Voy en Tu nombre, oh Señor,
A mis labores realizar;
Solo a Ti doy el honor en pensamiento y obrar.
La tarea que Tu sabiduría ha asignado,
Permíteme cumplirla con alegría;
En todas mis obras encontrar Tu presencia,
Y demostrar Tu buena y perfecta voluntad.
La estrofa anterior pertenece al himno de Charles Wesley Forth in Thy Name, O Lord, I Go, conocido en español como En Tu nombre, Señor, voy o En Tu nombre, oh Señor, a mis labores realizar. En él, Wesley conecta el trabajo, el estudio y la vocación espiritual.
Para él y para su hermano, principales fundadores del movimiento metodista, la formación intelectual y la vida espiritual no pertenecían a esferas separadas. Para ellos, el intelecto debía cultivarse junto con la santidad, y toda búsqueda de conocimiento debía orientarse a glorificar a Dios. Su ideal educativo se resume en una de las frases más conocidas de Charles: “Unir el par que por tanto tiempo estuvo separado: el conocimiento y la piedad vital” (Unite the pair so long disjoined, Knowledge and vital piety).

¿Dónde y cómo llegaron a cultivar tales convicciones? Al analizar su infancia, la respuesta nos conduce nuevamente al escenario que hemos explorado a lo largo de esta serie de tres artículos: su propio hogar. Como vimos en nuestro primer artículo, la vida en la rectoría de Epworth estuvo marcada por profundas adversidades y escasez; sin embargo, tal como detallamos en nuestro segundo artículo, Susanna Wesley supo transformar ese desafiante entorno en un bastión de fe, disciplina y devoción teológica.
En este tercer y último artículo, descubriremos cómo esa misma rectoría funcionó, además, como la primera escuela del metodismo. Allí, bajo la dirección inquebrantable de su madre, la educación de John y Charles no se limitó a la instrucción académica: fue un proyecto pedagógico donde la Escritura, el rigor intelectual y el afecto se integraron de manera constante. Ese modelo doméstico fue el que moldeó la visión de los hermanos Wesley y unió para siempre, en la historia de la Iglesia, el aprendizaje y la “piedad vital”. Para entender ese proceso, es necesario observar cómo era la vida educativa cotidiana en aquella rectoría.
Investigaciones del método de Susanna Wesley
Quienes narran la historia familiar de los Wesley, incluyendo biógrafos, investigadores y sus mismos miembros, han encontrado que, en medio de múltiples limitaciones, Susanna convirtió su hogar en un espacio de formación académica y espiritual.
Catharine Fay Anderson, autora de una investigación sobre la influencia de Susanna Wesley en la vida y el carácter de su hijo John, resume así uno de los principales desafíos que enfrentó la familia:
En medio de las pruebas y dificultades que encontraron los Wesley en Epworth, uno de los mayores problemas que enfrentó la señora Wesley fue la educación de sus hijos. No podía permitirse el lujo de verlos desenfrenados con los demás niños de la aldea y, por lo tanto, se vio obligada a proporcionarles su propio sistema de educación.

Christopher Miles Ritter, autor de un estudio sobre la visión de John Wesley acerca de la formación de los niños, ofrece un compendio útil sobre las raíces espirituales de este sistema:
Aunque Samuel y Susanna eligieron posteriormente la lealtad a la Iglesia establecida, conservaron las mejores prácticas de sus raíces espirituales, incluido un modelo riguroso de crianza espiritual. Un amigo y contemporáneo del padre de Susanna era Philip Henry, un conocido predicador puritano. El hijo de Henry fue Matthew Henry, el famoso comentarista bíblico, quien también llegó a ser biógrafo de su padre. Wesley dijo a sus predicadores que capacitaran a los padres en el “Método de oración familiar del Sr. Henry”. Este era para él el estándar de oro de la paternidad cristiana, por lo que incluyó la biografía de Henry en la Biblioteca Cristiana que editó para sus predicadores y su gente.
De acuerdo con las observaciones de Donna Fowler-Marchant, investigadora de los inicios metodistas desde la perspectiva de las mujeres, Samuel se ausentaba con frecuencia, la economía familiar era muy precaria y Susanna padecía constantes problemas de salud. En esas condiciones, ella tenía poco control sobre muchos aspectos de su vida, pero la gran excepción fue la crianza y formación de sus hijos. Para asumirla, tomó el rol de maestra, combinando un profundo afecto con una rigurosa instrucción académica y religiosa.

En cuanto a las razones concretas que impulsaron este modelo de educación, Ritter explica: “Al darse cuenta de que el maestro de escuela en su ciudad de Epworth tenía carencias tanto morales como pedagógicas, Susanna emprendió la educación de sus propios hijos pequeños para prepararlos para la vida y la fe”. Sobre este mismo punto, el autor Gustavo Daniel Romero aporta antecedentes que permiten profundizar en los fundamentos del sistema educativo de la familia Wesley:
Una tendencia clave del metodismo se evidencia claramente en la filosofía educativa de Susanna Wesley: el manejo de la voluntad. Siguiendo los escritos de los místicos y puritanos que la habían impresionado, consideraba el deseo propio como la raíz de todo pecado y miseria, enseñando así a sus hijos que la esencia del cristianismo era hacer la voluntad de Dios más que la propia. Si el deseo propio no era conquistado, consideraba que los niños nunca estarían libres para alcanzar buenos logros. De esta manera cultivó la disciplina familiar y la piedad interior.
En consonancia con este enfoque, D. Michael Henderson, autor de un estudio sobre las reuniones de clase de John Wesley, destaca que “la madre de Wesley, Susanna, compartía el ideal puritano de su propio padre, quien visualizaba a la familia como una pequeña iglesia, donde la adoración, la lectura de la Biblia, el catequismo y la instrucción personal proveían un marco para toda la vida compartida del hogar”.

Los detalles del método
Ahora, ¿cuáles fueron los rasgos específicos del sistema educativo desarrollado por Susanna Wesley? Estudiar estos detalles resulta especialmente importante para entender la formación de sus hijos. Anderson sintetiza así la singularidad de ese método:
El sistema educativo que Susanna Wesley siguió en la enseñanza y formación de sus hijos fue único y peculiarmente suyo. Ella comenzó este sistema con su primer hijo, Samuel, y continuó su práctica con todos sus hijos. Sentía muy profundamente la responsabilidad que le correspondía en la educación de sus hijos y en la salvación de sus almas. Por esta razón, trabajó diligentemente en su tarea, sacrificando todo lo demás por su bienestar.
Dedicando seis horas diarias a lo largo de 20 años, Susanna instruyó a sus hijos de forma integral. Así logró sembrar en ellos un interés por el conocimiento, la disciplina y la rectitud moral. Charles Wallace Jr., editor de Susanna Wesley: The Complete Writings (Susanna Wesley: obras completas), recoge un valioso resumen de su metodología en la entrada de su diario correspondiente al 24 de mayo de 1711:
Es necesario observar algún método al instruir y enseñar a escribir a sus hijos. Repasamos su breve exposición sobre los Diez Mandamientos, que son un resumen de la ley moral. Luego expliqué brevemente los principios de la religión revelada, que conformarán la segunda letra. Y adjunto, a modo de ensayo, un breve discurso sobre el ser y los atributos de Dios.

Según una anécdota recogida por la autora Beatriz Garrido y la biógrafa Eliza Clarke, en una ocasión, el esposo de Susanna le preguntó exasperado: “¿Por qué está ahí enseñando esta misma lección por vigésima vez a ese muchacho mediocre?”. Ella respondió con calma: “Si me hubiese contentado con enseñarla 19 veces, todo el esfuerzo habría sido en vano. Fue la vigésima vez la que coronó todo el trabajo”.
Para tan grande proyecto, Susanna se nutrió de una diversidad de fuentes conceptuales, entre las que destacan el pensamiento del filósofo John Locke, los principios de su herencia puritana y las Sagradas Escrituras. A partir de las vivencias de su propia infancia en un hogar puritano, donde coexistían la disciplina, la devoción, el estudio y la reflexión, estructuró una pedagogía profundamente afectuosa y rigurosa.
Aunque el plan de estudios era muy estructurado, ella comprendía la importancia de mantener un equilibrio saludable entre el desarrollo intelectual y el bienestar físico. Esta convicción quedó plasmada en una de sus notas devocionales, también recogida por Wallace:
El pensamiento es la acción propia del alma como lo es el movimiento local del cuerpo. Y así como el cuerpo queda cansado, los espíritus agotados y todo el tejido debilitado por una caminata demasiado larga, la fuerza de la mente se ve afectada por el pensamiento excesivo e intenso. De hecho, demasiado estudio o muy poco la vuelve extravagante y rebelde: uno, forzando demasiado sus poderes; el otro, relajándolos en exceso, y, por lo tanto, haciendo que la mente sea impotente y buena para nada.

Otro de los pilares de su estrategia pedagógica fue la decisión de dedicar un tiempo exclusivo a cada uno de sus hijos. Esta práctica quedó registrada en su diario personal: “Molly, los lunes; Hetty, los martes; Nancy, los miércoles; Jacky, los jueves; Patty, los viernes; Charles, los sábados. ¡Bendito sea Dios! Uno para cada día de la semana y dos para el domingo”. Sin embargo, estudios como los de Henry D. Rack y Samuel J. Rogal, advierten que se conserva mucha más evidencia de su interacción con sus hijos varones, quienes encontraron más oportunidades que sus hermanas.
Esta labor formativa, que demandaba gran parte de su tiempo y vitalidad, tuvo una característica poco común para la época: la instrucción se impartía bajo criterios de equidad entre varones y mujeres. Sobre este punto, el historiador metodista Frank Baker comenta:
Al igual que la educación básica que todavía estaba proporcionando a todos sus hijos, esta profunda preocupación pastoral era importante para sus tres hijos, pero aún más para sus siete hijas, para quienes había pocas escuelas y ningún colegio o universidad disponible. De maestra de escuela, Susanna Wesley pasó a ser una especie de madre superiora que ayudaba a sus hijas a prepararse para enfrentar un mundo de hombres poco favorable, dotándolas de buenos hábitos, principios firmes y una profunda fe religiosa. Además, mantuvo esta labor por correspondencia mucho después de que ellas abandonaron su hogar.

Para asegurar el éxito del programa, las lecciones diarias se ajustaban a un riguroso horario escolar que no admitía interrupciones, fijado de nueve de la mañana a doce del mediodía y de dos a cinco de la tarde. Bajo este esquema de enseñanza, las horas dedicadas al juego o al esparcimiento eran mínimas, pues Susanna canalizaba su capacidad intelectual y energía en el desarrollo académico de sus hijos. En cuanto a los aspectos más prácticos, Anderson observó lo siguiente:
Todos los niños aprendieron con el mismo método y usaron la Biblia como su libro de texto. Es probable que los Wesley no pudieran permitirse los libros de texto habituales de la época y que, por esta razón, la señora Wesley usara la Biblia. Sin duda, también quería inculcar en sus mentes la práctica de leer la Biblia y aprender las grandes verdades que en ella se encuentran.
Es fundamental resaltar que la formación impartida en Epworth trascendía lo estrictamente cognitivo. También abarcaba el aprendizaje de valores, actitudes y normas de urbanidad. Anderson lo explica de esta manera:
Se les enseñó el mayor respeto y buenos modales: hacia sus padres, hacia Dios y hacia sus hermanos y hermanas. Los niños nunca debían dirigirse entre sí por su primer nombre, sino decir siempre “hermano” o “hermana”, según correspondiera. Los sirvientes no debían concederles nada excepto cuando fueran tratados con humildad y respeto, y todos los niños lo sabían y obedecían. Se destacaban la cortesía y la gratitud, y los sirvientes siempre amaron a los niños debido a su observancia de estas reglas.

Así pues, Susanna diseñó directrices fundamentales con las cuales moldeó el carácter y la mente de su numerosa familia. Según Fowler-Marchant, inició este método con su primogénito, Samuel, y estableció un patrón sistemático mediante el cual los niños comenzaban formalmente el aprendizaje del alfabeto al cumplir 5 años, para proceder de inmediato con la lectura del libro de Génesis.
Disciplina, afecto y tensiones con Samuel Wesley
De forma paralela a la labor educativa de Susanna, su esposo Samuel consagró durante décadas buena parte de sus energías y de los limitados recursos familiares a la redacción de un extenso tratado exegético sobre el libro de Job. Las autoras Jackie Green y Lauren Green-McAfee han señalado la ironía de que, mientras Samuel pasaba largas temporadas fuera del hogar investigando y escribiendo sobre los padecimientos de Job, Susanna debía enfrentar en la cotidianidad carencias y dolores muy reales, asumiendo la carga familiar prácticamente en solitario.
Sin embargo, el retrato de Samuel no debe reducirse únicamente a sus ausencias o a su severidad. Baker recoge un poema dedicado por él a la reina María en el que dejó ver cierta admiración por su esposa:
Ella adornó mi humilde techo y brilló mi vida.
No era tarea suya, sino placer de obedecer
En casa no había lugar para el orgullo;
Tampoco fue necesario que le indique lo que aún es correcto.
Ella estudió mi conveniencia y deleite.
Por su cuidado, resulté ingrato.
Pero sólo usé mi poder para mostrar mi amor:
Todo lo que ella me pedía lo daba sin reproche ni rencor,
porque todavía ella me pedía con razón, y yo era juez.
Todos mis deseos se concretan en sus bellas manos.
Y todas sus peticiones para mí fueron todas órdenes.
Rara vez se inclina hacia otros umbrales:
Su casa era su placer y ella era mía.

Esa nota de gratitud, sin embargo, no elimina la tensión histórica: en la práctica cotidiana, Susanna cargó con buena parte de la formación espiritual, moral e intelectual de los hijos.
El éxito del sistema educativo de Susanna causó tal impacto en su hijo John que, al alcanzar la madurez, le solicitó un informe pormenorizado de su régimen doméstico y sus pautas de crianza. Vicki Tolar Burton, autora de un estudio sobre la alfabetización espiritual en el metodismo de John Wesley, señala que Susanna accedió a esta petición mediante una carta fechada el 24 de julio de 1732. Inicialmente, mostró cierta reserva, pues consideraba que sus métodos eran de índole estrictamente particular y dudaba que otras madres estuvieran dispuestas a consagrar dos décadas de su existencia a un sistema tan disciplinado, enfocado en la salvación de las almas de sus hijos, o a sobrellevar una cotidianidad tan “retirada” del mundo como la suya.
Al evaluar esta filosofía, David Butler —autor del artículo Look for the Mother to Find the Son (Busca a la madre para encontrar al hijo)— comenta: “Susanna estaba convencida de que cuando la razón y la piedad de los padres gobernaran al niño, los principios de la verdadera religión se establecerían firmemente en su mente”. Según la lectura de Burton, no es extraño que sus hijos fueran sometidos desde la infancia a un “modo de vida regular”, en el que aprendían rápidamente a “temer la vara” y a llorar en voz baja, una práctica que probablemente Susanna adoptó para proteger a sus pequeños del mal genio de su padre. Todo indica que Samuel representaba una figura de autoridad distante e impaciente, a la que se debía reverencia y, en ocasiones, temor, mientras que Susanna se erigió de manera natural en el eje afectivo de los hijos.

De Epworth al metodismo: un hogar convertido en legado
Frente al método de Susanna, cabe preguntarse cuáles fueron los resultados concretos se su sistema educativo, denominado por algunos autores como el “Experimento Epworth”. Wallace resume su alcance de la siguiente manera:
Fueron gratificantes, suficientes para su propia época. Tres niños estaban bien preparados para una carrera que los llevó a internados reales en la metrópoli, a Oxford y de allí a la ordenación en la Iglesia de Inglaterra. Y las siete hermanas recibieron igual preparación, mucho más allá de las expectativas normales para su género y comunidad. A Susanna no se le puede reprochar si esto les perjudicó a la hora de encontrar candidatos adecuados, intelectualmente hablando, entre aquellos jóvenes rurales, pues el matrimonio era la principal opción de “carrera” de las hijas de un clérigo.
Sin embargo, más allá del éxito, muchos observadores han supuesto además que el aula de Susanna y la vida en general en la rectoría pusieron la disciplina inicial, el “método” original, en el metodismo de John Wesley, y aseguraron que un ideal continuo del movimiento sería la unión del “conocimiento” con la “piedad vital”.
Lejos de asumir que el éxito estaba garantizado de antemano, Susanna orientó sus esfuerzos hacia una mejora continua a lo largo de los años. Baker resalta esta actitud al recordar que el joven Samuel tardó en hablar y pronunció su primera frase completa —“Aquí estoy, madre”— poco antes de cumplir cinco años. Esa fue la señal para que ella le enseñara a él, y luego a sus hermanas y hermanos a la misma edad, el alfabeto, la lectura y la escritura en una sala de la rectoría reservada para ese propósito.

También se negó a enseñar las llamadas habilidades prácticas hasta que sus hijos, especialmente las niñas, supieran leer bien. Su razón era clara: “El hecho de que los niños aprendan a coser antes de que puedan leer perfectamente es la razón misma por la que tan pocas mujeres pueden leer de manera adecuada para ser escuchadas y nunca para ser bien comprendidas”.
En cuanto a la huella que esta visión educativa dejó en el pensamiento y ministerio de John Wesley, Ritter, al parafrasear uno de sus sermones, muestra que la formación de los niños no fue para él un asunto secundario, sino una tarea ligada a la continuidad del avivamiento metodista:
A menos que nos ocupemos de esto, el avivamiento actual será res unius aetatis [cosa de una sola época] (…) ¿Quién va a trabajar aquí? Quien sea celoso de Dios y de las almas de las personas, que empiece ahora. (…) Donde haya diez niños en una sociedad, debemos reunirnos al menos una hora cada semana; hablar con ellos cada vez que los veamos en su casa; orar con dedicación por ellos; instruir diligentemente y exhortar con firmeza a todos los padres en sus propias casas. Algunos dirán: “No tengo ningún don para esto”. Con o sin don, tienes que hacerlo; de lo contrario, no estás llamado a ser un predicador metodista. Hazlo como puedas, hasta que puedas hacerlo como deberías. Ora fervientemente por el don y usa toda ayuda que Dios haya puesto en tu camino para lograrlo. Predica expresamente sobre la educación de los niños cuando hagas la colecta para la Escuela de Kingswood.

Esta relación entre educación, discipulado, evangelización y vida familiar también fue destacada por John Emory, editor de una edición del siglo XIX de las obras de Wesley. Al recoger sus instrucciones sobre la visitación pastoral en los hogares, Emory mostró que la formación espiritual de las familias ocupaba un lugar central en la práctica metodista:
Las instrucciones de Wesley pintan una imagen de la naturaleza de la visitación al hogar: después de dirigir unas palabras amorosas a todos en la casa, lleva a cada persona [individualmente] a otra habitación donde puedas tratar con ella acerca de su pecado, sufrimiento y deber. (…) Escucha lo que los niños han aprendido de memoria. Elige algunos de los puntos más importantes y averigua si los entienden. (…) Con ellos debes ser extremadamente tierno, para que no se desanimen. Si percibes que están preocupados porque no pueden responder, intervén y quítales la carga, respondiendo tú mismo la pregunta. Haz esto minuciosamente y con claridad. Antes de dejarlos, compromete al jefe de cada familia a reunirlos todos los domingos antes de irse a la cama y escuchar lo que puedan repetir [de memoria], y a continuar así hasta que hayan aprendido las instrucciones perfectamente. Luego, que se encargue de que no olviden lo que han aprendido. ¡Haz esto con dedicación y pronto descubrirás el trabajo que has emprendido al ser un predicador itinerante!

Sin embargo, cualquier esfuerzo coordinado por los padres o por las instituciones eclesiásticas puede resultar estéril si se descuida un principio central: el testimonio personal. Para Susanna, la enseñanza no podía separarse de la vida. Wallace recoge esta convicción en una de sus notas:
“Mientras enseño, aprendo”, dijo Séneca. “Y mientras predico a otros, me instruyo a mí mismo”. Y de nuevo: “Esos son los mejores instructores que enseñan con sus vidas y prueban sus palabras con sus acciones”. Hazlo así, y Dios bendecirá tus esfuerzos. Mientras instruyes a tus hijos en los primeros principios de la religión, sé cuidadoso en imprimir un sentido de ellos en sus propias mentes, y ten siempre cuidado de sus afectos, para que puedan seguir el ritmo y ser conformados con tus convicciones de las grandes verdades de la religión natural y revelada. (…) Preserva la dignidad de tu naturaleza. Respétate a ti mismo y no hagas nada indigno de la razón que Dios te ha dado.
Finalmente, en cuanto a los beneficios prácticos de conducir la vida bajo una planificación metódica, Susanna dejó una reflexión que permite entender mejor su preocupación por el equilibrio, la disciplina y el dominio propio:
Nuestra naturaleza es tal que no podemos soportar extremos en ningún caso, ni en mente ni en cuerpo. Aunque en esta vida no conocemos los límites máximos de la felicidad o la miseria, a veces se nos permite ir por cualquiera de los dos caminos, que son igualmente destructivos para nuestra naturaleza. (…) Demasiada alegría también disipa los espíritus; mucho dolor los consume, debilita el cuerpo en poco tiempo y lo deja totalmente inadecuado para el uso para el que fue diseñado. Por lo tanto, el sabio Dios de la naturaleza, generalmente por Su providencia, ordena y dispone los acontecimientos de manera que rara vez suframos extremos, sino por nuestra propia culpa.
El sistema pedagógico y devocional estructurado en la rectoría de Epworth trascendió los límites de una metodología doméstica. En medio de un entorno adverso, Susanna Wesley integró disciplina, organización del tiempo, afecto maternal e instrucción cristiana para formar el carácter de sus hijos. Esa labor no solo contribuyó al desarrollo intelectual y moral de su familia, sino que también dejó una huella reconocible en la visión ministerial de John Wesley.
El legado del “Experimento de Epworth” muestra que el discipulado no se sostiene únicamente por la transmisión de doctrinas, sino por una vida ordenada alrededor de ellas.
Referencias y bibliografía
No Room For Mirth Or Trifling Here | Wesley Scholar
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Susana Wesley, una mujer que marcaría historia | Protestante Digital
Madres en Israel, los inicios metodistas a través de los ojos de mujeres (2021) de Donna L. Fowler-Marchant. Instituto de Estudios Wesleyanos / Wesley Heritage Foundation, Inc., USA, pp. 21, 25, 30, 36.
Susanna Wesley: The Complete Writings (1997) de Charles Wallace Jr. Oxford University Press, New York, USA, pp. 78, 79, 82-83, 237, 239, 248, 304, 349.
Cuando el ateo más famoso del mundo dice que es un cristiano (cultural) | Coalición por el Evangelio
Susana Wesley: madre del metodismo | ResourceUMC
Susanna Wesley de Baker. En Women in New Worlds, p. 123.
The Praying Example of Susanna Wesley | FaithGateway
Susanna Wesley. 1669-1742. Wife – Mother – Teacher | Epworth Old Rectory
His Mother’s Child de Rigdon y Webster, p. 35.
Spiritual Literacy in John Wesley’s Methodism: Reading, Writing, and Speaking to Believe (2008) de Vicki Tolar Burton. Baylor University Press, Waco, USA, p. 47.
The Spirituality of Susanna Wesley | The Susanna Wesley Foundation
Charles and Susanna (2007) de Charles Wallace. En Charles Wesley: Life, Literature and Legacy. Epworth Press, p. 201.
