Corría el año 1875 cuando un joven escocés tomó una decisión que le costaría su herencia, el destierro familiar y un giro absoluto en su destino. William Daniel Thompson MacDonald (1852-1939) renunció a la abogacía que su padre planeaba para él y abrazó un llamado irresistible al ministerio.
Tras un riguroso estudio personal de las Escrituras, la teología y la historia eclesiástica, abandonó la tradición presbiteriana de sus ancestros para sumergirse en la fe bautista, justo en una época en que, tras haber rozado la extinción, esta denominación experimentaba un milagroso despertar en Irlanda y Escocia. Esta firme convicción teológica provocó una ruptura tan radical que, tras la muerte de los abuelos que lo criaron, fue desheredado y nunca más volvió a ver a sus parientes.
Hoy, a esta figura que resplandece en la historia religiosa de Chile, se le conoce como “Guillermo” MacDonald, y se le considera el “fundador de la obra bautista” en este país. Su biografía dista mucho de haber sido una cronología pacífica; por el contrario, constituyó un auténtico torbellino de sacrificios, fe y aventuras entre varios continentes. No solo se desarrolló en territorios chilenos —peligrosos en aquel tiempo—; también tuvo lugar en los púlpitos de la Inglaterra victoriana y entre comunidades negras en Estados Unidos. El siguiente es un breve recuento de su vida y legado.

La sombra de Spurgeon y la herencia escocesa: el molde de una voluntad recia
Dispuesto a todo por su fe, MacDonald viajó hacia 1875 a Londres para colocarse bajo la tutela de la mayor luminaria evangélica de la época: Charles H. Spurgeon. Aquella experiencia de año y medio en el Pastors’ College consolidó su teología y dejó en él una huella imborrable. Sobre el impacto decisivo de esta etapa, su nieta Elizabeth Condell destaca:
Era un período de gran avivamiento bautista debido a la gran obra que hacía en Inglaterra el ya famoso evangelista bautista, Carlos Haddon Spurgeon, cuya influencia fue decisiva en la decisión del joven Guillermo. Dispuesto a colocarse bajo el tutelaje de ese gran hombre, partió a Londres. Más de un año tuvo el privilegio de convivir íntimamente junto a esta gran lumbrera bautista del Evangelio. Muchas veces, como él mismo lo ha expuesto, tuvo el honor de sentarse en la plataforma, a los pies del gran apóstol del siglo XIX, mientras éste peroraba a miles de almas.
Esta íntima convivencia con Spurgeon forjó una amistad que perduraría de por vida. MacDonald absorbió el celo ardiente del predicador londinense por el Evangelio y la salvación de las almas, moldeando un carácter fuertemente dogmático que, con el tiempo, se traduciría en una marcada intolerancia hacia los grupos no bautistas.

Pero, ¿de dónde venía esta recia e inquebrantable voluntad? Es necesario mirar hacia sus orígenes en Portobello, Escocia, donde nació el 8 de agosto de 1852. Marcado desde su primer aliento por el fallecimiento de su madre durante el parto, el pequeño Guillermo se crió con sus abuelos maternos, Donald y Margaret, una pareja extraordinariamente longeva que vivió 112 y 109 años respectivamente. En aquel hogar de austeridad campesina y rígidos principios cristianos se sembraron las primeras semillas de su fe presbiteriana y se templó su compleja personalidad.
Aquel niño se convirtió en el hombre de contrastes que más tarde impactaría a todo un continente. Su nieta retrató magistralmente las luces y sombras de su temperamento con estas palabras:
Don Guillermo era una de estas vidas agitadas, llena de lucha y de contradicciones en sí misma. Era tan confiado que los amigos verdaderos eran tentados a explotarle y los amigos falsos nunca dejaban de hacerlo. A la vez tenía una recia contextura de porfía y sacrificio. No le importaba cuánto tenía que sufrir él, ni su familia, ni sus aliados para llevar a cabo lo que él consideraba su deber. Era fuerte y resuelto y no siempre diplomático para conseguir los fines que él creía rectos y que la amada “causa” demandaba. Debido a las corrientes contradictorias dentro de sí mismo, muchos de sus colegas no acertaban a comprenderle y, a veces, él sufría duras críticas, en parte o en todo, inmerecidas.

Caminos cruzados: de las iglesias americanas al llamado del sur chileno
La marca física de su inquebrantable vocación le llegó durante un viaje ministerial en los Estados Unidos. Un accidente ferroviario le costó la visión de un ojo y le causó una fractura que le provocó una cojera de por vida. Lejos de amedrentarse, este misionero escocés continuó predicando, e incluso daba sermones desde su cama. Conmovida por su entrega y su celo por el Evangelio, la propia comunidad afroamericana a la que servía lo asistió en su convalecencia. Y, tras haber pastoreado iglesias en Arkansas, San Luis y Jeffersonville entre 1880 y 1888, recibió la ciudadanía estadounidense. También se hizo colportor de la Sociedad Bíblica Americana.
Esta formidable resiliencia se había templado poco antes en su natal Escocia. Allí, MacDonald había fundado por primera vez una iglesia y había contraído matrimonio con Janet McLeod, una mujer de raíces presbiterianas que se convertiría en su compañera de mil batallas. Juntos tuvieron diez hijos y sustentaron su hogar inicialmente con la venta de té y la exportación de vestuario escocés. Condell evoca con nostalgia aquel nido familiar:
A su hogar fueron llegando periódicamente los numerosos hijos con que Dios quiso favorecerle: Roderik, Elizabeth, Hugh, James —muerto en la infancia— Janes, más conocida con el nombre de Jessie, John, Daniel, George y las gemelas Margaret y Wilhemina, éstas últimas nacidas en Púa, Chile. Las familias numerosas eran muy apreciadas en Escocia en aquellos tiempos, tal vez por el ejemplo que había dado al Imperio Británico la dignísima reina Victoria con su familia de nueve hijos hermosos y rozagantes.

El gran giro de su destino ocurrió tras su regreso temporal a Escocia. Un anuncio en la prensa capturó la atención de MacDonald: el Ministro de Chile ofrecía tierras y puestos para profesores-colonos en el indómito sur sudamericano. Atraído por la propuesta, y tras evaluarlo con Janet, la familia zarpó rumbo al cono sur cruzando el peligroso estrecho de Magallanes.
El 24 de diciembre de 1888, bajo el gobierno liberal de José Manuel Balmaceda, desembarcaron en Talcahuano. Su destino final sería el sector de Púa, en la actual provincia de Malleco, donde el Estado le cedió terrenos para iniciar sus labores de maestro. Los primeros años fueron de un aislamiento extremo, defendiendo su hogar de las hostilidades del territorio y de los constantes asaltos de bandidos de la frontera.
Sin embargo, el verdadero cataclismo familiar sobrevino con la guerra civil chilena de 1891. Tras el trágico suicidio del presidente Balmaceda, el caos institucional despojó a los MacDonald de todos sus bienes y dejó al educador sin su sueldo fiscal. Ante la absoluta precariedad, Guillermo echó mano a su viejo oficio americano: se transformó nuevamente en colportor, recorriendo a caballo y con un cargamento de Escrituras las complejas rutas entre Chile, Perú y Bolivia.

El Evangelio en la frontera: la plantación de la obra bautista
Aquel hombre que recorría senderos andinos y valles del sur distribuyendo Nuevos Testamentos poseía una particularidad: nunca logró dominar plenamente el idioma español. No obstante, sus contemporáneos aseguraban que MacDonald tenía el don extraordinario de conmover los corazones. Son legendarias las crónicas de la familia enfrentando a los delincuentes y revolucionarios que asolaban la región para robar ganado. Muchos de estos insurgentes depusieron las armas tras escuchar el mensaje del escocés; se cuenta que uno de los cuatreros regresó tiempo después a devolver lo robado, quebrantado por la compasión de la familia MacDonald, que lo había alimentado a pesar de sus intenciones delictivas.
Hacia 1899, tras un periodo en Santiago para educar a sus hijos, el gobierno chileno restituyó a MacDonald las tierras perdidas durante la revolución, esta vez cerca de Freire, un enclave que con el tiempo mutaría en el corazón del desarrollo bautista nacional. Ese mismo año, la Alianza Cristiana y Misionera (ACyM) lo contrató para liderar la obra en Temuco y sus alrededores. Durante los siete años que colaboró con ellos (1900-1907), plantando iglesias aliancistas, MacDonald se topó con colonos que ya conocían el trabajo de los bautistas alemanes del sector, lo que lo impulsó a profundizar y exponer con mayor fuerza sus arraigados principios eclesiológicos.

Fue así como en el año 1900, en pleno corazón de Temuco, arrendó un local para iniciar formalmente la obra bautista. La noche de la inauguración el panorama fue desolador: solo asistieron dos mujeres y un industrial alemán, don Enrique Reinicke, en cuya vivienda ya se habían realizado cultos previos. Sin embargo, MacDonald continuó predicando a las bancas vacías hasta que la pequeña congregación alcanzó los 35 miembros. Un vibrante informe misionero de mayo de 1901 constata la ebullición espiritual de la zona:
Aquí tenemos tres estaciones y cuatro misioneros: el matrimonio Weiss, el Sr. Dawson y el Sr. MacDonald (…). El trabajo ha sido visitado con un avivamiento precioso durante el año pasado y se bautizaron 65 (…). La membresía total es ahora de 270. El hermano Weiss informa una serie de casos valiosos de curación; una hermana, completamente paralizada de un lado pero con un gran deseo de ser bautizada, se levantó e insistió en bautizarse (…), ahora se está recuperando rápidamente. El Sr. Dawson se ha dedicado al trabajo de evangelización y ha abierto tres estaciones, una de ellas especialmente bendecida, Río Bueno, donde se formó una iglesia de 20 miembros y, a pesar de la amarga persecución, el trabajo es muy esperanzador…
Con Temuco consolidado, MacDonald extendió sus redes a la localidad de Cajón, donde junto a Wenceslao Valdivia —un creyente bautizado previamente por un predicador alemán— dio vida a una congregación que, por su corta duración y falta de documentos, aún despierta apasionados debates entre los historiadores eclesiásticos.

No obstante, el impacto de su matriz misionera era innegable: de la iglesia de MacDonald emergió el grupo que fundó la obra en Catripulli. El impacto moral de este nuevo núcleo transformó la convivencia civil: promovió la piedad familiar y redujo drásticamente los índices de bandidaje en la comarca. Los propios comerciantes de la zona, muchos de ellos ajenos a la fe, solicitaron formalmente al gobierno de Chile la donación de terrenos para que los bautistas levantaran su templo definitivo.
Un legado cincelado en palabras y acciones
Quienes lo vieron pasar los 70 años de edad recuerdan una estampa inolvidable: el anciano misionero escocés desafió su cojera y su ceguera parcial para trabajar a la par de los obreros con martillo y serrucho en mano, con el objetivo de dirigir personalmente la construcción del Templo Bautista de Temuco y del Colegio Bautista, inaugurado en 1922. Aquella imagen resumía a la perfección la vida de William MacDonald: un hombre que jamás entendió de comodidades individuales si la “causa” demandaba sacrificios. En un crudo invierno sureño, al notar que un feligrés tiritaba de frío, no dudó en despojarse de su abrigo nuevo para regalárselo, quedándose con una prenda vieja y raída.
Ese evangelismo práctico y radical fue el que le permitió penetrar el indómito tejido social de La Araucanía. Su ministerio avanzaba no solo mediante la articulación de sermones, sino a través de milagros cotidianos que trastocaban la realidad de la región.

Uno de los episodios más célebres, bautizado popularmente como “El milagro de los aserraderos”, ocurrió en un fundo de la localidad de Vilcún. El propietario de la empresa se lamentaba amargamente de que sus maquinarias solo operaban tres días a la semana debido a la crónica embriaguez de los obreros. MacDonald le lanzó un desafío audaz: si le permitía predicar en el lugar, los operarios trabajarían los seis días laborales establecidos. Tras la conversión del administrador y de la cuadrilla de trabajadores, la promesa se cumplió al pie de la letra, transformando la productividad de la empresa y sembrando una nueva iglesia en el corazón de los bosques madereros.
Aquella fe firme también fue su escudo en situaciones extremas donde su vida pendió de un hilo. En la localidad de Cajón, un peligroso bandido se infiltró en el templo con un puñal oculto entre sus ropas, resuelto a asesinar al pastor escocés; sin embargo, al escuchar el encendido sermón de MacDonald sobre la doctrina de la regeneración, el criminal desistió de su plan. Quebrantado por el mensaje, terminó convirtiéndose al cristianismo.
En otra ocasión, mientras el misionero cabalgaba desolado en busca de medicinas para su hija enferma, fue emboscado por malhechores que pretendían matarlo. Lejos de entrar en pánico, MacDonald les habló con serenidad acerca de Dios y de la aflicción de su hogar; los asaltantes se conmovieron a tal grado que le restituyeron el dinero y el caballo, conservando únicamente su reloj como botín.

Este ministro del Evangelio no tardó en darle forma institucional a todo ese esfuerzo eclesial. En 1908, tras separarse de la ACyM por profundas diferencias doctrinales, fundó la Unión Bautista de Chile y fue nombrado primer superintendente. Su visión, no obstante, trascendía las fronteras nacionales. En 1917, consolidó la internacionalización de la obra al lograr que la Junta de Misiones Extranjeras de la Convención Bautista del Sur de los Estados Unidos incorporara formalmente la misión chilena, garantizando su estabilidad económica y su proyección hacia el futuro. Su impronta pastoral siempre se mantuvo fiel a dos grandes pilares: la estricta autonomía de la iglesia local y la preservación de la sana doctrina en cada rincón rural que evangelizaba.
El 13 de septiembre de 1939, tras casi 50 años de servicio ininterrumpido en su patria adoptiva, Guillermo MacDonald falleció a los 87 años de edad. Su deceso fue el desenlace natural de una avanzada senectud combinada con el desgaste físico acumulado tras décadas de una labor misionera extremadamente exigente. MacDonald dejó tras de sí decenas de iglesias fundadas y una robusta estructura educativa y misionera que transformó de manera definitiva el panorama religioso del sur de Chile.
Referencias y bibliografía
Guillermo MacDonald, el apóstol de la frontera (1956) de Elizabeth C. de Pacheco. Comité de Publicaciones de las Organizaciones Femeninas Bautistas de los Países Hispanoamericanos, pp. 5-6, 19, 24.
