Los titulares sobre la inteligencia artificial (IA) nos confunden. Unos dicen: “ChatGPT y la muerte de la educación”, mientras que otros afirman: “El importante rol de la IA en la educación”. Y aunque en este artículo sólo podremos decir a ciencia cierta cómo está configurado tu algoritmo y de qué lado estás —dependiendo del titular que te aparezca—, la realidad es que probablemente, ninguno de los titulares sea completamente cierto o falso.
Como ya hemos visto en artículos anteriores, la educación no puede ser menos que holística. Esta responde al llamado de Dios en Deuteronomio 6: afilar el corazón y la mente humanos con el conocimiento de Dios y Su ley.
En este artículo nos centraremos en analizar las posibles amenazas y las propuestas en el ámbito principalmente académico de la educación con respecto a la inteligencia artificial, y en mayor detalle veremos el rol de los chatbots que cada vez son más mencionados en este ámbito.
¿La IA como requisito de supervivencia?
Existe todo tipo de IA generativa. ChatGPT fue la pionera en alcanzar reconocimiento global; Gemini se ha optimizado en la generación de imágenes y presentaciones; Claude destaca en escritura y razonamiento; Perplexity funciona como buscador con fuentes citadas; NotebookLM organiza y resume documentos propios; y existen muchas otras. Muchos van a concordar en que los niños y jóvenes universitarios necesitan aprender a utilizar estas herramientas, pues es el mundo que les tocó y todos los profesionales necesitan aprender a implementarlas para no quedar rezagados laboralmente. Para muchos se trata de una cuestión de supervivencia: sería injusto que quedaran exiliados del mercado laboral por no conocer dichas herramientas.

He probado de primera mano todas las IAs mencionadas. Me han ayudado a estudiar más profundamente un tema, a discriminar entre tantas fuentes y mejorar mucho mi redacción como escritora. Pero también me ha ayudado a adaptar, traducir y aun producir material en cuestión de minutos para presentar a mis estudiantes en casa. De hecho, combinar todas estas herramientas para producir algo realmente trascendente para los años académicos de mis hijos ha sido un verdadero tesoro. Y antes de que pienses que mi balance se muestra inclinada hacia “sí a la IA”, debo decir que existen riesgos reales que también debemos mencionar.
En 2018, Bernt Bratsberg y Ole Rogeberg analizaron los registros de más de 730.000 conscriptos noruegos nacidos entre 1962 y 1991. El puntaje cognitivo subió hasta la cohorte nacida en 1975 y desde entonces cae alrededor de 0.2 a 0.3 puntos por año. Esto empezó medio siglo antes de ChatGPT y una década antes del internet doméstico. Nadie puede culpar a la IA de una curva que comenzó a descender cuando aún no había pantallas en las casas, pero sí describe el terreno sobre el cual la IA cae hoy. No estamos entregando estas herramientas a una generación en plena forma cognitiva; se las entregamos a una que lleva cuarenta años perdiendo terreno por razones que aún no hemos entendido del todo.
Otro estudio de 2025, elaborado por un equipo del MIT Media Lab y dirigido por Nataliya Kosmyna, midió lo que ocurre en el cerebro mientras se escribe. Cincuenta y cuatro universitarios fueron divididos en tres grupos para redactar ensayos a lo largo de cuatro meses: uno con ChatGPT, uno con buscador y uno sin ninguna herramienta. La electroencefalografía mostró conectividad neuronal significativamente menor en el grupo que usó el modelo. El 83% de ellos no logró citar una sola línea del ensayo que acababa de escribir. Los investigadores llamaron a esto “deuda cognitiva” en donde el ahorro de esfuerzo se cobra después: en la forma de un pensamiento que nunca llegó a consolidarse.

Aprende a caminar antes que la IA corra por ti
Algunos expertos advierten que la educación requerirá de una reingeniería completa y estructural para adaptarla a la nueva era de la IA, empezando con el currículum mismo, la metodología pedagógica y las dinámicas en el aula.
Mientras China convierte la IA en asignatura obligatoria de primaria a universidad con horizonte 2030, en Estados Unidos se tramitan más de setenta proyectos de ley en veintisiete legislaturas, tirando en direcciones contrarias. Ohio, por ejemplo, obligó a cada distrito a adoptar una política de IA antes del 1 de julio de 2026, aunque sin decirle qué debe contener. Alabama exige instrucción en IA para graduarse y Nueva York la prohibiría antes de noveno grado. La IA escolar no es sólo asunto de potencias mundiales; involucrará a todo el mundo.
Una pregunta muy importante a la hora que nos toque elaborar una política de IA en latinoamérica sería: ¿cuándo debemos integrarlas y específicamente cómo?
Podríamos tener como algún punto de partida las recomendaciones de ciertas organizaciones. Por ejemplo, la UNESCO, en su Guidance for Generative AI in Education and Research (2023), fijó una edad mínima de trece años para el uso independiente de plataformas de IA generativa. El Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) europeo sitúa en dieciséis años el umbral del consentimiento.

Por fortuna, esto dejaría a los niños de primaria fuera de la ecuación, aunque sí mantendría a los jóvenes de secundaria. Me inclino mucho más a la recomendación del RGPD europeo, sin embargo, ninguna de estas cifras satisface, porque todas miden años y ninguna mide capacidad. El criterio pedagógico correcto no debería ser cronológico sino de competencia.
John Sweller y sus colegas describieron lo que llaman el “efecto de reversión de la pericia”, que explica que el andamiaje que sostiene al principiante estorba al experto, y la guía que libera al experto ahoga al principiante. En palabras más sencillas, la herramienta ayuda a quien ya posee el esquema mental que la herramienta ejecuta, y desplaza ese esquema en quien todavía no lo tiene.
Adicional a esto, en un ensayo controlado con casi mil estudiantes de secundaria en Turquía, quienes practicaron matemáticas con ChatGPT sin restricciones, resolvieron un 48% más de ejercicios durante la práctica y luego, al retirarles la herramienta, rindieron un 17% peor en el examen que quienes nunca la tuvieron. Sin embargo, los que resolvieron los ejercicios primero sin ayuda y sólo después usaron el modelo, mostraron mayor recuerdo y mayor activación prefrontal. El orden es determinante.
De modo que la pregunta no sería “¿qué edad tiene mi hijo?”, sino “¿puede hacer esto sin la máquina?”. Si puede escribir un párrafo argumentado sin ayuda, puede usar el modelo para pulirlo. Si no puede, el modelo no se lo enseñará; sólo lo va a reemplazar. Entonces, ¿qué deberían estar aprendiendo los niños hasta alcanzar la edad segura para realizar algún trabajo con IA?

Recuerdo una vez cuando las niñas de mi vecina vinieron a jugar con mis hijos. Su niña mayor tenía 9 años y su mamá le había dicho que debía bajar con tiempo suficiente para conectarse a una clase virtual durante el tiempo de la pandemia. De un rato a otro, la niña corrió tan rápido como pudo, prendió la laptop y entró en la clase justo la hora exacta; parecía que lo había logrado. Al menos a mí me pareció así, pero la verdad es que no era tan sencillo como pensaba. Su mamá le explicó que ella debía aprender a hacerlo de la manera correcta antes de intentar ir por los atajos. Debía bajar en calma, prepararse sin agitación, prender el equipo y ubicar el material y empezar.
Ese es un buen ejemplo del principio que propongo: primero se aprende la regla (la manera correcta) y luego las excepciones de esta. Los estudiantes primero deben desarrollar habilidades básicas antes de probar las IA generativas o chatbots en proyectos escolares.
Un ring, dos aulas: la medieval contra la moderna
Las escuelas catedralicias y monásticas de la Edad Media podrían darnos una pista. Con la reforma carolingia, bajo Alcuino de York y el impulso de Carlomagno, se llegó a consolidar el par conocido como “trivium–quadrivium” que llegó intacto hasta las universidades medievales, lo que se han llamado las “artes liberales”. En sentido general, el trivium era la habilidad retórica, gramática y dialéctica, es decir, la habilidad de recibir la verdad con fidelidad, analizarla desde la lógica y luego transmitirla con belleza y peso moral. Luego de esto, se introducían por primera vez la aritmética, la geometría, la astronomía y la música, que eran lo que incluía el quadrivium.
San Agustín escribió en De doctrina Christiana que las artes liberales eran instrumentos para leer bien las Escrituras. La facultad o habilidad en estas artes se aprendía antes que la teología, porque nadie puede interpretar aquello que no sabe leer. El estudiante no aprendía gramática para dominar la gramática; la aprendía para que, al llegar al pasaje bíblico, pudiera recibirlo sin torcerlo. Algo que este sistema nos enseña es que ese trivium necesita ser interiorizado como facultad real en el estudiante, antes de acercarse a cualquier texto o construir uno propio.

Pero el sistema educativo contemporáneo dejó muy atrás aquella secuencia e invirtió su lógica: entrega contenidos antes de entregar los instrumentos con que podrá recibirlos. Mientras la única prueba medible del aprendizaje sea el examen escrito, y mientras las escuelas rindan cuentas ante pruebas estandarizadas, el aula seguirá organizada alrededor de contenidos fragmentados y el estudiante seguirá estudiando para el examen, olvidando lo memorizado para el lunes siguiente.
El problema con nuestro método contemporáneo no es solo que fuera intelectualmente regresivo, sino que causó lo que C.S. Lewis llamó la “fría vulgaridad” en La abolición del hombre:
Por cada alumno que necesita ser protegido de la flaqueza de un exceso de sensibilidad, hay tres que necesitan ser despertados del letargo de la fría vulgaridad. La tarea del educador moderno no es talar selvas, sino irrigar desiertos. La defensa adecuada contra los falsos sentimientos es inculcar sentimientos justos. Al sacar la sensibilidad de nuestros pupilos, sólo los estamos convirtiendo en presas más fáciles para el propagandismo venidero.

Esa frialdad que describe Lewis es justo la razón por la cual un estudiante no siente ningún remordimiento al usar a Chat GPT o a NotebookLM para escribir un ensayo en el colegio o la universidad de manera fraudulenta. El estudiante no sólo carece de la emoción y entusiasmo necesarios; peor aún, siente que no le servirá para nada en el futuro y tampoco fue formado en el carácter robusto de afecciones nobles (no olvidemos además que el gran C.S. Lewis dominaba las habilidades que las artes liberales desarrollan, y no por coincidencia).
Es muy difícil mantener la balanza en equilibrio cuando el afán se basa en cumplir exigentes contenidos académicos en lugar de formar carácter a medida que se construye conocimiento. A menudo no me apresuro en transmitir información valiosa a mis hijos aún, pues no es mi intención formar pequeños arrogantes intelectuales. La información no debería adelantarse nunca al carácter que ha de recibirla. El monje Bernardo de Claraval lo expresó así:
Porque algunos desean saber sólo por saber; eso es vulgar curiosidad. Otros lo desean para darse a conocer; eso es tanta vanidad (…). Pero otros desean saber para edificar a los demás: eso es amor. Finalmente, otros desean saber para su edificación: y eso es prudencia (…).

La relación conocimiento-estudiante
La educación, como decía Charlotte Mason, es la ciencia de las relaciones. Antes que promover la memorización del contenido mismo, es importante construir una relación correcta: Matemáticas-estudiante o Estudios Sociales-estudiante. Sin esta relación será difícil sostener cualquier iniciativa en el tiempo.
Los maestros suelen estar acostumbrados a guiar todo aprendizaje, explicarlo todo, dar instrucciones, pero un verdadero maestro es ese que enseña menos para que el alumno aprenda más. Suena paradójico, pero Comenius —el pedagogo moravo al que le ofrecieron la presidencia de Harvard en 1654— lo denominaba la Regla de Oro de la educación: “Que los maestros enseñen menos y los alumnos aprendan más”. En resumen: el niño debe realizar por sí mismo el “acto de conocer” sin que el maestro interfiera excesivamente con explicaciones o charlas magistrales.
En vez de sólo una escucha pasiva del monólogo del maestro, la regla de Comenius impulsa al maestro a generar debate, contrastar ideas y hacer preguntas; impulsa menos hojas para rellenar espacios en blanco y más estudios por observación, hipótesis y conclusiones empíricas al aire libre. Estoy convencida de que al centrarse en la formación del carácter y las relaciones personales con las materias, los educadores pueden evitar que los alumnos se conviertan en consumidores pasivos, tengan o no tecnología.
¿Y qué tiene que ver esta relación conocimiento-estudiante con los chatbots? Bueno, si el sistema educativo de hoy no puede ofrecer relación, atención ni asombro, entonces la IA no está compitiendo contra la buena educación; solo está compitiendo contra el vacío que dejó el mismo sistema. Por eso, el sistema educativo sí requiere de una reingeniería profunda, pero introducir herramientas como la IA en una mente no adiestrada y con poca o nula motivación para el aprendizaje puede resultar más dañino que beneficioso.

La IA no es la villana de la película
Entonces, ¿usamos IA para educar o no? Pioneros como Ethan Mollick, quien se desempeña como profesor de Wharton, nos invitan a probar la tecnología sin miedo, y definitivamente pienso que un carácter bien entrenado para pensar la verdad y en quien se pone las herramientas a tiempo y no antes, puede resultar en un estudiante realmente relevante.
Hoy yo escribo mi artículo a mano, pues así mis ideas fluyen más fácilmente y mi cebrero se sigue entrenando, pero a la vez, agradezco que haya una IA que lo transcribirá y que facilitará que estas ideas lleguen al lector. No me da temor que mis hijos empiecen a usar la IA cuando llegue el momento, mientras esté cultivando sus mentes hoy.
Como dije al inicio, las herramientas de IA son un tesoro para el educador y los que las han probado podrán confirmarlo. Hoy los modelos operan como agentes que ejecutan tareas múltiples: corrigen exámenes, califican redacciones, adaptan rutas de aprendizaje estudiante por estudiante y hasta vigilan pantallas durante los exámenes remotos. Les permite preparar clases, diferenciar materiales, traducir, generar variantes de un problema, redactar informes para los padres: son tareas donde la máquina ahorra horas sin desplazar ningún aprendizaje.
Pero la IA debe ser una herramienta complementaria para una mente bien entrenada, en lugar de un reemplazo para el trabajo esencial de aprender a pensar de forma independiente. Con todo, siempre convendrá hacerlo respondiendo a las preguntas previas: para qué lo integramos, cuándo es apropiado y siempre que hayamos formado lo principal antes, es decir, la relación, el carácter y la base lógica del pensamiento en actividades vivas y emotivas.

No cabe duda de que muchos podrían beneficiarse de la IA. Maestros con poco acceso a recursos literarios o guías físicas pueden preparar sus clases y contenidos con menos impedimentos, estudiantes pueden tener una tutoría virtual en países o lugares donde se requiera y, cuando haya escasez de maestros o sistemas educativos de calidad como en países como Nigeria, Pakistán o Haití, la IA puede ayudar a suplir esa necesidad. Por ejemplo, es muy interesante el proyecto que plantea el desarrollador Sal Khan, creador de “Khanmigo” desde Khan Academy, que ofrece opciones a quienes buscan una educación gratuita y de clase mundial para cualquiera, en cualquier lugar.
Finalmente, algo crucial no puede escaparse en nuestro planteamiento: la tutoría artificial puede cerrar brechas de contenido, pero nunca podrá formar el afecto, ni modelar una virtud, pues no puede ofrecer un rostro, al menos no uno de carne y hueso. El carácter se forma por imitación de una persona, y eso es algo que este modelo no puede lograr. Ningún avance técnico lo resolverá, porque no es una limitación técnica. Como advierte Andreas Schleicher, la tecnología solo amplifica lo que ya existe: multiplica la buena enseñanza y la mala por igual, pero no crea el suelo que falta. El problema, entonces, es más complejo que la misma herramienta.
Por encima de todo está la trascendencia de la que hablábamos al principio: el primer fin del educador debe ser dar a conocer a Dios y Su carácter a través de cada lección y aprendizaje, en donde más que el conocimiento a transmitir, debemos modelar el carácter a imitar. Un carácter bien formado siempre será una puerta al conocimiento.
Si solo enseñamos para inserción laboral o implementamos la IA solo para estos mismos fines, nos quedaremos con puro pragmatismo y con el problema real aún sin resolver. La contemplación de Dios necesita regresar a las aulas como principal propósito en todo conocimiento. Esa es, en definitiva, mi propuesta: Trivium + Fe + Carácter (hábitos) + IA. En ese orden y nunca invertido.
Bibliografía:
La abolición del hombre (2016) de C. S. Lewis. Nashville: HarperCollins Español.
Sermones sobre el Cantar de los Cantares (2016) de Bernardo de Claraval. Ivory Falls Books.
Towards a Philosophy of Education (1922) de Charlotte M. Mason | AmblesideOnline
Should We Let Students Use ChatGPT? | Natasha Berg – YouTube
La tercera revolución educativa: Restituir la Verdad y la Virtud a la educación retornándolas a la Iglesia (2022) de Vishal Mangalwadi y David Marshall. Seattle: Editorial JUCUM.
