Considera la obra de Dios:
Porque ¿quién puede enderezar lo que Él ha torcido? (Ec 7:13).
A finales de la década de 1950, una mujer embarazada fue hospitalizada por una apendicitis. Después del tratamiento, los médicos le informaron que el feto tendría discapacidades visuales y neurológicas severas. Le dijeron también cuál era el camino lógico: debía abortarlo. Pero la madre rechazó la recomendación. Y entonces nació Andrea Bocelli, quien, a pesar de tener glaucoma congénito y una pérdida visual importante (que se convirtió en ceguera total a los 12 años), llegó a ser un fenómeno global de la música, quizás el tenor italiano más importante del mundo.
Pero los médicos habrían preferido descartarlo, pues consideraban que una persona ciega no es apta para vivir en esta sociedad. A esto se le llama eugenesia: la creencia de que es posible seleccionar y modificar genéticamente a los humanos para obtener “mejores” rasgos hereditarios; literalmente, la ciencia del “buen nacer”. “¿Y cómo íbamos a saber que llegaría a ser un músico tan famoso?”, podría decir uno de esos médicos. Pero justo ahí está el problema de la eugenesia: creemos que nuestras tecnologías nos hacen dioses, no solo con la capacidad de predecir el futuro, sino de determinar qué tan útil es una persona para los objetivos de la sociedad.
Legalmente, hemos aprobado el descarte de seres humanos con discapacidades, asumiendo que la dignidad de una persona se basa en sus capacidades. Ese es un camino sumamente peligroso, pues ¿qué sucede si la sociedad no solo requiere que yo tenga vista, sino que además tenga una vista perfecta? Entonces yo mismo debería ser descartado desde el vientre si el doctor se da cuenta de que tendré miopía y astigmatismo. Y lo mismo se puede aplicar a cualquier condición “imperfecta” del cuerpo.
Este camino tiene un destino inevitable: que solo los seres humanos “perfectos” podrán sobrevivir en este mundo. ¿Cómo se vería una sociedad así? Andrew Niccol ya reconstruyó este mundo en 1997, en su filme de ciencia ficción Gattaca.

Una distopía sin gobiernos autoritarios
“Nunca entenderé lo que empujó a mi madre a poner su fe en las manos de Dios y no en las de su genetista”, Vincent Freeman.
Cuando pensamos en una distopía, solemos imaginar regímenes autoritarios que controlan cada aspecto de la vida humana, como los que leemos en 1984, Fahrenheit 451 o Un mundo feliz. Sin embargo, Gattaca presenta un universo mucho más sutil y cercano, en el que el opresor no es un estado totalitario, sino el libre mercado y la sociedad misma.
El término “Gattaca” viene de las iniciales de las cuatro bases nitrogenadas que componen el ADN: G (Guanina), A (Adenina), T (Timina), C (Citosina) y justamente, la película nos muestra lo que hoy se conoce como “eugenesia liberal”: son los mismos padres, impulsados por la oferta comercial y el deseo de asegurar el éxito de sus hijos, quienes deciden someterse a prácticas médicas de selección. En teoría, nadie los obliga por la fuerza, pero sí están en un contexto obligante; la sociedad de consumo los ha convencido de que la perfección genética es un producto que necesitan comprar (algo así como nuestra “necesidad” de un teléfono inteligente).
El proceso científico que plantea la historia realmente no requiere de tecnología interestelar lejana a nuestros dispositivos actuales. A través de la fertilización in vitro (FIV), ya muy familiar para nosotros, los médicos unen óvulos y espermatozoides de los padres para crear múltiples embriones en un laboratorio. Antes de implantarlos, analizan el ADN de cada uno para predecir su futuro, encontrando propensión a enfermedades cardíacas, miopía, obesidad, adicciones y hasta su expectativa de vida exacta. Con este catálogo sobre la mesa, los padres simplemente seleccionan el embrión con la mejor combinación posible de sus genes y descartan a los demás.

Los individuos que nacen mediante este control de calidad son considerados “válidos”. Por el contrario, quienes nacen de forma natural son etiquetados desde el parto como “no válidos”. Vincent Freeman, el protagonista, es una de esas personas que nacieron sin planificación genética porque sus padres quisieron que Dios decidiera sobre sus defectos. Pero luego de la primera experiencia, sus padres deciden tener un nuevo hijo, esta vez con los estándares de calidad propios de la eugenesia. Desde entonces, Vincent crece tras la sombra de su hermano Anton, quien disfruta de una mayor fortaleza física y un mejor desarrollo en general.
Esta distinción entre los “validos” y los “no válidos”” da lugar a una nueva y radical forma de segregación conocida como “genoísmo”. En este mundo ya no importa la raza, el género o la clase social de origen; tu posición está dictada enteramente por tu código genético. Las entrevistas de trabajo tradicionales desaparecen y son reemplazadas por pruebas de sangre, saliva u orina. Si tu ADN indica un alto riesgo de desarrollar una enfermedad a los 40 años, ninguna empresa invertirá en ti. Es el triunfo absoluto del determinismo genético: tu biología es tu destino y tus capacidades están fijadas desde el momento de la concepción, restándole todo valor al esfuerzo, carácter o resiliencia.
Toda esta premisa explica por qué la película comienza citando Eclesiastés 7:13: “Considera la obra de Dios: porque ¿quién puede enderezar lo que Él ha torcido?”. Este versículo hace brillar la arrogancia de nuestra época: al intentar “enderezar” cada supuesta imperfección corporal mediante la tecnología, el ser humano intenta sentarse en el trono de Dios. En su afán por erradicar el sufrimiento, esta sociedad termina construyendo un sistema frío donde un talento que nace en medio de la fragilidad, como el de Andrea Bocelli, simplemente no tiene derecho a existir.

Un futuro no muy distante
“Tengan en cuenta que este hijo sigue siendo de ustedes, simplemente lo mejor de ustedes. Podrían concebir naturalmente mil veces y jamás obtendrían tal resultado”, genetista en Gattaca.
Cuando vemos al protagonista por primera vez en pantalla, escuchamos que el narrador dice: “En un futuro no muy distante”. Cuando la película se estrenó en 1997, ese mundo distópico parecía pertenecer a una ciencia ficción posible solo en la especulación y en el futuro distante. Hoy, sin embargo, los avances de la biomedicina ya construyeron los cimientos de ese universo, y con cada año que pasa, avanzamos con inercia hacia ese mundo.
Aunque existen múltiples factores, hay cinco señales concretas, cinco “YA”, que demuestran qué tan cerca estamos de esa realidad:
1. YA tenemos selección de embriones.
En los tratamientos de FIV, la concepción ocurre fuera del cuerpo: los médicos unen óvulos y espermatozoides en un laboratorio para crear varios embriones. Normalmente, el siguiente paso sería introducir uno de esos embriones en el útero de la madre para iniciar el embarazo. Sin embargo, hoy en día se intercala un paso previo: el Diagnóstico Genético Preimplantacional (PGT por sus siglas en inglés). Antes de llevar cualquier embrión al vientre materno, los especialistas extraen unas pocas células de cada uno para examinar su ADN en el laboratorio. En términos sencillos, el PGT es un control de calidad que “lee” las instrucciones biológicas del embrión.
Aunque comenzó como un método para detectar enfermedades hereditarias graves causadas por un solo gen (como la fibrosis quística), la industria ya ofrece pruebas para rasgos poligénicos: análisis que calculan el riesgo futuro de desarrollar diabetes, problemas cardíacos o incluso estimaciones de propensión cognitiva. En la práctica, los padres ya pueden elegir qué embrión implantar y cuáles desechar con base en un catálogo de probabilidades.

2. YA se ha perdido la privacidad genética.
En el universo de Gattaca, cualquier persona podía recoger un cabello o una muestra de saliva del borde de una taza para descifrar tu código biológico. En nuestra sociedad, el acceso al genoma se utiliza ampliamente para investigaciones criminales o laboratorios hospitalarios, pero sus límites se han ampliado poco a poco. Millones de personas en todo el mundo han enviado voluntariamente muestras de saliva a empresas comerciales de genética recreativa (como 23andMe o Ancestry) para conocer su árbol genealógico o sus predisposiciones biológicas.
Sin embargo, aunque dichas empresas han afirmado cuidar esos datos, la realidad es muy distinta. En octubre de 2023, la empresa 23andMe sufrió un ciberataque masivo que comprometió la información genética y personal de casi 6.9 millones de usuarios, datos que terminaron filtrados y a la venta en foros de internet. En otras palabras, la identidad biológica más íntima ya es tratada como una mercancía digital vulnerable al hackeo; así como alguien más ya tiene nuestros números de teléfono, también tienen nuestra información genética.
3. YA existe la discriminación genética.
En la película, la discriminación por motivos de ADN era ilegal según las leyes formales. Sin embargo, las empresas evadían la norma realizando pruebas de salud obligatorias para descartar candidatos de manera encubierta. Si tus genes decían que no eres lo mejor de lo mejor, entonces buscarán a otro candidato. ¡Y algo similar ocurre en la actualidad!
Si bien países como Estados Unidos cuentan con leyes como la Ley de No Discriminación por Información Genética (GINA), esta normativa solo prohíbe el uso de datos de ADN en los empleos y en los seguros médicos de salud, pero deja desprotegidos otros sectores fundamentales: las aseguradoras de vida, los seguros de discapacidad y los seguros de cuidados a largo plazo. En estos campos, las compañías pueden legalmente solicitar tu historial genético o negarte la cobertura si detectan un marcador de riesgo para enfermedades como el cáncer de mama o el alzhéimer.

4. YA se están creando nuevas castas biológicas.
Los procedimientos de FIV sumados al análisis genético avanzado tienen costos que superan las decenas de miles de dólares, cifras fuera del alcance de la inmensa mayoría de la población. Esto genera una brecha que ya no es solo económica, sino biológica. Las familias con mayor poder adquisitivo pueden pagar para transferir a sus hijos “ventajas” genéticas y menor susceptibilidad a enfermedades, en cierto sentido asegurando una mejor descendencia. En cambio, los sectores con menos recursos continúan teniendo hijos de forma natural, asumiendo los riesgos biológicos que la sociedad de consumo empieza a etiquetar como “evitables”.
5. YA podemos modificar el ADN.
En Gattaca, el genetista a cargo de los padres de Vicent afirmaba haberse tomado la libertad de “erradicar” la miopía, la obesidad o la violencia del embrión de Anton antes de nacer, e incluso se mostraba a un pianista modificado con doce dedos para tocar piezas imposibles.
En 1997 esto parecía una exageración de la ciencia ficción, pero hoy contamos con CRISPR-Cas9, una herramienta molecular que funciona como unas “tijeras microscópicas”. Esta técnica permite a los científicos cortar una secuencia específica del ADN en una célula viva para corregir alteraciones, apagar genes o insertar secuencias nuevas. En 2018, el científico chino He Jiankui anunció el nacimiento de los primeros bebés modificados genéticamente con esta técnica en etapa embrionaria. La capacidad de intervenir directamente el texto biológico de las futuras generaciones ya no es una hipótesis.

Después de estos cinco “YA”, ¿qué debemos hacer? ¿Ya no hay marcha atrás? Lo primero es entender el verdadero problema, que no es la tecnología. La genética médica bien orientada ha permitido diagnósticos tempranos que salvan vidas, tratamientos personalizados para el cáncer y herramientas de apoyo fundamentales para que personas con discapacidades vivan con bienestar. En cambio, el problema está en que estas herramientas sean usadas por una cultura obsesionada con el rendimiento, la productividad y el descarte de todo lo que no califique como “útil”.
La famosa afirmación del biólogo E. O. Wilson resume el desafío de la eugenesia: “El verdadero problema de la humanidad es el siguiente: tenemos emociones paleolíticas, instituciones medievales y una tecnología propia de dioses. Y es terriblemente peligroso”.
La vida no es obra nuestra
“No hay gen para el espíritu humano”, Jerome Eugene.
Todo el argumento de Gattaca se sostiene sobre la relación entre sus dos personajes centrales: Vincent Freeman, el protagonista que ya mencionamos, y Jerome Eugene. Vincent nació con una afección cardíaca que, según las computadoras del hospital, le auguraba una muerte temprana antes de los 30 años. Para el sistema, por ser un “no válido”, estaba confinado a limpiar los pisos de la corporación aeroespacial Gattaca, sin derecho alguno a pilotar una nave.
Su sueño, sin embargo, desafiaba todas las probabilidades de su sociedad: “Quizás fuera el amor a los planetas o quizás mi creciente aversión por este en el que vivía, pero desde donde alcanzo a recordar siempre he soñado con ir al espacio”.

Es ahí donde entra Jerome. Diseñado genéticamente para alcanzar la cima, Jerome lo tenía todo: un perfil de salud impecable, estatura ideal, fuerza y una simetría biológica perfecta. Había sido programado para ser nadador de élite y ganar medallas de oro. Sin embargo, tras quedar en segundo lugar en una competición internacional, intentó suicidarse arrojándose frente a un automóvil, lo que lo dejó parapléjico en una silla de ruedas.
La ironía de la historia es brutal: el hombre dotado con el genoma perfecto carecía de la voluntad para vivir, mientras que el hombre biológicamente “defectuoso” estaba lleno de propósito, disciplina y carácter. Ambos deciden desafiar las reglas del sistema a través de un pacto clandestino.
Vincent compra la identidad biológica de Jerome (utilizando diariamente sus muestras de sangre, orina y tejido para burlar los escáneres de seguridad) y, a cambio, sostiene económicamente a Jerome. Así es como Vincent logra ingresar al programa espacial y superar las pruebas físicas más extenuantes no porque sus genes fueran superiores, sino porque su compromiso era inquebrantable. Como el propio Jerome llega a reconocer al ver la determinación de su amigo: “No hay gen para el espíritu humano”.

La historia de Vincent y Jerome es una objeción frontal contra la ilusión de que la biotecnología puede medir o garantizar el valor de un individuo. Al reducir a la persona a su ADN, la sociedad que ama la eugenesia olvida algo: que la vida no es un problema de ingeniería que debamos optimizar, sino un regalo que debemos recibir. Esta idea fue desarrollada por el filósofo Michael Sandel en su célebre ensayo The Case Against Perfection (Contra la perfección). Allí explica la encrucijada ética de nuestra sociedad tecnológica:
Los avances en genética nos presentan una promesa y un dilema. La promesa es que pronto podremos tratar y prevenir una gran cantidad de enfermedades debilitantes. El dilema es que nuestro nuevo conocimiento genético también puede permitirnos manipular nuestra propia naturaleza: mejorar nuestros músculos, memorias y estados de ánimo; elegir el sexo, la estatura y otros rasgos genéticos de nuestros hijos; hacernos “mejores que sanos”.
Cuando la ciencia avanza más rápido que la comprensión moral, como ocurre hoy, los hombres y mujeres luchan por articular su malestar. En las sociedades liberales, recurren primero al lenguaje de la autonomía, la equidad y los derechos individuales. Pero esta parte de nuestro vocabulario moral está mal equipada para abordar las preguntas más difíciles que plantea la ingeniería genética. La revolución genómica ha inducido una especie de vértigo moral.
Según Sandel, si solo evaluamos la genética con las categorías del libre mercado (como el consentimiento individual o los contratos privados entre padres y clínicas), estaremos ignorando las preguntas más profundas. ¿Queremos vivir en una sociedad donde los padres se sientan empujados por el mercado a gastar sumas desmedidas para añadir centímetros de estatura o puntos de coeficiente intelectual a niños completamente sanos? ¿Qué ocurrirá con los sentimientos de solidaridad humana cuando el éxito deje de verse como una bendición o un fruto del esfuerzo, y pase a considerarse un mérito biológico prefabricado?

Sandel añade:
Reconocer que la vida es un don es reconocer que nuestros talentos y facultades no son enteramente obra nuestra, a pesar del esfuerzo que dedicamos a desarrollarlos y ejercerlos. Es también reconocer que no todo en el mundo está abierto a cualquier uso que podamos desear o idear. Apreciar la cualidad de la vida como un don refrena el proyecto prometeico y conduce a una cierta humildad. Es, en parte, una sensibilidad religiosa. Pero su resonancia va más allá de la religión.
Aunque Sandel no escribe desde una cosmovisión cristiana, evidentemente tiene esa convicción intuitiva grabada por nuestro Creador en el ser humano: nosotros no nos creamos a nosotros mismos. Todo lo que somos y tenemos proviene de Dios, y nuestras vidas existen para honrarlo a Él, no para ajustarnos a los estándares de eficiencia del mercado.
Iglesia y eugenesia
“Solían decir que un niño concebido por amor tenía una mayor probabilidad de ser feliz. Ahora ya nadie lo dice”, Vincent Freeman.
Ese es, precisamente, el llamado de la Iglesia en esta era de manipulación genética. Primero, proclamar y modelar que cada persona posee un valor sagrado intrínseco por ser portadora de la imagen de Dios, independientemente de sus talentos, salud o capacidades medibles. Segundo, entender que las anomalías biológicas, las enfermedades y la discapacidad son evidencias dolorosas de la caída de nuestra creación bajo los efectos del pecado. Por supuesto, la medicina debe procurar mitigar los efectos de la caída mediante tratamientos reparadores, pero recordando que no nos fue dada la capacidad de curarnos hasta la perfección.
La Iglesia será la que se oponga a la arrogancia de querer usurpar el lugar de Dios decidiendo quién tiene derecho a nacer y quién resulta prescindible para la sociedad. Comenzamos este análisis recordando que en Eclesiastés 7:13 dice que nadie puede enderezar lo que Dios torció. Terminemos ahora también con el mismo libro, que concluye poniendo nuestra mirada en la única esperanza para el futuro del ser humano, una esperanza mejor que la eugenesia:
La conclusión, cuando todo se ha oído, es esta: teme a Dios y guarda Sus mandamientos, porque esto concierne a toda persona. Porque Dios traerá toda obra a juicio, junto con todo lo oculto, sea bueno o sea malo (Ec 12:13-14).
Referencias y bibliografía
Time to Say Goodbye: The Story Of Andrea Bocelli (Opera Legends Documentary) | Perspective – YouTube
Discriminación por Información Genética | Comisión para la Igualdad de Oportunidades en el Empleo
2025’s Gene Therapy Breakthroughs Show the Future of Genomics in Action | InGeNA
Press Release – 735 abortions where baby had Down’s syndrome | Don’t screen us out
23andMe: Profiles of 6.9 million people hacked | BBC
Preimplantation Genetic Testing (PGT): Diagnosis & Results | Cleveland Clinic
