El mes pasado, un incidente en Argentina captó la atención de los medios: una adolescente de 14 años fue mordida por un grupo de jóvenes que se identifican como Therians (personas que aseguran tener una identidad animal). Pero, más allá de la noticia o de las burlas que el movimiento ha generado en redes sociales, lo que resulta revelador es la reacción de muchos analistas. En lugar de tratar el hecho como una agresión física o un crimen, se han centrado en temas de identidad, salud mental y neurodivergencia. Esto muestra cómo, en nuestra cultura, la experiencia interna de un individuo tiene hoy más peso que la realidad de sus actos.
Un fenómeno como este es la manifestación de una revolución mucho más amplia sobre lo que significa el “yo”, y el movimiento LGTBQ+ hace parte de ella. Estamos ante lo que el sociólogo Philip Rieff denominó en 1966 como “el triunfo de lo terapéutico”. En su libro homónimo, él analizó el surgimiento de una cultura que ya no busca la salvación religiosa o el cumplimiento del deber civil, sino que prioriza el bienestar psicológico individual y la felicidad personal como el fin supremo de la vida. Aunque Rieff fue visionario, probablemente no imaginó que, 50 años después, este triunfo transformaría todos los ámbitos de la vida pública.

Este cambio de paradigma es el resultado de un largo proceso intelectual —que hemos expuesto en los artículos anteriores de esta serie— en el que figuras como Rousseau, Nietzsche, Marx, Freud y los pensadores de la Escuela de Frankfurt sentaron colectivamente las bases para la transformación del yo moderno. Ellos lograron que la identidad humana dejara de buscarse en un orden sagrado o social externo para refugiarse exclusivamente en el interior psicológico. De esta manera, la naturaleza humana comenzó a percibirse como algo maleable o “plástico”, donde la autenticidad ya no consiste en conformarse a una realidad biológica o comunitaria, sino en la capacidad de expresar los deseos internos y la voluntad personal.
Como explica Carl Trueman en su libro El origen y el triunfo del ego moderno, lo que hoy presenciamos es un sistema donde el sentimiento interno dicta la norma externa. Este artículo examina cómo este dominio de lo terapéutico ha permeado tres ámbitos decisivos de la cultura occidental: las leyes, los círculos intelectuales y las instituciones educativas.
Lo terapéutico en las leyes: la defensa a muerte de los gustos individuales
Para entender por qué nuestra sociedad ha cambiado tanto, es necesario observar lo que sucede en los tribunales. Los jueces, al igual que cualquier otra persona, están inmersos en una cultura que moldea su forma de ver el mundo. En las últimas décadas, la justicia en Occidente ha experimentado un giro radical, pasando de proteger un orden social externo a priorizar el bienestar psicológico del individuo. Hoy en día, el triunfo de lo terapéutico en el ámbito legal significa que la ley ya no busca necesariamente lo que es coherente con la historia o la naturaleza, sino lo que asegura la sensación de felicidad y validación de las personas. Este proceso se hace evidente al analizar la transformación de la noción de libertad en Estados Unidos, que terminó en la legalización del matrimonio homosexual.

Un punto de partida fundamental fue el caso Planned Parenthood contra Casey de 1992. Este proceso se originó cuando varias clínicas de aborto desafiaron una ley del estado de Pensilvania que buscaba imponer restricciones, como la necesidad de recibir asesoramiento previo y obtener el consentimiento del cónyuge antes de realizar el procedimiento. Aunque el centro del debate era el aborto, la Corte emitió una declaración sobre la libertad personal que cambió para siempre la base de la ley al afirmar lo siguiente:
En el corazón de la libertad está el derecho a definir el propio concepto de existencia, de significado, del universo y del misterio de la vida humana. Las creencias sobre estos asuntos no podían definir los atributos de la personalidad si se formaban bajo la compulsión del Estado.
Esta frase es una articulación perfecta del individualismo expresivo, pues otorga estatus legal a una noción subjetiva y plástica de lo que significa ser humano. Al validar esta idea, la justicia dejó de basarse en realidades externas para rendirse ante la voluntad psicológica. Como señala Trueman, aquí la creación personal del individuo triunfa decisivamente sobre el reconocimiento de un orden natural. Bajo esta lógica, la ley ya no existe para mantener una noción de la personalidad que trascienda las convicciones de cada uno, sino para proteger la capacidad de cada individuo de inventarse a sí mismo.

Años más tarde, este enfoque se profundizó con el caso Lawrence contra Texas en 2003. El problema específico surgió cuando dos hombres fueron detenidos por la policía mientras participaban en un acto sexual íntimo en su propio hogar, lo cual violaba una ley de Texas que prohibía la sodomía. Para fallar a favor de los hombres, la Corte tuvo que derrocar un precedente legal de 1986, el cual confirmaba que los estados tenían autoridad para proteger el orden social y la moralidad en temas sexuales. Lo revelador fue que la Corte justificó la anulación de ese precedente basándose en que la sociedad moderna desaprobaba el razonamiento antiguo. La sentencia argumentó que la decisión anterior de la Corte “ha sido objeto de críticas sustanciales y continuas, desaprobando su razonamiento en todos los aspectos, no solo en cuanto a sus suposiciones históricas”.
Este giro mostró que para los jueces lo más importante ya no era la coherencia de la ley, sino alcanzar un resultado terapéutico deseado por la cultura en general. Si la sociedad requiere la afirmación de ciertas identidades para asegurar la felicidad de grupos específicos, entonces las normativas deben modificarse para producir ese resultado, incluso si los argumentos son inconsistentes con el pasado. En este punto, el objetivo de las decisiones legales ya no es la justicia objetiva, sino el bienestar emocional de los ciudadanos.

Todo este desarrollo legal desembocó finalmente en el fallo de 2015, Obergefell contra Hodges, que legalizó el matrimonio entre personas del mismo sexo. Este caso fue la culminación de múltiples demandas que buscaban el reconocimiento constitucional de estas uniones. Para justificar su decisión, la Corte se basó en cuatro principios que demuestran el dominio absoluto de la psicología sobre la ley.
- El primero de ellos afirma que “el derecho a la elección personal con respecto al matrimonio es inherente al concepto de autonomía individual”.
- El segundo sostiene que “el derecho a contraer matrimonio es fundamental porque apoya una unión entre dos personas, diferente a cualquier otra en su importancia para las personas comprometidas”.
- El tercero indica que el matrimonio “salvaguarda a los niños y las familias y, por lo tanto, extrae significado de los derechos conexos de crianza, procreación y educación”.
- Finalmente, el cuarto principio asegura que “las tradiciones de la Nación dejan en claro que el matrimonio es una piedra angular de nuestro orden social”.

A pesar de que el fallo utiliza palabras como “familia”, “niños” y “tradición”, lo hace de una manera que vacía estos términos de su contenido real para transformarlos en máscaras de una preocupación terapéutica. Por ejemplo, es contradictorio afirmar que el matrimonio protege a los niños y la procreación en el contexto de una unión que, al ser homosexual, es inherentemente estéril. Asimismo, el uso de la tradición en este fallo es puramente selectivo: la Corte apeló a la historia solo cuando confirmaba el gusto moderno por la felicidad individual, pero la descartó como un prejuicio irracional cuando la tradición definía el matrimonio exclusivamente entre un hombre y una mujer.
Este razonamiento representa una amnesia cultural deliberada que utiliza el lenguaje de la historia para derrocar la historia misma. Al final, Obergefell demuestra que en nuestra era la única autoridad que cuenta es la sensación de bienestar personal de los involucrados, y que la ley se ha convertido en el principal instrumento para garantizar que el yo psicológico no encuentre ningún límite en su búsqueda de autoexpresión.
Lo terapéutico en lo intelectual: el infanticidio legitimado
Junto con las leyes, el trabajo de los intelectuales de las universidades más prestigiosas del mundo demuestra cómo lo terapéutico domina nuestra época. Uno de los ejemplos más claros es Peter Singer, profesor de bioética en la Universidad de Princeton, un académico sumamente respetado. Sus ideas acerca de la legitimidad del aborto, aunque parezcan extremas, son la conclusión lógica de un mundo que ha decidido que el bienestar psicológico es el valor supremo.

Lo que hace a Singer particularmente interesante es que, para defender el aborto y el infanticidio, comienza dándoles la razón a sus oponentes. Recordemos que en el debate público solemos encontrar dos bandos principales: por un lado, están los grupos proelección, que son aquellas personas que defienden el derecho de la mujer a decidir sobre su embarazo y consideran que el aborto debe ser legal; por otro lado, están los grupos provida, que sostienen que la vida humana comienza en la concepción, por lo que el feto tiene derecho a ser protegido por la ley. Curiosamente, Singer analiza los argumentos de los proelección y llega a la conclusión de que no son convincentes, dándoles la razón a los provida:
- Él rechaza la idea de que el nacimiento sea el momento en que un bebé adquiere derechos, pues considera que el hecho de pasar por el canal de parto no cambia la naturaleza del niño; es simplemente un cambio de ubicación física.
- También descarta el argumento de la viabilidad —la capacidad del feto para sobrevivir fuera del útero— por considerarla una categoría elástica que depende totalmente de la tecnología médica de cada época y lugar. Un feto viable hoy en Manhattan no lo habría sido en el siglo XVI, ni tendría oportunidad actualmente en Mogadiscio, Somalia. Para Singer, resulta absurdo que los derechos de una persona dependan de la casualidad del momento o el sitio donde nació.
- Singer llega incluso a señalar que el uso de las ecografías ha cambiado la opinión de muchas personas no porque el bebé haya cambiado, sino por una cuestión estética: ahora que podemos ver al niño en el útero, nos resulta más difícil aceptar su muerte.

Al estar de acuerdo con los grupos provida en que no hay una diferencia real entre un bebé antes de nacer y un bebé recién nacido, Singer plantea una pregunta incómoda para los grupos proelección: si aceptamos el aborto porque el feto no tiene valor en sí mismo, ¿por qué no habríamos de aceptar también el infanticidio?
La respuesta de Singer se basa en lo que él llama el rechazo al “especismo”. Para él, creer que los seres humanos tienen una dignidad especial simplemente por pertenecer a nuestra especie es un prejuicio similar al racismo. Singer sostiene que no existe tal cosa como el excepcionalismo humano, es decir, la idea de que los humanos somos únicos o superiores al resto de los animales por naturaleza. En su visión, los argumentos sobre la santidad de la vida son herencias religiosas que ya no tienen lugar en un mundo moderno. Esta es su lógica:
La creencia de que la mera pertenencia a nuestra especie, independientemente de otras características, hace una gran diferencia en la maldad de matar a un ser es un legado de doctrina religiosa que incluso aquellos que se oponen al aborto dudan en traer al debate.
A partir de aquí, Singer introduce una distinción fundamental entre ser un “ser humano” y “ser una persona”. Para él, ser humano es un dato biológico sin importancia, pero ser persona es una categoría psicológica que se gana a través de la consciencia. Basándose en filósofos antiguos, argumenta que una persona es un ser que tiene sentido de su propia existencia a lo largo del tiempo; alguien que es consciente de que tiene un pasado, un presente y un futuro, y que por lo tanto puede desear seguir viviendo. Bajo estos criterios, un feto o un bebé recién nacido no califican como personas porque no tienen capacidad de reflexión racional ni consciencia de sí mismos. Por esta razón, Singer propone: “Mi sugerencia, entonces, es que no otorguemos a la vida de un feto mayor valor que la vida de un animal no humano en un nivel similar de racionalidad, autoconsciencia, pensamiento, capacidad de sentir, etc.”.

Aquí es donde el triunfo de lo terapéutico se muestra en toda su crudeza. Si el bebé no es una persona con derechos propios, entonces su vida o su muerte dependen enteramente del bienestar psicológico de quienes sí son considerados personas. Para Singer, el aborto y el infanticidio no son necesariamente malos en sí mismos; su gravedad depende del impacto que tengan en la felicidad de los demás. En un pasaje revelador, él explica su postura sobre los niños que nacen con discapacidades graves:
La diferencia entre matar a los bebés discapacitados y a los normales no radica en ningún supuesto derecho a la vida que este último tenga y del que el primero carezca, sino en otras consideraciones sobre el asesinato. Lo más obvio es la diferencia que a menudo existe en las actitudes de los padres. El nacimiento de un niño suele ser un evento feliz para los padres. Hoy en día es común que el niño haya sido planeado. La madre lo ha llevado durante nueve meses. Desde el nacimiento, un afecto natural comienza a unir a los padres a él. Entonces, una razón importante por la que normalmente es algo terrible matar a un bebé es el efecto que el asesinato tendrá en sus padres. Es diferente cuando el bebé nace con una discapacidad grave. Las anomalías de nacimiento varían, por supuesto. Algunos son triviales y tienen poco efecto en el niño o sus padres, pero otros convierten el evento normalmente alegre del nacimiento en una amenaza para la felicidad de los padres y cualquier otro hijo que puedan tener.
Esta es la esencia de la ética terapéutica aplicada a la intelectualidad: la felicidad entendida como un sentimiento interno de bienestar es el criterio principal para decidir quién vive y quién muere. Singer no está preocupado por una ley moral universal o por la dignidad intrínseca del ser humano, sino por el impacto emocional en los sobrevivientes. En este sistema, un bebé perfectamente sano debe vivir no porque su vida sea sagrada, sino porque hay parejas que serían felices adoptándolo; de lo contrario, su muerte no sería un mal mayor que la de una persona con autoconsciencia.

Al final, el pensamiento de Singer demuestra que, cuando el yo psicológico se convierte en la única autoridad, incluso la vida de los más vulnerables queda reducida a una cuestión de utilidad y satisfacción emocional para los demás.
Lo terapéutico en la educación: el fin de la libertad de expresión
Finalmente, para comprender el alcance total de la cultura terapéutica, debemos observar lo que está ocurriendo en las universidades, que tradicionalmente han sido los laboratorios del pensamiento occidental.
Históricamente, la educación había tenido el propósito de ayudar al individuo a comprender el mundo y a integrarse en su comunidad mediante el estudio de valores y conocimientos heredados. Sin embargo, este objetivo se ha invertido. Hoy en día, la educación superior se enfoca en proteger la “autenticidad” del estudiante, evitando que cualquier influencia externa o idea incómoda contamine su esencia interior. Este cambio de enfoque ha transformado la libertad de expresión de un bien social en una amenaza. Si la prioridad absoluta es el bienestar interno, cualquier palabra o argumento que desafíe la identidad de una persona es interpretado como un acto de violencia. Así, en las aulas modernas, el libre intercambio de ideas ya no se ve como una herramienta para descubrir la verdad.
Un ejemplo claro de esto ocurrió en 2017 en una universidad de Estados Unidos llamada Middlebury College. Allí invitaron a dar una charla a Charles Murray, un investigador conocido por defender ideas muy polémicas sobre la inteligencia y las clases sociales, las cuales muchos consideran ofensivas. Lo que debió ser un debate académico terminó en una protesta violenta; los estudiantes no permitieron que Murray hablara y, en medio del caos, incluso agredieron físicamente a una profesora que lo acompañaba.

Lo más importante aquí no es solo la violencia, sino el porqué de la reacción. Para estos estudiantes, Murray no era simplemente alguien con quien estaban en desacuerdo. Bajo la lógica del “hombre psicológico”, permitir que alguien con ideas hirientes hable en un campus es lo mismo que permitir un ataque físico. Esta mentalidad ha llevado a la creación de “espacios seguros” en las universidades, donde la prioridad no es aprender, sino garantizar que ningún estudiante se sienta ofendido o cuestionado en lo que siente que es.
Este triunfo de lo terapéutico también se manifiesta en la forma en que se enseña el pasado. Universidades de gran prestigio, como Harvard, han empezado a reducir drásticamente el espacio que dedican a momentos fundamentales para la civilización, como el Renacimiento o la Reforma protestante, para enfocarse en temas muy recientes. Trueman señala una contradicción sorprendente en las prioridades: mientras que toda la historia de la Europa moderna temprana (desde el año 1450 hasta 1789) se despacha en un solo curso, un tema como “Feminismos y pornografía” recibe un semestre entero dedicado a estudiar solo dos décadas, de 1975 a 1995.

Para ser claros, esto no significa que temas como el feminismo o la pornografía sean objetos de estudio ilegítimos; de hecho, pueden ser herramientas útiles para entender ciertos cambios en la cultura. El problema real no es el tema en sí, sino las prioridades que estos cambios revelan. Cuando una institución decide dejar de lado la Reforma —un evento que transformó la política, la economía y la fe de todo el mundo— para centrarse casi exclusivamente en debates sociales de las últimas dos décadas, está realizando un acto político. El objetivo ya no es que el estudiante aprenda la historia de manera completa, sino reorganizar el pasado en función de las prioridades ideológicas del presente y minimizar lo que el pasado “más antiguo” tiene por enseñarnos.
Al borrar estos grandes pilares de la historia y tachar el pasado de Occidente como un simple intento de dominio de unos sobre otros, la educación está promoviendo una amnesia cultural. Para que el individuo moderno se sienta libre de ser lo que quiera, primero debe ser desconectado de sus raíces y de cualquier autoridad histórica que le exija esforzarse por entender algo diferente a sí mismo. El resultado es una educación que ya no busca transformar al alumno mediante el conocimiento, sino que se ha convertido en un servicio diseñado para que el estudiante siempre se sienta cómodo, validado y nunca desafiado en su bienestar emocional y en su intelectualidad.
Derrota cultural irremediable
Al cerrar este análisis, conviene distinguir entre cambios políticos y culturales. Aunque el fenómeno terapéutico suele asociarse con agendas progresistas, en realidad este no depende por completo de un partido o bloque ideológico. Entonces, alguien podría pensar que ciertos triunfos políticos recientes del conservadurismo y el respaldo que reciben, como el del presidente Javier Milei en Argentina o el de Donald Trump en Estados Unidos, indican un retroceso de la cultura terapéutica. Pero esa conclusión sería apresurada. El hecho de que movimientos como los Therians sigan siendo un fenómeno fuerte en países con gobiernos conservadores demuestra que las urnas no son un testimonio fiable de lo que sucede en el espectro cultural más amplio.
Como sostiene Stephen Prothero en su libro Why Liberals Win the Culture Wars, Even When They Lose Elections (Por qué los liberales ganan las guerras culturales, incluso cuando pierden las elecciones), existe una diferencia marcada entre ganar una elección y ganar la cultura. Incluso cuando las posturas conservadoras dominan los gobiernos, la guerra cultural parece haber sido ganada por quienes promueven lo terapéutico. El triunfo del hombre psicológico en el siglo XXI es la prueba de que el razonamiento de pensadores como Rousseau, Nietzsche, Marx y Freud ha ganado la batalla intelectual. En nuestra cultura occidental, aunque la política muestre dos caras, en el fondo solo domina una visión: la que pone el bienestar emocional y la autoexpresión del individuo por encima de cualquier otra cosa.

Ante esta derrota cultural irremediable, la Iglesia necesita recordar cuál es su verdadera guerra. La labor de la Iglesia no es simplemente criticar la aparición de grupos como los Therians o detener estratégicamente leyes sobre la identidad de género y el matrimonio homosexual. Tampoco es asegurar currículos de historia fieles o convencer a los intelectuales de que un niño vale más que un animal. Aunque todas esas causas son importantes, a la Iglesia le concierne un problema mucho mayor y más profundo: el corazón no arrepentido del hombre.
El engaño del pecado es la verdadera raíz que permitió a Rousseau concluir que el hombre nace bueno y es la sociedad la que lo corrompe, a Nietzsche afirmar que Dios ha muerto y a Freud proponer que el fin último del ser humano es la satisfacción de sus deseos sexuales. El problema de fondo de nuestra era no es solo político o educativo, sino la falta de Cristo. La responsabilidad de la Iglesia es entender el engaño de esta cultura terapéutica para mostrar que existe un objetivo superior a la supuesta felicidad basada en el “yo”. Existimos para la gloria de Dios y nuestra verdadera plenitud solo se encuentra en Él; al dejarlo fuera de la ecuación, la sociedad ha perdido su conexión con el sentido último de la existencia, cayendo en el pecado que requirió de la sangre de Jesús para ser pagado.

Como escribió el apóstol Pablo, la Iglesia es columna y sostén de la verdad. Esto significa que debe ser la guardiana del Evangelio y de todas sus implicaciones en la vida diaria. Si el sacrificio de Cristo nos hace nacer de nuevo, debemos vivir conforme al diseño original de Dios. Ese diseño es el que descarta el matrimonio entre personas del mismo sexo, el que promueve una educación basada en las verdades históricas y el que entiende que un niño es infinitamente valioso por llevar la imagen de Dios. Bajo este diseño, la ley se ve como un instrumento para castigar lo malo y no simplemente como un medio para cuidar que nadie se sienta ofendido.
Aunque la cultura actual esté totalmente dominada por lo terapéutico, la Iglesia está llamada a caminar en la dirección opuesta. Debe afirmar solemnemente que lo que Dios dice sobre la realidad es mucho más importante que cualquier cosa que el interior del individuo quiera expresar o satisfacer. Esa es la verdadera guerra de la Iglesia, y mientras existan cristianos dispuestos a vivir y enseñar estas verdades frente a un mundo que prefiere el olvido, la batalla no se habrá perdido.
Nota del editor: Este artículo fue redactado por David Riaño y las ideas le pertenecen. Para la elaboración del texto, ha utilizado herramientas de IA como apoyo para la investigación y la edición. El autor ha revisado cualquier participación de la IA en la construcción de su texto y es el responsable final del contenido y la veracidad de este.
Referencias y bibliografía
“El triunfo de lo terapéutico”. En El origen y el triunfo del yo moderno (2022) de Carl R. Trueman. Nashville: B&H Publicaciones, pp. 353-397.
Una mujer denunció que su hija fue atacada por un joven therian en Córdoba | Infobae
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