La fertilización in vitro (FIV) es como mirarse en un espejo antiguo: la imagen es borrosa y el fondo permanece oscuro.
En la antigüedad, los espejos no estaban hechos de cristal nítido como los que tenemos en nuestros baños. Eran láminas de metal pulido, generalmente de bronce o cobre, y el reflejo que devolvían era imperfecto, distorsionado y difícil de descifrar. El apóstol Pablo utilizó esta misma imagen en 1 Corintios 13:12 para ilustrar las limitaciones de nuestro entendimiento: “Ahora vemos por espejo, oscuramente” (RVR60). Su conclusión es que, en nuestro estado actual, nuestra comprensión de la realidad es parcial.
Pero, ¿qué tiene que ver un espejo antiguo con la tecnología reproductiva más importante de nuestro tiempo? Al igual que aquellos metales pulidos, la fertilización in vitro refleja una imagen que parece clara a simple vista, pero que en el fondo distorsiona la vida humana. En la superficie, es la solución médica a la infertilidad; en el fondo, implica un paradigma completo sobre cómo entendemos la concepción.
El teólogo Oliver O’Donovan rescata esta imagen bíblica en su texto In a Glass Darkly (En un espejo oscuramente), el último capítulo de su libro Begotten or Made? (¿Engendrado o fabricado?), utilizando un brillante juego de palabras. En la traducción de la Biblia King James, la frase de Pablo se lee: “through a glass, darkly”. El juego consiste en que, en inglés, la palabra glass no solo significa espejo, sino también vidrio, haciendo referencia a la FIV (in vitro literalmente significa “en vidrio”). A su vez, darkly no solo se refiere a ver de forma velada o parcial, sino que implica que algo es oscuro.

Con esta imagen, O’Donovan nos advierte que en la FIV hay algo oscuro que difícilmente se ve a simple vista. ¿Cuál es esa oscuridad que se esconde detrás de la superficie del vidrio? ¿Qué hay de fondo en esta práctica médica? A lo largo de este artículo, intentaremos responder a estas preguntas reflexionando sobre las ideas que O’Donovan presenta en su libro.
¿Qué es la fertilización in vitro y por qué es tan controversial?
Comencemos por el principio y definamos “fertilización in vitro”.
En el proceso de reproducción humana natural, la concepción ocurre dentro del cuerpo de la mujer. Un espermatozoide fertiliza a un óvulo en las trompas de Falopio, y el embrión resultante viaja hacia el útero, donde se implanta para continuar su desarrollo durante los nueve meses de gestación.
Sin embargo, existen diversas situaciones médicas en las que este camino natural se ve obstaculizado. Estos son algunos ejemplos: enfermedades que bloquean las trompas de Falopio, factores graves de infertilidad masculina, endometriosis severa (afección en la que el tejido del revestimiento del útero crece fuera de este) o problemas reproductivos no explicados. Estos casos pueden impedir que una pareja logre concebir un hijo de forma natural.
Frente a estas dificultades, la medicina desarrolló la FIV. En términos sencillos, es una técnica de reproducción asistida en la que el espermatozoide no fertiliza al óvulo dentro del cuerpo femenino, sino fuera de él, en un entorno de laboratorio (de ahí que sea “in vitro”).

Podemos resumir el procedimiento médico en cuatro etapas. En primer lugar, la mujer recibe un tratamiento hormonal para estimular sus ovarios. De manera natural, el cuerpo femenino libera un solo óvulo por ciclo, pero esta medicación busca que se desarrollen y maduren múltiples óvulos simultáneamente. Segundo, una vez maduros, los óvulos son extraídos mediante un procedimiento quirúrgico menor.
Tercero, en el laboratorio, estos óvulos se unen con los espermatozoides recolectados del varón. Si la fertilización se completa con éxito, se forman los primeros embriones humanos. Estos embriones son observados durante unos días mientras comienzan a dividirse. Finalmente, el médico selecciona uno o varios embriones y los transfiere directamente al útero de la mujer, con la esperanza de que se logre la implantación y un embarazo próspero.
A primera vista, el procedimiento puede parecer un simple avance científico destinado a traer alivio a parejas que atraviesan la dolorosa experiencia de la infertilidad. Sin embargo, detrás de la técnica existen dilemas éticos de enorme gravedad.
Los desafíos éticos comunes de la FIV
Los métodos que la práctica médica estándar utiliza para lograr la FIV generan varios desafíos éticos. Debido a que es un tratamiento desgastante, costoso (entre 15.000 y 25.000 USD en Estados Unidos) y con tasas de éxito limitadas por intento, la norma en los centros reproductivos es crear la mayor cantidad de embriones posible en un solo ciclo. Esto genera lo que en bioética se conoce como “embriones supernumerarios”: vidas humanas en sus etapas más tempranas que son creadas en el laboratorio, pero que no serán transferidas inmediatamente al vientre materno.

Como cristianos, reconocemos que la vida humana comienza en el momento mismo de la fertilización, por lo que el embrión es un ser humano con todo su potencial en desarrollo. Así, el destino de estos embriones excedentes plantea preguntas morales. En la práctica clínica habitual, los embriones que no se implantan de inmediato enfrentan diversos destinos:
1. Congelación: Los embriones excedentes se congelan a temperaturas extremadamente bajas para ser utilizados en futuros intentos. Esto ha resultado en que, en todo el mundo, existan varios millones de embriones almacenados en tanques de nitrógeno líquido, muchos de los cuales quedan en un abandono indefinido o en disputas legales cuando los padres no desean tener más hijos.
2. Descarte y destrucción: Si la pareja decide que no desea volver a intentar un embarazo, o si los embriones presentan anomalías genéticas menores, es habitual que sean desechados y destruidos como residuo biológico.
3. Investigación científica: En diversos países, la legislación permite que los embriones congelados sobrantes sean donados para la investigación médica, un proceso que resulta inevitablemente en su destrucción durante los experimentos.
4. Reducción selectiva: Si se transfieren múltiples embriones para aumentar las probabilidades de éxito y varios de ellos se implantan, puede ocurrir un embarazo múltiple de alto riesgo. En estos casos, la recomendación médica suele ser la “reducción selectiva”, un término clínico para referirse al aborto de uno o más embriones en el vientre para favorecer la supervivencia de los restantes.

Adicionalmente, la FIV moderna se combina frecuentemente con diagnósticos genéticos previos a la implantación. Esta tecnología permite evaluar la salud o ciertas características del embrión antes de transferirlo al útero. Aquellos embriones que presentan enfermedades, malformaciones o simplemente rasgos no deseados son descartados, lo que abre las puertas a prácticas eugenésicas (selección o eliminación de seres humanos en función de sus características genéticas).
El debate cristiano frente a la FIV
Por supuesto, los cristianos han mantenido debates intensos sobre cómo responder a esta tecnología. Todos están de acuerdo con que descartar embriones va en contra de la voluntad de Dios, pero hay diferencias en cuanto a la práctica misma.
Una primera perspectiva argumenta que la FIV podría ser moralmente permisible en algunos casos específicos. Por ejemplo, si se fertilizan únicamente los óvulos que se van a implantar, evitando la congelación y la destrucción de embriones. Además, muchos cristianos promueven la “adopción de embriones”, es decir, parejas que buscan un embarazo con un embrión congelado que no tiene un uso específico, siendo conscientes de que este podría ser descartado y que están salvando su vida. En el otro lado del espectro, muchos cristianos sostienen que la técnica es inherentemente problemática por separar la procreación de la relación conyugal y someter la vida humana a riesgos innecesarios.
Coalición por el Evangelio ha hecho un gran trabajo al presentar dos posturas contrarias en el debate sobre si es posible que la FIV sea moralmente correcta en casos muy específicos. Vale la pena leer las dos publicaciones, una a favor y la otra en contra. Sin embargo, este artículo no pretende definir si un cristiano debería o no recurrir a la FIV, ni busca promover una única postura sobre las decisiones individuales de las parejas.

Ahora bien, al centrar toda nuestra atención en si un creyente puede o no utilizar la FIV bajo condiciones éticas estrictas, corremos el riesgo de pasar por alto un problema mucho más amplio. Más allá de los casos aislados y de las precauciones que una pareja pueda tomar, la FIV se ha consolidado en la sociedad contemporánea como una práctica masiva, de alta demanda a nivel global, comercializada y expandida sin restricciones.
¿Por qué? ¿Cuál es el paradigma valorativo (la forma de pensar, los valores y las suposiciones culturales) que ha permitido la aceptación y el uso tan amplio de la fertilización in vitro? ¿Qué ideas sobre la vida, la paternidad y la tecnología han hecho que nuestra cultura acepte con naturalidad la creación, congelación y descarte masivo de embriones humanos? Para responder, debemos mirar más allá de la clínica, en la cosmovisión de nuestra sociedad.
La tecnología nos convierte en dioses
O’Donovan propone que nos ubiquemos en el siguiente cuento de hadas, con el objetivo de considerar la FIV en sus condiciones más ideales.
Érase una vez un leñador y su esposa que vivían en medio de un bosque y sufrían en silencio por no poder tener hijos. Un día, mientras la mujer lamentaba la soledad de su casa, apareció en la cocina una figura vestida de blanco resplandeciente y con una varita de plata en la mano. “Soy tu hada madrina”, anunció, y le propuso una solución práctica para las trompas de Falopio que le impedían concebir. En lugar de un proceso largo, difícil e incierto, un toque de su varita realizaría una FIV de manera inmediata y perfecta. La mujer aceptó con alegría, convenció a su esposo y el hada desapareció, dejándolos a solas con un embarazo profundamente deseado.

Lo que hace que esta FIV “mágica” parezca impecable es que elimina de golpe todos los problemas secundarios que complican el debate en la realidad. En este mundo imaginario no existen científicos experimentando con embriones humanos para perfeccionar las técnicas de laboratorio, ni clínicas que deciden congelar o desechar vidas sobrantes. Tampoco hay médicos implantando varios embriones a la vez para aumentar las tasas de éxito por motivos de eficiencia económica. La escena está completamente aislada: es solo una pareja recibiendo ayuda para superar un obstáculo físico y lograr el hijo que tanto anhelan. Si la técnica fuera solo esto (una ayuda aislada e inofensiva para un deseo natural), resultaría difícil encontrar razones para oponerse a ella.
Pero incluso dentro de ese escenario perfecto, una duda sutil empieza a rondar en la mente del leñador y su esposa una vez que el visitante se marcha. Ambos comienzan a hacerse preguntas: ¿acaso esa bendición no venía acompañada de una extraña sensación de turbidez, como un leve olor a magia oscura? Al aceptar la propuesta, ¿habían cedido ante algo bárbaro? ¿Ganarían un hijo a costa de perder la inocencia que precisamente los hacía desearlo?
Al esquivar la falla de su cuerpo en lugar de curarla, surge el temor de haber transformado el tener un hijo en un proyecto de su propia voluntad (un objetivo que se consigue mediante la técnica), en lugar de un regalo que se recibe de manera natural dentro de su unión conyugal. Aún en su versión ideal, la técnica empieza a desplazar poco a poco la acción de “engendrar” hacia la de “fabricar”. Incluso si es por arte de magia, hay algo antinatural en que un hijo venga al mundo por un medio distinto a la concepción en el vientre.
El límite entre lo natural y lo artificial
Pero el punto central de esta alegoría es recordarnos que no vivimos en un mundo de cuentos de hadas ni de varitas mágicas, y que no podemos juzgar una práctica médica solo por su versión hipotética. En la realidad cotidiana, la FIV no ocurre por arte de una varita mágica, sino por el (frío) “arte” de la investigación médica. El deseo misericordioso de un hada madrina guardiana desaparece y es reemplazado por un sistema de eficiencia productiva que utiliza y destruye embriones. Para desarrollar la FIV, fue necesario asesinar a muchas vidas humanas, y al día de hoy se sigue haciendo lo mismo para mejorar sus métodos.

Y su único problema no es el descarte de embriones, sino una disposición inicial a asumir riesgos calculados sobre la salud de la persona que va a nacer. Hoy en día, la experiencia clínica reconoce que hay riesgos médicos reales en la FIV. Aunque aquí no hay espacio para abordarlos todos, es suficiente con decir que existen mayores probabilidades de enfrentar complicaciones como partos prematuros, bajo peso al nacer o ciertos riesgos de anomalías en comparación con la concepción espontánea.
Sin embargo, cuando esta tecnología comenzó a aplicarse en seres humanos, la ciencia no tenía certeza alguna sobre las consecuencias físicas o genéticas que tendría a largo plazo para los bebés. Quizás llegue el día en que, por el desarrollo de la tecnología médica, ya no haya riesgos. Pero el dilema no depende de si las estadísticas médicas futuras resultan ser positivas o negativas. La objeción ética de O’Donovan radica en la actitud con la que se inició todo el proyecto: la disposición deliberada a correr esos riesgos sobre una vida humana que apenas comienza en función de un procedimiento técnico. En sus palabras:
La experiencia con embriones congelados durante un largo período antes de la transferencia es todavía muy limitada. Pero incluso si alguien supiera hoy que la respuesta es tan favorable para la FIV como podría esperarse, sigue siendo cierto que nadie sabía la respuesta cuando el procedimiento fue inaugurado. Y es la disposición a asumir estos riesgos, más que lo favorable o desfavorable del resultado, lo que en mi opinión otorga su caracterización más decisiva a toda esta empresa (énfasis del autor).
Suele argumentarse que en la concepción natural también existen riesgos de enfermedades o pérdidas espontáneas, por lo que recurrir a la tecnología no estaría haciendo nada distinto a lo que ya ocurre en la naturaleza. Pero este argumento esconde un terrible peligro: elimina la frontera entre las limitaciones que nos vienen dadas como condición natural y las acciones deliberadas que nosotros decidimos emprender por medios artificiales.

Existe una diferencia categórica entre aceptar con humildad las dificultades de la naturaleza y ser nosotros mismos quienes imponemos voluntariamente un riesgo sobre un hijo para llevar a cabo un proyecto personal. Cuando una cultura borra esa distinción, lo natural pierde su valor como diseño dado y pasa a ser visto simplemente como una opción técnica más. La concepción espontánea termina siendo interpretada apenas como un caso particular dentro de la capacidad humana para producir nacimientos mediante cálculos de eficiencia, costo y beneficio.
Cuando el médico ocupa el lugar de Dios
Para mostrar hacia dónde nos lleva este paradigma, O’Donovan cierra su capítulo con una historia futurista que involucra a dos personas con discapacidades nacidas en circunstancias distintas: Jack y Jill.
Jack fue concebido de forma natural y decide demandar a sus padres por “vida injusta” (wrongful life), afirmando que no debieron permitir que naciera con esa condición. Un juez de estilo tradicional rechaza la demanda aplicando un principio lógico: nadie puede demandar a otro por haberle dado la vida, porque la vida es la condición previa para poder demandar o tener cualquier derecho. Además, el juez señala que los padres no son los autores absolutos de la vida de su hijo; la vida es conferida por Dios o por el orden natural, instancias que no pueden ser citadas a un tribunal. Los padres no “fabricaron” a Jack, simplemente lo recibieron.
Por otro lado, Jill fue concebida en un laboratorio mediante FIV y decide demandar a los médicos responsables de su concepción, alegando que las técnicas que usaron causaron sus problemas de salud. En este caso, una jueza de mentalidad moderna decide rechazar la demanda de Jill usando la misma lógica que se aplicó con Jack: nadie puede demandar al autor de su existencia. La jueza razona que, como los médicos fueron quienes le dieron la vida a Jill en el laboratorio, ellos ocupan el lugar que antes se le atribuía al Creador. Por lo tanto, quedan protegidos de cualquier reclamo legal.

¿Qué muestra O’Donovan con esta historia? Si la sociedad comienza a considerar que el médico es quien trae a la persona a la existencia mediante un procedimiento técnico, corre el riesgo de atribuirle un papel que no le corresponde: el de autor o creador de esa vida. Esto le permite imponer riesgos sobre el embrión en nombre de la ciencia o de un proyecto familiar y, al mismo tiempo, quedar libre de responsabilidad frente a la persona resultante, porque fue él quien le dio la vida. Cuando esto ocurre, el niño nacido por FIV deja de ser visto como un ser humano de igual dignidad que sus padres o médicos, para convertirse en la “criatura” o el producto de la técnica y de la sociedad que la financia.
¿Honraremos al Creador?
Por supuesto, la idea de que alguien distinto a Dios sea el creador de una persona es absolutamente grotesca. Como cristianos, creemos que Dios es el único Creador de la vida humana. Incluso si se considera que la FIV es pecaminosa, los seres humanos que han nacido a través de ella han sido Su creación; tienen alma y vienen de la obra natural, guiada sobrenaturalmente, dentro del vientre de la mujer. Aunque muchas vidas hayan sido asesinadas para el nacimiento de un bebé por este método, Dios gobierna soberanamente sobre hechos pecaminosos para llevar a cabo Sus buenos propósitos. Hechos 4:27-28 dice:
…en verdad, en esta ciudad se unieron tanto Herodes como Poncio Pilato, junto con los gentiles y los pueblos de Israel, contra Tu santo Siervo Jesús, a quien Tú ungiste, para hacer cuanto Tu mano y Tu propósito habían predestinado que sucediera.
¡La redención se ejecutó a través de quienes odiaron al ungido de Dios! Lo mismo sucede con los niños nacidos a través de la FIV: aún habiendo pecado en muchos participantes del proceso (la sociedad, los doctores, los padres, etc.), el nacimiento es, a la final, obra de Dios.
Pero O’Donovan advierte que reconocer a Dios como el Creador no elimina el paradigma social que está detrás de la FIV: el doctor está por encima del niño “creado” en el laboratorio. Puede que sostengamos esta verdad con completa convicción, pero si nuestro mundo sigue caminando hacia una realidad en la que los límites entre lo natural y lo artificial son cada vez más difusos, pronto esa convicción no será más que un recuerdo.

Si no vivimos y actuamos de acuerdo con tales concepciones, y si la sociedad acoge cada vez más instituciones y prácticas que implícitamente las niegan, entonces pronto estas parecerán ser meramente sentimentales: los harapos y jirones que nos recuerdan cómo solíamos antes vestir al mundo de inteligibilidad.
Si bien hay cristianos que recurren a la FIV a contracorriente (procurando defender la santidad de la vida al adoptar embriones o transferir solo uno a la vez), no podemos dejar de dolernos por un mundo que cree tener el poder de fabricar seres humanos a su antojo. La pregunta con la que concluye el libro resulta confrontadora: “¿No deberíamos esperar que una humanidad hecha de este modo [por Dios] reivindique a su Creador, y a sus criaturas, frente a toda falsa pretensión de señorío?”. Si la Iglesia de Cristo no es la que sostiene con mayor firmeza que la autoría de la vida le pertenece únicamente a Dios, ¿quién más lo hará?
Referencias y bibliografía
“In a Glass Darkly”. En Begotten or Made? (1984) de O’Donovan, Oliver. Oxford: Clarendon Press, pp. 81–105.
IVF cost in 2026: Understanding the expenses of in vitro fertilization | Get Carrot
El dilema de los embriones humanos congelados | Observatorio Bioética
Should Pro-Lifers Embrace Embryo Adoption? | Desiring God
Are IVF Babies Knit Together by God Too? | Desiring God
Breaking Evangelicalism’s Silence on IVF | The Gospel Coalition
How IVF Can Be Morally Right | The Gospel Coalition
In vitro fertilization (IVF) | Mayo Clinic
IVF: What are the risks? Patient education fact sheet | Reproductive Facts
