Todos los padres cristianos queremos que nuestros hijos crezcan y desarrollen su propia fe en Cristo con madurez y solidez. Por eso, una de nuestras prioridades es transmitirles el Evangelio de forma correcta. Pero ¿qué factores están asociados al hecho de que, al crecer, ellos tengan una fe sólida y no la abandonen cuando lleguen a ser independientes?
Con esta pregunta en mente, LifeWay Research encuestó en 2017 a 2000 padres creyentes estadounidenses, principalmente protestantes, que asistían a la iglesia al menos una vez al mes y tenían hijos adultos entre los 18 y los 30 años de edad. El objetivo de la investigación era identificar qué prácticas de crianza se asocian con una buena salud espiritual a largo plazo. En este artículo expondremos las diez más importantes, así como algunos predictores negativos del abandono de la fe en la adultez.
Sin embargo, antes de entrar en detalle en este tema, vale la pena poner una advertencia sobre la mesa: este tipo de hallazgos no funcionan como una “fórmula” que garantiza resultados automáticos. De hecho, una investigación internacional reciente titulada Childhood Predictors of Adults’ Belief in God, Gods, and Spiritual Forces Across 22 Countries (Predictores infantiles de la creencia de los adultos en Dios, los dioses y las fuerzas espirituales en 22 países), que encuestó a más de 200.000 personas, muestra que los “predictores” de la fe no se comportan igual en todos los contextos. Aun así, este tipo de estudios pueden ayudarnos a poner la mirada en verdades que ya han sido iluminadas en la Palabra de Dios y hacernos más conscientes de lo que necesitamos hacer como padres.

Padres creen equivocadamente que sus hijos son cristianos
Para que el estudio fuera más efectivo, LifeWay Research adoptó un doble enfoque. La primera estrategia de los investigadores fue encuestar a los padres sobre 40 factores que podrían afectar el desarrollo moral y espiritual de un hijo. Por ejemplo, se tuvieron en cuenta los siguientes temas: si los padres se habían divorciado durante la niñez de estos, si toda la familia comía y oraba junta, a qué tipo de escuela o colegio los enviaban, con qué frecuencia asistían posteriormente al grupo de jóvenes o adolescentes de la iglesia, e incluso qué tipo de música escuchaban.
La segunda estrategia fue pedirles a los padres que describieran la salud espiritual de sus hijos adultos con ocho factores observables. Debían darle un punto a cada hijo(a) si él o ella:
- Se identificaba como cristiano

- Compartía su fe con los incrédulos
- Estaba involucrado en su congregación
- Leía la Biblia regularmente
- Servía en una iglesia
- Enseñaba a otros en su comunidad de fe
- Servía a sus vecinos
- Apoyaba las misiones locales o extranjeras
Ahora bien, sucedió algo interesante. Los padres dieron observaciones sobre 3472 hijos adultos e identificaron al 85% de ellos como cristianos (2953 aproximadamente). Sin embargo, el estudio logró identificar que, en realidad, solo 104 (el 3%) llevaban a cabo prácticas que claramente los definían como creyentes; el 47% desarrollaba solo algunas de las acciones mencionadas y el 39% ninguna. Al grupo del 11% restante se les identificó como no creyentes.

Predictores negativos y positivos
El estudio de LifeWay identificó los predictores más fuertes de “salud espiritual” en adultos jóvenes. Algunos de estos aparecen asociados con puntajes más altos (predictores positivos) y otros con puntajes más bajos (predictores negativos). El estudio muestra las diferencias promedio en el puntaje de “salud espiritual” (0 a 8) que los padres reportaron sobre sus hijos adultos.
Del cuarto al primero, estos son los factores que se asocian con un puntaje más bajo de salud espiritual en la adultez temprana. Sus efectos aparecen como moderados, en un rango aproximado de 2-5%:
4. La disminución de la frecuencia con que la familia asistía a la iglesia durante la infancia.
3. Escuchar principalmente música secular o popular.
2. El niño fue rebelde al crecer.
1. El hijo no quiso ir a la iglesia en la adolescencia.

También ubicados de menor a mayor impacto, los siguientes son los diez principales predictores positivos de la salud espiritual en la edad adulta temprana. Empezaremos por los más pequeños, pero consistentes, con un rango aproximado de aumento entre el 2 y el 4%:
10. Tener más hermanos se asocia con una leve mejora: por cada hermano adicional, el puntaje de salud espiritual aumenta.
9. Otro predictor es el discipulado cotidiano, es decir, que los padres señalaran principios bíblicos en la vida diaria.
8. Además, un rasgo de humildad y reparación en el hogar hace la diferencia: que los padres pidieran perdón al equivocarse se asocia con un aumento promedio de 3% aproximadamente.
7. También está el efecto de la presencia de varios adultos en la iglesia que invirtieron intencionalmente en el niño (mentores, líderes, cuidadores).

A continuación están los más fuertes:
6. El estudio destaca la incidencia de las personas cercanas: tener un mejor amigo que sea una influencia para seguir a Cristo se asocia con un puntaje aprox. 5% más alto.
5. Por participar en proyectos o viajes misioneros, se observó un incremento promedio del 6%.
4. Luego aparece un factor que normalmente podría pasar desapercibido por los padres: escuchar principalmente música cristiana (puntaje cercano a 7-8% más alto). Sobre este tema, Trevin Wax, vicepresidente de investigación y desarrollo de recursos en la North American Mission Board y editor fundador de The Gospel Project, escribió en Coalición por el Evangelio:
Lo que puede sorprender es cuán alto en la lista estuvo este factor: escuchar principalmente música cristiana. (...) no debemos descartar la verdad detrás de la antigua observación de Agustín, que cantamos la verdad en nuestros corazones. Cuando cantamos juntos como congregación, y cuando alabamos a Dios por nuestra cuenta, o cantamos canciones que fortalecen nuestra fe, reforzamos la belleza de nuestra fe.

3. Servir regularmente en la iglesia durante la infancia (7-8% más alto). Con respecto a esto, Wax anotó:
(...) el factor relacionado con la iglesia es sobre el servicio, no solo la asistencia. No era solo que los padres llevaban a sus hijos a la iglesia (donde el “clero profesional” podía alimentarlos espiritualmente), sino que los niños eran incluidos e integrados a la iglesia a través del servicio. El hábito de servir a otros en la iglesia y la comunidad probablemente formaron a estos jóvenes adultos de una manera que les impidió identificarse meramente como “consumidores” de la iglesia, sino más bien como contribuyentes a la edificación del pueblo de Dios.
2. Haber tenido un hábito regular de oración mientras crecían (7-8% más alto). En definitiva, este factor es determinante a la hora de discipular a nuestros hijos, pues les permite desarrollar una relación personal con Dios, lo cual es de vital importancia.
1. Leer la Biblia regularmente en la niñez aparece como el más potente: quienes crecieron con ese hábito obtuvieron, en promedio, un puntaje cercano al 10% más alto de salud espiritual en la adultez temprana.

¿Cuál es el panorama hoy?
Vale la pena ver el “termómetro” más reciente de los hogares estadounidenses. ¿Cómo están estos aspectos en el sentido práctico? En una encuesta nacional que Pew Research Center publicó en mayo de 2025, solo el 43% (menos de la mitad) de los 2298 padres dijo que sus hijos menores de 18 años asisten a servicios religiosos al menos una vez al mes. Esta cifra es alarmante, especialmente al tener en cuenta que los padres de hijos que hoy son adultos (4140 en total) reportan una asistencia mensual en la niñez mucho más alta (63%).
Además, esta cifra tenderá a disminuir en la adultez, porque si bien la mayoría de los padres con hijos menores todavía perciben continuidad religiosa (81% dice que sus hijos tienen la misma religión que ellos), cuando se pregunta a padres de hijos ya adultos, esa cifra baja al 64%. En otras palabras, en muchos casos, la “coincidencia religiosa” es alta mientras los hijos están bajo el techo, pero se erosiona con fuerza en la transición a la adultez.

Aun así, en muchas familias, la fe todavía se enseña como hábito: 46% de los padres dice que sus hijos oran regularmente en la noche, 43% dice que oran antes de comer y que sus hijos leen historias religiosas regularmente. Y, en conjunto, 63% afirma que sus hijos practican al menos una de esas tres actividades religiosas con regularidad u otras dos más: escuchar música (37%) y hacer manualidades que tienen que ver con la religión. Pero hay un matiz clave: solo el 27% de los padres dice que sus hijos hacen “cuatro o más” de esas actividades con regularidad. De hecho, apenas el 22% describió su hogar como “muy” o “extremadamente” religioso (otro 34% lo describió como “algo” religioso).
Esto ayuda a aterrizar una realidad: muchas familias tienen alguna práctica, pero menos familias tienen un patrón robusto y sostenido de hábitos. Y, precisamente, LifeWay midió algo parecido: no meras etiquetas, sino señales visibles y consistentes de vida cristiana.

Una reflexión respecto a los resultados
Llama la atención que, según LifeWay, los tres últimos factores que se asocian con el mantener la fe en la adultez tienen que ver con las acciones básicas de comunión y crecimiento espiritual: leer la Palabra de Dios, orar y congregarse. La influencia y las prácticas disciplinadas de los padres en la crianza son, sin ninguna duda, profundamente importantes para que un niño proveniente de una familia cristiana mantenga su fe en el futuro. No en vano la misma Escritura dice “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Pro 22:6, RVR1960).
“La conclusión clave del estudio es un descubrimiento simple pero profundo de que la Palabra de Dios es lo que realmente cambia la vida”, dijo Jana Magruder, directora de LifeWay Kids. No debería sorprendernos, entonces, que leerla sea el factor que más influya en el fortalecimiento de la fe de un niño. También leemos en Deuteronomio 6:6-7 (RVR1960): “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes”. Y Pablo aconseja a su amado discípulo en 2 Timoteo 3:15 (RVR1960): “...desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús”.

Aquí es donde conviene conectar los puntos. En el estudio que se hizo a nivel global y se publicó en 2025, los autores afirmaron que “cuando se agruparon los datos por países, solo unos pocos predictores fueron significativos (…) y ninguno tuvo una asociación consistente en todos los países”. Aun así, lograron distinguir que “el predictor más fuerte de la creencia en Dios (...) parece ser la frecuencia de asistencia a servicios religiosos durante la juventud”. Es decir, un factor repetitivo en muchos lugares fue que la fe no suele crecer en el vacío, sino en un ecosistema de prácticas, comunidad y hábitos visibles.
Sin embargo, “la heterogeneidad de los resultados pone de relieve la importancia de considerar cualquier predictor infantil dentro de su contexto social y cultural”. Sociológica y antropológicamente hablando, sí hay patrones o hábitos que se asocian con que los niños no abandonen su fe en la edad adulta, pero también la cultura, la historia familiar y las presiones sociales inciden en este proceso. Esto no contradice el estudio de LifeWay —y mucho menos a la Biblia—, sino que lo enmarca: lo que un niño respira en medio de la vida congregacional importa. Por eso, más que copiar una receta, lo sabio es preguntarnos: ¿qué “andamiaje” espiritual estamos construyendo en casa y en iglesia para que la fe del niño no dependa solo de la emoción del momento, sino de raíces, comunidad y Palabra?

Cuando Sarah Osborn vio morir a su único hijo, Samuel Jr., a los 18 años, dejó por escrito algo que cuesta decir en voz alta: no veía evidencias claras de conversión. Y, aun así, no convirtió ese dolor en un pleito contra Dios. Lloró “con lágrimas verdaderas” y se sometió a la soberanía divina en la salvación: Dios es justo incluso cuando Su providencia hiere lo más sensible. Ese ejemplo no nos empuja a la pasividad, sino a la responsabilidad.
La misma Biblia que nos enseña que la salvación es del Señor también nos advierte, con el caso de Elí, que un padre puede pecar gravemente al tolerar, suavizar o dejar correr el mal sin instrucción ni corrección reales. Por eso, sin prometer resultados automáticos, nuestro deber es claro: formar, exhortar, disciplinar y enseñar la Palabra con perseverancia, confiando en Dios, pero sin renunciar al llamado concreto de criar con temor del Señor.
¿Qué otros factores crees que influyen en el crecimiento espiritual de tus hijos o de los niños de entornos cristianos que se encuentran a tu alrededor? Si eres padre o madre, ¿estás cultivando en tus hijos el hábito de la oración, la lectura de la Palabra de Dios, y el congregarse en familia? ¿Eres miembro de la iglesia, sirves y promueves el servicio en tu hogar?
Referencias y bibliografía
Young Bible Readers More Likely to be Faithful Adults, Study Finds | Lifeway Research
How are US parents raising their children, religiously? | Pew Research Center
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