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Nota del editor: Este artículo fue publicado originalmente en nuestra web el 3 de febrero de 2021. Con el fin de ofrecer una perspectiva vigente, lo hemos revisado y enriquecido en pro de la edificación de la Iglesia y el beneficio de nuestros lectores.
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Las teorías de conspiración se han convertido en parte de la conversación cotidiana. Comprenden narrativas históricas, como el negacionismo del Holocausto, las versiones alternativas sobre el 11 de septiembre, relatos sobre las redes 5G, el “pánico satánico” o sociedades secretas que controlan la economía. Pero fue durante la crisis del COVID-19 que alcanzaron un pico evidente: en un estudio, Pew Research Center reveló que el 70% de los estadounidenses había escuchado que la pandemia fue planificada por grupos poderosos, y un tercio de ese porcentaje dio por cierta esa versión.
Pero, además de circular en la cultura popular, estas ideas han echado raíces en las comunidades cristianas con facilidad. En una encuesta que Lifeway Research publicó en 2021, casi la mitad de los pastores en Estados Unidos afirmó escuchar con frecuencia a miembros de su congregación repetir teorías de conspiración para explicar la realidad del país. Según Scott McConnell, director ejecutivo de la entidad, aunque estas narrativas suelen ser introducidas por unos pocos, las iglesias de mayor tamaño ofrecen un terreno donde se difunden con rapidez, compitiendo a menudo en entusiasmo con la proclamación del propio Evangelio.

Esta realidad plantea preguntas que van más allá de si estas teorías son ciertas o no. ¿Por qué encontramos tanta fascinación en los relatos conspirativos? ¿Qué implicaciones prácticas tiene, dentro y fuera de las iglesias, su difusión constante por parte de cristianos? ¿De qué está siendo estandarte la Iglesia en medio de quienes promueven estas ideas?
Teorías de la conspiración: historias que requieren evidencia
Para tener un poco más claro este fenómeno, vale la pena saber qué son las teorías de conspiración como tal.
En su estudio sobre la dimensión teológica del conspiracionismo, el teólogo Mateusz Switek reconoce primero que no existe una definición académica sencilla y universalmente aceptada. Aun así, propone trabajar con un concepto intuitivo:
[Una teoría de la conspiración es] una narrativa alternativa a la explicación oficial o dominante que intenta racionalizar acontecimientos negativos postulando la existencia de complots secretos de grupos poderosos y siniestros.

Seguramente, como prometen revelar lo que ocurre “detrás del telón”, las teorías conspirativas ejercen cierta fascinación. Pero la definición de Switek señala una característica importante: explicaciones de este tipo tienden a convertir aquello que podría entenderse como un mal natural o físico en un mal moral.
En An Alternative Theodicy? Conspiracy Theories as a Theological Problem (¿Una teodicea alternativa? Las teorías de conspiración como problema teológico), el autor señala que, ante catástrofes como tsunamis, incendios, inundaciones o pandemias, surge inevitablemente la pregunta “¿por qué?”. Cuando las explicaciones disponibles no parecen satisfacer esa necesidad, el conspiracionismo ofrece una respuesta sencilla: “esto ocurrió porque alguien lo provocó”. Es decir, detrás de una tragedia debe existir alguien que deliberadamente la causó.
Una pandemia, por ejemplo, puede dejar de interpretarse primordialmente como un fenómeno natural para convertirse en el resultado de los planes secretos de determinados agentes humanos. Por eso, las teorías conspirativas resultan especialmente atractivas en momentos de crisis, pues ofrecen significado frente al sufrimiento, la ansiedad y la incertidumbre.

Sin embargo, es necesario hacer algunas distinciones. El documento Who to Trust? Christian Belief in Conspiracy Theories (¿En quién confiar? La creencia cristiana en teorías de la conspiración) explica tres términos distintos: una conspiración, una teoría de conspiración y el conspiracionismo. Una conspiración es un acuerdo secreto entre dos o más actores para engañar, infringir derechos o actuar ilícitamente. Una teoría de conspiración, en cambio, es una hipótesis que afirma la existencia de una conspiración que todavía no ha sido reconocida de manera general. En otras palabras, mientras la primera se refiere a un complot que realmente existe, la segunda es una explicación que puede o no ser verdadera. Finalmente, el conspiracionismo va un paso más allá: describe una mentalidad o cosmovisión general que prefiere explicaciones conspirativas de los acontecimientos.
Esta última distinción coincide con una diferenciación importante realizada por los investigadores Marius Frenken, Michał Bilewicz y Roland Imhoff. Una cosa es creer en una teoría conspirativa específica y otra poseer una mentalidad conspirativa. La primera está vinculada a una afirmación concreta —por ejemplo, una explicación determinada sobre el origen del COVID—, mientras que la segunda consiste en una tendencia general a interpretar el mundo como gobernado por fuerzas ocultas. Por eso, creer una afirmación conspirativa particular no equivale necesariamente a poseer una cosmovisión en la que organizaciones secretas controlan sistemáticamente los acontecimientos.
Estas precisiones son importantes porque impiden cometer el error de considerar irracional cualquier sospecha sobre la existencia de un complot. Las conspiraciones existen. Personas, empresas, organizaciones y gobiernos pueden actuar secretamente para engañar o cometer delitos. Por eso, en Who to Trust? se propone que una afirmación no sea descartada simplemente por el hecho de proponer una conspiración. La pregunta fundamental es otra: ¿qué evidencia existe para sostenerla y cómo se está evaluando esa evidencia?

De hecho, el documento señala una diferencia reveladora entre conspiraciones demostradas y muchas teorías conspirativas: los grandes casos de corrupción y criminalidad que finalmente han sido expuestos suelen salir a la luz mediante instituciones como el periodismo y los tribunales, es decir, mediante procesos en los que las afirmaciones pueden investigarse, contrastarse y someterse a evidencia. No suelen ser las comunidades conspiracionistas las que terminan demostrando esos complots. En su artículo Transparency Is the Answer to Conspiracy Thinking (La transparencia es la respuesta al pensamiento conspirativo), el pastor de Glory Community Church, Sean DeMars, admite:
Algunas teorías de la conspiración son ciertas.
Los gobiernos han mentido. Las corporaciones han ocultado cosas. Las instituciones han actuado con corrupción. Desde el caso Watergate hasta las décadas de engaño por parte de las grandes tabacaleras, existen casos reales en los que se engañó intencionadamente al público y en los que los llamados “teóricos de la conspiración” tenían razón al final. Y sí, incluso en la Iglesia, ha habido encubrimientos de abusos, mala gestión financiera y liderazgo corrupto.
Por tanto, el problema no consiste en preguntarse si personas poderosas pueden conspirar. Sabemos que lo han hecho. El asunto más difícil y más importante consiste en determinar cuándo tenemos razones suficientes para afirmar que realmente lo están haciendo.

¿Obstáculo para el Evangelio y menoscabo del testimonio?
Si las teorías de conspiración resultan tan atractivas, vale la pena preguntarnos cuánto espacio ocupan en las conversaciones de los cristianos y, sobre todo, qué otras preocupaciones están desplazando.
Como ya lo mencionamos, Lifeway Research reveló que la mitad de los pastores protestantes en Estados Unidos escucha frecuentemente a miembros de sus congregaciones repetir teorías conspirativas. El dato resulta especialmente llamativo cuando se compara con un estudio previo de la misma organización. En 2019, el 55% de los feligreses protestantes afirmó no haber compartido con absolutamente nadie durante los seis meses anteriores cómo convertirse en cristiano.
Por supuesto, esto no permite afirmar que quienes difunden teorías conspirativas sean necesariamente los mismos que no comparten el Evangelio ni demuestra que los cristianos hablen más de conspiraciones que de Cristo. Pero sí deja planteada una tensión preocupante. Mientras las teorías conspirativas encuentran espacio en las conversaciones de las iglesias, una proporción considerable de creyentes reconoce no estar compartiendo activamente su fe. Ante esto, es pertinente que quienes creen en estas teorías y las difunden o visibilizan con frecuencia se pregunten: ¿anuncio con la misma pasión, o incluso más, la Buena Noticia de salvación?

Parte del problema es que estas narrativas poseen características que les permiten capturar poderosamente nuestra atención. Switek señala que el conspiracionismo permite escapar de una respuesta particularmente incómoda: “no lo sabemos”. En lugar de aceptar el misterio, la contingencia o los límites de nuestro conocimiento, presupone que existe una explicación completa que alguien conoce y está ocultando. Así, una catástrofe produce incertidumbre; la incertidumbre genera ansiedad; y la identificación de un agente responsable proporciona la sensación de haber comprendido finalmente lo sucedido. En palabras de Switek, “toda clase de males ponen a prueba los fundamentos de las cosmovisiones”. En esos momentos sale a relucir en quién está puesta nuestra confianza.
A esto se suma, según Switek, el atractivo del conocimiento privilegiado: quien cree haber descubierto lo que otros ignoran puede comenzar a verse como alguien que ha “despertado”, parte de una minoría que conoce la verdad frente a unas masas engañadas. Pero para el cristiano, la gran verdad que estaba oculta y ha sido revelada no necesita buscarse detrás de supuestos complots. Dios ya nos ha dado a conocer el mayor de los misterios: Cristo y Su obra de salvación, una verdad que no estamos llamados a reservar para unos pocos “despiertos”, sino a proclamar a todos.
Ahora bien, defender las ideas de conspiración también podría afectar el testimonio público del cristiano, independientemente de si finalmente resultan siendo verdaderas o falsas. Si un creyente presenta con absoluta seguridad afirmaciones que sus interlocutores consideran poco argumentadas, sustentadas en fuentes dudosas o insuficientemente verificadas, es posible que su credibilidad se vea deteriorada. Y esa pérdida de credibilidad puede influir posteriormente en la manera en que esas mismas personas reciben su defensa del Evangelio. Mary Jo Sharp, apologista cristiana, señala precisamente este peligro:
La irresponsabilidad con la información daña el impacto del testimonio de un cristiano a su comunidad y, con las redes sociales, al mundo entero […]. Los no cristianos comenzarán a creer o les será aún más inculcada la creencia popular de que los cristianos son antintelectuales […]. Los cristianos siempre deben estar centrados en el avance del Evangelio en cuanto a cómo viven sus vidas públicas. Son representantes del reino de Dios.

El autor y pastor Ed Stetzer advierte que si los cristianos arriesgan alegremente su reputación defendiendo historias infundadas con escasas pruebas, destruyen la autoridad moral para proclamar la resurrección de Jesucristo. Como recuerda la epístola de Santiago, una misma fuente no debería brotar agua dulce y amarga; el testimonio cristiano está llamado a servir a la Verdad, no a la especulación.
Ahora bien, el problema tampoco se limita a cómo los cristianos son percibidos desde afuera: la constatación de que las élites son capaces de encubrir abusos no es ajena al ámbito eclesial, y negarlo sería una falta de honestidad. Sin embargo, como Sean DeMars lo señala, el problema ético y espiritual surge cuando el reconocimiento legítimo de que existen abusos se endurece hasta convertirse en una postura permanente de sospecha e hipervigilancia. Aquí ya no estamos simplemente ante la aceptación de una teoría de conspiración particular, sino ante aquella mentalidad conspirativa descrita anteriormente.
Cuando esa forma de pensar se instala en la iglesia local, es posible que los miembros pierdan progresivamente la capacidad de confiar. La comunión se fractura en facciones, el amor fraterno cede su lugar al cinismo por defecto y cualquier desacuerdo o decisión administrativa podría interpretarse como parte de una agenda oculta, transformando a la congregación en una comunidad de vigilantes en lugar de una comunidad de adoradores.
Por tanto, las consecuencias pueden manifestarse en varios niveles: deterioro de la confianza dentro de la congregación, pérdida de credibilidad ante quienes observan desde afuera y una creciente preocupación por descubrir aquello que supuestamente permanece oculto. Pero para el cristiano permanece una pregunta todavía más fundamental. Si el Evangelio constituye la verdad central que la Iglesia está llamada a anunciar, ¿qué mensaje está recibiendo nuestra mayor convicción, nuestro tiempo y entusiasmo? Más allá de que una teoría conspirativa pueda resultar falsa, es necesario tener cuidado con que su búsqueda y difusión termine ocupando una pasión y una energía que difícilmente mostramos cuando se trata de proclamar a Cristo.

Desde Éfeso hasta hoy: discipular la mente para el reino
Lo que sucede entre nosotros no es nada nuevo. El apóstol Pablo se vio en la urgente necesidad de pedirle a Timoteo que se quedara en Éfeso para que instruyera “a algunos que no enseñaran doctrinas extrañas, ni prestaran atención a mitos y genealogías interminables, lo que da lugar a discusiones inútiles en vez de hacer avanzar el plan de Dios que es por fe” (1 Ti 1:3-4).
Los judíos de ese tiempo estaban dedicados a hacer avanzar su religión como medio de salvación por encima de la salvación en Cristo, y los griegos seguían dedicados a sus mitos y discusiones filosóficas. Pero contrario a esas teorías que hacían desviar la fe de las personas, dice el apóstol que sí hay una “Palabra fiel y digna de ser aceptada por todos”. ¿Cuál es? El Evangelio: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero” (1 Ti 1:15).
Esto no significa que los “mitos y genealogías” que preocupaban a Pablo fueran teorías de conspiración en el sentido moderno. Pero el principio sí resulta pertinente: una comunidad encargada de custodiar y proclamar la verdad debe cuidarse de que las especulaciones, las controversias interminables y las afirmaciones que no puede sostener terminen desplazando aquello que ha recibido con certeza.

Luego, en los capítulos 2 y 3, Pablo habla a Timoteo sobre cómo deberían hacerse oraciones por los gobernantes, cómo deberían conducirse las mujeres en la congregación y cuáles son los requisitos para los obispos y diáconos. Al final del capítulo 3, como conclusión de estas formas dignas en que la gente debería caminar, Pablo afirma: “te escribo para que sepas cómo debe conducirse uno en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios vivo, columna y sostén de la verdad” (1 Ti 3:15). En el siguiente versículo, Pablo dice que “grande es el misterio de la piedad” (1 Ti 3:16) y explica de forma poética el Evangelio.
En otras palabras, por cuanto los creyentes son columna y sostén de la verdad, deben conducirse sabiamente, pues el misterio de la piedad, el Evangelio, requiere de un testimonio fiel. Teniendo eso en cuenta es que Timoteo debe luchar por evitar la vana palabrería y perseguir la predicación fiel del Evangelio. Esa advertencia, consideramos, es también urgente para nosotros en tiempos de conspiración.
Para revertir este daño, Stetzer afirma que la labor pastoral no debería limitarse a un enfoque academicista de arriba hacia abajo, sino a descender a los bancos de la iglesia mediante un discipulado integral. Sería pertinente que los líderes de la Iglesia dejaran de enseñar únicamente “qué pensar” para comenzar a discipular a su gente en “cómo pensar”. Esto implica abordar el temor y la soledad que llevan a las personas a refugiarse en discursos conspirativos, guiándolos a someter no solo su mente, sino incluso sus hábitos en redes sociales al señorío de Cristo. También se trata de invitarlos a redescubrir que la misión central de la Iglesia no es generar hipótesis sin pruebas (que incluso pueden terminar en falsos testimonios), sino proclamar con audacia la insondable riqueza del Evangelio.

El punto no es ser legalistas y decir que los cristianos no pueden hablar de nada que no sea el Evangelio. Muy por el contrario, estamos llamados a ser los más informados, los más críticos y los que abogan por las cosas que convienen en todas las áreas de la sociedad. El problema real es cuando le damos a las teorías de la conspiración un estatus de verdad absoluta y salvadora, de manera que las comunicamos con más eficiencia y energía que el Evangelio que nos ha dado vida. Al respecto, McConnell, director de Lifeway Research, dice:
Comunicar de generación en generación el testimonio visto con los ojos [de los apóstoles] sobre la enseñanza de Jesús y su muerte, sepultura y resurrección es la misión de la Iglesia. Sin embargo, muchos miembros de la Iglesia están compartiendo cosas que pueden ser, podrían suceder o suenan posibles. El primero es un mensaje firme de esperanza, y el otro es un mensaje tambaleante de terror.
Después de Su resurrección, Jesús dijo: “Así está escrito, que el Cristo padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día; y que en Su nombre se predicará el arrepentimiento para el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Ustedes son testigos de estas cosas” (Lc 24:46-48). De eso debemos ser testigos. El Señor diseñó a la Iglesia para ser estandarte de la Verdad, que es Cristo.
Referencias y bibliografías
Half of U.S. Protestant Pastors Hear Conspiracy Theories in Their Churches | LifewayResearch
Evangélicos de EE. UU. desconfían de vacunas contra el COVID | DW
Who to Trust? – Christian Belief in Conspiracy Theories | ISCAST
Transparency Is the Answer to Conspiracy Thinking | The Gospel Coalition
Discipleship in the Age of Conspiracy Theories | National Association of Evangelicals
