Durante siglos, hubo restricciones y resistencias a la libre circulación de la Biblia en América Latina, pero también hubo esfuerzos silenciosos de hombres y mujeres que creyeron que las Escrituras debían llegar a cada persona.
Nombres como el de Diego Thomson —educador y promotor bíblico que llegó a Sudamérica a comienzos del siglo XIX— y el de varios colportores que siguieron sus pasos, sobresalen en esta historia que se ha ido construyendo entre travesías, cárceles y hasta mártires. Hoy, más de 200 años después de que haya iniciado esta cruzada por difundir la Palabra de Dios, Rubén del Ré figura como otro partícipe que, desde su posición como director de la Sociedad Bíblica Argentina, se ha puesto al servicio de la misión.

Rubén nació y creció en Argentina en un hogar profundamente marcado por el servicio cristiano. Es nieto de misioneros australianos por línea materna y por la paterna, de inmigrantes italianos que luego se convirtieron al cristianismo. Conoció el Evangelio desde muy pequeño y, más adelante, desarrolló una carrera financiera en el ámbito corporativo que le ha permitido trabajar en pro de la difusión de la Biblia durante los últimos catorce años.
En esta entrevista, Rubén reflexiona sobre el legado de quienes distribuyeron la Biblia en América Latina durante los siglos XIX y XX, sobre la importancia de conocer esa historia y sobre los retos actuales de llevar la Escritura a nuevas generaciones en un mundo cada vez más digital. Al final, la pregunta central es: ¿cómo las iglesias y las sociedades bíblicas pueden seguir trabajando para que la Palabra de Dios no solo esté disponible, sino que sea leída, comprendida y vivida?
Para empezar, cuéntanos tu historia. Hoy eres director de la Sociedad Bíblica Argentina y tienes una relación muy cercana con la Palabra de Dios, ¿pero cuál es tu trasfondo?
Vengo de un hogar cristiano y de varias generaciones de creyentes. Por un lado, mi bisabuelo materno vino como misionero a Argentina desde Australia, hace unos 120 años, para predicar el Evangelio. Por otro lado, mi bisabuelo paterno era un inmigrante italiano que no conocía al Señor, pero lo conoció aquí en Argentina gracias a la obra de los misioneros. Así que podemos decir que hay un testimonio de generaciones que nos ha bendecido mucho y que nos ha inspirado para servir hoy en un ministerio como el de la Sociedad Bíblica.

¿Cómo conociste al Señor?
Fue siendo muy niño. Mis padres estaban comenzando a trabajar en la Liga Argentina Pro Evangelización del Niño (APEN). Estaban haciendo prácticas en lo que se conoce como “Clubes de Buenas Nuevas”, donde se comparte el Evangelio con niños —en mi país les decimos “Horas Felices”—. Después de uno de esos encuentros, le dije a mi mamá: “Yo también quiero eso que ustedes les están enseñando a los niños. También quiero ser de Cristo, quiero ser salvo”. Entonces oraron conmigo. Por supuesto, yo era muy pequeño y esa decisión se fue aclarando y confirmando con el paso de los años.

¿Cómo llegaste a ser director de la Sociedad Bíblica Argentina? Y, además, ¿cómo te hace sentir el ser portador de todo ese legado previo?
Aunque vengo de una familia con una larga trayectoria cristiana, mi formación profesional fue más bien en el mundo corporativo, especialmente en el área de finanzas, trabajando en empresas multinacionales. Sin embargo, junto con mi esposa siempre estuvimos activos en el ministerio, no solo en la iglesia local, sino también colaborando con diferentes entidades misioneras.
Con el tiempo, comenzamos a tener una inquietud delante del Señor. Le dijimos: “Quisiéramos servirte en algún ministerio, tal vez de tiempo completo”. Y Él abrió la puerta hace unos catorce años para trabajar en esta entidad a la que realmente amamos mucho. Nos apasiona no solo lo que significa permitir que todas las personas tengan acceso a la Palabra de Dios, sino también el poder trabajar con toda la diversidad y amplitud de la Iglesia de Cristo. Por naturaleza, la Sociedad Bíblica es un proyecto paraeclesial y eso genera una riqueza muy hermosa.

La Biblia fue traducida a español en la segunda mitad del siglo XVI, pero llegó a América Latina en la primera mitad del siglo XIX. Pasaron varios siglos entre la traducción y su llegada masiva al continente. ¿Por qué tardó tanto?
Porque Casiodoro de Reina terminó su traducción y se imprimieron los primeros ejemplares en 1569, pero ese mismo año Felipe II extendió la jurisdicción de la Inquisición a las colonias de América y esa versión de la Biblia en español —que no fue autorizada por la Iglesia católica— quedó incluida en la lista de libros prohibidos, junto con otros objetos considerados inapropiados, como los desnudos pictóricos. La Palabra de Dios ni siquiera se podía ingresar por nuestros puertos y permaneció prohibida 300 años.

Mi percepción es que la independencia de los países latinoamericanos respecto de España fue política, pero no religiosa. Según lo que has investigado, ¿qué vio Diego Thomson en estos países recién independizados para venir y distribuir la Biblia?
La historia comienza incluso un poco antes de Diego Thomson. Él llega en 1818, pero ya en 1806 un comerciante inglés que tenía negocios en la región del Río de la Plata escribió una carta en la que señalaba que la mayor necesidad de nuestro pueblo era, justamente, el acceso a la Palabra de Dios. En esa carta solicitaba que se enviaran los primeros ejemplares de la Biblia. Cuando llega Diego Thomson, lo que él percibe es la enorme necesidad que tenía nuestro pueblo —y, en realidad, toda América Latina— de acceder a la Palabra de Dios.
Nuestra región fue colonizada por una corriente muy distinta a la que recibió América del Norte: principalmente fueron pueblos que habían abrazado la Reforma, que enseñaban como uno de sus principios fundamentales que todas las personas debían poder leer la Biblia. Eso influyó incluso en el desarrollo de la alfabetización. En cambio, la colonización de América Latina estuvo muy influenciada por el Concilio de Trento y la Contrarreforma. En ese contexto, el uso de la Biblia estaba reservado principalmente al clero y no se promovía la libre lectura o interpretación de la Palabra de Dios. Eso también —aparte de otros factores— retrasó el desarrollo de la alfabetización.

Así que esa era la gran necesidad de nuestro pueblo. Creo que por eso Diego Thomson y los colportores que vinieron después de él se dedicaron a hacer que la Escritura llegara a cada persona. Ellos no tenían libertad para establecer iglesias, en algunos lugares incluso habrían sido linchados, pero estaban convencidos de que la distribución de la Palabra de Dios es como el arado que prepara el terreno para que luego los evangelistas y los misioneros puedan hacer su tarea.
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Pero ¿había algo en los gobiernos nacientes de América Latina —como los de José de San Martín, Simón Bolívar y otros líderes independentistas— que abriera esa oportunidad para distribuir la Biblia?
Sí. De hecho, Diego Thomson llega a Argentina invitado por el Gobierno nacional, fue convocado para implementar el sistema de educación lancasteriano. En ese momento la gran mayoría de la población era analfabeta; era necesario alfabetizar a muchas personas —especialmente niños— con muy pocos maestros.
Thomson, que además era amigo de varios de los héroes de la independencia argentina, hizo imprimir porciones del Antiguo y del Nuevo Testamento y las introdujo en las escuelas. Los niños aprendían a leer usando esos textos. Luego fue invitado por Bernardo O’Higgins a Chile. Después José de San Martín lo llevó al Perú. Más tarde continuó su labor en otros lugares: participó en la fundación de la Sociedad Bíblica de Colombia y llegó incluso hasta México. Fue un personaje central en la historia de la Biblia en América.

Pero parece que, después de que Diego Thomson se fue, ese impulso inicial comenzó a diluirse por la falta de iglesias locales o de más misioneros. ¿Cuál es tu perspectiva sobre ese período entre comienzos del siglo XIX y principios del XX, cuando empezó a surgir un movimiento misionero más fuerte?
Había una oposición muy grande. Lo dijiste muy claramente: todavía no había iglesias locales ni misioneros. Además, existía una oposición muy marcada por parte de la Iglesia católica, especialmente de algunos obispos y sacerdotes, porque no podemos decir que todos pensaran igual.
Esa oposición influía en los gobiernos, porque gran parte del poder político estaba sujeto al poder clerical. Eso lo encontramos en distintos testimonios históricos. Incluso, en nuestro país la Escritura atravesó momentos muy difíciles, hubo quema de biblias en la Plaza de Mayo —la plaza central de la República—. Informes de la época decían: “No hay lugar del mundo con el que esté relacionado el nombre de cristiano que, sin embargo, presente mayor resistencia a la introducción de la Biblia”.

¿Pero las Sociedades Bíblicas que se fundaron en ese tiempo funcionaron de manera ininterrumpida hasta la llegada de los misioneros?
Sí, al menos en Argentina estamos celebrando 200 años de trabajo ininterrumpido. Por supuesto, hubo tiempos de mayor distribución de la Biblia y otros más difíciles, como los que mencioné. Pero quienes dieron un gran impulso a ese trabajo fueron los colportores: eran vendedores de biblias que llegaban a cada lugar, a cada persona, vendiendo ejemplares de la Escritura. Eran verdaderos evangelistas. Hombres sencillos, muchos de ellos con poca formación académica, pero llenos del poder de Dios y de una profunda pasión por predicar el Evangelio.
Ellos hicieron que la Biblia llegara a lugares insospechados. De hecho, los propios misioneros lo dijeron más tarde: “Los colportores de la Sociedad Bíblica fueron como Juan el Bautista, pues prepararon el terreno para los misioneros”. Ese fue el testimonio que dieron.

Los colportores trabajaban directamente con las Sociedades Bíblicas, recibían las Biblias, pero no las regalaban: tenían que venderlas en diferentes lugares. Cuéntanos sobre algunos colportores que hayan sido especialmente importantes en ese período entre Diego Thomson y la gran expansión misionera posterior. ¿Qué historias de ellos te han impactado?
Me impacta mucho la vida de Andrés Milne, que fue un precursor del colportaje aquí en Argentina y que luego recorrió prácticamente toda América Latina. De hecho, su biografía se titula Desde el Cabo de Hornos hasta Quito con la Biblia.

Hay muchos aspectos de los testimonios de estos hombres que impresionan, especialmente los esfuerzos que hicieron. Por ejemplo, Milne recorrió 1670 kilómetros a lomo de mula en Bolivia, con cajones cargados de biblias. En otra ocasión navegó durante 25 días las costas de Brasil en una canoa sin techo, con el fin de llegar a cada poblado y comunidad que no tenía acceso a la Palabra de Dios. Ese sentido de urgencia que se veía en los colportores realmente nos desafía hoy.
Pienso, por ejemplo, en Francisco Penzotti, a quien se lo conoce como el apóstol de la distribución bíblica porque también trabajó en toda América Latina. Incluso sufrió un encarcelamiento prolongado en Perú. También recuerdo a José Mongiardino. Él salió del norte argentino, de Jujuy, y cruzó a Cotagaita, Bolivia. Allí fue asesinado a pedradas por su labor. Después arrojaron su cuerpo a un río con una piedra atada al cuello y el sacerdote local se negó a sepultarlo dentro de los límites de la ciudad. Es decir, hubo personas que pagaron un precio muy alto por esta tarea: muchos con rechazo, algunos con cárcel y otros incluso con su propia vida.

Hablemos del puente que existía entre la Sociedad Bíblica, los colportores y la plantación de nuevas iglesias. ¿Cómo funcionaba esa dinámica?
Es maravilloso cómo se dio esa relación con tanta naturalidad. En ningún momento fueron ministerios en competencia, fue un desarrollo natural. Primero vinieron los colportores y fueron sembrando la Palabra. Así se fue preparando el ambiente y el terreno para la llegada de los predicadores y los misioneros. Luego, cuando comenzaron a surgir las primeras iglesias, muchos pastores también empezaron a hacer colportaje con la Sociedad Bíblica.
Además, muchos colportores se convirtieron en pastores, porque habían adquirido una gran experiencia en el contacto con la gente. Ellos estaban en contacto directo con la realidad, hablaban con cada persona. No solo golpeaban la puerta de cada casa, también entraban en cárceles, hospitales e incluso tabernas, siempre ofreciendo la Biblia y aprovechando la oportunidad para presentar el Evangelio.

He notado un patrón: muchos de los primeros colportores empezaban en Argentina y luego subían por el continente. ¿Había alguna razón para eso?
En un momento, la oficina central de la Sociedad Bíblica Americana para el Cono Sur de América estaba en Buenos Aires. Primero estuvo en Rosario, luego en Buenos Aires y también un tiempo en Uruguay. Tal vez esa sea la razón. Pero el Señor levantó colportores en toda América Latina y hay testimonios maravillosos.
¿De dónde salían los fondos para imprimir y distribuir la Biblia? ¿Eran proyectos autosostenibles? ¿El colportor podía vivir de la venta de biblias o era un trabajo financiado?
Ellos se sostenían con la venta de biblias. De hecho, después de ingresar a la Sociedad Bíblica, me enteré de que mi abuelo había sido colportor a principios del siglo pasado. Andaba a caballo por el sur de la provincia de Buenos Aires. Aquellos eran tiempos difíciles: un tío me contó que si vendían una biblia, tenían para comer; si no vendían, no había.

¿Había apoyo extranjero para las sociedades bíblicas desde Reino Unido o Estados Unidos?
Sí. Fueron dos sociedades bíblicas las que comenzaron a trabajar en nuestro país. La primera fue la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, fundada en 1804. En 1806, llegaron los primeros Nuevos Testamentos. La segunda fue la Sociedad Bíblica Americana, fundada en 1816, que ya en 1823 envió a su primer delegado. Durante muchos años las dos trabajaron en cooperación, hasta que hace unos 70 años las iglesias de Argentina dijeron: “Ahora creemos que la tarea es nuestra. Es nuestra responsabilidad como argentinos llevar la Palabra a nuestro pueblo”.
Muchas veces ocurre que las editoriales publican libros sobre la historia de la Iglesia latinoamericana, pero terminan olvidados. ¿Cómo podemos recuperar esas biografías e historias y ponerlas delante de la gente para que las conozca y estudie?
Creo que necesitamos una suma de todo eso. Debemos seguir teniendo libros, y este tipo de esfuerzos, como podcasts y especialmente videos —incluso si son cortos—, pueden ser muy valiosos. No solo para traer a la memoria hechos del pasado, sino también para hacer una apelación al presente. Es decir, ¿qué significa hoy lo que hicieron aquellos hombres y mujeres hace 150 años? ¿Cómo me desafía su misión hoy? Porque conocer la historia nos sirve mucho, nos inspira y ayuda a comprender que venimos de un trasfondo de siglos de fidelidad y de compromiso con la misión cristiana. Pero la pregunta es: ¿qué me dice todo eso hoy, en el siglo XXI?

¿Cómo se adapta la Sociedad Bíblica a un mundo en el que ya no siempre se necesita la biblia física porque muchas personas la tienen en el celular?
La creación misma de la Sociedad Bíblica ya representó una revolución a comienzos del siglo XIX. Durante unos 1800 años, los cristianos no habían tenido sus propias biblias; era muy difícil acceder a ellas. Con el surgimiento de las Sociedades Bíblicas, cada creyente pudo tener su propia copia de la Escritura y las iglesias empezaron a disponer de ejemplares para la misión evangelística. Hoy eso nos parece natural, pero hace más de 200 años no lo era. En ese entonces, algunos dijeron que estaban presenciando el amanecer de una nueva era en el cristianismo.
Hoy vivimos otra revolución: la digital. Ahora tenemos la posibilidad de leer la Biblia en el celular o en la web y allí encontramos muchas de las traducciones producidas por las Sociedades Bíblicas, que se han puesto a disposición de las distintas plataformas utilizadas para la lectura bíblica. En ese sentido, seguimos estando presentes. Sin embargo, creemos que hoy el desafío no es solo difundir el texto, aunque eso sigue siendo muy importante. La Biblia impresa sigue teniendo un lugar significativo. Yo la utilizo en distintos formatos, pero el papel tiene un valor único, especialmente para la evangelización. No es lo mismo entregar un ejemplar que enviar un enlace.
El gran desafío hoy no es solo que la gente tenga la Biblia, sino que la lea y la entienda, que los cristianos encuentren su deleite en ella —como dice el Salmo 1—, que forme parte de la vida familiar, que el sonido de la Palabra de Dios llene el hogar, que esté presente en la Iglesia, que transforme nuestras cosmovisiones, que influya en nuestro trabajo. El desafío es que la Palabra de Cristo more en abundancia en nuestra mente y en nuestra memoria.

¿Crees que ese era el sueño de Thomson, Penzotti y Milne?
No puedo afirmarlo con certeza, pero sí sé que hombres como Diego Thomson creían que una gran transformación comenzaría a través de los niños, si se les formaba en la Palabra de Dios. Pensaban que así podía comenzar el gran cambio en América Latina y hoy tenemos la misma responsabilidad con la nueva generación.
Desde la Sociedad Bíblica estamos poniendo un nuevo énfasis en la generación venidera. Buscamos desarrollar recursos y programas para que los niños puedan ser formados en las iglesias y en sus hogares con materiales saturados de la Escritura, centrados en Dios y llenos del Evangelio.

¿Cuáles son los retos más grandes que enfrentan hoy en torno a la traducción y distribución de la Biblia y cuáles perciben que se presentarán en el futuro?
La traducción de la Biblia sigue siendo un desafío a nivel mundial, todavía hay muchas lenguas que no la tienen. En Argentina hemos traducido la Escritura completa o parte de ella a la mayoría de las lenguas minoritarias que existen en el país. Actualmente estamos trabajando de manera simultánea en tres proyectos: dos lenguas indígenas y la lengua de señas argentina. La comunidad sorda es probablemente el grupo no alcanzado más grande de nuestro país, y esto no es muy diferente en otros lugares. La traducción sigue siendo un reto permanente. Son proyectos largos, costosos y complejos, pero también muy valiosos.
Además de ese desafío hacia afuera de la Iglesia, en América Latina enfrentamos también un desafío hacia adentro, en las congregaciones. Necesitamos volver a poner la Biblia en el centro de la vida y la misión de la Iglesia. Debemos recuperar la convicción teológica que tenían quienes nos precedieron hace 200 años: que la Palabra de Dios no solo es importante, sino que actúa por sí misma. Convence de pecado, convierte el alma, crea nuevos afectos, libera de los vicios, sana y transforma la vida. Es la espada del Espíritu, es Dios obrando a través de Su Palabra. Como Sociedad Bíblica, buscamos ayudar a las iglesias a recuperar esa convicción que hoy no está tan clara.
