La extraña utilidad de los libros “paganos” para la lectura de la Biblia

La crisis de lectura también afecta a la Iglesia. Pero recuperar la literatura, especialmente los clásicos griegos, puede fortalecer nuestra atención, imaginación y sensibilidad literaria, indispensables para comprender con mayor profundidad la riqueza de la Escritura.

Imagen: BITE (Basada en una imagen de Envato Elements)

Dios me llamó a sentarme ante esta máquina de escribir y derramar VINAGRE, ÁCIDO, VITRIOLO Y LÍQUIDO DE LIMPIEZA sobre los principales eruditos conservadores y fundamentalistas de 1900 a 1990.

Esta frase resume lo que muchos consideran un deber espiritual: ser hostiles y mostrar desprecio por la academia. Quien la pronunció entendía su labor como una campaña destructiva contra el entorno intelectual de su propia corriente religiosa.

El autor de estas palabras fue Peter Ruckman, un pastor bautista estadounidense y figura central del movimiento que defiende la exclusividad de la Biblia King James. Famoso por fundar el Instituto Bíblico de Pensacola, Ruckman no destacaba por su diplomacia. Al contrario, su ministerio se caracterizó por un lenguaje agresivo, rudo y frecuentemente vulgar, dirigido contra cualquiera que cuestionara sus posturas doctrinales, ensañándose especialmente con los académicos y eruditos que utilizaban la crítica textual. Para Ruckman, la educación superior y el escrutinio intelectual eran sinónimos de apostasía.

Pero más allá del tema de la traducción bíblica y el “solismo” de la Biblia King James, Ruckman representa una manifestación radical del antiintelectualismo que ha permeado a diversos sectores del cristianismo a lo largo del tiempo. Esta postura asume que la piedad personal y la fidelidad a las Escrituras exigen un rechazo sistemático del pensamiento secular y las humanidades. Bajo esta lógica, el estudio de la literatura, la historia y la filosofía se considera una pérdida de tiempo y constituye un peligro de contaminación espiritual.

Peter Ruckman / Crédito: Memorial Find a Grave

Sin embargo, este recelo hacia las disciplinas intelectuales no es nuevo. La tensión entre la fe y el pensamiento clásico ha existido casi desde los orígenes de la Iglesia. En el siglo II, Tertuliano formuló su famosa pregunta: “¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén?”, argumentando que las academias filosóficas griegas no tenían nada que aportar a la verdad revelada en Judea.

Siglos más tarde, San Jerónimo, el traductor de la Vulgata Latina, experimentó un conflicto interno similar. En una de sus cartas, relata un sueño en el que se vio ante el tribunal de Dios. Al identificarse como cristiano, la voz del juez lo reprendió diciendo: “Mientes, eres ciceroniano, no cristiano”, criticando su profunda devoción por el estilo y las obras de Cicerón en detrimento de los textos sagrados. Aquella experiencia llevó a Jerónimo a jurar que se apartaría de la literatura pagana por un tiempo.

Tanto en los padres de la Iglesia como en los movimientos fundamentalistas contemporáneos, la intención detrás de este rechazo suele nacer de la intención de preservar la pureza de la fe. Sin embargo, ¿ese es el camino? 

Representación de San Jerónimo. / Crédito: Francesco Bassano el Joven

En realidad, aislar al creyente del entrenamiento intelectual que ofrecen las humanidades produce el efecto contrario, especialmente cuando se dejan de leer los clásicos. En este artículo, quiero reflexionar en que renunciar a la literatura implica la pérdida de herramientas indispensables de análisis, sensibilidad poética y capacidad para sostener la atención en textos complejos; carencias que terminan siendo nefastas para la propia hermenéutica. Además, al leer los clásicos a través del lente de una cosmovisión cristiana, el lector no asimila pasivamente los valores seculares, sino que aprende a evaluar narrativas, identificar los anhelos humanos y reconocer destellos de verdad, lo cual le da una mejor comprensión de la revelación escritural.

La crisis estructural de la lectura 

Pero antes de analizar la importancia de conocer los clásicos, es importante reconocer que este recelo hacia la lectura no ocurre en el vacío. No se trata únicamente de una postura teológica aislada, sino del reflejo de un problema mucho más estructural: como sociedad, simplemente hemos dejado de leer. La sospecha hacia los libros complejos coincide con una época en la que la capacidad y el interés por la lectura sostenida están en mínimos históricos.

Los datos demuestran que el desinterés por la lectura de ficción y de esparcimiento es generalizado. Un estudio publicado en la revista iScience, elaborado por investigadores de la University College London y la Universidad de Florida, analizó a más de 236.000 personas a través de la Encuesta sobre el Uso del Tiempo en EE. UU. entre 2003 y 2023. Los resultados revelan un cambio cultural de fondo: la proporción de personas que leen por placer en un día promedio cayó más del 40% en las últimas dos décadas. Mientras que en 2004 el 28% de la población abría un libro por gusto en su día a día, para 2023 esa cifra se redujo a solo el 16%, con un descenso constante del 3% anual.

El desinterés por la lectura de ficción y de esparcimiento es generalizado. / Créditos: Jen Dries / Unsplash

Esta tendencia al desplome coincide con los análisis de la Encuesta de Participación Pública en las Artes, que confirman un bache histórico en la lectura por entretenimiento. Paralelamente, los reportes de la Oficina de Estadísticas Laborales de EE. UU. muestran hacia dónde se está desviando nuestra atención, registrando que el tiempo dedicado a los videojuegos y al uso de computadoras o redes sociales por ocio subió de un promedio de 25 minutos diarios en 2015 a 37 minutos al día, lo que evidencia que el entretenimiento rápido e hiperestimulante en pantallas ha suplantado el espacio que antes ocupaba la ficción literaria.

Este abandono del hábito de leer no solo significa que pasamos menos tiempo con los libros, sino que también ha mermado directamente nuestra capacidad de comprensión, como lo demuestran las pruebas de lectura estandarizadas a nivel global. Por un lado, los resultados de la prueba PISA revelaron una caída de diez puntos en la competencia de lectura entre los jóvenes de 15 años en los países miembros, una pérdida que equivale a medio año escolar de aprendizaje y representa el desplome más drástico desde que se realiza la evaluación, un declive que los expertos asocian con la digitalización excesiva y la pérdida de la práctica de leer textos largos y lineales impresos en papel. Por otro lado, en Estados Unidos, la Evaluación Nacional del Progreso Educativo evidenció que, actualmente, solo el 35% de los jóvenes que terminan la escuela secundaria poseen el nivel necesario para comprender lecturas de nivel universitario.

Al perder el interés por la literatura de ficción y fracasar en las pruebas básicas de comprensión, queda claro que la falta de herramientas para interpretar textos complejos no es un mal exclusivo de las iglesias, sino una crisis educativa y cultural generalizada. Esta atrofia en la capacidad lectora tiene un impacto directo y preocupante cuando se traslada al ámbito de la fe. Si el ciudadano promedio actual tiene serias dificultades para descifrar una novela contemporánea o seguir el argumento de un texto académico lineal, el desafío se vuelve exponencialmente mayor al enfrentarse a la Biblia.

la falta de herramientas para interpretar textos complejos es una crisis educativa y cultural generalizada. / Crédito: Siora Photography

Las Escrituras no son un manual de instrucciones moderno ni una colección de frases inconexas para el consumo rápido; constituyen una biblioteca antigua y compleja, repleta de poesía hebrea, narrativa épica, literatura apocalíptica, discursos jurídicos y cartas teológicas densas. Cuando un creyente desprovisto de hábitos de lectura profunda intenta acercarse a un texto de esta envergadura, la falta de herramientas hermenéuticas y la incapacidad para sostener la atención provocan que la lectura bíblica se vuelva superficial, fragmentada y propensa a interpretaciones erróneas. De este modo, la crisis de lectura general pavimenta el camino hacia un analfabetismo bíblico funcional dentro de las congregaciones.

El gimnasio mental de los clásicos

A lo largo de la historia de la Iglesia, ha existido una larga tradición de estudiantes de la Biblia que acudieron a las obras “paganas” precisamente para forjar las habilidades necesarias para una mejor comprensión de las Escrituras. Aunque en la introducción mencionamos a figuras que miraban con recelo la literatura distinta a la Biblia, muchos otros teólogos antiguos sostuvieron una perspectiva mucho más positiva sobre “los clásicos”: aquellas grandes obras de la literatura universal, especialmente las de origen griego.

Basilio de Cesarea, por ejemplo, ofrece un modelo claro de esta postura en su tratado A los jóvenes, sobre el provecho de la literatura clásica. Lejos de ver un peligro inherente en los autores griegos, Basilio argumenta que su estudio constituye un ejercicio preparatorio e indispensable para la mente cristiana. Él entendía que la lectura secular servía para acondicionar el entendimiento antes de abordar los misterios sagrados, y lo ilustró con una comparación sobre la forma en que asimilamos la enseñanza:

Así pues, igual que los teñidores preparan primero con algunas aplicaciones aquello que va a recibir el tinte, y así le añaden luego el color, ya sea púrpura, ya algún otro, del mismo modo, efectivamente, si se quiere que en nosotros permanezca indeleble la doctrina del bien, nos iniciaremos también en estas doctrinas profanas, para prestar atención a continuación a los misterios de los saberes sagrados.

Basilio de Cesarea / Créditos: Dominio público

Para Basilio, entrenarse leyendo los clásicos era como acostumbrarse a contemplar el sol reflejado en el agua antes de atreverse a dirigir la mirada hacia la luz propiamente dicha. Por supuesto, la lección no es dejar de leer la Biblia hasta no haber leído La Odisea, sino reconocer cuán enriquecedor puede ser el entrenarse con la lectura de una obra así.

Esta apreciación de las obras clásicas también encontró eco durante la Reforma protestante. Martín Lutero, al defender la importancia de los idiomas originales para la preservación de la fe, afirmó: 

Estemos seguros de esto: no preservaremos el Evangelio por mucho tiempo sin los idiomas. Los idiomas son la vaina en la que está contenida esta espada del Espíritu; son el cofre en el que está guardada esta joya; son la vasija en la que se sostiene este vino; son la despensa en la que se almacena esta comida (…). Si por nuestra negligencia dejamos ir los idiomas (¡lo cual Dios no permita!), nosotros (…) perderemos el Evangelio.

Martín Lutero / Crédito: Lucas Cranach the Elder

Aunque la preocupación inmediata de Lutero era el dominio del hebreo y el griego para la traducción, su reflexión nos empuja hacia un principio más amplio. El lenguaje en su totalidad, con todas sus figuras de dicción, recursos narrativos y metáforas, es el vaso que contiene la revelación. Sin el entrenamiento previo para identificar y procesar todos estos elementos literarios, es imposible leer bien la Escritura y, como advirtió el reformador, corremos el riesgo de perder el mensaje mismo.

Abordar la revelación de Dios exige reconocer su naturaleza textual y acercarse a ella como literatura. Leland Ryken examina este problema a fondo en su libro How to Read the Bible as Literature (Cómo leer la Biblia como literatura). Ryken señala que el error de muchos lectores es ignorar la forma en que la Biblia está escrita, reduciéndola a un documento informativo. Él advierte que la única cosa que la Biblia no es, es lo que tan a menudo se piensa que es: un bosquejo teológico con textos de prueba adjuntos. Por el contrario, la Biblia emplea métodos literarios porque estos comunican la verdad de una manera totalmente distinta a la prosa explicativa. Para explicar esta diferencia, Ryken argumenta lo siguiente:

La literatura, en otras palabras, muestra la experiencia humana en lugar de hablar de ella. Es encarnacional. Representa en lugar de declarar. En lugar de darnos proposiciones abstractas sobre la virtud o el vicio, por ejemplo, la literatura presenta historias de personajes buenos o malos en acción. La tendencia de la literatura es encarnar la experiencia humana, no formular ideas en proposiciones intelectuales.

Leland Ryken / Crédito: Wheaton College

Dado que los autores bíblicos, guiados por el Espíritu (2 P 1:20-21), eligieron este vehículo literario y encarnacional, el lector está obligado a utilizar su imaginación y a participar de la experiencia que el texto propone. Ryken es enfático al mostrar que ignorar esta dimensión destruye la intención original del escrito: “¿Qué significa abordar la Biblia como literatura? Significa, en primer lugar, ser sensible al lado experiencial de la Biblia. Significa resistir la tendencia a convertir cada pasaje bíblico en una proposición teológica, como si para eso existiera el pasaje”.

Cuando leemos un poema como el Salmo 23, no estamos leyendo una definición dogmática sobre la providencia, sino que somos invitados a experimentar una metáfora sostenida sobre un pastor y sus ovejas en un entorno físico de pastos y aguas. De igual forma, las enseñanzas de Jesús rara vez tomaron la forma de disertaciones abstractas. Cuando un intérprete de la ley le pidió que definiera el concepto de prójimo, Jesús no ofreció una respuesta de diccionario, sino que relató la parábola del buen samaritano, apelando a la imaginación de Su oyente para transmitir Su mensaje mediante una historia concreta. Así, como afirma Ryken en otro lugar, la verdad no se comunica solo con hechos:

La cultura occidental en general, así como la subcultura cristiana en particular, han tenido una tendencia injustificada a pensar que las ideas abstractas y los hechos son el único tipo de conocimiento válido que poseemos. La literatura desafía ese sesgo, y la Biblia también lo hace. La Biblia no es un bosquejo teológico con textos de prueba adjuntos. Es una antología de literatura.

Abordar la revelación de Dios exige reconocer su naturaleza textual y acercarse a ella como literatura. / Crédito: Lightstock

Aquí se hace evidente el costo real de que nuestra sociedad esté abandonando la lectura compleja de la literatura clásica. Sumergirse en las grandes obras de ficción y en los clásicos paganos es el gimnasio donde se forjan los músculos hermenéuticos que Ryken describe. Los clásicos nos entrenan para sostener la atención en tramas extensas, descifrar ironías, evaluar el desarrollo de los personajes y comprender las sutilezas de una metáfora prolongada. Al dejar de leer literatura densa, perdemos la agilidad mental para interactuar con estas formas indirectas y poéticas. Nuestra falta de práctica literaria nos vuelve lectores planos, incapacitados para extraer el sentido completo de un texto.

La búsqueda universal de la verdad

Si la lectura de la gran literatura nos proporciona el “gimnasio mental” para comprender la forma en que la Biblia se comunica, el estudio de los clásicos grecorromanos nos entrena de una manera aún más profunda: nos enseña a reconocer el anhelo humano por la redención. Los clásicos no solo nos dan las herramientas formales para leer mejor por su complejidad estructural, sino porque, en sí mismos, están construidos como una búsqueda honesta y desesperada de la verdad.

Esta es la tesis que el profesor Louis Markos desarrolla en su obra From Achilles to Christ: Why Christians Should Read the Pagan Classics (De Aquiles a Cristo: por qué los cristianos deberían leer los clásicos paganos). Markos argumenta que existe un terreno de encuentro histórico entre Jerusalén (la fe revelada) y Atenas (la razón y la imaginación pagana). Al respecto, Markos afirma:

Los mitos paganos no son mentiras maliciosas; son, por el contrario, profecías vislumbradas en la oscuridad, intuiciones de una verdad mayor que solo encuentra su cumplimiento y realidad histórica en la persona de Jesucristo.

Louis Markos / Crédito: Mars Hill Audio

Los temas y símbolos de la mitología clásica prefiguran la historia de la salvación porque la condición humana, afectada por la caída, pero aún portadora de la imagen de Dios, intuye su necesidad de rescate. Como ya hemos explorado en otro artículo, pensadores como C. S. Lewis explicaban que la encarnación es el momento exacto en que los grandes mitos de la humanidad se convirtieron en un hecho histórico e incuestionable; Cristo es el “mito de mitos”.

Homero es la obra más accesible para entenderlo. La epopeya narra la historia de un hombre que intenta regresar a su hogar para restablecer el orden en una patria que se ha desmoronado. Lo fascinante de este relato, según Markos, es que el regreso de Odiseo a Ítaca funciona como una combinación no intencionada de la primera y la segunda venida de Cristo.

Por un lado, la historia se asemeja a la primera venida de Cristo porque, al llegar a su hogar, la diosa Atenea disfraza a Odiseo de mendigo. Él viene a los suyos, pero los suyos no lo conocen; lo confunden con un pordiosero humilde, lo ridiculizan e incluso los pretendientes de su esposa le arrojan taburetes. A pesar de sufrir la humillación y el rechazo en su propia casa, Odiseo soporta la desgracia pacientemente con el fin de traer salvación a Ítaca. Al respecto, Markos señala:

Cuando el lector cristiano aprende a conmoverse con el anhelo de Odiseo por Ítaca, su imaginación queda perfectamente afinada para comprender la nostalgia bíblica del creyente, quien camina por esta tierra como un extranjero y un peregrino que busca una patria celestial.

Fragmento de la Odisea. El manuscrito conservado más antiguo de la obra. / Crédito: Zunkir

Por otro lado, el relato también prefigura la segunda venida de Cristo y el día del juicio final. En el libro 22 de la epopeya, Odiseo desata la retribución sobre los pretendientes y los destruye. Mientras estaba disfrazado de mendigo, Odiseo realizaba un examen minucioso de cada uno de ellos, un proceso que Markos describe como una separación literal entre las ovejas y los cabritos para medir quién era bueno y quién era malo.

Aunque Odiseo es un héroe marcadamente imperfecto en sus acciones, su figura encarna el anhelo, el esfuerzo y el deseo de las naciones que buscan el orden, la justicia y el regreso a casa. Los propios antiguos de las escuelas filosóficas más elevadas reconocían que, más allá de las historias de los dioses en las que no creían literalmente, en Homero había una semilla de significado profundo que requería una lectura alegórica para extraer un núcleo de verdad.

Enriquecer nuestra lectura de la Biblia

Sin embargo, al adentrarnos en esta argumentación, es indispensable trazar una línea divisoria estricta. Markos no sugiere, ni debemos entender nosotros, que es posible acceder a toda la revelación de Dios a través de las obras griegas. Solo el Evangelio y las Escrituras constituyen la verdad completa, infalible y suficiente acerca de la salvación de la humanidad. La Biblia es la única revelación escrita perfecta de las verdades de Cristo y es la única que tiene la autoridad final para instruir al creyente en la salvación. Los textos clásicos no son inspirados; no contienen el Evangelio ni sustituyen a la cruz.

Solo el Evangelio y las Escrituras constituyen la verdad completa, infalible y suficiente acerca de la salvación de la humanidad. / Crédito: Pexels

Entonces, ¿por qué debemos leerlos? Porque nuestra comprensión de la Palabra de Dios se enriquece inmensamente al luchar con el pensamiento de estos autores. Markos sostiene que los griegos y romanos hacían las preguntas correctas —preguntas sobre el dolor, la culpa, el honor, la muerte y el sentido de la vida— y llevaron la razón y la imaginación humana hasta su límite absoluto. Leer los clásicos es sentarnos a dialogar con mentes brillantes que planteaban las cuestiones fundamentales de la existencia humana.

Al familiarizarnos con esa búsqueda de la verdad, nos preparamos para leer la Biblia con una agudeza mucho mayor, pues es en las Escrituras donde encontramos la respuesta definitiva a la cual los paganos solo podían apuntar desde las sombras. En conclusión, los clásicos nos equipan para leer la Biblia no solo porque entrenan nuestra capacidad de análisis, sino porque despiertan en nosotros el asombro ante la magnitud de la respuesta de Dios al clamor universal del hombre.

Nota del editor: Este artículo fue redactado por David Riaño y las ideas le pertenecen, a menos que se especifique explícitamente lo contrario. Para elaborar el texto, el autor ha utilizado herramientas de IA como apoyo, sin embargo, lo ha revisado en su totalidad y es el responsable final del contenido publicado y de la veracidad de este.


Referencias y bibliografía

What Has Athens to Do With Jerusalem? | Modern Reformation

Proportion of Americans reading for pleasure fell by 40% over 20 years | UCL News

American Time Use Survey News Release – 2025 A01 Results | U.S. Bureau of Labor Statistics

Federal Data on Reading for Pleasure: All Signs Show a Slump | National Endowment for the Arts

The decline in reading for pleasure over 20 years of the American Time Use Survey – PMC | National Library of Medicine

PISA 2022 Results (Volume I) | OECD

NAEP Reading — US Reading Score Trends | National Assessment Governing Board

How to Read the Bible as Literature de Leland Ryken | Google Books

The Profit of Employing the Biblical Languages: Scriptural and Historical Reflections | The Gospel Coalition

San Basilio, A los jóvenes. Exhortación a un hijo espiritual por Basilio de Cesarea | Archive 

Questions That Matter Podcast – Reading the Classics | C.S. Lewis Institute

Peter Ruckman | Wikipedia

Jerónimo (santo) | Wikipedia

From Achilles to Christ: Why Christians Should Read the Pagan Classics | Amazon

Why Christians Should Read the Pagan Classics | The Christian Research Institute

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David Riaño

Editor general de BITE Project

Es pastor de la Iglesia Familia Fiel en Cajicá. Es Licenciado en Filología Inglesa y Magíster en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia. Está casado con Laura y es padre de Catalina.

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