Por qué las MUJERES fueron clave en la extensión del cristianismo en el IMPERIO ROMANO

Mucho se ha hablado de las razones por las que el cristianismo se expandió y llegó hasta las más altas esferas de la sociedad del Imperio romano, pero poco se ha hablado del papel de las mujeres en este crecimiento.

Imagen: BITE

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¿Cómo una pequeña minoría religiosa de uno de los extremos del oriente del Imperio romano terminó convirtiéndose en la fuerza más influyente de todo el Imperio? Algunos dicen que el cristianismo se impuso por la fuerza, pero las evidencias históricas sugieren una cosa muy distinta.

Una sociedad machista

Hoy el derecho romano goza de un prestigio muy importante, pero tenía algunos matices que nos pueden resultar muy desagradables. El derecho romano había sido desarrollado para privilegiar a los varones y a los hombres libres, dándole una pobre atención a los no-romanos, a los esclavos y a las mujeres, a quienes consideraba ciudadanos de segunda categoría. 

Además, el culto a la violencia y a la guerra creaba en el imaginario de la sociedad romana un cierto desprecio por la debilidad. Quienes probablemente más sufrían eran las mujeres. Desde el mismo nacimiento, las bebés generalmente eran asesinadas. El infanticidio no solo era muy común en el mundo grecorromano; también era tolerado y legitimado.

Séneca (4-65), el famoso filósofo y orador, contemplaba el hecho de ahogar a los niños en el momento del nacimiento como algo razonable. Tácito (55-120) censuró como una práctica “siniestra y perturbadora” el que los judíos condenaran como “pecado el matar a un hijo no deseado”. Estos casos definitivamente no podrían considerarse como excepciones. Platón (427 a.C – 347 a.C) escribió en su República y Aristóteles (384 a.C – 322 a.C) en su Política recomendado el infanticidio como una de las medidas institucionales que debía seguir el Estado. 

Séneca
Séneca

El infanticidio, es decir, matar a un niño recién nacido, afectaba principalmente a bebés de sexo femenino o a bebés con enfermedades o trastornos físicos. Hilarión escribe a su esposa al respecto:

Sabes que estoy aún en Alejandría y no te preocupes si todos regresan y yo me quedo en Alejandría. Te ruego que cuides de nuestro hijito y tan pronto como me paguen te haré llegar el dinero. Si das a luz, conservarlo si es varón, y si es hembra, deséchala. Me has escrito que no te olvide. ¿Cómo iba a olvidarte? Te suplico que no te preocupes.

Nacer mujer dentro del Imperio romano representaba una gran desventaja. Pero el caso de Hilarión no era un caso aislado. La “ley de las Doce Tablas”, llamada también “ley de igualdad romana”, era un texto legal que contenía normas para regular la convivencia del pueblo romano. Esta permitía al padre abandonar a cualquier recién nacido, especialmente si se trataba de una criatura de sexo femenino, un bebé débil o con malformaciones.

Otra evidencia muy reveladora son las excavaciones en ciudades romanas del mediterráneo. En ellas se han descubierto una gran cantidad de restos óseos de bebés, la gran mayoría de ellos de neonatos del sexo femenino. Fruto de esto es la evidencia de que, para la época, los hombres superaban a las mujeres demográficamente en una proporción de 131 a 100 en la ciudad de Roma y de 140 a 100 en Italia, Asia Menor y África.

Mosaico de Centocelle que representa una escena de amor en la Roma del siglo I.
Mosaico de Centocelle que representa una escena de amor en la Roma del siglo I.

La vida de la mujer romana

Otra costumbre muy extendida en gran parte de la sociedad romana, fruto de lo anterior, era el hecho de que las familias generalmente solo tenían a una hija mujer. Las demás, eran asesinadas al nacer. Si una mujer lograba sobrevivir a un infanticidio, generalmente no le esperaba una buena vida, o al menos una vida de igualdad con el hombre. Las mujeres eran obligadas a casarse aun siendo niñas, en muchos casos sin siquiera alcanzar la pubertad. 

Pero esta triste circunstancia no excluía a las mujeres pertenecientes a las clases altas. Así, Octavia (64 a.C – 11 a.C) se casó a los once años; Agripina (15-59), a los doce; Tácito (55-120) contrajo matrimonio con una joven de trece años, o Quintiliano (35-100) tuvo su primer hijo de una esposa de esa misma edad. Plutarco (45-127) menciona que los romanos entregaban a sus hijas para que contrajeran matrimonio cuando “tenían doce años o incluso menos”, y encontramos informes similares en otros historiadores, como Dión Casio (155-235). 

Tiberio y Agripina
Tiberio y Agripina

Es cierto que el derecho romano consideraba que la edad apropiada para que la mujer se casase los doce años, pero ni siquiera esa barrera era respetada siempre. De hecho, una niña podía ser obligada a casarse antes, aunque solo se la considerara esposa legal cuando alcanzaba los doce años. Aunque parezca extraño, las críticas frente a esos comportamientos eran poco comunes y las evidencias arqueológicas muestran que los matrimonios, incluso si se celebraban antes de que la niña alcanzara los doce años, eran consumados. Es sorprendente que la ley romana contemplara leyes para las adúlteras de menos de doce años.

Los escritores griegos no podían concebir a sus esposas como iguales. Algunos contratos matrimoniales obligaban a la mujer obediencia absoluta al marido. En el contexto judío las cosas no eran diferentes. En las disputas acerca del divorcio, una rama de los fariseos, la rama de Hillel, sostenía que un hombre podía abandonar a su esposa si algo de ella no le complacía. Por ejemplo, si la comida que preparaba no le gustaba.

Escena de una cena en Pompeya en el Museo Arcaeologico Nazionale, Nápoles.
Escena de una cena en Pompeya en el Museo Arcaeologico Nazionale, Nápoles.

El contraste con el cristianismo

Pero el contraste con el cristianismo era muy notable. El cristianismo atraía naturalmente a las mujeres por varias razones. 

En primer lugar, les ofrecía igualdad y dignidad. De entrada, el cristianismo condenaba el infanticidio. También el trato dentro de la vida conyugal era muy distinto al de la sociedad romana. Los hombres y las mujeres eran iguales. Se condenaban el divorcio, el incesto, la infidelidad matrimonial y la poligamia. La infidelidad tanto del hombre como de las mujeres era vista con la misma gravedad.

Por otro lado, las mujeres que crecían en el cristianismo o que se convertían antes de casarse tenían muchos beneficios, como casarse a una edad mayor y generalmente la opción de escoger a su esposo. Así, una mujer pagana tenía tres veces más posibilidades que una cristiana de contraer matrimonio antes de los trece años, y el 44% de las mujeres paganas ya estaban casadas a los catorce años en comparación con el 20% de las cristianas. De hecho, el 48% de las cristianas eran solteras aún a los dieciocho años.

Por otro lado, las mujeres que enviudaban dentro del Imperio soportaban una gran presión social y legal para casarse de nuevo. Augusto (63 a.C – 14 d.C) llegó a disponer que, si la nueva boda no se celebraba en un plazo de dos años, las viudas se vieran sujetas a una sanción legal. Dentro del cristianismo, las viudas eran tratadas con dignidad. Incluso se llegó a organizar un importante sistema de ayuda social para apoyar a las viudas que fue pionero para su época.

Fresco de una mujer sentada de Stabiae, siglo I d.C.
Fresco de una mujer sentada de Stabiae, siglo I d.C.

La enseñanza del Nuevo Testamento

Para entender por qué los cristianos pensaban de esta forma, simplemente debemos ver el Nuevo Testamento. Pablo menciona en varias de sus cartas el cuidado que la congregación debía tener para con las viudas que carecían de recursos. En la primera carta de Pablo a Timoteo, en el capítulo 5, hay un buen ejemplo de esto. 

Así, el trato del cristianismo a las viudas no era circunstancial. Siempre se trató de una práctica bíblica que la iglesia llevó a cabo durante siglos. En el año 251, por ejemplo, precisamente en medio de la terrible persecución de Decio, Cornelio (¿?-253), el obispo de Roma, escribía a Fabio (¿?-256), obispo de Antioquía, que sus iglesias estaban atendiendo “a más de 1,500 viudas y personas desamparadas”. 

Concluimos que el cristianismo, mucho antes de convertirse en la religión oficial del Imperio, se volvió muy popular entre las mujeres. De hecho, el número de fieles femeninas de la nueva fe debió superar de manera considerable el de los varones, y esto en una sociedad donde la proporción demográfica se inclinaba hacía una mayoría masculina. Por ejemplo, en un inventario de una propiedad confiscada a una iglesia de la ciudad africana de Cirta durante una persecución en el año 303, se hallaron dieciséis túnicas de hombres frente a ochenta y dos de mujeres.

El cristianismo le daba dignidad a la mujer también al exigir a los varones a adoptar patrones de conducta igualitarios como la fidelidad conyugal, el respeto y el amor. Es fácil comprender esto si leemos pasajes del Nuevo Testamento como Efesios 5:25: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella”. 

Como detalle final, vale resaltar que el cristianismo, no solo tuvo un enorme éxito entre las mujeres, sino que además fue gracias a ellas que penetró en estratos superiores de la sociedad. Son abundantes los casos de mujeres de alta sociedad que empezaron a convertirse al cristianismo y que educaban a sus hijos en su nueva fe. A la altura del siglo IV, cuando el cristianismo estaba a las puertas de convertirse en religión del imperio, un gran porcentaje de la población era ya cristiana.

¿Y tú? ¿Qué piensas? ¿Cuál crees que es la lección más importante que nos deja el poderoso testimonio de los cristianos de los primeros siglos a la iglesia de hoy? ¿Qué reflexiones podemos hacer sobre la forma en la que la iglesia de los primeros siglos trataba a las mujeres?

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Autor

Giovanny Gómez Pérez

Cofundador y director de BITE

Director de proyectos en Flyax, una agencia de marketing de contenidos. También es teólogo y miembro de la Iglesia Bautista Renacer, en Bogotá, Colombia. Casado con Pilar y padre de Sarah.

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