La vida de John Murray (1898-1975) constituye uno de los testimonios más notables de fidelidad teológica, rigor académico y profunda devoción espiritual dentro del protestantismo reformado del siglo XX. Su figura ocupa un lugar destacado en el desarrollo del pensamiento presbiteriano conservador, especialmente a través de su prolongada labor en el Westminster Theological Seminary. Murray encarnó un modelo de teólogo cuya vida estuvo enteramente dedicada al estudio de las Escrituras, la formación ministerial y el servicio a la Iglesia.
La herencia de las Tierras Altas y el efecto de la Gran Guerra
Quien observaba a John Murray en su madurez encontraba a un hombre cuya seriedad moral y disposición reflexiva no eran rasgos casuales, sino el resultado de haber pasado por bastantes dificultades. Como muchos jóvenes de su generación, Murray fue llamado a filas y reclutado para pelear en la Primera Guerra Mundial siendo aún adolescente. Fue enviado al frente a luchar en territorio francés y su rostro fue marcado allí para siempre. En julio de 1918, durante los combates del avance aliado que comenzó a hacer retroceder a Alemania, una esquirla destruyó su ojo derecho. Apenas tenía 19 años cuando fue dado de baja del ejército por invalidez.
Aquel joven soldado de los Royal Highlanders —una de las unidades más reconocidas del ejército británico— no solo había perdido parte de su visión en la Gran Guerra; allí, rodeado por la muerte, la violencia y la incertidumbre, también había sufrido la pérdida de su hermano Donald, desaparecido en combate.

Sin embargo, también desarrolló una intensa vida interior, marcada por el interés espiritual y la entrega a Dios: buscaba momentos de soledad para orar y leer, mientras su conciencia de la fragilidad humana se intensificaba. Quizás por eso los duros episodios que vivió, lejos de limitar su futuro, contribuyeron a que forjara un carácter marcado por la disciplina, la sobriedad y una profunda confianza en la providencia divina. Aunque, en realidad, todo esto se venía gestando desde sus orígenes en el alto norte de Escocia.
Aquella firmeza espiritual tenía raíces profundas en su familia, cuya memoria histórica se extendía hasta el siglo XVIII, y en la influencia de su abuela, quien participó activamente en su crianza, transmitiéndole un sentido vivo de continuidad histórica y espiritual con sus antepasados. John nació el viernes 14 de octubre de 1898 en Bonar Bridge, en Sutherland, siendo el hijo menor de los ocho que Alexander Murray tuvo.
Sus familiares pertenecían a la Iglesia Libre de Escocia, heredera de la Disrupción de 1843, lo que implicaba una fuerte identidad doctrinal, la defensa de la independencia eclesiástica, y una firme adhesión a la autoridad de las Escrituras y a la fe confesional. Sin ir más lejos, su padre era ministro de dicha Iglesia desde los 27 años. Este contexto moldeó una sensibilidad espiritual que ni siquiera la degradación del conflicto bélico pudo borrar.

Antes de irse a la guerra, John Murray había acabado sus estudios en Dornoch. Al regresar, retomó su camino con determinación sin que su discapacidad fuera una barrera: ingresó en la Universidad de Glasgow, donde obtuvo su maestría en 1923, adquiriendo una sólida formación en humanidades clásicas y filosofía. Fue durante este tiempo que, convencido de su llamado al ministerio, profundizó en su formación teológica bajo la influencia de predicadores de la Iglesia Presbiteriana Libre, uniendo finalmente la herencia de sus padres con la madurez forjada en la batalla.
De las aulas de Princeton al estandarte de Westminster
Su talento fue rápidamente reconocido, por lo cual fue enviado en 1924 al Princeton Theological Seminary para continuar su preparación ministerial, donde estudió hasta 1927. Su llegada a Estados Unidos marcó un punto de inflexión. Tras un comienzo accidentado en Ellis Island debido a problemas de documentación, Murray se integró rápidamente a la vida académica de esa institución.
Allí recibió una profunda influencia de figuras como J. Gresham Machen y de la tradición teológica representada por los Hodge (Charles y Archibald Alexander), Gerhardus Vos y B. B. Warfield. La formación que recibió fue rigurosa, con un fuerte énfasis en la exégesis bíblica, la teología sistemática y la apologética. También fue influenciado por Cornelius Van Til. Estaba en el centro de formación teológica más distinguido del presbiterianismo.

Al terminar sus estudios en Princeton, volvió a Escocia. En 1929, empezó a estudiar en el New College, en Edimburgo. Allí pudo complementar su formación hasta que recibió una invitación inesperada: Caspar Hodge, nieto del eminente teólogo Charles Hodge y también profesor en Princeton, lo invitó a enseñar teología en el seminario. Pero su estadía allí no fue larga porque Princeton atravesaba un período de crisis. La creciente influencia del liberalismo teológico, tanto entre estudiantes como entre profesores, generó tensiones que culminaron en la reorganización del seminario en 1929. No obstante, las tensiones se remontaban a años atrás.
Murray recordó en uno de sus escritos que, en 1924, un total de casi 1300 ministros presbiterianos reunieron sus firmas en la Afirmación de Auburn, en la que acordaban la negación sistemática de una serie de doctrinas fundamentales como, por ejemplo, el nacimiento virginal de Cristo, la expiación sustitutiva y la resurrección corporal de Cristo, entre otras. Comentó que, en aquel tiempo, los mismos fundamentos y convicciones que habían levantado a Princeton y sostenido su bandera ahora eran repudiados. Era urgente una reforma.
Por eso, 1929 fue un año decisivo. Junto con Machen y otros teólogos y administradores, Murray participó en la fundación del Westminster Theological Seminary, institución que hasta hoy se ha dedicado a preservar la teología reformada clásica, confesional y tradicional frente a las corrientes modernistas y liberales del momento. El 30 de septiembre de 1930, Murray aceptó la invitación de Machen para incorporarse al profesorado de Westminster, decisión que marcó el resto de su vida, porque no salió de allí sino hasta su jubilación. Así fue como empezó a formar parte de un equipo comprometido con darle continuidad a la tradición teológica de Princeton y a trabajar junto a los teólogos que, como Van Til, previamente lo habían mentoreado.

El profesor Murray
Como profesor de teología sistemática, Murray ejerció una influencia profunda en generaciones de estudiantes. Su enseñanza se caracterizaba por una combinación poco común de rigor intelectual y profunda espiritualidad. Cada clase comenzaba con una oración que no era una mera formalidad, sino una experiencia que situaba a los estudiantes en la presencia de Dios. La atmósfera era de solemnidad, reverencia y profundidad en la reflexión acerca de Dios. Los alumnos percibían que estaban participando en algo más que en un ejercicio académico.
Su método pedagógico reflejaba su convicción de que la teología no puede separarse de la vida espiritual. Esa idea era propia de la tradición a la que pertenecía, la cual sostenía desde hacía siglos que la buena teología sigue la buena práctica. Murray preparaba cuidadosamente cada lección, buscando que la verdad bíblica moldeara tanto la mente como el corazón de sus estudiantes. Sus escritos abundan en citas y referencias al texto bíblico, lo cual evidencia su prioridad de que ellos fueran transformados mediante la enseñanza apasionada, precisa y detallada de la Palabra de Dios.
En el ámbito académico, Murray insistió en la necesidad de fundamentar la teología en una exégesis rigurosa de las Escrituras. Su exposición de Romanos es un gran ejemplo. Aunque apreciaba profundamente la tradición puritana, sostenía que la doctrina debía derivarse directamente del texto bíblico, estudiado en sus lenguas originales: para él, primaba la exégesis sobre la tradición. Este enfoque lo llevó a rechazar tanto el tradicionalismo fundamentalista y acrítico como el racionalismo abstracto e incrédulo. Se podría decir que buscó una teología verdaderamente bíblica, científica y práctica.

Un compromiso innegociable con la fidelidad bíblica
Su producción escrita, aunque relativamente limitada en cantidad, es notable por su profundidad. Su obra más influyente, La redención consumada y aplicada (1955), ofrece una exposición sistemática de la doctrina de la salvación, distinguiendo entre la obra objetiva de Cristo y su aplicación subjetiva en el creyente, es decir, entre lo que Cristo hizo y logró en la cruz y lo que eso significa para los creyentes, así como la manera en que lo reciben y experimentan en su vida. En ese texto abordó con claridad temas fundamentales como la expiación, la justificación, la adopción, la santificación y la perseverancia. Tanto en inglés como en español se ha convertido en un libro clásico de consulta sobre el tema.
Otras obras importantes incluyen Christian Baptism (El bautismo cristiano), una defensa del bautismo infantil publicada en 1952; Principios de conducta (1957), centrada en la ética cristiana; y The Imputation of Adam’s Sin (La imputación del pecado de Adán) de 1959, dedicada al estudio del pecado original y su relación con la figura de Adán y sus descendientes. Pero, dentro de todos sus escritos teológicos, es The Epistle to the Romans (La epístola a los Romanos) la que se considera una de las contribuciones exegéticas más importantes del siglo XX. Fue publicada en 1959 en dos volúmenes.
A pesar de que publicó pocos títulos, estos constituyen un catálogo bastante extenso. La editorial británica Banner of Truth se ha dedicado a publicar sus obras más importantes en una gruesa colección de cuatro volúmenes. El conjunto comprende sus escritos desde 1935 hasta 1973.

En el plano doctrinal, Murray se mantuvo firmemente dentro de la tradición reformada, defendiendo la soberanía de Dios en la salvación. Sin embargo, evitó simplificaciones, mostrando una sensibilidad pastoral que le permitió articular estas doctrinas con profundidad y equilibrio. Su énfasis en la unión con Cristo destaca como uno de los aspectos más ricos de su teología.
En el ámbito ético, sostuvo que la ley de Dios continúa siendo normativa para el creyente, no como medio para ser aceptado y justificado en el Nuevo Pacto de Dios, sino como una guía de obediencia para la vida cristiana, que sigue siendo regulada por Dios. En este sentido, buscó evitar tanto el legalismo como el antinomianismo, proponiendo una comprensión equilibrada de la relación entre ley y gracia.
Un cristiano integral
A la par de su labor académica, Murray también participó activamente en la vida eclesiástica. Fue uno de los fundadores de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa y fue ordenado ministro en 1937, aunque posteriormente se distanció de ella por diferencias doctrinales. Esto evidencia su compromiso con la fidelidad bíblica por encima de la lealtad institucional, algo que ya había demostrado al salir de Princeton.

En relación con la unidad cristiana, Murray enfrentó uno de los grandes desafíos de su tiempo. Aunque valoraba la cooperación entre distintas tradiciones, insistía en que la verdadera unidad debía basarse en una confesión doctrinal común. Advertía que la tolerancia de divergencias fundamentales podía socavar la unidad en lugar de fortalecerla.
En cuanto a su carácter, se distinguió por su humildad, su ausencia de ambición y su integridad; no buscó promoción personal. Durante sus años en Estados Unidos, realizó numerosos viajes a Escocia para visitar a su familia, manteniendo siempre un fuerte sentido de pertenencia a su tierra natal. Sin embargo, no basó su identidad en su procedencia, más bien se distinguió por una profunda fidelidad a su vocación teológica. Aunque mantenía fuertes vínculos con su familia, rara vez hacía referencia a su vida personal en sus enseñanzas, lo que refleja su enfoque centrado en la teología y en el testimonio no de los hombres ni acerca de ellos, sino de Dios y de lo que Él ha dicho en Su Palabra.

“Lamentamos profundamente no volver a ver su rostro”
En enero de 1966, Murray se retiró de la enseñanza en Westminster. Ese mismo año, la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa le rindió un homenaje que reflejaba el profundo respeto que había ganado como maestro, pastor y consejero. Este reconocimiento destacaba no solo su erudición, sino también su carácter. La Asamblea General reconoció la labor de Murray con un pergamino conmemorativo que decía:
A nuestro estimado hermano, padre en la fe, maestro de la Palabra de Dios, compañero presbítero y pastor de Jesucristo en la labor del Evangelio, al profesor John Murray: nosotros, los comisionados de la Trigésima Tercera Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa, reunidos en Oostburg, Wisconsin, el 28 de abril de 1966, estampamos nuestros nombres en el siguiente homenaje:
Ha sido un amigo y consejero entrañable para todos nosotros, brindándonos consejo individual siempre que lo necesitábamos, siempre con un profundo conocimiento y una reverencia inspiradora por la Palabra escrita. Ha sido un presbítero fiel, dedicando incontables días al servicio de nuestra amada Iglesia, tanto en sus cultos como miembro de muchos de sus comités.
Ha sido un reprochador amable, un animador sincero y un disidente sin amargura en nuestras deliberaciones. Para muchos de nosotros ha sido un maestro paciente y mucho más, pues nos ha enseñado exactitud en el estudio de las Sagradas Escrituras y un profundo respeto por su elevada doctrina.
Lo honramos en nuestros corazones. Lo respetamos por su erudición y sabiduría. Le damos gracias a Dios por usted, profesor Murray. Pero nos vemos obligados a decir aún más: lo queremos mucho y lamentamos profundamente no volver a ver su rostro ni escuchar su voz en futuras reuniones. Rogamos a Dios que lo guíe hacia un ministerio provechoso y feliz durante su jubilación en su tierra natal. Le damos gracias a Dios cada vez que lo recordamos.

Tras su jubilación, regresó a Escocia y, en 1967, contrajo matrimonio con Valerie Knowlton. Tuvieron dos hijos, Logan y Ann-Margaret. Durante sus últimos años continuó predicando y enseñando hasta que una enfermedad se lo impidió. Falleció el 8 de mayo de 1975, firme en la fe que había proclamado durante toda su vida.
Aunque Murray pertenece al contexto presbiteriano de los Estados Unidos del siglo XX, su influencia se ha hecho sentir también entre estudiantes latinoamericanos, aunque en menor grado. Entre sus publicaciones traducidas a español, el librito El pacto de gracia ha ayudado a comprender la idea de pacto y su relación con la historia bíblica de la salvación desde Génesis en adelante. Otro libro importante en español es el ya mencionado Principios de conducta, que ha servido como manual para temas como el matrimonio, el trabajo, la gracia, la ley y el Sermón del Monte, entre otros.
El legado de John Murray perdura tanto en sus escritos como en la influencia que ejerció sobre generaciones de estudiantes. Su insistencia en la centralidad de la Escritura, su rigor exegético y su profunda espiritualidad lo convierten en una figura clave del pensamiento reformado contemporáneo. En definitiva, su vida representa la unión de piedad, erudición y fidelidad doctrinal. En un siglo en el que hubo intensos cambios teológicos, su testimonio permanece como una referencia sólida y actual para quienes buscan una teología profundamente arraigada en las Escrituras y orientada al servicio de la Iglesia.
Referencias y bibliografía
The Claims of Truth (1976) de John Murray. En Collected Writings of John Murray. Vol. 1. The Banner of Truth.
Historical Dictionary of the Reformed Churches (2010) de Robert Benedetto y Donald K. McKim. The Scarecrow Press, UK.
Biographical Catalogue of Princeton Theological Seminary, 1815-1954: Biographies: 1865-1954 (1955) de Orion Cornelius Hooper. Princeton Theological Seminary.
