Si hoy en día, con electrodomésticos y bastantes comodidades, formar una familia y cuidar de los hijos ya es todo un desafío, ¿cuánto más debió serlo el gestionar un hogar numeroso en el siglo XVII? Una madre de varios niños, con un esposo muy ocupado y muchas dificultades acaeciendo alrededor, realmente tuvo que luchar para lograr tan titánica tarea. En 1709, una ocupada mujer cristiana registró sus pensamientos:
Ahora todo es bastante caótico y las incomodidades de vivir en una casa pequeña con una familia tan grande son un gran obstáculo (…). Cuando el cuerpo flaquea y la mente se cansa, no queda otra que armarse de paciencia. Al final, sabemos que los problemas terrenales tienen fecha de caducidad porque la vida vuela. En unos años (o quizás días) pasaremos a una realidad muy diferente, donde disfrutaremos de esa paz que aquí buscamos en vano. Allí no habrá más espacio para el pecado ni la tristeza. Así que, ¡ánimo y a pensar en la eternidad!
Aquellas palabras pertenecen a Susanna Annesley, la madre de los famosos hermanos John y Charles Wesley, además de otra decena de hijos. Según el biógrafo Frank Baker, el matrimonio de Susanna y Samuel Wesley fue prolífico, aunque no llegó al nivel del de sus propios padres. Susanna fue mamá por primera vez a los veintiún años y tuvo al último alrededor de los cuarenta o cuarenta y uno. En total, dio a luz a entre diecisiete y diecinueve hijos; de hecho, el propio Samuel confesó alguna vez que ya había perdido la cuenta exacta de su descendencia.

¿Cómo fue la vida de una mujer cristiana así de ocupada?
La llegada a Epworth
Cuando se mudaron de South Ormsby a Epworth en la década de 1690, llegaron a una rectoría con paredes de madera y techo de paja. Para hacerse una idea, las crónicas de la época recogidas por el actual Museo de Epworth —que alberga y reconstruye la vida de la familia— la describen como una vivienda de “cinco secciones, construida de madera y yeso, con techo de paja, distribuida en tres plantas y con siete habitaciones principales”.
La planta baja incluía la cocina, la despensa, un salón y una sala de estar, mientras que los pisos superiores contaban con tres dormitorios grandes. La propiedad abarcaba más de una hectárea de terreno con granja, granero, palomar y hasta un horno para procesar cáñamo.
Sin embargo, para los Wesley, llegar a un nuevo lugar y adaptarse a su nueva vida no fue fácil, pues los vecinos del pueblo detestaban a Samuel por considerarlo un académico estirado, conservador y fiel defensor de la monarquía. En consecuencia, les quemaban los cultivos y atacaban a sus animales para obligarlos a marcharse.

Acerca de su nuevo hogar, la escritora Eliza Clarke comenta que fue a inicios de 1697 cuando la familia se trasladó a Epworth, ubicado en el extremo opuesto del condado de Lincoln. Aunque era solo un pequeño pueblo comercial, se trataba de la localidad principal de la isla de Axholme, un territorio de unos dieciséis kilómetros de largo por seis de ancho rodeado por los ríos Trent, Don e Idle.
La rectoría, comparada con la humilde casa de barro que tenían en South Ormsby, les pareció un auténtico palacio. Físicamente, era una de las casas más grandes de Epworth, aunque compartía con el resto la arquitectura típica de madera y paja. Un detalle curioso de aquellos primeros años en Epworth, rescatado también por Eliza Clarke, es que la madre de Samuel vivió con ellos, lo que fue de gran ayuda para la joven Susanna.
Parece que al principio de su estancia en Epworth, la anciana madre del señor Wesley compartía el hogar con ellos. Se convirtió en una ayuda valiosísima para la joven esposa, quien prácticamente encadenaba un embarazo tras otro y pasaba hasta seis meses confinada en el sofá por prescripción médica. Con muy poca ayuda para las tareas domésticas, Susanna se encargaba del cuidado de los pequeños en todo momento, incluso cuando se sentía más débil.

Orden radical en medio del sufrimiento
Lamentablemente, según los registros históricos de la Antigua Rectoría de Epworth, la felicidad en esa casa duró poco. En 1702, un incendio destruyó dos terceras partes del edificio. Muchos sospecharon que fue un sabotaje de los propios vecinos. Aunque lograron reconstruirla, siete años después, en 1709, otro incendio forestal la redujo por completo a cenizas.
En medio de todo esto, Susanna tuvo que lidiar con golpes durísimos: la pérdida de varios bebés, deudas que no paraban de crecer e ingresos cada vez más escasos. Sin embargo, su vida espiritual era inquebrantable. Tras una de sus peores rachas, demostró su fortaleza escribiendo:
Aunque el ser humano parezca haber nacido para sufrir, sigo pensando que son raros los hombres que, poniendo todo en una balanza, no hayan recibido más muestras de misericordia que de aflicción, y más alegrías que dolores. Bajo el cuidado del Dios omnipotente, todos mis sufrimientos han servido para moldear mi bienestar espiritual y eterno… ¡Gloria a Ti, Señor!
Bajo estas convicciones, Susanna dedicó sus mejores años a la crianza y educación de sus hijos, contagiándoles su amor por los libros y la rectitud. Décadas más tarde, cuando ya tenía sesenta años, su hijo John le pidió que pusiera por escrito sus efectivos métodos de crianza. Ella, con bastante modestia, le respondió:
No me entusiasma escribir sobre mis métodos pedagógicos. No creo que a nadie le interese mucho saber cómo una mujer que ha vivido retirada del mundo tantos años organizó su tiempo para criar a sus hijos. Nadie podría aplicar mi método sin renunciar al mundo en el sentido más literal, y dudo que haya alguien dispuesto a consagrar por completo veinte años de su vida exclusivamente a salvar el alma de sus hijos.

Sin embargo, definitivamente mujeres a lo largo de las generaciones han aprovechado el ejemplo de Susana.
Entonces, ¿cómo era la rutina diaria en ese hogar? Catharine Fay Anderson nos lo detalla y nos deja ver cómo esta influyó en el carácter de los niños: se les acostumbraba a un horario estricto desde que tenían uso de razón para asearse, vestirse y realizar sus hábitos personales. A los bebés se les acostaba despiertos y se les mecía para que durmieran a horas fijas: primero tres horas por la mañana y tres por la tarde, luego dos, hasta que ya no lo necesitaban más. Pasaban seis horas al día en la escuela en casa y a las seis de la tarde se celebraba la oración familiar. Justo después cenaban, a las siete tocaba el baño y, después de eso, a la cama. Se empezaba por los más pequeños y a las ocho de la noche ya reinaba el silencio absoluto.
Evidentemente, había mucho trabajo por realizar en la casa, por lo cual sería esperable que Susanna contara con muchas manos para colaborar; sin embargo, no fue así. La realidad es que casi todo lo hacía ella sola. No obstante, Catharine Fay Anderson precisa el mecanismo que, a través de los años, hizo de dicha labor más eficiente:
La administración de la casa Wesley se llevó a cabo de tal manera que los niños disfrutaban de sus horas de juego, pero al mismo tiempo no se les permitía ser ruidosos y bulliciosos. La señora Wesley creía en el principio de que, si a un niño se le enseña desde la infancia a estar tranquilo y sereno en sus acciones, seguirá siéndolo en años posteriores. Este ciertamente funcionó en el caso de sus hijos, especialmente con John, quien fue muy metódico en todas sus acciones y en todo su trabajo, pues le habían enseñado a hacerlo así desde su más tierna infancia.

No obstante, este ambiente de orden contrastaba radicalmente con la caótica vida profesional de Samuel, quien pasó treinta y nueve años como rector en Epworth sin lograr ganarse el afecto de su comunidad. Las autoras Jackie Green y Lauren Green-McAfee lo explican muy bien:
Académico e intelectual, simplemente no entendía ni se identificaba con los aldeanos rurales de su parroquia. Tampoco se preocuparon por él. Cuando se involucró desde el púlpito en un asunto político que provocaba tal división que inflamaba a toda la nación en esa época, se ganó el odio de un gran segmento de la población. En dos ocasiones, la casa parroquial de los Wesley se quemó, muy probablemente debido a un incendio provocado por parte de los amargados feligreses de Epworth. Susanna y los niños rara vez se libraron de hostigamientos e insultos.
Sin embargo, frente a estas dificultades y cargas diarias, se dice que Susanna repetía constantemente una oración: “Ayúdame, Señor, a recordar que la religión no se limita a las paredes de una iglesia o a una habitación, ni consiste solo en rezar y meditar, sino en vivir cada segundo consciente de Tu presencia”.
Deudas: una grieta en la rectoría
Por mucho tiempo, Samuel siguió sin sintonizar con su congregación. Su perfil de académico, conservador y monárquico chocaba de frente con la historia local. Todo empezó en 1620, cuando el rey Carlos I ordenó drenar los pantanos de la isla de Axholme y contrató al ingeniero holandés Cornelius Vermuyden. Al terminar la obra, las tierras recuperadas se repartieron entre el ingeniero, la Corona y los nobles locales, despojando así a los lugareños de sus derechos comunitarios centenarios.

Desde entonces, cualquiera que apoyara al rey se convertía automáticamente en el enemigo público número uno. Para rematar, Samuel se empeñó en aplicar estrictamente la norma de la Iglesia de Inglaterra que obligaba a los feligreses a confesar sus pecados públicamente en el templo, ganándose aún más enemigos.
Las finanzas tampoco eran el fuerte de Samuel. En una ocasión, un acreedor perdió la paciencia y lo mandó a la prisión de deudores de Lincoln. Susanna, desesperada, le envió su propio anillo de bodas para que lo vendiera y consiguiera algo de dinero, pero él se negó rotundamente. Se lo devolvió y prefirió suplicarle ayuda financiera al arzobispo de York.
Tras los devastadores incendios de 1702 y 1709 que azotaron a la rectoría, llegó el momento de levantar de nuevo el lugar. Allí se pudo apreciar un aspecto oscuro de la personalidad de Samuel: al querer dar la impresión de su propia importancia y riqueza, agotó la mayor parte de sus ingresos en la obra de reconstrucción, buscando así ganarse un respeto que no tenía.
La nueva casa contaba con una majestuosa escalera de estilo Reina Ana y salones amplios que los hijos mencionan en sus cartas, como la “habitación de papel” —llamada así porque tenía papel tapiz, un auténtico lujo de la época—, la “mejor habitación”, la “habitación verde” y la “habitación de esteras”.

Pero las apariencias engañan: las deudas seguían multiplicándose y Samuel, que no tenía los pies en la tierra, era incapaz de ceñirse a un presupuesto. Así, mientras la casa lucía imponente por fuera, por dentro la realidad de Susanna era de una austeridad extrema para poder estirar los ingresos.
De hecho, la gran mansión se convirtió en una trampa financiera. Samuel se endeudó todavía más para pagarla. Susanna llegó a confesar que la casa nunca se terminó del todo, y su cuñado Matthew Wesley lo criticó duramente al ver que muchas habitaciones estaban prácticamente vacías mientras los niños vestían con ropa vieja y remendada. Sobre este complicado periodo y el episodio de la cárcel, Catharine Fay Anderson relata: “Él les predicó a los prisioneros los domingos y fue consolado por los ánimos que recibía frecuentemente de su buena esposa. Ella estaba pasando por un momento difícil en casa tratando de mantener el alma y el cuerpo juntos con la pequeña cantidad de dinero que tenía”.
Cuando la situación económica se volvió insostenible, los Wesley no dudaron en hacer lo que haríamos hoy en día: recurrir a la red de apoyo familiar. En las memorias de Susanna se cuenta, por ejemplo, cómo Matthew —que trabajaba como médico y boticario en Londres— acogió, alimentó y mantuvo a tres de sus sobrinas Sukey, Hetty y Patty en varias ocasiones.

Finalmente, a pesar de que Samuel costeó gran parte de la espectacular reconstrucción de la rectoría tras los incendios, la propiedad seguía perteneciendo legalmente a la Iglesia de Inglaterra. Por eso, cuando Samuel falleció en 1735, Susanna, ya viuda, empacó sus cosas y dejó la casa para cederle el lugar al nuevo pastor. Una conmovedora carta enviada a John el 15 de octubre de 1732 anticipó el triste final de Samuel y la rectoría de Epworth:
Tu padre está muy delicado; apenas duerme y come poquísimo. Aunque él no parece darse cuenta de que se le agota el tiempo, me temo que le queda poco. Le cuesta un mundo oficiar el servicio de los domingos y a veces tiene que recortarlo bastante. Todos notan su deterioro menos él, y la gente del pueblo está muy preocupada por su salud y el futuro de la familia. Las dos chicas, abrumadas por el día a día, no asimilan las tristes consecuencias que traerá su partida; porque por muy difícil que les parezca la vida ahora, no se imaginan cuánto peor será cuando él ya no esté.
Fe y disciplina: el legado de Epworth
Como destaca el sitio web oficial del Epworth Old Rectory, décadas más tarde, en 1954, la Iglesia de Inglaterra vendió la rectoría a la Iglesia Metodista Británica, la cual adquirió el inmueble gracias al respaldo financiero del Consejo Metodista Mundial. Esta adquisición permitió restaurar el edificio y devolverle el aspecto externo que los Wesley conocieron en su época.
Así, en 1957, el lugar abrió sus puertas como la Epworth Old Rectory, operando como museo y casa de huéspedes. Aunque la mayoría del mobiliario actual está compuesto por réplicas del siglo XVIII —ya que los muebles originales de la familia se vendieron para saldar las deudas de Samuel tras su muerte—, el recinto aún conserva valiosos artefactos históricos, como cartas y retratos auténticos. Es gracias a este legado que hoy se puede reconstruir la infancia y la vida cotidiana de una familia sumamente relevante para la historia del cristianismo.

La vida de los Wesley en Epworth nos enseña que, sin importar qué tan agotadoras o caóticas sean las circunstancias a nuestro alrededor, es posible sostener una fe inquebrantable y una disciplina inamovible en la vida cotidiana.
Aquella rectoría estuvo lejos de ser un oasis de tranquilidad; por el contrario, fue el escenario de pruebas extremas que incluyeron el hostigamiento de vecinos hostiles, destructivos incendios y una asfixiante crisis financiera que incluso condujo a Samuel a una prisión de deudores. Frente a este panorama, la piedad de Susanna Wesley demostró que la verdadera religión no se confina a los muros de una iglesia, sino que se manifiesta al vivir cada segundo con plena consciencia de la presencia divina.
Al someter la rutina del hogar a un orden riguroso y metódico, y al mantener la mirada firmemente fija en la eternidad, ella consagró por completo sus años a la salvación y formación de sus hijos. En última instancia, la historia de Epworth nos recuerda que los sufrimientos terrenales tienen fecha de caducidad, pero el carácter y el legado espiritual cultivados con paciencia en medio del caos doméstico tienen el poder de resonar a través de los siglos en la historia del cristianismo.
Referencias y bibliografía
Susanna Wesley The Complete Writings (1997) de Susanna Wesley. Nueva York, Oxford University Press, p. 153 y 207
Frank Bake, “Susanna Wesley: Puritan, Parent, Pastor, Protagonist, Pattern”, Pág. 78
The History of Epworth Old Rectory | Epworth Old Rectory
Susanna Wesley (1886) de Eliza Clarke. Londres, W.H. Allen &Co., p. 22 y 26.
Biografía de Susana Wesley | Casa de Paz iglesia Cristiana
The influence of Susanna Wesley on the life and character of her son John Wesley (1936) de Catharine Fay Anderson. Boston University, p. 89, 94 y 96.
Samuel Wesley. 1662-1735. Cleric-Husband-Father | Epworth Old Rectory
