Con el objetivo de ilustrar algún aspecto significativo de su historia o creencias, toda religión e ideología ha adoptado un símbolo. Desde la flor de loto en el budismo, que representa el ciclo de la vida y la armonía sobre el caos, hasta el martillo y la hoz del marxismo como muestra de la unión entre obreros y campesinos, la humanidad ha sintetizado sus dogmas en iconos potentes. Otros ejemplos de esto son la Estrella de David en el judaísmo moderno como señal del pacto divino, la media luna creciente del islamismo como símbolo de soberanía, o la esvástica, que mutó de ser un signo ancestral de bienestar y ciclos naturales a un emblema de fanatismo racial.
Y el cristianismo no es la excepción: la cruz es su símbolo principal. Sin embargo, esto no siempre fue así. Aunque hoy se identifica con la cruz, en sus inicios optó por motivos discretos en las catacumbas para evitar el rechazo y la persecución que el recuerdo directo de la crucifixión provocaba en la sociedad de la época. ¿Por qué?
En la historia de la humanidad, pocos símbolos han sufrido una transformación tan radical como la cruz. Lo que hoy cuelga del cuello de millones como una joya o que corona las iglesias como signo de esperanza, fue en el siglo I el emblema del terror, la tortura y la exclusión social. En el mundo antiguo, la cruz era una “locura” para los intelectuales y una “maldición” para los religiosos: “…mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado. Este mensaje es motivo de tropiezo para los judíos, y es locura para los gentiles” (1 Co 1:23, NVI).
Así pues, este texto explora cómo el cristianismo, lejos de ocultar la ejecución de Cristo, convirtió la cruz en su identidad, sobreviviendo a persecuciones, a deformaciones supersticiosas y al paso de los siglos.

Un símbolo de horror en el mundo antiguo
Para entender la fuerza de esta transformación, primero es necesario recordar qué significaba una cruz en el siglo I. Este objeto era implementado en uno de los métodos de ejecución más crueles jamás practicados, porque buscaba deliberadamente prolongar la muerte después de infligir la máxima tortura posible. La primera vez que leemos acerca de ella es en el siglo VI a. C., entre los persas: Darío crucificó a 3000 babilonios. Más tarde fue adoptada por los griegos. Alejandro Magno, por ejemplo, crucificó a 2000 ciudadanos de Tiro, a la vista de todos en la orilla de la playa, en venganza por la resistencia de la ciudad.
Luego, durante la República de Roma, esclavos, desertores y piratas fueron crucificados, y este sistema se afianzó como castigo a partir del siglo I a. C., incidiendo en el mundo judío debido al dominio del Imperio. Los ciudadanos romanos, sin embargo, estaban exentos de este castigo. Por eso los apóstoles Pedro y Andrés sí lo sufrieron, mientras que Pablo murió degollado, según la tradición. Los términos que se usaron en latín clásico para referirse a la cruz fueron patibulum —viga horizontal que el condenado cargaba sobre sus hombros hasta el lugar de suplicio— y gabalus —poste vertical o cruz ya ensamblada—.
La brutalidad de este castigo aparece con especial crudeza en Séneca, filósofo hispanorromano y contemporáneo de Cristo, quien llamaba “cruz” a un madero afilado hincado en tierra en el que se empalaba al reo, que moría tras penetrarle la punta del palo por el recto. También se lo podía suspender cabeza abajo o atarlo para que las alimañas dieran cuenta del condenado. Es difícil pensar en una imagen más degradante.

Marco Tulio Cicerón, jurista, político, filósofo y uno de los grandes oradores de Roma, condenó la crucifixión como un “castigo cruel y vergonzante”. Poco después declaró: “Atar a un ciudadano romano es un crimen, flagelarlo es una abominación, matarlo es casi un acto de asesinato; crucificarlo es… ¿qué diré? No hay una palabra adecuada para describir una acción tan horrible”. En otra defensa célebre afirmó incluso que la sola palabra “cruz” no debería figurar en el léxico del ciudadano romano.
Ahora bien, en el contexto del Nuevo Testamento había dos grandes grupos: los judíos (los compatriotas de Jesús) y los gentiles (todos los no judíos, especialmente griegos y romanos). Aunque eran muy distintos entre sí, ambos grupos coincidieron en algo: les resultaba sumamente difícil creer en un Mesías crucificado. Para los gentiles, la cruz era una locura, una necedad. ¿Cómo podría una persona en su sano juicio adorar a un hombre condenado como criminal y sometido a la forma más humillante de ejecución? Esta combinación de muerte, crimen y vergüenza lo excluía, a los ojos del mundo antiguo, de toda posibilidad de respeto, y aún más de adoración.
Justino Mártir, apologista cristiano del siglo II, resumió bien la reacción del mundo pagano. En su Primera Apología escribió: “nuestra locura consiste en esto, en que damos a un hombre crucificado un lugar igual al inmutable y Eterno Dios Creador”. El solo anuncio del glorioso Evangelio parecía ridículo.
Esa burla ha quedado registrada de forma gráfica en un famoso grafiti del siglo II hallado en el monte Palatino, en Roma, probablemente en el muro de un edificio usado como escuela para los pajes de la corte imperial. A la caricatura se le conoce como El grafito de Alexámenos. Luciano de Samosata, escritor satírico pagano del siglo II, refleja el mismo tono de desprecio. En Sobre la muerte de Peregrino ridiculiza a un supuesto converso cristiano y se burla de los creyentes por adorar al “propio sofista crucificado y vivir sometidos a sus leyes”. Sin embargo, la respuesta cristiana no fue esconderse avergonzados, sino perseverar.

Para los judíos, por su parte, la cruz era una piedra de tropiezo. La razón no era sólo emocional o política, sino también religiosa. Deuteronomio 21:23 afirma: “pues el colgado es maldito de Dios”. Para ellos era inaceptable que el Mesías de Dios muriera y más aún que ocurriera bajo ese signo de maldición. Por eso el judío Trifón le dijo a Justino: “Sobre esto me siento sumamente incrédulo”.
La historia del propio pueblo judío agravaba este rechazo. Alrededor del año 100 a. C., Alejandro Janeo crucificó a 800 fariseos e hizo que sus esposas e hijos contemplaran la escena. Más tarde, tras el ascenso romano en el 63 a. C., uno de los episodios más brutales fue el de Varo, que crucificó a 2000 judíos en el año 4 a. C. Luego, en el 70 d. C., durante la destrucción de Jerusalén, Tito levantó tantas cruces para los fugitivos de la ciudad que, según los historiadores, ya no había espacio “para las cruces, ni cruces para los cuerpos”.
No es extraño, entonces, que incluso los discípulos de Jesús tropezaran ante el significado de la cruz. El primer judío que la rechazó abiertamente fue Pedro. Después de que Jesús anunciara sus sufrimientos, Mateo 16:22-23 registra la reacción del discípulo: “No lo permita Dios, Señor! Eso nunca te acontecerá”. A lo que Jesús respondió: “¡Quítate de delante de Mí, Satanás! Me eres piedra de tropiezo; porque no estás pensando en las cosas de Dios, sino en las de los hombres”.

Podríamos decir que, antes de la crucifixión, este discípulo tan importante no la entendió y, mientras sucedía, el resto abandonó a Jesús, creyendo que el movimiento había fracasado y que la cruz había acabado con todo. Tuvo que ser el Cristo resucitado quien les explicara las Escrituras y les dijera en Lucas 24:26-27: “¿No era necesario que el Cristo padeciera todas estas cosas y entrara en Su gloria? Comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les explicó lo referente a Él en todas las Escrituras”.
La sombra de la cruz sobre la vida de Cristo
Sin embargo, lo que para el mundo era escándalo, para Jesús nunca fue una sorpresa. La cruz no apareció al final de Su vida como un accidente lamentable, sino como el eje de Su misión. Podría decirse que Cristo vivió siempre a la sombra de la cruz. Esto fue lo que representó —de manera conmovedora— el pintor británico Holman Hunt, uno de los fundadores de la Hermandad Prerrafaelita, en su pintura La sombra de la muerte.
Quizás esta obra de la segunda mitad del siglo XIX no sea tan conocida como otras, pero resulta profundamente sugerente. En ella se muestra el interior de un taller de carpintería en Nazaret. Jesús aparece de pie, con el torso desnudo, junto a un caballete de aserrado sobre el que ha apoyado el serrucho. Su mirada se dirige al cielo, mientras la expresión de Su rostro parece mezclar dolor y éxtasis, y Sus brazos aparecen levantados por encima de la cabeza.
La luz del atardecer que entra por la puerta abierta proyecta sobre la pared del fondo una sombra en forma de cruz. El estante de herramientas parece una viga horizontal sobre la que sus manos fueron clavadas. Las herramientas mismas evocan el martillo y los clavos. A la izquierda, en primer plano, una mujer se encuentra arrodillada entre las virutas de madera. Sus manos reposan sobre el cofre que guarda los regalos de los magos. No vemos su rostro porque lo ha apartado. Es María, alarmada ante la sombra en forma de cruz que Su hijo proyecta sobre la pared.

Holman Hunt estaba decidido, como él mismo expresó, a “luchar contra el arte frívolo de la época”. Con ese propósito estuvo en Jerusalén entre 1870 y 1873, y pintó La sombra de la muerte sentado en la terraza de su casa. Aunque se trata de una escena imaginada, teológicamente resulta acertada: desde la juventud de Jesús, e incluso desde Su mismo nacimiento, la cruz era Su misión. Lucas 2:34-35 deja ver este destino cuando Simeón bendice a María así: “Este Niño ha sido puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción, y una espada traspasará aun tu propia alma, a fin de que sean revelados los pensamientos de muchos corazones”. Jesús era todavía un niño pequeño, pero a Su madre se le anticipó un dolor profundo: la espada de la muerte de su hijo atravesaría su alma.
Más adelante, hacia el final de Su ministerio, el propio Señor anunció Su muerte a los discípulos. “…comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer muchas cosas, y ser rechazado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, y ser muerto, y después de tres días resucitar. Y les decía estas palabras claramente…” (Mr 8:31-32). La palabra “claramente” traduce parresia: con libertad de expresión, sin secretos, sin rodeos. La misma idea se intensifica en otros pasajes. Marcos 10:34 (RVR1960) declara: “y le escarnecerán, le azotarán, y escupirán en Él, y le matarán; mas al tercer día resucitará”. Y Lucas 9:51 resume la determinación de Cristo con una frase memorable: “Sucedió que cuando se cumplían los días de Su ascensión, Jesús, con determinación, afirmó Su rostro para ir a Jerusalén”.
Así, aunque la cruz fuera un emblema de vergüenza, Jesús la asumió como el centro de Su obra redentora. No fue víctima de una maquinaria política o religiosa como tal, sino que caminó deliberadamente hacia ese destino.

La cruz reinterpretada por el Evangelio
Fue precisamente el anuncio apostólico el que cambió para siempre el significado de la cruz. Lo que en el mundo antiguo representaba humillación, maldición y derrota, el cristianismo lo proclamó como el lugar de la obediencia suprema, del sacrificio expiatorio y de la victoria de Dios. Los discípulos tardaron en comprenderlo, pero una vez iluminados por el Cristo resucitado y por las Escrituras, predicaron la cruz con tal fuerza que este símbolo superó sus connotaciones profundamente negativas.
El caso del Salmo 22 es paradigmático. Jesús mismo mostró a Sus discípulos que en las Escrituras hebreas ya estaba anunciada la necesidad de Sus padecimientos. Y ese salmo, escrito por David siglos antes de la invención persa de la crucifixión, describe con precisión asombrosa escenas que los Evangelios registran en la pasión:
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
(…) Todos los que me ven, de mí se burlan;
(…) Me horadaron las manos y los pies.
(…) Se reparten entre sí mis vestidos,
Y sobre mi ropa echan suertes.

Resulta impresionante que, muchos siglos antes de que estos hechos ocurrieran, David los hubiera descrito con una viveza que parece la de un testigo ocular.
Así pues, en la predicación cristiana primitiva, la cruz dejó de ser simplemente el instrumento de la muerte de Jesús para convertirse en la evidencia de que Dios cumplía Su plan y Sus promesas. Por eso, aunque para judíos y gentiles siguiera siendo escandalosa, la Iglesia no optó por ocultarla. Lejos de disimularla, la convirtió en el corazón de su mensaje. Ahí reside una de las grandes paradojas del cristianismo: escogió como centro aquello que, humanamente hablando, más razones daba para avergonzarse.

De las catacumbas a la cruz cristiana
Ahora bien, que la cruz se convirtiera teológicamente en el centro de la fe no significa que se transformara de inmediato en su símbolo visual predominante. En los primeros siglos, los cristianos debían ser cautelosos. Sufrían acusaciones absurdas e intensa persecución. Por ello, los primeros motivos pictóricos y símbolos cristianos aparecieron sobre todo en paredes y techos interiores de las catacumbas romanas.
Clemente de Alejandría, en El pedagogo (3, 11), mencionó varios de esos signos tempranos:
Que nuestros símbolos sean una paloma, o un pez, o un barco al que le sopla el viento, o una lyra musical, que usó Policrates, o una ancla de barco, que Seleuco grabó como un aparato o artefacto; y si aparece alguien pescando, nos va a recordar al apóstol, o a pescadores de hombres.

El historiador del arte Michael Gough, en Orígenes del Arte Cristiano, explica lo siguiente sobre los creyentes de los primeros siglos:
Tenían que ser muy cuidadosos y evitar las demostraciones abiertas de su religiosidad. Por ello la cruz, que ahora es el símbolo universal del cristianismo, fue evitada en un comienzo, no sólo por su asociación directa con Cristo, sino también por su vergonzosa asociación con la ejecución de criminales comunes.

Aun así, la cruz nunca se evitó por completo. Desde el siglo II fue dibujada, pintada y tallada como símbolo gráfico de la fe cristiana. Pero al mismo tiempo comenzó a usarse de otra manera: no sólo como recuerdo de la obra de Cristo, sino como signo protector. Allí empezó una deformación importante.
La señal de la cruz y el problema del amuleto
Además de representarla artísticamente, algunos cristianos comenzaron a hacer la señal de la cruz sobre sí mismos o sobre otros. En la cultura de entonces, los amuletos para protegerse de malos espíritus y maldiciones eran comunes. Para algunos cristianos, la cruz terminó convirtiéndose en un amuleto. Dibujada o hecha mediante la persignación, pasó a ser considerada por muchos como un objeto o gesto con poder protector contra el mal. Ese gesto marcó el inicio de un uso que no enseñaron ni el Señor Jesucristo ni los apóstoles, sino que fue tomado del ambiente grecorromano.
Ahora bien, mientras que para algunos la cruz de madera era una máquina de tortura y muerte, en culturas como la egipcia o la griega el diseño de dos líneas cruzadas existía siglos antes de Cristo como un adorno místico o un jeroglífico alusivo a la vida (como el Ankh), como ocurría en Egipto. También se encontraba como adorno en prendas orientales y griegas. Esta distinción es clave para entender que este uso de la cruz surgió por supersticiones paganas antiguas que algunos conversos trasladaron al cristianismo.
Uno de los primeros testimonios sobre la práctica extrabíblica de persignarse lo ofrece Tertuliano, el abogado y teólogo norteafricano que destacó alrededor del año 200 d. C.: “A cada paso que avanzamos en todas las acciones comunes de la vida cotidiana, trazamos sobre nuestra frente la señal de la cruz” (De corona, cap. III, p. 94). Hipólito, presbítero de Roma en el siglo III, recomendó del mismo modo la señal de la cruz para las oraciones privadas: “Imita siempre a Cristo, haciendo con sinceridad la señal en la frente (…). Cuando seas tentado, sella siempre reverentemente tu frente con la señal de la cruz. Porque esta señal de la pasión se muestra y se hace manifiesta contra el diablo si la haces con fe”.

En cambio, en la Palabra de Dios encontramos el mandamiento de Efesios 6:16: “Sobre todo, tomen el escudo de la fe con el que podrán apagar todos los dardos encendidos del maligno”. Luego, el versículo 18 profundiza esta idea al hacer un llamado a la oración constante: “Con toda oración y súplica oren en todo tiempo en el Espíritu…”. El énfasis apostólico no es persignarse en todo tiempo, sino depende de Dios en todo tiempo.
Cuando los reformadores del siglo XVI quisieron seguir solamente la Biblia, abandonaron esta práctica; algunos llegaron a verla incluso como una derivación idolátrica. De hecho, un representante del puritanismo habló de “Santiguarse (o persignarse) y otras muestras semejantes del papismo, que la Iglesia de Dios en tiempos de los apóstoles nunca conoció”. También en el Libro de Oración del rey Enrique VI se afirmaba que “el arrodillarse, santiguarse, juntar las manos, golpearse el pecho, y otros gestos, pueden ser usados, o dejados, según sirva a la devoción de cada hombre, sin culparle”.

Constantino, Helena y la exaltación del símbolo
En el siglo IV se produjo otro gran giro. Constantino fue el primer emperador del Imperio romano que se declaró “cristiano”, aunque su conversión ha generado muchos cuestionamientos: siguió imprimiendo la señal del sol en sus monedas y no se bautizó hasta el final de su vida, convencido de que después del bautismo no podría pecar. Fue él quien convirtió la cruz en símbolo oficial del cristianismo.
Eusebio de Cesarea, historiador de la Iglesia del siglo IV, cuenta en Vida de Constantino que, en vísperas de la batalla del Puente Milvio, el emperador dijo haber visto en el cielo una cruz luminosa acompañada por las palabras in hoc signo vinces (“vence con esta señal”). Inmediatamente adoptó la cruz como emblema y la hizo colocar en los estandartes de su ejército.
Poco después, alrededor del año 326, su madre Elena de Constantinopla mandó demoler el templo de Venus que se alzaba sobre el monte Calvario, en Jerusalén, y excavar allí, porque le habían llegado noticias de que se había hallado la “Vera Cruz”, la “verdadera cruz”. A partir de entonces se inició un culto particular a la cruz como objeto material venerable.

Durante aquellos trabajos, según la tradición, aparecieron tres cruces: la de Cristo y las de los dos ladrones. Para determinar cuál era la verdadera, se cuenta que pusieron un hombre muerto sobre ellas; cuando tocaron la auténtica, el cadáver resucitó. Otras versiones hablan de un enfermo sanado. Mediante estos relatos poco confiables se “comprobó” cuál era la Vera Cruz. Tras la influencia de Constantino y de Helena, la superstición en torno a los poderes de la cruz se multiplicó. En la Edad Media circularon innumerables reliquias de la Vera Cruz, especialmente en el contexto de las cruzadas. Un dicho popular ironizaba diciendo que, con tantos restos del sagrado madero, se podrían formar varios bosques.
El crucifijo, es decir, una cruz con la figura de Cristo, no parece haberse usado antes del siglo VI. A lo largo de la historia ha sido considerado por muchos como un arma poderosa contra demonios y malos espíritus. Incluso la industria del cine norteamericano ha explotado esa imagen en películas de vampiros y exorcistas. Sin embargo, este nunca ha gozado de popularidad en las iglesias de origen protestante. En cambio, la cruz vacía —si no se le atribuyen poderes sobrenaturales— ha sido usada por muchos cristianos como símbolo del Cristo resucitado que venció a la muerte.

La paradoja que permanece
Durante sus primeros tiempos, el símbolo más común del cristianismo fue el pez. Representaba, entre otras cosas, una verdad profunda oculta a simple vista, como los peces bajo las aguas. Además, su nombre en griego —ΙΧΘΥΣ, ictys— podía entenderse como acróstico de Iēsous Christos Theou Yios Sōtēr, es decir, “Jesucristo, Hijo de Dios, el Salvador”. Sin embargo, el cristianismo terminó identificándose con la cruz. Su evolución refleja la historia de la fe y el profundo cambio de mentalidad que tuvo lugar en el mundo tardoantiguo.
Un autor resumió con brillantez este proceso al escribir que un emblema cristiano universal debía hablar, obviamente, de la persona de Jesucristo. Los cristianos habrían podido elegir el pesebre, el banco de carpintero, el barco desde el cual enseñó en Galilea, el paño con que lavó los pies de los discípulos, la piedra removida del sepulcro, el trono o la paloma. Todos esos símbolos habrían señalado aspectos verdaderos de Su ministerio. “No obstante, el símbolo elegido fue una sencilla cruz (…). No querían que la conmemoración de Jesús tuviera como centro Su nacimiento ni Su juventud, enseñanza, servicio, resurrección o reinado. Tampoco el don del Espíritu Santo. Eligieron como central la crucifixión”.
Y esa elección sigue siendo extraordinaria. Ninguna religión inventada por hombres elegiría un símbolo tan humillante para sí misma. Si el cristianismo fuera una invención humana para ganar adeptos, habrían elegido el símbolo de un león, un guerrero o un rey glorioso. El hecho de que los primeros cristianos mantuvieran su fe en un “Crucificado” a pesar del estigma social, demuestra que no seguían una moda o una ideología conveniente, sino un hecho histórico y espiritual disruptivo que transformó incluso el significado del peor de los sufrimientos.
El símbolo de la cruz no tuvo una transformación superficial. No es que la historia haya embellecido un objeto horrible; más bien, en ella confluyen la humillación y la gloria, la vergüenza y la victoria, la muerte y la vida. Allí Cristo fue rechazado por el mundo, pero allí mismo realizó la obra que dio sentido a Su encarnación y a Su misión. Por eso, de todos los posibles, al cristianismo no lo representa el símbolo más agradable, sino el más escandaloso. No es el que suaviza la historia de Jesús, sino el que la lleva a su punto más oscuro y, al mismo tiempo, más luminoso. La cruz recuerda que la salvación cristiana no nació del triunfo visible, sino del sacrificio del Hijo de Dios; no de la exaltación terrenal, sino de una muerte vergonzosa que el Evangelio proclamó como victoria eterna.
¿Qué representa la cruz para ti? ¿Qué implicaciones tiene el hecho de que este sea el símbolo del cristianismo?
Referencias y bibliografía
Origins of Christian Art de Michael Gough, p. 18.
“Cross” y “Crucifix” de J. H. Miller en The Christian World, ed. Geoffrey Barraclough.
“Cross and Crucifix” de Cyril E. Pocknee en The Christian World, ed. Geoffrey Barraclough.
“Amuleto” | Diccionario de la lengua española – RAE
Historia de la cruz: origen y significados | Curiosfera Historia
La cruz de Cristo (1996) de John Stott. Capital Federal, Ediciones Certeza, pp. 25, 27.
Semana Santa: qué ocurrió con la cruz en la que murió Jesús (¿y fue realmente hallada?) de Alejandro Millán Valencia | BBC News Mundo.
La Cruz, de castigo ejemplar a la promesa de la vida eterna de Abel G. M. | National Geographic Historia.
Crucifixion de Martin Hengel, pp. 1-10.
De corona de Tertuliano, cap. III, p. 94.
El pedagogo de Clemente de Alejandría (III, 11).
Proceso a Verres de Cicerón, II, v, 64, párr. 165.
Proceso a Verres de Cicerón, II, v, 66, párr. 170.
Antigüedades judías de Flavio Josefo, XVII, 10, 10.
La guerra de los judíos de Flavio Josefo, V, XI, 1.
Diálogo con Trifón de Justino Mártir, cap. LXXXIX.
