Génesis y feminismo: la antigua disputa por el orden entre hombres y mujeres

Aunque son muy diferentes, las tres olas del feminismo comparten un rechazo común al diseño de Dios. Las principales voces del movimiento feminista se han opuesto no solo a la dominación masculina pecaminosa, sino también a toda relación ordenada de autoridad y sumisión entre hombres y mujeres.

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“Tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti” (Gn 3:16).

El feminismo es notoriamente difícil de definir. Cada una de sus así llamadas “olas” tiene su propia agenda y marco ideológico. Sin embargo, a pesar de toda su variedad, las diversas expresiones del feminismo tienen un núcleo común. Se podría pensar en estas expresiones como muchos frutos en un solo árbol: cada uno difiere del otro de maneras significativas, pero todos brotan de la misma raíz.

Mi tesis es que el feminismo es una serie de movimientos ideológicos que materializan las palabras de Dios a la mujer en Génesis 3:16: “Tu deseo será para tu marido”. Por lo tanto, la raíz común de las diversas olas del feminismo es el rechazo al buen diseño de Dios para las relaciones correctamente ordenadas entre los hombres y las mujeres en el mundo. Como tal, el feminismo está en desacuerdo con la naturaleza misma, tal como fue creada por Dios. En la medida en que el feminismo ha incursionado en muchos de los aspectos más básicos de la vida social, sus efectos han obstaculizado el florecimiento humano a la luz del diseño de Dios en la creación.

Este ensayo se desarrolla en dos partes. La primera parte se centra en el diseño de Dios para la humanidad como hombre y mujer según Génesis 1-2, y cómo la caída del hombre representa, en parte, un alejamiento de ese diseño (Gn 3). La segunda parte examina las diversas olas del feminismo para demostrar que todas provienen de un rechazo al buen diseño de Dios en cumplimiento de Sus palabras en Génesis 3:16.

El feminismo es notoriamente difícil de definir. / Crédito: Unsplash

Hombre y mujer en la creación y la caída

Cuando Dios creó a la humanidad a Su imagen, Él los hizo varón y hembra, hombre y mujer. A la humanidad Él le dio dominio sobre el resto de la tierra. Este dominio no fue dado solo al hombre ni solo a la mujer. Fue dado a la pareja, al hombre y a la mujer. Creados según la misma especie (la humanidad), compartiendo una esencia humana común, tanto el hombre como la mujer fueron hechos “a imagen de Dios”. Por lo tanto, compartían una igualdad y una dignidad esenciales que los hombres y las mujeres todavía comparten hoy (Gn 1:26-31). 

Iguales pero diferentes

Esta igualdad esencial no niega las diferencias muy reales entre los hombres y las mujeres. Sin socavar su humanidad compartida, Dios escribió la distinción inviolable entre el hombre y la mujer en la naturaleza humana misma. Todo ser humano es hombre o mujer, no ninguno de los dos y no ambos: “varón y hembra los creó” (Gn 1:27). En otras palabras, aunque el hombre y la mujer comparten la naturaleza humana universal (esencia), cada uno demuestra esa naturaleza como un ser humano existente de una manera irrevocablemente distinta. La diferencia entre el hombre y la mujer está fundamentada en la naturaleza humana, aun cuando ambos comparten esa naturaleza.

Génesis 1-2 indica que las diferencias entre los hombres y las mujeres no pueden reducirse a su biología complementaria. Más bien, existe una clara diferencia en sus respectivos deberes y responsabilidades. Al hombre, a quien Dios hizo primero, se le da el mandato de cultivar y guardar el huerto y de abstenerse de comer el fruto del árbol prohibido (Gn 2:15-18). La mujer es hecha en segundo lugar y es designada como una ayuda para acompañar al hombre y asistirlo en estos deberes dados por Dios (Gn 2:18-24). Jesús y los autores del Nuevo Testamento tratan los capítulos iniciales de Génesis como paradigmáticos para las relaciones correctamente ordenadas entre hombres y mujeres según el diseño de Dios (Mt 19:1-8; 1 Co 11:3-12; Ef 5:22-31; 1 Ti 2:11-15). Dios ha diseñado a los hombres y a las mujeres de tal manera que, en las relaciones ordenadas de autoridad y sumisión entre los sexos, el hombre ocupa el lugar de autoridad y la mujer el de sumisión.

¿Cuáles son estas relaciones ordenadas de autoridad y sumisión? En el hogar, las esposas se someten a sus propios maridos mientras que los maridos ejercen el liderazgo guiando a sus esposas a través del amor abnegado (Ef 5:22-31). En la iglesia, el oficio de anciano/obispo/pastor, un oficio de liderazgo y autoridad, está limitado a hombres calificados, mientras que a las mujeres no se les permite “enseñar ni ejercer autoridad sobre el hombre” (1 Ti 2:12). Tanto en la iglesia como en el hogar, las relaciones ordenadas específicas de autoridad y sumisión están fundamentadas explícitamente en el relato de la creación de Génesis 2:18-24.

Las diferencias entre los hombres y las mujeres no pueden reducirse a su biología complementaria. / Foto: Lightstock

Dado este fundamento en el orden natural, no es sorprendente ver este patrón ejemplificado en las Escrituras, incluso en estructuras sociales más amplias. A lo largo de la Palabra de Dios, cuando Dios nombra líderes y oficiales entre Su pueblo, las figuras designadas para roles de liderazgo tan prominentes son ordinariamente hombres, no mujeres. Fue Moisés, no Miriam, a quien Dios designó para liderar a Israel, mientras que Miriam sirvió en un papel de ayuda complementario. Dios designa sacerdotes y nunca sacerdotisas para servir en el tabernáculo y el templo, reyes y nunca reinas para gobernar sobre Su pueblo. La lista podría continuar.

El punto es que el diseño de Dios de una clara diferencia en los deberes y responsabilidades entre hombres y mujeres está arraigado en la naturaleza, no en una mera convención social, de modo que lo vemos expresado ampliamente en el mundo y a través de una variedad de épocas pactuales, no simplemente en las esferas limitadas del matrimonio y la Iglesia.

Desorden y desobediencia

La tentación de Eva en el huerto del Edén contrasta fuertemente con las relaciones ordenadas que Dios tenía en mente para el hombre y la mujer. Dios designó a la humanidad para gobernar sobre “todo ser viviente que se mueve sobre la tierra” (Gn 1:28), lo que incluye a las “bestias” (ver Gn 1:25), pero Génesis 3 se abre con una “bestia del campo”, una serpiente, que busca doblegar a la humanidad a su voluntad. Más específicamente, la serpiente se acerca astutamente a la mujer con sus palabras de tentación, no al hombre que estaba con ella (Gn 3:6). En lugar de instruir a su esposa en su llamado conjunto de gobernar sobre la serpiente, el hombre la escucha mientras ella le dice que coma el fruto (Gn 3:17). El pecado catastrófico de Génesis 3 se produjo, en parte, por el fracaso tanto de Adán como de Eva de vivir de acuerdo con el diseño de Dios para su relación ordenada y su fracaso conjunto de gobernar sobre otras criaturas. Adán fracasó en liderar; Eva asumió el papel de Adán y se convirtió en la líder de facto; ambos no lograron rechazar las palabras de la serpiente.

Después de este gran pecado, Dios se acercó para pronunciar palabras de juicio sobre la serpiente, la mujer y el hombre. Sus palabras a la mujer son particularmente instructivas para el propósito de este ensayo: “Tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti” (Gn 3:16).

El contexto sugiere que la frase “él tendrá dominio sobre ti” describe una realidad posterior a la caída en la que los hombres usarán su mayor fuerza para ejercer dominio sobre las mujeres de una manera que es más similar a la relación que deberían tener con los animales que a la relación que deberían tener con las mujeres (Gn 1:28-29). Así, describe el mundo pecaminoso en el que algunos hombres dominarán a las mujeres en forma de abuso, explotación sexual y otras formas de subyugación injusta. El hecho de que los hombres hayan gobernado sobre las mujeres de manera pecaminosa a lo largo de la historia es una gran parte del atractivo del feminismo, aunque sus ideales y acciones propuestas solo ofrecen más problemas.

La tentación de Eva en el huerto del Edén contrasta fuertemente con las relaciones ordenadas que Dios tenía en mente para el hombre y la mujer. / Crédito: Lightstock

El enfoque de este ensayo, sin embargo, está en la primera parte de la oración pronunciada a la mujer: “Tu deseo será para tu marido”. La palabra hebrea para “deseo” (təšūqā) que aparece aquí también se usa solo unos versículos más adelante en Génesis 4. Cuando Caín y Abel traen sus ofrendas a Dios, Él “miró con agrado a Abel y a su ofrenda, pero no miró con agrado a Caín y a su ofrenda” (Gn 4:4-5). Cuando Caín se enoja, Dios le dice: “Si haces bien, ¿no serás aceptado? Y si no haces bien, el pecado yace a la puerta. Su deseo [təšūqā] es para ti, pero tú debes dominarlo” (Gn 4:7).

Aquí el pecado está personificado como un poder que desea dominar a Caín, pero a Caín se le instruye que lo domine. Así como el pecado “deseó” gobernar sobre Caín, de la misma manera las mujeres en un mundo asolado por el pecado desearán usurpar la autoridad de los hombres de una manera contraria al diseño de Dios. Ella deseará gobernar sobre él.

Tres olas de deseo desordenado

¿Qué implica el buen diseño de Dios en la creación y el socavamiento de ese diseño en la caída respecto a los diversos marcos ideológicos y sociales conocidos colectivamente como feminismo? El siguiente breve resumen considerará al feminismo en sus tres olas comúnmente reconocidas, señalando los principales puntos de énfasis, así como la manera en que cada ola representa el cumplimiento de la predicción de Génesis 3:16 a la mujer. 

La primera ola del feminismo

La primera ola del feminismo está asociada con la igualdad general de las mujeres ante los ojos del sistema legal, con especial atención al tema del sufragio femenino. En la imaginación popular, la primera ola comenzó con el famoso discurso principal de Elizabeth Cady Stanton (1815-1902) en la Convención de Seneca Falls de 1848, The Declaration of Sentiments (“La Declaración de Sentimientos”). Este discurso, elaborado para reflejar fielmente el lenguaje de la Declaración de Independencia, denunció la injusticia de que las mujeres fueran excluidas de “la franquicia electoral” (el derecho al voto) y expresó otros agravios de tipo social, religioso y político. La convención votó a favor de adoptarlo como una proclamación de su misión.

Stanton continuó hablando y escribiendo sobre el tema de la liberación de las mujeres de la opresión legal y social. Eventualmente se unió a su amiga cercana, la talentosa organizadora y activista social Susan B. Anthony (1820-1906), para formar la National Women’s Suffrage Association (Asociación Nacional del Sufragio Femenino, NWSA por sus siglas en inglés). La NWSA presionó a los gobiernos estatales y federales para asegurar el derecho garantizado de las mujeres a votar en todo Estados Unidos mediante la ratificación de una enmienda constitucional. Aunque tanto Stanton como Anthony murieron antes de que sus sueños se hicieran realidad, son ampliamente consideradas como la fuerza conjunta más prominente en la lucha por el sufragio femenino a fines del siglo XIX. Stanton dijo una vez su famosa frase sobre Anthony: “Yo forjé los rayos y ella los disparó”. La Decimonovena Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, que prohíbe la negación del derecho al voto por motivos de sexo, fue ratificada en 1920.

Elizabeth Cady Stanton (izquierda) y Susan B. Anthony (derecha). / Crédito: Dominio público

Debido a que el activismo social se centró en el problema actual del sufragio femenino, muchos ven hoy a la primera ola del feminismo como un claro ejemplo de mujeres que simplemente buscaban la igualdad ante los ojos de la ley, un deseo que de ninguna manera es contrario al buen diseño de Dios en el orden original de la creación. Pintar toda la primera ola con una brocha tan gorda, sin embargo, malinterpreta el ethos ideológico detrás del movimiento.

El argumento de Stanton a favor del sufragio femenino no se basó en una igualdad de esencia (como la que vemos en el relato de la creación del Génesis), sino en un rechazo a cualquier tipo de diferencia en los deberes y responsabilidades entre los sexos, especialmente la noción de que los hombres deberían ocupar la posición de autoridad en las relaciones donde opera una dinámica de autoridad/sumisión entre hombres y mujeres. En otras palabras, la argumentación filosófica y social de la primera ola del feminismo no se basó en el reconocimiento de la igualdad esencial con una diferencia ordenada de roles. Se basó en un aplanamiento de los roles mismos.

El feminismo de la primera ola argumentó a favor del sufragio femenino sobre la base de la intercambiabilidad entre los deberes y responsabilidades de los sexos en cada dimensión de la vida. Esto no fue simplemente el repudio (correcto) a la dominación masculina injusta, sino el rechazo al buen diseño de Dios. Por ejemplo, Stanton denunció la expectativa de que las mujeres se sometieran a sus maridos en el hogar: “En el pacto del matrimonio”, escribe ella, “[la mujer] está obligada a prometer obediencia a su marido, convirtiéndose él, para todos los efectos, en su amo, dándole la ley el poder de privarla de su libertad y de administrarle castigo”. Stanton probablemente estaba reaccionando a prácticas pecaminosas en las que los hombres, en efecto, privaban a sus esposas de libertad y ejercían castigos corporales. Nótese, sin embargo, que ella no limita su crítica a tal dominación injusta. Es igualmente crítica de un pacto en el que una esposa se somete a (u obedece a) su marido.

Las Escrituras obligan a las mujeres a obedecer a sus maridos sin temer “a ningún temor que las intimide” (1 P 3:6). La retórica de Stanton tiene la intención de asustar a las mujeres si siguen el diseño bíblico para las relaciones matrimoniales. Además, Stanton ve la ausencia de mujeres en posiciones de enseñanza y autoridad en la iglesia como algo igualmente atroz. Ella lamenta que el mundo de hombres en el que vive les permita a las mujeres ocupar solo “una posición subordinada, reclamando autoridad apostólica para su exclusión del ministerio”.

El trabajo posterior de Stanton se opuso de manera aún más agresiva a la enseñanza de las Escrituras sobre el diseño de Dios para los hombres y las mujeres. Stanton fue la figura principal detrás de la publicación de The Woman’s Bible (La Biblia de la mujer, publicada en dos volúmenes entre 1895 y 1898), en la que el propósito declarado era demostrar que la Biblia no es la Palabra de Dios, sino las meras palabras de hombres que tenían un interés personal en la opresión de las mujeres. Stanton argumentó que la Biblia “degrada a las Madres de la Raza” y “hace de la mujer una mera idea de último momento en la creación”. Ella continúa afirmando claramente que el propósito de The Woman’s Bible es negar “la inspiración divina de ideas tan desmoralizadoras”, argumentando que “ha llegado el momento de leer [la Biblia] como lo hacemos con todos los demás libros, aceptando lo bueno y rechazando lo malo que enseña”.

Portada de “The Woman’s Bible” / Crédito: Dominio público

Por lo tanto, incluso la primera ola del feminismo —celebrada en la imaginación popular como una gran victoria para la emancipación de las mujeres de la opresión— tenía en sí algo más que el rechazo a la injusta dominación masculina, al menos en las palabras de una de sus fundadoras. El ethos ideológico del movimiento representa un rechazo al buen diseño de Dios para el orden diferenciado de autoridad y sumisión entre hombres y mujeres, articulado de manera más clara en el hogar y la Iglesia.

Como Dios predijo, el deseo de la mujer es para el hombre.

La segunda ola del feminismo

La segunda ola del feminismo alcanzó su pleno apogeo a mediados y finales del siglo XX. Si la primera ola enfatizó la igualdad legal de las mujeres con los hombres, especialmente con respecto al tema del sufragio, la segunda pidió con mayor audacia la igualdad de los sexos en todas las esferas de la vida, incluyendo el lugar de trabajo y el vientre.

En el lugar de trabajo, las feministas de la segunda ola argumentaron que tanto las oportunidades laborales como los salarios pagados debían ser iguales entre hombres y mujeres. Más de diez leyes y enmiendas legislativas importantes entre las décadas de 1960 y 1980 son vistas como grandes victorias en la causa feminista.

La ruptura de las normas sociales que verdaderamente colocan a las mujeres bajo la opresión de los hombres es objetivamente buena. Pero el llamado a poner fin a la discriminación en el lugar de trabajo y a la práctica de la plena igualdad de empleo ha tenido un precio considerable. El impulso del feminismo de la segunda ola por la igualdad económica fue impulsado no solo por un rechazo a la opresión, sino también por un rechazo a las relaciones, deberes y responsabilidades correctamente ordenados de los hombres y las mujeres.

La idea de que es apropiado —arraigado en el orden natural— que los hombres ocupen posiciones de autoridad fue descartada a priori por las teóricas y activistas feministas. Además, la idea de que es genuinamente bueno para una mujer ser esposa y madre —objetivos vocacionales que inevitablemente entran en conflicto con las ambiciones profesionales fuera del hogar— también era antitética al ethos del feminismo de la segunda ola. Las feministas buscaron deconstruir la expectativa de que las mujeres florecerán de manera más natural al perseguir deberes y responsabilidades de acuerdo con su feminidad divinamente diseñada, las mismas expectativas que las Escrituras llevan a las mujeres a abrazar con gozo.

Otro punto importante de énfasis en la segunda ola del feminismo son los llamados “derechos reproductivos” de las mujeres. En última instancia, esto significa que las mujeres deben poder liberarse de las cargas de tener y criar hijos mientras mantienen la libertad de buscar el placer sexual, ya sea que estén casadas o solteras. Así, desde el punto de vista del feminismo, el mayor logro de la revolución sexual de la década de 1960 fue la decisión del caso Roe v. Wade de 1973.

A la izquierda, Norma McCorvey, conocida como «Jane Roe», junto a su abogada Gloria Allred frente a la Corte Suprema en 1989. / Crédito: Greg Gibson

Con respecto al tema de los llamados derechos reproductivos, los cristianos conservadores han estado mucho más impulsados en contra de las agendas obviamente antibíblicas del movimiento feminista que con los otros énfasis feministas considerados hasta ahora. Las creencias profundamente bíblicas de que el propósito de Dios es que el sexo sea para el matrimonio y que la vida humana (con toda su dignidad) comienza en el vientre han demostrado ser más preocupantes para los cristianos conservadores que algunos de los temas más sutiles socavados por el feminismo.

Lo que muchos no se dan cuenta, sin embargo, es que los llamados derechos reproductivos van de la mano con los derechos económicos y laborales. Si a una mujer se le va a conceder una igualdad indiscriminada en el lugar de trabajo, debe ser liberada de las mismas estructuras que tienden a entrar en conflicto con su desarrollo profesional y productividad: el matrimonio y los hijos. De muchas maneras, la búsqueda de licencia para la promiscuidad sexual y el derecho a asesinar a los no nacidos están impresos en la otra cara de la misma moneda que la insistencia en contra de la discriminación en el lugar de trabajo, al menos tal como las teóricas y las voces principales del movimiento articulan sus objetivos.

Otro elemento clave del feminismo de segunda ola es la “autodefinición” de las mujeres. La filósofa francesa Simone de Beauvoir (1908-1986) es una de las pensadoras feministas pioneras cuyas ideas ganaron popularidad a mediados del siglo XX. Su pensamiento alimentó las ideas posteriores y el activismo de la segunda ola. En El segundo sexo, De Beauvoir describe el mundo como un mundo de hombres. Ella reconoce el hecho de las diferencias reproductivas entre machos y hembras, pero dice que este hecho por sí solo no es suficiente para definir a la mujer: “No todo ser humano hembra es necesariamente una mujer”. Una mujer es algo en lo que se convierten los seres humanos de sexo femenino, y no simplemente en virtud de su crecimiento hacia la edad adulta. Más bien, se convierten en mujeres al convertirse en lo que los hombres definen que son y las obligan a ser. Ser mujer, por definición, es ser hecha, nombrada y conocida solo en relación con el hombre.

Para De Beauvoir, este mundo diseñado por hombres y para hombres está cuidadosamente elaborado para quitarle cualquier sentido de autonomía a la comprensión que la mujer tiene de sí misma. El hombre es sujeto; la mujer es objeto. El hombre es esencial; la mujer es inesencial. El hombre es el primero; la mujer es el segundo sexo. La mayor parte de El segundo sexo está dedicada a describir la realidad de la mujer definida de esta manera. Como existencialista, De Beauvoir creía que los individuos son responsables de su propia autodefinición. Por lo tanto, así como las mujeres permitieron que se las definiera, de la misma manera ellas pueden cambiar la definición. Este llamado demostró ser muy efectivo para reunir a las mujeres en un esfuerzo concentrado por escapar no de su feminidad distintiva, sino de ser mujer, al menos la mujer definida de esta manera. El ideal es que las mujeres se definan a sí mismas como el primer sexo en lugar de ser definidas por otros como el segundo.

Betty Friedan (1921-2006), otra voz destacada del feminismo de la segunda ola, fue una periodista estadounidense que difundió las ideas clave de De Beauvoir en una terminología más accesible. Su obra pionera es La mística de la feminidad, un logro magistral al articular el ethos del feminismo de la segunda ola en un modismo popular estadounidense. En esa obra, Friedan describe la mística femenina como un conjunto de creencias y expectativas que atrapan a las mujeres en su posición subordinada, una que está ejemplificada por el ama de casa suburbana de clase media.

Simone de Beauvoir (izquierda) y Betty Friedan (derecha). / Foto: Dominio público

Al menos según contó su propia historia, Friedan era la encarnación estadounidense del ideal que De Beauvoir esperaba cultivar. El biógrafo crítico Daniel Horowitz escribe: “Su afirmación de que llegó a la conciencia política a partir de una desilusión con su vida como ama de casa suburbana fue parte de su reinvención de sí misma mientras escribía y promovía “La mística de la feminidad”. La afirmación de que Friedan se reinventó a sí misma, narrando su propia historia de una manera un poco reñida con los detalles reales de su vida, demuestra cuán plenamente estaba viviendo Friedan los ideales existenciales del llamado de De Beauvoir para que las mujeres se definieran a sí mismas, para que fueran el sujeto, no el objeto.

Mary Kassian, autora y estudiosa del feminismo, describe las ideologías conjuntas de De Beauvoir y Friedan:

Las dos mujeres señalaron la interacción de los roles masculino y femenino como la raíz del descontento de las mujeres. Estas pioneras de la segunda ola creían que la plenitud interior solo podía encontrarse a través de que las mujeres abandonaran su rol tradicional para emular a los hombres. Argumentaban que las mujeres solo se sentirían realizadas al unirse a las filas de los profesionales y educados, contribuyendo a la sociedad con algo más concreto que la maternidad y el papel de esposa […]. Las mujeres necesitaban tomar el control de sus propias vidas, nombrarse a sí mismas y establecer su propio destino.

Kassian continúa observando que las feministas posteriores adoptaron de manera casi universal el término patriarcado (de dos palabras griegas que significan “el gobierno de los padres”) para nombrar la realidad de la dominación masculina que obligaba a las mujeres a ser definidas y expresadas socialmente en las miserias de un rol subordinado, un rol que se suponía que las mujeres debían despreciar. Para las teóricas feministas seculares, el patriarcado está consagrado en la Biblia. Por lo tanto, el rechazo a la Biblia como la Palabra autoritativa de Dios es fundamental para la liberación de las mujeres del patriarcado.

Las feministas evangélicas contemporáneas (“igualitaristas”) han llevado adelante el rechazo secular del patriarcado. Aunque confiesan que la Biblia es la Palabra de Dios con autoridad, se esfuerzan por reinterpretar la Biblia para demostrar que la gran mayoría de sus lectores ha entendido mal su enseñanza con respecto a los hombres y las mujeres. No hay una estructura inherente de autoridad y sumisión entre hombres y mujeres en el ordenamiento de la creación por parte de Dios. Tampoco existe una diferenciación natural que implique una debilidad de un sexo en relación con otro, la cual se corresponda apropiadamente con los distintos deberes y responsabilidades dados por Dios con el propósito del florecimiento humano. Tanto las feministas seculares como las igualitaristas rechazan la convicción de que existe un orden en la creación, enfatizando en su lugar una intercambiabilidad radical entre los sexos.

De nuevo, el deseo de la mujer es para el hombre.

Portada de “La mística de la feminidad”, de Betty Friedan. / Crédito: Dominio público

La tercera ola del feminismo

El deseo de una intercambiabilidad radical entre hombres y mujeres cobró fuerza propia en la llamada tercera ola del feminismo. Esta ola se caracteriza por su negación del binario de género —la idea de que solo hay dos géneros que corresponden necesariamente a la realidad biológica de dos sexos reproductivos—. Para las feministas de la tercera ola, hay un número ilimitado de géneros de acuerdo con la voluntad y el deseo del individuo. Además, argumentan que el género no tiene ninguna correspondencia natural con las realidades biológicas de los sistemas reproductivos. Por ejemplo, es solo una norma social impuesta la que obliga a alguien con capacidades reproductivas femeninas a tener un deseo romántico por alguien con capacidades reproductivas masculinas, y viceversa.

La ideología de género característica del feminismo de la tercera ola tiene una historia ideológica compleja. Muchos señalan a Judith Butler (nacida en 1956) como la proveedora del marco intelectual para las personas lesbianas (L), gais (G) y bisexuales (B) cuyos deseos románticos no están ordenados ni se promulgan de las formas tradicionalmente esperadas. Butler también es ampliamente considerada como la fundadora, de manera aún más sólida, de las teorías transgénero (T) y queer (Q) del acrónimo LGBTQ+.

La idea clave de Butler, introducida en El género en disputa (1990) y desarrollada a lo largo de sus escritos, es la “performatividad de género”. Para Butler, el género no se fundamenta en algo real o natural; es simplemente una actuación. Ella apela a las prácticas sexuales no normativas, como las relaciones gais/lesbianas y el drag, como una forma de demostrar la inestabilidad del género como una categoría de la realidad. Al describir el objetivo de su libro casi una década después de su publicación original, Butler dijo: “El texto pregunta, ¿cómo las prácticas sexuales no normativas ponen en tela de juicio la estabilidad del género como categoría de análisis? ¿Cómo ciertas prácticas sexuales obligan a formular la pregunta de qué es una mujer y qué es un hombre?”. El trabajo de Butler afirma en última instancia que esas preguntas no tienen respuesta, excepto a nivel de la actuación.

Incluso en su trabajo más reciente, ella insiste en que una palabra como “mujer” debe ser indefinible para que no se convierta en un arma para coaccionar la actuación: “Cuando las feministas hacen la pregunta ‘¿qué es una mujer?’, estamos reconociendo desde el principio que el significado de la categoría permanece inestable e incluso enigmático”.

Butler insiste además en que incluso el binario sexual biológico está construido socialmente. Es solo debido a la actuación de género presionada socialmente que las personas obligan a que tales categorías performativas regresen a la biología. Los órganos reproductores sexuales y los cromosomas son elegidos como los elementos delimitadores entre dos tipos fijos de humanidad solo debido a la expectativa prevaleciente de la performatividad de género. No hay una realidad fija detrás del género.

Judith Butler / Crédito: Getty Images

Si De Beauvoir postuló una distinción clara entre la facticidad del sexo biológico y la construcción social del género, Butler postuló una desvinculación completa de los dos, negando la realidad fundamental de ambos. Si el género no es reducible a un binario, uno puede concebirse a sí mismo en términos más tradicionales como hombre o mujer, o puede concebirse a sí mismo en una variedad ilimitada de otras formas. Así nace la teoría queer —la Q de LGBTQ+—.

No es difícil ver cómo el transgenerismo también encuentra justificación en esta filosofía del género. Es un paso natural desde las ideas de Butler sobre la performatividad de género hasta la creencia de que el reconocimiento tradicional del género basado en el sexo biológico es una cuestión de que la sociedad obliga una actuación de género esperada en los niños que nacen con ciertas gónadas o cromosomas. Dado que los hechos biológicos (gónadas y cromosomas) no corresponden necesariamente a la actuación de género, las personas pueden ser libres de actuar el género de la feminidad incluso cuando los hechos biológicos de sus cuerpos incluyen cromosomas XY y órganos reproductores masculinos, o viceversa.

La interseccionalidad es otra ideología que ha dejado una marca indeleble en el feminismo de la tercera ola. Desde el ensayo fundamental de 1989 de Kimberlé Crenshaw (nacida en 1959), Desmarginando la intersección de la raza y el sexo, la filosofía de la interseccionalidad ha pasado a la corriente principal de la civilización occidental en los campos del derecho, los negocios, la educación y más allá. La idea clave de la interseccionalidad es que la identidad de una persona se entiende mejor en la intersección de varios factores de opresión. Cuantos más factores de opresión se apliquen a un individuo, más oprimida y marginada estará esa persona, y más merecedora será de privilegios especiales.

La acción afirmativa y las iniciativas de diversidad, equidad e inclusión (DEI por sus siglas en inglés) son mecanismos para la concesión de privilegios obtenidos a través de la propia identidad (o identidades) interseccional(es). Imagina un cartón de bingo en el que la persona con la mayor cantidad de casillas marcadas gana el premio mayor. El estatus de minoría es un factor de opresión. Ser mujer es otro, ya que se considera que las mujeres son objetos de opresión en un mundo de hombres. El feminismo de la tercera ola ha capitalizado este marco al incluir varias orientaciones sexuales y muchas supuestas identidades de género en la cuadrícula de opresiones intersectadas.

Kimberlé Crenshaw / Crédito: Jasmine Clarke

Con el surgimiento de lo que ha llegado a llamarse feminismo de la tercera ola, la caja de Pandora está completamente abierta. Las olas primera y segunda introdujeron en la civilización occidental ideas filosóficas particulares y estimularon un activismo social que abrió un poco la tapa. Se abrió por completo al combinar la teoría de género de Butler con la interseccionalidad de Crenshaw.

El feminismo de la tercera ola marca el rechazo ideológico más completo que haya visto la civilización occidental respecto a la realidad del sexo/género como algo fundamentado en la naturaleza gracias al buen diseño del Creador benevolente. Es nada menos que una revolución.

Dado el rechazo generalizado del orden natural expresado en la distinción binaria de género y, por lo tanto, de una forma ordenada de vivir y estar en el mundo de acuerdo con ese binario, no sorprende ver que tal ideología deje un rastro de caos y destrucción a su paso. Entre sus consecuencias están a grave mutilación hormonal o física del niño que se imagina a sí mismo como una niña eufemizando el acto bajo el nombre de “atención médica”, y los mandatos legales que impiden a los padres insistir en la identificación de género de sus hijos que corresponda a su sexo biológico. 

A eso se suman los esfuerzos concentrados y en gran medida exitosos de ideólogos y activistas para normalizar comportamientos que son tremendamente contrarios a Dios y a la naturaleza, como la homosexualidad, el transgenerismo y la identificación de género queer. También está la presión ejercida sobre los jóvenes para que demuestren su virtud ante sus compañeros al encontrar una manera de marcar tantas casillas como sea posible en el cartón de bingo de la interseccionalidad sexual, lo que inevitablemente conduce a la desilusión, la marginación, la depresión y trágicamente, en muchos casos, al suicidio.

A pesar de todo su rechazo radical a las categorías tradicionales de género, el feminismo de la tercera ola crece del suelo del feminismo concebido de manera más amplia, que en última instancia es un esfuerzo por rechazar el orden creado de las relaciones de género tal como lo reveló Dios tanto en la naturaleza como en Su Palabra escrita. Es, en su raíz, otra actualización más de la Palabra de Dios a la mujer: “Tu deseo será para tu marido”.

El feminismo de la tercera ola marca el rechazo ideológico más completo que haya visto la civilización occidental. / Crédito: Unsplash

De vuelta al principio

El feminismo es una red multifacética y compleja de ideas, pensadores y puntos de énfasis social. Ha adoptado muchas formas en el transcurso del último siglo y medio, y muchas de las ideas y objetivos de las pensadoras feministas contradicen las ideas y objetivos de otras feministas. Esto hace que el movimiento sea difícil de definir y aún más difícil de comprender verdaderamente.

En su raíz, sin embargo, el feminismo es el cumplimiento de las palabras de Dios a la mujer: “Tu deseo será para tu marido” (Gn 3:16). La creación de la humanidad como hombre y mujer conlleva una forma ordenada de vivir y de ser como hombres y mujeres en el mundo.

Es fundamental para esta forma ordenada de vivir el hecho de que, en las relaciones ordenadas de autoridad y sumisión entre los sexos, el hombre ocupa el lugar de autoridad y la mujer el lugar de sumisión. Esto se manifiesta en el llamado a un liderazgo amoroso y abnegado para los maridos y el llamado a una sumisión gozosa y beneficiosa para las esposas. Se demuestra aún más en la reserva del oficio de anciano/obispo/pastor a hombres calificados para el florecimiento espiritual y la vitalidad de la iglesia. La bondad de las relaciones ordenadas de autoridad y sumisión entre los sexos se ve incluso en la forma en que Dios instruye a Su pueblo a organizar sus estructuras sociales más amplias.

La tentación de la serpiente implicó una usurpación intencional de este orden y condujo al pecado tanto de Eva como de Adán. Cuando Dios pronunció palabras de juicio a la mujer, Él predijo la realidad de un mundo caído en el que los hombres pecadores dominarían a las mujeres de maneras injustas y abusivas, aprovechándose de su fuerza superior: “él tendrá dominio sobre ti” (Gn 3:16). Dios también predijo que las mujeres desearían usurpar la autoridad apropiada del hombre, buscando tomar su lugar en el orden relacional: “tu deseo será para tu marido” (Gn 3:16).

El feminismo es la actualización filosófica y social de Génesis 3:16 en nuestro mundo posmoderno. Si bien las olas del feminismo han intentado identificar problemas reales, especialmente los problemas de la dominación masculina pecaminosa, no han ofrecido soluciones reales, ya que el feminismo no se limita a rechazar el dominio pecaminoso, sino que propaga la usurpación pecaminosa. Cualquiera que haya visto el dolor, el quebrantamiento y la destrucción provocados por hombres impíos que abusan de su fuerza para subyugar a las mujeres es susceptible al atractivo del feminismo. Pero la solución al problema de la dominación masculina pecaminosa no se halla en la búsqueda pecaminosa de la usurpación femenina. Más bien, el repudio de ambas expresiones pecaminosas y malvadas consiste en abrazar el buen orden y disfrutar del fruto del sabio diseño de Dios para los hombres y las mujeres.


Este artículo fue traducido y ajustado por David Riaño. El original fue publicado por Kyle Claunch en Desiring God. Allí se encuentran las citas y notas al pie.

 

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Autor

Kyle Claunch

Kyle Claunch es profesor asistente de teología cristiana en el Seminario Teológico Bautista del Sur, donde ha servido desde 2017. Cuenta con más de veinte años de experiencia en el ministerio pastoral en la iglesia local. Está casado con Ashley y tienen seis hijos.

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