Nota del editor: Este artículo fue publicado originalmente el 16 de junio de 2023. Sin embargo, ante la rápida evolución de las dinámicas de censura en el entorno digital, hemos revisado y actualizado este contenido en 2026. Esta nueva versión incorpora un análisis académico y eclesiológico más robusto para ofrecer una guía vigente a nuestra comunidad de lectores frente a los desafíos de la cultura de la cancelación.
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La historia de la humanidad podría definirse como un conjunto de luchas entre grupos que buscan imponer sus ideas sobre otros. Quizás eso explique, al menos en parte, las guerras, las conquistas, las clases sociales y los poderes políticos, etc. Lastimosamente, el cristianismo no saldría como un agente desentendido o inocente de aquellas luchas. Si bien la difusión del Evangelio es un acto necesario de amor al prójimo, no han sido pocos los intentos de imponer por la fuerza los valores cristianos en la sociedad.
Sin embargo, en los últimos siglos, el escenario ha cambiado. En muchos contextos occidentales han surgido nuevas formas de presión social que castigan ciertas posturas no solo mediante el debate, sino también a través del descrédito público, la exclusión profesional, la sanción institucional o el silenciamiento preventivo. A esto se le conoce comúnmente como “cultura de la cancelación”. Quienes no se adhieren a algunos presupuestos de los movimientos feministas, LGBT o antirracistas, por ejemplo, pueden ser rápidamente catalogados como retrógrados, machistas, misóginos, homófobos o racistas.
Los cristianos no somos los únicos con opiniones divergentes frente a esas corrientes. Sin embargo, cada vez es más evidente que no solo la libertad de expresión está en peligro puede verse afectada, sino también la de culto y hasta la de conciencia. Uno de los ejemplos más discutidos en años recientes fue el de Isabel Vaughan-Spruce, activista provida británica que dirige el grupo March for Life UK y que fue arrestada en 2022 y 2023 por orar en silencio a las afueras de una clínica de abortos en Birmingham, Inglaterra. El caso abrió un debate sobre hasta dónde puede llegar el Estado al regular conductas externas sin invadir el terreno de la conciencia.

Entonces, conviene preguntarnos qué deben hacer los cristianos en un escenario en el que se valida la diversidad de ideas, pero no siempre con la misma disposición a tolerar el disenso. ¿Es mejor callar mientras esperamos que esta sociedad líquida y relativista se derrumbe por su propio peso, o levantar la voz frente a aquello que no consideramos moralmente correcto? ¿Cuáles son las batallas que el pueblo cristiano debería pelear y de qué forma podría hacerlo?
Pero antes, quizá sea necesario mirar con honestidad esos momentos en los que el cristianismo fue predominante, aunque no por el poder del Evangelio en sí.
Una perspectiva histórica
Gracias al Edicto de Milán, promulgado en 313, los seguidores de Jesús pudieron vivir su fe con libertad tras años de persecución. Sin embargo, esa nueva situación también trajo beneficios económicos, políticos y sociales que probablemente hicieron que muchos se acercaran al cristianismo por interés y no por convicción. Aunque este decreto no surgió como iniciativa de la comunidad cristiana, sí estuvo ligado a Constantino y a su giro favorable hacia el cristianismo. El punto es que, aunque las medidas no fueron represivas, dejaron en evidencia que la política podía favorecer a una religión concreta y fortalecerla. Además, ese fue el preludio de un paso mucho más contundente.

Con el Edicto de Tesalónica, promulgado en 380, el cristianismo niceno pasó a ocupar una posición oficial dentro del Imperio romano. Ese proceso reforzó la marginación de otras formas religiosas y fue cerrando el espacio para el disenso. Lo que había comenzado como tolerancia terminó convirtiéndose, con el tiempo, en un entorno menos abierto para otras confesiones. El resultado de esto fueron siglos de dominio absoluto por lo que luego fue la Iglesia católica romana.
Algo parecido podría observarse, con las debidas diferencias, en la historia inglesa. Los puritanos buscaron reformar la Iglesia anglicana y, con ello, influir en el gobierno de la nación. Entre 1653 y 1658, bajo el devoto puritano Oliver Cromwell, se intentó ordenar la vida pública de acuerdo con convicciones propias del movimiento religioso al que pertenecía, restringiendo ciertas prácticas consideradas viciosas y concentrando un alto grado de poder en el gobierno. Aquella experiencia mostró, una vez más, cuán fácil es que la aspiración a una sociedad moralmente ordenada termine rozando formas de coerción.
[Puedes leer el artículo La Mancomunidad inglesa: el intento fallido de establecer un estado puritano]

Sin embargo, el caso de los puritanos en Norteamérica exige más matices de los que a veces se reconocen. Aunque varios emigraron buscando vivir según sus convicciones, no por eso establecieron de inmediato una verdadera separación entre Iglesia y Estado. En algunas colonias se construyeron órdenes sociales fuertemente confesionales, y justamente por eso surgieron voces críticas desde dentro del mismo mundo cristiano. Roger Williams, por ejemplo, defendió que el magistrado civil no tenía jurisdicción sobre las almas y sostuvo que la adoración forzada “ofendía a Dios”. Para él, la separación entre Iglesia y Estado no debilitaba a la fe: la protegía de la corrupción producida por el privilegio y la coerción.
Por supuesto, también es pertinente mencionar la Inquisición. Tuvo lugar en uno de los momentos más oscuros de la historia católica romana, trayendo muerte y sufrimiento a muchos cristianos sinceros que mostraron interés por las ideas de la Reforma protestante. Sus métodos destructivos demuestran hasta qué punto la religión puede deformarse cuando dispone del poder para acallar por la fuerza a quienes piensan distinto.

Así fue como, en más de una ocasión, la fe se vio favorecida por estructuras de poder que terminaron confundiendo obediencia civil con conversión genuina. Con base en todo esto, ¿es posible que la Iglesia reflexione sobre los métodos que en ocasiones se han utilizado para difundir el cristianismo? ¿Se podría concluir, entonces, que el camino a la libertad nunca será la imposición de los valores cristianos, por más buenos y necesarios que estos sean?
Williams expresó su propia convicción con una frase tan áspera como memorable: “La adoración forzada apesta en las narices de Dios”. Su punto era claro: la adoración impuesta no honra a Dios. La separación entre Iglesia y Estado no buscaba debilitar la fe, sino protegerla de la corrupción producida por el privilegio y la coerción. Con esto en mente, el cristiano no debería concluir que la salida frente a la censura cultural consiste en recuperar mecanismos de imposición religiosa. La historia enseña más bien lo contrario: cuando la fe recurre al poder coercitivo para imponerse, puede ganar influencia exterior, pero perder integridad espiritual.
Una nueva forma de censura
Cómo ya lo dijimos, la cultura de la cancelación puede entenderse como una dinámica social en la que ciertas posturas son castigadas. El fenómeno no siempre adopta la misma forma ni afecta exclusivamente a un solo sector ideológico, pero sí comparte un rasgo reconocible: la desaprobación deja de expresarse solo como crítica y empieza a operar como mecanismo de presión social.
En el artículo La cultura de la cancelación en redes sociales: Un reproche peligroso e injusto a la luz de los principios del derecho penal, los abogados Karen I. Cabrera y Carlos A. Jiménez citan dos definiciones que ayudan a precisar el concepto. Por un lado, remiten a Pippa Norris, politóloga y profesora de Harvard, para señalar que la cultura de la cancelación se refiere a estrategias usadas por activistas para crear presión social o condenar a alguien o algo por resultar ofensivo. Por otro, citan a Jaime A. Teixeira da Silva, investigador y autor académico, quien la asocia con el uso de redes sociales o plataformas públicas para cancelar la reputación de una persona como respuesta a un escándalo o a un evento social negativo.
Lisa Nakamura, profesora y directora del Instituto de Estudios Digitales de la Universidad de Míchigan, afirma que la cultura de la cancelación es “un boicot cultural. Es un acuerdo para no amplificar, no dar difusión ni aportar dinero. Se habla de la economía de la atención: cuando privas a alguien de tu atención, le estás privando de su medio de vida”. Visto así, la cancelación no consiste solo en desaprobar ideas o conductas, sino en tratar de restringir su circulación y castigar socialmente a quien las sostiene. Y como explica también la Enciclopedia Britannica, “esta cancelación puede adoptar diversas formas, como presionar a las organizaciones para que cancelen las apariciones públicas o las conferencias (…) irrumpir en los lugares donde las personas en cuestión están hablando (…) o, en el caso de empresas consideradas ofensivas, organizar boicots a sus productos”.

Aunque hoy el fenómeno parece inseparable de internet, no es enteramente nuevo. La misma Enciclopedia Britannica recuerda que Alexis de Tocqueville, historiador, político y pensador francés, ya había advertido en La democracia en América (1835) algo parecido al poder asfixiante de la opinión mayoritaria. Según el texto, quien se atrevía a desafiarla descubría que “una carrera política le está cerrada: ha ofendido al único poder capaz de abrírsela. Se le niega todo, incluso la gloria”.
Lo que sí es nuevo, como subraya ese mismo artículo, es la capacidad de las redes sociales y del ciclo de noticias de 24 horas para aumentar la velocidad, el alcance y el impacto de la cancelación. Esa es una de las grandes diferencias entre el viejo castigo de la opinión pública y su forma contemporánea: hoy puede volverse masivo, instantáneo y persistente en cuestión de horas.
Precisamente, esta dinámica ayuda a entender por qué muchos creyentes en contextos seculares experimentan hoy formas de autocensura y presión social. En BITE se abordó este fenómeno en el artículo “No puedo decir nada sobre mi fe”: la sutil persecución hacia los cristianos occidentales de la que pocos hablan, donde se exploran algunas de las tensiones que enfrentan los cristianos cuando expresar sus convicciones puede acarrear descrédito, aislamiento o sanción social.

La cultura de cancelación cristiana
En los 90, una fuerte corriente dentro del cristianismo se encargó de buscar y exponer mensajes subliminales en música, programas de televisión, libros, formas de vestir, y un largo etcétera. Esto generó no solo divisiones en la Iglesia, sino una enorme incomodidad en personas que querían acercarse al Evangelio pero se sintieron rechazadas (en algunos casos efectivamente lo fueron). Otras que estaban o crecieron dentro de las comunidades de fe se vieron abrumadas por tantas prohibiciones y terminaron desertando.
Tiene sentido, entonces, lo que señalan Cabrera y Jiménez: cuando una persona es denunciada muchas veces y “no logra ser escuchada o sus argumentos para justificar lo hecho o dicho no son tenidos en cuenta, se crea una radicalización del discurso (…) lo que también deja por fuera la oportunidad de debatir y replicar sobre lo sucedido”. También advierten que “la cultura de la cancelación puede recaer sobre chistes o frases irónicas o parodias (…). En este caso, la cancelación puede ser una limitante a la libre expresión”.

Asimismo sucedió con todos esos contenidos, con quienes los producían y los consumían. Incluso, muchos niños crecieron en una especie de cultura de cancelación en la que sus padres cristianos les prohibieron entretenerse con todo aquello. A algunos les habrán explicado el porqué —si es que ellos mismos lo sabían—, pero a otros solo los llenaron de muchos “no”, en vez de ayudarles a desarrollar una capacidad crítica y fundamentada en la Palabra. ¿Acaso esto no fue una cultura de la cancelación? No escuchar, no ver, no compartir con quienes sí consumían esos contenidos. ¿Era esa la forma? Por ejemplo, se tachó al rock and roll como un género diabólico y se condenó a quienes querían “cristianizar” ese estilo de música. Pero bien lo dijo Larry Norman, precursor del rock cristiano, en una de sus canciones: Why should the devil have all the good music? (¿Por qué el diablo debería tener toda la buena música?).

Un caso interesante sobre este tema se encuentra en un artículo de Christianity Today. Allí el teólogo y pastor Russell Moore señaló las “cacerías de brujas” en las que se ha visto envuelta la autora británica J. K. Rowling por su saga de libros de Harry Potter. La primera fue hace 20 años, cuando los cristianos evangélicos intentaron prohibir sus libros porque creían que eran “una amenaza que llevaría a la próxima generación a la brujería y las prácticas ocultas”. También aseguraron que leer sus libros era abrir una puerta en el mundo espiritual.
La segunda vino de un sector bastante diferente. Rowling se ha manifestado en contra de las teorías de género que, para ella, disminuyen a las mujeres como categoría biológica con términos como “personas embarazadas” o “menstruantes”. También se ha dicho que sus puntos de vista ponen en peligro a las personas transgénero, dando a entender, incluso, que “la mera existencia de esas ideas es considerada un acto de agresión”, como resume Moore. ¿Quién diría que, al menos en este tema, J. K. Rowling compartiría la misma visión que los cristianos? ¿Acaso no es evidente que cristianos y progresistas han cancelado de forma similar a aquellos con quienes no concuerdan?
Las batallas que la Iglesia cristiana podría pelear
Llegamos a un punto en el cual la Iglesia tendrá que decidir cómo invertir su energía y en qué hacerlo. Conviene reconocer que no todos entienden la cultura de la cancelación solo en términos negativos. Algunos piensan que “da voz a los marginados y a los menos poderosos”, según la Enciclopedia Britannica, y por eso se le concibe como una forma de rendir cuentas allí donde las instituciones han fallado. Sin embargo, esa valoración positiva no agota el problema, porque este fenómeno también “refleja una mentalidad de turba, que fomenta el acoso, la injusticia, las amenazas e incluso la violencia”.

Ese contraste es importante para la Iglesia, porque ayuda a distinguir entre la denuncia legítima del mal y la adopción de mecanismos que terminan degradando la justicia. Como señala también la Enciclopedia Britannica, “En la mayoría de los casos (…). El acusado ha sido declarado culpable ante la opinión pública, y eso les basta. Todo sentido de la justicia desaparece”. Si eso es así, la misión principal de la Iglesia no puede consistir en copiar la lógica del escarnio para conseguir resultados morales o culturales, pero tampoco reducirse al silencio temeroso.
Quizá en ese sentido es más aun pertinente la posición de que Iglesia y Estado se mantengan como dos entidades independientes. Jonathan Leeman, presidente del ministerio 9Marks, resume la diferencia entre ambas con una fórmula muy clara: “Dios ha dado el poder de la espada a los gobiernos y el poder de las llaves a las iglesias”. Confundir esas funciones produce distorsiones tanto políticas como espirituales, porque “el Estado existe para proteger la libertad religiosa”. Eso significa que la misión principal de la Iglesia tampoco es conquistar el aparato estatal para obligar a la sociedad a comportarse cristianamente.

Entonces, ¿cuál es su tarea central? Sigue siendo anunciar el Evangelio, formar discípulos, enseñar la verdad, cultivar comunidades fieles y dar testimonio público de la justicia y la misericordia de Dios. Desde luego, esa fidelidad tiene consecuencias culturales: una congregación que predica la dignidad humana, la santidad del cuerpo, la verdad, la responsabilidad moral y el amor al prójimo inevitablemente chocará con muchas corrientes. También debería dedicarse a vivir, pensar, crear y servir de manera tan consistente que las verdades que predica resulten visibles, especialmente en temas como la defensa de la vida humana, la dignidad de las personas, la libertad de conciencia, la integridad de la familia y la responsabilidad moral.
Pero, teniendo en cuenta lo que advierten Cabrera y Jiménez, “la cancelación se centra en la denuncia y en afectar de todas las maneras posibles (…) [y] no se entablan procesos de conversación o reconocimiento”. De ahí que la Iglesia deba aspirar —en cuanto a esos temas— no solo a señalar el error, sino también a formar creyentes capaces de participar en la educación, el arte, el derecho, la política, la economía y los medios de comunicación con excelencia, convicción y carácter. Además, la Enciclopedia Britannica advierte que “la cultura de la cancelación es contraproducente para generar un cambio social real”. Así, la Iglesia debería desconfiar de cualquier estrategia que, aunque parezca eficaz, destruya la posibilidad de persuasión, arrepentimiento, aprendizaje o transformación profunda.
Dicho de otro modo, la Iglesia no está llamada a desaparecer del espacio público, pero tampoco a ocuparlo como si su esperanza dependiera de una victoria ideológica. La fe genuina nace de la obra de Dios. Ahora bien, esto no significa que deba haber un relativismo moral; más bien es necesario aprender a disentir sin destruir.
Referencias y bibliografía
Isabel Vaughan-Spruce arrested again for praying silently near abortion facility | ADF International
J. K. Rowling’s Witch Hunts Put Us on Trial | Christianity Today
The Relationship of Church and State | The Gospel Coalition
How the State Serves Both Salvation and Religious Freedom | 9Marks
Referencias:
https://cvclavoz.com/blog/entrevistas/agustin-laje-explica-que-es-la-batalla-cultural/
