En un mapa de las religiones del mundo, América Latina se ve como un gran bloque sólido, casi monolítico. Desde el Río Bravo, en México, hasta la Patagonia argentina, se ve prácticamente un solo color: según las estadísticas, más del 90% de la población en esta región se identifica como cristiana. A eso se debe que los latinoamericanos veamos iglesias por todas partes, que los presidentes de la zona citen la Biblia en sus discursos y que las festividades religiosas paralicen las actividades cotidianas.
Bajo esta óptica, decir que resulta peligroso ser cristiano en América Latina parece absurdo, casi inverosímil. Y si viéramos algunos datos al respecto, hasta pensaríamos que tienen un error. Sin embargo, al hacer zoom en el mapa y cambiar el filtro de la religión por la identidad cultural, la violencia y la presión política en la región, aparecen varias manchas rojas. Precisamente, eso hace el ministerio Puertas Abiertas: en sus informes más recientes sobre libertad religiosa, cuatro países del “bloque religioso” latinoamericano (México, Colombia, Nicaragua y Cuba) aparecen como zonas de alto riesgo para los cristianos.
Esta paradoja es interesante: ¿cómo es posible que en una de las regiones más cristianas del mundo sea precisamente la fe en Cristo lo que puede costarle la vida o la libertad a alguien? Ahora bien, si no vemos persecución en nuestra ciudad o región, ¿realmente existe? ¿Se están exagerando las cifras?
Para entender este fenómeno, tenemos que dejar de pensar que la persecución es un problema lejano, que ocurre solo en iglesias y comunidades cristianas en Oriente Medio o bajo el puño de hierro de gobiernos como el de China o Corea del Norte, y enfocarnos en lo que está pasando en nuestros propios contextos. Al hacerlo, encontraremos que la guerra en América Latina no es necesariamente de una religión contra otra, sino que es un choque contra estructuras de poder; envuelve presión de grupos armados, control territorial, corrupción, crimen organizado, vigilancia estatal y regímenes que no toleran voces que no pueden controlar. Pero, sobre todo, nos daremos cuenta de que hay cristianos que terminan pagando un costo real por mantenerse fieles.

¿Qué entendemos por persecución?
El primer paso para dimensionar este fenómeno es afinar nuestro concepto de “persecución”. A nuestras mentes vienen imágenes específicas: cristianos en un circo romano o extremistas quemando iglesias en Nigeria. Tendemos a buscar el conflicto binario: “Mi Dios contra tu dios”. Y como en Bogotá, en Ciudad de México o en Lima no vemos hogueras en las plazas, asumimos que aquí no hay persecución. Sin embargo, la persecución es un espectro que cambia de forma según el contexto: a veces es abierta y violenta; a veces es silenciosa y constante; en ocasiones aumenta y en otras disminuye.
Ahora bien, los datos de persecución en nuestro continente dejan ver un patrón: la violencia aquí suele ser selectiva. Es decir, no va contra una gran masa de cristianos ni contra nuestra fe como identidad cultural general, sino que es una violencia dirigida. La abuela que va al servicio el domingo no es perseguida, tampoco el que lleva una cruz en el pecho como un “simple” adorno, pero sí lo es aquella persona cuya fe empieza a estorbar el flujo del poder de alguien. En América Latina, hay tres tipos de “reyes” que no toleran rivales:

- El crimen organizado
- Los estados autoritarios
- La tradición tribal
Cuando la fe cristiana desafía a cualquiera de esos tres tronos, cuando alguien dice “Cristo es el Señor” y eso se vuelve una lealtad real, práctica y pública, la respuesta es brutal. Hay presión, amenaza, cárcel y, en algunos casos, violencia directa. Así pues, veamos cómo se manifiesta la persecución en cada uno de estos casos.
1. La paranoia criminal
El crimen organizado es el poder más crudo y directo. Para aterrizar este tema, miremos el caso de mi país, Colombia, que tiene libertad de culto según su Constitución y cuenta con una mayoría cristiana abrumadora, así que no debería haber ningún conflicto relacionado con la fe. Sin embargo, hacia las zonas rurales y selváticas encontramos verdaderas historias de terror.
Por ejemplo, el 2 de julio de 2025, se encontró una fosa común en el departamento del Guaviare con ocho cuerpos. Según algunos informes, siete de ellos fueron identificados como líderes evangélicos y comunitarios. Al parecer, no murieron en un fuego cruzado accidental; según las investigaciones, fueron interrogados y ejecutados. ¿Por qué una organización armada, una guerrilla o un grupo paramilitar haría esto con un pastor de un pequeño pueblo? ¿Qué ganaría con eso?

Por un momento, veamos el mundo a través de los ojos de un jefe criminal. Para un grupo armado que controla un territorio, el control y el poder deben ser absolutos. Ellos deciden quién entra, quién sale, cómo se mueve la gente, quién vive dentro de su zona, qué se vende, quién puede hablar y quién no. En la práctica, ellos se convierten en la ley.
Entonces aparece un pastor que no solo predica sobre el cielo, sino que empieza a actuar en la tierra. Por ejemplo, crea una escuela de fútbol para que los niños y jóvenes no sean reclutados por la guerrilla; predica contra el consumo de drogas, lo cual afecta el mercado local del cartel; y denuncia la violencia desde el púlpito, diciendo en voz alta lo que, por miedo, muchos tienen que callar. De repente, este líder religioso no es inofensivo, sino que se vuelve una competencia y un poder rival.
Los expertos llaman a este tipo de conflicto “paranoia criminal”. Los grupos armados ven cualquier liderazgo social independiente como una amenaza existencial. Si el pastor tiene la lealtad de la población, el criminal no. Adicionalmente, en territorios disputados, un pastor puede ser confundido con un informante del Estado o con un colaborador del bando enemigo simplemente por tener influencia sobre la comunidad.

Según Puertas Abiertas, entre 2023 y 2025, al menos 36 líderes cristianos fueron asesinados en Colombia y desaparecieron 18. No los mataron por sus posturas doctrinales o por alguna diferencia religiosa abstracta, sino porque su fe los impulsó a actuar en el mundo real, y esa acción desafió al poder.
En México sucede lo mismo. Los cárteles operan con un alto nivel de control en vastas zonas. Si una iglesia intenta rehabilitar pandilleros o se niega a lavar dinero, se puede convertir fácilmente en un objetivo militar. Allí, la persecución es pragmática: es una transacción de poder: “te alineas o te quito del camino”. Pero, para el cristiano que cree que su única lealtad es hacia Dios, alinearse con el crimen no es una opción. Por eso, muchas veces termina pagando un costo muy alto.
2. La espada del César
Ahora veamos la situación en Centroamérica y el Caribe, específicamente en Nicaragua y Cuba. Allí la amenaza no proviene principalmente de guerrillas o carteles en la selva, sino del Estado mismo. En estos países observamos un fenómeno intrincado y preocupante.
Organismos internacionales como la Comisión de Estados Unidos sobre Libertad Religiosa Internacional (USCIRF) han clasificado a Nicaragua, Cuba y Venezuela como una “tríada autoritaria” en América Latina, destacando patrones paralelos de represión a la libertad religiosa. Según sus informes más recientes, como la actualización de noviembre y el reporte anual de 2025, los gobiernos de dichos países aplican estrategias similares para restringir la libertad de religión o creencia (FoRB), como el acoso a comunidades religiosas, la obstrucción legal, el favoritismo hacia ciertos grupos y el cierre del espacio cívico. Además, en la Lista mundial de persecución de 2026 publicada por Puertas Abiertas, Nicaragua ocupa el puesto 32 y Cuba el 24 entre los 50 países con mayor persecución cristiana, con un énfasis en la presión contra líderes que no demuestran lealtad política.
En estos contextos, el problema no es solamente si permiten que los creyentes se reúnan para practicar su fe, sino en un par de preguntas cuya respuesta puede ponerlos en riesgo o no: ¿a quién le debes lealtad? ¿Quién tiene la última palabra?

En Nicaragua, la situación ha escalado desde las protestas de 2018. En los últimos años, el régimen de Daniel Ortega ha sido acusado de arrestos arbitrarios, exilios, cierres de iglesias y organizaciones religiosas, vigilancia constante y confiscaciones de propiedades. Se ha mencionado especialmente a la Iglesia católica por mantener un rol más activo en la política, pero también se habla de presión sobre comunidades evangélicas y protestantes que han sido percibidas como disidentes.
Tiempo atrás, entrevistamos a un pastor que lidera una congregación en ese país. Él presentó una perspectiva que rompe el estereotipo generalizado de una persecución abierta contra cualquier cristiano:
Realmente todo eso tiene que ver con la política. Ha sido a la Iglesia católica en específico, porque ellos han hablado abiertamente en contra del Gobierno. En Nicaragua no existe una persecución por predicar a Cristo y la verdad. (...) a nadie lo están molestando por ser pastor, por tener reuniones de oración o en las iglesias. Aquí tenemos toda la libertad para predicar el Evangelio, para salir a las calles.
Luego, afirmó de forma contundente: “Se trata solamente de aquellos que la critican [a la administración actual], sean católicos, judíos, musulmanes. En realidad, no hay categoría que importe. Al hablar mal del Gobierno, de las políticas o hacer algún comentario en las redes sociales, te marcan”. La frase “...se trata solamente de aquellos que la critican” resulta clave para entender el rompecabezas.

Por un lado, esta voz local sugiere que el conflicto no es primordialmente teológico: al régimen no le interesa si crees en la Trinidad o tienes una Biblia en casa, sino la lealtad política absoluta. En un contexto donde se han desmantelado partidos opositores, prensa independiente y varias ONG, la Iglesia —como una de las pocas instituciones con capacidad de convocatoria y voz moral— se convierte en un foco de atención cuando desafía al poder. El cristianismo enseña una autoridad superior a cualquier gobernante y, cuando un sacerdote o pastor defiende derechos humanos, denuncia abusos o se niega a usar el púlpito para propaganda oficial, el Estado lo interpreta como traición. Ahí empiezan las represalias.
Por otro lado, informes de USCIRF y Puertas Abiertas documentan que muchas de estas represalias a menudo responden a actividades motivadas por la fe, como llamados públicos a la dignidad humana, apoyo comunitario o rechazo a alinearse con el régimen. Esto provoca vigilancia, autocensura inducida, prohibiciones de procesiones y presión para que líderes eviten temas sensibles. Entonces, la pregunta que queda sobre la mesa es: ¿esto es persecución religiosa e incluso un ataque a la fe cristiana en sí, o es una represión autoritaria generalizada que afecta a los cristianos cuando su fe los lleva a disentir políticamente?
En Cuba, la táctica predominante no siempre es un golpe directo, sino una asfixia burocrática y un control sutil. Las iglesias no registradas por el Estado son ilegales, y los líderes que “discrepan” enfrentan vigilancia, acoso, impedimentos para viajar o restricciones operativas. El gobierno prefiere evitar mártires públicos y fomentar el silencio a través del miedo y la autocensura. Aun así, se habla de hostilidad persistente contra cristianos que mantienen posturas disidentes basadas en su fe. En los casos de ambos países, la “espada del César” exige una lealtad que muchos creyentes reservan solo para Dios.

Aquí aparece una tensión práctica para líderes y miembros de la Iglesia: ¿hasta qué punto deben involucrarse en temas políticos o sociales para defender la justicia y los derechos humanos, buscando una transformación que refleje valores cristianos? ¿Cuándo es más prudente permanecer en las sombras, enfocándose en la predicación y el servicio, sin confrontar directamente al régimen pero manteniendo una separación clara? Esta tensión —entre la voz del pastor que afirma que hay libertad de culto mientras no haya crítica política, y los informes que documentan represalias cuando la fe se traduce en disidencia— deja abierta la interpretación.
3. La traición a la sangre
La tercera capa quizás es la más dolorosa porque no viene de un cartel o un gobierno, sino que ocurre dentro de la propia familia o comunidad. Esto sucede, por ejemplo, en las zonas indígenas del sur de México —como Chiapas— y en partes rurales de Colombia, en donde la religión no es algo que haces en privado un domingo, sino que es la identidad misma de la comunidad. Estos pueblos se rigen por sus “usos y costumbres” ancestrales: la vida social gira en torno a fiestas patronales, a los rituales sincréticos y a las cooperaciones económicas para sostener las celebraciones de los santos del pueblo.
Ahora, imagina que haces parte de una de esas comunidades: creciste ahí, conocen tu nombre y apellido, tu historia y la de tu familia. Pero un día anuncias que te convertiste al cristianismo evangélico y tu vida empieza a cambiar: ya no participas en las fiestas del santo, ya no compras alcohol para la celebración ni das dinero para el ritual tradicional. Para ti, es un asunto de conciencia, de obediencia a Cristo. Sin embargo, tus vecinos y familia no lo ven igual, sino como una ruptura del pacto comunitario, como un atentado contra la unidad del grupo. Lo perciben como una traición a la sangre.

Hay muchos casos documentados de familias enteras en México a las que les cortan el agua y la electricidad, les quitan sus tierras o las expulsan físicamente de sus pueblos solo por cambiar de fe. Los niños son acosados en la escuela y, en algunos lugares, los templos son destruidos. Alicia, una niña de 10 años, resumió con tristeza su experiencia ante Puertas Abiertas con esta frase: “Los cristianos somos rechazados porque no seguimos las tradiciones. No vivimos como ellos esperan que vivamos”.
Lo más trágico es que, a menudo, el gobierno nacional no interviene en estas situaciones. Por respeto a la “autonomía cultural” o por simple ausencia del Estado, dejan a estos cristianos en un limbo legal, desprotegidos en su propia tierra.
4. La batalla cultural
Finalmente, hay un tipo adicional de presión que nos toca más de cerca a los que vivimos en grandes ciudades de Latinoamérica o, incluso, en lugares como España. No estamos hablando de violencia física, no hay fosas comunes ni cárceles políticas para pastores, pero sí nos referimos a una hostilidad que está creciendo y vale la pena nombrar con claridad: la presión de la intolerancia secular.
Creo que la mayoría hemos visto o sentido una creciente hostilidad cultural y legal hacia quienes expresan convicciones cristianas que van en contra de la corriente secular predominante, especialmente en temas de vida, matrimonio y familia. En ciudades como Bogotá, Buenos Aires o Ciudad de México, no te van a matar por citar la Biblia. Pero el costo social por hacerlo ha subido. Puedes enfrentar escarnio mediático, ser “cancelado” en redes sociales o ser etiquetado como intolerante o incitador al odio. En España, por ejemplo, hemos visto un aumento en los delitos de odio contra cristianos, vandalismo en iglesias y procesos legales por expresar opiniones religiosas en público.

Esto va formando un ambiente en el que hablar con libertad se vuelve cada vez más difícil y el resultado más común es triste: la autocensura. Muchos cristianos en universidades o trabajos corporativos optan por el silencio, no porque hayan dejado de creer sino porque aprendieron que expresar ciertas convicciones trae consecuencias. Es importante entender que esta es una “presión de baja intensidad”, invisible en las estadísticas de homicidios y en los portales de noticias, pero corrosiva para la libertad de expresión, que permite la expresión pública de las convicciones y opiniones. Como señalan los informes, por miedo a las represalias sociales, los cristianos encuentran muy difícil manifestar opiniones basadas en su fe en espacios públicos. La sociedad, sin golpes ni cárceles, está logrando que se callen.
La comunión del sufrimiento
Entonces, volvemos a la pregunta inicial: ¿por qué América Latina está en las listas de persecución si todo parece tan normal? La respuesta es que la persecución no es un monolito, sino una red de presiones que se ramifica y cambia de forma según el lugar. En la selva, puede ser una bala de un narcotraficante o un grupo armado que no tolera la competencia. En el palacio de gobierno, puede ser un decreto, una vigilancia constante, una presión silenciosa o la exigencia de sumisión y silencio. En el pueblo, puede ser el rechazo de tu propia tribu o comunidad por romper la tradición. Y en la ciudad, puede ser la burla, las etiquetas, el costo social y el silenciamiento por pensar diferente. Lo que une a todas estas historias, desde el pastor en el Guaviare hasta el estudiante universitario en la gran ciudad, es el costo de la disidencia.
América Latina no aparece en informes como la Lista Mundial de Persecución porque resulte peligroso ser un “cristiano cultural” que sigue la corriente. Aparece porque se está volviendo cada vez más costoso ser un cristiano que se niega a someterse a cualquier autoridad absoluta que no sea Dios. Quizás la razón por la que muchos de nosotros no “vemos” esta persecución es porque nos parece que, en la práctica, nuestra fe no resulta lo suficientemente desafiante como para que el poder nos note. Puede ser que estemos viviendo una fe cómoda, que no incomoda a nadie y que cabe bien dentro del sistema.

Pero cuando miramos los datos y, sobre todo, escuchamos las historias de nuestros hermanos en países vecinos, recordamos una verdad incómoda: la historia de la fe cristiana siempre ha sido contracultural, siempre ha tenido un costo e implicado una “comunión de sufrimiento”. Tal vez, el hecho de que no sintamos ese peso dice más sobre nuestra propia comodidad que sobre la realidad que viven millones de nuestros hermanos.
La persecución en América Latina es invisible, no porque no exista, sino porque probablemente hemos aprendido a mirar hacia otro lado. ¿Conocías las razones de la persecución en América Latina? ¿Cuándo deberíamos hablar públicamente para honrar a Cristo y cuándo deberíamos callar por prudencia? ¿Cómo se debería ver la fidelidad cristiana en ambientes hostiles?
Nota del editor: Este artículo fue redactado por Giovanny Gómez y las ideas le pertenecen (a menos que se especifique explícitamente lo contrario). Para elaborarlo, ha utilizado herramientas de IA como apoyo. El autor ha revisado toda la participación de la IA en la construcción de su texto, y es el responsable final del contenido y la veracidad de este.
Referencias y bibliografía
Países de la Lista Mundial de la Persecución 2026 | Puertas Abiertas
¿Cómo es la persecución a los cristianos en México? | Puertas Abiertas
¿Cómo es la persecución a los cristianos en Nicaragua? | Puertas Abiertas
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