Horatius Bonar: el pastor escocés que habló el Evangelio con poesía

La historia de Bonar es la de un hombre común con un don extraordinario: hacer que la verdad cristiana fuera cantada. En medio de pérdidas familiares, divisiones eclesiásticas y desafíos pastorales, escribió poesía del Evangelio para consolar, enseñar y adorar.

Si pudieras elegir un siglo y un país, no para vivir, sino para visitar y escuchar predicación, ¿cuál sería? 

Se podría argumentar a favor del siglo XVI si disfrutas de Ginebra y Calvino es tu héroe. Ciertamente hay algo atractivo en el Londres del siglo XVII —imagina escuchar a John Bunyan, Thomas Watson, John Owen y docenas de otros—, algunos de ellos predicando a pocos minutos de distancia a pie entre sí. O tal vez preferirías estar allí dos siglos después para escuchar a C. H. Spurgeon. 

En mi caso, creo que elegiría a “mi propia gente” y visitaría Escocia a mediados del siglo XIX. Poder escuchar a Thomas Chalmers, Hugh Martin, William Cunningham, George Smeaton, William Chalmers Burns, Robert Murray M’Cheyne, John Kennedy de Dingwall, John MacDonald de Ferintosh. Eso sería un deleite. 

Pertenezco a la Iglesia Libre de San Pedro en Dundee. Robert Murray M’Cheyne fue nuestro primer ministro. A veces me apoyo contra la pared y le pregunto con nostalgia: “¿Cómo era todo en las décadas de 1830 y principios de 1840?”. Sentado aquí, en ocasiones, podría haber escuchado a un ministro con poesía en su alma: Horatius Bonar. 

Robert Murray M’Cheyne / Imagen: Dominio público

Servicio íntegro

Horatius Bonar nació en una familia acomodada de clase media en Edimburgo en 1808 y murió allí en 1889. Su padre era abogado, pero el linaje de la familia Bonar dio muchos ministros a la Iglesia presbiteriana, incluyendo a su hermano mayor John James y al más conocido hermano menor, Andrew. 

La vida de Horatius Bonar se cuenta de forma sencilla. Andrew Somerville, uno de los miembros cercanos del “Círculo de M’Cheyne” de sus días de estudiante, dijo tras su muerte: 

Vivió durante el largo espacio de 80 años manteniendo una vida cristiana e intachable en este mundo de pecado, traición e injusticia. Desde el día de su conversión a una edad temprana, puso todos los recursos de su ser a los pies de Jesús, consagrando su erudición, sus distinguidas habilidades y todas las energías de su naturaleza para servir íntegramente en la tierra a su Maestro celestial. 

Horatius (“Horace” para sus amigos) se graduó de la Universidad de Edimburgo, fue pastor asistente en Leith (el puerto de la ciudad), sirvió fielmente desde 1837 en Kelso, un pueblo de la frontera escocesa, y luego fue llamado en 1866 al nuevo cargo de la Chalmers Memorial Church en Edimburgo (nombrada así por su gran profesor). Aquí ministró hasta su muerte en 1889. 

Durante su vida editó varias revistas cristianas, incluyendo The Quarterly Journal of Prophecy (Revista trimestral de profecía) —estaba profundamente comprometido con la escatología premilenial—, escribió muchos tratados sobresalientes —tenía un gran corazón para guiar a otros a Cristo— y varios libros de gran éxito —God’s Way of Peace (El camino de paz de Dios) y God’s Way of Holiness (El camino de santidad de Dios) son quizás los más conocidos; todavía se imprimen hoy—. En 1843, durante la Disrupción, fue uno de los más de 400 ministros que sacrificaron sus sustentos y casas parroquiales en la Iglesia de Escocia para formar la Iglesia Libre de Escocia. 

Bonar pidió que no se escribiera ninguna biografía sobre él (aunque él mismo escribió dos biografías de otros), y quienes mejor lo conocieron respetaron su deseo. Pero hay mucho que podría escribirse sobre su fidelidad en el ministerio, sus amistades y su productividad. Experimentó heridas profundas durante su vida por la pérdida de cinco hijos; ocasionalmente se vio envuelto en fuertes controversias: en una ocasión por su apoyo a D.L. Moody y en otra por el uso de himnos (en lugar de solo salmos y, en algunos casos, paráfrasis) en el culto público. Contar esas historias requeriría un ensayo aparte. Pero dos rasgos de su ministerio nos dicen mucho sobre el hombre.

D.L. Moody / Foto: Dominio público

Dejen que los niños aprendan

El primero es su trabajo con los jóvenes. Desde el principio, como joven pastor asistente en Leith, invirtió su amor enérgico en guiar a los jóvenes a la fe en Cristo y en encontrar formas de nutrirlos en la gracia de Dios. Él los amaba y ellos le correspondían. “Los niños que encontraba a menudo corrían hacia él en la calle, reclamando una especie de propiedad sobre él”, recordaba un amigo. Una de esas jóvenes dijo sobre él:

A veces me pregunto si alguien más poseyó la facultad que él tenía de atraer hacia sí el afecto de los jóvenes, el cual, una vez que estabas bajo el encanto de su amistad, nunca más podía perderse o disminuir. ¡Qué bien recuerdo su clase para nosotras las niñas! No nos habríamos perdido esa hora del miércoles por nada del mundo. 

Me parece ver el pequeño cuarto debajo de la querida y antigua iglesia donde nos reuníamos, un grupo brillante y feliz de escolares, sentadas alrededor para escuchar su enseñanza seria, amorosa y fiel. Veo al Dr. Bonar sentado al final de la larga mesa con la gran Biblia extendida ante él, el himnario bíblico en su mano, su querido y atractivo rostro radiante, y la agradable sonrisa que lo iluminaba cuando alguna de nosotras daba una respuesta más completa y clara de lo que él esperaba a la pregunta planteada. 

Y luego, la última reunión antes de las vacaciones; qué hora tan solemne era, mientras nos recordaba que nunca más aquí abajo nos volveríamos a reunir todos, y hablaba del lugar de encuentro allá arriba. Todos arrodillados, para ser cada uno encomendado con ternura al cuidado amoroso de nuestro Padre celestial, bañados en lágrimas, apenas podíamos separarnos, demorándonos mucho después de la hora habitual. 

Horatius Bonar / Imagen: Dominio público

Sin duda, es una gran marca de gracia cuando un ministro del Evangelio se hace querer por los jóvenes de esta manera. Pues también es claro que este hombre no era tímido y se oponía resueltamente a cualquier distorsión del Evangelio. 

Poesía en su alma

Fue originalmente para esos jóvenes que comenzó a escribir himnos. En total escribió alrededor de 600, los cuales, por supuesto, no tienen todos el mismo mérito. Pero desde su época, la mayoría de los himnarios —donde todavía se usan hoy— incluyen varias de sus composiciones.

Los himnos de Bonar suelen ser sencillos, pero no simplistas; poéticos y, sin embargo, claramente teológicos; y los mejores de ellos se centran en la persona del Señor Jesús, Su obra expiatoria, venir a Él en fe, vivir sin reservas para Él y anticipar la gloria futura. 

En estos himnos, el corazón del Evangelio siempre se encuentra en Jesucristo, en la cruz, en la expiación sustitutiva. Para él —como para Pablo—, esta fue una obra personal de Cristo, realizada por amor a nosotros, en nuestro favor y en nuestro lugar. “…el Hijo de Dios (…) me amó y se entregó a Sí mismo por mí” (Ga 2:20). Y aunque quería expresar todo esto de forma sencilla y memorable para los jóvenes, lo hizo de tal manera que los más ancianos y maduros se sienten profundamente conmovidos por la profundidad de todo ello.

Aquí está The Work That Saves (La obra que salva): 

Hecha está la obra que salva,

hecha una vez y para siempre;

terminada la justicia

que viste al injusto.

Y este amor, expresado en la cruz, es una realidad continua para el cristiano:

El amor que nos bendice aquí abajo

fluye libremente hacia nosotros ahora.

El sacrificio de Cristo y sus implicaciones se describen vívidamente con una economía de palabras que no solo articulan con claridad la enseñanza bíblica, sino que también traen la realidad de la cruz ante nuestros ojos. Nota el poder visual y emocional de la segunda y, especialmente, la tercera línea de la siguiente estrofa:

El sacrificio ha terminado,

el velo se ha rasgado en dos,

el propiciatorio está rojo

con la sangre de la víctima inmolada.

En Bonar, la poesía nunca se separa de la teología y todo conduce a Cristo. / Imagen: Dominio público

Buena poesía del Evangelio

Bonar hace una aplicación personal directa, de modo que nos convertimos en evangelistas unos de otros mientras cantamos: 

¿Por qué se quedan fuera, con temor?

La sangre divina nos invita a acercarnos.

Vienen a la mente otros himnos con un enfoque similar, trabajados de forma creativa, como The Substitute (El Sustituto): 

Pongo mis pecados sobre Jesús, 

el Cordero de Dios sin mancha. 

De toda su culpa Él nos libera; 

Él mismo carga con el peso. 

Pongo mi necesidad sobre Jesús, 

toda plenitud habita en Él; 

Él sana todas mis enfermedades, 

mi alma Él redime. 

Pongo mis penas sobre Jesús, 

Él las quita todas de mí; 

echo mis afanes sobre Jesús, 

mi escudo y mi torre es Él. 

Me entrego a Jesús, 

esta alma mía cansada; 

Su mano derecha me abraza, 

en Su pecho me reclino. 

Esto no es Milton ni Shakespeare. El propio Bonar solía decir que “podía ser buen Evangelio, pero no era buena poesía”. Sin embargo, en términos de comunicación del Evangelio, es multum in parvo, mucho en poco: la pureza de Cristo nuestro sacrificio, el corazón de Su obra en la sustitución, la actividad de la fe, la plenitud de Cristo para salvar hasta lo sumo, para consolar y fortalecer, el reconocimiento de que la vida cristiana no es fácil (“esta alma mía cansada”), la posibilidad de una comunión íntima con Cristo; todo puntuado por alusiones bíblicas y en solo cuatro estrofas sencillas y menos de 90 palabras. 

En pocas estrofas, Bonar concentra el Evangelio con Cristo como sacrificio, una fe viva y una comunión que sostiene hasta lo sumo. / Imagen: Dominio público

Himnos con toda el alma

Vienen a la mente otros himnos más conocidos. Ellos también están característicamente llenos de alusiones bíblicas y una cálida teología reformada. Bonar escribió himnos del tipo Colosenses 3:16 que (1) hacen que la Palabra de Cristo habite en nosotros abundantemente, (2) son cantos espirituales (¡en el sentido de que están ciertamente en armonía con la Escritura inspirada por el Espíritu!), (3) nos dan formas de enseñarnos y exhortarnos unos a otros y (4) nos ayudan a alabar al Señor en nuestros corazones. Las líneas pueden ser sencillas, pero nunca banales, y siempre desarrollan un tema, hacen una aplicación personal y elevan el alma en alabanza a Dios.

“Bendición, y honra, y gloria, y poder”, basado en Apocalipsis 5, es un maravilloso ejemplo de esa última característica, ya que nos lleva de todo corazón a compartir la doxología del cielo. Otros, como “No lo que soy, oh Señor, sino lo que Tú eres. ¡Eso, solo eso puede ser el verdadero descanso de mi alma!”, ilustran la capacidad de Bonar para mantener unida la objetividad fundamental del Evangelio con la apropiación personal del mismo. Como predicador y escritor profundamente experiencial, reconoció bien que centrarse exclusiva o predominantemente en lo subjetivo puede dejarnos rápidamente en la quiebra espiritual y, sin embargo, al mismo tiempo atrae los afectos en la adoración.

Con Horacio Bonar, la teología bíblica se convierte en canto, enseñanza mutua y alabanza sincera que eleva el alma. / Foto: Dominio público

Mente, corazón y manos

Toda la himnodia de Horatius Bonar era poesía; pero debido a que era un alma poética, no toda su poesía era himnodia. De hecho, expresaba sus sentimientos más profundos sobre todo a través de la poesía. En “Lucy” (escrito en agosto de 1858 tras la muerte de una querida hija), describe su dolor en la presencia del Señor: 

Toda la noche observamos la vida que se agotaba,

como queriendo detener su huida;

hasta que, al despuntar el alba,

nuestra última esperanza se desvaneció.

Y luego este desgarrador contraste:

Ella era la música de nuestro hogar,

un día que no conocía la noche,

la fragancia de nuestro jardín,

un ser lleno de sonrisas y luz.

Aquí vislumbramos lo que añadía pathos tanto a sus escritos como a su predicación (y lo que es sin duda una característica esencial, aunque a veces ausente, de la verdadera predicación): la unión del logos (razonamiento bíblico poderoso), con el ethos (una vida integrada que ilustra el fruto de ese razonamiento bíblico), vinculada al pathos (la expresión de afectos y emociones que coinciden y expresan la verdad que se proclama).

Toda la himnodia de Horatius Bonar era poesía; pero debido a que era un alma poética, no toda su poesía era himnodia. / Foto: Dominio público

Letras sin música

Existe una importante prueba de fuego para lo que cantamos: ¿me instruye este himno o canción bíblicamente y me conmueve afectivamente incluso cuando no hay acompañamiento musical? Si sin los ritmos y la melodía de la música, las palabras de una canción o himno fallan esta prueba, es probable que la música me esté conmoviendo más que el Evangelio. 

No cantamos, y probablemente no deberíamos cantar, todos los himnos de Bonar hoy en día. Pero pocos autores de himnos modernos, si es que hay alguno, lo superan en sencillez y profundidad evangélica, y sería una triste pérdida para cualquier iglesia no estar familiarizada con al menos un pequeño catálogo de sus himnos. Pienso en: 

  • A few more years shall roll (Unos pocos años más pasarán).

  • All that I was, my sin, my guilt (Todo lo que yo era, mi pecado, mi culpa).

  • Come, mighty Spirit, penetrate, this heart and soul of mine (Ven, Espíritu poderoso, penetra este corazón y alma mía).

  • Father, our children keep (Padre, guarda a nuestros hijos).

  • For the bread and for the wine (Por el pan y por el vino).

  • Glory be to God the Father (Gloria sea a Dios el Padre).

  • Go, labor on; spend and be spent (Ve, sigue trabajando; gasta y desgástate).

  • He liveth long who liveth well (Vive mucho quien vive bien).

  • I hear the words of love (Oigo las palabras de amor).

  • Into the heaven of heavens has he gone (Al cielo de los cielos Él ha ido).

  • No, not despairingly come I to thee (No, no desesperado vengo a Ti).

  • Not what I am O Lord, but what thou art (No lo que soy, oh Señor, sino lo que Tú eres).

  • O love of God, how strong and true (Oh amor de Dios, qué fuerte y verdadero).

  • These are the crowns that we shall wear (Estas son las coronas que usaremos).

  • This is the day of fellowship and love (Este es el día de compañerismo y amor).

  • Thy way, not mine, O Lord (Tu camino, no el mío, oh Señor).

  • Thy works, not mine, O Christ (Tus obras, no las mías, oh Cristo).
Los himnos de Bonar sobrevivieron a las modas de su época y siguen hablando a la nuestra. / Foto: Dominio público

¿Quién no ha sentido el tirón de la verdad del Evangelio en, quizás, su himno más cantado: Oí la voz del Salvador? ¿O quién, habiendo gustado la comunión con el Señor Jesús en la mesa del Señor, puede dudar de que su experiencia ha sido maravillosamente descrita, y su significado maravillosamente iluminado, por su himno This do in remembrance of me (Hagan esto en memoria de Mí)? En Escocia ha sido a menudo la costumbre cantar estas tres estrofas antes de que se sirva la Cena: 

Aquí, oh mi Señor, te veo cara a cara; 

Aquí quisiera tocar y manejar las cosas invisibles, 

aquí asir con mano más firme la gracia eterna; 

y apoyar en Ti todo mi cansancio. 

Aquí quisiera alimentarme del pan de Dios, 

aquí beber contigo el vino real del cielo; 

aquí quisiera dejar de lado cada carga terrenal, 

aquí gustar de nuevo la calma del pecado perdonado. 

Esta es la hora del banquete y del canto; 

esta es la mesa celestial preparada para mí: 

aquí déjame comer, y comiendo, prolongar aún 

la breve y brillante hora de comunión contigo. 

Luego, estos versos tras disfrutar de la Cena:

Demasiado pronto nos levantamos; los símbolos desaparecen; 

el banquete, aunque no el amor, ha pasado y se ha ido; 

el pan y el vino se quitan, pero Tú estás aquí, 

más cerca que nunca, siendo aún mi Escudo y mi Sol. 

No tengo más ayuda que la Tuya, 

ni necesito otro brazo que el Tuyo para apoyarme: 

es suficiente, oh Señor, suficiente en verdad; 

mi fuerza está en Tu poder, solo en Tu poder. 

Mío es el pecado, pero Tuya la justicia; 

mía es la culpa, pero Tuya la sangre que limpia; 

aquí está mi manto, mi refugio y mi paz: 

Tu sangre, Tu justicia, oh Señor mi Dios. 

Así viene y pasa banquete tras banquete, 

pero, al pasar, señala hacia el alegre banquete de arriba, 

dando un dulce anticipo del gozo festivo, 

la gran cena de las bodas del Cordero, de dicha y amor. 

Todavía hoy podemos alegrarnos de que Horatius Bonar encontrara una forma de expresar su teología, su poesía y la doxología de su corazón en la himnodia. / Foto: Dominio público

Los himnos de Bonar sobrevivieron a las modas de su época y siguen hablando a la nuestra. Es testimonio de su valor que los músicos los unan a diferentes melodías para cantarlos con las nuevas generaciones. 

Todavía hoy podemos alegrarnos de que Horatius Bonar encontrara una forma de expresar su teología, su poesía y la doxología de su corazón en la himnodia. Y puesto que se nos manda cantar salmos, himnos y cánticos espirituales, y alabar al Señor en nuestros corazones, tal vez deberíamos orar más de lo que lo hacemos para que Dios levante a otros como él hoy en día. 

Seguimos necesitando pastores con poesía en su alma.


Este artículo fue traducido y ajustado por David Riaño. El original fue publicado por Sinclair Ferguson en Desiring God. Allí se encuentran las citas y notas al pie. 

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Autor

Sinclair B. Ferguson

Es profesor asociado en Ligonier y distinguido profesor visitante de teología sistemática en Westminster Theological Seminary. Anteriormente se desempeñó como ministro principal de la Primera Iglesia Presbiteriana en Columbia, Carolina del Sur, y ha escrito más de dos docenas de libros.

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