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Nota del editor: Este artículo fue publicado originalmente el 22 de julio de 2021. Hoy lo compartimos nuevamente con nuestros lectores en una versión revisada, actualizada y ampliada. Esta republicación profundiza en el trasfondo histórico, filosófico y arqueológico de la antigua ciudad, ofreciendo un análisis más riguroso y una bibliografía expandida para comprender mejor el entorno cultural que moldeó el pensamiento del apóstol Pablo.
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“Pablo de Tarso” es una expresión muy familiar para la mayoría de cristianos. Sin embargo, en muy pocas ocasiones, escuchamos hablar de “Tarso, la ciudad de Pablo”. Esto es comprensible, pues el impacto que por siglos ha ejercido la figura del apóstol de los gentiles ha eclipsado a la fascinante historia de su ciudad natal. En la actualidad, este lugar aún existe, y también es conocido porque allí se enterraron el corazón y las entrañas de Federico I Barbarroja.
En esta urbe antigua, convergieron el comercio, la filosofía y el poder de los grandes imperios. A continuación, ofreceremos una perspectiva histórica de la ciudad que, en su momento, vio nacer y crecer a Pablo, el hombre que fue usado por Dios para llevar el Evangelio a las naciones gentiles de la tierra.
Tarso: una ciudad no sin importancia
Ante una enardecida multitud que lo señalaba, Pablo asumió su defensa frente a diversas acusaciones que le hacían, entre ellas, la de haber profanado el templo judío. Al dirigirse al comandante del cuartel al que los soldados estaban por meterlo preso, dijo: “Yo soy judío de Tarso de Cilicia, ciudadano de una ciudad no sin importancia…” (Hch 21:39). Posteriormente, al dirigirse a la multitud que quería asesinarlo en Jerusalén, volvió a referirse a su filiación nacional y formación religiosa al declarar: “Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero criado en esta ciudad, educado bajo Gamaliel en estricta conformidad a la ley de nuestros padres, siendo tan celoso de Dios, conforme todos ustedes lo son hoy” (Hch 22:3).
De esta manera, es posible establecer que sus primeros años transcurrieron en la ciudad griega de Tarso de Cilicia. Su ascendencia hebrea, sumada al entorno cultural de su nacimiento, explica su dominio tanto del hebreo como del griego; por ello, el filólogo e investigador especializado en literatura cristiana antigua Gonzalo del Cerro describe a Pablo como un “hombre de dos mundos”. Aunque en nuestros días no es común que al presentarnos incluyamos el lugar de origen, en la antigüedad este dato era un antecedente crucial que entregaba gran cantidad de información a los oyentes.

Bajo esta premisa, el caso de Saulo de Tarso cobra relevancia, pues nació en una metrópolis cosmopolita “no sin importancia” que destacaba como un vibrante centro de escuelas filosóficas. Incluso, los registros bíblicos sugieren que, tras su conversión, Pablo regresó a su tierra natal, donde probablemente realizó obra misionera (Hch 9:11, 30; 11:25; Gál 1:21).
En cuanto a su oficio, en Hechos 18:3 se menciona que el apóstol era un skenopoios, expresión traducida habitualmente como “fabricante de tiendas”. El historiador César Vidal asocia esta labor con la elaboración del cilicio, un tejido de pelo de cabra extremadamente resistente a la humedad y al frío cuyo nombre se vincula directamente con su región de origen, Cilicia. No obstante, el profesor Ronald F. Hock, experto en el contexto social de Pablo, plantea un matiz interesante: si las tiendas se fabricaban con pieles de animales, la ocupación debería interpretarse como “artesano del cuero”. Sin embargo, dado que el curtido se consideraba un oficio impuro entre los judíos, la cuestión sigue siendo objeto de debate académico.
Pero, además de los relatos bíblicos, ¿qué se sabe históricamente de esta metrópolis?

Cimientos milenarios
Los orígenes de esta urbe son milenarios, su historia se remonta, al menos, a unos 4500 años, pues habría sido fundada por los fenicios y situada en ambas márgenes del río Cidno, a 19 km del mar. No obstante, la mística también rodea su fundación: el geógrafo Estrabón y el historiador Flavio Arriano recogen una inscripción asiria que atribuye la construcción de Tarso al rey Asurbanipal en un solo día. Al mismo tiempo, Estrabón menciona una leyenda, en la cual unos argivos en busca de oro habrían fundado el asentamiento, mientras que otra tradición, mencionada en un poema de Antípatro de Tesalónica, señala al mítico Perseo como su creador.
Su denominación original en lengua hitita fue Tarsa, un nombre que, según se cree, deriva de Tarku, una deidad pagana de la región. De hecho, el perfil espiritual de la ciudad estaba marcado por el culto a Baal-Tarz (“señor de Tarso”), identificado más tarde con el Zeus griego, y por el dios joven Sandón, a quien los antiguos vinculaban con la figura de Hércules. Con el paso de los siglos, la metrópolis recibió múltiples nombres según el imperio de turno, siendo llamada Tarsisi, Antioquía del Cidno, Juliópolis y Tarson.
Más allá de los mitos, el prestigio de la ciudad se debía a su ubicación privilegiada sobre una ruta comercial clave que unía a Siria con el occidente de Asia Menor. Esta prosperidad económica fomentó un clima cultural excepcional. El escritor griego Ateneo de Náucratis, en sus crónicas sobre la vida antigua, destaca el refinamiento de la ciudad, la cual llegó a competir con centros del saber como Atenas y Alejandría. Otro registro histórico, uno de los más antiguos, es la mención que aparece en Obelisco Negro de Salmanasar III, un monumento que testimonia la relevancia estratégica de Tarso ya en el siglo IX a.C.

Lamentablemente, hoy es complejo reconstruir la fisonomía exacta de la Tarso antigua, ya que la ciudad moderna —y especialmente su plaza central, Cumhuriyet Alanı— se asienta directamente sobre los restos del pasado. A pesar de esta limitación, las excavaciones han logrado rescatar una majestuosa calle pavimentada con una columnata que data de la época romana, junto con baños, un pórtico helénico, un teatro, e imponentes figuras de deidades, animales y criaturas mitológicas. Estos hallazgos, sumados a vestigios que se remontan hasta la Edad de Bronce, confirman la larguísima historia de Tarso y demuestran por qué en los tiempos del apóstol Pablo era una metrópolis vibrante y cosmopolita.
Centro de negocios y esplendor político y académico
Como capital de la provincia romana de Cilicia, se consolidó como un neurálgico centro de negocios. A su ya conocida industria del cilicio, las fuentes académicas e históricas añaden que la región era un punto clave para el cultivo y la manufactura del lino. Este auge comercial era posible gracias a su excelente puerto y a una ruta terrestre estratégica que conectaba Asiria y Babilonia con el resto de Asia Menor, atravesando las famosas “Puertas de Cilicia”, una estrecha garganta en los montes Tauro situada a unos 50 kilómetros al norte de la urbe.
La relevancia de Tarso la llevó a ser, en el siglo VII a.C., la capital de un reino independiente antes de convertirse en una satrapía del Imperio persa. Durante este periodo, figuras como Ciro el Joven acamparon en sus tierras en su camino hacia el trono de Persia. Posteriormente, tras la llegada de Alejandro Magno —quien sufrió una grave enfermedad tras bañarse en el río Cidno en la ciudad— y la posterior división de su imperio, la metrópolis pasó a manos de los seléucidas. Durante ese periodo, Tarso perdió parte de su carácter oriental debido al asentamiento de población griega. Bajo el reinado de Antíoco IV Epífanes, la ciudad fue embellecida notablemente y adoptó temporalmente el nombre de Antioquía sobre el Cidno.

La era romana comenzó en el 64 a.C., cuando Pompeyo la anexó a Roma. Desde ese momento, la ciudad fue testigo de encuentros que cambiaron la historia:
- Cicerón, el famoso orador, sirvió como gobernador de la ciudad entre los años 51 y 50 a.C.
- Julio César la visitó en el 47 a.C., recibiendo tal acogida que los habitantes la renombraron Juliópolis en su honor.
- Marco Antonio y Cleopatra VII protagonizaron allí su célebre encuentro en el 41 a.C. para sellar su alianza política. Como vestigio de aquel suceso, aún se conserva la denominada “Puerta de Cleopatra”, por donde, según la tradición, la reina entró a la ciudad.
- Augusto la elevó a la categoría de metrópolis, lo que fomentó un ferviente culto al emperador en la región.
Precisamente en los tiempos del político estoico Atenodoro Cananita, consejero de Augusto, se fijó la cantidad de 500 dracmas como condición económica para acceder a la ciudadanía, aunque se mantuvo un firme énfasis en potenciar la cultura local. Su sucesor, el académico Néstor, prosiguió con esta misma visión; algo que no resulta extraño en una persona que ha pasado a la historia por haber sido el tutor de Marcelo, el sobrino de Octavio. Con todo, da la sensación de que tanto Atenodoro como Néstor casi se limitaron a seguir y enfatizar lo que ya era una característica muy extendida entre los habitantes de la urbe.

A la par de su poder político, Tarso brilló como un centro de estudios de tal magnitud que, según el geógrafo griego Estrabón, superaba en categoría a Atenas y Alejandría. Esta reputación como “cuna de filósofos” atrajo a figuras como el propio Atenodoro, quien regresó a la ciudad en el 15 a.C. para reformar sus instituciones cívicas. La ciudad no solo vio nacer a grandes hombres, sino que muchos filósofos, tanto estoicos como epicúreos, se establecieron en Tarso para impartir sus enseñanzas. Entre esta élite intelectual figuraron Néstor el platónico, el médico Dioscórides y pensadores como Antípatro, Arquidemos, Plutíades, Diógenes, Artemidoro y Diodoro. Incluso figuras de la tragedia griega, como Andrómaca, han sido vinculadas por la tradición con esta próspera región de Cilicia.
Estrabón, escribiendo durante los primeros años del siglo I d.C., señaló que la gente de Tarso tenía un extraordinario interés —verdadera avidez— por la cultura: “se han dedicado con tanto entusiasmo, no solo a la filosofía, sino también a toda la ronda de la educación en general, que han superado a Atenas, Alejandría, o cualquier otro lugar que pueda ser nombrado donde haya habido escuelas y conferencias de filósofos”. En cierta medida, Tarso se parecía a lo que hoy sería una ciudad universitaria, como Bolonia, Salamanca, Oxford, Boston, Montreal o Melbourne, contando con numerosos centros de enseñanza a los que asistían, principalmente, los estudiantes de la localidad más que los extranjeros:
Pero es tan diferente de otras ciudades que allí los hombres que gustan del aprendizaje son todos nativos y los extranjeros no están dispuestos a peregrinar allá (…). Además, la ciudad de Tarso tiene todo tipo de escuelas de retórica; y, en general, no solo tiene una población floreciente, sino que también es más potente, manteniendo así la reputación de la ciudad madre.

Tarso en la actualidad: entre ruinas y modernidad
Hoy, la Tarso moderna se asienta varios metros por encima de la antigua ciudad, ya que fue edificada directamente sobre sus ruinas. Es una de las demarcaciones regionales más importantes de Turquía. Forma parte del área metropolitana de Adana-Mersin que, de siete, es la cuarta más poblada del país. Es importante notar que, si bien en la antigüedad Tarso era un destacado puerto marítimo, el sedimento y los cambios geológicos han provocado que, hoy en día, la costa mediterránea se encuentre a 10 kilómetros de distancia de la urbe.
En la actualidad, existe un lugar de peregrinación conocido como fuente de San Pablo. Se encuentra en el patio de una antigua casa donde, según la creencia popular, vivió el apóstol. También se dice que los enfermos que bebían su agua quedaban sanos. Pero más allá de estas hipótesis, la historia de Tarso confirma lo que él mismo dijo en su defensa: que su ciudad no carecía de importancia. Esto hace aun más fascinante la afirmación que les hizo a los habitantes de Filipo, pues aunque no incluyó su ciudad de cuna, se atrevió a afirmar:
…todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por Él lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo (Fil 3:7-8).
Referencias y bibliografía
Fitzmyer, Joseph A. (1972). «Vida de San Pablo – Las epístolas del Nuevo Testamento». En Brown, Raymond E.; Fitzmyer, Joseph A.; Murphy, Roland E., eds. Comentario Bíblico «San Jerónimo» III. Madrid (España), Ediciones Cristiandad
José Mª Melero Martínez, “Jesús de Nazaret y Pablo de Tarso”; Escuela Universitaria de Magisterio Albacete.
Vidal, “Pablo, el judío de Tarso”, Algaba Ediciones S.L., Madrid, España, 2006
Dión Crisóstomo, Oración, 34, 23
Estrabón, “Geografía” | Anarkasis
Pablo, apóstol de los gentiles | Tendencias 21
Tarso, la ciudad de Pablo | Hoy
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