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Nota del editor: Este artículo fue publicado originalmente en nuestra web el 22 de septiembre de 2021. Con el fin de ofrecer una perspectiva vigente, hemos revisado y enriquecido este contenido para la edificación de la Iglesia y el beneficio de nuestros lectores.
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Para quien camina por las calles de Buenos Aires, Foz de Iguazú o Ciudad del Este, el paisaje urbano está cambiando. Junto a las tradicionales torres de templos católicos y evangélicos, los minaretes y el eco de la cultura islámica son más comunes en América Latina. A simple vista, el islam evoca mundos distantes: desiertos lejanos, noticias sobre conflictos en Oriente Medio y un mundo ajeno a nuestra realidad hispana. Sin embargo, la fe musulmana ya no es una realidad confinada al otro lado del globo; hoy habita a la vuelta de la esquina.
Ahora, a pesar de lo que sugieren los titulares sesgados o las alarmas infundadas, la presencia islámica en nuestra región no representa una amenaza demográfica. El cristianismo continúa siendo la religión mayoritaria, y no hay una influencia social tan grande como en Europa. Al contrario, estas jóvenes comunidades nos plantean un desafío como cristianos: la histórica frontera misionera hacia el mundo musulmán se ha trasladado al propio patio trasero de la Iglesia latinoamericana.
Abrazar este desafío no es una tarea sencilla. El encuentro entre ambas creencias se mueve en una tensión causada por prejuicios culturales, estigmas geopolíticos y el recuerdo de episodios oscuros. Pero para comprender el verdadero alcance de esta oportunidad de testificar, es importante primero entender la historia de esta religión en nuestro continente.

El inicio del islam en América Latina
Aunque el islam parezca ajeno a la historia latinoamericana, su presencia puede rastrearse desde épocas bastante tempranas. Existen relatos sobre algunas figuras legendarias como la del Mansa Abubakari II, del Imperio de Malí, quien parece haber organizado al menos dos viajes hacia el océano Atlántico. La leyenda dice que partió desde la desembocadura del río Senegal y que pudo haber llegado hasta la costa noreste del actual Brasil.
Otro relato antiguo, conservado por el geógrafo al-Idrisi en el siglo XII, narra el viaje de ocho marinos aventureros (los al-Mugharrirun), quienes partieron desde Lisboa hacia el “Mar de las tinieblas”, término usado en la Edad Media para describir al océano Atlántico. Se dirigieron al oeste con la intención de alcanzar los límites de las aguas, según la creencia de la época. Al parecer llegaron hasta unas islas habitadas, que algunos relacionan con el Caribe. En todo caso, ninguno de estos relatos reúne pruebas suficientes para asegurar que sus protagonistas hayan llegado realmente a América; lo más probable es que se haya tratado de las islas de la Macaronesia.
Con mayor certeza, los verdaderos inicios del islam en América Latina pueden establecerse durante el descubrimiento y la conquista del Nuevo Mundo. Se cree que los españoles y portugueses que llegaron a América tenían entre sus filas a algunos musulmanes, quienes practicaban su religión en secreto debido a la dura persecución que sufrieron en los años posteriores a la Reconquista. De todos modos, es muy difícil establecer una cifra de cuántos llegaron para esa época, aunque seguramente fue muy baja, debido a que la mayoría de los expulsados de España emigraron hacia el norte de África. También se cree que entre los esclavos africanos hubo musulmanes, algo bastante posible, aunque en este caso los registros son aún más escasos.
Más allá de las conjeturas, hay registro de individuos puntuales que practicaban el islam en privado durante la colonización, pero nunca se conformó una comunidad religiosa islámica en América. Tuvieron que transcurrir algunos siglos para que eso ocurriera.
La siguiente etapa del islam en nuestro continente comienza en la década de 1870, cuando hubo una gran inmigración de árabes hacia América, a quienes se les solía registrar como “turcos”. En realidad, eran sirios-libaneses que escapaban de los conflictos internos del Imperio otomano, de ahí la asociación con Turquía. Esta primera ola de inmigración fue mayoritariamente de cristianos ortodoxos y católicos maronitas que huían de la persecución, y que lograron integrarse con relativo éxito a sus nuevos países debido a su cercanía religiosa. Pero también es posible que algunos musulmanes hayan sido parte de ese grupo. Ahora bien, algunos cedieron en sus creencias religiosas para integrarse mejor y no sufrir más el desarraigo, y otros mantuvieron una suerte de “espiritualidad islámica” en el ámbito privado, pero la carencia de las instituciones necesarias para practicar su religión fue llevando su fe al declive.

Atraídos por una promesa de desarrollo similar a la de Estados Unidos, muchos de estos migrantes árabes procedentes del Levante se dirigieron hacia el Cono Sur. Así, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, se terminaron formando grandes comunidades en Argentina, Brasil y Chile, aunque ninguna islámica como tal. Con el tiempo, la preponderancia inicial de cristianos entre los inmigrantes sirio-libaneses comenzó a revertirse. Las continuas guerras y crisis económicas en Medio Oriente mantuvieron el flujo migratorio constante, hasta que entre las décadas de 1970 y 1980 se registró la llegada de una importante población musulmana.
Esto implicó cambios internos en la comunidad árabe latina. Los ortodoxos y maronitas que habían llegado previamente se habían integrado al contexto católico hasta tal punto que, con el paso de los años, muchos elementos de la identidad árabe se disolvieron. Los nuevos inmigrantes musulmanes, por el contrario, luchaban por mantener su cultura de origen. Esta fuerte apelación a la identidad árabe ha sido señalada como la mejor herramienta para el crecimiento de la comunidad islámica en América latina.
También debe señalarse que nuevas comunidades islámicas adquirieron mayor visibilidad y presencia gracias a hechos de gran resonancia mediática. De manera paradójica, los atentados terroristas en Argentina (1992 y 1994), Estados Unidos y otros países del mundo, sirvieron para llamar la atención sobre las comunidades musulmanas locales. A través de actividades para darse a conocer, muchos tuvieron que hacer grandes esfuerzos para distanciarse de las imágenes asociadas al terrorismo internacional y al extremismo religioso.
Otro factor sumamente importante ha sido la ayuda de algunos gobiernos de países islámicos, en especial Irán y Arabia Saudí, que financiaron la construcción de mezquitas y centros culturales en varias ciudades de América Latina. Esto también ha sido clave para fortalecer la joven comunidad islámica en suelo latino.

¿La religión de más rápido crecimiento?
Es extremadamente difícil establecer una cifra certera de musulmanes en América Latina. Esto se debe, principalmente, a que los asuntos religiosos solían ser de poco interés para los gobiernos locales, los cuales apenas ofrecían la categoría de “no católicos” en los censos y relevamientos demográficos. Aunque en las últimas décadas han prestado atención a protestantes y evangélicos, el islam todavía sigue ausente en la mayoría de las estadísticas. Adicionalmente, algunas fuentes árabes-islámicas, motivadas por intereses proselitistas, suelen publicar datos con números inflados.
En 2015, Pew Research Center publicó un informe en el que estimó que en América Latina y el Caribe existían unos 840.000 musulmanes en 2010. Pero, según otras fuentes, la región solo contaba con unos 380.000; incluso algunos organismos arrojaban cifras todavía más bajas. En años más recientes, el secretario general de la Organización Islámica para América Latina y el Caribe (OIPALC), Muhammad Yusuf Hallar, aseguró en 2024 que había cuatro millones de musulmanes en el continente: 700.000 en Argentina y 1.5 millones en Brasil, los dos países con mayor cantidad de musulmanes en la región. Sin embargo, en 2025 los demógrafos de Pew Research reevaluaron los datos y concluyeron que en 2010 había 710.000 musulmanes y 750.000 en 2020.
De cualquier forma, es muy difícil establecer una cifra confiable, especialmente después del estallido de la guerra civil siria en 2011, que ha causado un gran flujo de movimiento bidireccional entre América Latina y Medio Oriente.
Pero ¿estos números pueden cambiar? El informe de Pew Research sobre el futuro de las religiones indicó que el islam es la religión con más rápido crecimiento en la actualidad. Según su pronóstico, para el año 2050 los musulmanes representarán un tercio de toda la población mundial. Con todo, Latinoamérica aparece como la excepción. Se prevé un muy bajo crecimiento de la población musulmana en estas latitudes, llegando a aproximadamente 795.000 musulmanes para mediados de siglo según las cifras de 2025. Sin embargo, solo se trata de previsiones estadísticas y tanto las migraciones, la tasa de fertilidad, como las conversiones religiosas, podrían modificar las cifras considerablemente.

A pesar de que, en general, las comunidades islámicas en la región son muy inusuales, existen algunos ejemplos bien establecidos. Guyana representa un caso particular, pues el islam es una de las tres religiones mayoritarias junto al cristianismo y el hinduismo. Esta gran diversidad religiosa fue posible debido al trasplante de comunidades efectuado por el Imperio colonial inglés: muchos musulmanes llegaron desde el subcontinente indio como mano de obra para las colonias inglesas en América del sur.
En Argentina, que contiene a la mayor población árabe-musulmana de la región, el pequeño pueblo La Angelita, en la provincia de Buenos Aires, resulta llamativo. Es la única localidad del país con un 40% de habitantes árabes musulmanes. Otras comunidades muy pujantes se desenvuelven en las ciudades principales, como Buenos Aires y Córdoba.
Pero de todas, una zona en especial ha sido el foco de la controversia en los últimos 30 años, pues ha involucrado a una floreciente comunidad islámica: la Triple Frontera.
El caso de la Triple Frontera
La llamada Triple Frontera (TF) es el encuentro de los límites de Argentina, Brasil y Paraguay, una zona donde existe una gran comunidad de árabes musulmanes y que ha sido señalada como refugio del terrorismo yihadista internacional. También combina turismo internacional, una inmensa zona franca, gobiernos permisivos y controles fronterizos totalmente porosos, por lo cual se presta para actividades ilícitas, contrabando y la proliferación del crimen organizado.
Se cree que la TF es el punto de encuentro entre cárteles de droga centroamericanos, islamistas radicales y mafias chino-coreanas, entre otras organizaciones criminales, todo ello bajo la presunta complicidad de los gobiernos y autoridades locales que hacen la vista gorda a lo que sucede en sus jurisdicciones. De cualquier modo, es difícil establecer con certeza lo que allí sucede y cuánto de estas sospechas es cierto, justamente por tratarse de actividades y organizaciones que prefieren mantenerse en las sombras.
Cuando sucedieron los ataques terroristas en Argentina en 1992 y 1994 contra la Embajada de Israel y la mutual judía AMIA, la Triple Frontera fue señalada como el punto clave para la llegada y salida de los atacantes. Debido al poroso control migratorio de la zona y a sus intensas dinámicas comerciales, diversas agencias de inteligencia señalaron este enclave trinacional como una base de apoyo logístico y operativo para células extremistas como Hezbolá. Las sospechas crecieron aún más luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando Estados Unidos puso bajo la lupa todas las zonas con presencia musulmana cercanas a sus fronteras. Desde entonces, los servicios de inteligencia han estado monitoreando las actividades de la TF.

Sin embargo, las acusaciones no se relacionan con el reclutamiento por parte de yihadistas o extremistas. En realidad, la comunidad islámica es reducida y está integrada por comerciantes y empresarios. La verdadera sospecha recae en el flujo de dinero, situando a la región como un centro de financiamiento para organizaciones armadas de Medio Oriente, como Hezbollah o el Estado Islámico.
Esta red financiera se enmarca en la llamada “guerra contra el terrorismo” y en los prolongados conflictos de la región árabe-israelí de las últimas dos décadas. Además de movilizar a jóvenes radicalizados —procedentes en su mayoría de Europa— para combatir en el frente, estas causas demandan un sostenimiento económico global que se extiende hasta Sudamérica mediante el narcotráfico, el contrabando y el lavado de activos.
Debido a su intensa actividad comercial y a la laxitud de sus controles, la Triple Frontera resulta idónea para este fin. La atención sobre el área se confirmó en septiembre de 2018 con la detención en Foz de Iguazú de Assad Ahmad Barakat, señalado como un operador clave de Hezbollah encargado de sus finanzas en América Latina y el Caribe. A este hecho se suman diversas investigaciones sobre figuras vinculadas al crimen organizado en Ciudad del Este y otras localidades fronterizas.
El contexto global y las acusaciones alimentan el sentimiento de islamofobia, que en última instancia perjudica todavía más la delicada situación. La TF representa un desafío complejo para la región en muchos sentidos, incluyendo a la Iglesia latina en su misión evangelística.
La Triple Frontera como campo misionero
La Triple Frontera se presenta como un espacio multicultural y religioso que roza lo caótico. En la ciudad brasileña de Foz do Iguazú conviven testigos de Jehová, mormones, miembros de la Iglesia Universal del Reino de Dios, evangélicos de distintas denominaciones, musulmanes, cultos afrobrasileños y hasta un templo budista. Los líderes religiosos de la ciudad en general suelen expresarse positivamente sobre este crisol de religiones que conviven pacíficamente.
Del lado paraguayo, Ciudad del Este continúa con esa diversidad, pero hay comunidades étnicas con una gran visibilidad, como la comunidad árabe-musulmana. Al cruzar el puente, la Mezquita Muhammad puede ser percibida rápidamente, mientras que por las calles es común ver mujeres con chador y hombres en turbantes, escenario que inevitablemente remite a cualquier ciudad de Oriente Medio. Pero, a diferencia del lado brasileño, esta diversidad puede definirse como más “estática”, ya que no hay tanta comunicación entre las diferentes confesiones religiosas.

Comparada con estas ciudades, Puerto Iguazú es apenas un pueblo de poco peso, muy alejado de la gran diversidad religiosa que puede verse en las ciudades vecinas. El catolicismo goza de centralidad gracias a su estatus de religión oficial, mientras que en los barrios periféricos existe una gran actividad evangélica y pentecostal. En resumen, el continuo urbano entre Brasil y Paraguay (Foz do Iguazú y Ciudad del Este) propicia la convivencia de diversas confesiones mundiales, un fenómeno inusual en América Latina.
La TF presenta, entonces, un escenario único para la Iglesia latinoamericana. En el ámbito mundial, los atentados de 2001 y las décadas de conflicto en Medio Oriente han intensificado la polarización: muchos musulmanes han radicalizado sus posturas y otros se han vuelto más defensivos, adoptando una actitud hermética. En el mundo cristiano también ha crecido un sentimiento de islamofobia.
Esto provoca un encuentro lleno de tensión entre ambas religiones, lo que dificulta la evangelización de inmigrantes árabes musulmanes. Pero el contacto diario con la comunidad islámica en la TF abre una oportunidad excepcional para abordar uno de los mayores desafíos del cristianismo: el acceso al mundo musulmán, ubicado históricamente en la llamada Ventana 10/40, donde las misiones enfrentan barreras geográficas y políticas casi insuperables.
Cualquier acercamiento a la religión cristiana allí es prohibido y castigado, pero en la TF el contacto es inevitable. Esto no quiere decir que las conversiones sobre fe sean más “fáciles”, pues el desarraigo y la nostalgia suelen alimentar las convicciones religiosas y la identidad de origen. Tampoco los inmigrantes están del todo libres de presión, ya que sus familias y comunidades aún ejercen influencia en sus decisiones. Aun así, el amparo legal de la libertad de culto asegura que nadie sea juzgado o impedido de profesar la religión que desee, y esa es una condición favorable para la evangelización.
Conscientes de esta valiosa oportunidad, hay agencias misioneras que trabajan en la Triple Frontera, lo cual sirve como entrenamiento previo para misioneros que irán a países musulmanes. Este centro neurálgico para la población musulmana en América Latina termina siendo una ventana para penetrar en el hermético mundo islámico.
Nota del autor: Infobae publicó una serie de investigaciones sobre los vínculos del terrorismo y el narcotráfico en la Triple Frontera; fueron escritas por Gustavo Sierra (2019) y George Chaya (2021). También existen extensas investigaciones académicas sobre las dinámicas de la TF que han servido para describir el escenario religioso en este artículo, en especial la de Silvia Montenegro (2007).
Referencias y bibliografía
Muslims in Latin America: History, Challenges, and Future | Why Islam
11. Religion in Latin America and the Caribbean | Pew Research
Projected Changes in the Global Muslim Population | Pew Research Center
Muslim Population by Country 2026 | World Population Review
El islam en América Latina: del siglo XX al XXI (2010) de Hernán Taboada. Estudios, N.° especial, pp. 15-34.
Projected Changes in the Global Muslim Population | Pew Research Center
