República Dominicana es el único país del continente americano que tiene en el centro de su escudo nacional una Biblia abierta. No una espada ni una corona. Una Biblia. Irónicamente, fue prohibida durante 300 años en esta nación. ¿Cómo, entonces, terminó en el escudo?
La respuesta es una de las historias de fe más particulares y fascinantes del continente. Comienza en 1508, con la primera catedral del Nuevo Mundo; pasa por una quema pública de biblias en el siglo XVI, la invasión haitiana de 1822, la ocupación militar de Estados Unidos y 30 años de dictadura; y llega hasta nuestros días, cuando se está gestando un influyente movimiento de recuperación de las Escrituras. Hoy, una de cada cuatro personas en República Dominicana se identifica como evangélica.

Así que, para dar respuesta a la pregunta, retrocedamos esos cinco siglos en la historia, cuando un imperio intentó impedir a toda costa que la Biblia llegara a manos de los nativos. En BITE entrevistamos a varias personas del actual movimiento evangélico en República Dominicana, cuyas voces irán apareciendo a lo largo del artículo.
Biblias prohibidas en la época de la Colonia
El Imperio español llegó al Nuevo Mundo en 1492. La Española, la isla que hoy comparten Haití y República Dominicana, se convirtió en su base de operaciones; desde allí se administraba la fe católica romana para todo el continente americano. Sin embargo, la Corona española estaba fuertemente ligada a Roma y un movimiento que se estaba dando en Europa incomodaba al clero: la Reforma protestante.
Martín Lutero, Juan Calvino, las biblias en la lengua del pueblo… España no quería nada de eso en sus colonias, así que prohibió la entrada de cualquier idea, escrito o enseñanza luterana o protestante. La barrera parecía infranqueable, aunque no lo era del todo. En la costa norte de la isla, mercaderes ingleses y holandeses contrabandeaban con los criollos, intercambiaban mercancías y dejaban biblias junto con ellas. Pero la Corona no tardó en tomar medidas: con una quema pública en medio de una plaza, envió un mensaje contundente.
Sugel Michelén, pastor de la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, explicó la magnitud de este suceso que pretendía impedir la circulación de la Escritura: “Aquí se estaba construyendo la primera catedral del Nuevo Mundo, en el actual parque Colón. Si no recuerdo mal, allí fueron quemados 300 ejemplares de la Biblia, los cuales constituían un verdadero tesoro, incluso en términos económicos”.

Y la Corona estaba más nerviosa de lo que parecía. En 1603 tomó una decisión que cambió la geografía de la isla, de la cual nos habló Lucía Espaillat, maestra de historia dominicana:
La llegada de las biblias luteranas, que fueron introducidas por contrabando en el lado oeste de la isla, provocó un desalojo masivo en esa zona. Esto favoreció la fundación de la colonia francesa, que más adelante se convertiría en la República de Haití. Este episodio ocurrió específicamente en 1603 y se conoce como “las devastaciones de Osorio”.
España vació el oeste de la isla para detener el contrabando, pero el resultado fue el contrario: el territorio desocupado terminó en manos de Francia. “No está del todo claro si la población recibía con alivio la presencia de los misioneros porque estaba acogiendo el Evangelio o porque, gracias a ellos, podía intercambiar recursos. Vendían sus productos y adquirían bienes básicos que, en ese momento, el gobierno español no les estaba proveyendo”, explicó Espaillat.
El contrabando trajo biblias, pero también trajo pan. Las primeras semillas del protestantismo en esta isla nacieron entre la fe y la economía. Mientras tanto, La Española dejaba de ser la joya de la Corona. España encontró riquezas más atractivas en México y Perú, y Santo Domingo entró en declive. En 1586, esa debilidad permitió que Francis Drake —explorador, comerciante y político— saqueara la ciudad. En 1640, Francia se quedó con el oeste y la isla terminó dividida en dos. Al respecto, Espaillat añadió: “Felipe III, el rey de España de la época, no estaba de acuerdo para nada con esta presencia. Debido a ciertas medidas que tomó, nos excluyó de la protección de la Marina española, lo cual nos expuso a la piratería”.

Pero en el siglo XIX todo cambió. Las guerras napoleónicas obligaron a España a firmar el Tratado de Basilea (1795) y la isla entera quedó oficialmente bajo el dominio de Francia, aunque ese control duró poco. En 1804, los habitantes de Saint-Domingue iniciaron una revolución que dio origen a Haití, la segunda nación independiente del continente después de Estados Unidos. Además, en el lado este, los criollos expulsaron a las tropas francesas en 1809 y así comenzó el período conocido como la “España boba”: mientras la Corona española luchaba contra Napoleón y perdía sus colonias americanas, apenas destinaba recursos a Santo Domingo.
Ese vacío de poder abrió la ventana que se necesitaba. En 1821, José Núñez de Cáceres declaró la independencia desde la Real Audiencia. Por primera vez, toda la isla quedó libre del control europeo. Y aunque la fe protestante llegó, no lo hizo en medio de paz, sino de dolor.
Libertos, la “churcha” y el primer misionero
La primera independencia duró apenas dos meses. Después de la expulsión de España, Haití invadió el este en 1822 y dominó toda la isla por 22 años. Jean-Pierre Boyer, presidente haitiano, decidió borrar la identidad hispánica y confiscó propiedades de la Iglesia católica. Sin embargo, en medio de aquella crisis, ocurrió un hecho inesperado que Espaillat narró así:
Había un rechazo completo hacia todo lo colonial y europeo. Cuando Boyer tomó el control del lado este de la isla —del territorio español—, procuró anular y sacar a la Iglesia católica de la vida pública tanto como fuera posible. Le quitó terrenos y le recortó el presupuesto que recibía del Gobierno. De repente, esa institución que ejercía una hegemonía muy marcada sobre la población dominicana, perdió poder. Entonces hubo libertad religiosa.

Por primera vez en 300 años, en la isla se podía predicar el Evangelio sin que la Corona española lo prohibiera. Pero ¿quién iba a hacerlo? La respuesta vino de un lugar inesperado.
Boyer negoció con los cuáqueros de Filadelfia y, entre 1824 y 1825, llegaron alrededor de 6000 libertos afroamericanos. De ellos, 200 se asentaron en Samaná. El movimiento fue impulsado y organizado desde Estados Unidos por el reverendo Richard Allen, fundador de la Iglesia Episcopal Metodista Africana (AME por sus siglas en inglés), cuya visión dio forma a esta nueva comunidad. Otto Sánchez, pastor de la Iglesia Bautista Ozama, explicó cómo la migración procedente de territorios colonizados por los británicos también contribuyó a la presencia protestante:
La mayoría de esas islas fueron colonizadas por la Corona británica y muchos de sus habitantes migraron a la República Dominicana para trabajar en la industria azucarera. De allí provienen apellidos sonoros como Taylor, Smith, Johnson y Griffin. Estas personas eran protestantes. De hecho, la primera iglesia evangélica de la que se tiene registro está en la provincia de Samaná y se conoce como “la Churcha”.
La Churcha fue la primera congregación evangélica registrada en suelo dominicano; su templo actual fue transportado en barco desde Inglaterra en 1901 y armado tabla por tabla. Pero esa iglesia dejó en la cultura dominicana algo más que un edificio, como lo explicó Espaillat:
Ellos tuvieron un impacto cultural porque eran personas muy alegres, traían mucha algarabía. Evidentemente, el pueblo dominicano los asociaba con pasarla bien. Cuando les preguntaban adónde iban, respondían que a la church, de donde se derivó la palabra “churcha”. Incluso hoy, el dominicano dice: “estaba en una chercha” o “eso era una chercha”, y la expresión proviene de la palabra inglesa “church”, que se asociaba con alegría y celebración.

No obstante, es necesario hacer un matiz interesante: esos primeros misioneros no eran plantadores de iglesias en el sentido moderno, sino, más bien, colonos y capellanes. Habían llegado para acompañar a los suyos, no para evangelizar a la población dominicana. La AME atendía en inglés a los libertos: aquel lugar era para ellos, no para quienes hablaban español. La evangelización de los dominicanos tendría que esperar.
En 1844, los trinitarios proclamaron la independencia, pero la Primera República duró poco. 22 años después, el gobierno conservador le pidió a España que regresara. La anexión anuló la libertad de cultos y desató una nueva persecución contra los protestantes. Ante esta situación, los libertos negros le escribieron al presidente Abraham Lincoln para pedirle ayuda (aunque Espaillat señaló: “No tenemos evidencias históricas de que el presidente Lincoln respondiera, pues estaba atendiendo la crisis política que atravesaba Estados Unidos con la Guerra Civil”). Cuatro años después, fue asesinado. Luego, en la Guerra de la Restauración, España fue expulsada nuevamente.
Hacia finales del siglo XIX todo cambió. En 1889, un misionero estadounidense llamado Samuel E. Mills desembarcó en Cabo Haitiano (Cap-Haïtien en francés), con su esposa y sus dos hijos. Desde allí continuó en velero hasta Monte Cristi, donde predicó y levantó una capilla. Dos años después, se trasladó a Puerto Plata y fundó la primera congregación de criollos dominicanos: la Iglesia Metodista Libre. Por primera vez, una denominación no llegaba para acompañar a una colonia extranjera, sino para evangelizar al pueblo dominicano. A partir de entonces, el protestantismo comenzó a extenderse por el territorio, aunque enfrentando difíciles consecuencias.
Un episodio doloroso fue el asesinato de Luisa Paulino, la primera mártir criolla de la Iglesia Metodista Libre en República Dominicana, durante un ataque contra su iglesia en 1900. Ella forma parte del costo que pagó el protestantismo por abrirse camino en el país. Respecto a esto, Espaillat relató: “Los registros históricos indican que, en el caso de la señora Paulino, sacerdotes católicos se dedicaron a lanzar piedras contra iglesias metodistas. En medio del caos y la destrucción —acciones que, por supuesto, no estuvieron bien—, ella fue tristemente una de las víctimas mortales”.

En 1899, el dictador Ulises Heureaux fue asesinado. El país estaba en quiebra y atravesaba una inestabilidad extrema. Paradójicamente, esa crisis abrió puertas muy importantes.
De Heureaux a Trujillo: misiones, educación y resistencia
Estados Unidos ocupó militarmente la República Dominicana entre 1916 y 1924 para cobrar una deuda contraída durante el gobierno de Heureaux. Esta intervención, tan temida por los nacionalistas, se convirtió en la oportunidad que las misiones evangélicas esperaban.
En diciembre de 1919, tres juntas misioneras firmaron un acuerdo en Nueva York. Presbiterianos, metodistas y hermanos unidos decidieron no competir entre sí, sino trabajar juntos para servir al pueblo dominicano en cuatro frentes: el religioso, el médico, el educativo y el social. Como resultado de aquella alianza, el 1 de enero de 1922, nació en San Pedro de Macorís la Iglesia Evangélica Dominicana (IED). Tiempo después, la organización abrió su primer templo en la intersección de las calles Las Mercedes y 19 de Marzo, con 29 miembros. Su primer pastor fue Rafael Rodríguez, quien llegó desde Puerto Rico, y su primer superintendente fue el doctor Nathan Huffman.
Respecto a esto, Espaillat dijo: “La Iglesia Evangélica Dominicana se fundó con la idea de presentar por primera vez un frente unido ante el Estado. Estaba conformada por hombres fieles que quisieron focalizar el movimiento protestante y evangélico tratando de enfatizar la autoridad de las Escrituras”.

Por primera vez, los protestantes dominicanos tenían una identidad común. Además, la unión continuó ampliándose: en 1960 se incorporaron los moravos y, posteriormente, los wesleyanos. Más de un siglo después, la IED sigue siendo el corazón histórico del protestantismo nacional. En 1932, inauguró el Hospital Internacional, el primer hospital evangélico del país y sede de la primera Escuela Internacional de Enfermería de la nación, aunque esta última cerró en 1955. Sin embargo, tres años después, la red metodista abrió el Colegio Evangélico Central en el mismo edificio e incluso fundó el Instituto Evangélico en Santiago, la segunda ciudad más importante del país. Allí estudió durante su infancia un dominicano que llegaría a tener una gran influencia en el evangelicalismo latinoamericano.
Se trata de Miguel Núñez, pastor de la Iglesia Bautista Internacional. Núñez contó:
Allí se predicaba la Palabra todos los miércoles, durante 30 y 45 minutos, a lo cual ellos llamaban chapel o capilla. Quizás mi conversión se dio a una edad muy temprana en ese instituto evangélico, junto con lo que mi padre ya me había enseñado.
Más adelante, Núñez se convirtió en médico y pastor. Vivió durante quince años en Estados Unidos y regresó a Santo Domingo para fundar una de las iglesias más influyentes de la ciudad. Su historia fue, en parte, fruto de una semilla sembrada por la red educativa de la IED, décadas antes de que él naciera.

En 1924, el misionero Harry Strachan dirigió campañas evangelísticas masivas. El pentecostalismo había llegado en 1917 a San Pedro de Macorís por medio del puertorriqueño Salomón Feliciano. Aquella misión se disolvió, pero el movimiento regresó en 1930 con Francisco Hernández, quien inició la obra que en 1942 se convertiría en el Concilio de las Asambleas de Dios. Sin embargo, mientras las denominaciones protestantes comenzaban a extenderse, el país entraba en uno de los períodos más oscuros de su historia.
En 1930, el general Rafael Leónidas Trujillo ascendió al poder. Gobernó durante 30 años, convirtiendo esa dictadura en la más larga del país. Eric Michelén, pastor de la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, describe el contraste que caracterizó aquel régimen: “Fue un gran constructor, eso también hay que decirlo. La ciudad empezó a tener otra apariencia y mostró señales de progreso. Sin embargo, el precio que se pagó en vidas humanas bajo un gobierno férreo fue muy alto”.
Trujillo utilizó a la Iglesia católica para legitimar su régimen y, en 1954, firmó un concordato con el Vaticano. En contraste, los evangélicos se convirtieron en una doble minoría: eran marginados socialmente y, al mismo tiempo, vigilados por el Gobierno. Pero, a pesar de esas condiciones, las misiones siguieron llegando. El pastor Eric explica:
A partir de la década de 1940, jóvenes bautistas que terminaban sus estudios en un seminario o que eran enviados por alguna agencia misionera comenzaron a establecerse en el país. Curiosamente, no lo hicieron primero en la capital, sino en pueblos como Hato Mayor, San Pedro de Macorís y San Juan de la Maguana. Pensaron que era necesario llevar el Evangelio a la clase media y media-alta. Con ese propósito específico se establecieron en Gazcue, que entonces era uno de los sectores más importantes para esos grupos sociales. Otros misioneros también tuvieron ideas similares e hicieron un trabajo muy importante durante la década de los 50, que aunque en su momento no produjo mucho fruto, creo que sí se ha estado cosechando hasta nuestros días.

Pero ¿cómo llegaba el Evangelio al dominicano común durante la dictadura? La respuesta es sorprendente. Espaillat cuenta que “Las personas mayores de nuestras iglesias cuentan que las primeras veces que escucharon el Evangelio fue por medio de trabajadoras del servicio doméstico. Esto me recuerda a Naamán y a la joven que servía en su casa, quien lo dirigió hacia el profeta Eliseo y, finalmente, hacia su sanidad”. Aquellas criadas eran mujeres pobres, muchas de ellas pentecostales, que llevaron la Biblia desde los sectores populares hasta las familias de mayor posición social.
En 1941, en plena dictadura, se fundaron la primera prensa evangélica, la prensa bíblica y la Sociedad Bíblica Dominicana. Aquellos fueron pasos enormes para la distribución de las Escrituras en una nación que las había mantenido restringidas durante más de tres siglos.
De Trujillo al presente: un avivamiento poco conocido
La dictadura terminó en 1961, cuando Trujillo fue asesinado. Lo que vino después fue caos e inestabilidad: una guerra civil en 1965 y una segunda intervención militar de Estados Unidos. Las ciudades, sobre todo Santo Domingo, experimentaron una explosión de migración interna. En medio del desarraigo, el pentecostalismo encontró tierra fértil en los nuevos barrios populares y, durante las décadas siguientes, las congregaciones de varias denominaciones continuaron predicando en el país: pentecostales, bautistas, la IED, las Asambleas de Dios y los metodistas, entre otras. Cada una tiene su propia historia, pues la fe evangélica dominicana es más que solo un movimiento.
Sin embargo, hay un hilo específico que vale la pena seguir, no porque sea más importante que los demás, sino porque terminó convirtiéndose en uno de los movimientos evangélicos más visibles de Latinoamérica gracias al Internet. El pastor Núñez hizo referencia a él: “Durante las décadas de 1970 y 1980 hubo un avivamiento poco conocido. En ese tiempo ocurrió el llamado de Dios al pastorado de hombres como Sugel Michelén, quien hoy es ampliamente conocido”.

En aquella época, en plena posdictadura, un puñado de jóvenes universitarios leyó la Biblia con seriedad por primera vez, dando inicio a una cadena. El pastor Eric narró: “un hermano joven llamado Marcos Peña, quien ahora es pastor de nuestra iglesia, se convirtió dentro de una congregación bautista. Después, le predicó a un compañero de clase que no era creyente, y él también se convirtió”. Era cuestión de tiempo para que el Evangelio llegara al hermano de Eric: un ateo, lector de Sartre y Camus, llamado Sugel.
“Ese compañero de clase le predicó a Sugel, y Sugel se convirtió. Después, él me predicó a mí y yo también me convertí. Comenzamos a anunciar el Evangelio a las personas que estaban a nuestro alrededor y, al menos en nuestra experiencia, se inició una cadena de conversiones”, afirmó Eric. Al respecto, su hermano dijo:
Cuando tenía casi 18 años, mi mejor amigo se convirtió al Señor. De repente, un día comenzó a hablarme de Jesús y me preguntó: “¿Qué crees respecto a Jesús?”. Yo le respondí: “Creo que Jesús fue un hombre muy adelantado para Su época”. Pero cuando me habló de su conversión al cristianismo, le dije: “¿Cómo puede ser que te conviertas? ¿Ahora ya no crees en la teoría de la evolución, que está científicamente comprobada? ¿Me estás diciendo que todo lo que he leído a lo largo de mi adolescencia —las mentes más brillantes de la humanidad, como Sartre, Camus y Hermann Hesse— están equivocados?”.
Él y otros jóvenes comenzaron a hablarme de Sartre y de Camus, porque ellos también los habían leído. Eso fue muy chocante para mí, porque no podía concebir que alguien hubiera considerado seriamente esas ideas y que, al mismo tiempo, fuera creyente.

Aquellos jóvenes que habían leído lo mismo que Sugel no le pidieron que dejara de pensar, sino que pensara más. En agosto de 1978, aquel grupo se sintió impulsado a plantar una iglesia, respecto a la cual Michelén recordó:
El 13 de agosto de 1978 celebramos el primer culto de adoración en nuestra casa paterna, y esta se llenó de gente. ¿Qué explicación tenía eso? Vivíamos en una sociedad profundamente católica romana, donde el Evangelio no había penetrado de manera significativa, al menos en el entorno socioeconómico en el que nosotros nos movíamos.
La reunión en la casa de la familia Michelén se convirtió, años más tarde, en la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, y mientras esa congregación nacía en un extremo de la ciudad, en el otro comenzaba una historia paralela: la de la Iglesia Bautista Ozama. Sobre su surgimiento, el pastor Sánchez dijo: “La iglesia comenzó en 1965, en plena guerra civil, conocida como la Revolución de Abril. En aquella época, un misionero estadounidense comenzó la obra en el Ensanche Ozama, un barrio de clase media en ese entonces”.

Otra congregación fue clave en esta historia: la ya mencionada Iglesia Bautista Internacional. Fue fundada en 1997 por Núñez, quien dejó de ejercer su profesión de médico infectólogo en Estados Unidos y, al regresar a su tierra natal, plantó la iglesia:
Dios me abrió los ojos para ver que había una clase educada, y no me refiero a una élite, sino a una clase que iba a la universidad —incluyendo la del Estado—. Estas personas tenían un buen desarrollo educativo, pero aún no habían sido alcanzadas. Si no llegábamos a ellas, la misión nunca estaría completa. Entonces, Dios me dio una pasión por alcanzar a ese grupo.
La Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo (IBSJ), la Iglesia Bautista Ozama (IBO) y la Iglesia Bautista Internacional (IBI): tres reconocidas congregaciones bautistas, con líderes e historias diferentes, pero surgidas durante las décadas posteriores a Trujillo. Hoy, no compiten entre ellas, sino que trabajan juntas.

La Biblia en el escudo
Ahora, volvamos a la pregunta del principio: ¿por qué hay una Biblia abierta en el escudo de un país que la prohibió durante tres siglos?
La respuesta, por sorprendente que parezca, no vino de los misioneros ni de los pastores, sino de los padres fundadores. Cuando Juan Pablo Duarte y los trinitarios proclamaron la independencia el 27 de febrero de 1844, escogieron como símbolo nacional una Biblia abierta en el Evangelio de Juan, capítulo 8, versículo 32, que dice: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (RVR1960).
No podemos saberlo con certeza, pero es posible que para los fundadores de la República, la libertad no fuera solo política, sino también espiritual. Una nación libre debía tener acceso a la verdad, la cual se encontraba en un libro que había sido prohibido durante 300 años. Pusieron ese libro en el centro del escudo, no como decoración, sino como tesis.
La historia que acabamos de recorrer muestra cómo esa tesis se fue cumpliendo en medio de Biblias de contrabando, libertos que cantaban en inglés en Samaná, un misionero metodista en Monte Cristi en 1889; una iglesia unida en 1922, y un avivamiento universitario durante la década de 1970.
Es una historia que vale la pena contar completa. Hace medio siglo, un dominicano llamado George A. Lockhart escribió uno de los pocos libros que la recogen: El protestantismo en Dominicana. Ese es un punto de partida valioso, pero todavía quedan capítulos por escribir: archivos guardados en cajas, fotografías conservadas en álbumes familiares y memorias de quienes aún podrían contarlas. Este artículo es una invitación a seguir recuperando esas historias.
Para 2014, el 23% de la población dominicana se identificaba como protestante, incluidos los evangélicos de denominaciones como bautistas, pentecostales, las Asambleas de Dios y la Iglesia de Dios. Dios usó cada crisis para levantar una Iglesia, y la plataforma que una vez sirvió para expandir un imperio hoy está siendo utilizada para extender un movimiento bíblico. Sin embargo, crecer en número no es lo mismo que crecer en la fe. Esa es, en parte, la tarea que ha decidido asumir este nuevo movimiento: procurar que los evangélicos vuelvan a las Escrituras.
