Una noche de julio de 1865, después de mucho meditarlo, un joven estudiante asesinó brutalmente a una anciana usurera. Aunque crímenes similares suceden todo el tiempo por los motivos más diversos, en este caso el muchacho no mató por hambre, por defensa propia ni por un arrebato de pasión. Lo hizo para poner a prueba una idea. Estaba convencido de que existen hombres extraordinarios que creen poseer el derecho de transgredir la ley moral si con ello alcanzan un bien mayor.
Esa es la historia de Raskólnikov, el protagonista de la célebre novela Crimen y castigo, escrita por Fiódor Dostoyevski en 1866. Raskólnikov no es solo un personaje de ficción, sino la encarnación del hombre moderno que pretende convertirse en su propia autoridad moral. El autor ruso identificó esa problemática como la consecuencia inevitable de que la sociedad hubiese perdido de vista a Dios, así que se propuso describir con especial profundidad la psicología de sus personajes para revelar a través de ellos una verdad que no muchos de sus colegas supieron retratar con tanta lucidez: si Dios no existe, todo está permitido.
Sus sospechas no eran infundadas, pues Dostoyevski fue testigo del nacimiento de corrientes intelectuales que terminaron transformando profundamente a Occidente: el racionalismo, el socialismo, el materialismo y el nihilismo. Estos movimientos comenzaron a socavar el cimiento cristiano sobre el que durante siglos se había asentado la comprensión occidental del bien y del mal.
Frente a este cambio de paradigma, Dostoyevski convirtió sus novelas en un laboratorio moral en el que, a través de sus personajes, exploró las consecuencias de intentar construir una ética al margen de Dios. Más de un siglo después, sus escritos continúan confrontando una de las viejas convicciones de la modernidad: que el ser humano puede construir sociedades justas sin un fundamento moral trascendente.
En el artículo titulado Dostoyevski: el escritor ruso que sobrevivió a un fusilamiento y se dedicó a explorar el alma humana, vimos cómo anticipó la crisis espiritual de la modernidad. En esta ocasión nos centraremos en una de sus intuiciones más profundas: el fundamento de la moral. Así, la pregunta que él nos obliga a hacernos no es “¿Cómo puede existir un Dios bueno si existe el sufrimiento?”, sino “¿Cómo puede existir el bien si Dios no existe?”.

Raskólnikov, los hombres extraordinarios y el Übermensch
¿Sobre qué fundamento podemos afirmar que el asesinato es objetivamente malo? Esa es una de las preguntas que Crimen y castigo intenta responder. Para lograrlo, Raskólnikov plantea la teoría de que en el mundo existen dos tipos de seres humanos. Por un lado están los ordinarios, que sirven sobre todo para la preservación de la especie humana y que deben obedecer las normas sociales. Por otro lado están los extraordinarios, quienes han sido llamados a transformar la historia, así que se les permite saltarse las leyes morales para conseguir algún bien superior.
Para Raskólnikov, este bien superior consistía en librar al mundo de la anciana prestamista, que era despreciada y tenía la fama de aprovecharse de la necesidad ajena, como él mismo lo había experimentado. Por eso, no estaba cometiendo un simple asesinato, sino que estaba haciendo un experimento social para responder a la pregunta: ¿pertenezco yo a la categoría de los hombres extraordinarios? Si la respuesta era afirmativa, Raskólnikov se demostraría a sí mismo que estaba por encima de la media:
El hombre “extraordinario” tiene derecho (entiéndase que no se trata de un derecho oficial), a decidir según su conciencia si debe salvar ciertos obstáculos, únicamente en el caso exclusivo de que la ejecución de su idea (a veces puede resultar salvadora para toda la humanidad) lo exija.
Raskólnikov pensaba, por ejemplo, que Napoleón Bonaparte era el arquetipo de genio militar, pues transformó el curso de la historia sin detenerse ante el costo humano de sus conquistas. Aunque derramó sangre y quebrantó innumerables leyes, la historia terminó recordándolo como un héroe nacional. Si Napoleón había sido absuelto por la historia, ¿por qué a otro hombre extraordinario no se le habría de conceder el mismo derecho?

Aunque Crimen y castigo fue publicada casi dos décadas antes de que Friedrich Nietzsche desarrollara plenamente la figura del Übermensch (superhombre), resulta llamativo su paralelismo con la del hombre extraordinario. Ambas cuestionan la autoridad moral tradicional y presentan al individuo como la medida última de sus acciones.
Sin embargo, se diferencian en un punto fundamental: mientras que Raskólnikov busca un “derecho” excepcional para situarse por encima de la ley moral dentro de un cálculo intelectual, el Übermensch trasciende la dialéctica del bien y del mal por completo. Nietzsche no propone una excepción a la regla, sino la destrucción del marco heredado para dar paso a la creación de nuevos valores, alcanzando así la libertad a través de la propia invención y la afirmación de la vida.
Así, el superhombre representa una meta de autosuperación existencial y de realización humana. No obstante, para alcanzar todo su potencial, el individuo debe despojarse primero de las tradiciones morales heredadas del cristianismo: “El hombre es algo que debe ser superado. (…) ¿Qué es el mono para el hombre? Un hazmerreír, una cosa de vergüenza. Y lo mismo será el hombre para el superhombre”. Dostoyevski, en cambio, explora las consecuencias de intentar vivir de acuerdo con una lógica semejante: ¿qué ocurre cuando el ser humano actúa como si realmente pudiera situarse por encima de la moral heredada?
La relación entre Dostoyevski y Nietzsche es fundamental para entender la crisis de valores de la modernidad. Aunque llegaron a conclusiones radicalmente opuestas, ambos autores identificaron que, tras el debilitamiento de los valores cristianos, se avecinaba una profunda crisis espiritual y moral. Nietzsche lo expresó a través de su reconocida frase “Dios ha muerto”, vaticinando que una vez la fe tradicional desapareciera, el hombre moderno se enfrentaría al desafío de construir su propia moralidad. Dostoyevski, por su parte, advirtió que cuando el ser humano pierde el fundamento trascendente de la moralidad, está condenado a la alienación y a la autodestrucción.

De la rebelión moral de Iván Karamázov al existencialismo de Albert Camus
Dostoyevski retomó estas preguntas desde una perspectiva diferente en otra de sus novelas. Si en Crimen y castigo Raskólnikov pone a prueba los límites de la ley moral, en Los hermanos Karamázov uno de sus personajes centrales dirige su acusación directamente contra Dios.
Iván Karamázov es un personaje complejo que no encaja en el molde de un ateo militante ni en el de un incrédulo superficial. Su conflicto nace de la imposibilidad de reconciliar la idea de un Dios bueno con la cruda realidad del sufrimiento de los inocentes. Iván expone ante su hermano Aliosha varios relatos de niños que han padecido torturas, enfermedades y abusos, para formular lo que hasta el día de hoy sigue siendo una de las objeciones más profundas contra el cristianismo: ¿cómo puede un Dios infinitamente bueno permitir semejante sufrimiento?
El punto culminante de la crítica de Iván se encuentra en el célebre capítulo “El gran inquisidor”. A través de esta figura, Iván cuestiona el gobierno de Dios y acusa a Cristo de concederle a la raza humana una libertad que es incapaz de soportar:
Quieres ir al mundo y vas con las manos vacías, con una promesa de libertad que ellos, en su simpleza y su natural inclinación al desorden, no pueden comprender siquiera (…) pues para el hombre y la sociedad humana no hubo nunca nada más insoportable que la libertad.

Para ilustrar cómo se encarnan las ideas de Iván en el mundo real, Dostoyevski las lleva hasta las últimas consecuencias a través de Smérdiakov, un criado de la casa de los Karamázov. Tras años de escuchar a Iván hablar sobre la inexistencia de un fundamento absoluto para la moral, Smérdiakov concluye que no existe ningún impedimento para obedecer sus propios deseos y termina asesinando a Fiódor Karamázov, el padre de los hermanos. La novela muestra así uno de los postulados más penetrantes de Dostoyevski: las ideas no suelen quedarse en un terreno abstracto; tarde o temprano moldean la conducta humana y transforman la historia.
Las reflexiones de Raskólnikov e Iván dialogan con el pensamiento filosófico de varios autores que, décadas más tarde, encontraron en Dostoyevski un interlocutor imprescindible para comprender la crisis espiritual de Occidente. Uno de ellos fue Albert Camus. En El hombre rebelde, el escritor francés reconoce en Iván Karamázov la expresión más profunda de la rebelión de la humanidad: el rechazo de la ley moral absoluta y la búsqueda de una nueva ética basada en la medida humana.
Camus comprendió que la protesta de Iván conduce a una pregunta inevitable: si desaparece el fundamento absoluto para el bien y el mal, ¿sobre qué base puede sostenerse todavía la moral? Dostoyevski expresa esta inquietud por medio de Iván, quien afirma: “Si no hay inmortalidad, no hay recompensa ni castigo, ni bien ni mal (…). Todo está permitido”. El problema deja de ser únicamente la existencia de Dios y pasa a ser el fundamento mismo de la moralidad. Si el universo carece de un orden moral objetivo, ¿por qué el ser humano debería seguir distinguiendo entre el bien y el mal?
Camus retoma este dilema en El mito de Sísifo, donde reflexiona acerca de lo absurdo de la existencia humana en un mundo desprovisto de significado trascendente. Si nada posee valor moral objetivo, el peligro es concluir que las acciones humanas tampoco pueden ser clasificadas como buenas o malas. Precisamente por ello, Camus advierte que cuando lo absurdo se convierte en regla para la acción, el crimen aparece como una opción racional, desprovista de un fundamento moral que lo condene:
El sentimiento del absurdo, cuando se pretende ante todo obtener de él una regla de acción, hace al crimen cuando menos indiferente y, por consiguiente, posible. Si no se cree en nada, si nada tiene sentido y si no podemos afirmar ningún valor, todo es posible y nada tiene importancia.

Tanto Camus como Dostoyevski reconocen el peligro del nihilismo —postura que concluye que la vida carece de valor o sentido intrínseco— ante la pérdida de un fundamento absoluto para la moral. No obstante, mientras el segundo encuentra en la fe cristiana el camino para restaurar el sentido del bien y el mal, el primero propone una ética de la mesura, basada en el reconocimiento de los límites y la solidaridad colectiva, sin recurrir a un fundamento ontológico; propone un el “existencialismo”, que sostiene que ese mismo sinsentido es la obligación de que el ser humano use su libertad para crear sus propios valores: “La mesura no es lo contrario de la rebeldía. Es la rebeldía la que es la mesura, la que la ordena, la defiende y la crea de nuevo a través de la historia y sus desórdenes”.
Para Camus, aunque no existe un legislador moral, el ser humano debe ponerse límites y juzgar la legitimidad de los medios empleados para alcanzar un supuesto bien mayor, porque cuando los medios son injustos, el fin también lo es. Sin embargo, esta propuesta deja abierta una cuestión decisiva. Si no existe un bien objetivo ni una autoridad moral superior al individuo, ¿qué fundamento obliga al hombre a elegir la solidaridad antes que la violencia cuando esta favorece sus propios intereses? En este sentido, la ética de Camus parece describir cómo deberíamos vivir, pero deja sin responder por qué estamos moralmente obligados a hacerlo.
¿Quién determina el bien y el mal? Entre Sartre y Lewis
Jean-Paul Sartre también intentó responder a estas complejas cuestiones. En su novela La náusea explora las consecuencias de vivir en un mundo desprovisto de Dios. Su protagonista, Antoine Roquentin, descubre amargamente que la existencia humana carece de sentido intrínseco; se le presenta como contingente, absurda y desprovista de todo propósito. En ese escenario, Roquentin comprende que, como él, el ser humano está solo y que, aunque posee libertad, la carga del sinsentido resulta demasiado pesada para poder disfrutarla significativamente.
Aunque Sartre nunca establece un diálogo explícito con Dostoyevski, La náusea desarrolla muchas de las preguntas que el novelista ruso había formulado décadas antes. Ambos exploran las consecuencias de prescindir de un fundamento trascendente para la moral, pero sus conclusiones difieren profundamente. Allí donde Dostoyevski argumenta que la pérdida de Dios conduce al vacío moral y al nihilismo, Sartre sostiene que esa ausencia, precisamente, obliga al hombre a dar sentido a su existencia y a construir sus propios valores. Esta idea alcanza su formulación más clara en El existencialismo es un humanismo, donde afirma que si Dios no existe, el hombre está condenado a ser libre:
Dostoyevski había escrito: “Si Dios no existiera, todo estaría permitido”. Éste es el punto de partida del existencialismo. En efecto, todo está permitido si Dios no existe y en consecuencia el hombre está abandonado, porque no encuentra ni en sí ni fuera de sí una posibilidad de aferrarse. No encuentra, ante todo, excusas.
En el mundo ateo existencialista de Sartre, el ser humano solo encuentra una salida: asumir plenamente la responsabilidad de su libertad. Debe crear sus propios valores mediante sus decisiones. Pero esas decisiones no son nunca puramente individuales. Según este filósofo, al elegir una forma de actuar, el individuo propone al mismo tiempo una imagen de lo que considera que el ser humano debería ser, de modo que cada elección compromete simbólicamente a toda la humanidad. Así, intenta sustituir a Dios por el individuo, pero sin el poder coercitivo ni la autoridad de una ley eterna.

Sin embargo, aquí surge la misma pregunta que Dostoyevski había planteado ya: si los valores son creados por el propio individuo, ¿por qué la solidaridad, el sacrificio o la justicia deberían ser moralmente preferibles a la violencia, el egoísmo o la opresión?
C. S. Lewis abordó el problema desde una dirección diferente. En lugar de partir de la necesidad de crear nuestros propios valores, se preguntó por qué los seres humanos experimentamos ciertas obligaciones como si fueran realmente vinculantes. En Mero cristianismo desarrolla un sólido marco argumentativo que guarda relación con las exploraciones éticas que Dostoyevski expuso en algunas de sus obras. Lewis sostiene que todos los seres humanos poseen un conocimiento intuitivo del bien y del mal. Este conocimiento apunta a una ley moral objetiva que no depende de los deseos, las culturas o las preferencias individuales. En otras palabras, esta ley no es una mera invención humana, sino una que trasciende la realidad del ser humano.
Lewis ilustra su argumento con un ejemplo sencillo. Cuando una piedra es lanzada hacia arriba, cae inevitablemente obedeciendo a la ley de la gravedad. Nadie espera que actúe de otra manera. Con los seres humanos sucede algo distinto. Esperamos que las personas digan la verdad y actúen con justicia, que se comporten de acuerdo con ciertas normas morales. Existe en todos nosotros un conocimiento de cómo deberíamos comportarnos y generalmente nos damos cuenta cuando hemos incumplido una norma. Lewis lo expresa brillantemente:
Si nuestras ideas morales pueden ser mejores que las de los nazis, es que debe existir algo, alguna moral verdadera, para medir su grado de verdad (…). Si la regla de la conducta decente fuera simplemente “lo que cada nación juzgue apropiado”, no existiría razón alguna para decir que una nación ha estado más correcta en su apreciación que otra.

Esta reflexión encuentra una notable ilustración narrativa en Crimen y castigo. La experiencia de Raskólnikov después del asesinato ofrece una notable ilustración narrativa de esta idea. Aunque había intentado situarse por encima de la ley moral, su conciencia lo acusa hasta empujarlo finalmente a confesar su crimen a pesar de que las autoridades todavía no habían logrado demostrar su culpabilidad. Pero antes de ser condenado por los tribunales de Rusia, podría decirse que ya había sido condenado por una ley mucho más profunda: aquella escrita en su corazón.
El silogismo de William Lane Craig para el argumento moral
En Fe razonable: apologética y veracidad cristiana, el filósofo y teólogo William Lane Craig recoge una intuición semejante y la articula mediante uno de los argumentos filosóficos más conocidos a favor de la existencia de Dios:
1. Si Dios no existe, los valores y deberes morales objetivos no existen.
2. Los valores y deberes morales objetivos existen.
3. Por tanto, Dios existe.
La primera premisa sostiene que, en ausencia de Dios, no existe un fundamento que pueda otorgar objetividad a los valores y deberes morales. Según Craig, si el naturalismo —la cosmovisión materialista que concibe el universo únicamente como materia en movimiento, descartando a Dios y cualquier fundamento moral trascendente— fuera verdadero, las acciones humanas podrían reflejar preferencias o convenciones sociales, pero no existirían las obligaciones morales universalmente vinculantes. Como afirma Craig: “En un mundo sin un legislador divino, no puede haber un bien y un mal objetivo, solo nuestros juicios subjetivos, cultural y personalmente relativos”.

La segunda premisa establece que los valores y deberes morales existen, basándose en nuestra experiencia moral. Craig compara nuestro conocimiento de los valores morales objetivos con aquel del mundo físico que adquirimos a través de nuestros sentidos. Así como es racional confiar en que nuestras percepciones sensoriales nos revelan un mundo de objetos físicos, es igualmente racional confiar en nuestra experiencia moral para afirmar que existen valores objetivos. El Holocausto, por ejemplo, fue objetivamente malo, a pesar de que quienes lo llevaron a cabo pudieron haber creído que sus acciones eran correctas.
El verdadero debate no consiste en preguntarse si los ateos pueden realizar buenas acciones. La historia demuestra que pueden hacerlo. La cuestión que plantea el argumento moral es otra: ¿qué hace que una obligación moral sea objetivamente obligatoria? Si el universo es únicamente materia en movimiento, ¿de dónde procede este “deber” que parece ser común a toda la raza humana, aun cuando preferiríamos ignorarlo?
En ese sentido, resulta llamativo que Richard Dawkins, uno de los ateos más conocidos de nuestro tiempo, utilice un lenguaje que parece presuponer la existencia de valores objetivos:
Todo lo que estaba diciendo es que si eres uno de los que está dispuesto a decir que un tipo de violación es peor que otro (cual sea el tipo particular que pueda ser), esto no implica que apruebes el menos malo. Todavía es malo. Simplemente no es tan malo.

Francis Schaeffer: el problema de vivir sin fundamento
Francis Schaeffer, pastor y teólogo estadounidense, también contribuyó a este debate, pero desde un enfoque diferente. Más que elaborar un argumento lógico para la existencia de Dios, se centró en las consecuencias culturales de negar Su existencia. En obras como El Dios que está ahí y ¿Qué le pasó a la raza humana?, sostiene que, aunque la cultura occidental ha rechazado el cristianismo como fundamento de la realidad, continúa apropiándose de conceptos como la dignidad humana, la justicia y la igualdad, todos ellos heredados de la cosmovisión bíblica. Como lo expresó en Él está presente y no está callado: “No digo que el hombre con un sistema no cristiano no tenga impulsos morales; digo que no tiene una base para ellos”.
Para Schaeffer, la persona moderna vive una profunda incoherencia. Aunque intelectualmente adopta una visión naturalista del universo, en la práctica apela a principios morales que ese mismo naturalismo no puede justificar. Basta observar el lenguaje de los derechos humanos, la justicia social y la igualdad. En este sentido, los reclamos de los no creyentes se hacen sobre un fundamento moral de cómo deberían ser las cosas. Este tipo de quejas reflejan la inconformidad con la realidad presente, basado en una norma trascendente que Shaeffer considera accesible al ser humano, lo cual es incompatible con el relativismo moral que nuestra sociedad actual se empeña en defender.
Schaeffer expuso brillantemente esta tensión en la ilustración de una casa dividida en dos pisos. Mientras que en la planta inferior se abrazan el naturalismo, el materialismo y el relativismo, en la superior permanecen el amor, la dignidad y la esperanza. El problema es que este nivel carece de un fundamento que pueda sostenerlo, por lo que termina quedando suspendido en el aire.
Desde la perspectiva de Schaeffer, esta contradicción aparece con claridad en pensadores como Camus y Sartre, quienes rechazan un fundamento trascendente para los valores morales, pero continúan buscando razones para defender la dignidad humana o condenar la injusticia. En cierto sentido, reproducen el mismo conflicto que Dostoyevski retrató en Raskólnikov: niega intelectualmente la ley moral, pero continúa viviendo como si dicha ley existiera.

Esta es posiblemente la razón por la cual Dawkins sorprendió a sus seguidores hace unos años cuando se describió a sí mismo como “un cristiano cultural”. Con esto quería decir, que, aunque rechaza fehacientemente la existencia de Dios y los dogmas de la religión, acepta y valora ciertas tradiciones, valores y costumbres heredadas del cristianismo. En otras palabras, pretende vivir como si los valores cristianos siguieran siendo verdaderos mientras niega el fundamento que los hizo posibles.
Plantinga y la fiabilidad de la razón
Alvin Plantinga, filósofo de la religión y epistemólogo, añade una dificultad aún más profunda al debate. Desde un punto de vista epistemológico, argumenta que la aceptación conjunta del naturalismo y la evolución plantea un problema para la confianza en la fiabilidad de nuestras facultades cognitivas. Según su argumento, la selección natural favorece comportamientos adaptativos, pero no selecciona directamente las creencias por ser verdaderas, como ilustra con la siguiente cita de Warrant and Proper Function (Trilogía de la garantía): “Reducido a lo esencial, un sistema nervioso permite al organismo tener éxito en (…) alimentarse, huir, luchar y reproducirse (…). La ‘verdad’, sea lo que sea, definitivamente queda en el último lugar”.
De esta manera, el filósofo argumentó que quien acepta conjuntamente el naturalismo y la evolución tendría razones suficientes para cuestionar la fiabilidad de sus propias facultades cognitivas y, por tanto, de distinguir la verdad del error. Si nuestras facultades cognitivas son únicamente resultados de procesos evolutivos orientados a la supervivencia, ¿qué garantía tenemos de que nuestros propios juicios morales y creencias son fiables? Esta inquietud ya había sido planteada por el propio Charles Darwin en una carta: “En mi caso, siempre surge la horrible duda de si las convicciones de la mente del hombre, que se ha desarrollado a partir de la mente de los animales inferiores, tienen algún valor o son de alguna manera dignas de confianza”.
La observación de Darwin plantea un problema epistemológico fundamental: si nuestro cerebro evolucionó únicamente para garantizar la supervivencia, no podemos estar seguros de que nuestras facultades cognitivas sean fiables para comprender verdades abstractas como la moral o la existencia de Dios. Incluso, si la evolución pudiera brindarnos creencias verdaderas acerca de los objetos físicos básicos para sobrevivir, no puede garantizar la misma fiabilidad al tratar temas como la moral o la ética.

El argumento evolutivo contra el naturalismo introduce así una nueva dimensión en el problema que hemos venido explorando. Dostoyevski cuestionó las consecuencias morales y existenciales de prescindir de Dios; Plantinga, desde la epistemología, cuestiona si una concepción naturalista de la realidad puede sostener la confianza en nuestras propias facultades cognitivas.
El Evangelio frente a lo absurdo
El problema del mal y el argumento moral, lejos de ser inquietudes exclusivas de la literatura rusa, también han ocupado a los pensadores cristianos ya mencionados. Después de recorrer las páginas de Crimen y castigo y Los hermanos Karamázov, resulta difícil no reconocer que Dostoyevski poseía una comprensión del ser humano, profundamente afín con la antropología bíblica. Aunque nunca elaboró una doctrina sistemática del pecado, es posible advertir en sus novelas la realidad de la depravación radical del ser humano y su incapacidad de salvarse a sí mismo.
En la Biblia, el pecado no aparece como un producto de estructuras sociales, de sistemas políticos defectuosos o de injusticia social. Su origen se encuentra en el corazón humano (Mr 7:20-23) y todo el desorden moral que encontramos en el mundo es, en última instancia, la manifestación visible de esa corrupción interior. El pecado no consiste meramente en hacer cosas malas, sino en nuestra insistencia en ocupar el lugar de Dios y determinar por nosotros mismos qué es el bien y qué es el mal. La misma pretensión se escucha hoy pero con nuevos nombres: “construir mi propia moral”, “vivir mi propia verdad”.
Raskólnikov encarna magistralmente esta rebelión. Intentó “hackear” la moral a su favor y aspiró a una autonomía que terminó esclavizándolo. Algo parecido ocurre con Iván Karamázov: intentó construir un universo moral sin Dios y vio materializadas sus ideas a través del asesinato de su padre. Dostoyevski demuestra la idea que mencionamos al principio: una cosmovisión no es una simple teoría, pues siempre produce una manera concreta de vivir.

El Evangelio, sin embargo, elimina la idea de que existen hombres ordinarios y hombres extraordinarios: “no hay justo, ni aun uno…” (Ro 3:10) . Esta realidad también se manifiesta en la conciencia. De acuerdo con Romanos 2, Dios ha escrito Su Ley en el corazón humano, de tal manera que este percibe una obligación moral de cómo debe actuar. Esta obligación, no es una convención social; cuando el ser humano decide ir en contra de sus dictados, experimenta culpa y remordimiento.
Si el pecado brota del corazón y no de estructuras externas, no bastan las reformas sociales, el progreso científico ni las filosofías para erradicarlo definitivamente. Solo el Evangelio puede ofrecer con garantías un cambio radical en el ser humano a través de un nuevo nacimiento en Cristo. En este sentido, las obras de Dostoyevski cumplen una función profundamente apologética. No construyen un argumento moral para la existencia de Dios, pero son una demostración narrativa de las consecuencias de vivir como si Dios no existiera. En armonía con el Evangelio, las novelas del escritor ruso muestran que el hombre es incapaz de salvarse a sí mismo.
Esta es una de las razones por las cuales Dostoyevski sigue siendo tan actual. A través de la fuerza de su narrativa demuestra que el Evangelio sigue siendo la única alternativa capaz de reconciliar la justicia, la verdad, la culpa y la gracia. Allí donde el ser humano descubre la profundidad de su pecado, Cristo ofrece la profundidad aún mayor de su redención.
Nota del autor: En la novela Los hermanos Karamázov, la frase “Si Dios no existe, todo está permitido” no aparece como una declaración explícita de Dostoyevski, sino dentro de un diálogo teológico y filosófico entre los personajes. Aun así, con el paso del tiempo, se ha popularizado esa formulación breve y se le ha atribuido al autor como una síntesis del planteamiento moral y filosófico que atraviesa su obra.
Referencias y bibliografía
Crimen y castigo (2009) de Fiódor Dostoyevski. Madrid: Alianza Editorial.
Así habló Zaratustra de Friedrich Nietzsche | Elejandría
Los hermanos Karamázov (2026) de Fiódor Dostoyevski. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial.
El hombre rebelde (2016) de Albert Camus. Edición digital: Titivillus (Lectulandia).
El existencialismo es un humanismo (2014) de Jean-Paul Sartre. Edición digital: Moro, ePub r1.3.
Mero cristianismo (1977) de C. S. Lewis. Miami, Florida: Editorial Caribe.
Fe razonable: Apologética y veracidad cristiana (2008) de William Lane Craig. Publicaciones Kerigma.
Response to a Bizarre Twitter Storm | Richard Dawkins Foundation for Reason and Science
He is there and He is not silent (1972) de Francis Schaeffer. Wheaton, Illinois: Tyndale House Publishers.
Warrant and Proper Function (1993) de Alvin Plantinga. Nueva York y Oxford: Oxford University Press.
Carta a W. Graham, 3 de julio de 1881 de Charles Darwin. En The Life and Letters of Charles Darwin (1887), ed. Francis Darwin. Vol. 1. Londres: John Murray.
