Detrás del jugo de uva se encuentra una de las transformaciones litúrgicas más significativas del evangelicalismo estadounidense.
Durante muchos siglos, cuando los cristianos se reunían alrededor de la Cena del Señor, el pan y el vino eran los dos elementos visibles que formaban parte del rito instituido por el mismísimo Jesucristo la noche en que fue enjuiciado y, posteriormente, llevado a la muerte. De hecho, las distintas interpretaciones sobre el significado de estos elementos y la naturaleza de la presencia de Cristo en la Cena desencadenaron algunas de las controversias más importantes de la historia del cristianismo. En cualquier caso, existía una continuidad común difícil de desconocer: la copa contenía vino.
Pero en el siglo XIX, una particular inquietud generó un “cambio” en la práctica y observancia de la Cena del Señor en Occidente, inicialmente, en Estados Unidos: ¿podía la Iglesia utilizar jugo de uva sin fermentar en lugar de vino? En principio, esta cuestión no surgió como una controversia hermenéutica o exegética sobre las palabras del Señor Jesús al momento de la Última Cena, sino como consecuencia del denominado “movimiento de templanza”. También tuvieron que ver la preocupación creciente entre la población respecto a los efectos sociales, morales y de salud generados por las bebidas alcohólicas; el calor religioso y reformista de la época y la aparición de enfermedades contagiosas.
En medio de todo esto, apareció Thomas Bramwell Welch (1825-1903), un dentista de profesión, antiguo predicador y miembro de una iglesia metodista de Vineland, Nueva Jersey, quien desarrolló un procedimiento para conservar el jugo de uva sin fermentar y comenzó a ofrecerlo como sustituto del vino “sacramental”. Originalmente se le denominó “Dr. Welch´s Unfermented Wine” (Vino sin fermentar del Dr. Welch) e incluso terminó surgiendo la reconocida marca Welch’s. Desde entonces, una gran cantidad de congregaciones cristianas de distintas tradiciones usan “jugo de uva” en lugar de “vino” en la Comunión eucarística.
Entonces, ¿cuál era el entendimiento histórico y litúrgico de la Cena del Señor? ¿Y en qué consistió el así llamado “movimiento por la templanza”? Para responder a estos interrogantes, hemos dispuesto tres secciones en este artículo: la primera aborda el trasfondo histórico, bíblico y teológico general de la Santa Cena; la segunda se centra en el surgimiento del movimiento de templanza y en cómo ocurrió la transformación cúltica de la copa de vino; y la tercera se enfoca en Thomas Welch y los eventos que hicieron de su “alternativa sacramental” un producto comercial.

“Esto es Mi cuerpo, esta es Mi sangre”
Consideramos necesario iniciar con una revisión de los antecedentes históricos, bíblicos y teológicos de la Cena del Señor, una de las ordenanzas o instituciones sacramentales distintivas del Nuevo Testamento, también conocida como la “Comunión”, “Santa Cena”, “Mesa del Señor” o “Eucaristía”. Ahora bien, hacemos uso de los términos “sacramento” y “eucaristía” no por un enfoque católico romano, sino porque su carga etimológica apunta al espíritu de la Santa Cena. “Sacramento” proviene del latín “sacramentum” (“sacra” es sagrado y “mentum” es medio o instrumento) y “eucaristía” deriva del griego “eujaristéo” y puede traducirse como “acción de gracias”; expresión que utilizaron el Señor Jesús, al momento de establecer y consagrar la Santa Cena, y el apóstol Pablo cuando replicó esa misma enseñanza (1 Co 11:24).
Así las cosas, Mateo relata que Jesús, al celebrar la Pascua con Sus discípulos:
…tomó el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a Sus discípulos, y dijo: tomad, comed; esto es Mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: bebed de ella todos; porque esto es Mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados. Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de Mi Padre (Mt 26:26-29, RVR1960. Ver Mr 14:22-25; Lc 22:14-20).
Por lo tanto, es aquí donde se instituye la comida del Nuevo Pacto, y como resulta evidente, los elementos que comprenden esta cena pactual son el pan y el vino. Dado el lenguaje e importancia tipológica y pactual de la Mesa del Señor tiene como modelo veterotestamentario la fiesta de la Pascua, según lo precisó el teólogo reformado Herman Bavinck: “Como la Pascua, la Cena del Señor es una ocasión en la que Dios se reúne con Su pueblo y, sobre la base del sacrificio realizado y aceptado, se une con ellos en una celebración gozosa”. Esta celebración ocupaba un lugar único y solemne en la vida cultual del pueblo de Israel; se combinaba con sacrificios como actos de expiación y participaban quienes habían entrado en una relación de pacto con Dios (Ex 20:24; 29:42-46; 33:7; Nm 11:25; 12:5; Dt 31:15).
Asimismo, la Santa Cena se establece como una comida sagrada con un carácter sacrificial, que quedó cumplido “una vez y para siempre” con la muerte vicaria de Cristo (Heb 10:12), y con un carácter escatológico, pues es la celebración de Su obra de redención hasta Su retorno triunfal (1 Co 11:26). Poco tiempo después de la resurrección y ascensión de Cristo a los cielos, la Iglesia la adoptó como un elemento crucial en sus reuniones congregacionales, especialmente en el primer día de la semana, es decir, el domingo o Día del Señor. También la transmitió como una doctrina apostólica e incluso llegó a reprender tanto la forma de la celebración como las condiciones para la participación (Mt 28:1; Mr 16:2; Lc 24:1; Jn 20:1; Hch 2:42; 20:7; 1 Co 11:17-34).

Adicionalmente, podemos observar en registros extrabíblicos tempranos cómo las comunidades cristianas practicaban la Santa Cena. La Didaché (70-100 d.C.) se refiere a ella como “la acción de gracias eucarística” e incorpora dos capítulos que detallan oraciones profundamente teológicas para antes y después de su celebración, así como advertencias sobre quiénes debían participar.
Desde el siglo II, durante el periodo de los padres de la Iglesia, hasta aproximadamente el siglo XI de la era cristiana, parece haber existido un consenso en relación con los elementos o signos que conforman la Eucaristía, es decir, el pan y el vino (este último servido en una copa común), así como a la preservación de un carácter cúltico, reverente y solemne en su celebración. También se encuentran advertencias sobre la participación en ella y objeciones a su celebración fuera de los términos en los que fue instituida por Cristo. Esto se documentó en relación con determinados grupos considerados sectarios, como “los acuarianos”, llamados así porque ofrecían únicamente agua en el cáliz para el sacramento eucarístico.
Entre las fuentes patrísticas, podemos citar a Cipriano de Cartago (c. 200-258), quien escribió en su Epístola 62:
No hay, pues, ninguna razón, carísimo hermano, para que alguien piense que se ha de seguir la costumbre de ciertas personas, que han pensado en el pasado que se debe ofrecer solo agua en el cáliz del Señor. Pues debemos preguntar a quién han seguido ellos mismos. Porque si en el sacrificio que Cristo ofreció no hay que seguir a nadie más que a Cristo, ciertamente nos corresponde obedecer y hacer lo que Cristo hizo, y lo que Él mandó hacer…
Durante los siglos XII y XIII, particularmente a partir del Concilio de Lambeth, se empezó a enseñar que no era necesario participar de la copa eucarística (doctrina de la concomitancia), lo cual se fue extendiendo progresivamente por todas las iglesias papistas. En el siglo XV, el Concilio de Constanza afirmó la Comunión bajo una especie y condenó a la hoguera a Jan Hus (c. 1369-1415), el prerreformador bohemio que se opuso férreamente a dicha enseñanza y defendió la comunión bajo ambas especies (utraquismo). Según el teólogo e historiador suizo Philip Schaff (1819-1893), esta supresión de la comunión con la copa estuvo ligada al “triunfo de la transubstanciación”, doctrina católica según la cual el pan y el vino se convierten sustancialmente en el cuerpo y la sangre de Cristo, aunque conservan sus propiedades sensibles.

Así, llegamos a los albores y al desarrollo de la ortodoxia reformada. La dominación institucional y religiosa de Roma se encontraba en su cúspide. Sin embargo, mediante un estudio ordenado de las Escrituras, una correcta lectura de la tradición de la Iglesia y la necesidad de volver a las fuentes tempranas (ad fontes), distintos teólogos formados en sus propias filas impulsaron una profunda purificación moral, espiritual y teológica entre los siglos XVI y XVIII, que implicó la recuperación del vino en la comunión.
En este contexto, es bien conocida la disputa entre “los dos titanes reformadores” en el castillo de Marburgo sobre la presencia de Cristo en la Cena: Martín Lutero sostenía la consustanciación (“en, con y bajo” los elementos) y Ulrico Zuinglio afirmaba una postura “meramente memorial”. Lo cierto es que ambos coincidían en que el pan y el vino debían utilizarse según la “institución de Cristo”. Reformadores alemanes, franceses, ingleses, holandeses y escoceses también se opusieron a la postura romanista, así como más tarde lo hicieron los puritanos.
Esta comprensión de las señales que debían caracterizar la Mesa del Señor también se aprecia en el consenso confesional protestante-reformado, que abarca desde la Confesión de Augsburgo (1530), pasando por la Confesión Escocesa (1560), la Confesión Belga (1561), la Confesión de Westminster (1647) y la Declaración de Saboya (1658), hasta la Confesión Bautista de Fe de Londres (1689), que en el capítulo 30, párrafo 3, consigna:
En esta ordenanza, el Señor Jesús ha instituido que Sus ministros oren y bendigan los elementos —el pan y el vino— y los aparten así del uso común para un asunto santo, y que tomen y partan el pan, tomen la copa, y (comulgando ellos mismos también) den ambos elementos a los comulgantes.
Incluso en los Treinta y Nueve Artículos (1571), la Iglesia de Inglaterra concuerda con las demás confesiones históricas en este aspecto. Todas estas declaraciones confesionales fueron elaboradas sistemáticamente por una pluralidad de hermanos, teólogos y ministros ordenados, lo que les confiere el carácter de una postura doctrinal sólida, pública y comunitaria. Además, procuran establecer intencionalmente una vinculación con la historicidad y la catolicidad cristianas.

De la moderación a la abstinencia absoluta
Durante la época colonial y los primeros años de la nación estadounidense, el consumo de bebidas alcohólicas estaba plenamente integrado en la vida cotidiana. Las tabernas, en particular, constituían algunos de los principales espacios de interacción social de la época. Según las estadísticas, a finales del siglo XVIII, los estadounidenses consumían, en promedio, alrededor de 22 litros de alcohol puro al año. Posteriormente, esta cantidad aumentó considerablemente.
En este contexto surgió el “movimiento de templanza”. Su nombre deriva del término inglés “temperance”, que significa “templanza” en español. Inicialmente, no propugnaba la prohibición absoluta del alcohol, sino que promovía la moderación y, especialmente, la abstención de determinadas bebidas destiladas. En 1780, Benjamin Rush (1746-1813), médico y extesorero de la Casa de la Moneda de Estados Unidos, creó el denominado “termómetro de la templanza”. Le atribuía graves consecuencias al consumo de bebidas destiladas, pero sostenía que la sidra, la cerveza y el vino podían proporcionar vigor y nutrición cuando se consumían con moderación.
Sin embargo, durante las primeras décadas del siglo XIX, algunos científicos comenzaron a considerar que el vino y la cerveza también podían resultar perjudiciales para el organismo debido a su contenido de alcohol. Esta percepción se sumó al creciente fervor religioso y moral característico de los avivamientos y se vio respaldada por las tendencias reformistas de la época, que también impulsaban causas como la abolición de la esclavitud y la ampliación de los derechos civiles de las mujeres.
Las primeras asociaciones de templanza de Estados Unidos se establecieron en Nueva York (1808) y Massachusetts (1813), respectivamente. Bajo la influencia de las iglesias, el movimiento se extendió rápidamente, hasta el punto de que, dos décadas después, existían alrededor de 6000 sociedades locales en distintas regiones del país. Sin embargo, su expansión trascendió las fronteras estadounidenses. En 1829 se creó la Sociedad de Templanza del Ulster, en Irlanda, y en 1862 se conformó la Sociedad de Templanza de la Iglesia de Inglaterra.
El movimiento de templanza estadounidense alcanzó posteriormente su punto culminante con la ratificación de la Decimoctava Enmienda, que dio lugar al periodo conocido como la “Ley Seca”. Esta prohibió legalmente la fabricación, venta y transporte de bebidas alcohólicas entre 1920 y 1933. No obstante, pese al considerable apoyo social, religioso y político del que gozaba el movimiento, numerosos estadounidenses continuaron consumiendo alcohol de manera ilegal. Esto favoreció el surgimiento del contrabando y de los bares clandestinos, así como el desarrollo de actividades vinculadas al crimen organizado y la violencia social, lo cual contribuyó a la derogación de la prohibición mediante la Vigesimoprimera Enmienda, ratificada el 5 de diciembre de 1933.

Ahora bien, ¿cómo influyeron todos estos acontecimientos en la celebración de la Cena del Señor?
A mediados del siglo XIX comenzaron a presentarse brotes significativos de difteria y tuberculosis, ambas enfermedades causadas por microorganismos (bacterias). Esto llevó a especialistas sanitarios estadounidenses a presionar para que se reformara la práctica litúrgica, dado que la participación del vino implicaba el uso de una copa comunitaria. Todo ello a pesar de que aún no se habían comprobado contagios derivados del uso del cáliz común.
Esta preocupación impulsó la búsqueda de una “alternativa litúrgica”, lo que dio paso a la introducción de vasos individuales. Se estima que este cambio comenzó en 1894. Un artículo de la revista médica The Lancet, fechado el 9 de noviembre de 1900, señalaba que los “vasos de comunión individuales” eran “impracticables en la Iglesia de Inglaterra”, reconociendo así que el uso de la copa común constituía la práctica ordinaria e histórica de la Iglesia. Sin embargo, aunque los vasos individuales representaban una “innovación moderna”, esto no impidió que iglesias metodistas, bautistas, presbiterianas y luteranas de Estados Unidos los adoptaran en sustitución del cáliz, principalmente por motivos higiénicos y sanitarios.
Paralelamente, las iglesias metodistas comenzaron a considerar seriamente la posibilidad de suprimir el vino de la celebración de la Santa Cena porque contenía alcohol. En consecuencia, se celebraron las Conferencias Generales de 1864, 1872 y 1876. En la última se recomendó “el uso de solamente jugo de uva puro y sin fermentar […] en las ocasiones sacramentales”. En 1876, la Unión de Mujeres Cristianas por la Templanza (WCTU por sus siglas en inglés), integrada en gran parte por mujeres metodistas, manifestó su oposición a recibir la comunión en iglesias que utilizaran vino. Posteriormente, en 1880, se reformuló la oración inicial de la celebración eucarística para establecer: “Que nada más que el jugo puro de la uva sin fermentar debe usarse para administrar la Cena del Señor”.
Finalmente, en el apartado 36 de La doctrina y disciplina de la Iglesia Episcopal Metodista (1888), se afirmó que “tanto la ciencia como la experiencia humana se unen con las Sagradas Escrituras para condenar todas las bebidas alcohólicas como no útiles ni seguras”. De esta manera, tanto la copa común (instrumento) como el vino (sustancia) utilizados en el sacramento de la Comunión Eucarística terminaron siendo reemplazados por vasos individuales y jugo de uva sin fermentar.
Pero ¿cómo aparece en este contexto Thomas Welch y qué relación tuvo con el producto que daría origen a la famosa marca que lleva su apellido?

Vino sin fermentar del Dr. Welch
Mucho antes de que se popularizara el jugo de uva sin fermentar producido por Thomas Welch, las iglesias metodistas ya habían recomendado y adoptado alternativas semejantes. Sin embargo, en aquella época resultaba bastante complicado conservarlo, puesto que el jugo de uva puro, almacenado a temperatura ambiente, se fermentaba naturalmente y, en consecuencia, se convertía en vino. Esta situación representaba un problema para las iglesias que deseaban evitar cualquier relación con el alcohol.
Según Roger Scull, historiador de la Primera Iglesia Metodista Unida de Vineland, una de las alternativas consistía en exprimir las uvas durante la semana y servir el jugo antes de que comenzara la fermentación. No obstante, no todas las congregaciones tenían acceso a las uvas, por lo que algunas dejaban de celebrar la comunión cuando estas estaban fuera de temporada.
Otras optaban por preparar su propio vino sin fermentar. Una receta consistía en añadir una libra de pasas a un litro de agua hirviendo. También hubo quienes defendieron el uso del agua, considerando que el milagro de su conversión en vino (Jn 2:1-12) parecía proporcionar una justificación bíblica para esta práctica.
En este contexto aparece Thomas Bramwell Welch (1825-1903). Nacido en Glastonbury, Inglaterra, emigró junto con su familia al norte del estado de Nueva York, Estados Unidos, en 1834 porque su padre decidió trasladarse a ese país. A los 17 años, Thomas se unió a la Iglesia Metodista Wesleyana, que desde sus inicios se había caracterizado por su defensa de la abolición de la esclavitud y su oposición a la fabricación, compra, venta y consumo de bebidas alcohólicas. A los 19, se graduó del Seminario Wesleyano de Gouverneur y fue ordenado predicador metodista wesleyano.
Ejerció su ministerio primero en Pound Ridge, condado de Westchester, y después en el condado de Herkimer, ambos en Nueva York. Sin embargo, debido a problemas en la voz, se vio obligado a abandonar el ministerio a los 21 años. Ante esta circunstancia, decidió reorientar su vida profesional e ingresó al New York Central Medical College, donde obtuvo su título de médico. En 1856 se trasladó a Minnesota, abrió una farmacia y comenzó a anunciar sus servicios como dentista. Posteriormente, se estableció en Vineland, Nueva Jersey, para continuar ejerciendo la odontología.

No obstante, además de su formación médica, Welch tenía un profundo interés por la ciencia. Se preguntó si las innovadoras técnicas de Louis Pasteur podrían aplicarse al jugo de uva, por lo que comenzó a experimentar con el propósito de encontrar un procedimiento que permitiera impedir su fermentación. Su hijo, Charles E. Welch (1852-1926), quien también llegó a ser dentista, lo apoyó en este proyecto.
En 1869, Thomas perfeccionó en su propia cocina un proceso de pasteurización del jugo de uva y comenzó a comercializar el “Vino sin fermentar del Dr. Welch” entre las iglesias que buscaban un sustituto sin alcohol para la comunión eucarística. Sin embargo, el producto de Welch no tuvo una recepción inicial significativa. Desde 1864, las iglesias metodistas ya habían comenzado a recomendar el uso de jugo de uva sin fermentar en sustitución del vino sacramental, aunque su conservación seguía representando una dificultad.
Tras cuatro años de escaso éxito comercial, Thomas abandonó el proyecto. No obstante, dos años después, su hijo Charles lo convenció de retomarlo y comenzó a ofrecer muestras gratuitas del sustituto del vino sacramental a las iglesias. También publicó revistas relacionadas con el movimiento de templanza, en las que defendía la comunión sin alcohol. La publicidad contribuyó a despertar un mayor interés por el producto mediante frases como esta: “Si su farmacéutico no tiene el que se usaba en Galilea, que no contiene ni una pizca de alcohol, escríbanos para consultar los precios”. Esta estrategia terminó facilitando la expansión del producto hacia el mercado comercial, aunque originalmente se había destinado al ámbito eclesiástico.
Charles impulsó el crecimiento de la nueva compañía más allá de las iglesias, comercializando el jugo de uva como un tónico beneficioso para la salud. Incluso llegó a promocionarlo como un producto útil para tratar la fiebre tifoidea, la neumonía y “todas las enfermedades crónicas, excepto la diabetes mellitus”. En 1893, cuando ofreció muestras durante la Exposición Mundial de Chicago, la popularidad del jugo de uva Welch aumentó considerablemente. Poco después, el producto comenzó a anunciarse como una bebida nacional.
Charles se refirió a su padre y a la labor que había desarrollado durante su vida con las siguientes palabras: “El jugo de uva no fermentado nació en 1869 de una pasión por servir a Dios, ayudando a la Iglesia a servir la comunión con ‘el fruto de la vid’ en lugar de la ‘copa del enemigo’”. Thomas Welch falleció el 29 de diciembre de 1903 en Vineland, Nueva Jersey. En la actualidad, Welch’s es una multinacional que ofrece una amplia variedad de jugos de uva y otros productos derivados de frutas.

Una iglesia siempre debe reformarse conforme a la Palabra de Dios
El evangelicalismo hispanoamericano recibió una influencia significativa del protestantismo estadounidense, así como de los movimientos misioneros pentecostales y carismáticos surgidos en ese país, cuyas raíces se remontan, en parte, al metodismo. Posteriormente, en América Latina se despertó un fuerte interés por la tradición reformada. Sin embargo, muchas iglesias se habían establecido en un contexto en el que tanto los vasos individuales como el jugo de uva sin fermentar ya constituían la norma en la celebración de la Cena del Señor.
Ahora bien, lejos de pretender menospreciar las prácticas litúrgicas de muchas de nuestras iglesias contemporáneas, el propósito de este artículo es despertar en nosotros un interés piadoso y riguroso por examinar nuestras costumbres y doctrinas. Debemos preguntarnos cuál es su historia, cómo y por qué surgieron, qué problemas buscaban resolver, en qué contexto se desarrollaron y cuáles fueron los fundamentos teológicos y bíblicos que las sustentaron.
Cuando se trata de la verdad, no debemos refugiarnos en nuestras intenciones, prejuicios o intereses, mucho menos cuando está en juego la verdad divina. Por el contrario, debemos afirmar, siguiendo el principio asociado al reformador holandés Jodocus van Lodenstein (1620-1677): Ecclesia reformata semper reformanda est secundum Verbum Dei: la Iglesia de Cristo debe continuar siendo reformada conforme a la Palabra de Dios.
Referencias y bibliografía
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División entre Zuinglio y Lutero: La disputa sobre la Santa Cena en Marburgo de Michael A. G. Haykin | BITE Project
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The time when Americans drank all day long | BBC News
George Washington Ran Up an Epic Bar Tab Celebrating the Writing of the Constitution | Coffee or Die
Temperance movement | Britannica
Prohibition | Britannica
Who First Adopted Individual Cups as a Regular Communion Practice? | SHARPER IRON
Historia metodista: La controversia, la comunión y el jugo de uva Welch | ResourceUMC
Raise a juice box to the temperance movement | Christian History Magazine
Pasteurización | Diccionario médico de la Universidad de Navarra
