Hoy encontré la tumba de David Brainerd con la ayuda de un amigo que sabía dónde buscar. Algo en la sencillez y la oscuridad de este lugar le sienta muy bien a este héroe improbable. El tallador de la piedra no le prestó la atención debida a su trabajo: escribió mal el nombre de Brainerd y se equivocó tanto en la fecha de su muerte como en su edad; pero tal vez se consideró que un trabajo de aficionados era suficiente para la tumba de un hombre pobre. Sin embargo, el mármol grabado todavía se lee con una fuerza sorprendente:
Consagrado a la memoria del
Reverendo David Brainard
Un fiel y laborioso
Misionero para las tribus
de indios Stockbridge,
Delaware y Susquehanna.
Quien murió en este pueblo
el 10 de octubre de 1747, a los 32 años.

Este “fiel y laborioso misionero” murió de tuberculosis a los 29 años. El primer indicio de su enfermedad terminal fue cuando comenzó a escupir sangre en la universidad. Sobre esta impactante prueba, escribió en su diario que “miró a la muerte a la cara”. Durante los siguientes siete años, Brainerd miraría el rostro espantoso de la muerte muchas veces en medio de sus sufrimientos. Al final, la suya fue una muerte lenta, con arcadas y asfixiante, sin los consuelos tranquilizadores de los cuidados paliativos. Jonathan Edwards escribió desde la cabecera de la cama de Brainerd:
Él estaba en gran angustia y agonías de cuerpo…
Él me dijo que era imposible para cualquiera concebir la angustia que sentía en su pecho. Manifestó mucha preocupación por no deshonrar a Dios con su impaciencia bajo su extrema agonía; la cual era tal, que dijo, el pensamiento de soportarla un minuto más era casi insoportable. Deseaba que otros se unieran en elevar sus corazones continuamente a Dios por él, para que Dios lo sostuviera y le diera paciencia. Indicó que esperaba morir esa noche.

Pocas horas después, los pulmones destrozados y el gran corazón de Brainerd finalmente se rindieron.
La tristeza
Al lado de Brainerd se encuentra la tumba de la hija de Jonathan Edwards, Jerusha, quien murió poco antes de cumplir los 18 años. Ella sirvió como cuidadora de David en sus últimos meses, los cuales pasó en el hogar de los Edwards; es probable que ella contrajera la tuberculosis de Brainerd y lo siguiera en la muerte cuatro meses después. Solo unos días antes de que David sucumbiera, intercambiaron promesas de encontrarse en el cielo, aunque no tenían idea de qué tan pronto sería ese encuentro.
Las lápidas, una al lado de la otra, guardan los secretos del afecto y la angustia de David y Jerusha, de su dolor y su esperanza cierta, ya que solo tenemos destellos de su relación a través del diario de Brainerd publicado póstumamente. La suya fue una amistad corta pero dulce, construida sobre su amor compartido y ferviente por Cristo y Su gloria.

Mientras arranco la maleza y el pasto que se han deslizado alrededor de las viejas piedras, imagino a Jonathan Edwards de pie aquí. Pero no lo visualizo como el retrato rígido y antiguo de un teólogo de Nueva Inglaterra. En cambio, veo a Edwards como amigo y padre, porque la tierra removida sobre Brainerd apenas se había asentado antes de que se cavara una tumba fresca junto a ella para su preciosa hija adolescente. Su dolor sobre dolor fue mitigado por la esperanza sobre esperanza del Evangelio, pero el duelo seguía siendo real. Los lugares vacíos y las voces ausentes de vidas truncadas deben haber atravesado Su corazón profundamente.
En nuestro afán por obtener conclusiones satisfactorias, los cristianos no debemos restarle importancia a la tristeza de esta historia o de cualquier historia similar hoy en día. A menudo, el proceso de morir —no tanto la muerte en sí— es un panorama demasiado doloroso para nosotros, por lo que tendemos a empaquetarlo con canciones dulces sobre encontrarnos de repente caminando por el cielo y respirando aire celestial. Pero esto simplemente pasa por alto los accidentes automovilísticos, los respiradores, el cáncer y las tumbas abiertas. Para los creyentes, “morir no es morir” es solo una verdad a medias. En la otra orilla del último río, la fe se convierte en vista, y allí la gloria y la gracia del Cordero son superiores a lo imaginable. Pero de este lado, todavía hay un río embravecido que cruzar.

El poder
Brainerd, quien primero había “mirado a la muerte a la cara” siendo un estudiante universitario, no apartó la vista. Siempre consciente de su Señor y de nuestras vidas fugaces, señaló hacia su tumba pendiente como un testigo:
Cuando vean mi tumba, recuerden entonces lo que les dije mientras estaba vivo (…) cómo el hombre que yace en esa tumba me aconsejó y me advirtió que me preparara para la muerte.

Dos años después de la muerte de Brainerd, Edwards publicó los diarios y memorias del joven misionero en The Life of David Brainerd (La vida de David Brainerd). En el plan soberano de Dios, la tristeza de la muerte de Brainerd se convertiría en poder, la primera gota antes de un aguacero de un movimiento misionero mundial: Carey a la India, Martyn a Persia, Judson a Birmania, Morrison y Taylor a China, Moffatt a África. Todos ellos fueron profundamente impactados por la vida de David Brainerd. Pero estos son solo los nombres más conocidos de la historia de las misiones. La fe, la resistencia y los sufrimientos del corto ministerio de Brainerd desafiaron a miles más a ir hasta los confines de la tierra con el glorioso Evangelio.

The Life of David Brainerd no es un relato ligero sobre estrategias exitosas y grandes avances. Quizás por eso atrae a tantos misioneros y pastores. John Piper explica:
¿Por qué esta vida ha tenido una influencia tan notable? …
La respuesta es que la vida de Brainerd es un testimonio vívido y poderoso de la verdad de que Dios puede usar, y de hecho usa, a santos débiles, enfermos, desanimados, abatidos, solitarios y atribulados que claman a Él día y noche para lograr cosas asombrosas para Su gloria.

Dulce consuelo
Para David Brainerd —y mucho tiempo después para Jim Elliot— Dios eligió que sus historias vivieran mucho más que ellos. Pero, ¿qué pasa con los creyentes que mueren jóvenes y para quienes no se escribe ningún libro? ¿Cuál es el poder de sus vidas cortas? Esta es una pregunta difícil y dolorosa, especialmente para aquellos que, como Edwards, están más cerca de la tumba. No escribo para minimizar su dolor persistente, sino para iluminar su esperanza.
El poder de la vida de Brainerd no fue su diario publicado. El poder fue que Brainerd vivió una vida entregada, día tras difícil día, a buscar a Cristo y a guiar a otros hacia Él. Él fue tan bueno como su epitafio: un siervo “fiel y laborioso”. Y Cristo invita a todos a entrar en esa digna comunión, ya sea que se nos den cinco talentos o dos, muchos años o pocos. No importa cuán corta sea la vida, cada siervo fiel escuchará el “¡Bien hecho!” del Maestro cuando la fe se convierta en vista.

Pero si hay poder en una vida fiel que extiende la fama de Cristo a un mundo que muere, ¿entonces no tendría más sentido tener más influencia, más testimonio y más años? Aquí, la soberanía y la bondad de Dios se encuentran, y solo nos queda confiar en Él. El número de nuestros días no es un cálculo cósmico frío que Dios asigna como un actuario. No. Hay un amor sabio y ferviente en el momento en que Él nos llama a casa, y eso es un dulce consuelo mientras estoy aquí, donde duermen David, Jerusha y muchos otros santos, que fueron “sembrados en debilidad”, pero serán “resucitados en poder” (1 Co 15:43).
Este artículo fue traducido y ajustado por David Riaño. El original fue publicado por Tim Keesee en Desiring God. Allí se encuentran las citas y notas al pie.
