“¿Y quién es mi prójimo?” (Lc 10:29).
Catorce días. Ese es el tiempo que los científicos tienen para experimentar con embriones humanos. Una vez cumplido ese tiempo, deben desecharlos.
Esa regla se estableció en 1990 para acallar la conciencia de la opinión pública. Sin embargo, los límites morales suelen ceder ante los avances técnicos. En 2024, la Autoridad de Fertilización Humana y Embriología del Reino Unido, pidió al gobierno extender ese plazo de investigación a 28 días, y buena parte de la comunidad científica apoyó la iniciativa. “Levantar la prohibición podría generar importantes avances científicos en relación con la infertilidad, los abortos espontáneos y los defectos congénitos”, afirmó la BBC en 2025.
De acuerdo con la Declaración de Helsinki, todo sujeto humano que participe en investigación médica debe dar su consentimiento libre y voluntariamente, y su proceso debe detenerse de inmediato si parece causarle algún daño directo, por más grande que sea el beneficio para la sociedad. Incluso los niños o los pacientes que no pueden dar su consentimiento están protegidos por este mismo principio. Con estas restricciones, la medicina reconoce que el sujeto de estudio es verdaderamente una persona.
Sin embargo, la experimentación con embriones humanos opera fuera de estas restricciones. Al usarlos como material de ensayo, la sociedad declara que son desechables para los fines y la conveniencia de los demás y que, por lo tanto, no son personas. ¿Qué impide que mañana permitan experimentar con embriones humanos no solo 28 días, sino tres, seis o nueve meses? ¿Y si algún día se llega a un consenso sobre la posibilidad de experimentar con niños? Al final, los debates biotecnológicos se reducen a una gran pregunta: ¿quién es verdaderamente una persona?
Para encontrar una respuesta sólida, en este artículo seguiremos las reflexiones que el teólogo Oliver O’Donovan traza en el cuarto capítulo de su libro Begotten or Made? (¿Engendrados o fabricados?). Sus análisis teológicos y filosóficos nos ayudan a entender los orígenes del ser humano y a descubrir por qué responder a la pregunta sobre quién es una persona es clave para nuestro futuro.

Quién es una persona: un debate en el corazón del cristianismo
Curiosamente, la palabra “persona” no abunda en la Biblia. En el mundo antiguo, su uso original provenía del teatro clásico, donde la persona era la máscara que usaban los actores para interpretar a un personaje dentro de una historia. Durante el primer siglo, los apóstoles y los primeros cristianos no sintieron la necesidad filosófica de definir este concepto a fondo. Sin embargo, con el paso del tiempo, la Iglesia naciente se enfrentó a un desafío inmenso: necesitaba explicar con precisión doctrinal quién era el Dios trino y, sobre todo, cómo era posible que Jesucristo fuera plenamente Dios y plenamente hombre al mismo tiempo.
Los pensadores cristianos de la época se dieron cuenta de que las categorías clásicas que ofrecía la filosofía, como el “intelecto” o el “alma”, eran insuficientes para explicar a Jesús. Necesitaban una palabra que hablara de una identidad única y continua. Para resolver este misterio, la Iglesia formuló una definición que cambiaría para siempre la forma en que entendemos la existencia humana. Afirmaron que Jesús es una persona con dos naturalezas (la divina y la humana).
O’Donovan subraya que este orden de las palabras es fundamental: la persona es el sujeto primario, la sustancia individual, al cual luego se le atribuyen las naturalezas o cualidades. Es decir, los atributos —como la capacidad de pensar, sentir, moverse o comunicarse— pertenecen a la persona, pero la persona no es simplemente el resultado de juntar todos esos atributos. Primero se es un sujeto, un “alguien”, y luego se manifiestan las cualidades humanas. Justamente, Jesús era la Segunda Persona de la Trinidad, que luego se hizo hombre; antes no lo era.
Para ilustrar esta idea con mayor claridad, O’Donovan rescata un antiguo término griego utilizado en estos primeros debates teológicos: hipóstasis. Esta palabra se refiere a la realidad subyacente, a la base profunda que sostiene todas las características cambiantes de un individuo. El autor lo compara con un hilo oculto en el que se van colgando, como si fueran prendas de ropa en un tendedero, todas las apariencias, etapas y desarrollos sucesivos de nuestra vida. No te conviertes en persona por adquirir la “ropa” de la racionalidad, el tamaño o la autoconciencia; eres persona porque eres ese “hilo” constante que sostiene todo lo demás a lo largo de tu propia historia.

Ahora, si una persona no se convierte en tal por la adquisición de cualidades, entonces ¿cuándo empezamos a existir como personas exactamente? Al buscar en las Escrituras, descubrimos que el cristianismo coloca el misterio del nacimiento en un lugar central. Los relatos sobre la concepción de Juan el Bautista y del propio Jesús en los Evangelios marcan un nuevo comienzo decisivo, cumpliendo las esperanzas proféticas de épocas pasadas.
Este aspecto se vuelve aún más claro cuando observamos a los padres que reciben a estos niños. Al darles un nombre, los padres creyentes declaran su fe en la historia que, bajo la dirección de Dios, está a punto de desarrollarse: la historia de un nuevo comienzo, una nueva época, una nueva esperanza. Especialmente en el regalo que es la concepción de un niño para una mujer estéril —allí donde la naturaleza por sí sola se había negado a dar vida—, vemos la intervención directa de Dios para hacer un nuevo comienzo y crear una “historia” personal (una historia que la biología, abandonada a su propia suerte, nunca habría podido generar).
Estas reflexiones teológicas mantienen el valor de los orígenes humanos en el centro absoluto del pensamiento cristiano, prohibiéndonos relegar el tema del embrión a un asunto periférico o secundario. Sin embargo, aquí aparece un desafío importante: ¿la Escritura nos dice con precisión cuándo comienza la existencia de una persona?
Nos gustaría afirmar que la Biblia muestra que la concepción —en términos de fecundación celular— marca el inicio físico de la identidad personal. Y ciertamente, el rey David adora al Señor diciéndole “Tus ojos vieron mi embrión” (Sal 139:16) y reconociendo que Él lo formó en el vientre de su madre. No obstante, O’Donovan aclara que los textos bíblicos no nos ofrecen por sí mismos una visión médica precisa, sencillamente porque sus autores operaban con categorías distintas a las nuestras.

En la antigüedad, las personas no contaban con herramientas para observar gametos o la división celular, y probablemente reconocían la presencia del bebé recién cuando este manifestaba algún movimiento en el vientre. Esto no significa que ignoraran el valor de la vida en gestación o que vieran el inicio de la vida en un momento distinto al de la concepción. El punto es que sencillamente no necesitaban preguntarse por el milisegundo exacto en el que arrancaba biológicamente la historia de alguien; ese es un problema moderno.
Por lo tanto, aunque la Escritura nos enseña de manera contundente qué es una persona y nos confirma el cuidado de Dios desde el origen, no aborda el problema moderno del instante físico exacto en que comienza nuestra identidad. Entonces, debemos analizar el pensamiento moderno que dio origen al debate.
El limitado alcance de la genética
Para intentar responder a la pregunta de cuándo comienza la historia de un ser humano, resulta tentador acudir a la ciencia moderna. Las generaciones pasadas de cristianos, con la información empírica de su época, solían formular teorías sobre un momento de infusión del alma que ocurría semanas después de la concepción. Hoy, en cambio, la genética nos ofrece un conocimiento más preciso.
Los genetistas explican que, en el instante en que el espermatozoide se une con el óvulo, se forma un nuevo genoma humano. Este código genético guía todo el desarrollo biológico posterior del individuo. Entre esa primera célula y el niño que más tarde nacerá existe una continuidad genética ininterrumpida. Para muchos, este descubrimiento científico parece resolver el dilema, entregando una prueba irrefutable de que la vida personal arranca en la fecundación.

Sin embargo, O’Donovan nos invita a actuar con prudencia y a reconocer los límites de la propia ciencia. La genética muestra una continuidad biológica innegable, pero no puede demostrar por sí sola la presencia de una persona. ¿Por qué? Porque, en sus palabras, “Persona no es una categoría genética o biológica; observar un gen no es observar a una persona”. La ciencia de los genes solo analiza estructuras químicas; puede describir la “ropa” biológica, pero no puede medir ni captar la hipóstasis, es decir, el sujeto real que sostiene esa vida.
Al reconocer que la ciencia no puede entregarnos una prueba espiritual o moral de la persona, O’Donovan señala que existen dos caminos para reaccionar. El primero es el que ha tomado el pensamiento católico romano: asumir con humildad la ignorancia sobre el instante exacto en que comienza la existencia personal, pero proteger la vida desde la concepción bajo un principio de prudencia. Si la ciencia demuestra una continuidad biológica y no podemos probar que el embrión no sea una persona, la postura más segura y responsable es tratarlo como tal desde el primer momento en que existe físicamente.
El segundo camino, favorecido por la filosofía secular moderna, intenta buscar un criterio distinto. En lugar de aceptar el principio de precaución, la mentalidad moderna prefiere definir a la persona a través de sus cualidades. Al no poder “ver” al sujeto en una célula, decide asumir que alguien se convierte en persona únicamente cuando empieza a manifestar ciertos rasgos o capacidades visibles. De esta manera, la persona ya no es un ser que posee cualidades, sino que pasa a ser definida exclusivamente por las cualidades que demuestra tener.
Y aquí es donde comienza el camino inevitable hacia la experimentación con embriones humanos.

La “personalidad”: la propuesta filosófica moderna
Para ilustrar de forma sencilla cómo opera esta preferencia moderna por las cualidades sobre el sujeto, la frase del filósofo Immanuel Kant resulta bastante útil: “Trata a la humanidad, sea en tu propia persona o en la de otro, siempre como un fin y nunca como un medio”. Aunque O’Donovan no analiza la filosofía kantiana, la cita le sirve como un ejemplo claro de un cambio de mentalidad. Él nota que hay una diferencia entre “la humanidad” y la “la propia persona”. Para la mente moderna, la persona pasa a ser simplemente el lugar o la carcasa donde se manifiesta una cualidad superior: la naturaleza racional humana.
Este matiz es decisivo. En la definición cristiana histórica, la persona es lo primario: un individuo concreto que posee ciertas cualidades o características. En cambio, en este enfoque moderno, lo que despierta nuestro respeto moral no es el individuo en sí mismo, sino la cualidad que habita en él. Lo que se valora ya no es el ser humano que puede pensar, sino la capacidad de pensar en sí misma.
De esta postura nace el uso habitual del concepto abstracto de “personalidad”. A diferencia de la palabra “persona”, la “personalidad” es un término cualitativo. Se refiere a un paquete de atributos, habilidades y desempeños que asociamos con un ser humano desarrollado: la capacidad de razonar, comunicarse, sentir o decidir de manera autónoma. Bajo esta lógica, la cultura moderna asume que antes de reconocer a alguien como persona, primero debemos comprobar mediante pruebas que posee ese conjunto de capacidades.
Esta manera de pensar produce una consecuencia aterradora: la división de la existencia humana entre lo que es “personal” y lo que no lo es. Si la condición de persona depende de manifestar ciertos rasgos desarrollados, la humanidad queda fragmentada en dos categorías: aquellos seres humanos que demuestran tener “personalidad” y aquellos que aún no la tienen (pre-personales) o la han perdido (no-personales).

Aquí se revela el peligro de este enfoque. No solo afecta al embrión, sino que deja en la incertidumbre a pacientes con daño cerebral severo, ancianos con demencia avanzada o personas con discapacidades profundas. Para la mente moderna, resulta inevitable preguntarse si estos seres humanos pertenecen a la categoría de lo personal o de lo impersonal. Si se fija la función cerebral como el límite mínimo para proyectar la “personalidad”, entonces, donde no hay una estructura cerebral funcional, se concluye con tranquilidad que no hay una persona. Así, mientras al paciente con daño cerebral se le llega a considerar una vida que ha dejado de ser “personal”, al embrión se le clasifica como una etapa pre-personal con la que se puede experimentar libremente.
Trascendencia: el gobierno del espíritu
Llegados a este punto, podemos comprender por qué la experimentación con embriones parece un resultado natural del pensamiento de nuestra cultura. Tres convicciones llevan a ello.
El primero es que la personalidad puede ser el objeto del conocimiento experimental; dicho de otra forma, es posible probar si alguien la tiene o no. El segundo es la necesidad de dividir a los seres humanos entre lo que es “personal” y lo que es “no-personal” (o, en el caso de los embriones, “pre-personal”), creando una categoría con la que resulta legítimo experimentar. Y el tercero es el deseo de la sociedad liberal por alcanzar la máxima libertad en la vida privada, lo cual exige dominar las leyes de la biología humana. Reflexionemos por un momento en esta tercera convicción.
Para conseguir esa autonomía, nuestra cultura siente la necesidad de exponer lo que antes permanecía en la intimidad y llevarlo al terreno del laboratorio. Queremos que nuestra propia biología deje de ser algo que simplemente vivimos y recibimos de la naturaleza, y pase a ser un objeto que observamos desde afuera, analizamos y, finalmente, conquistamos. Es un intento por dominar las fuerzas biológicas que condicionan nuestra existencia.

O’Donovan define este proyecto cultural como la búsqueda de la “autotrascendencia”: la capacidad y el deseo del ser humano de situarse por encima de su propia condición física para no estar sometido a ella, sino dominarla. En este contexto, trascender no significa buscar lo divino, sino intentar que el espíritu humano se eleve sobre su propia naturaleza biológica para moldearla a su antojo. Con frecuencia se afirma que vivimos en una sociedad puramente materialista que ha olvidado la dimensión espiritual; sin embargo, el teólogo señala que esto no es del todo cierto, pues el espíritu sigue operando, pero de una forma muy particular.
Aquí es clave la metáfora de la fotografía. El espíritu no ha desaparecido de nuestra cultura; simplemente se ha colocado detrás de la cámara. Para entender cómo funciona la ciencia moderna, debemos imaginar al ser humano situado a ambos lados del lente. Por un lado, es el sujeto que sostiene la cámara: el “espíritu” científico que observa, mide y experimenta. Por otro lado, es la materia retratada en la fotografía: el cuerpo biológico que es estudiado. Al ponerse detrás del lente, la razón busca elevarse por encima de su propia naturaleza corporal para dominarla.
Sin embargo, para estudiar al ser humano en un laboratorio y afirmar esa trascendencia, la ciencia necesita distanciar al sujeto que investiga del objeto investigado. Es aquí donde el embrión se convierte en el sujeto perfecto para el proyecto moderno, porque representa algo ambiguo: es, al mismo tiempo, “nosotros y no nosotros”. Es indiscutiblemente parte de la especie humana, pero como la sociedad asume que aún no tiene una “personalidad” o conciencia desarrollada, se siente con el derecho de tratarlo como un objeto de prueba a su disposición.
Lo que hace tan fascinante al embrión para la investigación es precisamente que contiene a la humanidad en su estado inicial, cuando (según ellos) el espíritu aún no se ha diferenciado de la materia. En el embrión, la personalidad humana está presente en su potencial genético, un código que la ciencia sí puede medir, manipular y medir en una placa de Petri. Una vez que el ser humano crece y alcanza la madurez personal, su libertad se vuelve elusiva y difícil de acorralar en un laboratorio. Por eso, producir embriones con el propósito de investigar con ellos es el ejemplo más claro de una cultura que necesita cosificarse a sí misma para afirmar el gobierno de la razón sobre la biología humana.

El facto que lo cambia todo: el amor
Al cerrar su análisis, O’Donovan nos ayuda a ver cuál es el verdadero problema ético detrás de la experimentación con embriones. La gravedad de utilizar seres humanos incipientes para la investigación no radica únicamente en interrumpir su desarrollo, sino en algo más sutil: fabricar intencionalmente vidas de condición ambigua, seres situados desde su origen fuera del alcance de nuestra compasión.
Al tratar al embrión como un objeto de prueba en lugar de como un semejante, se confirma la regla central del pensamiento de O’Donovan: cuando empezamos a fabricar seres humanos en lugar de engendrarlos, inevitablemente dejamos de amarlos. Lo que es producido mediante la técnica se convierte en un recurso a nuestra disposición, no en un prójimo con quien entablar una relación fraterna.
El apóstol Pablo afirma en 1 Corintios 8:1: “El conocimiento envanece, pero el amor edifica”. El conocimiento experimental busca establecer una distancia de control sobre su objeto para medirlo y probarlo. Sin embargo, a las personas no se las descubre en un laboratorio ni evaluando su desarrollo funcional o su nivel de autonomía. A las personas se las reconoce mediante el amor.
No existe un camino que vaya primero de la observación científica a la comunión humana; solo existe un camino que va primero del compromiso con el otro para luego ir al conocimiento de sus cualidades como persona. Para conocer a un hermano, primero debemos actuar de manera fraternal con él. Así como el buen samaritano se hizo prójimo de quien lo necesitaba —incluso a pesar de la distancia y enemistad entre judíos y samaritanos—, la fe cristiana nos llama a tratar a todo ser humano como persona antes de que sus cualidades se hayan manifestado.
Finalmente, O’Donovan nos invita a mirar la vida incipiente con los ojos de la fe. 1 Corintios 1:28-29 dice: “También Dios ha escogido lo vil y despreciado del mundo: lo que no es, para anular lo que es, para que nadie se jacte delante de Dios”. La respuesta cristiana a la pregunta de quién es una persona no consiste en medir el valor de alguien por sus funciones o rendimiento biológico. Consiste en recibir a cada ser humano como un don, con la esperanza de que Dios lo ha llamado de la nada a la existencia para ser amado y protegido, jamás para ser instrumentalizado.
Referencias y bibliografía
“Who is a person?”. En Begotten or Made? (1984) de O’Donovan, Oliver. Oxford: Clarendon Press, pp. 60–80.
Scientists: Allow forbidden 28-day embryo experiments | BBC
The HFEA’s recommendation to government on extending the time limit on embryo research | HFEA
