantando apoyo para ir a Venezuela como misionero soltero. Pero, al conocernos, ya los dos pensamos en ir a Sudamérica; me parecía buena idea irnos allí.

Jillian conoció primero a la mamá de Aaron, en Grace Baptist Church. / Foto: Come to GBC

GG: ¿Finalmente fueron a Venezuela?

AB: Al final no, pero sí fuimos a Perú cuando nuestro primer hijo tenía apenas cuatro semanas de nacido y estuvimos un año y medio. Mientras aprendíamos español allí, encontré un libro llamado Perspectivas de la misión global. Tenía mapas que mostraban dónde había iglesias y dónde no.

JB: Aunque sí fuimos a Venezuela para una conferencia de pastores. Allí vimos el trabajo que estaban haciendo los pastores latinos y quedamos muy impactados. Entonces pensamos: “¿Qué vamos a hacer nosotros aquí? ¿Dónde nos necesitan más?”.

AB: Yo tenía 24 años y Jillian 23. En Venezuela había pastores que llevaban más años en el ministerio que los que nosotros teníamos de vida. Eran mucho más maduros que nosotros. Entonces el Señor empezó a mover nuestros corazones para llevar el Evangelio más allá, a ciudades donde no hubiera iglesias ni creyentes.

En una conferencia misionera en Perú se presentó el reto de ir al norte de África. Esa misma noche, Jillian y yo, junto con dos pastores peruanos y sus esposas, nos rendimos para ir. Allí mismo formamos un equipo.

Aaron y Jillian se trasladaron a Perú cuando su primer hijo tenía apenas cuatro semanas de nacido, donde vivieron durante un año y medio. / Foto: Pexels

GG: ¿Por qué el norte de África? ¿Por qué un contexto musulmán?

AB: Había una red de pastores con visión y deseo de enviar obreros. El rector del seminario tenía algunos lugares en mente: India, China y el norte de África. En esa conferencia se enfocaron en el norte de África y así fue como Dios obró.

JB: Además, Marruecos tiene una buena relación con Perú, así que era relativamente fácil para los peruanos ir a vivir allí. También hay buena relación entre Marruecos y Estados Unidos.

AB: Cualquier marroquí le va a decir a un estadounidense que Marruecos fue el primer país en reconocer la independencia de Estados Unidos. Están muy orgullosos de eso. Desde entonces, ambos países han mantenido una buena relación.

GG: ¿Ya habían estado antes en un país islámico? 

AB: La verdad, ni siquiera habíamos conocido a un musulmán. Yo estaba en Perú cuando cayeron las Torres Gemelas y, claro, ese día Estados Unidos se enteró del islam. Sabíamos algo antes, pero no habíamos conocido musulmanes. No teníamos una carga especial por ellos como tal, sino por la gente lejos del Evangelio. Era la misma visión: llevar el Evangelio y plantar iglesias en lugares donde no lo tienen. Y el islam es quizás la última frontera, en algunos sentidos, para la Iglesia; una de las tierras más duras para el mensaje.

Tras su estancia en Perú, la familia Bashore se trasladó a Marruecos, donde continuó su labor misionera. / Foto: Unsplash

GG: Al llegar, ¿qué fue lo más difícil?

JB: Hay muchas cosas muy difíciles. Desde el inicio, cuando llegamos al aeropuerto, el hombre que vino a ayudarnos con las maletas llevaba una camiseta con las Torres Gemelas en llamas. Atrás, en inglés, decía: “Kill them all”. Él fue muy amable, pero su camiseta comunicaba lo contrario. Eso fue en 2007, no mucho tiempo después del 11 de septiembre.

Pero creo que hubo dos cosas especialmente difíciles. Una fue la manera como algunos hombres trataban a las mujeres. La otra fue la mentalidad de muchos misioneros que trabajaban allí; tenían una idea muy definida de cómo debía ser el trabajo en el mundo musulmán, como si todos los países fueran iguales, como si Eritrea y Marruecos fueran lo mismo. Todo debía hacerse en secreto. Algunas misioneras empezaron a hablar conmigo sobre cómo debíamos comportarnos en Marruecos. En los primeros meses, una de ellas me dijo: “No debes decirle a nadie que eres estadounidense, no debes hablar inglés en la calle”. Ella tenía mucho temor, y eso me afectó e impactó bastante. 

Aaron tenía muchas ganas de hablar con la gente y empezó a aprender árabe muy rápido. Algunas personas de la comunidad misionera no pensaban mal de nosotros, pero sí tenían temor de la manera en que él hablaba de Cristo. Creían que lo hacía más abiertamente de lo que debía. Al principio, eso me causó mucho temor. Quienes tenían más experiencia que nosotros nos decían que lo que estábamos haciendo era equivocado. Entonces decidí que quizás no debía escuchar tanto esos consejos, sino seguir a mi esposo. 

Después de quizá un año, me invitaron a una reunión de mujeres estadounidenses, inglesas y finlandesas. Pensé que sería para conversar, animarnos o pasar un buen tiempo juntas, pero resultó ser una intervención para explicarme todo lo malo que supuestamente estábamos haciendo. Doy gracias a Dios por nuestro equipo peruano, porque después de escuchar todos esos consejos regresé a casa y hablé con Aaron. Le dije: “Tengo mucho temor, porque creo que lo que estamos haciendo puede causar daño a los marroquíes. Ellas dicen que vamos a dañar todo el trabajo que los cristianos quieren hacer en esta ciudad”.

La religión mayoritaria en Marruecos es el islam suní, practicado por más del 99 % de la población. / Foto: Unsplash

GG: ¿Pero qué estaban haciendo ustedes diferente? ¿Salían a la calle y hablaban con las personas?

JB: Hablábamos más abiertamente, le predicábamos a la gente. En cambio, ellos eran muy cuidadosos en la manera de testificar. Procuraban no decir el nombre de Jesucristo abiertamente ni en voz alta. Llamaban a la Biblia “el buen libro”. Cosas así.

AB: Era una manera de vivir con mucho temor. Cada palabra tenía su código; no invitaban directamente a las personas a leer la Biblia. Nosotros no predicábamos en las esquinas de las calles; simplemente conocíamos gente, les hablábamos de Cristo de forma muy abierta, los invitábamos a la casa y estudiábamos la Palabra con ellos. Los otros misioneros funcionaban de una forma muy parecida a un agente secreto: no sabías si eran cristianos o no. Ese ambiente también afectaba a los marroquíes, porque el temor es contagioso. Pero la valentía también lo es.

Había muy pocos creyentes marroquíes y ellos seguían el ejemplo de los misioneros. Pensábamos: “Pueden echarnos del país y nos iremos a otro, pero no queremos malgastar la corta vida que tenemos”. Entonces decidimos, junto con nuestros colaboradores de obra peruanos, no mezclarnos tanto con la comunidad misionera extranjera, sino conocer musulmanes, predicar la Palabra, testificar y ver qué hacía Dios.

JB: Al final, en los últimos años que estuvimos en Marruecos, cuando la gente me preguntaba: “¿Qué hace tu marido aquí? ¿Cuál es su trabajo?”, yo respondía: “Él enseña la Biblia”. Ya sabía suficiente árabe para explicar exactamente qué significaba eso. 

AB: Quizás ustedes han escuchado la analogía de los monos y los bananos. Un mono sube por un poste para tomar los bananos, pero le rocían agua y se cae. Luego meten otro mono y, cuando este intenta subir, el primero lo baja. Después hay toda una sociedad de monos que ve los bananos en el poste, pero ninguno sube porque todos se han enseñado que es peligroso. Incluso sacan al primer mono que experimentó eso, pero los demás ya tienen esa idea en la mente. El temor es así de contagioso y muchas veces en las misiones alguien llega y otros quieren ponerle todas las reglas sobre lo que no debe hacer allí. Yo he aprendido que el Señor tiene que guiar.

JB: Eso también fue difícil, porque siempre queríamos tener amistad y un ambiente de gracia con todos los misioneros. Pero era complicado cuando nos decían: “Lo que están haciendo está equivocado”. Nosotros, sin embargo, pensábamos que debíamos hacerlo. Lo bueno es que tenemos el libro de Hechos en la Biblia para animarnos.

Junto con sus colaboradores peruanos, los Bashore decidieron enfocarse en conocer musulmanes, predicar la Palabra, testificar y ver qué hacía Dios. / Foto: Unsplash

DR: En Hechos se narra que Pablo en algún momento tuvo que tomar distancia de Juan Marcos. Entonces, ¿ustedes se vieron en la necesidad de hacer lo mismo con otros misioneros?

AB: Sí. En cierta manera, eso nos ayudó. Una iglesia local marroquí, que quedaba más o menos a una hora u hora y media de distancia en taxi, nos aceptó. Cada domingo íbamos con nuestros colaboradores peruanos. Allí nos enseñaron cómo cantar en su idioma, cómo predicar y orar, cómo hacer una reunión en casa. Durante ese primer año, ellos nos formaron como parte de la iglesia local y nos relacionamos con ellos a través de testificar y ganar gente para Cristo. Llegamos a tener vínculos muy fuertes con los marroquíes, como si fueran nuestra familia. Al final fue algo bueno. Ellos nos enviaron a plantar la primera iglesia. Entonces no nos separamos de todos los creyentes, más bien tuvimos que distinguir a quiénes debíamos acercarnos. Entre ellos había un misionero estadounidense que hablaba español, ya llevaba muchos años sirviendo con mucho valor y coraje, y hasta hoy sigue siendo un mentor para nosotros. 

También aprendimos qué hacer cuando había amenazas de la policía, especialmente en nuestros primeros años, cuando los primeros cristianos recibían muchas amenazas. También estaba la presión de la familia, que podía rechazarlos; eso le pasa casi a cada creyente. Así que aprendimos a recordar Mateo 5, cuando Cristo dice: “Regocíjense cuando sean odiados y rechazados por Mi nombre”. Aprendimos a reunirnos y a celebrar, a no quedarnos aislados ni temerosos, sino a regocijarnos por haber podido sufrir de alguna manera, aunque fuera pequeña en comparación con los apóstoles o con otros creyentes en distintas partes del mundo que incluso mueren por el Evangelio.

Hacer una especie de fiesta en medio de eso es difícil, es lo contrario a lo que queremos hacer naturalmente. Pero cuando lo hacemos y recordamos el porqué, eso crea una cultura contagiosa de ánimo en el Señor en tiempos difíciles.

JB: También experimentamos otra situación nada fácil. La cara de Aaron salió en la primera página de un periódico en Marruecos. Fue un viernes, cuando todos lo leen. Aparecía bautizando a una persona. Al mismo tiempo, mi cara y la de nuestra hija menor, que era una bebé muy rubia, salieron en una página web de extremistas, con amenazas contra nosotros. Ver esto fue muy difícil. Sucedió unos dos meses después de que la primera chica a la que yo había estado discipulando por tres años conociera a Cristo. Entré a mi habitación preguntando: “Dios, ¿por qué está pasando esto?”. Cerré la puerta del cuarto y no quise salir. Me fui directamente a mi cama; no podía hablar, comer ni hacer nada. Me desconecté casi por completo de la vida y sentía como si hubiera una nube encima de mí.

Aaron tocaba la puerta y me preguntaba: “¿Estás bien? ¿Quieres comer?”. Después de más de 24 horas, sentí que Dios quería que orara por las personas que habían publicado esas fotos. Yo le decía: “No quiero orar por ellos. Ellos pusieron la cara de mi bebé para que la gente nos haga daño”. Pero al final el Espíritu Santo me dio palabras para orar. Pude perdonarlos y salir del cuarto. No sabía exactamente qué iba a pasar, pero sabía que Dios iba a cuidarnos.

Después vinieron días muy difíciles. Tuvimos que salir del país con ocho maletas, dejando la casa, nuestras cosas y los juguetes de los niños. Pero Dios nos cuidó. Fue increíble.

En un momento de su ministerio, Aaron salió en la primera página de un periódico en Marruecos, bautizando a una persona. / Foto: Berean Baptist Church

GG: ¿El “problema” fue que tú bautizaste a alguien?

AB: Sí. Estábamos bautizando a un nuevo creyente en una reunión de la iglesia, en una terraza.

JB: En una piscina de niños.

AB: Sí. En esos días Facebook era más o menos nuevo y no se manejaban bien todos los asuntos de seguridad. Uno de los hermanos subió la foto a su cuenta, quizá pensando que era seguro. De ahí la tomaron y publicaron una historia en el periódico que decía: “Americano recibe 70.000 dólares por cada convertido”; era una mezcla de información correcta e incorrecta, pero apareció como un artículo. En ese tiempo había mucha presión sobre la Iglesia.

GG: ¿Tomaron la foto de tu hija de tus redes sociales?

JB: Tal vez alguien conocido la tomó y luego alguien más la compartió. No sabemos exactamente. Lo feo es que era de su cumpleaños. 

AB: No sabemos cómo consiguieron las fotos. Había una página de Facebook creada por musulmanes que querían exponer las obras misioneras de los evangélicos.

JB: Y también a los pastores marroquíes.

AB: Sí, también. Publicaban todas las fotos y datos que podían encontrar para infundir temor y presionar al gobierno a expulsarnos.

JB: Después crearon otras páginas y las fotos siguieron allí hasta 2016 o 2017.

GG: ¿Ustedes denunciaron esas publicaciones ante Facebook?

AB: Lo intentamos, pero no pasó nada.

GG: ¿Y esa fue la salida definitiva de Marruecos?

JB: No. Nos quedamos con unos amigos por un tiempo y luego pudimos regresar.

AB: Eso ocurrió en nuestro cuarto año en el país, pero en total nos quedamos diez años.

Algunos musulmanes crearon una página en Facebook para denunciar la labor misionera y exigir la expulsión de los misioneros del país. / Foto: Unsplash

DR: ¿Cómo fue su trayectoria en ese país?

AB: Primero estuvo el aprendizaje del idioma y de la iglesia local. En total, pasamos casi dos años estudiándolo. En el segundo año empezamos una iglesia. Eso, en la práctica, significaba reunirnos en una habitación. Comenzamos con uno de los hermanos que, en la iglesia donde nos reuníamos, había creído, pero que vivía en nuestra ciudad. Invitamos a amigos, vecinos y conocidos, y estudiábamos el Evangelio de Mateo, capítulo por capítulo.

Al principio pensamos: “No cantemos, porque los musulmanes van a pensar que es raro”. Pero decidimos hacerlo, a ellos les pareció bonito y quisieron que lo siguiéramos haciendo. Desde entonces, siempre cantamos alabanzas. Eso atraía mucho la atención de los musulmanes.

GG: Ellos no cantan en realidad.

AB: No de esa manera. En las culturas islámicas sí hay música, pero no dentro de las mezquitas; para muchos musulmanes observantes es haram, es decir, prohibida.

JB: Si son musulmanes muy estrictos, solo van a escuchar el Corán recitado, pero eso no es cantar.

DR: He escuchado que eso tiene un tono más triste. No es de alabanza, sino de lamentación.

AB: Sí. No es de alabanza. Cuando los cristianos cantamos, lo hacemos con gratitud, con corazones llenos de alegría por lo que Cristo ha hecho por nosotros. Ellos no tienen eso. Entonces, escucharnos cantar llama mucho su atención. Creo que la música es una parte muy importante del evangelismo.

GG: ¿Y cantaban en árabe?

AB: Sí.

JB: También en español; los peruanos tenían canciones muy bonitas.

La familia Bashore vivió en Marruecos durante diez años. / Foto: Pexels

GG: Sigamos con su trayectoria en Marruecos.

AB: Después de empezar esa iglesia, durante unos años creyó una persona, luego otra al año siguiente, después otra. Fue un trabajo muy lento. Pero una nueva fase comenzó cuando empezamos a hacer ministerio en línea: ofrecíamos Nuevos Testamentos gratuitos a todos los que quisieran. Luego contactábamos a las personas y se los entregábamos en persona. Eso nos facilitó mucho saber quién tenía interés. Uno puede y debe testificar a cualquiera, pero hay personas en cuyos corazones Dios ya está trabajando. 

Primero lo hicimos por Facebook, con una publicidad. Las personas podían hacer clic y llenar un formulario con su número de teléfono, entonces las llamábamos para reunirnos con ellas. De ese esfuerzo surgieron algunas historias de comisaría, como las de César y Said, quienes fueron tomados por la policía y llevados a declarar. Pero también, por medio de eso, surgieron varias iglesias, muchos creyentes y bautismos.

Después de algunos años, se formó una base de marroquíes bien discipulados que entraron a la obra cuando esta creció por medio de redes sociales e internet. En 2012 o 2013 empezamos una radio en vivo por la web durante el Eid al-Kebir —la “fiesta grande” en árabe—, también llamada “fiesta del cordero”. La celebran cada año y dura más o menos una semana en la que no hay mucho que hacer. Todos van a sus pueblos y pasan tiempo con la familia. Entonces pensamos: “¿Qué podemos hacer para que la Palabra llegue cuando no hay actividad y las calles están vacías?”. 

En su país, un amigo libanés había empezado una radio en vivo por Internet desde una página web. Un martes me dio la idea y yo se la propuse a los hermanos. El jueves hicimos nuestra primera emisión en vivo, era algo muy sencillo. Creo que gastamos $600 en publicidad de Facebook para que la gente lo escuchara. Les dije a los hermanos Marwan y Said, que son pastores: “El sermón que predicaron el domingo, predíquenlo ahora. Luego tomamos llamadas”. Ellos lo hicieron, la gente empezó a llamar y transmitimos lo que decían en vivo. Recuerdo especialmente a una mujer que estaba asombrada de que hubiera creyentes marroquíes; tenía muchas preguntas y dudas sobre el islam. Esa primera vez duramos unas tres o cuatro horas, había miles de oyentes… ¡estábamos contentísimos! 

Marwan nació y creció en Marruecos, en medio de una población mayoritariamente musulmana. / Foto: BITE

Empezamos a hacerlo cada viernes en la noche. Los programas siempre los hicieron los marroquíes, no nosotros los extranjeros —ni los peruanos ni los estadounidenses—. Eso empezó a atraer a otros creyentes que querían ayudar compartiendo sus testimonios. De ahí surgieron unas tres o cuatro iglesias en casas en otras ciudades. Fue una etapa importante. Marwan, Said y una mujer que ayudó mucho con la radio fueron quienes participaron, además se formó todo un equipo. Ellos siguen llevando adelante esa obra hasta hoy. Se reúnen con oyentes que piden biblias por medio de este esfuerzo y así las iglesias siguen haciendo discípulos.

César Moreno, pastor en Arequipa, vino porque había tantas personas pidiendo biblias que pregunté al seminario en Perú si podían enviarnos dos jóvenes dispuestos a darnos dos años para viajar a pueblos, aldeas, desiertos y lugares muy lejanos. No teníamos la capacidad de llegar a todos. Pero en un país musulmán como Marruecos, entregar biblias podría considerarse ilegal. En una ocasión, una de las personas que había pedido una copia llegó acompañada por la policía. Llevaron a César y a Luis a la comisaría y comenzaron a interrogarlos: qué hacían, por qué estaban allí, quién les pagaba, entre otras. Pero también les preguntaron: “¿Quién les dio autoridad para hacer esto aquí?”. 

César sabía suficiente árabe para comunicarse un poco, así que dijo: Cristo mismo. Pidió su biblia bilingüe, en español y árabe, y les mostró Mateo 28:18-20, que dice: “Jesús, les dijo: Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado”. 

Y como en las comisarías de Marruecos trabajaban con máquinas de escribir, mientras él respondía, los policías iban escribiendo sus respuestas, es decir, los versículos sobre la autoridad de Cristo. César tenía un árabe limitado, pero estaba dispuesto. Había entregado su vida al Señor y Dios lo usó en esa comisaría para abrir una Biblia delante de todos esos oficiales y policías.

Él y su compañero Luis tuvieron que salir del país. No fueron expulsados, pero cuando salieron, ya no pudieron regresar, porque estaban en una lista negra. Ellos no alcanzaron a estar dos años, pero los peruanos que los reemplazaron sí: fueron tres parejas que vinieron una después de la otra. A todos ellos los llamamos “Peregrinos del Evangelio”.

JB: Tenían mucho coraje. Sabían que era posible que los sacaran del país, pero aun así fueron. De verdad son increíbles.

Ni César ni Luis pudieron regresar al país tras ser incluidos en una lista negra. / Foto: Unsplash

GG: Eso es sufrir por la causa del Evangelio.

DR: También está la familia. Uno echa raíces en un lugar, pero vive con la posibilidad de que en cualquier momento lo saquen.

AB: Sí. Todo está en un espectro de riesgo. Nosotros no arriesgamos tanto como los marroquíes, solo nuestras pertenencias y nuestra estabilidad en el país, lo cual no es nada en comparación con lo de ellos. Pero ellos tampoco arriesgan tanto como los creyentes en Afganistán, Arabia Saudita o Yemen. Hemos escuchado que recientemente han asesinado cristianos en Yemen, incluso por acción del gobierno. En Marruecos no ha pasado eso.

Entonces hay un espectro de riesgo. Creo que los misioneros no deben dar la impresión de que no vale la pena predicar y obedecer la Palabra. Tenemos que dar ejemplo a los creyentes nacionales en el lugar donde servimos.

GG: Entiendo, pero entonces las emisiones de radio cambiaron su forma de desarrollar el ministerio en Marruecos.

AB: Sí, aumentó nuestra capacidad de testificar a muchas personas a la vez, y también de contactarlas personalmente. Algunos ya habían hecho algo parecido por radio AM. Monte Carlo, por ejemplo, era una radio en árabe que había sido usada con ese propósito, aunque desde fuera del país. También hicieron cursos por correspondencia. La diferencia es que nosotros podíamos hacerlo dentro del país y conocer a la gente cara a cara. Aunque también nos encontramos con personas que habían escuchado esa radio desde España durante muchos años, pero que nunca habían conocido a un creyente. Eso abrió puertas.

Ahora la radio por internet ya no tiene el mismo impacto, porque esta generación no escucha tanto audio; quiere ver TikTok, Instagram o YouTube. Por eso ellos ya están haciendo la tarea en video, aunque eso requiere mucho más trabajo. Marwan, Said y otros están trabajando en eso. Justo terminaron un curso sobre todo el Evangelio de Juan, enseñado versículo por versículo en video, y lo están publicando. 

GG: Como fruto de eso, ¿cuántos creyentes llegaron?

AB: Es muy difícil dar números exactos. Con el tiempo tuvimos muchos pasantes, alrededor de 50 jóvenes en 10 años. Algunos regresaron después al país, ya casados y como misioneros. Trabajaron con nosotros y también plantaron iglesias en otras partes del país, junto con los marroquíes. Pero no llevamos una cuenta exacta. 

Al año siguiente que salimos de Marruecos, regresamos y ellos hicieron una reunión con todas las iglesias juntas. Había cinco o seis iglesias representadas y casi 60 personas. Se les fue preguntando: “¿Cómo escuchaste de Cristo?”, y muchos mencionaron la radio, que se llamaba “Radio Luz de Marruecos”. Fue muy bonito, pero siempre hay que crear nuevas maneras de llegar. El mundo cambia muy rápido, especialmente en lo digital, aunque eso fue lo que Dios utilizó en ese momento. Incluso la emisora llegó a aparecer en un periódico del país, donde advertían a la gente que no la escuchara, decían que era subversiva. Durante una semana no tuvimos que pagar publicidad porque todos querían saber qué estaban haciendo los cristianos. Nos ahorró dinero.

La emisión de radio aumentó la capacidad de los misioneros de testificar a muchas personas a la vez, y también de contactarlas personalmente. / Foto: Unsplash

GG: Les hicieron publicidad.

AB: Sí. La antipublicidad también es publicidad. Cuando no estábamos en vivo no nos escuchaban tanto, pero cuando salió ese periódico, miles lo hicieron. Fue increíble.

GG: ¿Qué segmentación usaban para llegar a las personas por medio de la publicidad? ¿Qué palabras clave o temas utilizaban?

AB: Al final hicimos cientos de horas de grabaciones en audio sobre los temas que preguntaban quienes llamaban o escribían: historias personales, testimonios y otras preguntas. Entonces hacíamos publicidad con una pregunta que podía llamar la atención. La persona hacía clic y escuchaba el audio.

GG: ¿Por qué finalmente decidieron salir de Marruecos? ¿Qué hicieron después? 

JB: Nuestros hijos llegaron a una edad en la que necesitaban un poco más de comunidad, así que nos fuimos a Alemania por seis años, aunque seguimos yendo a Marruecos. Ellos estudiaban en casa, así que intentamos enviarlos a escuelas en Marruecos, pero era muy difícil y costoso. En ese momento tenían 13, 11 y 8 años. Además, no es lo mismo ser una chica que un chico en Marruecos y nuestras hijas llegaron a una edad en la que se hacía difícil vivir allí. Por ejemplo, nuestra hija quería jugar fútbol en la calle, pero los chicos siempre le decían: “No, tú eres chica, debes ir a la casa”. 

GG: ¿Y por qué Alemania y no Estados Unidos?

AB: En esos días había una ola de refugiados de Afganistán y Siria. Además, Alemania estaba cerca de Marruecos, podíamos llegar a muchas ciudades.

JB: No queríamos estar tan lejos de nuestra familia en Marruecos.

Después de vivir en Marruecos, la familia Bashore se trasladó a Alemania, aunque continuó visitando el país con frecuencia. / Foto: Unsplash

GG: Claro, estaban en Frankfurt, ¿verdad? Hay vuelos directos a muchas ciudades.

AB: Sí.

JB: Nos costó mucho salir de Marruecos. Fue una decisión muy difícil, pero era lo necesario para nuestra familia en ese momento.

GG: Pero en Frankfurt también estuvieron trabajando con musulmanes.

AB: Sí. Plantamos una iglesia internacional —que hasta ahora sigue— con otras dos familias que conocíamos allí. 

JB: Pero en alemán, no en inglés.

AB: Sí, en el idioma del lugar. Tuvimos que aprender un nuevo idioma, pero siempre estamos listos para un nuevo reto. 

Después de Alemania, queríamos acompañar a nuestros hijos en el proceso de “salir del nido” durante algunos años. Por eso acepté el pastorado de una iglesia en Dearborn, Michigan, una ciudad con una gran presencia musulmana en Estados Unidos. Nuestra hija menor se gradúa de la secundaria el próximo año. Por eso estamos pensando en la posibilidad de regresar.

GG: ¿Cuál es la percepción de sus hijos sobre todo este camino tan largo? ¿Ha sido positivo para ellos o no tanto?

JB: Creo que una respuesta puede verse en algo que dijo mi hija mediana, Josie. Una mujer de nuestra iglesia en Estados Unidos estaba hablando con mis hijos y otros chicos, y les preguntó qué habían aprendido cuando eran niños en la escuela dominical. Entonces Josie dijo: “Cuando era niña no tuve escuela dominical. Nuestros padres nos enseñaron la Biblia en otros momentos, pero algo que aprendí de mi vida en Marruecos es que la cruz de Cristo debe costarte algo”. Eso ayudó mucho a su fe. Durante muchos años ellos tuvieron temor de la policía en cualquier país, no solo en Marruecos, pero aun así eso fue lo que aprendieron. Además, Josie dijo que vale la pena creer en Cristo y eso fue una gran bendición para nosotros. 

Nuestras hijas también quieren ser misioneras. Espero que cumplan ese deseo.

AB: Sí, es la gracia del Señor obrando en sus vidas.

El Islamic Center of America, la mezquita más grande de Norteamérica, está ubicado en Dearborn, Michigan, la ciudad donde Aaron ejerce su ministerio pastoral. / Foto: Wikimedia Commons.

GG: Tremendo. ¿Qué proyecto tienen ahora?

AB: La próxima fase es invertir en otra generación de misioneros. No quiero pretender que sabemos mucho, pero por la experiencia creo que podemos ayudar a otros a multiplicar el impacto. Hemos visto situaciones en Marruecos donde misioneros latinos son enviados con falta de preparación, sin suficiente entendimiento de la cultura ni de cómo trabajar humildemente en equipo y con la iglesia local. Al final regresan a su país dolidos y decepcionados, y los creyentes locales tampoco quedan edificados; ocurre lo contrario.

Queremos ayudar en eso: que nuevos misioneros enviados desde Latinoamérica puedan ser capacitados, ver fruto, permanecer y edificar la Iglesia por medio del evangelismo, el discipulado y la plantación de iglesias de una manera saludable.

JB: Para nosotros fue un gozo trabajar en un equipo multicultural con peruanos y queremos que eso siga pasando y avanzando. El mundo musulmán necesita más latinos.

AB: El proyecto podría llamarse Centro de Entrenamiento Misionero de Sevilla. La idea es que el lanzamiento sea en septiembre de 2027. Todavía es una idea, un proyecto futuro que estamos lanzando para ver quiénes en el mundo latino quieren coordinar y aprovechar un centro así. No sé exactamente con quiénes nos va a unir Dios, pero esperamos que esto pueda avanzar.


Referencias y bibliografía

Our Story | Christ Community Church 

Aaron Bashore | The Shepherd’s Church 

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Autor

David Riaño

Editor general de BITE Project

Es pastor de la Iglesia Familia Fiel en Cajicá. Es Licenciado en Filología Inglesa y Magíster en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia. Está casado con Laura y es padre de Catalina.

Autor

Giovanny Gómez Pérez

Cofundador y director de BITE

Director de proyectos en Flyax, una agencia de marketing de contenidos. También es teólogo y miembro de la Iglesia Bautista Renacer, en Bogotá, Colombia. Casado con Pilar y padre de Sarah.

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