Lo que logró hacer (…) fue convertirme, incluso bautizar (…) mi imaginación.
— C. S. Lewis
En la historia de la literatura, George MacDonald ocupa el lugar del patriarca silencioso de la fantasía moderna. Si bien no fue él quien cosechó la fama o la riqueza masiva que hoy asociamos al género —un papel que desempeñaría décadas más tarde J. R. R. Tolkien—, el viaje intelectual que permitió la creación de una Tierra Media apta para el disfrute de los adultos comenzó con la pluma de este escocés. Su autoridad literaria era tal que el mismo Lewis Carroll se decidió a publicar Alicia en el país de las maravillas solo tras recibir su consejo e impulso. Sin embargo, su impacto más profundo residió en su capacidad para guiar a C. S. Lewis “a través del ropero”, sentando las bases espirituales de lo que llegaría a ser Narnia.
La influencia de MacDonald resulta tan vasta como inesperada. Fue un hombre que lidió con la crianza de once hijos, la amenaza constante de la bancarrota y una salud crónicamente debilitada. Además, cargaba con el peso de una trayectoria ministerial que muchos de sus contemporáneos consideraron un fracaso. Pese a estas adversidades, logró transformar la sensibilidad literaria en una época dominada por el realismo victoriano, en la que la fantasía era vista como una distracción menor. Como bien observó C. S. Lewis: “En muchos aspectos, el pensamiento de MacDonald posee, en alto grado, precisamente las excelencias que, en función de su tiempo y su historia personal, menos esperaríamos que poseyera”.
Esta realidad nos conduce a explorar el origen de su legado. ¿Cómo este pastor sin congregación y escritor asediado por las deudas logró alcanzar una autoridad tan perdurable? ¿Cuál es el secreto de esa influencia que llevó incluso al gran C. S. Lewis a tener con él su principal deuda espiritual?

Un “ministro fallido”
George MacDonald nació en 1824 en Huntly, un pequeño pueblo comercial en Aberdeenshire, Escocia. Su llegada al mundo coincidió con un momento de profunda transformación estructural en Gran Bretaña. Mientras la Revolución Industrial reconfiguraba la economía y desplazaba a las comunidades rurales hacia las ciudades grises, el entorno de MacDonald conservaba una dualidad fascinante: una adhesión inquebrantable al fervor calvinista y una sensibilidad vibrante hacia la mitología celta.

En el hogar de los MacDonald, estas dos fuerzas se entrelazaban. Su familia pertenecía a una estirpe profundamente enraizada en el servicio cristiano, pero con una imaginación alimentada por los cuentos de las Highlands. Un ejemplo notable de este linaje fue su tío, Mackintosh MacKay, una figura de gran relieve en la vida religiosa escocesa. No solo fue un ministro prominente que llegó a ser moderador de la Iglesia Libre de Escocia, sino también un erudito del gaélico que dedicó años a compilar diccionarios y preservar la lengua de sus ancestros. Esta herencia familiar sugería que el intelecto y la fe debían estar acompañados por un respeto profundo hacia la narrativa y la identidad cultural.

Precisamente en ese entorno, y en particular gracias a la relación con su padre, se gestó su pensamiento, el cual daría tanto fruto años más tarde. C. S. Lewis diría después que en MacDonald se manifestó el dilema “antifreudiano”: en lugar de que los conflictos con su padre fueran el origen de deformaciones de carácter y errores de pensamiento, fue justamente gracias a él que su robusta mentalidad teológica fue formada:
De la relación casi perfecta que mantuvo con su padre nacieron las terrenales raíces de toda su sabiduría. Fue de su propio padre, según decía, de quien aprendió que la paternidad tenía que ser el corazón mismo del cosmos. De ahí que estuviese inusitadamente preparado para enseñar aquella religión en la que la relación más central de todas es la establecida entre Padre e Hijo.
Sin embargo, para George, esta riqueza espiritual convivía con una fragilidad física constante. Desde su infancia, su salud se convirtió en una carga recurrente. Padecía afecciones pulmonares crónicas —asma y bronquitis— que lo acompañarían de por vida. Además, el espectro de la tuberculosis, la temida “peste blanca” que ya había cobrado la vida de varios de sus familiares, acechaba siempre de cerca. Pero esta cercanía con la enfermedad y la mortalidad temprana en su círculo íntimo refinó su percepción de lo eterno.
En 1840, MacDonald ingresó al King’s College de Aberdeen. Curiosamente, su formación inicial no fue teológica, sino científica. Se graduó en 1845 con honores en Química y Física, disciplinas que le otorgaron una estructura mental analítica. No obstante, los tres años posteriores a su graduación fueron un periodo de intensa lucha interior. Mientras trabajaba como tutor privado, se vio envuelto en una crisis de vocación y fe, debatiéndose entre las exigencias del calvinismo en el que fue criado —con su énfasis en la predestinación y la depravación total— y una creciente intuición sobre la naturaleza del amor divino. Finalmente, en 1848, decidió seguir los pasos de su linaje y comenzó su entrenamiento teológico formal en el Highbury College de Londres para convertirse en ministro de la Iglesia congregacionalista.

Su ordenación tuvo lugar en 1850 en la Trinity Congregational Church de Arundel, en West Sussex. Lo que parecía ser el inicio de una carrera eclesiástica estable se convirtió rápidamente en un campo de batalla doctrinal. MacDonald no era un predicador convencional. Sus sermones, imbuidos de una visión poética y una confianza inquebrantable en la misericordia de Dios, empezaron a inquietar a los diáconos de la congregación. La tensión alcanzó su punto crítico cuando él comenzó a sugerir la posibilidad de la salvación universal, es decir, la idea de que el castigo divino no era un fin en sí mismo, sino un proceso purificador destinado a atraer a todos los seres hacia el Creador.
Para la ortodoxia de su tiempo, estos planteamientos eran peligrosos. Los líderes de la iglesia en Arundel reaccionaron reduciendo su salario bajo el pretexto de que su predicación no alimentaba espiritualmente a la congregación, una medida administrativa que buscaba forzar su salida. Esto llevó gradualmente a que renunciara en 1853 e iniciara un peregrinaje de breves intentos ministeriales en Manchester y otros lugares, los cuales terminaron invariablemente en fracaso, ya fuera por el rechazo a su teología o por el colapso de sus pulmones.
De este modo, el balance de sus años tempranos quedó marcado por el aparente estigma de un ministerio fallido. Sin embargo, fue en este periodo de rechazo en el que se consolidó la columna vertebral de su pensamiento teológico. Al quedarse sin púlpito y con una familia que alimentar, se vio obligado a buscar una nueva forma de comunicar estas verdades. Fue así como el pastor expulsado de las iglesias comenzó a encontrar su voz en las páginas de la literatura, convirtiendo la ficción en el vehículo de su ministerio más duradero.

Inventor de la fantasía moderna
Hacia mediados del siglo XIX, el panorama literario victoriano estaba dominado por un realismo estricto. La ficción para adultos debía reflejar la sociedad, sus costumbres y dilemas morales de forma directa. En ese contexto, lo fantástico quedaba relegado casi exclusivamente al ámbito infantil; se aceptaba la presencia de hadas o criaturas mágicas siempre que los personajes fueran meros símbolos de virtudes o vicios, y que la historia concluyera con una moraleja evidente que justificara el tiempo del lector.
Sin embargo, en 1858, MacDonald publicó su primera novela fantástica, Phantastes: una especie de romance para hombres y mujeres (1858). La obra resultó ser una anomalía absoluta para su tiempo: no era una alegoría simplista ni un cuento de hadas moralizante. En su lugar, ofreció una narrativa mítica que exploraba las grietas de la condición espiritual humana. Combinando la herencia de los cuentos celtas de su infancia con una profunda introspección teológica, MacDonald demostró que la fantasía no era una vía de escape de la realidad, sino un espejo para comprenderla mejor.
Su genio residía en su capacidad para crear personajes que eran vehículos vivos de su fe, incluso cuando esta se alejaba de lo institucional. Como señaló C. S. Lewis: “Sus mejores personajes son aquellos que desvelan hasta qué punto la caridad y la sabiduría espiritual pueden coexistir con la profesión de una teología que no parece promover ni la una ni la otra”.

Esta capacidad para transformar lo cotidiano a través de la lente de lo sobrenatural tuvo un efecto sísmico en sus contemporáneos y sucesores. G. K. Chesterton, años más tarde, recordaría cómo la lectura de La princesa y el duende (1872) alteró por completo su percepción del mundo: “Hizo una diferencia en toda mi existencia (...) al mostrarme cuán cerca están de nosotros las mejores y las peores cosas desde el principio (...) y convertir todas las escaleras, puertas y ventanas ordinarias en cosas mágicas”.
Pero quizás el episodio más fascinante de esta etapa fue su relación con Charles Lutwidge Dodgson, mejor conocido como Lewis Carroll. Ambos autores se conocieron en Hastings entre 1858 y 1859, y a pesar de la profunda amistad que desarrollaron, representaban mundos opuestos. Carroll era un soltero reservado, conferencista de matemáticas en Oxford y de un arraigado trasfondo anglicano. MacDonald, por el contrario, era un hombre de familia con once hijos, un orador público de gran carisma y un calvinista escocés cuya teología había sido forjada en la disidencia.
A pesar de estas diferencias, los unía un compromiso cristiano inquebrantable y una aversión compartida por la irreverencia. Sus conversaciones solían girar en torno al teatro, la homeopatía y un profundo amor por los animales, manifestado en su firme oposición a la disección de animales vivos. Carroll encontró en el hogar de los MacDonald el refugio que su timidez solía negarle. Se convirtió en un amigo cercano de los hijos de George, a quienes solía fotografiar y dar regalos. De hecho, la correspondencia de Carroll con Lilia y Mary MacDonald se cuenta entre las primeras muestras de su célebre talento para escribir a amigos infantiles.

De hecho, el papel de los niños MacDonald en la historia de la literatura universal es fundamental: ellos fueron los responsables de que Alicia en el país de las maravillas viera la luz. Carroll les prestó el manuscrito original, titulado entonces Las aventuras de Alicia bajo tierra, y fue el entusiasmo desbordante de la familia —especialmente el del joven Greville MacDonald— lo que finalmente convenció al tímido matemático de Oxford de que la historia debía ser publicada.
La huella de MacDonald en la obra de Carroll es rastreable en detalles técnicos y simbólicos. Ciertos pasajes de Phantastes resuenan en las aventuras de Alicia: la imagen de un conejo blanco, el descenso vertiginoso por un agujero perpendicular y la noción de los espejos como portales a dimensiones desconocidas. Incluso, el gato blanco de Mary MacDonald, llamado “Snowdrop”, prestó su nombre a la gatita blanca en A través del espejo, mientras que el personaje de “Lily” fue nombrado en honor a Lilia, la hija mayor de George. Ambos autores compartían una fascinación por los estados de transición entre el sueño y la vigilia, utilizándolos como herramientas para desmantelar la lógica racionalista de su época.
Y, más allá de Chesterton y Carroll, la influencia de MacDonald llegó a extenderse por toda la fantasía moderna, preparando el terreno para la existencia de una obra como El Señor de los anillos. Es importante notar que, si bien la Tierra Media de J. R. R. Tolkien no fue fruto de una influencia directa de MacDonald en términos de trama, sí fue su obra la que preparó el terreno. Fue él quien rompió el prejuicio de que lo fantástico era una niñería, permitiendo que décadas más tarde la fantasía moderna pudiera florecer con la seriedad y profundidad que Tolkien y otros autores le otorgarían.
Así, con su pluma, el pastor que no había encontrado lugar en los púlpitos de Arundel comenzó a construir una catedral de papel donde la imaginación y el espíritu podían, por fin, reconciliarse.

Mentor de C. S. Lewis
De entre todas las ramificaciones de su herencia literaria, ninguna ha sido tan celebrada ni resulta tan evidente como la impronta que dejó en el pensamiento de C. S. Lewis. La filiación intelectual y espiritual de estos dos gigantes literarios fue una de las más determinantes del siglo XX. Aunque nunca se conocieron en persona —MacDonald falleció cuando Lewis era apenas un niño—, el rastro del escocés es omnipresente en la obra del creador de Narnia. Para Lewis, MacDonald fue el mentor que, de manera póstuma y a través de la ficción, rescató su alma de los laberintos del romanticismo oscuro.
En 1916, en el andén de una estación de tren, el joven C. S. Lewis de 17 años, todavía ateo y profundamente influenciado por una sensibilidad romántica que rozaba el pesimismo, se detuvo ante un puesto de libros. Allí, casi por azar, adquirió un ejemplar de Phantastes. Décadas más tarde, Lewis recordaría aquel momento como el cruce de una frontera definitiva:
Debe hacer más de 30 años que compré —casi sin querer, pues había ojeado el volumen en aquel puesto de libros y lo había rechazado una docena de veces con anterioridad— la edición Everyman de Phantastes. Unas horas más tarde, supe que había traspasado una gran frontera. Ya me había sumergido hasta el cuello en el romanticismo; y con toda probabilidad, en cualquier momento me tropezaría con sus formas más oscuras y malignas, deslizándome por la empinada cuesta que lleva del gusto por lo insólito a la excentricidad y de ahí a la perversidad. Phantastes no dejaba de ser romántica de un modo completamente consciente; pero había una diferencia. Nada más lejos de mí por aquel entonces que el cristianismo, y por eso no pude entender entonces en qué consistía realmente tal diferencia.

Esa diferencia que Lewis no lograba nombrar era, en esencia, la presencia de una santidad que permeaba la fantasía. Mientras otros autores románticos utilizaban lo sobrenatural para evocar terror o una evasión decadente, MacDonald lo utilizaba para señalar hacia una realidad trascendente y luminosa. El efecto en Lewis fue tan sísmico que resumió el impacto del libro con una de sus frases más célebres: “Lo que logró hacer este libro fue convertirme, incluso bautizar —y ahí fue cuando entró en juego la muerte— mi imaginación”.
Este “bautismo” no significó una conversión inmediata al cristianismo —ese proceso tomaría años de lucha intelectual—, pero sí preparó el terreno. MacDonald le enseñó a Lewis que la imaginación fantástica podía ser un vehículo para la verdad, y no solo un refugio para el entretenimiento infantil. A partir de ese encuentro, la lealtad de Lewis hacia su nuevo “maestro” fue absoluta. En la introducción de su propia antología de citas de MacDonald, publicada años después para dar a conocer la obra de su mentor, Lewis describió así la profundidad de esta herencia:
...hacer esta selección ha sido mi modo de pagar una deuda de justicia. Nunca he ocultado que le veía como a un maestro; de hecho, me imagino que no he escrito ni un solo libro en el que no le haya citado. Pero no me ha parecido que quienes han recibido amablemente mis libros sepan suficientemente, incluso ahora, hasta dónde llega esa afiliación.

La gratitud de Lewis alcanzó su punto culminante en su obra El gran divorcio. En esta novela teológica, que narra un viaje imaginario en autobús desde el infierno hacia las fronteras del cielo, Lewis introduce a George MacDonald como un personaje central. Su “maestro” aparece allí como un espíritu inmenso y poderoso que asume un papel análogo al de Virgilio en la Divina Comedia de Dante: es el guía que conduce al narrador a través de los misterios del más allá. Es el instructor que explica las complejidades de la moral cristiana y la naturaleza de la elección humana.
A través de sus diálogos, Lewis utiliza la figura de MacDonald para desentrañar conceptos teológicos difíciles, permitiendo que su alterego literario le enseñe una lección cristiana profunda: existen facetas de la realidad divina que el ser humano no está destinado a comprender plenamente en esta vida, especialmente en lo que respecta a la redención de las almas. MacDonald es, al mismo tiempo, el protector del narrador y su “compañero de debate”, una voz que equilibra la firmeza de la verdad con la mansedumbre de la sabiduría.
Esta relación evidencia que la influencia de MacDonald en Lewis no fue periférica. Fue él quien le proporcionó las herramientas para construir sus propios mundos fantásticos y quien le mostró que la teología más profunda podía ser comunicada con la sencillez de un cuento. Sin MacDonald, es probable que la literatura de Lewis hubiera carecido de esa cualidad mística y esperanzadora que hoy sigue cautivando a millones de lectores. Lewis nunca dejó de ser el alumno que, en un tren hacia un destino incierto, encontró en las páginas de un libro la brújula que guiaría el resto de su camino.

Cristiana mezcla de cariño y severidad
Tras décadas de labor literaria y una salud que lo obligó a buscar refugio en climas más cálidos como el de Italia, MacDonald falleció en 1905. Sin embargo, su muerte no silenció las interrogantes que su obra había planteado a la ortodoxia de su tiempo; esto lo convirtió en una figura profundamente controversial. Para él, las doctrinas del calvinismo escocés de su época, especialmente la predestinación, resultaban imposibles de conciliar con el carácter de Dios que percibía en las Escrituras. Esta tensión lo llevó a adoptar el universalismo: la convicción de que, en la consumación de los tiempos, el amor de Dios triunfaría sobre toda resistencia humana, logrando la salvación de todos los seres.
Muchos teólogos están en desacuerdo con sus posturas teológicas —tanto hoy como en su tiempo—. Sin embargo, es fundamental comprender que, para MacDonald, este universalismo no nacía de una visión ligera del pecado o de una misericordia sentimentalista. Al contrario, su predicación y sus escritos demostraban un fervor y un temor reverencial hacia Dios que pocos de sus críticos lograban igualar. Para el autor escocés, la salvación universal no era un proceso automático; más bien, implicaba que Dios, en Su infinita paciencia y a través de un fuego purificador, llevaría finalmente a cada alma hacia un arrepentimiento genuino y una rendición absoluta ante Cristo.

C. S. Lewis, quien analizó exhaustivamente esta faceta de su maestro, dejó claro que en MacDonald residía un amor ferviente hacia Jesucristo y Su obra de redención, aunque su interpretación de la misma se alejara de los estándares de buena parte del pensamiento teológico de su época:
La divinidad del Hijo es el concepto clave que une los diferentes aspectos de su pensamiento. No me atrevo a decir que nunca incurra en un error; pero, por decirlo abiertamente, me cuesta pensar en algún otro autor que parezca estar más cerca, o más continuamente próximo, al mismísimo Espíritu de Cristo. Ese es el origen de su cristiana mezcla de cariño y severidad. En ningún otro sitio, fuera del Nuevo Testamento, me he encontrado con el terror y el consuelo tan entrelazados.
MacDonald predicaba a un Dios cuya pureza es tan absoluta que resulta “terrible” para todo aquello que sea impuro. Su mensaje era de consuelo para el arrepentido, pero de terror para el orgullo que se niega a ser transformado. Y curiosamente, a pesar de su ruptura intelectual con el calvinismo, MacDonald nunca albergó resentimiento hacia la tradición de sus padres ni hacia los creyentes que se mantenían en ella. Supo reconocer que, incluso en las doctrinas que él combatía, existían verdades vitales sobre la santidad y la soberanía de Dios que la Iglesia no podía permitirse perder. Como resalta Lewis:
No somos nosotros los que tenemos que encontrar circunstancias atenuantes para sus puntos de vista. Al contrario, es él mismo, en lo más candente de su rebelión intelectual, el que nos fuerza, nos guste o no, a contemplar elementos de valor real y tal vez irreemplazable justo en aquello ante lo que él se rebela.

Fue precisamente esa devoción inquebrantable lo que terminó impregnando la fantasía moderna. Cuando leemos Las crónicas de Narnia y contemplamos la mezcla de asombro y temor que produce el león Aslan, o cuando recorremos los valles luminosos de El gran divorcio, estamos respirando el aire de George MacDonald. Su legado nos recuerda que la imaginación, cuando está sometida a la luz de la Verdad, tiene el poder de transformar el corazón de los hombres. Por ello, es apropiado cerrar con sus propias palabras sobre la naturaleza divina; un extracto que Lewis consideró tan vital que lo incluyó al comienzo de su antología para capturar lo que él denominó el “Ardor divino”:
Él agitará el cielo y la tierra, a fin de que solo lo más firme permanezca: es un fuego inextinguible, que hace que solo aquello que no puede ser extinguido permanezca eternamente en pie. Tal es la naturaleza de Dios: tan terriblemente pura que destruye todo lo que no es puro como el fuego, lo cual demanda que haya pureza en nuestra forma de adorarlo. Él tendrá siempre pureza. No se trata de que el fuego vaya a quemarnos si no Le adoramos, sino que seguirá ardiendo en nuestro interior hasta que todo lo que es ajeno a Él se haya rendido ante Su fuerza, no ya con dolor y consunción, sino como la conciencia más elevada de la vida, la presencia de Dios.
Nota del editor: Este artículo fue redactado por David Riaño y las ideas le pertenecen (a menos que se especifique explícitamente lo contrario). Para elaborarlo, ha utilizado herramientas de IA como apoyo. El autor ha revisado toda la participación de la IA en la construcción de su texto, y es el responsable final del contenido y la veracidad de este.
Referencias y bibliografía
George MacDonald: The Man Behind Middle Earth and Narnia | Theology Made – YouTube
George MacDonald and Lewis Carroll | Northwind
George MacDonald, una antología en 365 extractos (2004), de C. S. Lewis. Madrid, Ediciones Rialp.
George MacDonald, Character Analysis | Litcharts
Apoya a nuestra causa
Espero que este artículo te haya sido útil. Antes de que saltes a la próxima página, quería preguntarte si considerarías apoyar la misión de BITE.
Cada vez hay más voces alrededor de nosotros tratando de dirigir nuestros ojos a lo que el mundo considera valioso e importante. Por más de 10 años, en BITE hemos tratado de informar a nuestros lectores sobre la situación de la iglesia en el mundo, y sobre cómo ha lidiado con casos similares a través de la historia. Todo desde una cosmovisión bíblica. Espero que a través de los años hayas podido usar nuestros videos y artículos para tu propio crecimiento y en tu discipulado de otros.
Lo que tal vez no sabías es que BITE siempre ha sido sin fines de lucro y depende de lectores cómo tú. Si te gustaría seguir consultando los recursos de BITE en los años que vienen, ¿considerarías apoyarnos? ¿Cuánto gastas en un café o en un refresco? Con ese tipo de compromiso mensual, nos ayudarás a seguir sirviendo a ti, y a la iglesia del mundo hispanohablante. ¡Gracias por considerarlo!
En Cristo,
![]() |
Giovanny Gómez Director de BITE |




