Laura Jorquera, una intelectual de la fe en medio de la cultura secular chilena

En tiempos de secularismo, Laura Jorquera ofrece un testimonio vigente: es posible habitar el mundo intelectual, literario y profesional con una fe profunda, bíblica y comprometida con el servicio cristiano.

Imagen: BITE

En un tiempo como el actual, en el que abundan el secularismo y el rechazo a la fe cristiana, la esfera pública y la intelectual parecen marchar por un camino separado al de la vida espiritual. Sin embargo, el ejemplo de la profesora, escritora e intelectual chilena Laura Jorquera Führmann ofrece una respuesta vigente a este desafío persistente para el creyente contemporáneo. Ella nos deja ver que es posible integrar una fe profunda y bíblica en entornos profesionales e intelectuales que suelen ser ajenos o incluso hostiles al mensaje del Evangelio. Su mente prodigiosa y su servicio a la comunidad fueron, además de compatibles con la vida cristiana, una plataforma privilegiada para glorificar a Dios.

Jorquera se insertó con decisión en medios literarios y grupos intelectuales femeninos de gran influencia secular. Lo hizo, además, desde una posición que en su contexto social podría haber sido vista como una limitación: su soltería. Sin embargo, lejos de considerar su estado civil como un estigma, lo vio como un don que le otorgaba la libertad y el tiempo necesarios para desarrollarse plenamente como una mujer intelectual y una creyente comprometida. Esto le permitió alcanzar una profundidad de pensamiento que muchos hombres de su tiempo habrían encontrado desafiante.

Dominaba el inglés y el español, y tenía la habilidad de leer o traducir alemán, francés e italiano. Esta riqueza cultural no la alejó de su congregación; al contrario, toda su producción literaria y docente —desde sus artículos para la élite intelectual hasta sus lecciones para la escuela dominical— tuvo como eje transversal la transmisión de valores cristianos. Así pues, su relevancia para el lector de hoy radica en su capacidad para actuar como una “rara intérprete” entre dos mundos. Jorquera trabajó “discretamente para el Reino”, pero con un impacto que alcanzó tanto a las mujeres de estratos privilegiados como a las maestras de sectores marginales.

Este artículo presenta la vida de Laura Jorquera como ejemplo de servicio fiel al Señor en la congregación y en ámbitos no cristianos e intelectuales sin comprometer los principios bíblicos. A través de las siguientes secciones, exploraremos cómo su intelecto, su ministerio y su pluma se convirtieron en herramientas de servicio que impactaron mucho más allá de las paredes de su iglesia.

Creyente y mujer intelectual

La identidad de Lucía Laura Jorquera Führmann no puede comprenderse sin conocer el linaje de fe y la rigurosidad intelectual que heredó de sus antepasados. Nació en la ciudad de Concepción —en la zona central de Chile— el 3 de marzo de 1889. Fue la hija mayor de un hogar marcado por el ministerio presbiteriano. Sus raíces se remontan a bisabuelos maternos como John Wither y Sara Ana Hillburn, cuyos ancestros —de apellido Hildebrandt— escaparon de la persecución religiosa en Alemania y llegaron a Inglaterra. Luego se trasladaron a Chile en 1819, una época en la que ser protestante implicaba vivir al margen de los registros legales y sociales. Allí, los seis hijos del matrimonio Wither-Billburn debieron ser inscritos en los registros parroquiales de la Iglesia católica romana, de lo contrario, habrían perdido todo derecho a ser considerados hijos legítimos y ciudadanos chilenos, puesto que aún no había registros civiles. 

Laura Jorquera nació el 3 de marzo de 1889 en la ciudad de Concepción, Chile. / Foto: Chile del 1900

Respecto a la fe de sus padres, Laura relató las dificultades de asistir a la primera iglesia fundada en Santiago en 1868:

Mis padres, niños aún, iban a una escuela. Mamá contaba que cada domingo era una aventura y nada agradable. Arrodillados a veces, azuzados siempre por algún curita del barrio los niños eran molestados, insultados y con frecuencia llegaban a la escuela o la iglesia con sus ropas manchadas, sucias y malolientes por las frutas y desperdicios que les tiraban sus perseguidores. Pero los niños no dejaban de asistir, ni dejaban a sus padres y abuelos salir a las calles y plazas a predicar Biblia en mano y a cantar nuestros himnos.

Su madre, Lucía Führmann Wither, fue una fuente de inspiración constante: una diaconisa que hablaba, traducía y enseñaba inglés y alemán, y que además incursionó en la literatura bajo el seudónimo de “Laura Rojas”. Bajo su techo, el carácter de Laura Jorquera se fue formando entre piedad y estudio. Cursó estudios en el Liceo Nº1 de niñas de Concepción —fundado por su tía Emilia Rider— y luego en el Colegio Inglés de Antofagasta. 

Liceo Nº1 de niñas de Concepción / Foto: LN Concepción

Su capacidad intelectual destacó tempranamente, convirtiéndola en lo que contemporáneos definieron como una “rara intérprete porque vive y piensa en dos idiomas”. Además del dominio bilingüe del inglés y el español, Laura poseía la habilidad de leer y traducir alemán, francés e italiano. Sus hábitos de estudio eran excepcionales; su sobrina, Emilia Jorquera, recuerda que se sabía de memoria la Biblia, “aún las genealogías”, y que su afición por la lectura abarcaba desde la novela y la poesía hasta la historia profunda.

En cuanto a su vida sentimental, como ya lo mencionamos, Laura permaneció soltera, una condición que en la sociedad chilena de principios del siglo XX no era muy bien vista. Su sobrina reflexiona sobre este punto:

Ser soltera en su generación era como un estigma, pero en ella, probablemente, fue un don que le permitió realizarse como creyente y mujer intelectual. Muchos hombres no aceptarían una mujer con educación en la época debido a que se sentirían cuestionados o desafiados. Pienso que su estado civil fue algo circunstancial: tenía todas las cualidades para haber tenido un buen matrimonio y, probablemente, su desarrollo intelectual y espiritual la perjudicaron.

Según relatos familiares, Laura sabía la Biblia de memoria, “aun las genealogías”, y leía de novela y poesía a historia profunda. / Foto: Grok

A pesar de haber tenido intereses amorosos (como el que tuvo hacia un aviador de apellido Mackay que falleció de forma prematura), Laura volcó su capacidad de compañerismo a su relación con figuras pastorales e intelectuales. Mantuvo una relación de profunda confianza e intercambio de ideas con su padre, para quien sirvió casi como una secretaria en largas conversaciones teológicas. Esta dinámica de colaboración se repitió con otros referentes, como el pastor Enrique Krauss, a quien dedicó palabras de alta estima tras su muerte, afirmando que él le devolvió la “fe en el hombre como protector y amigo leal” tras haberla acompañado durante tres años por la enfermedad de su madre.

Su intelecto no la aisló de la comunidad, sino que la dotó de herramientas para un servicio sofisticado. Mientras participaba en tertulias literarias con figuras de la talla de Gabriela Mistral, Marta Brunet o Manuel Rojas, Laura nunca abandonó su identidad presbiteriana. Su sobrina, Emilia Jorquera, refiere: “Nunca estuve en sus tertulias literarias, pero siendo muy niña, en ciertas ocasiones me presentaba cariñosamente a damas y señoras que después, con los años, supe quiénes eran”. 

Laura participaba en tertulias literarias junto a figuras de la talla de Marta Brunet (imagen superior). / Foto: Revista Santiago

Una labor eclesial activa

La participación eclesiástica de Laura Jorquera ocupó un lugar importante en su vocación de servicio. Comenzó a mediados de la década de 1920 en la Iglesia Presbiteriana El Salvador, motivada inicialmente por el deseo de complacer a su madre, aunque gradualmente se transformó en un compromiso personal profundo que mantuvo hasta el final de sus días. Posteriormente, integró el consistorio de la Primera Iglesia Presbiteriana de Santiago. 

También sirvió en la Liga Nacional de Mujeres Presbiterianas, una organización fundada el 11 de septiembre de 1923 y descrita por el historiador J. M. McLean como “la columna vertebral de la Iglesia”. La Liga estaba estructurada en departamentos específicos: el Espiritual, dedicado a estudios bíblicos; el de Hogar e Higiene, que lideraba campañas contra enfermedades contagiosas; el de Temperancia; y el Humanitario, encargado de hogares para niños. A través de este organismo, Jorquera y sus colaboradoras confeccionaban trabajos para recaudar fondos destinados a obras sociales como la Granja Presbiteriana, el Hogar de Ancianos, Hogares de Menores, hospitales y cárceles de mujeres.

Interior del templo actual de la Primera Iglesia Presbiteriana de Santiago. En su tiempo, Laura formó parte del consistorio de esta comunidad. / Foto: PIPS

Entre las causas que ocuparon un lugar importante en su labor, especialmente en su rol como presidente de la liga —mencionada en algunas fuentes como “Liga Femenina”—, se encontraba la lucha contra el alcoholismo. Su compromiso surgió de una experiencia. En una carta titulada Mi despedida, Jorquera relató:

No contaba 6 años cuando por primera vez vi a un ebrio tirado en la calle, dormido sobre su propia inmundicia, rodeado de moscas que zumbaban sobre su cara (…). “Cuando yo sea grande haré que rompan todas esas botellas y tinajas y le diré a todo el mundo que no beban esos asquerosos licores”, declaré.

Esta convicción la llevó a interesarse desde los 11 años en la obra de la Misión Chilena de Temperancia. Bajo su influencia, los grupos evangélicos defendieron la abstinencia total como respuesta a la embriaguez. Participó en iniciativas prácticas, como la instalación de un puesto de bebidas no alcohólicas en el Parque Cousiño durante las celebraciones de las fiestas patrias.

La formación de otras mujeres para el servicio fue otra de sus grandes contribuciones. Entre 1929 y 1944, ejerció como profesora en el Instituto Sweet de Obra Social de la Iglesia Metodista. El propósito de esta institución era ofrecer una capacitación técnica y espiritual de dos a tres años a mujeres evangélicas que deseaban ofrecer sus vidas al servicio en cualquier terreno. Durante su permanencia, 50 mujeres de las Iglesias metodista, presbiteriana, bautista, aliancista y anglicana de Chile recibieron el diploma de esta institución. Muchas de ellas pasaron a desempeñar puestos de responsabilidad en sectores marginales de Santiago y en la obra evangélica nacional.

La Sala Cuna de la Institución Sweet creada en 1927, se formo como parte de la Obra Social de la Iglesia Metodista de Chile. / Foto: Institución Sweet

Jorquera se destacó como una maestra excepcional, una cualidad aparentemente heredada por las mujeres de su familia. Enseñó inglés a muchos jóvenes y adultos, e incluso impartió técnicas para transmitir historias de la Biblia a los niños en su obra El arte de narrar (1926). “La educación de los niños era un principio fundamental entre los protestantes y las escuelas funcionaban en las mismas iglesias. Por otra parte, ser maestra ha sido como un don natural”, dijo su sobrina. 

Su compromiso social también se manifestó en la acción directa ante las necesidades de la comunidad. Colaboró activamente en la fundación de la Maternidad Madre e Hijo y participó en operativos de ayuda humanitaria, como el realizado en Chillán tras el terremoto de 1939, donde recorrió las calles ofreciendo asistencia junto a su madre y un grupo de la iglesia. Para Laura Jorquera, el ministerio a las mujeres no era una labor de beneficencia aislada, sino una extensión de su fe que buscaba formarlas para el servicio cristiano. Jorquera contribuyó a que muchas mujeres asumieran un papel activo en la obra cristiana y en la atención de las necesidades sociales de su entorno. 

Literatura al servicio de los valores cristianos

La incursión de Laura Jorquera en el campo de las letras chilenas se dio en medio de un  proceso de incorporación femenina al espacio público y cultural. La historiografía ha agrupado a varias de estas autoras bajo la categoría de “las precursoras”, mujeres nacidas aproximadamente entre 1870 y 1890, muchas de ellas provenientes de sectores de élite, que abrieron paso a nuevas formas de intervención intelectual y de reflexión sobre la condición femenina.

Ahora bien, entre 1886 y 1925, la autoría femenina era incipiente: solo el 4.3% de las obras inscritas en el registro de propiedad literaria correspondían a mujeres. En ese entonces, Jorquera participó con al menos dos obras registradas: En busca de un ideal (1916) y Mi Patria (1919), situándose dentro del mismo momento histórico en que también publicaban autoras como Gabriela Mistral y Delia Rojas. Nuestra autora se abrió paso en el campo literario chileno mediante el uso de seudónimos, una práctica frecuente entre varias autoras de su tiempo. Entre ellos, el más conocido y estable fue “Aura”, nombre con el que publicó En busca de un ideal (1916) y consolidó su presencia como escritora y crítica literaria. 

Algunos libros escritos o traducidos por Laura Jorquera. / Foto: Lupa Protestante

Jorquera participó del ambiente intelectual femenino que gravitó en torno a publicaciones como Familia, de la editorial Zig-Zag, una revista que combinaba entretenimiento, información general, crónicas, entrevistas, cuentos, novelas por entrega, ilustraciones, caricaturas y poemas. Esa publicación no solo ofreció un espacio relevante para la escritura de mujeres, sino que además estuvo vinculada al surgimiento de otras instancias culturales, como el Club de Señoras y el Círculo de Lectura, que desempeñaron un papel importante en la sociabilidad intelectual femenina de la época. 

Más que afirmar una integración formal plenamente documentada en todas esas instituciones, parece más seguro decir que Jorquera se movió dentro de ese mismo circuito cultural. La interacción que tuvo en el Círculo con las más importantes figuras literarias de la época, así como la lectura de los poetas místicos del Siglo de Oro español, tuvieron una influencia perdurable en la autora que se vio reflejada en su obra poética Sonetos de la Fe. Lo cierto es que no separó su actividad literaria de su cosmovisión cristiana. Su producción se desenvolvió en un espacio donde convergían la formación intelectual, la sensibilidad religiosa y la vocación pedagógica. 

Portada de “Sonetos de la Fe” / Imagen: Protestante Digital  

Por eso, al lado de su inserción en el medio literario, sobresale su interés por la enseñanza. La escritora instruye al lector en temas históricos o bíblicos, y ofrece orientación a quienes participan en la educación de los niños, como madres y maestras. En ese sentido, su figura puede entenderse como un puente entre la cultura letrada de su tiempo y la formación espiritual e intelectual de niños, jóvenes y mujeres dentro del mundo evangélico chileno.  Ella consideraba que el aprendizaje no se limita al contexto, y que deben establecerse hábitos de estudio y lectura aun en los pequeños alumnos. 

En El arte de narrar (1926), Jorquera habría desarrollado propuestas pedagógicas orientadas a la enseñanza infantil, aparentemente recurriendo en varios casos a relatos bíblicos como recurso formativo. Además, en la sección “Para niños” de El Heraldo Cristiano del 27 de septiembre de 1928, publicó el texto La llave mágica: tengo yo una llavecita mágica, donde la lectura es presentada como una herramienta preciosa y decisiva en la formación. El texto desarrolla, en tono creciente, una exhortación a usar bien esa “llave”, subrayando la responsabilidad moral implicada en la formación del lector.

Laura Jorquera / Foto: Lupa Protestante

Servicio a Dios en medio de la secularización

La vida de Laura Jorquera transcurrió en un contexto de transformación para el protestantismo chileno. Nació el 3 de marzo de 1889, poco más de un mes después del fallecimiento del misionero David Trumbull, un importante defensor de las libertades civiles y religiosas en Chile. Él apoyó activamente el avance de las llamadas leyes laicas, cuya implementación alcanzó a presenciar hacia el final de su vida. Su labor en favor de la difusión del Evangelio incluyó la promoción de la Biblia en español —cuya circulación encontró resistencias en el país— y la defensa de libertades fundamentales que abrieran espacio para la libre expresión del protestantismo en suelo chileno.

Los desafíos que Laura Jorquera enfrentó en el siglo XX fueron, en parte, distintos de los de Trumbull. Si en el siglo XIX la preocupación principal había sido conquistar espacios de libertad religiosa y civil para las minorías evangélicas, en el siglo XX el reto consistía cada vez más en hacer uso de esas libertades dentro de una nación que se abría progresivamente a nuevas ideas y corrientes de pensamiento, tanto religiosas como no religiosas, en un contexto de debilitamiento del control que la Iglesia católica romana había ejercido durante largo tiempo sobre la vida pública.

Entre quienes participaban en el Club de Señoras hubo figuras vinculadas a corrientes liberales y reformistas en torno a la educación y a los derechos de la mujer, entre ellas Martina Barros y Amanda Labarca. Algunas autoras, como Delia Rojas, defendieron el divorcio como un derecho en determinados contextos. Sin embargo, el Club de Señoras no puede describirse sin más como un movimiento de activismo político feminista en sentido estricto. Más bien, se trató de un espacio femenino de sociabilidad intelectual y cultural, preocupado por la educación, la dignificación de la mujer y la reflexión sobre su papel en la familia y la sociedad. Por ello, la historiografía lo ha relacionado con lo que se ha denominado “feminismo aristocrático”.

Lucía Laura Jorquera Führmann se movió en esos espacios intelectuales femeninos, donde circulaban diversas sensibilidades religiosas, culturales y reformistas. En su caso, las Escrituras fueron no solo una fuente de fe, sino también una inspiración literaria y una base para la formación ética. Su identidad evangélica no la llevó a recluirse ni le impidió participar en ciertos espacios culturales e intelectuales de su tiempo. A través de sus obras, hizo de las palabras un medio propicio para transmitir el mensaje cristiano a públicos diversos. 

Ella volcó tiempo, esfuerzo, recursos, energía y fe en servir al prójimo por medio de sus múltiples talentos, tanto dentro como fuera de la iglesia, sin renunciar a su fe, a su identidad ni a sus convicciones. Esto recuerda la exhortación del apóstol Pablo: “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno” (Col 4:6). Jorquera también quiso que sus escritos fueran una luz proyectada más allá de la vida de su cuerpo, al que llamó una “ampolleta que se apaga”, de modo que su testimonio siguiera iluminando más allá de su propio tiempo y espacio.


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