Durante siglos, los brotes de enfermedades contagiosas, y a menudo mortales, fueron una realidad sombría y recurrente que azotó sin piedad al continente europeo. Males como el tifus, la disentería y, por supuesto, la devastadora Peste Negra, se propagaban con rapidez en entornos con escasas condiciones higiénicas. Además, no era posible combatirlas eficazmente con el conocimiento médico del momento.
Estas epidemias diezmaron poblaciones enteras, pero también penetraron en los hogares de las figuras más influyentes de la época. El sufrimiento, tan propio de este mundo caído, visitó incluso las moradas de los gigantes de la Reforma protestante, como Martín Lutero y Juan Calvino, quienes no fueron inmunes al dolor de la pérdida personal. Mientras la enfermedad les recordaba constantemente la fragilidad de la existencia humana y la muerte acechaba en cada esquina, su fe fue pasada por fuego.
Hoy, las doctrinas de estos reformadores y su actitud ante la adversidad ofrecen un antídoto vital contra el “evangelio de la prosperidad”. Esta corriente contemporánea sostiene erróneamente que el creyente goza de inmunidad total ante la enfermedad y que posee el poder de erradicar cualquier aflicción mediante un decreto verbal. Tal enfoque choca frontalmente con el testimonio de Lutero y Calvino, quienes no buscaron soluciones mágicas ni evadieron el sufrimiento.

Lutero y el hospital en el Monasterio negro
A lo largo de la historia, las crónicas sobre epidemias han mostrado cómo el peligro de contagio desataba episodios de crueldad. En la ciudad alemana de Wittenberg, durante la peste de 1527, se produjo un auténtico “sálvese quien pueda”. Martín Lutero, el gran líder de la Reforma protestante, observó que sus conciudadanos huían en medio de la histeria, así que los enfermos no tenían quien les prestara cuidado. Pero no solamente fueron ellos: la mayoría de los líderes académicos y políticos, incluyendo al Elector Juan, abandonaron la ciudad para refugiarse en Jena. Según el reformador, el miedo era un mal aún más terrible que la propia enfermedad: perturbaba la mente de las personas y las empujaba a no preocuparse ni siquiera de sus familias.

Sin embargo, Lutero decidió que su responsabilidad pastoral pesaba más que su instinto de supervivencia. Junto a su esposa, Katharina von Bora, quien se encontraba en avanzado estado de embarazo de su hijo Hans, decidió quedarse y abrir las puertas de su hogar. El antiguo monasterio agustino en el que residían se convirtió en un hospital improvisado. Katharina demostró una fe tan robusta como la de su marido al asumir la logística del cuidado, gestionando la alimentación y las medicinas básicas para los contagiados que llenaban las habitaciones. En ese entorno de constante peligro, la muerte no era una posibilidad abstracta: el hijo del capellán de Lutero, Johannes Bugenhagen, murió en sus brazos, y la propia familia Lutero vio cómo la enfermedad acechaba a sus sirvientes y amigos más cercanos.

Su perspectiva teológica, tan marcada por el retorno a las verdades bíblicas, supuso una transformación en la manera de entender el mundo. Al poner de manifiesto que el ser humano es imagen de Dios y que el servicio al sufriente es un mandato directo de Cristo, la Reforma —de la que fue el principal promotor— incidió en todas las áreas de la actividad humana, incluida la medicina. Así, el cuidado compasivo y la observación científica se sentaron como bases de esa disciplina. No es coincidencia que, desde entonces, buena parte de los avances médicos modernos hayan florecido en contextos influenciados por la ética protestante del servicio al prójimo.

El adiós a Magdalena y la fragilidad de su salud
Ahora bien, por su naturaleza y carácter extrovertido, contamos con amplios registros de la vida de Martín Lutero y de las pruebas que tuvo que atravesar. Él y su esposa tuvieron tres hijos y tres hijas, pero dos de ellas fallecieron a corta edad por enfermedad. Magdalena, a quien llamaba cariñosamente “Lenchen”, fue una de ellas y su pérdida laceró profundamente su alma. A sus 13 años, la joven cayó gravemente enferma. Las crónicas relatan que se postró al borde de la cama de su hija, suplicando a Dios por su vida, pero también sometiéndose a Su voluntad.

Cuando Magdalena exhaló su último suspiro en los brazos de su padre, el dolor de Lutero fue inconsolable. Durante el funeral, mientras observaba el pequeño ataúd, dijo: “He enviado a una santa al cielo (...). Me regocijo en espíritu, pero según la carne, estoy muy triste. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil”. Así, su vasta teología se convirtió en un soporte y fuente de esperanza. Este es, en definitiva, un poderoso ejemplo de la realidad del sufrimiento en la vida del creyente.
Ahora bien, a la par de sus tragedias familiares, Lutero tuvo un amplio catálogo de padecimientos en su salud: sufrió de estreñimiento crónico severo, insomnio persistente y episodios agonizantes de piedras en el riñón y la vejiga. En su teología, estas dolencias no eran accidentes sin sentido; él veía su cuerpo debilitado como un recordatorio constante de su finitud y de que su ministerio dependía exclusivamente de la gracia divina, no de su propio vigor.
Lejos de adoptar una postura sombría, Lutero enfrentaba sus crisis de salud con un humor negro muy particular. En sus famosas Charlas de sobremesa, bromeaba sobre sus problemas digestivos y sus dolores, utilizándolos como herramientas para humillar su propio orgullo y para recordar que el hombre es, en última instancia, “polvo y ceniza” ante el Creador. Para el reformador, cada piedra en el riñón era una invitación a confiar menos en sí mismo y más en el Dios que sostiene a los débiles.

Muerte y dolor: reflexiones de Calvino sobre el sufrimiento
En contraste con la vida de Lutero, que llegó a nosotros como un libro abierto, los detalles personales de Juan Calvino parecen estar encubiertos. Su intensa labor pública y su escasa tendencia a referirse a lo que en términos contemporáneos llamaríamos “vida privada” ocultaron esta faceta. Aún así, contamos con fascinantes antecedentes sobre cómo su núcleo familiar se vio fuertemente sacudido por el sufrimiento.
Idelette de Bure, viuda de un anabaptista, se casó por segunda vez con Calvino, y llevó al matrimonio a su hijo (cuyo nombre se desconoce) y a su hija Judith. El teólogo francés se relacionó con esta última como un verdadero padre y consiguió que el hijo mayor de Idelette, que se encontraba en Alemania, llegara a Ginebra para vivir con ellos. La pareja tuvo solamente un hijo en común, pero lastimosamente falleció a los pocos días de nacido. Sobre esta situación, el reformador dijo: “El Señor me dio un hijo, pero pronto se lo llevó. Se reconoce esto entre mis desgracias, que no tenga hijos. Tengo miríadas de hijos a lo largo del mundo cristiano”.

Debido a los problemas de salud que le acarreó el alumbramiento y la muerte de su pequeño, Idelette quedó bastante afectada y no pudo volver a recuperarse por completo. Sufrió una serie de enfermedades y murió en 1549. Este hecho está documentado brevemente en la correspondencia que Calvino mantuvo con Pierre Viret y Jean Sturm ese mismo año. Luego del fallecimiento de su querida esposa, Calvino se volcó de lleno en su trabajo para olvidar el dolor. En Mujeres alrededor de Calvino: Idelette de Bure y Marie Dentière se citan sus palabras:
Perdí la mejor compañera de vida, una persona que de haber llegado a tal punto no sólo me habría acompañado gustosamente en el exilio y la pobreza, sino hasta la muerte. Mientras vivía fue una fiel ayudante en mi ministerio, jamás me importunó con sus problemas, nunca temió o se preocupó de sí misma.
Y en su Institución de la Religión Cristiana dejó registrada una reflexión sobre el sufrimiento:
El apóstol declara que Dios tiene destinado este fin a Sus hijos: que sean conformados con Cristo. De este hecho surge una singular consolación que consiste en que, soportando toda suerte de desdichas y desventuras a las que nosotros llamamos adversidad y mal, participamos en la cruz de Cristo (...). Cuanto más nos sentimos afligidos por la miseria, más es confirmada nuestra aproximación con Cristo.

Además del dolor por su situación familiar, el trabajo incansable de Calvino tuvo sus consecuencias: padeció migrañas, cólicos renales y gota en sus últimos años de vida. Además, tuvo trastornos digestivos y hemorroides que le causaban grandes molestias. Por recomendaciones médicas, trató de mantener a raya sus enfermedades mediante el reposo en cama, el ayuno y caminatas. Con ayuda de la equitación también logró lidiar en varias oportunidades con los atormentadores cálculos renales. Así se describió a sí mismo en la carta en la que escribió su última voluntad, con fecha del 25 de abril de 1564:
Juan Calvino, siervo de la Palabra de Dios en la iglesia de Ginebra, debilitado por las enfermedades (...) muchas gracias a Dios que no sólo ha mostrado misericordia para mí, su pobre criatura (...) y sufrió conmigo en todos los pecados y debilidades, pero lo que es más que eso, me ha hecho partícipe de Su gracia para servirle a través de mi trabajo…

Sin embargo, esas enfermedades, sufrimientos personales y de su entorno, le fueron útiles para tener conciencia de la fragilidad humana, como lo dejó registrado en su magna obra:
Innumerables son las miserias que por todas partes tienen cercada esta vida presente, y cada una de ellas nos amenaza con un género de muerte. Sin ir más lejos, siendo nuestro cuerpo un receptáculo de mil especies de enfermedades, e incluso llevando él mismo en sí las causas de las mismas, doquiera que vaya el hombre no podrá prescindir de su compañía, y llevará en cierta manera su vida mezclada con la muerte. Pues, ¿qué otra cosa podemos decir, si no podemos enfriarnos ni sudar sin peligro? (...)
Asimismo, a cualquier parte que nos volvamos, todo cuanto nos rodea, no solamente es sospechoso, sino que casi abiertamente nos está amenazando y no parece sino que está intentando darnos muerte. Entremos en un barco; entre nosotros y la muerte no hay, por decirlo así, más que un paso. Subamos a un caballo; basta que tropiece, para poner en peligro nuestra vida. Si vamos por la calle, cuantas son las tejas de los tejados, otros tantos son los peligros que nos amenazan. Si tenemos en la mano una espada o la tiene otro que está a nuestro lado, basta cualquier descuido para herirnos. Todas las fieras que vemos, están armadas contra nosotros. Y si nos encerramos en un jardín bien cercado donde no hay más que hermosura y placer, es posible que allí haya escondida una serpiente.
Las casas en que habitamos, por estar expuestas a quemarse, durante el día nos amenazan con la pobreza, y por la noche con caer sobre nosotros. Nuestras posesiones, sometidas al granizo, las heladas, la sequía y las tormentas de toda clase, nos anuncian esterilidad y, por consiguiente, hambre. Y omito los venenos, las asechanzas, los latrocinios y las violencias, de las cuales algunas, aún estando en casa, andan tras nosotros, y otras nos siguen a dondequiera que vamos. Entre tales angustias, ¿no ha de sentirse el hombre miserable?; pues aun en vida, apenas vive, porque anda como si Ilevase de continuo un cuchillo a la garganta.

Teología para el sufrimiento
En definitiva, el cristianismo histórico y las figuras de la Reforma como Lutero y Calvino nunca buscaron evadir la realidad ineludible del dolor y la adversidad, sino integrarla en una teología de la cruz. La búsqueda de soluciones instantáneas y la aversión al sufrimiento no son solo tendencias sociales del mundo de hoy, sino que también se han infiltrado en la fe. Hoy, una versión diluida y superficial del Evangelio se alinea más con los deseos de la sociedad moderna de gratificación inmediata y bienestar constante que con la enseñanza bíblica de que “es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (Hch 14:22).
En conclusión, la evasión ignora la profunda verdad de que el sufrimiento, aunque doloroso, puede ser un crisol para la fe y un medio para identificarse con Cristo y Su sacrificio. Podemos encontrar sentido en el sufrimiento de estos teólogos y en las reflexiones esperanzadoras que hicieron a partir de sus propias experiencias, como esta que compartió Calvino, con la cual cerramos:
Por el contrario, tan pronto como la luz de la providencia de Dios se refleja en el alma fiel, no solamente se ve ésta libre y exenta de aquel temor que antes la atormentaba, sino incluso de todo cuidado (…). Nuestro consuelo, pues, es comprender que el Padre celestial tiene todas las cosas sometidas a Su poder de tal manera que las dirige como quiere y que las gobierna con Su sabiduría de tal forma, que nada de cuanto existe sucede sino como Él lo ordena. E igualmente, comprender que Dios nos ha acogido bajo Su amparo, que nos ha encomendado a los ángeles, para que cuiden de nosotros; y, por ello, que ni el agua, ni el fuego, ni la espada nos podrán dañar más que lo que el Señor, que gobierna todas las cosas, tuviere a bien.
Referencias y bibliografía
Whether One May Flee From A Deadly Plague | Reporter
El Evangelio de la prosperidad y su reto para las misiones hoy | Lausanne Movement
Faith in Times of Plague - Luther
Luther’s Thoughts as His Daughter Magdalene Was Dying | The Three R's Blog
El coronavirus, la peste bubónica y el reformador Martín Lutero | BITE
Idelette de Calvino de William Chapman (1884) | Contra Mundum
Vista de Lutero y la peste en Wittenberg | Universidad Tecnológica de Pereira
9 Things You Should Know About the Prosperity Gospel | The Gospel Coalition
“Mujeres alrededor de Calvino: Idelette de Bure y Marie Dentière” de Irena Backus | En Juan Calvino: su vida y obra a 500 años de su nacimiento de K. Cervantes-Ortiz, pp. 2, 8 y 9.
Institución de la Religión Cristiana de Juan Calvino. Tomo III, VIII, 1.
Calvino como persona de Achim Detmers
“Última voluntad” (25 de abril de 1564) en Cartas de Juan Calvino, p. 29.
Institución de la Religión Cristiana (2006) de Juan Calvino. Barcelona: FELIRe, libro I, cap. XVII, p. 145.
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